Cualquier cosa que podáis reconocer en esta historia pertenece a Stephenie Meyer, solo la trama es mía.

Este capítulo ha sido beteado por: Verónica Pereyra (Beta FFAD)

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Advertencia: Este capítulo viene fuerte! Espero que os guste...

¿Os he dicho ya lo mucho que me gusta leer vuestros reviews? ¿Os importaría dejarme uno? :(

Gracias.

Biquiños


Tras un par de horas de auténtica tortura, en las que me movía intranquila por el diáfano salón de la cabaña, conseguí hablar con Angela.

― ¿Angela? Por favor, Angie, dime que estás bien…

―Estoy bien… ―la voz de mi compañera de trabajo era débil, muy débil, parecía dolorida y asustada.

―No pareces estar bien ―dije en un susurro apenas audible―, lo siento, Angela, es culpa mía, lo siento…

―No, Bella… Fue mi culpa, llamó y me dijo que era un agente del FBI, que querían darme información para que la publicase en un artículo… Yo quedé con él, yo fui en su busca y no me imaginé nada, te lo juro Bella, hasta que comenzó a hacerme preguntas sobre ti. Entonces comencé a sospechar. Creo que se dio cuenta, porque fue cuando me golpeó. Sólo ha hecho eso, no te preocupes, estoy un poco magullada, pero nada más. El agente Cheney ha sido muy amable conmigo, se ha quedado hasta que han llegado los agentes de policía que se encargarán de vigilarme hasta que atrapen a ese cabrón.

―Siento haberte metido en esta locura, no sé cómo pedirte disculpas, parece que nada que diga o haga sea suficiente para pedirte perdón.

―Tú no tienes la culpa, te lo repito, Bella. Él es un psicópata, está loco… totalmente ido. Prométeme que te quedarás donde estás, deja que te protejan, prométemelo.

No pude decir nada, absolutamente nada. Me quedé sin palabras. Sabía que Angela era una mujer dulce y amable, pero la preocupación que mostraba por mí, apenas una compañera de trabajo, me llegó al alma.

―No te he oído prometérmelo, Bella. Quiero oírlo. Necesito saber que no te acercarás a ese cabrón. ¡Está totalmente loco! No tienes ni idea de las locuras que se le pasan por la cabeza a ese… no sé cómo nombrarlo, sinceramente.

―Dejaré que me protejan ―vi a Edward sonreír, aunque trataba de que yo no me diese cuenta―, te lo prometo.

―Gracias ―la voz de Angela sonaba cansada―, voy a dormir un poco, Bella, los calmantes para el dolor…

―Lo sé ―le aseguré―, descansa.

Me dejé caer en el sofá, pesada, y suspiré profundamente. Un poco de la presión que había sufrido durante las últimas horas se había liberado, y con esa liberación llegaron las lágrimas. Lágrimas que me ayudaban a limpiar mi alma, a aligerar mis culpas. Eran liberadoras, catárticas.

Edward me dejó llorar, se sentó a mi lado y tomó mi mano, acariciando suavemente mi palma con sus dedos en un patrón circular. Una y otra vez, sus dedos dibujaban formas en mi piel, ayudándome a calmarme, hasta que llegó un punto en el que sólo estaba concentrada en ese leve contacto. En cómo ese mínimo contacto, que sólo estaba pensado para tranquilizarme, se había convertido en algo más.

No sé cómo explicarlo, me resulta muy difícil entender por qué un simple contacto, sin segundas intenciones, sólo un leve roce sobre la piel de mi mano, era capaz de enviar la sensación de urgencia, de deseo, que ahora mismo sentía en mi vientre. Me reprendí internamente, no era momento de sentir deseos, de dejarme llevar por mi cuerpo traidor. No en ese momento, cuando acababa de colgar el teléfono después de hablar con una mujer que podría haber muerto por mi culpa.

Aparté mi mano con un gesto furioso, lo que dejó a Edward perplejo. Me levanté y comencé a pasear de nuevo por el salón.

―No pretendía molestarte, Bella. Sólo quería prestarte un poco de apoyo ―la profunda y masculina voz de Edward parecía repleta de un sentimiento que no era capaz de definir. ¿Tristeza? ¿Decepción?

―No me has molestado ―le aseguré―, al contrario. Me gustaba la sensación de tu piel tocando la mía. Me gusta demasiado esa sensación, no me deja pensar, no me deja centrarme. Me distrae. Me excita ―confesé avergonzada.

Una sonrisa pícara se asomó a sus labios, iluminando su rostro, haciendo que se viese aún más atractivo si eso era posible. Vino hacia mí, rodeó mi cuerpo con sus manos y me acercó aún más a su pecho.

― ¿Te excita? ―susurró en mi oído, enviando su aliento al hueco detrás de mi oreja, su voz profunda reverberando en zonas que jamás pensé que podían sentir así.

―Sí ―mi voz salió casi como un murmullo ininteligible, y no sabía si estaba respondiendo a su pregunta o si era mi cuerpo el que hablaba, expresando su felicidad por tenerlo tan cerca, casi como un grito de alegría. Sin embargo, mi mente, esa parte consciente de mí misma que se negaba a olvidar cuál era la situación en la que estaba metida, me preguntaba una y otra vez cómo era posible que me olvidase de lo que otras mujeres estaban sufriendo por mi culpa―, pero ahora no puedo, por favor, Edward, no me lo pongas más difícil.

―No pretendo llevarte a la cama, Bella… o al sofá, que está más cerca ―aunque no podía verle, estaba totalmente segura de que, en ese momento, estaba sonriendo―. Sólo quiero que seas consciente de que estoy aquí para ti, ya sea para coger tu mano, para abrazarte, para hablar… lo que sea que necesites para sentirte mejor, estoy aquí ―dijo dejando su suave beso en mi pelo.

―Gracias…

―Me gustaría que me contaras qué pasó, Bella. Sé lo que te hizo, pero su comportamiento actual nos tiene bastante sorprendidos. Quiero decir, con el resto de las chicas… sólo eran juguetes para él. Las usaba y las tiraba cuando ya no le servían, pero contigo… lleva obsesionado contigo diez años. Ha recorrido el país buscándote, todas sus víctimas se parecían a ti, excepto Michael, pero ya sabemos por qué hizo lo que hizo en su caso. Él trató de seducirte y, posiblemente, James fue testigo de ello…

―Tuvimos una relación, o al menos yo la consideraba una relación, pensaba que me quería y durante un tiempo creí que yo también sentía algo por él. Supongo que lo que pasó me hizo abrir los ojos.

― ¿Cómo se comportaba él contigo?

―Era bastante celoso y posesivo. En aquel momento yo creía que era algo encantador, ¿entiendes?, era como si fuese su forma de decirme cuanto me amaba. Supongo que la perspectiva de los años me ha dado el suficiente discernimiento para diferenciar el amor de la obsesión. James me consideraba una posesión y él es una persona muy egoísta. No comparte fácilmente. No soportaba verme cerca de otros chicos, ni siquiera de mis compañeros del instituto, a pesar de que yo jamás le di ningún motivo para creer que le abandonaría.

― ¿Cómo era de celoso?

―Mucho. Una vez… estábamos en una fiesta de un compañero mío. Me costó muchísimo que James aceptara llevarme. Tyler simplemente se acercó a saludarme, me abrazó y me dio un beso en la mejilla. A James no le gustó, le apartó de mí de un empujón y le pegó un puñetazo. Tyler dejó de hablarme y trató de mantenerse lo más alejado posible de mí. Ahora creo que, de alguna manera, James le amenazó, no fue sólo el golpe.

Edward me miraba y asentía, pendiente de lo que yo le decía.

― ¿Y vuestra relación? ¿Cómo era?

―Él era bastante mayor que yo, así que supongo que tenía ciertas necesidades que yo no podía comprender.

―Bella, somos hombres, no monos… podemos contenernos, incluso a los veintitrés años. El hombre que diga que no puede contenerse, miente.

―Supongo que tienes razón, pero en aquel momento yo le creí. Trataba de darle lo que él quería, sin llegar hasta el final. Tenía dieciséis años, no me sentía preparada para tener sexo con nadie, quizás, en mi interior, sabía que James no era el hombre apropiado. Traté de explicárselo y al principio, parecía que me entendía, se conformaba con besos y caricias, pero poco a poco, con el paso del tiempo, se volvió más exigente. Empezó a exigir ciertas cosas… ―me sentí avergonzada, ¿cómo podía explicarle a Edward lo que había hecho con James?, me sentía muy violenta con todo este tema―, lo siento… no puedo…

―Te obligó a tener sexo oral con él… ―me di cuenta de que no me lo estaba preguntando, lo afirmaba, como si supiese exactamente lo que había ocurrido. Sólo pude asentir, avergonzada, incapaz de decir nada más.

―Yo lo aceptaba, o al menos quería creer que lo aceptaba, trataba de justificarlo, diciéndome a mí misma que James no era un chico de instituto, era un hombre de veintitrés años. Insistió tanto en el tema de sus "necesidades" que llegué a creérmelo y acabé justificando su actitud.

―Entiendo, sólo eras una niña, Bella, y él era mucho mayor que tú, te hizo dudar de ti misma.

―Me escapé una tarde de agosto, me escabullí de casa con una pobre excusa y me encontré con él en una cafetería ―paré, tragando saliva, intentando reunir valor para continuar con la historia―. Nunca le he contado esto a nadie, excepto mi psicóloga ―Edward acarició mis brazos, moviendo sus suaves y grandes manos como tratando de darme calor, de reconfortarme, dándome el valor que no tenía para continuar―. Dijo que tenía una sorpresa para mí, así que me subí feliz a su coche, intrigada y entusiasmada por el hecho de que iba a compartir algo de su vida conmigo, pero en realidad lo que él esperaba era que me acostase con él. Esa era su sorpresa para mí. Me llevó a un páramo desértico, no había nada alrededor, no había casas, ni carreteras. Estaba lejos de cualquier posibilidad de ayuda. Traté de impedírselo, pero me golpeó. Me dijo que no luchase y todo sería mejor. Tuve miedo, tuve mucho miedo ―en ese momento me di cuenta de que las lágrimas habían comenzado a caer―, no hice nada, me quedé allí, tumbada, dejando que hiciese con mi cuerpo lo que quisiese, porque estaba aterrada. Tenía mucho miedo de que me pegase más, o me dejase allí tirada, en medio de ninguna parte, o que incluso llegase a matarme. Me odio a mí misma por quedarme quieta, no hay un solo día que no me recrimine a mí misma no haber hecho nada. Debí pelear, debí gritar, debí arañarle o morderle… no sé, debí hacer algo.

―Bella… has hecho mucho más de lo que crees. Querías sobrevivir y luchaste contra tu propio instinto para lograr salir con vida. Gritar, arañarle, morderle… eso le habría provocado, habría hecho que se enfureciese y sólo Dios sabe lo que pudo haber pasado. Luchaste por sobrevivir, Bella, hiciste lo que creíste necesario para salir viva. No te recrimines nada.

―Me llevó a casa, me dejó delante del porche, en donde estaba mi padrastro. No dije nada, no pedí ayuda, sólo entré y me metí en la ducha, necesitaba sacarme su olor de la piel, necesitaba borrar sus huellas… pero en ningún momento se me pasó por la cabeza denunciarle. Sólo podía ver la decepción en la cara de mis padres cuando se lo contara, así que decidí no decir nada, pero tampoco soportaba la idea de quedarme en Phoenix y que él pudiese verme o encontrarme. Tenía claro que James no tenía intención de dejarme después de eso, sólo sabía repetir una y otra vez "ahora somos uno". Ese mismo día le dije a mi madre que quería irme a vivir con Charlie y al día siguiente estaba en un avión con destino a Seattle.

―Entiendo…

―Durante unas semanas pensé que podría rehacer mi vida. Estaba lejos de James, nadie en Phoenix sabía dónde estaba excepto mi amiga Phoebe, en la que confío totalmente. Nuevo instituto, nuevos amigos… estaba decidida a sacar mis estudios adelante, centrarme y sacar mi carrera. Seis semanas después descubrí que estaba embarazada. Cuando pensaba que todo se estaba encaminando, cuando creí que había dejado a James atrás, junto con la vida que llevaba en Phoenix… todo volvió. Nunca había estado con nadie, así que tenía perfectamente claro de quién era el bebé. No sabía qué hacer, no tenía buenos amigos allí, los conocía del instituto y eran buenos chicos, pero no tenía confianza con ellos, no para compartir algo así. Intenté abortar, esa fue mi primera opción, me informé y acudí a una clínica, falsifiqué la firma de mi padre e iba a pagar el procedimiento con mis ahorros para la universidad…, pero cuando me vi a mi misma en aquella camilla, despatarrada, esperando a que un médico viniese a arrancar de mi vientre a aquel pequeño niño… no pude hacerlo. Huí, corriendo, sin dar explicaciones a nadie.

―Y se lo contaste a tu padre…

―Sólo que estaba embarazada. Trató de hacer que le dijese quién era el padre, apeló a mis sentimientos, amenazó con castigarme, incluso con echarme de casa… pero yo no podía decírselo, me sentía demasiado avergonzada. Cuando le dije que tendría el niño y que lo daría en adopción… eso fue lo que puso la losa en la relación con mi padre. Nunca me ha perdonado que renunciase a su nieto para dárselo a otra mujer. ¡Pero yo no podía quedarme con él! Tenía miedo de ver a James en el niño ¿cómo podría ser una buena madre para él si cada vez que lo mirase viese en él al hombre que me violó? No voy a decir que fue sencillo, mi padre me dio un techo y pagó todos los gastos médicos, pero nuestra relación nunca volvió a ser la misma. Cuando llegó el momento me llevó al hospital y me dejó en recepción. Mi madre ni siquiera me preguntaba cómo estaba durante el embarazo, de hecho, apenas hablé con ella durante aquel tiempo. Así que di a luz completamente sola. No tenía a nadie que me apoyase ni me diese fuerzas. El parto fue muy difícil, porque el bebé no estaba bien situado, venía de nalgas, así que me hicieron una cesárea. Los padres adoptivos de mi bebé fueron muy atentos y amables, pasaron a verme y me regalaron este colgante ―le dije mientras le mostraba el dije que colgaba de una cadena que llevaba al cuello―, era la manera de Lauren de agradecerme lo que estaba haciendo por ellos.

―Hiciste lo que creíste que era mejor para el bebé, Bella. Fuiste increíblemente valiente.

―No quise verlo, cuando nació, no quise verlo ni cogerlo en mis brazos. Temía que no sería capaz de darlo después, así que me negué cuando me lo ofrecieron. Y me siento una persona horrible porque ese bebé… acababa de nacer y ya le estaban rechazando. ¡Su propia madre le estaba rechazando!

Sentí los brazos de Edward rodearme, por primera vez estaba dejando que alguien me consolase y me sentía bien. Me dejé ir, tras abrirme a otra persona por primera vez después de diez años. Sólo había sido tan abierta respecto a ese tema con mi psicóloga y me había llevado meses de terapia sentir la suficiente confianza en ella como para hacerlo. Con Edward, en apenas unas semanas, sentía que podía contarle cualquier cosa.

―Hiciste lo que tenías que hacer, Bella. Tenías diecisiete años y tomaste decisiones muy duras, demostraste ser una persona muy madura, pero tenías que habérselo contado a alguien. Hubiese sido mucho más fácil para ti.

―Tenía que haberle denunciado… ¿crees que no lo sé? Si hubiese hecho lo correcto… quizás todas esas chicas estuviesen vivas. Así que es mi culpa que hayan muerto, yo soy la responsable de tantas maneras distintas…

No dijo nada, sólo me dejó llorar tranquila en sus brazos, deshaciéndome del peso de un secreto guardado durante diez años. Me pasé horas en sus brazos, dejando que me reconfortara, sus brazos me rodeaban y de vez en cuando dejaba un suave beso en mi pelo o en mi mejilla, como si simplemente quisiese recordarme que estaba allí para mí. No me recriminó nada, no me acusó o me hizo responsable de lo que estaba pasando ahora. Solo estuvo ahí, para mí. Como nunca nadie lo había estado.

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Notaba unos dedos enredándose en mi cabello, eran caricias suaves y dulces, sonreí, aun con los ojos cerrados. Enroscó sus dedos en mi pelo y pegó un tirón. Abrí los ojos y, al mismo tiempo, noté como algo metálico y frío tocaba mi frente y una mano me tapaba la boca impidiendo que gritase.

―Shhhh ―la habitación estaba a oscuras y no podía ver nada―, será mejor que no grites, zorra, o me cargo al poli.

Me incorporé en la cama y eché un vistazo a mi alrededor. Edward estaba atado, sentado en una silla, en ropa interior. Tenía un fuerte golpe en la sien derecha y también en el pómulo. Tenía los ojos cerrados y parecía estar inconsciente.

― ¿Edward? ―le llamé, preocupada. La cabeza caía hacia su pecho y tenía el pelo más revuelto que de costumbre. Había sujetado sus muñecas a los reposabrazos de la silla con cinta americana, sus tobillos estaban sujetos a las patas de la misma manera. Edward abrió los ojos y me miró, observando todo a su alrededor. Tenía la boca cubierta con la misma cinta que sujetaba sus muñecas y tobillos. Se movió, nervioso, tratando de soltarse.

―Vaya, vaya… bienvenido al mundo de los vivos, agente Cullen ―Edward parecía nervioso, me miraba, como tratando de decirme algo, pero no tenía ni idea de qué se trataba―, me alegro de que te hayas despertado, así me voy a divertir mucho más. ¿Verdad, Bella? Nos vamos a divertir mucho, nena…

― ¿Me has echado de menos, cariño? ―dijo, mientras se sentaba a mi lado en la cama. El cañón de su arma recorrió el contorno de mi pecho, pude sentir el frío metal rozando mi piel y fue una sensación horrible―. No, creo que no, me parece que has estado bastante ocupada, puta ―me miraba con odio, después miró a Edward, que estaba en ropa interior. Entonces me di cuenta, estaba celoso, nos había encontrado en la misma cama y sólo llevábamos nuestra ropa interior.

Su mano tocó mi pelo, en una caricia, y sentí asco. Aquella odiosa sensación de suciedad que había sentido hace diez años, volvió a mí. Deseé poder meterme en una ducha y restregarme la piel con un estropajo, y solo me había tocado el pelo. Traté de apartarme, pero enroscó su mano en mi melena y dio un tirón, como para dejarme claro de que no podía alejarme.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo, estaba casi desnuda y podía sentir su mirada sobre mí. Soltó mi pelo para apartar la sábana que me cubría, dejándome expuesta.

―Los años te han sentado bien, Bella… ―el cañón del arma se deslizó por la piel de mi cuello y mi clavícula, hasta que lo enterró en mi sujetador y lo utilizó para liberar mi pecho, el mismo en el que me había mordido. Sonrió al ver la marca, que recorrió utilizando su pistola. El metal llevaba tanto tiempo en contacto con mi piel que ya no lo sentía frío. Estaba paralizada, los dedos de mis manos habían formado garras que se sujetaban de la sábana que cubría el colchón. Trataba de mantenerme tranquila, pero parecía una batalla perdida. Sin embargo, ver a Edward atado a aquella silla…, no podía permitir que le hiciese daño a él también.

― ¿Qué es lo que quieres, James? ―mi voz sonó lo suficientemente tranquila.

―A ti. Eso es lo que quiero, zorra. Te largaste, huiste de mí. ¡¿Por qué?! ―gritó. No pude evitar encogerme aún más. Sus ojos eran aún más fríos de lo que recordaba. Llevaba el pelo muy corto, muy lejos de aquella melena que se recogía en una coleta que solía utilizar cuando le conocí. Además se lo había teñido y ahora era de un negro profundo, muy lejos del rubio trigueño que yo recordaba.

― ¿Cómo me has encontrado aquí? ―necesitaba tenerlo hablando el suficiente tiempo como para buscar una salida.

―No estaba seguro de que te hubieses traído tu móvil contigo, pero cuando contestaste la llamada de tu amiguita… pude rastrearlo. No es tan difícil, si sabes dónde tienes que buscar…

Traté de apartarme de él, eché mi cuerpo hacia atrás, pero no lo permitió. Tenía unas manos enormes, con la que tenía libre sujetó mi brazo con fuerza, con demasiada fuerza, me hacía daño. Me obligó a levantarme de la cama y me hizo quedarme allí, de pie, en ropa interior, bajo su mirada escrutadora. Me apuntaba con el arma e hizo un gesto con la mano para que girase sobre mí misma. No me moví, pero entonces apuntó a Edward.

―Da una vuelta, muy despacio, Bella. Quiero ver ese culito tuyo tan respingón ―no me moví, permanecí quieta como una estatua. Entonces quitó el seguro del arma y la cargó, dejándola lista para disparar―. Hazlo, ahora, o tu amigo… ―dejó la frase inconclusa, aunque no hacía falta que me dijese que era lo que iba a hacer. Me giré, despacio, dándole lo que quería―. Quítate la ropa, quiero verte desnuda… siempre he querido verte desnuda. La vez que estuvimos juntos no pude disfrutar de ti como yo quería. Esta vez voy a darme mi tiempo. ¡Desnúdate!

El grito consiguió que diese un pequeño respingo, podía ver a Edward negando con un gesto de cabeza una y otra vez, pero yo no podía ver como lo mataba, no a él, no después de todo lo que había hecho por mí. Había conseguido que me considerase digna de tener una vida, me había hecho revivir de nuevo, aunque las circunstancias no eran las mejores. Me había hecho sentir una mujer. Llevé mis manos a la espalda y desabroché el broche que cerraba mi ropa interior. El sujetador se deslizó por mis brazos hasta el suelo.

―Las bragas…

Bajé mi ropa interior con lentitud y la dejé a un lado. Tapé mi sexo con las manos, avergonzada por tener que hacer esto. James se levantó de la cama y vino hacia mí, despacio, peligroso. Deslizó el cañón del arma por mi cuerpo, desde mi cuello, pasando por mis pechos y mi vientre hasta llegar a mi sexo, lo deslizó entre mis pliegues y yo temblaba, recordando que estaba cargada y lista para disparar. Edward me miraba, horrorizado. Sentí un escalofrío recorrerme, pero trate de no demostrarlo, no quería mostrarle cuánto miedo estaba sintiendo.

―Durante todos estos años, mientras estuve en la cárcel ―James comenzó a hablar, mientras giraba a mí alrededor, tocándome―, ¿sabes en qué solía pensar? ―negué, moviendo mi cabeza de una forma muy lenta. La pistola abandonó mi sexo y subió por mi cuerpo hasta llegar a mi boca, que me forzó a abrir, metiendo el cañón en ella―. Me acordaba mucho de esta boquita, Bella. Recordaba tu boca rodeando mi polla, mamándomela. ¿Recuerdas, Bella? Yo sí, si cierro los ojos, aún puedo sentir tu boca en mi verga…

Edward trataba de decir algo, casi gritando, pero la cinta que le había puesto sobre la boca hacía que fuese imposible saber que estaba diciendo. Sabía que estaba enfadado, podía verlo en sus ojos.

―Parece que el agente Cullen tiene algo que decir ―dijo antes de comenzar a reír―, lamentablemente no se entiende nada. Sigamos contigo, cariño…

―James… por favor… no hagas esto…

― ¿Por qué? Necesito hacer esto, llevo esperando por esto diez años ―tenía su boca al lado de mi oreja, y su aliento golpeaba mi piel, asqueándome―, diez putos años, nena ―se había situado a mi espalda y sostenía mis pechos entre sus manos, en una de las cuales aún sostenía su arma. Giró mi cuerpo hasta que Edward pudiese tener una visión perfecta de nosotros dos, de como él me tocaba. Podía ver la furia en sus ojos verdes―. Parece que el agente Cullen está un poco colgado contigo, ¿eh, nena? ―un murmullo ininteligible salió de sus labios. Miraba a mí alrededor, tratando de buscar una salida, aunque trataba de que no lo notase. Repasé la habitación, buscando algo que pudiese hacerme ganar algo de tiempo.

―Eres un puto cobarde… ―susurré.

― ¡Vaya! Parece que diez años te han dado valor… es una lástima que no me guste que esa boquita hable tan mal, creo que deberíamos buscarle una tarea más adecuada… ¿no crees, Bella? Arrodíllate…

―No ―traté de sonar firme, pero en realidad mi voz había sonado débil, balbuceaba. La pistola se apoyó en mi sien, pero no me moví. Entonces la apartó de mi cuerpo y me arrastró por un brazo hasta que estuvimos al lado de Edward. Puso la pistola sobre su frente, entre las cejas y su dedo se situó sobre el gatillo. Me arrodillé despacio, mientras veía a Edward negar lentamente.

―Abre la cremallera y sácame la polla… ¡ahora!, quiero follarme esa boquita tuya delante del agente Cullen ―miró a Edward con desprecio―, ¿estamos lo suficientemente cerca para que no te pierdas nada?

Estábamos muy cerca de la mesilla de noche, sobre la que estaba una pesada lámpara que parecía de bronce, si pudiese cogerla, si pudiese golpearle con ella…

― ¿A qué demonios estás esperando, Bella? Sácame la polla y métetela en esa boca sucia que tienes, nena ―tenía que ganar tiempo, necesitaba tiempo, necesitaba una forma de desarmarlo, porque si no hacía algo, si yo me paralizaba como cuando tenía dieciséis años, íbamos a morir. Los dos. Amartilló el arma de nuevo y vi a Edward cerrar los ojos, como esperando el disparo―. ¡Ahora!

Era una situación desesperada y requería medidas desesperadas y entonces lo vi todo claro. Solté su cinturón y los botones de su pantalón. Metí mi mano y saqué su miembro, tenía que hacerlo si quería que Edward y yo sobreviviésemos a esto. Cerré mis ojos cuando me acerqué a su polla, mientras abría mis labios. Escuché su gemido cuando lo introduje en mi boca. Era algo como un "sí" ahogado. Sentí nauseas, arcadas. Relajó su brazo, alejándolo de la cabeza de Edward para dejarlo estirado a lo largo de su cuerpo.

Le mordí, fuerte. No solté su carne hasta que el sabor metálico de la sangre llenó mi boca. No tardó en golpearme, fue un golpe seco, con la culata de su arma, que me lanzó hacia la mesilla de noche. Me dolía todo, el golpe me había dejado atontada y desorientada, pero estaba lo suficientemente consciente como para agarrar el cable de la lámpara y tirar por él, hasta hacerla caer a mi lado. James ya estaba sobre mí, golpeándome, se echó encima de mí, tratando de mantenerme quieta. Estiré mi brazo y, a tientas, alcancé la lámpara. Le golpeé en la cabeza con toda la fuerza de la que fui capaz, su cuerpo se quedó laxo, sobre mí, dejándome sentir todo su peso. Lo aparté con dificultad y me arrastré hasta la silla en la que estaba Edward. Solté sus muñecas y arranqué el trozo de cinta que cubría su boca.

― ¿Estás bien, Bella?

Me apresuré, quería ayudarle a soltarse por completo de aquella maldita silla. Teníamos que salir de allí. Oí a James gemir de dolor.

― ¡Maldita zorra! ―me giré y vi como apuntaba hacia nosotros, a Edward. Instintivamente me lancé sobre él. Escuché el sonido del disparo después de sentir el calor abrasador en mi espalda. Edward me miraba, asustado. Nos caímos al suelo, al lado de la cama. Edward sacó un arma de debajo del colchón, se sentó y disparó. Parecía que le había alcanzado, pero aun así, James huyó.

― ¿Bella?

La boca se me llenó de un líquido viscoso y caliente, traté de escupirlo y retirarlo de mi cara. Mis manos estaban llenas de sangre.

― ¿Edward? ―tenía mucho frío y mi cuerpo comenzó a temblar.

―Quédate conmigo, Bella. ¿Me oyes? ¡Quédate conmigo!

Su voz parecía lejana, como si le estuviese escuchando desde debajo del agua y mi visión se hacía borrosa por momentos. La oscuridad iba ganando terreno, una oscuridad que me prometía que no habría dolor.