Capítulo 10: No te marches.

- Pasa, esta está libre. – le dice Mandy mientras la latina entraba en aquella habitación.

Santana sacó el dinero y lo dejó en la mesa. Parece ser que todas las habitaciones son iguales, las sábanas rojas y el dosel también rojo de la última habitación en la que había estado eran iguales. Mandy la invita a tumbarse en la cama y la latina lo hace.

- Santana, no cobro por adelantado, me puedes dar el dinero después. O si no, no me des nada, no quiero cobrarte.

- Da igual, así luego puedo marcharme sin prisas. Y claro que me vas a cobrar.

- Está bien.

Las manos de Mandy, quien sentía algo por la latina, se movían por el cuerpo de Santana. Ella estaba pensando en sus cosas, sumergida en sus pensamientos, sin poder sentir las manos de Mandy. La latina sabía que Mandy sentía algo por ella, y no pretendía herirla, porque aunque no sintiera nada con ella, le tenía un gran aprecio.

- Si no me gustaras tanto no dejaría que me utilizaras. – le dice Mandy mientras le besa el cuello.

- Lo siento, herirte no es mi intención…

- Lo sé.

Santana comenzó a tocar los brazos de Mandy, para hacerla sentir querida, pero ni eso era suficiente.

- No me toques como si fuera ella.

- ¿Quién es ella? – preguntó la latina

- No lo sé, eso dímelo tú. – haciendo caso omiso, Santana continuó.

- Jamás la he tocado… de esta forma.

- Pero así es como lo harías.

Los dedos de Mandy entraron en Santana, pero ella no conseguía apartar su mente de Rachel, no podía dejar de pensar en ella. En cuanto se dio cuenta de donde se hallaba Mandy, intentó incorporarse, y sentir algo, pero sus pensamientos le jugaron una mala pasada.

- Rachel… - los ojos de Santana continuaban cerrados.

Mandy paró en seco, le dolía escuchar el nombre de otra en boca de la latina que la traía loca. Al darse cuenta del error, Santana abrió los ojos.

- Lo siento, no pretendía…

- ¿Quién es Rachel?

- Una desconocida que conocía muy bien… - Santana volvió a sumergirse en sus pensamientos.

- ¿La quieres?

- No lo sé. – y lo cierto es que era verdad, todavía no sabía lo que sentía por Rachel, lo único que sabía, era que necesitaba a su amiga.

- ¿La has perdido? – la pregunta de Mandy hizo que una lágrima cayera de los ojos de la latina.

- Sí.

- ¿La necesitas?

- Sí. Mucho.

- Entonces ve a buscarla.

- ¿Por qué? Dame una buena razón.

- Por que si no, no podrás ser feliz.

- No puedo, es demasiado tarde.

- Nunca es demasiado tarde.

- Gracias, Mandy. – un último beso en la mejilla hace que Mandy consiga sonreír.

Santana se levanta y vuelve a sonreír a la morena. Le debe mucho.


Esa mañana la latina deseaba no salir de su cama en todo el día, pero el terrible timbre sonó, y la obligó a levantarse de la cama. Al otro lado de la puerta estaba Rachel. Vestida con su ropa típica, nada nuevo. Santana no estaba preparada para eso, no en ese momento, no estaba preparada para verla tan derepente, tan rápido, no estaba preparada para verla solo un momento y tener que despedirse de ella luego.

- Hola… - saludó Santana.

- Hola, vengo de la ONG niños sin fronteras, mi compañía de teatro estamos ayudando esta semana a la ONG para poder recaudar más fondos para los niños del tercer mundo. – Rachel comenzó con su discurso.

- Rachel basta… - Santana no podía soportarlo.

- La ONG ayuda a niños con cáncer y les da el alimento necesario…

- Rachel, basta, ¡Para ya!

La voz de Rachel se quebró en un momento. Y no consiguió contener la emoción. Se abalanzó sobre Santana y le dio el abrazo más fuerte de toda su vida. Santana, todavía con los brazos quietos en sus caderas y los ojos abiertos, sentía el calor de los brazos de Rachel, ese calor que tanto había necesitado todo ese tiempo. Cuando Rachel por fin se despegó de Santana le dedicó una sonrisa, había sido un momento mágico, único, especial, nada comparado con lo que había sentido antes, había sido el mejor reencuentro de su vida. Lo había necesitado todo este tiempo.

- Lo siento, tendrás que lavarte varias veces. – Rachel usó el sentido del humor para poder romper el hielo. Y por alguna extraña razón Santana se rió, pero no era una risa comprometida, no era una risa por quedar bien, era sincera, y no por la broma que había hecho Rachel, si no por la situación, por lo raro que era todo aquello, por la manera en la que Rachel había reaccionado, y por su propia reacción. - ¿Cómo estás? – Santana no tenía ganas de luchar, no tenía ganas de peleas, no tenía ganas de volver a echarle en cara todo lo que había pasado en su despedida, si así se podía llamar….

- Te necesito Rachel. – Rachel pensó que estaba teniendo una alucinación, pero la cara de preocupación, dolor y tristeza de Santana la trajo de vuelta a la realidad. – Siento todo lo que ha pasado, siento haberme marchado de aquella manera…

- No tienes por que sentir nada, todo fue mi culpa, fui yo… - Santana estaba llorando, pero no quería que Rachel la viera, así que puso sus manos en su cara para poder disimular, pero no podía engañar a Rachel. La morena se acercó a ella y la abrazó, dejando la cabeza de la latina en su pecho y la cabeza de Rachel al costado del cuello de la latina. – San… por favor… no llores.

- He sido una estúpida, una completa estúpida, y tienes derecho a creer lo que quieras sobre mí.

- Lo único que se y creo, es que eres mi amiga, mi única amiga, y que no te quiero perder, no te puedo perder, eres demasiado importante para mí.


Rachel estaba en casa de Santana, era algo nuevo para ella, nunca la había visto por dentro, ni siquiera la latina le había hablado de ella. Habían pasado la tarde en casa de la latina, sin hablar del tema principal, que eran ellas como amigas, o como lo que fueran, Rachel no había parado de explicarle como iba la obra y Santana por primera vez sonreía mientras la escuchaba. La casa era tan… Santana. Se veía su estilo por todas partes, el rojo predominaba en la casa, muchos de los muebles eran rojos… Todo era tan Santana. La latina estaba cansada, así que estaba echada en el sofá, durmiendo, mientras la morena visitaba la casa de Santana. La casa solo contaba con una habitación con cama, las otras estaban llenas de libros y películas, otra con un ordenador y altavoces, era como un estudio hecho por ella misma. Era todo pequeño, se notaba que le había costado conseguir todo eso, pero no era una casa fea, para nada.

Cuando ya lo había visto todo, incluida la habitación de Santana, en la que había encontrado una foto de carnet de ella, tirada en la mesa, fue a ver a Santana, que continuaba dormida profundamente.

- San, es tarde, me voy ya. – la latina al oír su voz, se despertó.

- No te vayas todavía, prepararé algo de comer.

- San son las 2 de la mañana.

- Bueno… tendrás algo de sed, espera. – Santana se disponía a levantarse pero la morena la detuvo.

- No. No quiero nada, gracias. Me voy. – La latina no quería que se marchara, porque no sabía cuando la volvería a ver.

- No te vayas. Quédate, hoy. Por favor. – Santana se abalanzó hacia Rachel y la abrazó con todas sus fuerzas, sentía tanta impotencia que se puso a llorar.

- San… - Rachel no se esperaba esa reacción. Intentaba calmarla, le toca suavemente la nuca para que se relajara, pero los sollozos de Santana cada vez eran más fuertes, por un momento la morena pensó que se quedaría sin aire. - ¿Qué pasa San? No llores… Por favor. – La latina era incapaz de hablar, casi era incapaz de respirar. – Cuéntame que te pasa.

- No te marches. No te vayas. – repetía la latina una y otra vez mientras lloraba.

- Esta bien, no me iré, pero deja de llorar.

- No te vayas.

- No me voy, estoy aquí, contigo. – Rachel no dejó de abrazarla.

Las dos se separaron y Rachel la ayudó a ir a su habitación. La tumbó y la tapó con las mantas. Algunas lágrimas continuaban en la cara de Santana, y la morena se las quitó con un pañuelo que había en la mesita.

- No te marches, cuéntame algo. – la morena comenzó a explicarle su vida, cada día que había pasado lejos de ella, todas sus historias del teatro, hasta le había dicho lo mucho que la había hechado de menos, pero en pocos minutos, cuando miró a Santana, esta ya estaba dormida. Era una imagen tan tierna que la morena sonrió. Se tumbó a su lado, y se quedó dormida.