Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo X
Heracles estaba extrañamente tenso. Estaba muy pendiente, extremadamente pendiente de lo que Francis estaba a punto de soltar. Incluso parecía que había tomado la pose de un gato a punto de atacar o de saltar sobre su presa. Ni se molestó en disimular lo molesto que le resultaba todo esto.
De hecho, tenía unas ganas de agarrar de la mano al turco y salir de allí antes de que su compañero de aventuras soltara una tontería. Pero dado que Sadiq pensaría que no le estaba contando toda la verdad, decidió que lo aguantaría todo.
—Vamos, no es para tanto —dijo el francés al darse cuenta de lo nervioso que estaba el griego. Éste se limitó a refunfuñar y mirar hacia otro lado.
Sadiq arquéo una de sus cejas, preguntándose por qué su humor había cambiado tanto. La única ocurrencia que se le vino a la cabeza para tranquilizar al otro, pensando que la razón por la cual se hallaba en tal estado era porque Francis los había interrumpido, fue la siguiente:
—Cuando lleguemos a casa, tendremos todo el sexo que quieras. ¿Puedes esperar por un rato? —le preguntó en susurros, aunque su intento de ser discreto no tuvo éxito, dado que el rubio escuchó cada palabra. Para suerte de ambos, sólo se limitó a reír.
—No es eso… —Le dio un codazo después de responder. Incluso sólo se había acordado de ese momento porque se lo acababa de comentar —Y… más te vale —respondió con cierto rubor en sus mejillas.
El otro tosió. Miró su reloj, ya que creyó que le estaba dedicando demasiado de su valioso tiempo en tal tontería. Esperaba que esos dos se decidieran de una buena vez por todas a escucharle, en vez de estar discutiendo como un par de críos de primaria y él era el maestro que tenía que meterse, para que dejaran de pelearse.
Tanto Sadiq como Heracles se callaron. Aunque éste último aún pensaba que hubiera sido mucho mejor que fuera él mismo quien le contara al turco sobre lo que el francés iba a hablar. Respiró profundamente. Deseó que alguna deidad lo salvara de esa situación o quizás que ocurriera algún evento que impidiera que la conversación continuara.
Por su lado, totalmente al contrario del griego, Sadiq quería saber más. Su curiosidad aumentaba en la medida que los segundos pasaban y el francés seguía sin hablar. No solía emocionarse demasiado con las historias de otras personas, pero dado que se trataba entre lo que había ocurrido en ese tiempo en el cual Heracles estaba desaparecido, no podía esconder tal sensación.
—Bueno, si ambos acabaron, explicaré lo que pasó —dijo mientras que sostenía en su mano derecha aquella copa llena del mejor vino tinto de la ciudad —Como decía, el paso por la posada fue un fracaso…
El francés pensó que quizás el turco debería saber, en primer lugar, "el infierno" por el cual había pasado antes de llegar a contarle lo que hizo. De ese modo, tal vez, no se enojaría… Demasiado. Por lo que Heracles le había contado sobre su ex, tenía presente que era temperamental y sabía que en el momento que le confesara lo que pasó entre ambos, se desataría una batalla entre ambos.
—¡Sí! ¡Dilo de una maldita vez! —exclamó ansioso el turco, ignorando que el griego estaba a punto de saltar por la ventana, con tal de no escuchar lo que venía. Pero estaba resignado a estar sentado allí, sin poder hacer nada.
Se quedaron en aquella posada humilde pero llena de vida hasta que llegó la primavera. El precio era considerablemente bajo en comparación a los hoteles de las ciudades por donde ya habían pasado. Además, el hecho de que no hubiese tanto ruido y tanta contaminación visual, ayudaba a que la estancia fuera realmente agradable.
También habían pensado… En realidad, Francis había pensado que sería mejor ir a la siguiente ciudad, cuando el cambio de estación ocurriera. En primer lugar, porque no quería viajar con el frío que azotaba al país y en segundo lugar, porque no habría gente con la cual pasarla bien durante las noches. A eso había que añadirle que durante la estación de la juventud, solían haber muchísimas fiestas por todas partes.
Hacia al final de la estancia de ambos, la paciencia del francés estaba siendo puesta a prueba. Por alguna razón, todavía no había dejado al griego e irse por su cuenta. Quizás porque sentía un poco de pena, le daba la impresión que estaba sufriendo del síndrome de abstinencia a Sadiq o algo semejante. Pero eso no significaba que podía llevarlo hasta el límite.
—¡Mueve tu trasero de la cama! ¡Mon Dieu! —Estaba harto de tener la misma discusión una y otra vez con el griego. Harto. Incluso estaba empezando a creer que el trabajo que había abandonado le causaba menos estrés que aquel hombre que se pasaba la mañana entera durmiendo. Estaba con los nervios de punta y dudaba que pudiera calmarse luego de la rabieta.
Heracles murmuró y continuó en la cama, sin prestar atención al regaño del francés. No entendía por qué le importaba tanto. Pese a que la relación con el turco en los últimos meses había sido destructiva y monótona, prefería eso a que estar allí sobre las sábanas sin saber de él.
No podía explicar por qué estaba tan deprimido. Se suponía que él quería esto, irse lejos de Sadiq y explorar otras opciones, estar con otras personas, disfrutar de la vida de soltero que aún no había experimentado en su vida adulta. Pero no. No tenía las más mínimas ganas de hacerlo, pese a que ése era el objetivo principal que lo había impulsado a tomar sus maletas y todas sus pertenencias de su piso.
Todavía pensaba en aquella persona que había abandonado por esa aventura, con el remordimiento y la culpa que lo carcomía por dentro. Por ello, siempre que había un teléfono, procuraba llamarlo. Pero sabía que, aunque Francis no se metiera en medio, no podría concretar la llamada.
—¡Me di por vencido! —exclamó irritado ante la actitud del griego. Esperaría a la siguiente ciudad para poner en marcha su plan. Quizás el polen, las abejas, el aroma de las flores, la alegría que suele inundar la estación de la juventud, haría que se despertara de la especie de hibernación en la cual se encontraba el griego. Sólo debía tomar toda la paciencia que tenía y aprovecharla al máximo.
De repente, el turco se abalanzó sobre el otro, apretujándolo inclusive, lo cual molestó al griego.
—¡Ah, el gato me extrañó! —dijo contento el turco mientras que forcejeaban. No lo decía para burlarse por completo. De hecho, eso le daba más credibilidad a lo que Heracles le estuvo relatando días atrás, por que pudo confirmar el hecho de que sí lo había extraño y de que sí había estado pensando en él. No era que no confiara en él, aunque dadas las circunstancias, cualquiera dudaría obviamente. Pero eso le había hecho el día.
En cambio, el heleno le miró con el entrecejo fruncido, molesto. Estaba demasiado nervioso y malhumorado como para aceptar el abrazo de Sadiq, así que intentaba alejarle de él.
—Basta… —le pidió Heracles mientras luchaba para sacarse al turco de encima. Lo notaba mucho más emocionado que de costumbre. No obstante, quería ver su reacción cuando se enterara de lo que había pasado luego de mudarse de la posada.
—Sólo te estoy abrazando, desagradecido —Se separó, solamente porque se cansó y nada más. Ya volvería a molestarlo de ésa manera absurda más adelante, cuando estuvieran solos y pudieran hundirse en su propio mundo, sin tener que estar pensando en lo que otras personas dirían de ello.
Francis sentía que estaba viendo una telenovela, como si fuera un simple espectador. Le resultaba más que claro que cuando ambos estaban juntos, no recordaban de que tal vez hubiesen otras personas cerca de ellos. Cada vez más, pensaba que el viaje les había hecho bien, de cierto modo. Aunque hubiera preferido que no hubiera sido a costa suya.
Volvió a aclararse la garganta. ¿Cuántas vece ya lo había hecho en menos de una hora? Ya había perdido la cuenta. A este paso, era probable que se quedara sin voz.
—Tendré que cobrarles el tiempo extra si siguen así —comentó harto. Quizás debería hacerse terapeuta de parejas o algo así, pensó mientras que esperaba que los otros se calmaran de una vez por todas. Podría hurgar en la vida sentimental y cobrar por ello —Francis, eres un genio —murmuró para sí mientras que tomaba un sorbo del vino.
Luego volvió a la realidad. Y empezó a explicar su plan :—Como pensé que la primavera es la estación del amor, de la juventud, de nuevas brisas… Entonces fue cuándo lo ejecuté —respondió orgulloso.
Para esas alturas del viaje, ya habían transcurrido más de once meses. Pronto se cumpliría el primer año en que los dos habían partido en busca de aventura y nuevas experiencias. Lamentablemente, estas dos cosas aún faltaban hallar. Entre la depresión del griego y la frustración del francés por esto, la relación entre ambos se iba deteriorando cada vez más.
Menos mal, el ambiente de la ciudad a la cual acababan de llegar, les animó un poco. Colores llamativos, niños corriendo, risas, besos, por todas partes… Era como si la felicidad hubiese florecido con la nueva estación y la tristeza prohibida hasta que el otoño comenzara a amenazar. No obstante, todos estaban demasiado preocupados en divertirse como para pensar en algo más.
La brisa pasaba por la cabellera rubia del francés, dándole nuevos bríos para continuar y avanzar. A pesar de lo que pasaba con el griego, decidió ser un poco más tolerante. Sabía que la idea, que la implementaría esa misma noche, sería grato para ambos. Sería una forma para que descargaran toda la tensión acumulada.
Se registraron en un hotel de poca monta, para luego dejar su equipaje en la habitación. El francés no quería tardar demasiado, así que sacó su billetera y el mapa de la ciudad, la cual la había comprado apenas ingresaron a la misma, para ir a realizar ciertas compras. Por una vez, permitiría que Heracles durmiera todo el tiempo que éste quisiera.
—¿A dónde vas? —preguntó éste, acostumbrado a los reproches de éste por su escaso interés en hacer un poco de vida social. Realmente estaba asombrado que de repente decidiera ir por su cuenta.
—Ya verás, "mon ami" —le guiñó el ojo y se retiró muy contento. Sabía que iba a funcionar, por lo que nada más le interesaba. Su buen humor había regresado y aprovecharía el hecho de estar solo, para explorar un poco mientras que realizaba la compra en cuestión.
Heracles se preocupó. Estaba casi seguro de que aquel estaba planeando algo, a pesar de no poder determinar qué exactamente. Se tiró a la cama. La odió, pues no era tan cómoda como la de la posada. Aunque tampoco iba a quejarse, era una cama después de todo y podría dormir bien, sin tener que escuchar sus reclamos. Se acomodó un poco mejor y se tiró a dormir.
—¡No te imaginas la cantidad de tiendas! ¡Y la gente hermosa abundaba por todas partes! —Sus ojos azules brillaron, perdiéndose por un segundo en esos recuerdos —Conseguí el número de unas cuantas señoritas, por supuesto… —añadió, a pesar de que no tenía nada qué ver con lo que estaba contando.
De hecho, decidió cobrarles una pequeña venganza a los otros dos por no prestarle atención cuando debían. Asintió un par de veces, como si estuviera hablando consigo mismo. Luego, cruzó las piernas y miró a los otros dos.
—Bueno, eso no importa —Se encogió de hombros y sonrió, para poder seguir relatando la historia que interesaba al turco. No obstante, antes de meterse completamente a ello, se aseguró que el otro estuviese seguro —¿Realmente quieres saber lo que pasó esa noche?
Aunque esa pregunta lo puso un poco más nervioso, Sadiq no iba a desistir. Quería llegar al fondo de la cuestión de una vez por todas.
—Sólo dilo de una maldita vez —respondió, inclinándose hacia al francés, para que éste se diera cuenta de lo pendiente que estaba de lo que salía de su boca —Me vas a tener toda la tarde si no te apresuras —comentó. Su impaciencia estaba a punto de llegar a su límite, al igual que su curiosidad.
Esa noche, Francis puso una bolsa encima de la diminuta mesa que se hallaba en la habitación. Aprovechó el hecho de que el griego se había ido a bañar, para poder cambiar algunas cosas. Bajó un poco la luz, cerró las ventanas y sacó un paño. A pesar de que tenía pensado comprar otra cosa, cuando lo vio, pensó que era todo lo que necesitaba y nada más.
—No digas más… —murmuró el griego, sin que nadie le prestase atención.
Recién duchado, regresó al dormitorio. Pensó que se había equivocado de habitación o que Francis había traído a alguna chica y no se lo había avisado. Ambas opciones eran bastante válidas, así que decidió averiguar qué en realidad estaba ocurriendo.
—Siéntate —le invitó el galo, mientras que en sus manos sostenía un paño de forma muy juguetona. Sonreía de una manera muy pícara y descarada, lo cual hizo sospechar aún más al hombre. Sin embargo, pese a ello, Heracles hizo lo que le pidió.
Sadiq empezaba a imaginarse a dónde iba a terminar eso. Sus puños se cerraron de una forma brutal, reflejando lo molesto que se hallaba. No iba a poder aguantar el resto, pero buscó la paciencia para poder continuar escuchando y confirmar la idea que se estaba formando en su mente.
En cuanto se dio cuenta, Francis estaba encima de él. De la sorpresa, casi echó al francés de su regazo, pero éste se sostuvo de su cuello. Estaba demasiado asombrado. Demasiado petrificado para hacer algo más. Apenas estaba consiguiendo procesar la información, cuando el otro le tapó los ojos con el paño.
—Estoy seguro de que Sadiq ya te ha olvidado. ¿No crees qué es hora de que sigas adelante? —Sus dedos pasaron por los labios del griego y luego bajaron sobre el torso de éste, traviesos, muy traviesos.
—Detente —le pidió. Era lo único que se le ocurrió. La idea de que el turco estuviera con alguien más era impensable. A pesar de que ni siquiera le había dicho "adiós". A pesar de que ni siquiera le había comunicado sobre su viaje. Y empezó a inundar su cabeza con esos pensamientos: "¿Con cuántos habrá estado?"; "¿Ya se habrá olvidado de mí o me estará esperando?"; "¿Ya encontró alguien más?".
Parecía que había funcionado.
—¿Qué más da? Si él está con otro, ¿no deberías hacer lo mismo? —indagó. La voz susurraba al oído del más grande. Éste se aferró a las sábanas, confundido —Pretende… Pretende que soy él. Una vez más antes de empezar tu nueva vida —le sugirió.
Sadiq se levantó y se fue. Sin decir nada más, abrió la puerta y se mandó mudar.
—Gracias —respondió sarcásticamente el griego y fue tras el turco.
¡Gracias por leer~!
