Hola de nuevo! Aqui teneis el nuevo capitulo! A partir de aqui las cosas comienzan a ponerse interesantes. Espero que les guste:)
10 Asuntos familiares
Cuando abrió los ojos oyó a Sesshomaru haciendo el desayuno. No recordó las cortinas sobre los ventanales y supuso que las había corrido él. El cielo estaba nublado y hacía más frío que ayer. Sesshomaru entró al comedor con una bandeja con un bol de cereales y un zumo de naranja. No había cenado la noche anterior y el estómago gruñó ante el olor a comida. Dió un ligero gracias e intentó desayunar sin parecer desesperada.
-Cuando acabes iremos hacia tu piso. - su voz era algo ronca, como si acabara de despertarse. Ella asintió. No podía saberse cuándo aparecería en su portal, o cuando decidiría hablar con ella. No podía esperarse nada aún.
Sesshomaru condujo hacia su portal y notó como Kagura se estremecía mientras miraba nerviosamente desde la ventana del copiloto su propia calle de un lado a otro. Sesshomaru apagó el motor y Kagura dió un salto, algo avergonzada. Cuando entraron todo estaba en orden. Naraku no tenía sus llaves de casa y Kanna podía asegurar que no se las daría. Mentiría si hiciera falta, como ha estado haciendo todos estos años.
Eran las doce de la mañana cuando llamaron al teléfono. Sesshomaru, quien estaba sentado en una de las sillas del comedor giró la cabeza hacia el sonido. Kagura se levantó del sofá vacilante y el albino vio cómo le temblaban las manos cuando cogió el aparato.
-¿Diga?- Sesshomaru se acercó por detrás y Kagura jadeó en silencio al sentir su pecho contra su espalda. Antes de que la otra persona pudiera contestar, apretó el botón de altavoz.
-Kagura.
Ella se estremeció y fulminó a Sesshomaru con la mirada. Él solo colocó un dedo en los labios, pidiendo silencio.
-¿Kagura?-repitió. La voz era profunda y hacía eco.
-Naraku. - mantuvo su carácter burlón ante él. No podía sospechar ni debía mostrar debilidad. -¿Qué quieres ahora? - Sesshomaru se apoyó contra la pared del comedor con los brazos cruzados. No apartó la mirada de Kagura en ningún momento.
-He de comentarte un par de cosas en persona. - ella cerró los ojos lentamente, sin dejar de fruncir el ceño - Iré con Kanna sobre las dos, quedamos en la cafetería frente tu acera.
-¿Te llevarás a Kanna de nuevo? - no sabía qué preguntar y optó por lo más sencillo. Lo oyó respirar a través del altavoz.
-Te la daré el domingo, cuando salgas de la actuación.
Cuando colgó, Kagura casi dejó caer el teléfono al suelo. Sesshomaru la vio masajearse el puente de la nariz mientras apoyaba una mano en la mesa de pared donde reposaba el aparato telefónico.
-Siempre se acaba saliendo con la suya.
-Puedes llamar a la policía -Kagura negó antes de que pudiera continuar. - Si les avisas sin que tu padre se de cuenta…
-¡No! - se arrepintió al momento de alzar la voz. - No, Sesshomaru, no puedo llamar a la policía.
No podía arriesgarse de que Naraku hiciera algo con Kanna. Era su punto débil, lo único que conservaba de família de lo que estaba orgullosa. Kanna era adoptada, pero su madre la crió junto a Kagura con un amor que cada día que pasaba echaba más de menos. Maldito Naraku y maldita toda su vida.
-¿Cuantas veces? - preguntó él. Se le veía serio y Kagura juró verlo también irritado. Ella lo miró interrogante. - ¿Cuántas veces te ha quitado el dinero?
-Cinco veces. - murmuró ella, como si Naraku la estuviera escuchando. - Cinco veces en siete años.
Sesshomaru se esperaba más, pero no preguntó la cantidad. Kagura vivía sola (o con su hermana la mayoría del tiempo), se pagaba la luz, los estudios, la academia… Con tan solo veintitrés. Sesshomaru había tenido más suerte; hijo de directores empresariales había heredado una gran fortuna, pese a que su padre se hubiera divorciado hace dieciocho años de su madre y hubiera tenido otro hijo con una tal Izayoi, no estaba descontento con su vida. Vivía solo y unas veces al año Rin venía a visitarlo. No tenía problemas económicos tampoco.
Kagura miró el reloj. En dos horas estaría en el bar, con un café que seguramente tendría que invitar ella y con Naraku sonriéndole falsamente para amenazarla con un dinero que aún no había ganado.
-Puedes quedarte aquí mientras hable con él.
-No. - ella lo miró extrañada, él se cruzó de brazos. - Bajaré contigo a la cafetería.
-¡No!- gritó ella. - No puedes venir conmigo. Si Naraku ve que vengo con alguien desconocido tendré muchos problemas.
-No puedes dejar que te quite el dinero toda tu vida.
-Dejó de pegarme hace años - murmuró, amargamente. - Si no le doy el dinero Kanna saldrá perjudicada, si se lo doy tal vez en un año me dejará en paz y no lo veré en meses. - Ella no se dió cuenta, pero se abrazó a sí misma y Sesshomaru lo vió. - Prefiero darle lo que gane en esta actuación que no arrepentirme toda la vida por unos miles.
-Unos miles..-sonrió él, falsamente. - Unos miles, Kagura. ¿Te das cuenta que eres una marioneta?
-¡Callate! - apretó los puños a ambos lados y lo fulminó con la mirada. - ¡No sabes nada de él, no sabes nada mi vida ni por lo que he pasado! - una película acuosa cubrió los ojos rojos - ¡No hay manera de que me deje en paz, Sesshomaru!
No sintió miedo en ese momento, no sintió miedo al recordar a su padre amenazarla con la vida de su hermana. Pero la rabia y la frustración crecieron cuando Sesshomaru se interpuso para intentar ayudarla. ¡Iluso! Era un iluso pensando que la ayudaría como una princesa en apuros…
Kagura casi obligó a Sesshomaru a quedarse sentado en el sofá. Aseguró que volvería en menos de una hora y que ni se le pasara por la cabeza bajar a la cafetería. Él asintió y ella bajó las escaleras dando un portazo. Cuando se quedó solo en ese piso tan pequeño caminó hasta la habitación de Kagura y abrió varios cajones. Le costó escasos minutos encontrar un certificado de ingreso en la escuela de primaria de Tokyo; no era de Kagura, pero el nombre de su hermana fue suficiente. Volviendo a ordenar la habitación y sacando el móvil del bolsillo, marcó.
-¿Sesshomaru?
-Necesito que busques información sobre un hombre.- la voz de la línea pareció dudar un poco.
-¿Ha pasado algo?
-No, sólo quiero que busques información personal.
-Bien, dime su nombre. - la voz de su padre era grave pero segura.
-Naraku. - las palabras aterrizaron duramente sobre el teléfono móvil - Naraku Kumo.
Kagura entró en la cafetería y las piernas le temblaban. Se burló de sí misma; anteriormente no se había asustado tanto cuando Naraku le quitaba el dinero. Y hoy tampoco pasaría nada malo, era lista y había ahorrado lo suficiente como para no tener problemas una vez le entregara lo que ganara. Vió su cabellera negra de espaldas a ella y también la figura pequeña de su hermana. Respirando profundamente se acercó como de costumbre y se sentó frente a él. Naraku no sonrió, pero cuando el camarero se acercó, él levantó un poco las comisuras de la boca.
-Un café solo para mi y un zumo de naranja para la pequeña. - Kagura quiso vomitar - ¿Y tu, querida?
-Nada, no me apetece nada. - Naraku entrecerró los ojos hacia su hija mayor y Kagura se mordió el labio inferior - Bueno, póngame un capuccino.
El camarero asintió y haciendo una leve reverencia se dirigió a la barra. Naraku volvió la mirada a Kagura y apoyó los codos en la mesa, sonriendo con sorna.
-Y bien, Kagura, ¿qué tal te va la academia?¿Y la universidad?
-Prefiero que vayas al grano, tengo cosas que hacer en casa.- escupió. Naraku resopló, sin dejar de sonreír.
-Bien, si eso quieres…- su padre rebuscó en el bolsillo de su chaqueta gris y le entregó un papel. - Esta es mi nueva cuenta bancaria, cuando el domingo te ingresen el dinero, me harás la transferencia.
Kanna miró a su hermana y la vio fruncir el ceño. Kagura se guardó el papel y el camarero entregó las bebidas sobre la mesa.
-Esta bien.
-¿De cuanto estamos hablando? - Naraku se colocó el vaso de café sobre los labios.
Kagura se frotó el puente de la nariz mientras un dolor de cabeza crecía cada vez a más.
-No lo sé aún…- la taza de café de su padre se colocó suavemente sobre el plato que la acompañaba y Kanna bebió el zumo con una pajita de colores.
-Entonces quiero una copia del ingreso y la transferencia al momento.- ordenó él. Ella ni siquiera asintió. La frustración le volvió a crecer desde dentro y oyó a su padre y su hermana levantarse sin mirarla. Ella se tapó la cara con las manos, los codos apoyados en la mesa.
El capuccino no se probó y Kagura, sin fuerzas siquiera, dejó el dinero sobre la mesa antes de volver a casa.
