Capítulo 10

Amanda Walhs fue encontrada muerta en un almacén abandonado a orillas del Támesis junto a los dos hombres que habían embestido el vehículo de Helen Miles para recuperarla. Las investigaciones dejaban claro que las tres muertes eran una ejecución. El arma utilizada fue la misma cuyas balas se encontraron en el edificio Chapel y que había malherido a Helen Miles en el accidente. Siguiendo las cuentas y movimientos de la señora Walhs se constató que llevaba años siendo el enlace entre antiguos miembros radicales del IRA y personas que eren introducidas, o que hacían escala en reino unido, y que no debían alertar a las autoridades por su procedencia, principalmente de países que no comulgaban con la ideología o forma de vida occidental. Desde su divorcio, Amanda Walhs había dado cobijo y cobertura a más de veinte personas, la mayoría de las cuales eran buscadas por interpol o formaban parte de las listas de terroristas más buscados. Ella poseía una propiedad agrícola heredada de sus abuelos y que si marido había desconocido, donde había dado refugio y permitido que se convirtiera en una pequeña base de operaciones en mitad de la nada, lo que le había aportado ingresos y una venganza fallida contra su exmarido.

Lestrade abrió la carpeta de color manila delante de Sherlock, mostrándole las fotografías del apartamento del edifico Chapel.

-Amanda pidió como compensación la desaparición de su exmarido, ya que mantenía una aventura con un miembro casado del ministerio de justicia que frecuentaba el club Diógenes donde trabajaba. Pete Walhs había solicitado la custodia de la hija que tenían en común, y ante la casi certeza de que la conseguiría, ella pensó que lo mejor era eliminarlo, así que se cobró sus servicios con un asesinato a la carta, aunque algo se torció y no fue tan limpio como ella esperaba. Cuando La señorita Miles se puso en contacto con ella, alguien de quienes la vigilaba debió pensar que iba a traicionar a Belfleur, el nombre real del hombre que detuvimos en Picadilly, y decidieron que lo mejor era quitarla de en medio, lo que desgraciadamente ha tenido un alto coste para la señorita Miles. Afortunadamente no se teme por su vida, y la hija de Pete Walhs estaba milagrosamente con sus abuelos paternos durante los días en los que tuvieron lugar los acontecimientos. Ellos han reclamado su custodia, ya que se ha quedado sin padres. Creemos que ha sido la propia gente con la que trabajaba Amanda la que se ha encargado de eliminarla, pero ya no está en nuestras manos la investigación, ha pasado a manos de antiterrorismo y nos quedamos mirando. Belfleur tampoco es cosa nuestra.

Sherlock miró al D.I. sin emoción alguna, sin haber prestado atención a la carpeta que había ante él. Los dos sabían que todo lo que había dicho en los últimos quince minutos era incorrecto. Habían pasado tres días desde los incidentes de Picadilly, tiempo en el que Sherlock había prestado una escasa declaración a Lestrade, encerrandose después en su apartamento de Montagne Street, donde Lestrade estaba dándole los detalles que se le permitían del caso que ya no tenían entre manos. El Inspector miró al joven detective con inquietud; estaba en pijama, el mismo desde hacía días podría jurar, sin afeitar, el pelo enmarañado y los ojos enrojecidos por la falta de sueño y algo más. El apartamento olía a humo de tabaco rancio y parecía que hacía semanas que no se había ventilado. Lo único que había hecho Sherlock desde que había llegado habido sido fumar, enciendo un cigarrillo tras otros sin pronunciar palabra.

-¿Tienes alguna pregunta? –dijo Lestrade, intentando no dejar traslucir la exasperación que comenzaba a sentir. –Creo que estas tomando esto a la tremenda, Sherlock. El caso terminó, todo está bien, volvamos a la normalidad… -el sonido de un mensaje de texto entrante al teléfono de Sherlock distrajo al inspector, que abordó el último tema que quería hablar con Sherlock-. Mycroft está preocupado…

-No. No quiero hablar de Mycroft –dijo con voz ronca-.

-Deberías al menos contestar a sus mensajes, o permitirle venir a decirte porqué te mantuvo al margen. –Lestrade observo como los labios del joven se apretaban como si intentase reprimir las palabras-. Sé que es un idiota, y un bastardo entrometido… pero los dos os estáis comportando como como niños con esto…

-Vete Inspector…

-Sherlock…

Sherlock echó la cabeza había atrás en el sofá donde estaba sentado, cerrado los ojos e ignorando a Lestrade. Después de unos minutos de silencio el inspector suspiró ruidosamente, recogió su documentación y se dispuso a marcharse. Con la mano en el pomo se volvió a mira a figura inmóvil del detective con la sensación de estar cometiendo un error al dejarlo.

-Llámame si me necesitas Sherlock, estaré ahí.

No recibió respuesta, ni muestras de haber sido oído, así que se marchó, enviando un mensaje de texto a Mycroft con una advertencia sobre el estado de su hermano. No se habían visto desde que en político abandonara el piso de Lestrade sin aviso, pero la comunicación vía mensajes se había reanudado cuando Mycroft quiso saber la razón por la que su hermano estaba en un calabozo de Scotland Yard. Mycroft había prometido una explicación en el momento que todos los cabos que aún estaban sueltos se hubiesen atado y todo volviese a la relativa normalidad; mientras tanto, Lestrade parecía tener un flujo de información de cómo se estaba desarrollando la investigación bastante más intenso que el mismo superintendente, aunque sabía que el 75% de lo que recibía no se ajustaba a la realidad de los hechos.

En el apartamento, Sherlock permaneció en la misma posición hasta que el ruido del tráfico y la vida en la ciudad se redujeron a los ecos de la noche. Cuando se movió, su cuello protestó por las horas de inmovilidad, pero lo ignoró, cambiándose simplemente la bata por su abrigo y las zapatillas por unas deportivas. Cogió el dinero en efectivo que tenía bajo el cráneo que coronaba la nevera y salió del apartamento con solo el efectico y un paquete de cigarrillos. Su móvil se quedó atrás, junto a la caja vacía donde había estado por dos años su reserva de emergencia. La había necesitado para hacer callar las voces… pero no había sido suficiente.

Al llegar a la calle vio aparcado quince metros el vehículo que su hermano había apostado allí para que lo vigilase. Caminó, consciente de que lo seguirían, hasta el gabinete de tatuajes que servía de tapadera a un par de camellos y que abría dieciséis horas al día. Entró y cruzó hasta la parte de atrás donde había una puerta que se le permitían usar para escapar de la vigilancia, a cambio siempre de pequeños favores que Sherlock pagaba con regularidad. Salió a un callejón oscuro, lejos de cualquier cámara de CCTV, bien conectado con rutas de escape en las que no sería detectado por el ojo omnipresente de su hermano. Levantó un momento la mano, tocando en el bolsillo interior su cuaderno de notas y el bolígrafo. Ya había comenzado a anotar la lista…

Helen Miles, alias Anthea, estaba incorporada en la cama, mirando por la ventana de la habitación del hospital como el cielo se oscurecía por momentos. Había recobrado el conocimiento apenas hacía treinta horas, y aunque la morfina mantenía el dolor de sus heridas soportable, había algo que la molestaba. Volvió el rostro al oír el ligero golpeteo de la punta del paraguas a acompañada de los pasos suaves del mayor de los Holmes.

-Veo que te encuentras consciente –ella conocía demasiado bien los tonos de voz de Mycroft, por lo que detectó el ligero alivio que traslucían esas simples palabras. Frunció el ceño al ver el cabestrillo que aún sostenía el brazo del político, sin pasar por alto el rostro donde el dolor de días anteriores había dejado ligeras marcas alrededor de sus ojos.

-Lamento haber estado fuera unos días sin previo aviso, señor.

-Creo que soy yo el que te debe una disculpa por mantenerte en la oscuridad, Anthea. Informándote de lo ocurrido desde el principio hubiéramos evitado este desastroso… accidente. –Mycroft no puso evitar que sus ojos se dirigieran al vientre de Anthea. En su portátil tenia los informes médicos y el seguimiento que se le había hecho.

Cuando Mycroft abandonó el piso de Lestrade tras conocer el ataque a Anthea, se había preocupado de ver por sus propios ojos el estado en el que se encontraba su asistente. Había tenido en sus manos los informe médicos y había alterado alguno de los archivos para que la atención que se le prestara fuera minuciosa. Se había enterado de que Anthea no sólo había perdido al hijo que esperaba, sino que las heridas del disparo recibido había obligado a que el útero fuese extirpado y uno de los riñones se había visto afectado terriblemente. El resto de sus heridas no eran graves, y aunque su recuperación sería lenta, en diez días estar ya fuera del hospital.

-Fue el viaje a Nairobi –dijo Mycroft, mirándola de nuevo a los ojos-, el tratamiento que recibes por la tuberculosis a la que te expusiste interfirió en los anticonceptivos, por los que el último intercambio en el que participamos tubo una consecuencia inesperada. En ningún momento tome por cierta la declaración que me diste de que había sido un desliz por tu parte en la fiesta del agente Devon. Puede que yo no sea escrupuloso con la exclusividad, pero sé que tú sí lo eres… -Anthea desvió los ojos un instante. No había previsto tener que enfrentar aún aquel asunto-.

-Mi error fue no haber detectado antes el problema –dijo como si se tratase de algo trivial-. Tome la decisión de no seguir adelante…

-Hubiera asumido cualquier decisión… -la interrumpió Mycroft, con más emoción de la que ninguno de los dos había mostrado en los años que se conocían. Mycroft carraspeó, manteniendo la mirada que su asistente le lanzó-. Hubiera… asumido y colaborado.

Una sonrisa que no pudo reprimir se dibujó en los labios de Anthea, suavizando un poco su expresión.

-Coordino la información semanal de Sherrinford, superviso la vigilancia de Sherlock, conozco tus informes personales… Tomé la única decisión que era razonable, Mycroft, no porque temiera que un hijo tuyo pudiera convertirse en algo que temes, sino porque la vigilancia a la que sería sometido no le permitía sentirse… normal.

Guardaron silencio, hasta que Mycroft se acercó a la silla de visitantes y se sentó dispuesto a quedarse allí mientras ella lo permitiera.

-Cuando te sientas en condiciones de volver, puedes escoger el destino que desees, imagino que no será agradable volver a ser mi asistente después de los hechos.

Ella se rio, haciendo una mueca de dolor y llevando la mano al vientre.

-Solo quiero recuperar mi puesto, con las mismas funciones… y el mismo acuerdo, si es aceptable.

Mycroft no contestó, pero dejó que la pequeña sensación de alivio se hiciera fuerte.

Donovan llamó a la puerta del D.I. con más energía de la que era habitual. Hacia dos semanas que las cosas en el departamento estaban tranquilas, no había grandes casos y el friki no aparecía por allí o en las escasas escenas que habían tenido, y aunque eso le gustaba, notaba como cada día que pasaba Lestrade estaba cada vez más nervioso, enviando mensajes de texto que no obtenían respuesta y gritando a alguien al otro lado del teléfono que ella no lograba identificar. Ahora por fin le traía noticias que esperaba que lo calmaran.

-Jefe –dijo asomando la cabeza cuando le dio permiso-, en la entrada hay alguien que te busca, es uno de esos que va con el friki.

Lestrade se levantó de un salto cogiendo chaqueta y saliendo mientras preguntaba.

-¿Te ha dicho algo de Sherlock?

-No, ha preguntado por usted y no ha querido entrar.

Lestrade salió a la puesta de Scotland Yard para ver a una de las personas sin hogar que alguna vez había hecho de correo de Sherlock, esperando al otro lado de la calle, mirando con nerviosismo a todos lados. Cuando el Inspector se acercó, se contuvo a duras penas de alejarse. La última vez que vio a Sherlock Holmes salió de su apartamento con la sensación de estar cometiendo un error, sus instintos no se equivocaron, ya que había desaparecido desde aquel día. Ni tan siquiera su hermano Mycroft había sido capaz de localizarlo, su móvil estaba desconectado y no había una sola imagen en toda la ciudad donde apareciese la sombra del detective. Ni tan siquiera los esfuerzos coordinados de ambos hombres daban pistas de donde podía encontrarse, lo que había que Lestrade temiese que el desenlace no iba a ser bueno.

-Jefe –dio el hombre en cuanto lo tuvo cerca, levantado una mano a la defensiva-, no quiero problemas. Solo es por Shezza, lleva mucho sin meter nada en el cuerpo y está empezando a perder la cabeza ¿me entiende?

-¿Sherlock? ¿Sabes dónde está?

-Se metió en la casa de Hopkins, lleva diez días, y no habla y solo… -el hombre hizo un gesto con el puño cerrado golpeando el antebrazo-. No quiero problemas jefe…

-Dime donde es, o mejor acompáñame…

-No jefe… en Camden, está la casa del dibujo del bebe… allí está, no quiero problemas jefe…

Lestrade asintió. En Camden Towm había una zona de casa vacías donde los grafiteros habían dado rienda suelta a sus dibujos, la misma zona era conocida por albergar a yonquis que no tenían otro logar donde estar. Las redadas allí, aunque frecuentes, solo servían para limpiar la zona un par de días antes de que todo volviera a la normalidad. Con preocupación, Lestrade desechó la idea de llevar a Mycroft al lugar hasta estar seguro de que lo que le había dicho aquel hombre era cierto. Llamó a Sally para ladrarle al teléfono que se ausentaba un par de horas, dirigiéndose a su coche, y aunque ella puso objeciones se limitó a cumplir lo que se pedía.

Tardó tres horas en dar con la fachada en la que el dibujo de un bebe desnutrido le indicó la casa que el vagabundo había señalado. Tubo cuidado al entrar, encontrando que era lo que esperaba, un lugar donde el olor a humanidad y desesperación inundó sus fosas nasales, mientras pasaba por colchones sucios o montones ropa donde decenas de personas parecían dormitar junto a la parafernalia de su adicción. En la segunda planta de la casa, más sórdida aún que la en la plata baja, tres colchones tenían a dos personas, una de ellas apenas un niño, y otra la que él estaba buscando. Una vela que apenas iluminada el lugar derraba sombras sobre el rostro consumido de Sherlock, cubierto de mugre y sudor, con aspecto de estar más muerto que vivo. Con gesto rápido Lestrade envió un mensaje de texto con la dirección, poniendo sus dedos sobre el cuello de Sherlock para verificar que aún se encontraba vivo.

Mycroft se sentó en el colchón, con el gesto de quien deja caer el peso del mundo tras soportarlo hasta su límite. La mano temblorosa de Sherlock arrastró dos hojas de su cuaderno de nota, donde estaban las cantidades que había metido en su cuerpo en las últimas dos semanas, las mismas en las que Mycroft había buscado en cada rincón en los que su hermano se había escondido en ocasiones anteriores, sin encontrar ni una sola pista de donde se había refugiado. Sabía que tarde o temprano Sherlock aparecería, pero mientras tanto él funcionaba solo a medias, aun recuperándose y con su mano derecha a semanas de reincorporarse.

Lestrade permanecía en la puerta de la habitación, vigilando que no hubiese problemas, consciente de estar rompiendo una vez más las normas por los hermanos Holmes, Pasaron largos minutos hasta que Mycroft por fin habló.

-¿Por qué te haces esto?

La respuesta de Sherlock llegó cuando ya su hermano no la esperaba.

-No me llamaste.

Un escalofrió recorrió el cuerpo de Mycroft. En el momento que se sintió traicionado y herido, su primer pensamiento había sido proteger a Sherlock, alejarlo de quienes habían atravesado sus barraras y podían acabar con él. Acudir a Lestrade había sido su opción para que alguien en quien sí podía confiar estuviese junto a su hermano, lo protegiese incluso de él mismo… ahora se daba cuenta de que quizá Sherlock había interpretado que sus acciones denotaban que no confiaba en él…

-Quería protegerte –Mycroft pasó los dedos por el pelo enredado y sucio en una caricia, viendo como escapaban lágrimas de los ojos de su hermano en un raro momento de debilidad-. Perdóname.

Pasó casi una hora, en silencio, hasta que Sherlock hizo el intento de incorporarse. Abandonando el colchón, Mycroft lo ayudó a ponerse en pie, soportando su peso sin hacer caso del dolor de su pecho. El abrigo del detective no estaba en mejor condición que el resto de su ropa, aun así Mycroft lo ayudo a ponérselo, comenzando ambos a avanzar a la puesta donde Lestrade seguía esperando con varias colillas a sus pies. Abandonaron la casa sin una sola palabra, hasta que llegaron a los vehículos, donde Sherlock se detuvo a mirar a su hermano cuando abrió la puerta de atrás del auto de Lestrade.

-El Inspector ha tenido la amabilidad de recomendarme una pequeña explotación apícola de Sussex donde acogen a personas que necesitan recuperación y reposo. –Mycroft hablaba en un tono inusualmente suave-, he hecho arreglos para que puedas estar allí el tiempo que desees. Si no te gusta, podrías considerar estar en casa de papá y mamá por unas semanas, ellos estrían contestos con eso.

-¿Abejas? –la curiosidad se filtró en la voz de Sherlock a mirar a Lestrade.

-Es… cosa de familia –dijo el inspector algo sonrojado-. Llevan algunos años ayudando a chicos con demasiada energía que se meten en problemas, son discretos y hablan poco. Te contaré por el camino, y si no te convence recogemos el equipaje que Mycroft envió y volvemos. Es el trato que he hecho con tu hermano.

-Abejas –Sherlock se dejó meter en el coche, acomodándose al momento para echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos. Lestrade miró la mano tendida de Mycroft, estrechándola con firmeza.

-Dejo en sus manos a mi hermano, Inspector. Cualquier cosa que pueda necesitar no dude en hacérmela saber.

-Consíguele un fotógrafo decente para las escenas –gimió Sherlock desde el coche- el que tiene se esfuerza en obviar todo lo interesante… Vámonos Gavin, antes de que mi hermano inicie una guerra, nos jodería el tráfico.

-Por favor hermano mío, ese lenguaje.

-Vete a la mierda, hermano…

Sherlock permaneció siete semanas en la granja, donde recuperó las fuerzas y el relativo equilibrio que había mantenido durante dos años, desde que comenzase a colaborar con el Inspector Lestrade. Su fascinación por las abejas creció hasta el punto de comenzar a recopilar datos de los insectos, con la idea de dedicarse a su estudio si en algún momento dejaba de lado su labor como investigador.

Lestrade mantuvo la discreción sobre el paradero de Sherlock, no contestando a las insinuaciones de Sally de que posiblemente lo encontraban en cualquier momento en una cuneta con una sobredosis o asesinado. Cuadro al fin volvió, ambos retomaron la rutina de colaboración como si nada hubiese ocurrido en los cuatro últimos meses.

Mycroft, pasados unos días, simplemente volvió a ser Mycroft.

Fin

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