Disclaimer: Los personajes pertenecen a la gran S. Meyer. La historia es sólo una invención de mi cabeza que he decidido compartir con ustedes. ¡Di no al plagio!
Capítulo REVISADO por Yolanda Calderón ¡Gracias nena por corregir mis errores!
Capítulo 10
Monstruo de ojos verdes
Isabella se levantó abruptamente, había escuchado claramente cada silaba pronunciada por la arpía pelirroja. A una velocidad sorprendente, corrió en dirección a la puerta—. Gracias por la cena —masculló ella, sin siquiera mirar a Edward.
El cobrizo se cernió al lado de la puerta, a unas pulgadas de donde ella estaba—. Puedo regresar más tarde —dijo con voz ronca.
— ¿Está loco?
Él exhaló profundamente y salió del departamento sin voltear hacia atrás.
Bella se quedó como estatua, sin moverse, recordando cada segundo que había pasado en la última hora. La cena. El delicioso y sensual postre que compartieron. Los labios de su jefe sobre los de ella. El beso. Finalmente, la besó. Fue celestial, divino, trascendental, erótico. En realidad indescriptible. Pero… él nunca podría pertenecerle. Pensándolo bien, ella quiso que él le hiciera el amor apasionada y salvajemente ¿Por qué soy tan tonta? ¿Cómo permití que esto pasara?
Edward dio un golpe en el tablero después de subir al automóvil. Isabella era dulce y él siempre lo había sabido, su sabor era adictivo, delicioso y afrutado. El sólo pensar en Victoria le dejo un sabor amargo en su boca. No podía verla de nuevo. De hecho, después del breve beso que compartió con su asistente, ya no tenía ganas de ver a otra mujer. Haría lo que las normas de cortesía dictan, sería un caballero; la recogería del aeropuerto, cortésmente la dejaría en su apartamento y finalizaría su relación. Si es que alguna vez la hubo. Deseaba a la castaña y haría todo por tenerla. Claramente, ella se había indignado por la llamada que recibió, y la razón estaba de su parte. No había duda de que el estado de ánimo se había desvanecido cuando la distrajo el tono de su móvil. Edward lo dejó pasar, sin embargo había sido en vano, Isabella ya había decidido botarlo de su hogar.
El lunes por la mañana, Bella se sentó frente a su escritorio, esperando la llegada de Edward a la oficina. No sabía cómo debía de reaccionar frente a él. ¿Debería saludarlo con una sonrisa en los labios y fingir que el asombroso, apasionado, erótico y alucinante beso que compartieron nunca pasó? ¿Cómo reaccionaría él?
Era claro que si su jefe había ido a recoger a Victoria, ella no significaba nada para él… "No tenía ganas de comer sólo."… Sólo había sido su petit-gâteau. En silencio recordó las palabras que él había pronunciado cuando su amante estaba fuera de la ciudad. Ella jamás sería suficientemente buena para Edward Cullen. Ahora que su despampanante, sexy y famosa amante estaba de regreso. No la necesitaría más. Él no se negó a recoger a la modelo del aeropuerto. Sin embargo, tuvo la audacia de sugerir… que cuando terminara de disfrutar sexo con Victoria, entonces él podía regresar a terminar lo que había empezado. Por todo lo sagrado, ¿cómo se atrevía a ser desagradablemente presuntuoso?
Isabella no deseaba estar frente a su escritorio cuando llegará Edward, pero tampoco quería salir de la oficina. No soportaría que pensara que se estaba tomando libertades solo porque su relación de trabajo se había alterado un poco.
La castaña consideró dejar el café de su jefe en la oficina; no tardaba en presentarse en cualquier momento. ¿Qué tal si llegaba tarde? ¿Seguiría en la cama envuelto alrededor del curvilíneo cuerpo de su amante? Una fuerte punzada atravesó las profundidades de su vientre. No debería sentir celos de ninguna mujer en la vida de Edward. Su único oficio era manejar la oficina y ¡punto!
—Buenos días Isabella.
Ella se quedo quieta. Sus brazos estaban rígidos. Estaba frente a la copiadora. No tenía ganas de voltear pues no se sentía con la fortaleza para mirarlo a los ojos. Su voz había sonado aterciopelada, cálida. Bella sabía que él estaba de pie frente a su escritorio. Edward quería que ella volteara, pero ella tontamente permaneció donde estaba, dándole la espalda y con la cabeza gacha.
—Buenos días —murmuró sin levantar la vista.
—Míreme, Isabella —no había sido una orden. Petición dulce y gentil.
—Por favor, valla a su oficina.
Edward inspiró profundamente, la furia amenazaba con consumirlo desde adentro. No a causa de Isabella, no por ella pero si por… las circunstancias de su vida. Había estado tan entusiasmado con ir a la oficina para ver su adorable rostro de porcelana. Anhelaba mirar y perderse en esos profundos ojos chocolate que poseía para decirle que había terminado su relación con Victoria. Contarle que solo la había recogido del aeropuerto para llevarla hasta la puerta de su apartamento y que se había marchado tan pronto como le fue posible. Ansiaba revelarle que ella era a la única mujer que él quería en su vida… en ese momento, pero claramente ella no estaba interesada.
Recordó el sensual besó que compartieron. Ella se había negado y él debió abstenerse a besarla, pero en lugar de hacerlo, usó la seducción para ganar la entrada a su boca. Había perdido el control con ese beso. Para ella no había significado nada. Isabella había sido la que había detenido el beso para permitirle contestar la llamada. Seguro estaba interesada únicamente en su amante en turno, Jacob Black, ¡no en él! Edward concluyó que ella no iba a voltear, no le iba a permitir disfrutar de su profunda mirada y de su expresión. Con eso en mente, camino hacia su oficina.
Bella escuchó como su jefe cerraba la puerta. Bajó los hombros aliviada y exhaló en pequeñas y lentas cantidades. Parsimoniosa miró por encima de sus hombros para confirmar que él ya no estaba. Estaba completamente sola en su oficina. ¡Maldición, debí de haber dejado el café sobre su escritorio! Le tomó un instante recobrar la compostura, cerca de un minuto, con el café en mano. Cogió el coraje suficiente y tragándose los nervios caminó hasta la puerta, llamó con un suave golpe y entró, evitando a toda costa su mirada. Con cautela, dejó el café sobre el escritorio y puso delante de él una hoja que contenía todas las citas confirmadas para ese día. Usualmente ella le enumeraba de forma oral todas ellas y él le seguía atentamente mientras leía los datos en su agenda electrónica. Hoy, Bella, le practicaría la ley del hielo.
— ¿Así que no me va a volver a hablar de nuevo, Isabella? —él la agarró por la muñeca.
La castaña ni siquiera le miró al tratar de zafarse de su agarre. Edward la apretó con más fuerza, casi causándole daño.
Él se levantó e inclinándose hacia ella, tan alto, indomable y guapo le dijo: —No me arrepiento ni por un segundo de haberla besado.
—Yo sí —ella tiró bruscamente de su mano y salió de la oficina a velocidad vampírica.
El resto del día, Bella evitó la oficina de Edward como a la lepra. Si necesitaba servirle alguna bebida refrescante, tomaba el carrito dentro y lo dejaba tan rápido como podía. Las conversaciones que normalmente mantenía en persona o vía telefónica fueron reemplazadas tenazmente a través de correo electrónico. Lo que le irritaba más, eran las respuestas bruscas de sólo una palabra a sus correos. Por la tarde, él detuvo lo que estaba haciendo para levantar a cabeza en cuanto ella entró, recordando que tenía que centrarse en su trabajo e ignorarla indefinidamente. La castaña estaba tentada a arrogarle el café sobre la cabeza, sólo el miedo a las repercusiones la contuvieron de no actuar deliberadamente. Sabía de antemano que estaba siendo totalmente poco profesional pero estaba tan molesta. Se sentía humillada por el hecho de que Edward sólo la había utilizado para pasar el tiempo mientras su amante estaba fuera de la ciudad.
Ella brincó en su lugar cuando Edward le timbró el intercomunicador. Tragó en seco y miro el aparato con receló antes de contestar un "Sí".
—Sería tan amable de reservar una mesa para dos —parloteó por el artefacto, indicándole el restaurante y la hora para esa misma noche.
Engulléndose su enojo, como toda buena asistente hizo la recepción con rapidez. Na cabía duda de que ya tenía planes con su amante. Le sorprendió que él quisiera aún salir con la modelo pelirroja. Había asumido que él permanecería en cama por el resto de la noche y no sería capaz de salir de ella. ¡Qué equivocada! Seguro Victoria no le daría sombra y encontraría la forma de apresarlo en sus garras.
Bella volvió a sentarse en su silla. Tenía la certeza de que Edward era un excelente y fabuloso amante bajo las sábanas, el beso erótico que había compartido con él afirmaba sus especulaciones, a pesar de su nula experiencia en el tema. Claro que no se arrepentía del mejor beso de toda su vida, lo que había dicho era para herir el ego de su jefe, mintió por su propia cordura. Ella lo sabía bien. Edward Cullen era inmune al dolor. No se preocupaba de las mujeres que compartían su casa, sólo las usaba para su propio beneficio y lujuria. Era frío, cruel, egoísta…
—Hola hermosa.
Por segunda vez en el día dio otro brincó sobre su asiento — ¡Jacob! Has regresado. Creí que llegabas hasta mañana.
Él se inclinó para depositar un beso mariposa en la mejilla de la castaña—. El caso que tenía que atender se resolvió en menos tiempo del que esperaba —sonrió—. Te extrañé mucho —sus labios permanecieron inmóviles sobre su piel.
—-Debiste de haber marcado o algo —Bella se levantó de su lugar— ¿Te puedo ofrecer algo de beber? —se movió para evitar sutilmente las insinuaciones de él.
Jacob iba pulcramente vestido después de su vuelo, rió entre dientes—. Son casi las seis, ¿a qué hora sales?
—Estaba a punto de recoger mis cosas —… después de terminar de imaginarse que asesinaba a su arrogante jefe.
—Manejé directo del aeropuerto hasta acá para verte —murmuró divertido, acercándose cada vez más hacia ella —. Te vez espléndida —curvó sus brazos alrededor de la pequeña cintura femenina.
Edward ni siquiera lo mencionó. Ruborizada, ella bajo la mirada y dejó de ver su reflejo en los ojos negros de él. La blusa de seda color rosa se ajustaba a sus suaves curvas y la falda color gris rata se ceñía hasta sus rodillas, enfundada en unas botas con un tacón de infarto. Admitió que antes de salir de su casa, a su parecer, se veía bien. No le había dado importancia a la forma de vestir. Diablos, si trabajas con un hombre por más de dieciocho meses y ni siquiera te elogia ¿por qué molestarse en el arreglo personal? Aun si estuviera interesado o lo notara, no cambiaria en nada.
—Gracias, supongo —musitó ella.
—Déjame convencerte —Jobos atrajo a Bella hacia sus brazos.
—No… —parecía que ella estaba haciendo un hábito al decir "no" por las últimas cuarenta y ocho horas.
—Todo el fin de semana estuve soñando con besarte, Bella —gruñó él provocativamente, aprisionándola entre sus brazos.
La culpa le carcomía las entrañas, sabiendo que otro hombre la había besado dos noches atrás. En su mente el beso aún era fresco y reciente. Los labios de Jacob no le apetecían de la misma manera que los de su odioso jefe. Isabella no podía fingir; empujó sutilmente al moreno porque no tenía deseo de disfrutar un beso que no despertaba nada en ella. Era otro el que seguía tatuado con fuego y pasión en sus labios. Se movió y alzó la mirada, no fue Jacob quien apareció en su visión periférica pero si el causante de que sus emociones estuvieran de cabeza. Su mirada verde e inquisitiva, su mandíbula angular sombríamente fija. Con portafolio en una mano y en la otra su saco, evidentemente ya había terminado su jornada del día. La castaña escondió su rostro. Sí tan sólo fuera Edward el que le susurrara esas palabras dulces al oído. Que enredo. Bella arrastró, de nuevo, la mirada hacia su jefe. La expresión de él seguía siendo cruel y mortal. La intensidad que reflejaba la incomodo. Edward caminó hacia el elevador. Jacob sintió que algo estaba torcido por la forma en que Edward miraba a Bella por encima de su hombro.
—Cullen —saludó Jacob cordialmente—. Es bueno verte de nuevo —su brazo aún seguía posesivamente en la cintura de la castaña.
—Black —escupió Edward y siguió su camino a su elevador privado.
— ¿Mal lunes? —le preguntó Jacob a Bella.
Ella no se molestó en responder, estaba aparentemente ocupada apagando el ordenador, pero no paso desapercibido el que Edward no se hubiera despedido al marcharse de la oficina, ni siquiera se inmuto ante aquel hecho.
— ¿Te apetece cenar? —con el sigilo característico de un lobo, Jacob se paró detrás de ella, se inclinó y atrevido descansó su barbilla sobre el hombro de la joven.
Bella giró su rostro hacia él—. Yo… —quiso decir ella—, ¿lo podemos dejar para otro día? —le incomodaba tener que buscar excusas para no aceptar la propuesta de Jacob. Tenía que terminar eso… que tenía con él. No estaba funcionando, no para ella—. Quizás para mañana —imploró apesadumbrada.
—Ya hice las reservaciones —sonrió el moreno— porque sabía que me ibas a extrañar hoy después de salir del trabajo para estar sola en casa frente al televisor.
La castaña estalló en risa al escucharlo— ¡Jacob!
— ¿Tienes dolor de cabeza? Porque tengo aspirinas —él saco un pastillero del bolsillo del saco.
—No me duele la cabeza —ella le ofreció media sonrisa.
—Bueno. ¿Hay otra razón por la cual no quieras cenar conmigo? Sor el Sr. Arregla Todo.
Bella podía darle diez razones pero era demasiado esfuerzo sin sentido. Realmente no tenía ganas de tener compañía para esa noche, sin embargo, Jacob estaba siendo demasiado dulce y atento. Después de todo, no se merecía su mala leche. A punto estaba de aceptar con reticencia cuando él menciono lo deliciosa que era la comida en el restaurante en donde había hecho reservación.
— ¡No! No quiero ir ahí.
— ¿Por qué?
Porque es donde Edward también va a ir.
— ¿Has comido ahí antes?
—No… es sólo que no estoy vestida como para ir a ese lugar —rezó en su interior para que esa excusa sonara creíble.
—La reservación es para las ocho. ¿Qué tal si te llevo a tú departamento y paso por ti a las siete y media? Me daría tiempo para refrescarme al igual que tú —sugirió con una sonrisa lobuna en los labios.
Jacob tenía una repuesta para cada excusa que ella intentaba dar. El destino estaba en su contra pues tendría que torturarse con la presencia de su jefe y su amante en el mismo lugar. Eso no es justo.
—Y si mejor cocino algo en mi apartamento, ¿no te parece mejor la idea? —ofreció ella desesperadamente.
—Deseo consentirte, Bells —él volvió a envolverla en sus brazos, rozando sus labios sobre la piel sensible de su cuello. Temiendo que Jake volviera a besarla, sucumbió ante la invitación.
—Esté bien —musitó ella—. Saldremos esta noche —la castaña esperaba que el restaurante estuviera lo suficientemente concurrido como para no ver a su jefe y zorra en turno.
—Gracias —soltó feliz mientras la guiaba camino al elevador del personal. Isabella envió con prontitud un mensaje de texto a su chauffeur designado para avisarle el cambio de planes y que no necesitaba que la recogiera en la oficina.
Sonrió como cría cuando Jacob caballerosamente le ayudó a subir al coche. Ella hubiera querido convencerlo para comer en su apartamento pero, sólo tal vez, era buena idea que salieran porque a él le podría ocurrir intimar aún más y ella no lo deseaba. No después del explosivo y sensual beso de Edward. Jake la había besado anteriormente pero no sentía nada, eran besos insípidos. ¿Cómo volver a besar a Jacob después de haber experimentado con Edward? Era como comparar hielo con fuego y el fuego siempre terminaba ganando. Ya no era un simple beso ¿Cómo sería hacer el amor con Edward? Ella gimió desesperanzada por el rumbo que estaban tomando sus pensamientos. Y ahí estaba ella, en presencia de un hombre y pesando en otro muy… muy…
Bella deseaba con todas sus fuerzas poder borrar de su corazón lo que sentía por su jefe como si se tratara de borrar un archivo del ordenador. ¿Cómo pudo enrollarse de esa forma? Se preocupaba por él, sin embargo Edward ni la notaba y lo peor, no la deseaba; prefería o otras mujeres antes que ella. Y ahí estaba Jacob, una distracción bienvenida en su vida pero ¿Era justo para Jake? ¿Cómo usarlo sabiendo que tenía fuertes sentimientos por otro hombre, su jefe, de todos los hombres posibles? Tenía que terminar las cosas con él. Debió ser así desde el principio pero no le pasó por la cabeza y si sucedió, no lo tomó en cuenta. No era justo y ella no necesitaba seguir con la farsa. Ni en sus más alocados sueños sería capaz de formalizar algo con Jacob. El solo pensamiento de ello la enfermaba. Sentía una punzada en el estomago y arcadas cada vez que intentaba intimar con otro hombre. ¡Esto tiene que terminar!
— ¿Tuviste buen viaje? —le espetó al azar.
—Sí —el moreno sonrió mientras daba la vuelta en la calle cercana al apartamento de Bella—, también fue exitoso, por tanto, pude regresar antes de los previsto —apagó el motor del automóvil—. Así que, ¿te veo a las siete y media? —él se inclinó hacia ella para besar los labios de la castaña.
Tan pronto como Jacob pretendía profundizar el beso, su mano de ella alcanzo la manija de la puerta—. Sí —y salió corriendo.
—Es un hermoso restaurante —Bella le dirigió una sonrisa a Jake mientras eran conducidos a su mesa.
—La comida es aún mejor —él bajó la cabeza con una sonrisa igual a la de ella.
La castaña procuró tener cuidado con su vestimenta para esa noche. Vestía un sensual y clásico vestido color negro, no muy elaborado, con un escote recatado y le llegaba a la poco más de la mitad de sus muslos. No llevaba joyas, poco maquillaje, sólo un poco de gloss en los labios y unas zapatillas al mismo tono del vestido con un impresionante tacón, que hacían que sus piernas se vieran aún más largas. Desde su punto de vista, su out fit no provocaría a Jacob (pero estaba equivocada). Sí tan sólo fuera… Edward.
—Gracias —agradeció ella cuando el mesero le recorrió la silla para que tomara asiento.
—Te ves especialmente maravillosa esta noche, Bella —Jacob tomó las manos de ella entre las suyas.
¡El viejo truco de siempre! —Gracias —ella zafo sus manos con el pretexto de estudiar el menú.
El mesero tomó la orden de sus bebidas y regreso con una botella de vino blanco, elección de Jacob. Bella se tomó su tiempo para mirar por los alrededores del abarrotado restaurante. La atmosfera era cálida. Se las arreglaron para que el lugar fuera idílico e íntimo. El techo era alto. Pilas aleatorias de cajas de vino ofrecían cierta privacidad. Fue cuando ella vislumbró a una atractiva pareja que acababa de entrar. El hombre le era demasiado familiar. El oxigeno se le atoró en los pulmones. Como el resto de los clientes, Isabella siguió a la pareja con la mirada. Él, enfundado en un esmoquin y ella, exquisitamente hermosa. ¿Quién era ella? Su cabello rubio caía suavemente sobre sus hombros en una cascada de ondas, sus caderas se movían con elegancia al caminara hacia la mesa designada para ellos, a su derecha y lo más lejos que les permitía el lugar. Por suerte, la vista está marginalmente obstruida.
—Isabella…
—Disculpa… sí.
—El vino está de maravilla. ¿Gustas que te sirva un poco o prefieres algo más de beber?
—Sí, algo de vino, gracias.
Agradecía al cielo que Jacob estaba a espaldas de los recién llegados clientes. También agradecía que Edward no tuviera la vista clara hacia su mesa como ella de la suya. La rubia que lo acompañaba, era claro que, ya había caído en el encanto de Edward Cullen. Sus esmaltadas uñas color borgoña acariciaban sutilmente las manos de él sobre la mesa mientras reía de algo que había dicho Edward. Sus ojos azules estaban fijos en él, lo devoraba lascivamente con la mirada y sus labios rellenos le incitaban a besarla. Lo deseaba. Bella estaba a punto de vomitar. Agarró el menú sin tener hambre, su apetito se había esfumado.
—Sólo quiero una ensalada. No tengo mucha hambre —suplicó enferma.
Jacob alzó la mirada—. No te traje aquí —frunció el ceño—, para que sólo comas comida para conejo. Aquí sirven la mejor langosta, los mejores cortes de carne y postres —insinuó él—. Yo voy por un corte de carne.
—La ensalada está bien para mí. Quizás pueda comer un pedazo pequeño de tu carne —sonrió, pero su sonrisa pareció más una mueca.
—Normalmente no permito que nadie se interponga entre mi carne y yo, pero, haré una excepción en tu caso.
Bella no podía culpar a Jacob de todo. Él era un hombre excepcional con el cual salir, divertido, atento y con buenos temas para conversar. El moreno se las arreglo para atraer su atención en los momentos en que ella divisaba hacía la mesa que estaba lejos a su derecha. Parecía que la pareja se estaba divirtiendo. La mujer reía constantemente… seductora. Sólo para seguirle la corriente, Edward echaba la cabeza hacia atrás de vez en cuando y reía cuando la rubia, descaradamente le murmuraba sobre los labios. Mismos que parecían tatuados con lápiz labial, pues a pesar de que estaba comiendo, no se le corría la pintura de ellos. La castaña bajo el cubierto cuando una urgencia asesina le recorrió el cuerpo y le tentaba a probar su filo en la garganta de la rubia plástica.
Alzó su copa al observar a Jacob que le hacía justicia al corte de carne que tenía frente a él. Sí sólo… Apenas y toco su ensalada, con el tenedor jugó con los ingredientes dentro de su plato. Los ojos de la castaña se posaron sobre la rubia cuando ella se inclinó para susurrarle a Edward al oído. Él la apremio con una sonrisa de lado, aquella que era la favorita de Isabella. Las manos masculinas, bajo la mesa, acariciaron las piernas blanquecinas de la mujer.
—Ahm… Discúlpame pero necesito ir al tocador a refrescarme.
Jacob se levantó como todo caballero e hizo a un lado la silla para que ella pudiera levantarse, escapó precipitadamente directo al tocador.
—Tanya —llamó a la rubia que lo acompañaba —Me cuesta trabajo creer que me hayas invitado a cenar sólo por el placer de mi compañía. Te conozco y estoy seguro de que tus jefes te enviaron para probar las aguas.
La rubia soltó una risita. Como una enredadera, paso sus finos dedos por el dorso de la muñeca del cobrizo—. En campo, tu intuición era más filosa que dos espadas.
—A diferencia de la tuya —sonrió petulante—. Recuerdo nuestro tiempo en Beirut, sobre todo tu lapso de buen juicio. Seguiste a un hombre a un bar y te convertiste en una de las atracciones de ahí.
—Cierra la boca, Cullen —Tanya se inclinó hacia él coquetamente— ¿Se lo has mencionado a alguien?
—Tuviste una mala noche, admítelo —volvió a sonreír Edward—. Estabas eufórica por mostrar tu talento a los locales —Eso no había sido tal cual lo que había sucedido, pero siempre la acuso de llamar la atención. La rubia había seguido una pista falsa sobre un supuesto terrorista.
—A diferencia de ti, Cullen —ella enterró sus uñas en el brazo de él— Yo sí sé controlar a mis hormonas. Fuiste tú el que siempre llevaba a una mujer diferente a su cama para calentarte por la noche.
— ¿Celos, Denali? —se burlo él, dirigió su mirada hacia los dedos que le presionaban el brazo como si intentaran causarle daño— Creí que habíamos sido entrenados para ser inmunes al dolor.
—Sí. Eres un animal —se carcajeó Tanya—. No sientes dolor.
—Y tú siempre has sido una blandengue —mintió él.
Tanya Denali era uno de los mejores agentes que la CIA pudiera tener en campo. Ella no le temía a nada, era peligrosa y poseía una mente demasiado brillante. Si Edward tuviera que elegir a un compañero, ella estaría en el tope de una lista de tres.
— ¿Por qué me invitaste a cenar? —La expresión del cobrizo se ensombreció cuando ella no respondió a sus burlas—. Ya sé que ellos te enviaron —la desafió.
Tanya permaneció en silencio. Tomó un sorbo de vino. Edward podía ser demasiado cabezón. Ella tenía que tener tacto para no dejar al aire la naturaleza del asunto que venía a tratar.
— ¿Sabes algo de la venta de equipo de vigilancia y exportación de armamento militar sin permiso a Irán?
Edward sonrió de lado, pero sus ojos estaban helados como el hielo. El tono de voz que utilizó al hablar fue demasiado áspero—. Te ruego que me digas, ¿cómo es que sea posible que tenga yo acceso al armamento militar?
La mirada de la rabia en respuesta fue cínica. El cobrizo sabía, al igual que ella, que sólo un grupo selecto de personas tenía acceso a esa información y más cuando se trataba de la lista de los proveedores a los cuáles no se les tenía que vender. Las compañías en USA tenían prohibido comerciar con los países de la lista negra, e Irán era uno de ellos; catalogados como enemigos de estado. Edward observó con atención las reacciones de Tanya. Ella no caería bajo el hechizo de su sonrisa cortes. En su línea de trabajo, la confianza era un lujo que ella no podía, ni debía darse. Él o la CIA eran los únicos que podían y el instinto de ella le decía que Edward podría ser todo pero menos un comerciante deshonesto. Eran sus jefes los que tenían problemas con Edward. Ellos querían que ella regresara con los nombres de los compradores a los que les estaba vendiendo.
— ¿Qué me dices del equipo de vigilancia? —espetó ella.
— ¿Qué hay con él, agente? —Le desafió— ¿Por qué no me han arrestado?
—Edward… —la rubia alcanzó su brazo para trazar caricias perezosas—, por favor coopera.
Lo que Tanya no dijo, era que sí no regresaba con respuestas para sus jefes, Edward sería arrestado por eso ella le invitó a cenar a forma de llevar el interrogatorio para obtener la información que necesitaba sin la formalidad de las salas de interrogación de la agencia. Él no hacía negocios bajo el agua, sus negocios eran respetables. Sí realmente tuvieran algo que le delatara, lo que no era verdad, entonces ellos serían bien venidos para llevárselo.
—Estamos a mitad de la cena, agente Denali —el cobrizo arrojó su servilleta sobre la mesa y llamó al mesero.
— ¿No habrá postre? —la rubia trató de suavizar el ambiente.
—Tienes que cuidar tu figura —sonrió él, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Pagaré la cuenta —dictaminó Tanya. Estaba en horas oficiales de trabajo. Sería una cuenta deducible para la agencia.
—Dile a tus jefes —Edward se levantó in so facto— que utilicen sus fondos para expandir su red hacia Gran Bretaña. Encontraran las respuestas que buscan aquí.
Tanya se levantó, tomó su cartera y después de echar un vistazo rápido al lugar, siguió al cobrizo fuera del restaurante. Después de todo él había pasado por ella.
— ¿Ni siquiera un café? —inquirió provocativa. Edward le ofreció su brazo, estaba a punto de explotarle la cabeza con todo lo conversado con la rubia.
No puedo hacer esto. Señor esto duele como el demonio. No puedo permanecer aquí un minuto más. Por favor… necesito irme. ¿Cómo se atreven a restregarme su relación en la cara? ¡Oh mi, Edward se ve tan bien!, pero ¿Quién es esa zorra? Sí Alice estuviera ahí, seguro le daba una cátedra de la acompañante de su jefe.
Isabella mojó ligeramente su rostro. Miró su reflejo en el espejo del tocador y decidida regresó a la mesa. A su regreso antes de ir a su lugar volteo a su derecha. La mesa estaba vacía. Un estremecimiento le llenó hasta la medula. ¿Se marcharon ya? No. Ellos no. Edward no podía llevarla a su suite. Él no podía hacerle el amor a ella ¿Qué hay de Victoria? Sus dedos finos apretaron la copa de vino que tenía enfrente.
AGRADECIMIENTOS:
A las lectoras fantasma que espero algún día dejen un comentarios, es la única manera en que sé que les está gustando la historia (siempre que los comentarios sean con respeto, buenos o malos).
A las chicas que tienen ésta historia dentro de sus favoritos y la siguen ¡GRACIAS por leer!
A las chicas que dejan review: Elaine Haruno de Uchila, Mistery Twihart, , jhuanuita, Cherryland, supattinsondecullen, gaby, cary, Guest, Liz Beikova, Deathxrevenge, Mila Whitlock, marah2221, Ilovevampiresangels, , Sunicolita, tiuchis, krisvampire, solcito, Lily M, annieyandy, vivicullenhaleswan, angie palomo, Barbie Hale black, jailannys, Ofelia duarte, anto prenezio, joa ferreyra, indii93, Sony Bells, itzamara, FerdePattinson, Tata XOXO, mariirobsten 15, Melanie Lestrange, Ale74, melanieglopezc,, yolabertay, Melania, Always i be u're friend, SAIOMASEN, dulcesito, anaprinces25, blankitapia, Yomiz, LUCYarg, Ingrid, Lydia Zs Carlton, Vero Grey de Cullen, CorimarCautela, Isa Cullen Grey M, ludgardita, PrincesLynx, SalyLuna, pera l.t, green'splace, Paola, lygher, muziithaz, cavedano13, Elizabeth, Maguy de Cullen, Maria Fernanda, Vero, anamar05, itzamara, , Valerie Reguillo, BellaNyxH, Jade HSos, kimjim, gmasiaszuiga, SofiaGM, Vero, Claudia Andrea, klaryssa, Ptmarfa21, elena, elizaharo70.
En general a todas y cada una de ustedes que se toman el tiempo para leer.
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Nota: No pude contestar sus review porque he tenido una carga impresionante de trabajo, prometo que en el siguiente capítulo responderé a sus comentarios o dudas por si las tienen.
Merezco Review?
Alex De Grey
