Y chan chan! regalo de navidad para todas! Un capítulo extra. Felices fiestas :)
Capítulo X
La sesiones
1.-
Me llamo Negro
Rose Weasley y Scorpius Malfoy eran diferentes, eso era un hecho. También era un hecho que sus personalidades colisionaban la mayor parte del tiempo volviendo la relación casi insoportable. Rose era tranquila, cauta, algo estricta y convencional; Scorpius era irreverente, directo, astuto e independiente. Quizás por eso a los dos les sorprendió descubrir lo bien que funcionaban trabajando juntos cuando se lo proponían. Especialmente a Scorpius.
El día en el que el slytherin le propuso a Rose leer juntos el libro biográfico de Merlín, decidió darle la tarde a la pelirroja para que se le igualara y también, dársela libre a él para hacerse la idea del problema en el que se había metido. Sin embargo, al día siguiente, los dos quedaron en encontrarse en la oficina de Malone después del almuerzo; y así lo hicieron a lo largo de la semana. Scorpius creyó que aquellas horas de lectura serían insoportables, difíciles y aburridas. Sin embargo, se sorprendió cuando en la primera sesión tanto él como Rose pudieron permanecer en el mismo espacio durante horas sin hacerse comentarios desagradables. Scorpius, por supuesto, no se percató de esto sino cuando a las nueve de la noche los dos dejaron la oficina para regresar a sus salas comunes. En el camino, el rubio cayó en cuenta de que era la primera vez que permanecía tanto tiempo con Rose de forma civilizada y casi amable. Le pareció curioso y conveniente. Nada más.
En la segunda sesión, Scorpius se propuso mantener el ambiente de cordialidad que se había establecido la tarde pasada, de modo que se cuidó de no hacer comentarios que forzaran a Rose a tensarse. Se dio cuenta de que si él no la provocaba, Rose podía ser como cualquier otra chica. Con desconcierto la vio bajar la guardia y relajarse, claro, dentro de lo que cabía. Si iban a pasar tanto tiempo juntos, lo mejor era que al menos no discutieran ni se amargaran mutuamente. Scorpius quería concentrarse en la biografía de Merlín y en la competencia, y no quería distraerse con nimiedades como su rivalidad con Rose Weasley.
En la tercera sesión, Scorpius cayó en cuenta de que, sorprendentemente, las tardes de lectura no solo estaban resultando ser soportables, sino también, nada aburridas. Además de que el libro estaba muy bien narrado y en el rubio crecía cada vez más el interés por saberlo todo de Merlín, también disfrutaba de los ratos en los que Rose leía en voz alta. No se percató de ello sino hasta cuando, de repente, se ponía de malhumor en el momento en el que ella detenía la lectura y le pasaba el libro para que él continuara. Habían quedado en turnarse cada media hora, pero el slytherin se las arreglaba para hacerla leer más tiempo del acordado.
-Malfoy, te toca.- le decía ella.
-Me duele la garganta, Rose.- le decía el rubio y se aflojaba la corbata. – He ido donde Madame Pomfrey, pero dice que es un virus y que debe curarse solo.
Y entonces la veía asentir, compadecida por él, y continuar la lectura.
Era tan inocente.
La voz de Rose era suave y tenía que admitir que sabía hacer las pausas correctas y darle un tono especial a la narración. Pero jamás se lo diría. Ni pensarlo.
Además, en la tercera sesión también sucedió algo novedoso: al terminar de leer los dos se embarcaron, casi accidentalmente, en una conversación sobre lo leído. Discutieron sobre los grandes cambios políticos que hubo tras la muerte de Uther, la coronación de Arturo y el ascenso de Merlín. Lo discutieron sin agredirse, sin sarcasmos ni burlas. No fue una larga plática, duró, quizás, unos pocos minutos, pero fue sin duda una novedad.
Los dos quedaron en encontrarse la tarde del domingo en la oficina de Malone para la cuarta sesión. Scorpius tenía grandes expectativas: les faltaba, a penas, unas doscientas páginas para acabar.
2.-
Me llamo Rojo
Cuando Scorpius le propuso a Rose que leyeran juntos, la pelirroja sintió que no habría forma de que aquello funcionara. A ella le gustaba concentrarse en la lectura, y con el slytherin respirándole en la nuca jamás podría hacerlo. La sola presencia del rubio era suficiente como para tensarla de pies a cabeza, su voz la estremecía, sus ojos la perturbaban; no, aquello no podría ir nada bien. Además, su corazón solía acelerarse cuando él estaba cerca, y aunque había aprendido a lidiar con eso, no le hacía ninguna gracia estar en ese estado durante tantas horas diarias. Ninguna.
Sin embargo tuvo que aceptar la propuesta del slytherin porque era, en realidad, la más adecuada y la única que les permitiría dedicar la semana restante únicamente a la deducción de lo que querían decir las pistas que Ásban les entregó. De modo que decidió tragarse su incomodidad y aguantar, como toda una gryffindor, lo que fuera a caerle encima.
Lo curioso fue que no tuvo que aguantar nada, porque Scorpius Malfoy pasó de ser su rival y némesis, a un excelente compañero de lectura. Y aquello, en el fondo, no le gustó. Sí, definitivamente no le gustó que la compañía del slytherin le resultara agradable. De hecho, odiaba que fuera así.
La primera y segunda sesión leyeron sin interrupciones y manteniendo una cordialidad hasta entonces inexistente entre ellos. Scorpius llegó, se aflojó la corbata, se sentó en un sillón de cuero negro cerca de ella y la escuchó leer con atención, como lo haría un niño con su historia favorita. A veces, Rose lo sentía mirarla y se sonrojaba, pero no detenía jamás la lectura. Cuando le tocaba leer a él –durante lapsos muy cortos-, ella lo miraba como si quisiera grabar cada facción en su memoria para siempre. Luego, sus ojos azules se deslizaban inocentemente hacia los labios de Scorpius, que se movían mientras leía en voz alta. Un calor extraño la invadía por dentro y se avergonzaba de inmediato, bajando la mirada y direccionándola al suelo. Por suerte, Scorpius nunca se percató de ello.
Sin duda, lo que peor le cayó a Rose fue que durante esos días olvidó por completo lo de los anillos. Llegaba cansada a su sala común y se quedaba dormida de inmediato, con los anillos sobre el velador. Por supuesto, no había vuelto a tener sueños desde entonces; solo las mismas pesadillas de siempre. Al despertar, recordaba que debía volver a usar el anillo al dormir si quería corroborar que aquel sueño había sido una coincidencia, pero al llegar la noche volvía a olvidarlo.
Para colmo de males, había tenido una pequeña discusión con su hermano durante el desayuno que la confundió aún más. Hugo había empezado a hablar despectivamente de los slytherins porque continuaba resentido por la reciente pérdida de Gryffindor en el campo de Quidditch. Rose, usualmente, no lo escuchaba y optaba por ignorar sus comentarios, sin embargo, esta vez no pudo contenerse:
-Hugo, deja de hablar de los slytherins como si fuesen una raza distinta. Por si no te has dado cuenta, tienen ojos, boca, cabello, brazos, piernas, y lo que corre por sus venas es sangre caliente, igual a la nuestra.
Albus levantó su vaso con jugo de tomate.
-Brindo por eso.- dijo el moreno, apoyando a su prima.
Hugo miró con incredulidad a su hermana.
-No puedo creer que los defiendas. No son iguales a nosotros, tienen características opuestas. Y tú más que nadie deberías saberlo ya que compites contra uno de ellos.
Rose habló sin medir sus palabras:
-Scorpius Malfoy es egocéntrico y pedante, pero es inteligente, noble, maduro e independiente, y todo lo que ha obtenido lo ha hecho por sí solo. No es algo de lo que tú y yo podamos jactarnos, Hugo. En realidad deberíamos aprender de él.
Ni bien hubo pronunciado aquellas palabras y se arrepintió de haberlas dicho. Tuvo la suerte de que Fred llegó e interrumpió la charla, porque de haber continuado, Hugo habría iniciado un interrogatorio para descubrir desde cuándo ella admiraba tanto a un slytherin de apellido Malfoy. Y allí estaba el problema: ¿desde cuándo había empezado a admirarlo? Scorpius solía intimidarla porque le decía las verdades de frente, y además, siempre lograba sorprenderla. ¿En qué momento eso se había vuelto admiración? El rubio estaba lejos de ser perfecto y encima la subestimaba la mayor parte del tiempo. Sin embargo, Rose debía admitir que era el primer chico que conocía que tenía un carácter firme y una personalidad sólida, y ni hablar de su inteligencia. Estar a su lado era un reto permanente.
Y odió darse cuenta de ello.
La tercera sesión logró desestabilizarla aún más, porque se dio cuenta de que le preocupaba la salud de Scorpius y por eso leía largamente, incluso durante los turnos del slytherin. Se percató de ello cuando estuvieron dispuestos a salir de la oficina de Malone y ella estuvo a punto de ofrecerle un remedio muggle que su madre le había enviado y que funcionaba bien para la garganta. Se contuvo justo antes, sonrojándose. ¿Qué había estado a punto de hacer? Se sintió tonta y quiso alejarse del rubio lo más pronto posible. Contrario a ello, entabló una charla sobre lo leído; una charla que no fue larga, pero en la cual los dos intercambiaron percepciones inteligentes de forma amable, escuchándose y entendiéndose.
Al despedirse, justo antes de alejarse el uno del otro por lados opuestos del pasillo, Scorpius le sonrió.
Y Rose supo, sin lugar a dudas, que estaba perdida.
3.-
Cuarta sesión
Rose se apresuró por el pasillo directo a la puerta de la oficina de Malone. Albus le había pedido después del almuerzo que lo ayudara con un deber de Aritmancia, y tuvo que guiarlo durante algunos minutos, retrasándose en su cita con Scorpius. "Genial, Albus nunca hace deberes los domingos y justo hoy quiso volverse responsable", pensó ella mientras abría la puerta.
Scorpius estaba sentado con el grueso tomo biográfico de Merlín sobre sus piernas mientras que sus pies descansaban informalmente sobre el escritorio. Al escucharla entrar, sus ojos metálicos se despegaron del libro y se clavaron en ella como quien acababa de ser arrancado de un asunto importante. Un leve destello de molestia cruzó por sus pupilas, pero se desvaneció casi de inmediato.
-Tardaste.- dijo el slytherin en un tono natural y sin segundas intenciones. Parecía, de hecho, haber hecho un comentario al aire, porque casi al instante volvió a fijar los ojos en el libro, mucho más interesado en éste que en la tardanza de Rose.
-Sí, es solo que tuve que ayudar a Albus en…- comenzó ella, pero se detuvo al notar que Scorpius parecía desinteresado. - ¿Has avanzado?
-Algo.- dijo el rubio, dejando el libro sobre el escritorio y poniéndose de pie. – Iguálate.
-¿Y qué harás tú hasta entonces?- preguntó la pelirroja.
-Mirarte.- le respondió el slytherin con soltura y caminando hacia el lado contrario del escritorio. Sin duda, lo había dicho como un comentario sarcástico, pero Rose no pudo evitar sonrojarse al escucharlo, y se sintió estúpida.
Scorpius se dejó caer sobre un sillón y tomó una pequeña pelota de cristal que descansaba sobre una mesita. Mientras jugaba con ella entre sus manos, un tanto aburrido, vio a Rose caminar hacia el escritorio y sentarse frente al libro con delicadeza. La pelirroja tenía movimientos elegantes, muy femeninos; no coquetos ni mucho menos, sino delicados, medidos. Le recordaban un poco a los de su madre, Astoria, pero solo un poco.
Rose sabía que no podría leer cómodamente con Scorpius allí, aburrido frente a ella, esperándola. De modo que mientras buscaba la página en la que se había quedado el día anterior, le propuso:
-Si quieres, puedo leer en voz alta. No creo que te haga mal escuchar lo que has leído recientemente. Será como un repaso.
Scorpius descansó la cabeza contra el sillón.
-Sí, no me hará mal.- le dijo. Internamente, agradeció aquel ofrecimiento. Al menos así podría entretenerse con la voz de Rose y la narración. El tedio del día lo estaba consumiendo.
Rose comenzó a leer en voz alta y Scorpius cerró los ojos. Le gustaba escucharla de ese modo y había adquirido la costumbre de hacerlo sin darse cuenta de ello. Sin embargo, tras unos pocos minutos se volvió evidente que algo no estaba funcionando como siempre. Rose, quien solía leer sin erratas, constantemente se trababa o saltaba oraciones, incluso párrafos, para luego corregirse a sí misma con un tímido "perdón" o "lo siento". Scorpius abrió los ojos en cada equivocación y la vio sonrojada y con el ceño levemente fruncido. Parecía, en realidad, ausente.
Cansado de aquella lectura inútil, la interrumpió.
-Rose.- le dijo, y ella se estremeció. – No estás aquí.
La pelirroja lo miró confundida.
-Claro que estoy aquí, no seas absurdo.- le respondió.
Scorpius intensificó su mirada, como si quisiera perforarla con ella.
-No, no estás.- le dijo el rubio. – No quiero presionarte, pero quedamos en acabar hoy con la biografía.
Rose se sonrojó nuevamente y bajó la mirada hacia el libro como si estuviese buscando algo, pero Scorpius supo bien que no buscaba nada. El rubio había empezado a entender los gestos y reacciones de la gryffindoriana, uno a uno. Esbozó una sonrisa casi imperceptible. Sus ojos seguían fijos en ella, algo enternecido por el intento vano de la pelirroja en ocultar su verguenza.
-No te estoy reclamando nada.- dijo el slytherin, intentando sacarla de su incomodidad.
Rose levantó la mirada, recomponiéndose.
-Ya sé.- le dijo con firmeza. – Es solo que también quiero terminar con esto, y sé que lo estoy retrasando.
Scorpius volvió a jugar con la pelota de cristal entre sus manos.
-Dame el libro; leeré en voz alta.- dijo el slytherin.
Rose negó con la cabeza.
-No, te duele la garganta. Soy la más adecuada, me concentraré.
Scorpius entornó los ojos.
-Rose, no me duele nada.
La gryffindoriana lo miró como si no hubiese comprendido sus palabras, luego, tras unos segundos de estupefacción, su mirada se aclaró y agudizó, evidentemente indignada.
-Me mentiste.- soltó ella, molesta. – No sé por qué me sorprendo.
Scorpius jugaba con la pelota de cristal y parecía no afectarle en lo absoluto el enojo de Rose.
-Weasley, no exageres.- le dijo con indiferencia. – No fue una mentira importante. Lo hice porque prefiero que seas tú quien lea. Me gusta tu voz.
Rose volvió a sentir su corazón acelerándose a un ritmo incontrolable dentro de su pecho. Por suerte, Scorpius no parecía darse cuenta en lo absoluto del efecto que sus palabras causaban en ella. Para él, lo que decía estaba por debajo de un cumplido, y además, lo decía con sinceridad y sin darle mayor importancia; pero para Rose, cada sílaba contaba. Y aunque se repetía a sí misma que debía dejar de darle importancia, era evidente que su cuerpo no tenía ninguna intención de hacerle caso a su cerebro, y cuando se trataba de Scorpius Malfoy, optaba por actuar por cuenta propia.
Scorpius levantó la mirada hacia ella y notó el rosa en sus mejillas, pero creyó que se debía a su enojo. Decidió que lo mejor sería cambiar de tema y direccionar la conversación hacia otro tópico, antes de que la armonía que se había creado entre ellos durante las últimas sesiones se rompiera. Necesitaba que esa armonía durara hasta que acabaran el libro, luego, podrían volver a disgustarse el uno con el otro. Poco le importaba.
-Y bien. Cuéntame.- dijo el slytherin cansinamente.
Rose lo miró, confundida.
-¿Perdón?
-Es obvio que algo te preocupa.- le dijo, fingiendo interés.
Rose pareció escéptica y no dijo nada durante algunos segundos. Scorpius suspiró.
-Ya sé que no somos amigos, Weasley. Y créeme, no estoy interesado en tu vida íntima. Solo quiero ayudarte a recuperar tu concentración.
Rose meneó la cabeza.
-No es nada, es solo que mis padres no han respondido una carta que les envió mi hermano.- le dijo. – He estado pensando en eso y por eso leí tan deplorablemente.
-¿Eso es todo?- preguntó el rubio, dándole poca importancia. – Deben estar ocupados, no entiendo por qué le das tantas vueltas al asunto.
-Tú no entiendes.- dijo Rose, descansando los codos sobre el escritorio. – Mis padres siempre responden rápidamente las cartas.
Scorpius la miró, esta vez con genuino interés.
-Si algo grave le hubiese pasado a tus padres, ya te habrías enterado.- le dijo.
-Lo sé, no creo que les haya pasado nada.- dijo la pelirroja.- Pero sí creo que no quieren respondernos.
Scorpius dejó salir una pequeña risa llena de ironía.
-Sé de eso. Mis padres son unos genios evadiendo respuestas.
Rose adquirió un aire pensativo.
-Se siente raro que no quieran contestar.- dijo casi para sí misma.
-Bienvenida a todos los días de mi vida.- dijo Scorpius, con humor negro.
La gryffindoriana lo miró con curiosidad.
-¿Por qué tus padres te evaden?- le preguntó.
Scorpius dejó la pelota de cristal sobre la misma mesa donde la había agarrado.
-Porque hay preguntas que en mi casa están vedadas.- dijo el rubio en un tono mucho más serio del habitual. – Y si no te importa, ya no quiero seguir con el tema.
Rose asintió con rapidez y clavó los ojos en el libro frente a ella. Casi sin aliento, se dio cuenta de que había acabado de tener una conversación de carácter personal con Scorpius, y la piel se le erizó. No, aquello no estaba bien. Prefería la áspera y accidentada relación que habían mantenido antes de decidir trabajar juntos. Sí, quería más que nunca volver a eso. Y seguramente lo harían, de modo que era mejor no acostumbrarse a aquella situación excepcional.
Rose se aclaró la garganta, rompiendo el silencio.
-He recuperado mi concentración.- le dijo. - ¿Seguimos?
4.-
Lily caminaba por los campos de Hogwarts directo a la cabaña de Hagrid cuando fue interceptada por Lorcan. Sus ojos miel se agudizaron al chocarse con los celestes del Slytherin y dio un respingo, evidentemente fastidiada. Se cruzó de brazos y lo miró con impaciencia.
-¿Qué quieres?- le preguntó, fingiendo un tono dulce. – Tengo prisa.
Lorcan sonrió.
-Es solo que no hemos tenido tiempo de hablar, Lilith, desde que tu equipo perdió contra el mío.- dijo el rubio, completamente entretenido con la idea de molestar a la gryffindoriana. Sí, desde aquel partido Lorcan había decidido que costase lo que costase, Lily Potter sería suya. Pero estaba consciente de que ella no era una chica común. La pelirroja tenía un carácter fuerte e independiente. Si quería ganársela, debía primero vencerla en su propio juego. Y mientras tanto, se divertiría con ello.
Había estado jugando quidditch con Lysander unos metros más allá cuando vio a Lily salir del castillo y avanzar por el sendero camino a la cabaña de Hagrid. Se disculpó con su hermano, quien no necesitó mayor explicación –Lysander sabía todo lo de Lorcan incluso antes de que él se lo dijera- y corrió tras la gryffindoriana. Quería hablarle un poco, irritarla, tal vez. Después de todo, esa era su dinámica. Así funcionaban.
Y sí, lo había conseguido: Lily estaba irritada.
-¿De qué quieres hablar? ¿De cómo Albus y yo somos los mejores jugadores de quidditch de este colegio y de cómo nos ganaron por suerte, pero no por talento? ¿o de cómo los aplastaremos la próxima vez en el campo de juego?- dijo Lily, acariciándose la barbilla con la mano, como si estuviese pensando.- Porque esos son los únicos temas de discusión. No hay otros. Puedes preguntarle a cualquiera.
Lorcan sonrió y se cruzó de brazos también. Le encantaba la confianza de Lily, y lo directa que era al expresarse. Las chicas con las que había salido anteriormente eran muy diferentes. La pelirroja tenía una lengua bastante viperina para ser una gryffindoriana. Más que una leona, parecía una quimera.
-Ganamos por astucia.- dijo Lorcan, acercándosele. – No es algo que espero que entiendas, pequeña Lilith. Pero la astucia mueve el mundo. Te permite trabajar con lo que tienes. De nada sirve que seas veloz si no sabes cómo ni cuándo aprovecharlo.
Lily sonrió y lo miró con desafío.
-Ya veremos si no sé cómo aprovecharlo.- le dijo, y ella también se le acercó, tomándolo por sorpresa. Algo se movió dentro de Lorcan, un instinto parecido al deseo que jamás había experimentado antes con tanta fuerza. – Ni siquiera me verás venir.- le dijo casi en un susurro.
Y siguió su camino, dejando a Lorcan totalmente obnubilado y sin palabras. Soltó una pequeña risa segundos después de que ella se hubo ido y se pasó una mano por la cabeza. Muy en el fondo, supo que Lily iba a ser lo mejor, o lo peor de su vida.
Se dispuso a caminar de regreso cuando, metros más adelante, escuchó a Lysander gritar:
- ¡Albus cuidado!
Y luego oyó un grito fuerte y contundente, de profundo dolor.
Un grito femenino.
5.-
- "El cuerpo de Merlín fue encontrado a unos metros del lago de Avalón. Según las declaraciones firmadas que yo mismo recopilé, Morgana fue hallada junto al cadáver. Los soldados de Camelot la arrestaron y tras un corto juicio fue enviada a la isla de Avalón, donde permaneció recluída hasta los últimos días de su vida. Nunca más volvió a hablar."- leyó Rose, y en su voz se notó el estremecimiento que le provocaba la misma historia. Scorpius estaba tenso, con los ojos cerrados, inmerso en las palabras que salían de la boca de la gryffindoriana. – "Merlín fue incinerado en una ceremonia organizada por Arturo. Un mes después, el reinado de Arturiano vio su fin. Camelot fue saqueada, y aquellos que pudieron escapar se dispersaron por varios lugares de la región, acogiéndose en aldeas o nuevas ciudades fortificadas. A pesar del aparente fracaso, Merlín libró una guerra que lo llevó a la muerte pero que salvó la vida de miles de generaciones de magos y brujas, y sus ideas, preceptos y leyes en cuanto a la utilización mágica siguen vigentes en nuestro mundo. Su estudio de la magia y cómo moldearla sentó las bases para que años más tarde las varitas fuesen creadas e instrumentalizadas de forma general para la población mágica. Y es así como su legado permanecerá junto a nosotros por siempre, vivo y eterno. Fin."
Rose cerró el grueso tomo biográfico de Merlín aún demasiado estremecida por la historia como para poder articular opinión alguna. ¿Era aquel libro la biografía más completa del mago más importante de todos los tiempos? Rose sentía que los vacíos de aquella biografía eran insoportables. Había que reconocer que estaban allí recopilados los datos verídicos que se habían podido rescatar, pero aún así muchas cosas quedaban suspendidas en el aire. No se explicó nunca, por ejemplo, cómo fue que Morgana logró asesinar a Merlín, ni por qué se dejó atrapar por los soldados de Camelot tan fácilmente. Tampoco entendía Rose dónde se había originado la locura de Arturo y su repentino cambio de carácter, alejándose de Merlín y mandando a la hoguera a su esposa, Guinevere. Nada estaba claro.
Scorpius abrió los ojos y adquirió una expresión de incredulidad y molestia.
-¿Y es así como termina?- preguntó en un tono despectivo. – Los de la Orden necesitan a un mejor biógrafo, y sobre todo, a un mejor escritor.
Rose fijó sus ojos azules en el slytherin, sorprendida de que él hubiese dicho justamente lo que ella estaba pensando. Tal vez, no siempre fueran tan diferentes como creían, después de todo.
Scorpius le dedicó una mirada extraña, que ella no pudo descifrar. El silencio empezó a volverse tenso.
-Y tú.- dijo el rubio, finalmente. - ¿Qué piensas?
Rose se sorprendió al escucharlo preguntarle lo que opinaba del libro. Usualmente a Scorpius no parecía importarle en lo absoluto nada que tuviera que ver con ella, mucho menos lo que pensara. Sin embargo, él era bastante directo; y si le estaba preguntando, era porque le interesaba. Quizás no mucho, pero sí algo.
Rose estuvo a punto de contestar cuando la puerta de la oficina de Malone se abrió bruscamente, dejando entrar a un slytherin que ella reconoció de inmediato. Aquel cabello castaño desordenado y grandes ojos verdes solo podían pertenecerle a una persona.
-Scorpius.- dijo Alexander Nott, casi sin voz. Estaba agitado; parecía haber venido corriendo. – Es Megara. Hubo un accidente. Está en la enfermería.
Alexander no tuvo que decir nada más. Scorpius se puso de pie y salió casi empujando a su amigo a una velocidad impresionante. Rose pudo ver la preocupación en su rostro justo antes de que saliera. Era evidente que la noticia le había afectado, y por alguna extraña razón, eso la hizo sentirse mal. Una tristeza que jamás había experimentado antes la embargó, y pronto se dio cuenta de qué se trataba: le dolía que Scorpius quisiera tanto a Megara. Se preguntó si alguna vez algún chico se había preocupado tanto por ella. La respuesta era una negativa. Scorpius parecía ser uno de esos chicos a quienes pocas personas les importaban. Y Megara Zabini era una de ellas.
Sumida en estas reflexiones no se percató de que Alexander Nott continuaba en el lugar, pegado junto a la puerta, mirándola.
-Rose.- le dijo el slytherin, hundiendo ambas manos en los bolsillos de su pantalón. – Creo que también deberías ir a la enfermería.
La pelirroja levantó la mirada y la fijó en Alexander Nott, confundida.
-¿Por qué?- preguntó con suavidad.
-Porque tu primo Albus también está allí.
Rose lo miró aún más aturdida que antes. El castaño continuó:
-Es muy largo de explicar. Pero las cosas no están bien, y creo que deberías ir a apoyarlo.
-¿Está herido?- preguntó Rose, angustiada.
-No, además de unos rasguños, no.- dijo Alexander. – Pero ese no es el problema. Hay un gran grupo de gryffindors y slytherins fuera de la enfermería.
Rose se puso de pie.
-No te estoy entendiendo.- le dijo, un poco impaciente.
Alexander suspiró y se pasó una mano por el cabello desordenado.
-Rose, Albus tuvo la culpa del accidente de Megara.
6.-
Cuando Rose llegó a la enfermería tuvo que abrirse paso hacia la entrada, porque varios alumnos de Slytherin y Gryffindor estaban afuera, gritándose los unos a los otros cosas inentendibles. Por un momento, Rose creyó que no lograría entrar, pero entonces Lorcan se puso a sus espaldas y la rodeó con sus brazos formando una barrera que le permitió ingresar a la enfermería. Adentro, Madame Promfrey repetía que solo se permitía la entrada de familiares o amigos cercanos. Rose estaba aturdida, pero entre tanta confusión logró ver a Lily, Roxanne, Lucy, Dominique, Hugo, Fred, Louis y Lysander rodeando a Albus, quien permanecía sentado en una cama, con un rasguño en la frente que parecía algo inflamado. Rápidamente se dirigió hacia ellos.
-¿Qué pasó? ¿Estás bien?- preguntó la pelirroja, angustiada.
Albus asintió. No parecía de buen humor.
-¿Qué sucedió?- preguntó Rose a sus primos, porque notó que Albus no tenía ganas de hablar.
-Fue un accidente, pero todos creen que fue una venganza de Albus porque Megara atrapó la snitch. Es absurdo.- dijo Roxanne, molesta.
-Yo estaba jugando quidditch con Lorcan, pero él se fue un momento, entonces apareció Albus, y como estaba con la quaffle se la lancé y empezamos a practicar lanzamientos.- dijo Lysander. – Todo pasó muy rápido. Le hice un lanzamiento largo y y él corrió sin mirar hacia atrás. Yo vi a Megara muy tarde y aunque traté de avisarle, fue imposible que la esquivara. Prácticamente le cayó encima y los dos rodaron colina abajo. Y Megara…
-Se rompió un brazo.- dijo Dominique, apenada.
Rose cerró los ojos y se llevó una mano a la frente. La rivalidad entre Gryffindor y Slytherin estaba más latente que nunca ahora que ella y Scorpius competían, y era de esperarse que tras el partido también se trasladara esa misma rivalidad a todas las demás áreas. No le sorprendía que los slytherins creyeran que se trataba de un acto de venganza. Era demasiada casualidad que una semana después de haber perdido contra Megara Zabini, Albus estuviera involucrado en un accidente en el que la morena se había fracturado en brazo. Por supuesto que aquello era simplemente eso, una coincidencia; Albus jamás haría algo para tomar venganza, mucho menos lastimar a una chica. Pero eso, los slytherins no lo sabían. No conocían a Albus.
De repente, el moreno se puso de pie y se abrió paso entre sus primos directo al fondo de la enfermería. Rose lo siguió, preocupada, y entonces pudo ver a dónde se dirigía: a unos cuantos metros estaba Megara Zabini acostada en una cama. Su brazo estaba vendado y a su lado estaban Scorpius Malfoy y Alexander Nott. Scorpius la miraba con calidez y parecían charlar de algo, pero en cuanto vieron a Albus acercándose se callaron. Rose vio, algo preocupada, cómo los ojos del rubio se ennegrecían, fijos en la figura de su primo, quien continuaba caminando hacia ellos. De repente, Scorpius dio tres pasos hacia adelante y detuvo a Albus solo con la mirada. El gryffindor, sin embargo, se la sostuvo. Sus ojos verdes estaban limpios y sin una sola mancha de miedo.
-Lárgate, Potter.- dijo Scorpius. Su voz era tan fría y amenazadora que logró estremecer a Rose a pesar de la distancia. El rubio ni siquiera se había inmutado de su presencia. Toda su atención estaba en el moreno.
-No eres quién para ordenarme nada, Malfoy.- dijo Albus con firmeza, y demostrando que Scorpius no le producía nada, ni siquiera respeto. – Estoy aquí porque quiero disculparme con ella.- dijo el gryffindor, mirando a Megara. – Y decirle que fue un accidente.
-Por supuesto, y es por eso que Rob Finnigan gritó mientras me traían hacia acá "¡Bien hecho, Albus!"- dijo Megara, furiosa. Sus ojos oscuros estaban clavados en el gryffindor- Porque fue un accidente. Claro.
Albus la miró con sequedad y dureza.
-Mira, Zabini: no espero que entiendas que yo jamás haría algo como eso, después de todo, no me conoces. Vine a disculparme, y lo he hecho. Si no lo crees, no es mi problema. Si nadie en este maldito colegio lo cree, tampoco me importa.- dijo Albus, evidentemente molesto.
Scorpius no dio ni un paso más hacia adelante, pero sus ojos miraban a Albus sin ningún tipo de contemplaciones.
-Voy a ser directo contigo, Potter. No te vuelvas a acercar a Megara, o no seré tan civilizado como ahora.- dijo el rubio, en un tono neutro pero honesto. - Tú tampoco me conoces.
Albus le sostuvo la mirada, ofendido por la forma en la que las serpientes se dirigían a él, acusadoramente. Incluso Alexander Nott, quien no había participado de la discusión, parecía incómodo con la presencia de Albus. Rose cortó la poca distancia con su primo y lo tomó del brazo.
-Vámonos, no tiene caso.- dijo la pelirroja muy suavemente, pero Scorpius la escuchó y sus ojos metálicos se fijaron en ella. Rose le dedicó una mirada ambigua, manchada con cierta decepción. Él no dijo nada, pero la vio irse con su primo y solo volteó hacia Megara y Alexander cuando el cabello rojo de la gryffindoriana se desvaneció por completo de su campo visual.
7.-
Aquella noche Rose regresó agotada había sido un domingo bastante cargado, y eso que se suponía que los domingos eran para descansar y prepararse para el inicio de semana. Encima del problema que había surgido sobre Albus por culpa del inmaduro de Rob Finnigan y sus comentarios desubicados, Rose no podía dejar se sentirse triste. Aún volvía a su mente la imagen de Scorpius defendiendo a Megara, y la forma en la que él la miraba. Cada vez que recordaba aquella escena, un agujero enorme se abría en la boca de su estómago y la hacía sentirse mareada.
Justo antes de acostarse vio los anillos plateados sobre su velador y recordó que aún tenía que corroborar que su sueño se había tratado tan solo de una coincidencia. Agotada y con muchos conflictos dentro de su cabeza, Rose se colocó el anillo y se acostó a dormir.
El anillo centelleó en su mano.
Sueño #2
-¡Meeeerlín!- gritó Arturo, mientras se vestía. - ¿Dónde están mis botas?
Merlín le dio una última pulida a unas largas botas de cuero y las dejó sobre la mesa.
-Listas. ¿Algo más?- preguntó con sarcasmo.
-No me tientes.- le respondió Arturo.
Merlín dio un respingo.
-Sería un tonto si lo hiciese.- dijo, y mientras Arturo salía del vestidor, fijó sus ojos en un pequeño jarrón que descansaba sobre el armario. En cuestión de segundos, el jarrón cayó sobre la cabeza del joven príncipe, golpeándolo inofensiva, pero dolorosamente.
-¡Auch!- soltó el rubio. - ¿Viste eso?- le preguntó, malhumorado.
-¿Qué cosa?- preguntó Merlín, haciéndose el inocente.
Arturo hizo una mueca y fastidiado le lanzó el jarrón al moreno.
-Coloca bien las cosas, o terminarás rompiéndome la cabeza.
Merlín le dio la espalda y se dirigió hacia la salida de la habitación con una sonrisa en los labios.
-No tengo la culpa de que eso haya caído sobre ti.- le dijo antes de salir.
En el pasillo, los colores se intensificaron y algo extraño sucedió: Rose pudo verse a sí misma. Elevó las manos a la altura de sus ojos. ¿Estaba soñando? Frente a ella Merlín avanzó caminando sin percatarse de su presencia. No la había visto en lo absoluto. ¿No se soñaba siempre en tercera persona? ¿Se podía estar físicamente dentro de un sueño? ¿Por qué podía verse a sí misma en el castillo de Camelot? Sin embargo, parecía ser la única que lo hacía, porque los sirvientes que cruzaban los pasillos y los soldados y caballeros que resguardaban las esquinas no notaban su presencia. ¿Sería invisible para ellos? Rose no quiso pensar más y corrió tras Merlín, quien casi desaparecía al final del pasillo.
El sol del día traspasaba los cristales de las ventanas y golpeaba las piedras del castillo con un dorado brillante. Rose podía respirar el olor a primavera y escuchar las risas de niños jugando por toda la ciudad; también escuchaba el movimiento de la gente, trabajando, transitando por la ciudad fortificada de Camelot. Aquel sueño era en definitiva mucho más vivo que el primero que tuvo la noche en la que se quedó dormida en la biblioteca junto a Scorpius. Nada estaba borroso y los sonidos llegaban a ella como si estuviera despierta. "Esto es demasiado raro", pensó.
Merlín salió del castillo tarareando una canción y Rose lo siguió de cerca, pero observando a su vez todo lo que la rodeaba. Varias chicas miraron a Merlín y se sonrojaron, pero el joven pareció no notarlo. Su cabello negro era desordenado, como el de Albus, e incluso más negro que el de él. Llamaba bastante la atención, especialmente sus ojos azules, grandes y profundos, y sus pómulos pronunciados.
Tras algunos minutos de cruzar por mercados y casas de la ciudad, Rose se vio en un sector resguardado y casi solitario. Merlín se escabulló tras unos pilares, escondiéndose de los guardias, y se paró frente a una puerta de hierro. Rose lo vio colocar su mano sobre la puerta y cerrar los ojos. Susurró algo en un idioma desconocido y la puerta comenzó a abrirse.
Rose no podía entender por qué podía verse a sí misma en el entorno. Su sueño pasado no había sido así; más que un sueño, parecía estar dentro de las memorias de alguien; dentro de la historia misma.
Merlín ingresó por la puerta y Rose se apresuró a seguirlo. Adentro, todo estaba sumamente oscuro. La pelirroja escuchó al mago pronunciar otra palabra indescriptible y una antorcha se encendió. El moreno la sacó de la pared y comenzó a descender por una larga escalera zigzageante. Rose entendió que debía estar en algo parecido a una catatumba o sótano de reclusión. El lugar olía a humedad. No le gustaba.
Pronto las escaleras terminaron y Merlín llegó a un espacio amplísimo lleno de estalactitas de rocas. En la oscuridad, Rose no pudo calcular la exacta profundidad del sitio. La luz de la antorcha llegaba a iluminar tan solo un sector, y de ahí en adelante se difuminaba, opacada por la negrura del espacio.
De repente, Rose escuchó unos movimientos desde las profundidades de aquel lugar. Merlín elevó la antorcha.
-Vesporg.- llamó el moreno. – Soy yo, Merlín.
Rose contuvo el aliento cuando de entre la oscuridad pudo ver unos ojos enormes y amarillos. En cuestión de segundos escuchó un aleteo tan fuerte y poderoso que instintivamente retrocedió dos pasos. Un aliento caliente y con olor a hollín se esparció por el ambiente.
-Por Merlín…- soltó la gryffindoriana con los labios entre abiertos.
Un enorme dragón apareció frente a sus ojos, con escamas plateadas y filosos dientes que resplandecían. Rose contuvo la respiración: nunca había visto una criatura tan grande. Los dragones que existían en la actualidad eran mucho más pequeños. Sus ancestros les triplicaban el tamaño.
-A Hagrid le encantaría esto…- dijo en voz baja, pero no hubo sonido alguno. Se dio cuenta de que su voz no existía en aquel lugar. Allí, ella era tan solo un espejismo.
El dragón fijó sus enormes ojos en Merlín.
-Has vuelto, después de todo.- dijo el dragón y Rose se petrificó. ¿Un dragón que hablaba? ¿Qué clase de sueño era aquel? ¿Podría acaso ser más absurdo?
Merlín esbozó una media sonrisa.
-Siempre regreso. – le dijo en un tono afable. – Aunque no me guste escuchar todo lo que dices.
El dragón pareció pensativo y resopló, lanzando un poco de humo por sus fosas nasales.
-Supongo entonces que has logrado detener a la bruja.
-No le digas así.- respondió el moreno, bruscamente. Su tono, antes amable, cambió junto a su expresión. El dragón no pareció sorprendido.
-Te niegas a escuchar mis advertencias… Pues bien: los males que acaecerán sobre ti y Camelot serán grandes.
Rose fijó sus ojos azules en Merlín. El moreno tenía una expresión cálida a la luz de la antorcha, y sus ojos parecían nublados por dudas y temores, pero se mantenía firme.
-Conozco a Morgana. Tiene un buen corazón. Ella…
-Ella es peligrosa.
-Asumiré las consecuencias.- determinó Merlín, zanjando la conversación y estableciendo un silencio prolongado.
Tras varios segundos de silencio, el dragón habló:
-¿A qué has venido entonces, si está claro que lo que digo no es trascendente?
Merlín meneó la cabeza.
-Es trascendente. En verdad lo es.- lo corrigió, el moreno. – Hace unos días Arturo y yo encontramos un niño en las afueras de Camelot. Había sido herido por unos bandidos y…
-Sé bien quién es ese niño.- dijo el dragón, botando humo nuevamente. – Sé que la bruja se ofreció a cuidar de él.
-Morgana tiene una debilidad por los niños.- dijo Merlín, sonriendo. – Ella es, dulce.
-Pero has venido porque lo dulce está empezando a parecerte amargo, ¿no es cierto?- le preguntó el dragón, incisivamente.
Merlín tragó saliva.
-No tiene nada que ver con Morgana.- dijo en un tono grave. – Es, el niño. Se ha estado recuperando y Uther no tiene problema en que Morgana lo cuide, después de todo, ella le rogó que le permitiera tenerlo en su habitación. Pero…
-Ya te diste cuenta de que el niño tiene magia.- completó el dragón.
Merlín lo miró con perplejidad.
-Sí.- afirmó finalmente. – Y temo que Morgana también lo está sospechando.- Rose notó preocupación en el semblante del moreno, y se acercó más para escuchar todo con claridad. – Si Uther se entera de que el niño tiene magia, va a matarlo. No está seguro aquí, por eso vine. Porque si hay algo que se pueda hacer, sé que tú lo sabrás.
El dragón agudizó sus ojos amarillentos y por unos segundos, Rose tuvo miedo.
-Lo mejor que puede pasar es que Uther Pendragon mande al niño a la hoguera.- dijo el dragón.
Merlín dio un paso hacia atrás. Su rostro estaba petrificado ante la respuesta oscura y violenta de Vesporg. Por varios segundos lo miró con incredulidad profunda. El silencio era insostenible.
-¿Qué dices?- preguntó el moreno.
Vesporg resopló y el sonido hizo eco en todo el lugar.
-Lo que oíste, pequeño héroe.- dijo el dragón. – Ese niño debe morir.
-Basta.- sentenció Merlín. Sus ojos estaban manchados de indignación. – No importa lo que digas. No voy a permitir que ese niño sea sacrificado. Es solo un niño.
-Ese niño será quien guíe a la bruja a la oscuridad.- dijo Vesporg con firmeza.- Si no vas a permitir que muera, entonces, sepáralo de ella. Sácalo de Camelot cuanto antes.
Merlín asintió y bajó la mirada. Rose notó que tenía los puños cerrados y que parecía bastante aturdido. Tras unos momentos de quietud e inmovilidad, el moreno levantó la mirada hacia la bestia.
-Lo haré.- dijo con suavidad. – Y no vuelvas a decir que no te escucho.
El dragón se fue hundiendo en la pétrea oscuridad del espacio rocoso.
-Escuchas, pero a medias, joven héroe. Y el futuro será terrible.
A la velocidad de un parpadeo Rose se vio en una sala que reconoció de inmediato como la de la casa de Gaius. Merlín comía en una mesa, en silencio. La puerta se abrió abruptamente.
Rose contuvo el aire al ver a Morgana cerrar la puerta tras de sí. Tenía un vestido verde y largo, y su cabello negro caía en ondulaciones por su espalda. Su piel tenía un aspecto suave, y sus ojos verdes estaban acompañados por pestañas largas y cejas perfectamente arqueadas. El cuadro en la Orden no le hacía justicia a su belleza: en verdad, era la mujer más bella que Rose jamás hubiese visto antes.
Al verla, Merlín se puso de pie bruscamente y tragó sin masticar lo que tenía en la boca. Tosió varias veces y se golpeó el pecho, a punto de ahogarse, pero se recompuso de inmediato. Morgana caminó hacia él sin percatarse de lo que su presencia había causado; parecía sumida en sus propias preocupaciones.
-Disculpa que haya venido así, tan apresuradamente.- dijo ella. – Es que, no sé con quién más hablar.
-¿Sucede algo?- preguntó Merlín, interesado.
-Es Mordred.- dijo Morgana. Sus ojos se fijaron en los de Merlín con consternación. – Tiene magia.
Rose vio cómo Merlín bajaba la mirada y le daba la espalda a la morena mientras fingía recoger unas cosas sobre un escritorio. Morgana dio un paso hacia adelante.
-Merlín, tienes que ayudarme.- dijo la morena. – Si Uther llega a saberlo…Mordred es solo un niño.- la voz de Morgana se quebró. – Tienes que ayudarme a sacarlo de aquí.
Tras un breve silencio, Merlín se volteó y fijó sus ojos azules en los de Morgana.
-Puedes contar conmigo.- le dijo, y ella esbozó una sonrisa tibia e inocente.
-Sabía que podría.- dijo Morgana. Sus mejillas se sonrojaron, levemente. – Aquí todos son prácticos, pero tú eres diferente. Siempre lo has sido.
Merlín le dedicó una mirada profunda y cálida que hizo que Morgana bajara la suya al suelo, tímidamente, mientras jugaba con sus manos de forma torpe.
-De cualquier forma…tenemos que buscar un lugar en donde pueda vivir allá afuera.- dijo Morgana, intentando disfrazar los efectos que tenía la mirada del moreno sobre ella.
Merlín asintió.
-Déjamelo a mí.- le dijo. – Sé en dónde va a estar seguro, y además, con los suyos.
Morgana se acercó a él con una expresión interrogativa y a la vez de interés.
-¿Lo suyos?- preguntó.
-Sí.- afirmó Merlín y esbozó una sonrisa. – Los druidas.
Rose parpadeó varias veces, anonadada. Si no recordaba mal, los druidas eran sectas de magos que vivían independientemente en aquella época, fuera de ciudades y aldeas, bajo sus propias reglas. Usualmente eran nómadas y jamás se establecían en ninguna parte específica, por ello eran muy difíciles de encontrar.
Morgana pareció confundida.
-Los druidas…- dijo en un tono muy bajo. – Pero…ellos…
-Sé dónde encontrarlos.- dijo Merlín. – Déjamelo a mí. Nada le sucederá a Mordred.
Morgana asintió y Rose estuvo completamente segura de que no existía confianza más plena y absoluta que la que la morena le tenía a Merlín. Era una confianza ciega y de entrega total, una confianza que pocas veces había visto antes. De hecho, solo la había visto en sus padres.
De repente, Rose se vio en una habitación diferente pero familiar. Sí, la recordaba muy bien: era el cuarto de Morgana. A pesar de que en su sueño anterior todo había estado algo borroso, reconoció las cortinas aterciopeladas, los grandes ventanales y los candelabros bañados en oro. Sobre la cama estaba sentado un niño muy blanco, de cabello oscuro, lacio, y ojos celestes. Tenía un aspecto angelical e inocente. Su mirada estaba fija en Morgana, quien se colocaba un sobretodo rojo y se cubría la cabeza con la capucha. A Rose le pareció que Mordred la obsevaba de una forma enigmática, con curiosidad, anhelo, y algo más que no pudo descifrar.
Morgana volteó hacia él y le sonrió con ternura.
-Ven, toma mi mano.- le dijo, extendiéndosela en el aire.
Mordred no se movió de la cama. Sus ojos celestes estaban fijos en los verdes de la morena.
-Me sacarás de Camelot.- dijo el niño con cierto resentimiento, y Rose notó que tenía una voz bastante suave y melodiosa. – Me alejarás de ti.
Morgana frunció el ceño, notablemente dolida por las palabras de Mordred.
-No es lo que quisiera.- dijo la morena, y en sus ojos se podía ver que decía la verdad. – Quisiera que las cosas fueran diferentes.
Mordred miró hacia la ventana, dándole el perfil a Morgana.
-Me alejarás de ti porque soy un monstruo.- soltó.
Rose vio cómo los ojos de Morgana se llenaron de lágrimas mientras caminaba hacia el niño y se arrodillaba frente a él, tomándole las manos.
-Nunca vuelvas a decir eso.- dijo la morena.- Nunca.
Mordred volvió a mirarla, inexpresivamente.
-Eso es lo que piensan todos.
-Yo no.- dijo Morgana, mirándolo con profundidad.
Mordred esbozó una ligera sonrisa.
-Eso es porque tú también eres un monstruo.
Morgana lo miró con incredulidad y confusión. Sus labios temblaron, como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras para hacerlo. Sin embargo los dos fueron interrumpidos por Merlín, quien tras tocar la puerta entró rápidamente a la habitación. Los ojos celestes de Mordred se clavaron en los azules de Merlín con frialdad, mirada que el moreno le devolvió con una de desconfianza.
-Todo está listo, Morgana. Distraje a los guardias.- dijo Merlín. – Es ahora o nunca.
Morgana asintió y se puso de pie. Mordred también lo hizo, esta vez, él tomando la iniciativa y agarrando la mano de Morgana. Merlín lo notó y creyó percibir en el niño una sonrisa sardónica.
-Vamos.- dijo la morena.
Rose siguió al trío cuando éstos salieron de la habitación y se deslizaron rápidamente por varios pasillos, bajando algunas escaleras, y cruzando dos salones. El castillo era grande y por la noche, algo atemorizante. Justo al llegar a una salida, Merlín detuvo a Morgana.
-Hasta aquí llegas tú.- le dijo con calidez. – Será mucho más fácil que pasemos desapercibidos si distraes a los guardias del norte.
Morgana asintió y con tristeza fijó sus ojos en Mordred. El niño la miró con facciones quietas, pero una intensidad extraña en su mirada. La morena le acarició el rostro con delicadeza.
-Vas a estar bien, lo prometo.- dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas. – Y espero que algún día, cuando Uther ya no reine sobre Camelot, podamos volver a vernos.
Morgana se inclinó y depositó un beso afectuoso y profundo en la frente de Mordred, no se había percatado de que el niño aún no le había soltado la mano, y por eso, justo cuando estuvo a punto de irse se vio forzada a regresar sobre dos de sus pasos, pues Mordred aún apretaba su mano contra la de ella y sus ojos, como el cielo antes de la tormenta, la miraban relampagueantes.
-Nos volveremos a ver.- le dijo él, suavemente. – Pronto. Te estaré esperando.
Morgana lo miró con cierta confusión, no entendiendo bien a qué se refería. Merlín tomó a Mordred por la otra mano y lo haló consigo, separándolo de la morena con incomodidad. Cuando el niño al fin soltó su mano, Rose vio cómo Morgana adquiría una expresión de lividez. Giró su mano y la elevó: en ella tenía un pequeño papel. La gryffindoriana se acercó, algo temerosa, a la bruja. Aún no se acostumbraba al hecho de que nadie podía verla y tenía la sensación de que de repente alguien la descubriría. En un pergamino húmedo y sucio pudo leer claramente lo siguiente:
"Si quieres respuestas, busca a los druidas; a los monstruos, como tú y yo."
Morgana apretó el papel entre sus manos y luego contra su pecho.
En una habitación de la torre de Gryffindor, Rose Weasley Granger abrió los ojos con suavidad. Era la primera vez en mucho tiempo que dormía tranquila y pacíficamente.
En su mano derecha, el anillo ardía contra su piel.
-Por Merlín…- murmuró en voz baja y ronca. – Esto no son solo sueños.
