CAP IX

"El plan"

Dean Winchester se separó de Castiel y se enfrentó al monstruo con el cuerpo de su hermano. Deseaba que lo matara, fracasar así, otra vez. ¿Qué podía ser peor?

El Diablo, deformando la cara de su Sammy con una asquerosa sonrisa de compasión lo contemplaba con curiosidad. Era como un "Deja vu" de algo que aún no había ocurrido y que al mismo tiempo había sido ya.

- Será mejor que me mates ahora.

No había rabia, ni miedo, ni ira sólo certeza en aquella voz rota. El muchacho ya no tenía nada que perder y lo que le quedaba por hacer, que lo hiciera otro porque hasta allí había llegado.

Lucifer, inmenso en su poder borró esa compasión tan absurda de su cara sustituyéndolo por el brillo de la diversión que le causaba el sufrimiento del humano. Podía matarle sí. Pero no lo iba a hacer, y no porque el ingenuo de Sam creyera que había hecho un trato, sino porque tenía otros planes para el Winchester que quedaba.

- Vamos, Dean. Tu hermano te ha puesto a salvo. Puedes irte a casa y olvidarte de todo ¿no es genial?

- Deberías matarme ahora.

"De ideas fijas", el Diablo volvió a sonreír con su falsa conmiseración. El humano le hacía gracia. Parecía creer que podía suponer una amenaza para él. Lo mismo pensaba en entregarse a Miguel.

Quizás sí debería matarle, pero el soberbio ángel también tenía un hermano al que, a pesar de todo, quería ver, fuera cual fuese el resultado del encuentro.

- Vete Dean, y llévate a tu niñera.

Castiel, sin perder el hilo de la conversación se había quedado cerca de su amigo. Sentía una gran tristeza por lo que había tenido que hacer Sam, por la destrozada alma de su compañero y por la parte que le tocaba hacer a él.

Cuando estuvo tan cerca de Lucifer que podría tocarlo si alargaba la mano sacó la daga de su cinto y se abalanzó sobre él sorprendiendo tanto a éste como al humano con el que se encaraba.

Pero si Sam Winchester tenía reflejos, el monstruo que lo poseía tenía una velocidad sobrenatural. Detuvo la daga que enfilaba su corazón a un palmo de llegar a tocarle volviéndola contra el corazón del osado atacante dónde se clavó hasta la empuñadura.

Cuando el desesperado cazador pudo reaccionar se encontró con su amigo moribundo en los brazos. Cass estaba más preocupado por el fracaso de su plan que por su propia muerte. Nunca la había temido, siempre había confiado en que Dios sabía lo que hacía. Y ahora, a pesar de todo, seguía confiando.

Agarrado a la destrozada camiseta de su amigo intentó hablarle. Pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta cuando vio la expresión de aquellos ojos tremendamente verdes y vacíos. Ya había visto esa expresión antes, en otro ser. Eran… tan parecidos.

El rubio lo acomodó como pudo en el duro suelo, sin dejar de mirarle de aquella forma. Pero tenía que decírselo, tenía que darle la daga para que terminara el trabajo. Y por primera vez sintió miedo de que el joven no pudiera hacerlo.

El humano sabía lo que quería decirle pero se resistía a aceptarlo. Castiel agarró la daga y Dean le sujetó para que no hiciese lo que iba a hacer. Volvía a suplicar en silencio, con toda la angustia de su alma torturada.

Los demonios seguían observando, pero ninguno sonreía. Salvo Rockwell, aunque sus ojos grises ya no disfrutaban con el espectáculo. Estaba empezando a sentirse mal con todo aquello, y aunque creía que era necesario llegar al final, la situación estaba empezando a írsele de las manos.

- Era el plan de Sam – la voz del ángel apenas tenía fuerza

- No hables – la voz de Dean apenas parecía humana ya.

- Es necesario

El ángel se arrancó la daga del pecho llenando la gabardina de sangre y se la entregó al hombre que lo sostenía.

- Ya sólo quedas tú

Un acceso de tos cortó las últimas palabras del ahora humano llenando su boca de burbujas de sangre. Su amigo lo sujetó hasta que dejó de toser y su cabeza cayó hacia atrás en una postura imposible.

Acabó de depositarlo en el suelo cerrando los ahora inexpresivos ojos del cadáver y aferrado a la daga permaneció unos segundos arrodillado tratando de asumir lo que estaba ocurriendo.

Pero Sam-Lucifer no le daba tregua.

- ¿Piensas acabar tú lo que tu amigo no ha sido capaz? Tus intentos de matarme le salen muy caros a las personas que te aprecian.

- ¡Cállate! – rugió

- Oh, vaya. Aún te quedan fuerzas para gritar. Quizás debería asustarme.

El joven se puso en pie medio patinando con los calcetines en la sangre del caído. Con la Daga aún aferrada contra el pecho se dirigió a su incansable torturador. Este captó enseguida las intenciones del humano.

- ¿Piensas atacarme ahora?

- Había pensado dejarlo para Navidad, pero…

- Pues venga chico, llama a mi hermanito y terminamos la partida.

- ¿Por qué tendría que llamarle? Ésto es entre tú y yo.

- ¿de verdad pretendes matarme sólo con eso? Tiene gracia, de verdad que la tiene.

Las tonterías que hacen los humanos cuando están derrotados, Lucifer se dio cuenta de que a pesar de lo absurdo de la actitud de su oponente estaba decidido a seguir adelante, vaya, no iba a entregarse a Miguel.

Se estaba cansando del jueguecito, probaría la velocidad de recuperación de su magnífico cuerpo nuevo y con la misma daga dejaría descansar en paz a aquella pobre criatura desesperada.

- Adelante, hazlo

La vacilación del último segundo desapareció al comprobar con odio que el Diablo copiaba el gesto con el que Sam se había sacrificado a sí mismo. Con una fuerza que ignoraba conservar aún atacó al monstruo con el cuerpo de su hermano.

El terrible ser no trató de detenerle, con una sonrisa condescendiente, incluso adelantó el pecho, le invitó a matarle. El alma de Dean Winchester acabó de rasgarse en mil pedazos cuando hundió el arma en el pecho de su antagonista.

Fue en ese momento, mientras su ejecutor derramaba lágrimas de sangre, cuando el Diablo comprendió que había sido un error pronunciar aquellas dos fatídicas palabras. Para Lucifer, el ser más poderoso, el portador de luz, todo había terminado.