Capítulo 10: Al fin un hogar…

"… Quiero cumplir todas las reglas, Edward. Tu alma para mí es muy importante, demasiado importante para tomármela a la ligera..."

, Eclipse.-

Edward y Bella se adentraron en la mansión tomados de la manos y sonrientes. Ya en la casa estaban todos, esperándolos, cuando los vieron entrar juntos, tan contentos y acaramelados, dieron gritos, silbidos e incluso aplausos de emoción.

– Hermanito, al fin lo lograste. Atrapaste a la pequeña Bells –dijo Emmet con una gran sonrisa remarcando sus adorables hoyuelos.

– Ya era hora, hijo. Creímos que nunca te le ibas a declarar. Los felicito –Carlisle dijo palmeando el hombro de su hijo de manera orgullosa.

– ¡Oh niños, estoy tan feliz por ustedes! Siempre quise que formaras parte, oficial, de la familia querida –Esme abrazó a Bella mientras hablaba.

– Gracias Esme. Tú siempre me has hecho sentir parte de tu familia –Bella le devolvió el abrazo un poco sonrojada.

– ¡Bella! –chilló Alice a la vez que daba saltitos mientras se acercaba a la susodicha– Yo lo sabía, lo sabía –canturreo mientras la abrazaba–. Ahora seremos cuñadas.

– Enana cálmate o la dejarás sorda. Hasta que al fin me hiciste caso.

– ¿De qué hablas, Rose? Siempre fui yo la que insistió en su relación –Alice miró ceñuda a su amiga mientras refutaba.

– Tranquilas muchachas, esto no ha sido por nadie, más que por Edward y por mí.

– Estoy muy feliz por ustedes muchachos. Espero que puedan ser tan felices como mi Allie y yo.

– Gracias Jasper. Aunque creo que estar con Bella será mil veces más fácil que estar con el demonio que es mi hermana.

– ¡Oye! –exclamó Alice y acto seguido le enseño su pequeña lengua a su hermano como si fueran pequeños.

Bella le dedicó una radiante sonrisa a Edward. Se sentía plena, al fin todas las cosas estaban en orden, estaba justo donde quería, junto a Edward.

La velada fue maravillosa, todos estaban reunidos y disfrutando como la gran familia que eran, nada podía ser mejor que ese mismo momento, pensó Bella, muy contenta y dichosa. Todo estaba bien, al fin.

Hacía años que había deseado estar junto a él, pero nunca se sintió a la altura de Edward. La diferencia de edad y de clase social siempre le dejó un gusto amargo en la boca. Sumado al hecho de que él nunca se había tomado las cosas en serio y había sido el muchacho más mujeriego que había conocido.

Pero ahora al fin sentía que todo estaba yendo de acuerdo a lo que su corazón quería, sin embargo, no dejaba de sentir que algo malo pronto ocurriría. Las cosas buenas nunca duran lo suficiente, ¿no es así?

Bella dejó pasar sus malos pensamientos y se enfocó en disfrutar el momento. Se sentía tan a gusto con Edward y con toda la familia, como si ahora ella también fuera parte de la misma. No es que antes nunca la hubiesen hecho sentir cómoda, pero no era lo mismo. Al fin se sentía parte de una familia, con las personas que más la habían apoyado a lo largo de su vida.

Otra semana llegó a su fin, Bella había estado haciendo los últimos preparativos para la mudanza. Alice, asombrosamente, se había encargado de que la casa estuviera pintada para ese día, así que solo restaba llevar las cajas y recibir los nuevos muebles.

Lamentablemente solo estarían en la mudanza, Rose y Alice, ya que todos tenían trabajos a los que no podían faltar y Edward tenía un compromiso de no sé qué diablos.

De hecho no sabía exactamente qué era lo que tenía que resolver, lo único de lo que fue consciente fue de una extraña llamada que había recibido Edward hacía unos días para luego informarle que no podría ayudarla con la mudanza. Bella simplemente no le dio importancia, había tenido demasiadas cosas en su mente como para también ocuparse de aquello, confiaba en Edward lo suficiente para no pedirle explicaciones.

En los últimos días, había tenido que pasar muchas noches escribiendo sin cesar, ya que había desentendido en gran parte a su trabajo y Rosalie, muy amablemente –sarcasmo– se lo había hecho saber, sumado a la mudanza, a los papeleo y al estrés estaba totalmente agotada.

Era lunes por la mañana y Bella estacionó su vieja Chevy en el frente de su nueva casa, en el asiento del copiloto venía Alice y un auto atrás, Rose. Entre los dos coches habían logrado empacar todas las cosas de Bella.

Las mujeres bajaron de los autos y se dirigieron hacia la casa, las tres se quedaron asombradas con la vista.

– Alice, esta vez sí que te luciste –dijo Rose con la boca abierta.

– No tengo ni idea de cómo lo has logrado, pero eres la mejor –Bella abrazó a Alice mientras hablaba–, me encanta. ¡Oh, Allie! Te adoro.

– Lo sé, lo sé. Soy una genio de la decoración, no tienen que decir más, yo siempre me luzco.

Un pequeño recibidor, frente a las muchachas, se mostraba de un color durazno claro, con un piso de madera barnizado, daba una entrada muy calurosa a la casa. La siguiente habitación estaba pintada de unos tonos más claros, una combinación entre color avellana claro y blanco, también con el suelo barnizado de un cálido color marrón.

El timbre en la puerta no les permitió ver más el resto de la casa, las tres muchachas se miraron entre sí con la clara sorpresa en sus rostros.

– ¿Y bien Bella, a qué esperar para abrir tu puerta? Es tu nuevo hogar, a ti te corresponde hacerlo.

Bella miró a Rosalie y le sonrió en respuesta, sin decir más caminó hacia la entrada; a pesar de ser algo tonto, se sentía emocionada por tener la primera visita en su casa. Con una radiante sonrisa recibió a un hombre de unos treinta pocos años y con un atuendo de entregas expreses, lo miró extrañada y antes de que pudiera hablar, el hombre se le adelantó.

– ¿Sra. Swan? – pregunto el hombre, ella solo asintió–. Traemos los muebles que nos habían encargado. Si es tan amable de firmar estos recibos, mis muchachos los dejarán donde usted lo deseé –terminó la frase entregándole una planilla para firmar.

El grito de Alice, cerca de su oído, la distrajo.

– ¡Yey! Llegaron los muebles, ahora si podremos comenzar.

Bella froto su resentido oído mientras miraba de mala manera a su amiga. Cuando volvió a enfocar su vista en la planilla buscó el recibo donde decía cuanto debía pagar, y cuando lo encontró casi se desploma por la impresión.

– ¡Oh mi Dios! ¡Alice! –grito llamando a la pequeña que inmediatamente se acercó a su amiga– ¿Qué diablos es esto? Yo no puedo pagar por todos estos muebles, son más caros que hasta mi propia casa.

– Oh Bells, no te preocupes. Ese problema ya está solucionado, ya nos hemos encargado de eso –Alice le dio la espalda para poder indicar dónde iba el mueble que estaban metiendo a la casa.

Bella le entrego la planilla firmada al hombre que se la había entregado y siguió a su pequeña amiga.

– ¿A qué te refieres con que se han hecho cargo de ese problema? –le preguntó sujetándola por el brazo.

– Bella, cálmate –Alice deshizo suavemente el agarre que tenía sobre su brazo antes de seguir hablando–. Tú conoces a mi familia, no podíamos dejar que comenzaras tu nueva vida con cosas viejas y con malos recuerdos, todos hemos aportado dinero para tu nuevo mobiliario.

– Mierda, Alice. Sabes muy bien que odio que gasten dinero en mí y más en cosas como muebles nuevos, tardaré años en devolverles ese dinero –dijo Bella con un siseo.

– Aha, ha. Nada de eso. Todo esto es un regalo de todos nosotros y los regalos no se pagan ni se devuelven. En todo caso si quieres devolver algo debería ser a Edward, él fue el que pagó por la mayoría de las cosas, y tú sabes muy bien cómo devolverle un favor a mi hermano –Alice le guiño el ojo a Bella coquetamente, Bella solo la miro de mala manera–. Bien –dijo exasperada–, si tanto te molesta hay algo que puedes hacer. Vende todas tus cosas viejas y hazme un buen regalo… ¿qué te parece, ah?

–Lo pensare –dijo Bella en un gruñido.

Pasaron el resto de la mañana acomodando los nuevos muebles, comenzaron por el recibidor, donde pusieron una mesa un tanto alta –le llegaba a la cintura de las muchachas, a excepción de Alice– de un color marrón claro, que combinaba de una manera muy armoniosa con el resto de la habitación, en contra de una pared, donde minutos antes habían instalado un gran espejo. Decoraron el resto del recibidor con diversas cosas para el uso diario: el teléfono, una vasija para las llaves, unos cuadros, algunos con fotos antiguas de todos y otros con imágenes de lugares.

Tras terminar con el recibidor, métricamente ordenado por Alice, siguieron con la sala. Un enorme sofá de tres cuerpos, blanco, a juego con unos más chicos dividían la habitación, en el otro extremo había una mesa cuadrada negra a juego con unas sillas estilo románticas también negras.

En el centro de la sala, un enorme tv plasma y un equipo de audio y sonido de última generación que se encontraban en la misma pared que las ventanas que daban al frente de la casa y por lo tanto, delante de los sofás y la mesa.

Habían decido dejar la cocina para más tarde y pedirle a los caballeros que subieran la enorme cama a la habitación de Bella. Una vez allí, se quedó impresionada por la hermosa habitación que tenía frente a sus ojos. El suelo estaba completamente enmoquetado con una esponjosa y suave blanca alfombra en su totalidad, las paredes pintadas de un azul claro, rayando al morado, le hizo recordar la habitación que tenía en su adolescencia, cuando aún vivían sus padres.

La cama fue acomodada al centro de la habitación, una vez que el colchón estuvo en su lugar, Rose y Bella comenzaron a armar la cama, mientras Alice, en lo alto de una escalera, ponía las blancas cortinas en la habitación. Luego de una hora de mover muebles, de guardar libros, de subir cajas terminaron con el cuarto de Bella, sin contar el enorme closet.

Las tres mujeres se acostaron sobre el piso de la habitación, habían pasado cuatro horas desde que había comenzado la mudanza y ya estaban muertas. Tan solo faltaba la cocina, los baños, el estudio y el closet de Bella. Se sentían tan cansadas como si hubieran corrido una maratón y hambrientas como si de semanas se tratara.

Se terminaron por decidir ordenar comida china, la cual tardo otros veinte minutos más. Una vez que la comida llegó tan solo duró cinco minutos en sus embalajes, habían comido más rápido que nunca.

– Estoy que ya no aguanto más, creo que voy a explotar.

– No eres tú la única, enana. Mis jeans están rogando porque los abra, antes de que exploten y le saquen un ojo a alguien.

– Estoy igual que ustedes, amigas. Y lo peor de todo que esto aún no ha terminado. Y yo tengo que dormir aquí y ni siquiera sé dónde están mis cosas, diablos.

– Bella, no te preocupes, nos quedaremos hasta que todo esto esté en orden.

– De eso nada. Gracias Allie, pero ustedes tienen su propia vida, y no puedo pedirles nada más por hoy. Ya han hecho suficiente, y les estoy muy agradecida.

– Oh, cariño. No tienes nada que agradecernos. Esto lo hacemos porque te amamos y queremos verte bien y cómoda –Rose tomó la mano de Bella mientras hablaba.

– Son un encanto, pero ya es hora de que se vallan. Yo me las apañaré con el resto.

– De acuerdo, pero tu closet lo dejas para mí. Ya me encargaré yo de eso mañana, no confío en ti para apreciar semejante regalo inmobiliario –Bella rodó los ojos a la vez que se reía y Rose solo se rió por el comentario de su amiga.

Media hora más tarde y Rose y Alice ya se habían ido de la casa de Bella. Finalmente podía quedarse totalmente sola en su nuevo hogar sin que nadie interrumpiera sus pensamientos.

Tenía demasiadas cosas por asimilar, todo este tiempo pasado con Edward, sus nuevos sentimientos descubiertos por parte de los dos. No era un secreto para ella misma que hacía tiempo que estaba enamorada de él, pero la confesión y después la inseguridad de Edward la asombraron. Todo esto era demasiado hermoso, pero a su vez, todo iba demasiado rápido. Las cosas estaban bien, pero sentía que tan solo era la calma antes del huracán y eso la aterrorizaba.

¿Qué era lo que podía esperar ahora de Edward? ¿Qué era lo que iba a pasar de ahora en adelante? Todo era tan desconcertante y tan inseguro. Entre ellos dos no había nada, técnicamente hablando, sólo se habían dicho mutuamente que se amaban y que querían estar el uno junto al otro, pero… ¿En qué habían quedado las cosas? La respuesta era: Tal cual a como estaba antes. Toda esta nueva situación era la misma, solo que ahora tenían carta blanca para tener sexo en todo momento. Era una fortuna que gracias a Dios, Bella tomara la píldora, de lo contrario desde su primer encuentro ya habría salido embarazada. Es que todo había sido muy rápido y ni siquiera habían tenido precauciones de ese tipo.

En todo el rato que Bella se lo pasó pensando había puesto el baño de su recámara en orden y había acomodado todas sus cosas de uso diarios en lugares prácticos.

Fue a la cocina para comenzar a ordenar todo. Desempacó todas las cajas y guardó cada cosa en su lugar, cuando quiso darse cuenta, ya habían pasado tres horas desde la partida de las muchachas. Se sentía muy cansada, necesitaba darse un baño y luego ir a la cama, aunque primero debería llamar a Edward. No había hablado con él desde la mañana. Decidió que ese era el momento para hacerlo, así que caminó hasta el recibidor y tomo el teléfono entre sus manos, marcó el número de Edward y aguardó a que él respondiera. Cuando el segundo tono estaba terminando, el timbre volvió a sonar, aún con el teléfono en la mano abrió la puerta.

Frente a Bella, en la entrada de la casa se encontraba Edward, tan hermoso como siempre y con esa adorable sonrisa ladeada en su perfecto rostro. Bella lo escaneó con la mirada, al mismo tiempo que se mordía el labio, demorándose más de lo necesario en su entrepierna, y sonrió cuando desvió la mirada y la centro en su mano derecha.

– He pensado que tal vez te sentías algo cansada, así que te traje la cena –dijo levantando su mano con una bolsa repleta de comida–. Y también se me ha ocurrido que podríamos celebrar por tu nuevo hogar –dijo esta vez levantando la mano contraria, mostrando una botella de champan–. Solo si tú quieres, claro.

– ¿Qué sería de mi vida sin ti? Definitivamente moriría de inanición –Bella lo tomó bruscamente y lo besó apasionadamente–. Creo que sé de una manera mejor en la que podemos celebrar, o como a mi gusta llamarlo, estrenar –dijo moviendo sugerentemente sus perfectas cejas.

– Mmm… Creo que me gusta esa idea tuya.

Los muchachos se adentraron en la casa besándose, Bella se separó de los labios de Edward con una enorme sonrisa, para tomarlo del brazo y llevarlo hasta su habitación. Una vez en ella Edward dejó las cosas en el suelo y se volvió a Bella para basarla apasionadamente. Lentamente se desnudaron, entre besos y caricias, Bella recorrió el torso de Edward, hasta arrodillarse en el suelo y desabrochar lentamente su jeans. De la misma manera le sacó los bóxers y con sus manos comenzó a masajear el miembro erecto de Edward. Este no podía evitar emitir gemidos de satisfacción, los cuales cambió por jadeos cuando Bella se metió el pene en la boca, suavemente lo acarició con su lengua, saboreándolo bien, al mismo tiempo que subía y bajaba su mano por el pene.

Bella enrolló el glande con su lengua y lo masajeó, para después meterlo completamente en su boca, buscando el ritmo perfecto para Edward. Aparentemente lo encontró, porque el muchacho tomo entre sus manos la cabeza de Bella y la guió hasta que no aguantó más y con movimientos frenéticos le gritó.

– Bella me voy a correr.

– Hazlo en mi boca, bebé. Así es cómo me gusta –gimió.

La palabras de Bella se reflejaron en el miembro de Edward, porque no esperó más y se corrió sin poderse contener un minuto más. Entre espasmos y temblores de piernas, Edward ayudó a levantarse a Bella, quien aún se relamía las comisuras de sus labios con los restos de Edward.

– Te amo, todo lo que haces es especial porque lo haces tú. Nunca me sentiré de la misma manera con cualquier otra persona, jamás podré estar con nadie más.

– ¡Oh cariño! Vas a hacer que me sonroje –Bella le dio una juguetona sonrisa a Edward

– Todo lo que te digo no es más que la pura verdad, a pesar de que suene muy cursi, es lo que siento. Lo que tú me haces sentir –Edward tomó el rostro de Bella entre sus manos y tiernamente depositó un beso en sus labios, que rápidamente se convirtió en uno más apasionado–, es mágico.

Despacio empezó a desnudarla, le sacó la playera y la tiró en alguna parte de la habitación, los pantalones sufrieron la misma suerte. Edward se detuvo un momento para poder observar bien a Bella.

– Eres tan hermosa. Tu cuerpo es perfecto, podría pasar días enteros haciéndote el amor.

Bella se sonrojó, en respuesta, estiró una de sus manos para así poder acariciar la mejilla de Edward.

– Tienes unos pechos perfectos –tomó entre sus manos los pechos de Bella y se puso a la altura de ellos para poder metérselos en la boca–, y saben de manera exquisita.

Los lamió, pasó su lengua por los pezones erectos, dejándolos más sensibles aún. Los mordisqueó, causando un cosquilleo en el centro de Bella.

– Hermosa, hermosa, hermosa. Jamás me cansaré de repetírtelo, eres hermosa. Mi Bella.

La joven solo podía exhalar ruidosamente, conteniendo algunos jadeos. Estaba muy excitada, lo único que quería era que Edward llegara a su centro para acariciarlo y calmar su dolor.

– Edward… –gimió, junto con un suspiro.

Edward siguió bajando con su lengua por el cuerpo de Bella, hasta que llegó al borde de sus bragas. Delineó el contorno de la prenda, dejando todo un camino húmedo por la piel de Bella.

– Dime qué es lo que quieres, nena. Lo que sea…

– Oh, Edward –volvió a gemir–. Necesito que… Me acaricies, ahí… Por favor, calma mi necesidad…

– ¿Necesidad de qué? –pregunto con la voz muy ronca, de repente.

– De ti, tengo necesidad de ti y de tu cuerpo.

– Ven aquí, hermosa –y acto seguido la ayudó a recostarse sobre la alfombra y le quitó las malditas bragas. De hecho, no se las quitó, se las rasgó y las arrojó cerca del rostro de Bella, ella las tomó entre sus manos y las observó detenidamente. Frunció el ceño antes de hablar.

– ¿Era realmente necesario romperlas?

– ¿Te gustaban? Te compraré unas iguales, cientos de la misma, pero solo déjame amarte, Bella.

Edward centró su mirada en el centro de Bella, acercó su nariz hasta apoyarla en ese punto, donde sabía, la volvería loca.

– Hueles de una manera maravillosa…

Sacó su lengua para recorrer ese pedazo de carne, cuando sintió su sabor gimió de placer. Al igual que Bella, quien se retorció bajo la boca de Edward.

– Jesús, eres exquisita.

Volvió a pasar su lengua por el mismo lugar y se tomo unos segundos para saborearla. Con su mano separó tiernamente los labios de Bella y volvió a acariciar la zona con su lengua, repitió el movimiento unas cuantas veces más.

– Edward… Necesito más… –Bella gimió y jadeó cuando Edward metió un dedo en su vagina– Oh si…

Bella siguió gimiendo y arqueando su espalda al ritmo de Edward, la estaba volviendo loca, cada vez sentía que ese fuego dentro de ella la estaba por consumir.

Edward aceleró sus movimientos cuando sintió cómo las paredes internas de Bella se contraían entorno a sus dedos. Movió su lengua más rápido, dando pequeños golpes sobre el clítoris de Bella, arrancando un grito de sus labios cuando su orgasmo le llegó.

Edward vio cómo Bella aún se retorcía por su orgasmo, y se sintió realmente bien. Se acostó a su lado y pasó uno de sus brazos por debajo de la cabeza de Bella, y acercándola más a su cuerpo para darle calor.

– Eso ha sido… Increíble.

– Tienes toda la razón, pero ahora es tiempo de que duermas –Edward se levantó de su sitió y tomó entre sus brazos a Bella.

– No tienes por qué hacerlo, puedo ir sola a la cama –dijo mientras rodeaba con sus brazos el cuello de Edward.

– Sé que puedes hacerlo sola, pero a mí me gusta así –lentamente la depositó en la cama y la tapó, le dio un tierno beso y se separó–. Iré a darme una ducha.

– Ajam… –Bella no dijo nada más, solo se durmió.

Review….