Lux.
A pesar de sentirse insegura el hombre al que seguía era acogedor, y podía ver tras él el esfuerzo de querer tratarla bien, eso la hizo feliz. Hacía ya un par de días que no hablaba con nadie y el resto de los transeúntes que le hacían el favor de trasladarla no se mostraban nunca tan agradables.
La apariencia de aquel hombre, un tanto divertida y extravagante la hacía sonreír de vez en cuando y a pesar de que ella nunca llevaría tales ropajes sintió a través de él, la valentía de poder llevar un estilo propio, uno sin dictámenes ni reglas, algo tan característico como uno mismo mediante la moda.
Lux se miró su jersey y lo apresó entre sus pequeñas manos, apenas le había dado tiempo a tomar ropa y como abrigo solo llevaba una entallada chaqueta vaquera, así que aquel jersey era su prenda más cálida para los días invernales que se estaban aproximando.
El hombre le abrió la puerta y ella le sonrió antes de meterse en el vehículo, sorprendida de sus modales tan caballerosos, se sonrojó por sentirse el centro de una grata atención.
Y en el interior había otro varón, tan grande de complexión física como su compañero, quizás incluso más, y tras esto su inseguridad volvió de nuevo. Y el abrir de la puerta hizo del rostro de aquel desconocido un lienzo de emociones férreas, de gesto fiero, mandíbula ancha y ojos de enojo. Y a pesar de su porte aterrador centró su mirada en el retrovisor, a través del cual él también la miraba, y por unos instantes, solo milésimas de segundo fue incapaz de apartar la mirada, avergonzada como se encontraba, mas curiosa también, quiso indagar más en aquellos ojos negros que brillaban ligeramente por el toque de luz artificial.
Si bien ella no era dada a fijarse en hombres por su apariencia exterior, con aquel conductor fue la excepción. Y el temor que había sentido con el primero comenzó a ser nerviosismo con el segundo. Se metió el pelo detrás de la oreja con timidez y sonrió para aquel que la miraba. Seguramente estaría hecha un desastre, pero la actitud, la actitud era lo que contaba en la vida. Y tras ver a aquel que la había invitado a subir al coche supo cuál sería su siguiente objetivo tras encontrar un lugar para comenzar a trabajar, tener un estilo propio, vestir como a ella le diera la gana.
—B-Buenas tardes— trató de saludar al nuevo desconocido, y dudó por un segundo si debería haber dicho noches, pues el sol ya se había ocultado prácticamente. Pero su saludo no fue contestado en absoluto algo que la desconcertó.
—¿No vas a saludar a nuestra invitada?— el hombre con gafas oscuras la miró por encima de ellas mientras le sonría, esta vez con algo de complicidad. —No tiene modales, pero en el fondo es un trozo de pan. —aseveró, a lo que Lux sonrió asintiendo, mas el tercero miró con lo que parecía ser furia contenida. De nuevo no dijo palabra, arrancó el motor y siguió su trayecto. Lux se levantó un poco de su asiento, para que su voz llegara mejor a la parte delantera.
—Gracias, por acceder a llevarme. —y sintió que la bondad humana de nueva cuenta era un regalo de Dios, así que su felicidad se mostró tras una débil sonrisa. El conductor gruñó sin motivo aparente y el otro le sonrió de vuelta tras sus palabras.
No estaba nerviosa ya por temor a que aquellos dos hombres le hicieran daño alguno, después de todo en el mundo había gente que se dedicaba a hacer daño por ver sufrir a los demás, y a pesar de estar sola en un coche con dos varones tan grandes como aquellos, su nerviosismo no era causado por temor, sino por otra emoción diferente.
De vez en cuando apartaba la vista del paisaje y miraba hacia el retrovisor interior del coche y siempre sucedía lo mismo; los ojos negros del hombre que conducía se clavaban en ella como dos puñales ardiendo, y las cejas afiladas de éste acortaban distancias con sus ojos para después desviar la mirada. Era oscuro, vacío, quizás dañino y adictivo pero era hermoso, mirarle le resultaba cautivador, así que Lux centraba sus ojos en aquel espejo solo para fijarse en él. ¿Era algún tipo de extraña mujer con aires materialistas?, hizo memoria y en sus recuerdos no encontró uno solo por el cual ella simplemente se dejara llevar por la belleza física de una persona. Pero no era solo físico, ¿por qué él también la miraba así?, ¿sería su alborotado pelo?, ¿quizás sus ropas?, ¿quizás que… simplemente era fea? Se tocó el pelo y su expresión se tornó algo melancólica al notarse fuera de lugar entre aquellos dos hombres… entre aquel mundo que constantemente le decía "aquí no hay lugar para ti". Pasó su fino dedo por su cuello y se abrazó el hombro con algo de angustia. Tenía que pensar en cosas más importantes, ahora debía centrarse en sobrevivir en un mundo abierto, pues la libertad aunque satisfactoria era del todo peligrosa.
—Mi chaqueta está a tu lado. —el conductor le habló con un tono tan grave que hizo que en su pecho retumbaran sus palabras. Ella miró a su lado algo desconcertada, encontrándose un abrigo de cuero negro, tan amplio como debían ser las espaldas de aquel hombre. Y se sintió confusa ante tales palabras, mas luego se dio cuenta, ¿acaso él la observaba tan concienzudamente como ella a él?, su gesto no fue por frío mas la interpretación de éste ante su cara de tristeza pudo tornarse de esa manera. Notó el calor en sus mejillas, y esta vez su vergüenza no le permitió mirar al retrovisor, así que sonrió mirando y tocando la chaqueta con delicadeza.
—Estoy bien, gracias. —un gruñido seco pareció ser la respuesta de nuevo y comenzó a comprender las maneras de aquel hombre. ¿Asentía mediante gruñidos?, la pregunta en su cabeza la hizo reírse de manera discreta.
El copiloto sugirió parar en una estación de servicios pues éste parecía algo hambriento, después de todo era la hora de cenar. Tras unos debates secretos entre ambos el que parecía más joven fue el que se decantó por entrar a comprar a la tienda, el otro tras parar el coche salió de éste, con el gesto duro y la mirada clavada en el suelo.
—¿Vienes conmigo?—le dijo el hombre de ojos claros. Lux negó con la cabeza, no podía gastar el dinero de esa manera, a pesar de que estuviera hambrienta
—N-No tengo hambre. —y trató de forzarse en sonreír.
—Te lo puedo pagar yo. —insistió, mas ella volvió a negar esta vez reforzándose con sus manos, algo sorprendida por la lectura de éste hacia sus emociones.
—No, pero muchas gracias, de verdad. —el hombre se encogió de hombros y pasó a preguntar a su compañero, quien asintió ante su oferta, y mientras el más joven compraba, los otros dos esperaron sentados a unas pequeñas mesas de madera exteriores, la cuales parecían ser buen lugar para cenar en las noches calurosas de verano, no sin embargo en una noche fresca como aquella.
Lux miró su teléfono móvil, encontrándose sin contacto alguno por parte de su familia, después de todo probablemente ellos tenían prohibido hablar con ella, tras todo lo acontecido no volvería a verles hasta que no se redimiera. Se presionó el teléfono contra el corazón y pensó en su hermano. Pensarle le hacía feliz, pues de seguro que Garen estaría bien, después de todo aquel hombre parecía hecho únicamente para la vida que sus padres ofrecían, al contrario que ella. Rezó para que todo le fuera bien, mas su rezo fue interrumpido por un peso sobre sus hombros, y cuando abrió los ojos vio como la misma chaqueta oscura de antes ahora reposaba encima de éstos. La tocó con suavidad para pasar a mirar lo que el hombre de ojos oscuros le ponía sobre la mesa; un bocadillo de pollo y vegetales que se le antojó sumamente apetecible.
—Come. —y más que una sugerencia pareció una orden. —Estas pálida y flaca. —y su último retoque a su orden la hizo sentirse algo ofendida, pero sonrió, porque las maneras de decirlo le parecieron de preocupación, por ella, una desconocida. Y su curiosidad creció aún más, porque notaba como en la oscuridad vacía de aquel hombre había un fuego candente, haciéndolo más atractivo.
—Siempre he sido pálida y flaca. —contestó Lux con una sonrisa. El hombre se sentó enfrente y la desafió con la mirada, clavándose en ella como de costumbre. Y ésta pudo notar la gran cicatriz que le atravesaba el rostro, surgiendo en su cabeza miles de preguntas en torno a ella.
—Siempre habrás comido mal. —espetó sin miramientos. Lux soltó una risilla, y por un par de segundos pudo ver un brillo precioso en los ojos de aquel hombre, y su expresión ceñuda y afilada se tornó algo más serena. No pudo evitar preguntar, así que preguntó como una necesidad.
—¿Puedo saber tu nombre?—se sonrojó y apartó la mirada para centrarse en su nuevo aperitivo. Él pareció pensárselo bastante antes de contestar, y cuando pensó que al final no hallaría respuesta sintió la voz grave de él romper el silencio.
—Darius. —le dijo. Y ella lo miró sin decir palabra, hundiéndose en los abismos que él parecía sostenerle. Darius… le pegaba ese nombre, el nombre de un Rey, uno impío, uno que ordenase como él hacía. —y cuál es el tuyo. —y otra vez aquello pareció una imposición a responder.
—Luxanna. —y los finos labios de Darius dibujaron una sonrisa casi imperceptible.
