Disclaimer: Los personajes de H.P no me pertenecen.

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.::Capítulo X::.

Movimiento

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En menos de un suspiro, el grupo desapareció del salón, apareciendo en medio de la calle de un pueblo muggle, bajo la tormenta.

Severus sintió el frío colándose por los orificios de su máscara.

La ventisca había aumentado; el aguanieve los golpeaba con violencia en las máscaras, y el frío aire ondeaba sus capas.

No había nadie en las calles; de seguro, creyó Severus, debido a la gélida tormenta otoñal.

— ¡No lo olviden! ¡Capturen a todos los sangre sucia que encuentren!, y a los que se resistan, ¡mátenlos! Jaja, ¡Diviértanse!— ironizó Dolohov, rompiendo la formación para blandir su varita en contra del escaparate de lo que parecía ser una tienda de ropa muggle, la cual no tardó en estallar en llamas. El resto de los Mortífagos lo imitó, comenzando a avanzar entre risas y burlas, haciendo explotar todo a su paso.

Los gritos de los aterrados pueblerinos no tardaron en llegar, al igual que las luces de los maleficios que comenzaban a volar indiscriminadamente en todas direcciones.

— ¡CRUCIO!

— ¡REDUCTO!

Cada vociferación de una maldición era seguida por un desgarrador grito de dolor y una desquiciada carcajada.

Todo fue tan rápido que Severus no tuvo tiempo de procesar nada de todo lo que sucedía a su alrededor.

— ¡Saca tu varita, muchacho!— ordenó Rowle a su lado, adelantándose para elevar por los aires a una pareja de muggles que intentaba escabullirse por un callejón— ¡LOS MUGGLES HUYEN! ¡DISPÉRSENSE!— ordenó con voz ahogada, provocando, después de eso, que los muggles en el aire emitieran fuertes chillidos de dolor.

— ¡NIÑO! ¡LA GUARDIA EN ALTO!— le recriminó Amycus, adelantándose también.

Severus, algo aturdido aún, hizo el ademán de sacar la varita del compartimiento de su túnica, pero antes de que pudiera encontrarla, su visión, repentinamente, comenzó a fallar, y todo lo que lo rodeaba se volvía borroso.

— ¡Qué demonios!— sintió palpitaciones en su cabeza; todo se le hizo nebuloso, y comenzó a sentirse desorientado y mareado. Las palpitaciones habían aumentado en su corazón también, y su cuerpo comenzaba a convulsionarse levemente. Sintió náuseas, inquietud y vértigo; observando con horror como su mano temblaba y se le hacía cada vez más borrosa. El ardor en su interior era ahora una extraña sensación de confusión.

—Tom…— oyó la sarcástica voz de Rabastan a su lado, girando la cabeza para observarlo— ¿Te pasa algo?

—Rabastan…— pronunció en un hilo de voz, notando como la figura del joven Mortífago también se la hacía borrosa, pese a estar a sólo centímetros de distancia— Yo no…— balbuceó; la respiración comenzaba a fallarle—algo anda mal.

Por un instante se olvidó de los gritos y las explosiones que se sucedían a su alrededor; concentrándose, o intentando concentrarse, en la opaca imagen de su interlocutor.

— ¡¿Qué tal los efectos del licor de ajenjo, eh?!— exclamó Rodolphus, uniéndose a la conversación.

Al oírlo, los ojos de Severus centellaron de furia, y un indescriptible terror lo invadió.

— ¿A-Ajenjo?

Los hermanos soltaron dos guturales carcajadas.

—Mejor conocido como "El Hada Verde", mi querido sobrino…una bebida alucinógena, que no provoca mayor efecto que un poco de euforia en quienes la consumen a diario como mi hermano y yo— informó el menor de los Lestrange, con una sonrisa— pero, en organismos jóvenes e inexpertos como el tuyo, los efectos pueden variar ligeramente…

El moreno abrió los ojos con sobresalto detrás de su máscara, cerrando los puños, sujetando con violencia la túnica de Rabastan.

— ¡ME DROGARON, IMBÉCILES!— No pudo verlo a través de la máscara, pero podría haber jurado que el hombre estaba riendo con malicia.

—Tú que eres una rata de laboratorio, tómalo como un "experimento"— comentó el muchacho, sin inmutarse por la violenta reacción del joven Severus.

—Además— prosiguió Rodolphus— hacia mucho no salías a una redada, así que velo como un favor…

— ¡Idiotas!— bramó, empujando el cuerpo de Rabastan lejos de si y sacando su varita para apuntarlos a ambos, simultáneamente; intentando mantenerse firme a pesar al vértigo que lo invadía.

— ¿Vas a atacarnos?— ironizó el mayor, dando un paso hacia adelante con los brazos extendidos— hazlo, y luego explica la razón por la que atacaste a tu padre…

—Están locos— sentenció al final, esforzándose al máximo para mantenerse estable y comenzar a caminar lejos de allí, metiéndose, todavía algo turbado, en medio de los ataques que los seguidores de Voldemort lanzaban a diestra y siniestra.

No supo por donde se fueron los hermanos Lestrange, pero tampoco le importó. Su cabeza dabas vueltas sin control, su corazón se había acelerado al máximo, y su visión se nublaba cada vez más. Se suponía que el ajenjo debía causar una euforia desmedida en él, pero en vez de eso, sólo le ocasionaba una fuerte sensación de aplomo y confusión.

— ¡DIFFINDO!

Su necesidad de salir de ese lugar era tanta que no fue capaz de darse cuenta del hechizo que se dirigía directamente hacia él, golpeando su máscara y enviándola a volar varios metros, al igual que a su cuerpo, por la fuerza del impacto.

Sintió su cabeza golpear contra la fría nieve y una dolorosa laceración en la sien izquierda, percibiendo como un cálido líquido brotaba de allí. Sus largas hebras de cabello negro comenzaron a congelarse, quedando totalmente expuestas al frío; y su rostro, pálido como la misma nieve, se entumecía poco a poco mientras los gritos y los zumbidos provocados por los ataques iban en aumento.

El dolor era demasiado.

Comenzó a sentir los párpados cada vez más pesados, y su corazón latiendo cada vez más lento. El frío lo invadía por completo, provocándole un profundo cansancio.

Sólo quería cerrar los ojos. Estaba demasiado cansado…

Sus párpados estaban a punto de cerrarse completamente, cuando el brillo de una larga cabellera pelirroja llamó su atención.

¡Severus!

Abrió los ojos, llenos de sobresalto, al oír la agitada voz de Lily en medio de la batalla. Sin que pudiera darse cuenta de lo que hacía, logró ponerse de pie en el acto.

— ¡Lily!— creyó ver la larga melena pelirroja en medio de los ataques, y a su amiga sonriéndole con dulzura, negando suavemente con la cabeza.

Muy en su interior sabía que era una alucinación producto del "Hada Verde", pero en ese momento, sólo lo vio como una señal.

Si moriría, no sería en ese lugar, ni en ese momento.

Aún preso del vértigo, pudo sostenerse con entereza, pero su visión no había mejorado, y la figura de Lily había desaparecido entre la ventisca.

Los muggles aún corrían de un lado a otro, intentando escapar. Los Mortífagos reían con cinismo, atacando cualquier cosa que se moviera, escondidos entre la polvareda que sus hechizos habían provocado. Los zumbidos eran cada vez más intensos, al igual que el sonido de madera crujiendo entre las llamas.

Severus cerró los ojos un momento, recargándose sobre un poste. Las risas, los gritos, los malditos zumbidos. Todo confundía aún más su mente gracias a la droga que había ingerido.

Las palpitaciones en su corazón se intensificaron nuevamente, y el terror comenzó a invadirlo. No pudo controlarlo, todo a su alrededor parecía haber cobrado vida y querer atacarlo. La nube de polvo quería atraparlo, y las figuras encapuchadas de los Mortífagos se presentaban ante él como monstruosos y oscuros Dementores, listos para acabar con él.

— ¡Maldita sea!— logró exclamar, tras arrojarse de rodillas al suelo, sujetándose la cabeza con ambas manos; tapándose los oídos.

Su paranoia iba en aumento, y no estando en uso de todas sus facultades mentales, le era imposible controlarlo.

¡Miren! ¡Pero si es Quejicus!— oyó la burlona voz de James Potter, muy cerca de él—. ¿Qué ocurre, Quejicus? ¿Acaso tienes miedo?

Una mano se posó con violencia sobre su hombro derecho, alertándolo al instante. Tan firmemente como pudo, preso del miedo, con un rápido movimiento logró alejar su cuerpo de su atacante; y blandiendo su varita pronunció el primer hechizo que le llegó a la mente:

— ¡Sectumsempra!— bramó desde el suelo, agitando la varita como un desaforado.

— ¡Ahhhh!

Sólo después de aquel grito fue capaz de enfocar bien la mirada, y, con horror, vio como de la cara y el pecho de una joven empezó a salir sangre a chorros, como si la hubieran cortado con una espada invisible.

— ¿Qué he hecho?— preguntó a la nada, en un breve lapso de cordura, arrodillándose sobre la fría nieve.

La chica dio unos pasos hacia atrás, se tambaleó y se desplomó sobre el suelo con un sonido seco, comenzando a teñir la nieve de rojo con el líquido que emanaba de sus heridas.

—No— logró articular Severus con voz ahogada.

Torpemente se puso de pie y se lanzó hacia la muchacha, que tenía la cara roja, y toda su ropa empapada en sangre. El moreno rostro de la joven se contorsionaba en una indescriptible mueca de dolor, y sus labios se abrían y cerraban, como si intentara decir algo, pero no podía a causa de la sangre que comenzaba a ahogarla.

Severus se arrodilló a su lado, sumamente desconcertado e imposibilitado de reaccionar. El miedo le oprimía el pecho.

La joven temblaba descontroladamente en medio de una enorme mancha de nieve roja.

— ¡Bien hecho, Tom!— sin levantarse del lado de la joven, giró el rostro hacia Amycus Carrow, que lo observaba con un pulgar en alto y una despiadada sonrisa en los gruesos labios— acabaste con tu primer sangre sucia…te felicito.

—No…yo no…— las palabras se negaban a salir de sus labios.

— ¡Sorprendente! Simplemente sorprendente— secundó Alecto, hincándose frente a él para observar con sorna a la agonizante muchacha— ¡que hechizo tan encantador! Muy propio para acabar con ésta lacra— se puso de pie con una expresión de asco en sus toscas facciones— una muerte lenta y dolorosa…—chilló— es lo que estos asquerosos sangre sucia merecen…— le dio un puntapié al inerte cuerpo de la joven, y sólo en ese momento Snape notó la varita flácida que había caído de la mano de la chica de color.

Al lado de la bruja Alecto, un sonriente Rowle daba su aprobación también, riendo con perversidad.

— ¡Aurores!— ese grito puso en alerta a los hermanos Carrow y a Rowle, quienes al instante contorsionaron sus adustas facciones en una mueca de pavor.

— ¡Alecto, hermana! ¡Debemos irnos!— chilló Amycus, con voz ahogada. A los lejos comenzaban a oírse maldiciones cruzadas.

—Aún no están cerca— bramó su hermana, analizando brevemente el campo de batalla— tenemos tiempo para ver morir a la sangre sucia. Pierde mucha sangre. Ya no le falta mucho…

"…tenemos tiempo para ver morir a la sangre sucia"

Aquellas palabras despertaron a Severus de su letargo, dándole noción de todo lo que pasaba a su alrededor.

No podía dejar morir a la muchacha, pero ante la atenta mirada de los Mortífagos tampoco podía ayudarla sin ponerse en evidencia.

No necesito demasiado tiempo para encontrar una solución; sin pensarlo, alzó su varita hacia el cielo, despidiendo un haz de luz roja por la punta, sorprendiendo a sus acompañantes.

— ¡IMBÉCIL!— bramó Thorfinn Rowle— ¡Acabas de dar nuestra posición!

— ¡No fue mi intención!— se apresuró a decir, bajando su varita con fingido terror.

— ¡Vámonos de aquí!— Amycus fue el primero en huir en la confusión, momento que Severus aprovechó para murmurar un conjuro que casi parecía un arrullo, y la hemorragia de la muchacha se redujo de inmediato.

— ¡La Marca! ¡Debemos dejar la Marca!

— ¡MORSMORDRE!— no muy lejos de ellos, un haz de luz verde salió de la punta de la varita de alguien, formando una enorme calavera en el cielo, con una serpiente saliendo de su boca.

— ¡Muévete, niño!— Dolohov apareció de la nada, pasando sobre el cuerpo de la chica sin inmutarse, tomándolo con brusquedad de la túnica para arrastrarlo consigo.

Ambos desaparecieron en la gélida noche, reapareciendo en la misma sala del principio.

Apenas pisaron el suelo del salón, el mago tenebroso lo soltó de su agarre con brusquedad, haciéndolo caer de rodillas al suelo, respirando con dificultad.

Poco a poco, el resto de los Mortífagos comenzaron a aparecer también, uno junto al otro.

— ¡¿y tu máscara?!— gritó el hombre al darse cuenta de la cara descubierta de Severus, ignorando la sangrante herida.

— ¡El chico fue atacado, Antonin!— informó una mujer joven, que también se había despojado de su máscara, la cual Snape no había visto antes. La joven lo tomó con firmeza del rostro para exponer la herida ante los demás.

Sólo en ese momento Severus recordó lo mucho que le dolía la cabeza.

Dolohov frunció los labios con molestia, pero no dijo nada. La bruja tomó su varita y pronunció unas palabras, cerrando la herida del más joven del grupo.

— ¿Quién fue? ¡¿Quién demonios fue el imbécil que lanzó chispas rojas?!— demandó saber Gibbon, apareciéndose junto a los hermanos Lestrange.

— ¡Fue el chico! ¡El chico lo hizo!— se defendió Amycus, señalando acusadoramente a Severus y provocando que todas las miradas se centraran en él—. ¡Digámosle al amo! ¡Merece un castigo!

—Debemos decírselo— concordó Travers— No pudimos capturar a ningún sangre sucia. Los Aurores nos superaban ampliamente en número. Fue una suerte que no capturaran a ninguno de nosotros…— concluyó, echándole una rápida mirada a los presentes.

— ¡El chico será castigado! ¡El amo va a ser llorar al niño!— exclamó el varón de los hermanos Carrow, con excitación.

Severus no dijo ni hizo nada. Todavía estaba ordenando las ideas en su mente; sin contar que el efecto del ajenjo perduraba.

— ¡Chist!— en medio del sobresalto, el señor Dolohov silenció al encorvado mago con una seña, acercándose al distraído Severus para tomarlo de la barbilla, analizándolo con atención— ¿Muchacho?— las pupilas del ex profesor estaban completamente dilatadas, y sus ojos no eran capaces de sostener la mirada de Dolohov; el mago arrugó el entrecejo con auténtica molestia, y sin emitir palabra alzó sus ojos oscuros hacia Rabastan y su hermano, que le sostuvieron la mirada, sin emoción alguna— ¿Te sientes bien, chico?— preguntó en un suspiro.

Severus no contestó.

El mago tenebroso volvió a suspirar, dándole una palmada en el hombro izquierdo, alejándose de él.

—Yo hablaré con el amo— sentenció, sin ninguna clase de emoción— aún debe estar reunido con Bella y Yaxley—. Sin decir más salió del salón, abriendo las pesadas puertas de ébano con ambas manos.

Al irse Dolohov los murmullos se incrementaron, y los demás Mortífagos que quedaron en el lugar comenzaron a quitarse sus máscaras también, analizando sus heridas o golpes, ignorando al menor de los Lestrange.

Severus caminó con torpeza, tambaleándose levemente, llegándose hasta un taburete aterciopelado de color rojo en donde tomó asiento, perdiendo sus orbes color jade en las llamas que persistían dentro de la enorme y ornamentada chimenea.

Dejó de oír lo que sucedía en derredor. Su mente había comenzado a trabajar a toda máquina, recuperándose poco a poco del impacto del ajenjo. Imágenes borrosas de lo ocurrido momentos antes se agolpaban en su mente, y una sensación de angustia (bastante conocida para él) invadió ahora su pecho.

Casi como por inercia se miró las manos, contorsionando el juvenil rostro en una mueca de asco al verlas manchadas de rojo, y al sentir el inconfundible hedor metálico, tan característico de la sangre. Su mente divagaba, y él repetía incesantemente palabras ininteligibles, frotándose compulsivamente las manos, intentando, inútilmente, deshacerse de la sangre en ellas.

¿Qué habría pasado con la chica? ¿Se había convertido en un asesino? ¿Sus manos estaban, acaso, manchadas con sangre inocente una vez más?

— ¿En dónde está Selwyn?— inquirió de pronto Travers, y seguido a su pregunta, el aludido apareció en medio del salón, con las vestiduras rasgadas y bañadas en sangre, y una expresión de miedo.

—Pues ahí está— contestó Rabastan desde un rincón con sarcasmo, atendiendo una herida en su brazo derecho.

— ¡Casi me atrapan!— exclamó el recién llegado, con gesto temeroso, mientras tomaba asiento sobre un mullido sillón— tropecé con una cadáver empapado en sangre cuando corría detrás de ustedes…— comentó de manera desdeñosa; al oír la palabra "cadáver", Severus agudizó el oído al máximo— por suerte— prosiguió el mago de cabellos color arena— al parecer la muchachita estaba con vida, ya que los Aurores que me seguían se detuvieron a socorrerla, y en ese momento pude escapar— culminó con un suspiro de alivio, hundiéndose sobre su asiento.

Una oleada de alivio albergó el corazón del joven mago al oír la última parte del relato, pero no tuvo demasiado tiempo de procesar la información, ya que las puertas por las que había desaparecido Dolohov minutos atrás volvieron a abrirse con un fuerte estruendo, dándole paso a una Bellatrix que se veía realmente furiosa.

— ¡¿Dónde está?!— demandó saber en un gutural gruñido, entrecerrando los gruesos párpados, y con el crespo cabello más desordenado que nunca, lo cual sólo aumentaba su aspecto de desquiciada.

Aún sin poder enfocar bien la mirada, Severus alzó sus inexpresivos ojos verdes hacia su supuesta madre, observándola con la mirada perdida y ligeramente aturdida, sin poder evitar ladear la cabeza, siéndole casi imposible mantenerla en posición recta, provocando que Bella cruzara miradas con él un segundo. Al verlo en ese estado, la bruja abrió los ojos con sorpresa y, para mayor estupefacción de Severus, no se burló de su lamentable estado, sino que frunció los labios con ira, dando largos y firmes pasos para adentrarse en el recinto.

— ¡Bella! ¡Qué…!— pero Rodolphus no pudo culminar su frase. Sin previo aviso, la mujer lo mandó a volar con un leve movimiento de su varita, haciéndolo golpearse la espalda con fuerza contra un pesado librero.

— ¡¿Qué te pasa?!— estalló Rabastan, haciendo un intento por sacar su varita, pero el también fue repelido por la bruja, y enviado a volar hasta caer junto a su hermano mayor tras otro fuerte estruendo.

Sin mediar palabras, y aún como alma que lleva el diablo, Bellatrix se acercó a su marido, agachándose a su altura para tomarlo con brusquedad de la túnica, hundiendo con violencia la punta de su varita en la mejilla izquierda de su esposo.

Nadie intentó persuadirla ni detenerla. Todos en el salón simplemente observaban la escena, con atención.

— ¡¿Tienes la más remota idea de lo que acabas de hacer, maldito squib sin cerebro?!— le espetó con rabia, acercando peligrosamente sus rostros— ¿Qué fue?— demandó saber entre dientes— ¡¿Qué demonios fue lo que le diste?!— hundió más la varita en el rostro de Rodolphus, sacándole una mueca de dolor y un grito ahogado.

— ¡Sólo fue una copa de ajenjo!— exclamó, con una mueca de dolor— ¡sólo le dimos ajenjo y nada más!

Al oír su confesión, Bella lo soltó sin contemplaciones, dejándolo caer con brusquedad sobre los libros que se habían caído por el impacto.

—Eres un imbécil, Rodolphus. Tú y tu estúpido hermano— sentenció— y por los estúpidos juegos de ambos, casi logran que varios de nuestros hombres fueran encerrados— informó, encolerizada— ¡Mira que drogar a un niño momentos antes de una redada! ¡Si serás imbécil! ¡Expusiste su vida y la de todos los que estaban allí, grandísimo idiota!

Se giró, dándole la espalda a su esposo, dirigiéndose hacia los demás.

—El amo los llama a todos a una reunión. Ahora.

Con aires solemnes, la mujer ahora caminó hacia Severus, que seguía observando el fuego, absorto en la danza de las rojas llamas. Sin decir nada se acuclilló a su lado, colocando una de sus frías manos en su cabeza, corriendo la cortina de cabello negro y analizando la herida que allí había con atención, mientras los demás Mortífagos salían del lugar, dejándolos completamente a solas.

—No está tan mal…— sentenció después de un momento de estarlo revisando, con voz suave, un tono que él jamás había oído en aquella mujer, ni siquiera cuando le hablaba a su amo—. Pero el hechizo que te rozó quemó parte de tu cabello…— hizo aparecer un espejo de plata redondo en una de sus manos, colocándolo frente a su rostro para que admirara su propia imagen. Con un gran esfuerzo, Severus logró enfocar la mirada en su propio reflejo, notando el faltante de cabello del lado izquierdo de su cabeza, el cual estaba relativamente mucho más corto que del otro lado— pero tiene solución— sentenció la mujer, convirtiendo el espejo en una copa de plata con un leve movimiento de su varita mágica, y después, hizo brotar un líquido café en su interior—. Bebe— le indicó, pasándole la copa; Severus se hizo hacia un lado con renuencia, sin mostrar intenciones que pretender aceptar el gesto. La bruja rodó los ojos, pero, lejos de lo que él creyó en un primer momento, no comenzó a insultarlo— Te ayudará— informó con calma, extendiendo una vez más la copa hacia él— no es nada malo, así que bébelo.

No pudo evitar abrir los ojos ante la amabilidad con la que Bella lo trataba, aceptando la copa al fin, y bebiendo el líquido de su interior, el cual, sorpresivamente, era chocolate.

—Gracias— no supo de donde salió eso, pero al decirlo, tanto él como la mujer se horrorizaron.

—No las des— le espetó, con un toque de aversión detrás de sus palabras.

—Tsk. No me malinterpretes— la corrigió, recuperándose casi por completo gracias al cálido y dulce chocolate que caía a su estómago, reconfortándolo al instante— Aún no me agradas.

La bruja emitió una risilla burlona, procediendo a colocarse detrás suyo para pasar sus largos y delgados dedos por sus negros cabellos, presionando, "sin querer", la herida de su cabeza.

Lo siento, hijo— se disculpó con marcado sarcasmo, provocando que el moreno frunciera el ceño; Bella examinó con atención la herida, una vez más— puedo darte algo para que sane en pocas horas…— informó— no es demasiado profunda…pero debo hacer algo con tu cabello…tal vez cortarlo…no hay tiempo de elaborar una poción para hacerlo crecer de nuevo. El amo dijo que ya debes irte.

Snape le dio otro sorbo a su chocolate, manteniendo la vista al frente.

¿Cortarse el cabello?

Él siempre lo había tenido largo; no conocía otra forma de usarlo. Jamás se le hubiera pasado por la cabeza cortarlo… Lily se lo había propuesto en más de una ocasión; pero ni aún así había contemplado la posibilidad…

Se deshizo de sus pensamientos al instante. No se distraería con cosas tan triviales como el estúpido cabello.

—Córtalo— ordenó con voz firme.

La bruja sonrió con cierta malicia ante la respuesta, soltando los desparejos cabellos del joven. Agitó su varita en el aire, y la sangre en el cabello de Severus desapareció al instante; con otro movimiento, como si estuviera dirigiendo una orquesta, el pelo comenzó a ser cortado por unas tijeras invisibles, provocándole ligeros pero doloroso tirones de cabello.

Snape cerró los ojos como acto reflejo, oyendo el sonido del pelo siendo cortado, y sintiendo las hebras que sobraban en su corte caer sobre sus ropas.

Bellatrix tardó sólo unos minutos en acabar con su cometido. Tras el último movimiento de varita, volvió a hacer aparecer un espejo redondo, más grande que el anterior, y se lo pasó a Severus, sonriendo triunfante.

Con algo de miedo, y sosteniendo el espejo con su mano libre, él asomó la mirada, paulatinamente, en su reflejo, sorprendiéndose ante su nueva imagen.

El rostro, pálido y ojeroso (pero no por eso poco atractivo) lucía mucho más sin la cortina de de pelo negro sobre él. Su cabello lacio ahora era muy corto, y se alzaba en punta en la coronilla, dándole un aspecto un tanto más rebelde que antes. Bella revolvió las cortas hebras con una mano, dándole un aspecto "prolijamente despeinado", dejando que unos cuantos mechones, ligeramente más largos que los demás, cayeran sobre su frente a modo de flequillo, cubriendo levemente el ojo izquierdo.

El mago frunció los labios. No podía asegurar que su nuevo aspecto le gustaba, pero tampoco podía afirmar que le desagradara del todo. Aunque cada vez comenzaba a sentirse menos como Severus Snape, el profesor, y comenzaba a meterse en la piel de Tom Lestrange.

Eso le repugnaba, en cierta forma.

—Quedó bien…— observó la bruja, limpiando sus ropas con otro movimiento de varita— aunque es una lástima que no haya podido hacer nada por tu rostro…

—Tsk— se alegró de comprobar que las cosas volvían a ser como antes.

—Ya debes irte—. Le recordó de pronto— Llevas más de dos horas aquí.

—Sí, es verdad— sintiéndose mucho más capaz se puso de pie, tomando su varita para quitarse la ropa de Mortífago.

—Ten— Bellatrix le dio un pequeño frasquito— seguirás algo aturdido por los efectos del ajenjo un par de horas más…pero esto te ayudará a sobrellevarlo, y sanará la herida de tu cabeza… ¡oh! y si yo fuera tú, dormiría el resto del día.

—Ajá— sin dudarlo, se bebió todo el contenido del frasco de un solo sorbo—. Has sido de mucha ayuda, Bella— dijo de pronto, sacudiéndose las ropas distraídamente— pero, ¿sabes que te odio, verdad?

La esposa de Rodolphus frunció el ceño una vez más, y arqueó los labios en una mueca despectiva, pero no dijo nada.

—Bien…— hablo por fin, tras un largo suspiro— sabes que si de mí dependiera te mataría ahora mismo…—le espetó con total solemnidad, lo cual no le hizo dudar que hablaba totalmente en serio— pero me debes una, Snape. Y pienso cobrártelo, así que, que no se te olvide…— mientras decía eso, comenzó a caminar hacia la salida; por último salió por la puerta, extendiendo ambos brazos para cerrarla, despidiéndose de él con un leve movimiento de cabeza, dejándolo completamente a solas.

Severus también suspiró una vez que ella se fue. Dejó su copa con chocolate caliente a un lado, y volvió a mirarse en el espejo, llevando dos dedos hacia la herida de su cabeza, la cual era tapada por el cabello. Le dolía mucho menos, y pudo sentir como había comenzado a cerrarse lentamente.

Observó el reloj del salón, dándose cuenta de que faltaban sólo unos minutos para que se cumpliera la hora pactada.

Acomodó su abrigo, o mejor dicho, el abrigo de Vaisey, y desapareció en un parpadeo.

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Apareció de pie en el baño del salón de té de Madame Tudipié, en el mismo lugar de donde había partido horas antes.

La puerta se abrió de pronto, alertándolo al instante, pero se tranquilizó al ver su propia imagen (sólo que con cabello largo) atravesar el umbral.

—Llegas a tiempo— dijo en un susurro, a lo que, su copia no respondió.

Severus suspiró una vez más, cambiando de ropa con Vaisey nuevamente tras pronunciar un hechizo en voz baja, sin que el chico se moviera siquiera.

—Ten— le extendió un frasquito, que sacó del bolsillo de sus pantalones, a su copia— entra a uno de los cubículos; tómate eso y sal una vez que hayas recobrado tu forma original— el muchacho lo observó, indiferente— ah, sí. En como diez minutos volverás a ser tú— le apuntó con la varita mientras decía eso último.

Salió del baño, exponiéndose a la calidez del salón de té.

Vio a Pansy sentada en el mismo lugar en donde la había dejado, mirando hacia la ventana, con expresión indiferente.

—Pansy, vámonos— ordenó fríamente, captando la atención de la chica.

— ¿Tom?— parpadeó repetidas veces, con confusión— ¿Pero qué…? ¿Qué le pasó a tu cabello?

¡Maldición!— pensó el muchacho, dándose un golpe mental.

De nuevo debía acudir a la enajenación cerebral para librarse de la situación.

—Lo corté recién, en el baño— declaró, sin inmutarse— ¿Te gusta?— preguntó con un tinte de seducción en su gruesa voz.

¡Eureka! Ante la última pregunta la chica sonrió con aires soñadores. Ya no indagaría más en el asunto…

— ¡Claro que sí!— afirmó con vehemencia— ¡Luces mucho más atractivo que antes! Si es que eso es posible…

—Ajá— rodó los ojos con impaciencia, dando por acabado el tema— vámonos ya— quería llegar cuanto antes al castillo. El agotamiento físico y mental era tal que no sabía por cuánto tiempo más podría mantenerse de pie.

La muchacha parpadeó repetidas veces, como saliendo de una ensoñación.

—Sí, claro…sólo quiero pasar al baño antes, ¿sí?

—Pero…

— ¡Enseguida regreso!— sin darle tiempo a protestar comenzó a caminar hacia los sanitarios, chocándose con un aturdido Vaisey, que al mismo tiempo salía de allí, con una expresión de confusión y girando el rostro en todas direcciones, como intentando ubicarse en el tiempo y el espacio en el que se encontraba.

Severus lo ignoró por completo. Dejó escapar un largo y agotado suspiro, masajeándose el puente de la nariz con suavidad, dejándose caer sobre la silla.

Se pasó una mano por la cabeza, sorprendiéndose al pasar los dedos entre sus cabellos, al notar lo rápido que se acababa el recorrido. Abrió los ojos con molestia, pero no le prestó mayor atención. El cabello era lo de menos en esos momentos. Lo único que necesitaba ahora era hablar con Dumbledore.

No pudo evitar soltar un cansado bostezo. Se cubrió el rostro con una mano, y paseó la mirada por el salón, distraídamente. Sus ojos se encontraron con otros de un profundo color castaño, los cuales lo miraban con curiosidad. Él frunció el ceño al sentirse observado por Ginny Weasley, quien estaba sentada en una de las mesas de la ventana, pero, ignorándola, volteó la mirada hacia la entrada a los sanitarios. Recargó la cabeza sobre la palma de su mano, bufando con exasperación.

Observó su reloj de pulsera y arqueó las cejas con fastidio. Las mujeres siempre tardaban milenios en los baños. Sintió que los párpados comenzaban a pesarle por segunda vez en el día, sólo que esa vez no se sentía desfallecer.

—Juraría que esta mañana tenías el cabello más largo…

Movió sus orbes color esmeralda, posándolas nuevamente en la menor de los hermanos Weasley, quien ahora estaba sentada frente a él, en su misma mesa, observándolo con curiosidad.

—Y yo juraría que estabas del otro lado del salón— le espetó, volteando el rostro con indiferencia.

Ella sonrió, recargando los codos sobre la mesilla, y sosteniendo la cabeza sobre las palmas de sus manos.

—Oye, ¿estás bien?— inquirió con algo de curiosidad.

— ¿Qué?— replicó, incrédulo.

Ginny frunció los labios, apoyando su cuerpo sobre la mesa para acercarse a él y poner una de sus manos sobre su frente en un movimiento tan rápido que él no pudo repelerlo.

—No tienes fiebre, pero luces muy cansado…— sentenció, regresando a su lugar de origen, ante la atónita mirada de Severus, quien iba a replicar nuevamente, pero un flash lo cegó momentáneamente.

— ¡¿Qué demonios…?!— parpadeó con confusión, intentando enfocar la mirada nuevamente, y cuando lo hizo, con horror vio a uno de los fotógrafos del diario El Profeta al otro lado del ventanal del salón de Madame Tudipié, enfocándolo con su enorme cámara— ¡qué…!— otro flash lo cegó, mientras intentaba ponerse de pie, y para cuando pudo recobrarse de nuevo, los periodistas ya se habían ido, y la chica Weasley estaba de pie a su lado, con la mirada encandilada aún.

— ¿Qué fue eso?— demandó saber ella, refregándose los ojos con ambas manos.

Snape frunció el entrecejo, no muy seguro de lo que pasaba.

—No lo sé…— admitió entre dientes, entornando la mirada con frialdad.

— ¡Ginny!

Ambos se giraron para ver a Dean Thomas llamando a la chica desde su mesa.

—Bien, te veré luego, Lestrange.

—Tsk.

— ¡Tom!— en el preciso momento en que la de cabellos rojos se alejó, Pansy Parkinson apareció detrás de él, sonriendo bobamente.

Él no intercambió palabra alguna. Se colocó el abrigo, la bufanda, su gorro de lana y salió del lugar, sin esperar a su acompañante.

La fuerte y helada ventisca los golpeó de frente al salir, provocando que Pansy se aferrara con fuerza al brazo de Tom en busca de protección mientras él se acomodaba la bufanda sobre la nariz para evitar que se congelase.

Comenzaron a caminar por el sendero que los llevaría al castillo, luchando contra la tormenta, que parecía haber empeorado, pero al joven Lestrange le urgía llegar al castillo; estaba demasiado cansado. Su cuerpo no resistiría mucho más de pie, y lo único que quería en esos momentos era dormir una vida entera.

De pronto, chocó con dos chicas que, al parecer, iban discutiendo, y se atravesaron en su camino sin que él pudiera evitarlas.

— ¡Fíjate por dónde vas!— gruñó, alzando la vista para observar a su obstáculo, el cual reconoció como Bell, Katie Bell, una Gryffindor de séptimo.

La chica ni siquiera lo miró, pero su amiga, a quien no llegó a reconocer, masculló un silencioso "imbécil", al pasar por su lado, cosa que decidió ignorar.

Superado ese altercado, siguieron caminando, dejando a las dos jóvenes varios metros atrás. A pesar del fuerte zumbido del viento, la discusión de Bell y su amiga llegaba hasta ellos como leves susurros, aunque Severus no les prestó mayor atención; su mente aún no trabajaba a la velocidad normal, así que lo última que le interesaba era recargarla con cosas que no eran de su incumbencia.

— ¡KATIE!

Repentinamente, un grito desgarrador los hizo voltear, poniendo a Severus en estado de alerta. Pero, aún así, no estaba preparado para lo que vio: en medio de la ventisca de aguanieve, el cuerpo de Katie Bell se contorsionaba violentamente en el aire, mientras ella emitía gritos de dolor.

Severus quiso acercarse a la chica de inmediato, metiendo su mano derecha dentro de la túnica para tomar su varita, pero el agarre de una Pansy en completo estado de shock lo detuvo. Frente a sus ojos, la chica de Gryffindor cayó súbitamente al suelo, golpeándose con violencia. En ese momento, Pansy cerró los ojos un segundo, soltando levemente su agarre, dándole la oportunidad perfecta al ex profesor para librarse de ella y echarse a correr hacia la escena, con su varita en alto.

Grave error.

Al acercarse, se vio cara a cara con Potter y sus amigos, cruzando miradas con el primero, que no tardó en notar la varita que enarbolaba en su mano derecha.

— ¡Yo le dije, se lo dije!— gritaba la amiga de Katie Bell, aterrada.

Ninguno hizo o dijo nada durante unos tortuosos segundos.

Severus no se atrevió a actuar libremente con Potter allí, sobre todo, sin estar seguro de que ya no estaba bajo los efectos del ajenjo. Con calma, movió sus ojos de Potter hacia el pequeño paquete a medio abrir, tirado muy cerca de donde ellos se hallaban, y no lo dudó ni un instante: una maldición; y de las fuertes.

—"Draco"— fue lo primero que llegó a su mente, y, bajando la guardia, comenzó a correr a toda velocidad, tan rápido como la ventisca y la nieve acumulada se lo permitieron, con una sensación de ira y espanto embargándolo.

¿Acaso ése había sido el primer "movimiento" de Draco?

Si esa chica estaba muerta… pero no había tiempo de cerciorarse; primero había otra cosa que debía hacer.

Poco le importaba Potter en esos momentos.

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— ¡Oye, regresa aquí, maldito hijo de…!

— ¡Harry!— la voz de Hermione Granger lo interrumpió, obligándolo a girarse hacia ella— ¡Ve por ayuda!

El chico asintió febrilmente, comenzando a correr tan rápido como pudo hacia el castillo.

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Continuará...

Sin más que decir, muchas gracias a todos quienes leen y dejan sus rr :)

Y quisiera decir muchas cosas más... pero no me acuerdo de ninguna XD

¡Ah! Pero aprovecharé la situación para agradecerla a MaryUchi, que me hizo notar mi gran error ^_^ Muchas gracias.

¡Besos!

H.S.