veinticuatro
Un golpe seco.
John cierra el periódico y ve el cuchillo lanzado ahora incrustado en la pared.
- Si Mycroft pregunta, tú respondes por los agujeros de la pared.
Otro golpe sordo y un segundo cuchillo lanzado se une al primero. Sherlock hace un gesto con la mano hacia la mesa donde está la caza de madera donde están el resto de cuchillos para lanzar. John desea que no hubiesen ayudado a ese asesino a recuperar su inestimable reliquia familiar.
- Pásame otro – le exige Sherlock.
- No voy a ayudarte a destruir el piso – dice John justo cuando alguien llama a la puerta principal.
Mira a Sherlock.
- ¿Esperas a alguien?
Uno de los múltiples consejeros del Rey Tristan les guía hasta una sala de estar a un lado de la sala del trono. Sherlock tamborilea con los dedos en la mesa mientras John mira a su alrededor. No es frecuente que pase tiempo en el castillo, y ciertamente, no en las áreas donde los altos funcionarios dirigen sus asuntos.
- Ah. Buenas tardes.
Sherlock frunce el ceño cuando Mycroft entra en la habitación.
- Ya no – dice.
- Siempre tan agradable, Sherlock – Mycroft toma asiento frente a ellos – Tengo una misión aprobada por su majestad el rey – desenrolla un pergamino y lo estira en la mesa antes de deslizarlo hasta ellos. Es el retrato de una hermosa mujer con el traje tradicional de bailarina, un látigo enrollado en la cintura.
- Su nombre es Irene Adler – dice Mycroft – Fue vista por última vez en Umbala.
- ¿No sería más adecuado consultar a un verdadero asesino para este tipo de trabajo? - pregunta Sherlock.
- Preferiríamos tenerla con vida – responde Mycroft – De hecho, es preferible que nadie fuera del servicio directo a este castillo se de cuenta de que ha desaparecido.
Sherlock lanza una mirada a la fotografía.
- ¿Una cortesana? ¿Tal vez fue demasiado amable con el rey?
- Fingiré no haber oído lo que acabas de decir – dice Mycroft – Puedo tolerar la descortesía, pero la traición, por el contrario...
Sherlock le interrumpe.
- ¿A cuántos funcionarios puede chantajear?
La sonrisa de Mycroft no es una sonrisa.
- Los suficientes como para convertirla en una verdadera amenaza.
No hay un camino directo hasta Umbala porque la jungla es demasiado densa para que viajen por tierra. Tienen que ir en portal hasta Comodo y tomar un barco hacia el norte.
Para toda su insensibilidad en atravesar portales de teletransporte, el balanceo del barco mantiene a Sherlock con la cabeza entre los brazos y los ojos cerrados. John se sienta a su lado con el hombro apretado contra el brazo de Sherlock e intenta proyectar algo relajante a través de su vínculo mientras evita las náuseas que se filtran desde el lado de Sherlock.
Pasaron unos meses tras su encuentro con la alquimista antes de que John dejara de encogerse cada vez que Sherlock le tocaba e incluso mucho más tiempo antes de que estuviera lo suficientemente cómodo como para ser el que iniciara el contacto. Sherlock incluso fingió que nada de todo aquello había pasado en Elysium, y a pesar del mucho tiempo que había pasado, John aún siente que está escapando de algo terrible.
Tras un rato, Sherlock se inclina ligeramente hasta apoyarse contra John, gira el rostro hasta que está apretado contra el bíceps de John. Cuando respira, la calidez de su aliento roza la tela que cubre el interior del codo de John. John también cierra los ojos y piensa en las cosas más relajantes que puede para enviarlas por el vínculo.
El pueblo de Umbala se encuentra más allá de una franja de espesa selva desde el puerto donde atracan. Sin embargo no es un viaje largo. Un camino esculpido entre los árboles para ellos, les guía de la playa hasta la pantanosa entrada de la ciudad.
Los carteles están en su mayoría en extranjero para John, incluso aunque algunos tengan traducciones en migardiano talladas debajo. No se sorprende en descubrir que Sherlock lee las runas utanianas con facilidad y que escucha disimuladamente conversaciones que John no entiende en absoluto.
- Parece que no será muy difícil encontrarla – dice John, mirando la tez oscura de los nativos que charlan por las calles y compran pasteles. Sherlock se desvía en dirección a un vendedor medicinal y John zigzaguea a través de la multitud para seguirlo.
Sherlock intercambia unas palabras con la mujer del puesto antes de entregarle algunos zenys y recibir un pequeño vial de un pálido líquido verde. Sherlock se lo mete en una bolsa y le dice:
- Vamos, John – mientras sigue calle abajo.
- ¿A dónde vamos? - pregunta John, esquivando a un niño que trota calle abajo y que tira de un cargamento de fruta.
- Al distrito extranjero – dice Sherlock por encima del hombro.
Sherlock muestra el retrato de Irene a la posadera, quien niega con la cabeza y dice algo en utaniano. John se rinde en intentar seguir la conversación y en lugar de eso, mira alrededor. Hay un erudito sentado en la barra hablando quedamente con un alquimista, hay una bandeja llena de plantas entre ellos. Hay un tintineo de monedas detrás de él y John echa un vistazo hacia atrás un instante para ver el intercambio de zenys entre Sherlock y la posadera.
Pasan diez minutos de silenciosa discusión antes de que Sherlock diga por fin:
- John – y John levanta la vista – Vámonos.
Salen a la calle.
- ¿Sabía dónde está Irene? - pregunta John.
- ¿Has notado la diferencia de la población de aquí? - pregunta Sherlock a modo de respuesta, lo que no es una respuesta en absoluto. Se dirigen en dirección a uno de los mayores árboles de Umbala, que se eleva por encima de los tejados de paja de las casas – Estimaría que el género secundario constituye más de un tercio de la población.
- ¿Crees que eso es relevante?
Sherlock mira hacia atrás de la calle por donde van.
- No. Simplemente lo encuentro interesante.
Sherlock no se molesta en llamar, pero mantiene la puerta abierta para John. Un campanilla de plata suena suavemente sobre ellos, anunciando su llegada. La esencia estancada del incienso oscurece cualquier otro olor a John. Sherlock empieza a examinar las distintas plantas en las macetas de colores brillantes de la estantería que bordea la sala antes de detenerse frente a una cortina que lleva a la parte de atrás. John medio espera que Sherlock levante la cortina pero Sherlock se queda quieto.
Tras un momento, empieza una amortiguada conversación en utaniano. Sherlock hace un pequeño gesto con los dedos a John.
- ¿Qué está diciendo? - susurra John.
- Una lección de historia – dice Sherlock y entonces se queda en silencio. Escuchan a la voz pero las palabras son solo ruidos completamente indescifrables para John. Algo de su impaciencia desde de escapar de su lado del vínculo porque Sherlock inclina la cabeza y murmura – Está hablando de la purga.
- ¿Cuando los demonios atravesaron la ruptura?
- Los demonios fueron específicamente convocados por magos con exceso de celo. Acabó con la mayor parte de la población del momento y casi llevó a los alfas y a los omegas a la extinción – Sherlock frunce el ceño - ¿No aprendiste nada de esto?
- Aprendimos cosas de caballeros – dice John – Sir Claymore el Conquistador. Sir Eden el Bravo.
- Inútil – dice Sherlock y vuelve a quedarse en silencio para escuchar.
El espeso incienso le irrita la nariz. Tiene casi decidido dar marcha atrás para salir de allí pero no quiere dejar a Sherlock solo.
- Dice que los demonios fueron convocados por los magos afiliados a la Iglesia – dice Sherlock – Por orden de la Iglesia.
- Eso es ridículo – dice John.
Sherlock le ignora.
- Se acabó con toda una rama de la magia de unión – John pude sentir la curiosidad aumentando en el lado de Sherlock y solo quiere apartar a Sherlock, recordarle que están ahí solo para capturar a Irene e irse.
Pero Sherlock aparta la cortina y entra antes de que John pueda incluso sisear su nombre. Sigue a Sherlock adentro, listo para sacar la pistola en caso de amenaza.
Hay una arrugada mujer sentada en una mesa enfrente de Irene Adler, que no parece particularmente sorprendida de verlos. Sus ojos se detienen sobre el blasón de los Holmes de la armadura de John antes de mirar a Sherlock, que está haciendo una reverencia a la anciana mujer, su voz suave y sorprendentemente recatada mientras dice palabras que John no puede entender.
Sin embargo, la anciana mira a John. Aunque su acento es fuerte, habla con fluidez en migardiano.
- No me gustan las armas en mi casa.
Sherlock mira a John expectante. John aprieta la mandíbula antes de dar un paso atrás a través de la cortina y dejar la pistola en una estantería y la lanza apoyada contra la pared. La mujer se está dirigiendo a Sherlock cuando se agacha de nuevo bajo las cortinas para entrar en la habitación.
- No tengo muchos visitantes migardianos – dice – La mayoría de los viajeros vienen buscando los tesoros perdidos que según se dice la selva está protegiendo. Pocos descubren que la verdadera riqueza de Umbala reside en las historias que no tememos contar.
- Eso no puede... no – dice John antes de que pueda pararse a si mismo – ¿En serio estás insinuando que la Iglesia asesinó a conciencia a tres cuartas partes de la población y que nadie lo ha mencionado desde entonces? Seguramente alguien lo habría señalado.
La mujer le sonríe. Le faltan dos dientes en el lado izquierdo.
- ¿Quién escribe tus libros de historia, migardiano?
- Estabas hablando sobre la magia de unión – interrumpe Irene, inclinándose sobre la mesa para tocar a la mujer en la muñeca. La mujer la mira.
- Casi todos los escritos sobre la magia de unión fueron destruidos durante la purga – dice la mujer – Quizás quedan uno o dos. Estarán en las bibliotecas de la Iglesia si aún existen, custodiados lejos del vulgo. En Umbala, transmitimos el conocimiento de la magia de unión de generación en generación igual que hemos transmitido las historias de la Madre Árbol.
- Pero, ¿qué es la magia de unión? - insiste Irene.
- Ah – dice la mujer, y lo dice.
- ¿Aquí para escoltarme de vuelta, chicos? - pregunta Irene en el momento en el que salen de la casa. Enrolla su látigo de nuevo sobre su cinturón enjoyado y sonríe a Sherlock mientras la llevan en dirección al puerto.
- Fascinante historia, ¿verdad? - dice, apartando su pelo del hombro. Lejos del asfixiante olor del incienso, John capta una bocanada de su esencia, el dulce olor de un omega casi en celo. John traga saliva. Irene ya es bastante hermosa con la luz del sol sobre su pálida y suave piel y sus ojos oscuros, su sonrisa descarada que le recuerda a Sherlock de alguna forma...
Un destello de irritación llega hasta él desde el lado de Sherlock del vínculo y John contiene sus pensamientos.
- ¿Seguro que no quieres atarme? - pregunta Irene, ofreciendo las muñecas.
Sherlock le lanza una mirada de soslayo.
- Solo lo disfrutarías.
Su sonrisa de respuesta es de deleite.
- ¿Sabes? - dice Irene cuando están en el barco con destino a Comodo – Para alguien que estaba tan interesado en lo que Vera tenía que decir, estás muy ansioso por devolverme a Prontera.
- Mi interés en historias alternativas no tiene nada que ver con mi deber hacia el castillo – dice Sherlock sin mirarla. Está apoyado en la barandilla del barco con los ojos cerrados y John ha estado preocupándose en enviar pensamientos relajantes en su dirección desde que zarparon.
- He oído hablar de ti, Sherlock Holmes – dice Irene – Dicen que no tienes respeto por la decencia – mira a John, sus ojos descansan de nuevo en el blasón de los Holmes antes de deslizarse hasta la pistola que tiene enfundada bajo el brazo derecho – Dime – dice - ¿Cuántos hechizos de los magos has aprendido? ¿Sabe la abadía que practicas magia arcana?
- ¿Importa? - exige John.
- El gremio de los pistoleros no debe de estar muy contento con el arma que has robado – le dice a John.
- Está pagada – dice John con calma.
- Tienes razón – dice Irene, reclinándose en su silla y sonriendo a John – No importa. Todas esas pequeñas disputas entre gremios, todas esas triviales reglas que mantienen a los migardianos complacientes y sintiendo que el rey mantiene sus mejores intereses en el corazón mientras sus altos funcionarios luchan entre ellos por popularidad o riquezas... siempre es suficiente para atraer a una buena chica de Prontera.
Se levanta de la silla. John empieza a adelantarse pero ella solo se queda ahí de pie y le mira, la sonrisa nunca abandona su rostro. No hace ningún intento de escapar. Él se detiene.
- Conozco a tu hermano – dice ella, mirando a Sherlock, quien por fin le devuelve la mirada – No es un hombre muy complaciente, ¿verdad? Le llamo el hombre de hielo, ¿no estás de acuerdo?
Sherlock no dice nada. Su lado del vínculo está cerrado y John tampoco puede leer en su rostro.
- Es muy bueno manipulando a los demás – dice Irene – Probablemente el mejor. Siempre en guardia, lo que posiblemente es por lo que nunca me consideró de la forma que hicieron los demás - inclina la cabeza y John entrecierra los ojos. Está ofreciendo su cuello a Sherlock – Aunque en términos de poder puro... no hay duda. Puedo sentirlo irradiando de ti.
Sherlock la mira, impasible.
Hay un repentino aumento de la feromona omega, pero no es el olor que ha memorizado de Sherlock, a pesar de si mismo. La furia primitiva porque alguien le está haciendo una proposición a su omega prevalece sobre la lujuria encendida por la feromona. Sin embargo lucha por contenerlo, se las arregla para pararse a si mismo a medio camino de ellos y no arrojar a Irene por la borda.
Los ojos de Sherlock se mueven hacia él antes de volver al rostro de Irene.
- Conozco el olor beta sintético – dice Irene – No dejan a los alfas entrar en el clero, ¿no? Cuanto autocontrol, Sherlock. Estoy realmente impresionada de que sigas siendo virgen – se inclina hacia delante y John no se lo piensa dos veces el andar esos últimos pasos y empujarla hacia atrás. Las feromonas le golpean con toda su fuerza en la cara y de repente está pensando en tirarla al suelo, castigarla...
- Que interesante – dice Sherlock – Eres un alfa pero finges ser un omega. ¿Cómo reaccionaron los altos funcionarios cuando se dieron cuenta de que no tenías las partes correctas?
Irene parece aturdida, pero solo un momento antes de que la sonrisa vuelva a su rostro.
- Ninguno de ellos llegó tan lejos – con eso, se retuerce con habilidad en el agarre de John, saltando dos pasos hacia atrás y aterrizando suavemente sobre sus pies.
Un alfa, con una proposición a Sherlock – una verdadera blasfemia en forma de gruñido se eleva por su garganta y entonces alcanza la lanza atada a su espalda. Sherlock se mueve junto a él y le toca el hombro: la calma tira de John como un ancla desde las alturas de su furia.
Irene intercambia miradas entre ellos. Se ríe como si no acabara de estar en peligro de ser destripada por John con las manos desnudas.
- Deberías enseñarle algo de tu autocontrol – dice a Sherlock.
John desea girar la cabeza, quiere enterrar el rostro en el hueco del cuello de Sherlock, beber de él, quiere reclamarlo... pero no puede.
La oficina de Kafra está cerrada para cuando llegan al puerto de Comodo. Sherlock paga por una habitación individual en la posada y ata a Irene a una silla una vez que se instalan dentro.
- Normalmente soy yo quien ata a la gente – dice Irene mientras comprueba la fuerza de los nudos contra sus muñecas.
Sherlock no contesta, solo le tira a John una bolsa de zenys y dice:
- Comida.
John regresa con una barra de pan y una olla de sopa. El posadero solo tenía un cuenco y dos cucharas de sobra. John vierte algo de sopa en el cuenco y corta un buen pedazo de pan. Lo coloca todo en el regazo de Irene.
Ella le mira a la cara cuando se acerca.
- ¿No me vas a dar de comer?
- Tienes suficiente movilidad con la muñeca – responde John.
Ella sonríe y toma la cuchara entre sus dedos. Hay un buen tramo para ella pero John no está particularmente preocupado. Se inclina hacia delante y sorbe la sopa. Levanta la mirada hacia ellos a través de sus pestañas.
- Todo esto es un poco excesivo, ¿no? A menos por supuesto... - inclina la cabeza y su sonrisa se vuelve burlona - … que estés disfrutando esto.
- Come en silencio – le ordena John y toma la cuchara que él y Sherlock están compartiendo en la olla.
John acepta realizar la primera guardia sobre Irene, que es sorprendentemente silenciosa mientras mira fijamente la chimenea. Sherlock había señalado distraído hacia la leña para encenderla e Irene lo había observado con interés nada disimulado. John está sentado en la otra silla, pistola en mano mientras escucha la respiración de Sherlock ralentizarse.
- Es poco ortodoxo – dice Irene, sin apartar la mirada del fuego – Dos alfas luchando por una relación.
- No estamos juntos – dice John y no piensa en el vínculo que comparten, la posesividad que no puede sacudirse.
- Sí lo estáis – dice Irene, y le mira – Puede que él muestre una extraordinaria cantidad de control, ¿pero tú? Es obvio. Incluso un ciego podría decir que estás enamorado de él.
- No es así – dice John.
- ¿La forma en la que caminas detrás de él, como si necesitara protección? ¿La forma en la que continúas mirándole incluso cuando otras personas están hablando? - cruza las piernas y se reclina en la silla – Todo lo que hizo fue tocarte en el hombro y retrocediste como un buen perrito.
- ¿Preferirías que no me hubiese parado? - John mantiene su voz simpática, su ira encendiéndose de nuevo ante el mero recuerdo de ese alfa intentando avanzar hacia Sherlock.
- En absoluto – responde Irene.
John la mira de soslayo.
Ella estudia su rostro.
- Es demasiado obvio para que él no lo sepa. Si de verdad no sois pareja, entonces es solo por un equivocado intento de preservar su pureza... algo que te puedo asegurar, no es necesario.
John entrecierra los ojos.
- Como si el sexo cambiara de alguna forma a una persona irrevocablemente – se burla Irene – Pero supongo que a mi me viene bien, ya que toda la sociedad es culpable de pensar que desear el sexo es una terrible ofensa y de repente tengo a doce altos funcionarios en la palma de la mano solo por ceder a las compulsiones de la naturaleza.
- Si él no lo desea – dice John con firmeza – No soy tan salvaje como para simplemente ir y tomarlo.
- Eso debe de ser agotador – dice Irene – Estar tan cerca de él y en perpetua lucha con tu biología. Un corazón roto ya es bastante difícil como solo beta.
John no responde.
- ¿Tienes miedo de que sea específicamente a ti a quien no quiere?
John cierra los ojos y respira hondo. Se obliga a estar tranquilo, se convence a si mismo de que sus palabras no son una amenaza.
- ¿Estás esperando el día en el que algún bonito omega se cruce en su camino y se lo lleve?
- Para – dice John, y eso sale más fuerte de lo que pretendía. Mira hacia la cama, pero Sherlock ni siquiera se mueve. Empuja su rabia animal hacia abajo, contenida y enterrada. Puede negar todo lo que quiera, pero las palabras de ella golpean demasiado cerca.
- Lo siento – dice ella quedamente y vuelve a mirar al fuego. No vuelven a hablar.
John despierta con el sonido de una suave risa. Tiene que despejar el sueño de su mente, pero incluso en su estado medio despierto, se siente levemente traicionado.
Cuando se impulsa para sentarse, la risa se apaga. Irene le mira. Sus muñecas están desatadas. Sherlock aparta la mirada, hacia la ventana.
Mycroft sonríe cuando ve a Irene. Ella no le devuelve la sonrisa.
- Gracias – les dice a Sherlock y a John mientras pone una mano en la espalda de Irene y la guía hacia el interior del castillo. Irene mira por encima del hombro a Sherlock hasta que giran en una esquina y la pierden de vista.
Sherlo se niega a ir con él al mercado, así que John va a reponer sus suministros de comida solo.
Tal vez sea mejor así. Tal vez necesite un momento a solas. No puede dejar de pensar en cómo no puede recordar la última vez que alguien a parte de él mismo había hecho reír a Sherlock.
Aquí están lo hechos. John ha conocido a Sherlock durante casi diez años y durante ese tiempo Sherlock nunca ha sugerido que lo que sienta por John sea nada más que una amistad extremadamente estrecha. Las únicas veces que ha respondido al deseo físico de John, John había estado forzando a Sherlock. Su propensión a tocarse entre ellos había nacido por el vínculo que John también había forzado en Sherlock en un esfuerzo por salvarle la vida. John actúa como el alfa de Sherlock incluso cuando no lo es. John siente como si Sherlock tuviera más razones para desconfiar de él que para mantenerlo a su lado.
Irene es un alfa. Irene es una mujer hermosa, mucho más atractiva de lo que John pudiera aspirar jamás a ser. Es lo bastante lista como para burlar a los altos funcionarios y John no se sorprendería si se hubiese dejado escoltar a Prontera como una parte menor de algún plan mayor. John no es estúpido pero aún necesita las deducciones de Sherlock escritas por él y no siempre puede seguir sus saltos de lógica.
Si se paraba a escuchar la parte de él que insistía en que reclamara a Sherlock, si lo bloqueaba todo excepto lo que era racional, solo quedaba una única conclusión.
Cuando vuelve a casa, Sherlock aún no está por ningún lado. John aparta la compra y vierte vino blanco en un cuenco para hacer una marinada para la cena.
¿Cuánto tiempo pasará hasta que Sherlock le pida que se vaya?
Aparta el pensamiento lejos y deshoja la planta de orégano que crece en una maceta junto al fregadero para picarlo y echarla a la marinada. Está a medias de despellejar el pollo cuando lanza el cuchillo que está usando en la cocina. Aterriza con un golpe seco en la pared. John lo mira fijamente e intenta recuperar el control de su respiración mientras lucha por cerrar el vínculo para que Sherlock no sienta su violento estallido de rabia.
Patético. Es jodidamente patético. Entre él y Sherlock, se supone que él debía de ser el alfa. Pero es él quien se encuentra en la cocina preparando la comida. Él quien limpia todo el jodido piso alrededor de Sherlock cada semana. ¿Era eso por lo que Sherlock no estaba interesado en él, porque no era un verdadero alfa?
Un verdadero alfa ni siquiera haría una puta petición. Un verdadero alfa simplemente tomaría lo que quiere.
John aprieta la parte de atrás de las muñecas contra los ojos, los dedos aún escurridizos por la grasa del pollo. No puede hacerlo. No puede vivir lejos de Sherlock. Ni siquiera empieza a comprender la idea de alguien más teniendo el privilegio de tocar a Sherlock cuando John nunca pudo. El solo pensamiento de eso le impulsa a matar. Se siente físicamente enfermo, con solo pensar en alguien más mirando la pálida piel de Sherlock.
Respira con fuerza, intenta calmarse, pasa otro minuto con los ojos fuertemente cerrados y entonces deja caer los brazos desde el rostro. Mira el mango del cuchillo sobresaliendo de la pared y parpadea para alejar la imagen borrosa.
Tiene que terminar la cena antes de que Sherlock vuelva.
John escucha la puerta principal abrirse y cerrarse. Sirve patatas asadas en un plato junto al pollo.
Sherlock coloca un libro en la mesa del salón antes de entrar en la cocina.
- ¿Pasó algo? - pregunta.
- ¿Qué?
- Creí... - Sherlock le mira – De repente estabas enfadado.
- No pasó nada – dice John - ¿Cenas?
Sherlock sigue mirándolo como si quisiera presionarlo por una verdadera respuesta. Pero toma el plato que John le ofrece y se retira al salón para mirar el libro que acaba de traer.
John termina de secar los platos mientras piensa en lo que va a decir. Sherlock no ha dicho nada en toda la noche, demasiado ocupado hojeando las páginas de su libro. John apenas ha saboreado nada de lo que ha comida mientras miraba la parte posterior de la cabeza de Sherlock, manteniendo bloqueados sus pensamientos.
- Sherlock – dice al final mientras coloca una taza de té junto a la mano de Sherlock. Sherlock levanta la vista de una página que ilustra las estaciones con unas runas arcaicas que John no puede comprender.
- Irene... - empieza John, y tiene que empujar la instintiva rabia hacia abajo – Irene es atractiva. Y es muy inteligente.
Sherlock entrecierra los ojos y John le siente tantear el vínculo. John cierra sus pensamientos aún más.
- Ella um – dice John y las palabras son bruscas, como si las forzara a salir – Simplemente parece como si fuera tu tipo.
- ¿Qué estás diciendo? - pregunta Sherlock.
- Estoy diciendo – dice John y el alfa le está desgarrando por dentro, intentando ahogar las palabras antes de que lleguen a sus labios – Estoy diciendo que si alguna vez conoces a alguien. Dímelo... - John traga saliva – Y me iré.
La presencia de Sherlock a través del vínculo se corta. Están tan cerca como pueden llegar a estar dos personas distintas y John no puede leer la expresión en el rostro de Sherlock cuando se pone en pie.
- ¿Qué te hace pensar que estaría remotamente interesado en otro alfa?
Altiva y ferozmente independiente. John no lo tendría de otro modo.
- Vale – se escucha a si mismo decir John – Solo quería ponerlo ahí. Si alguna vez... - John vuelve a tragar saliva – Solo quiero verte feliz, Sherlock.
Sherlock pone un brazo alrededor del cuello de John y tira de él para acercarlo, apretando el rostro contra el lado de la cabeza de John. Al principio es un goteo: un sencillo no te vayas se desliza desde el lado de Sherlock para revolotear en la mente de John como un pájaro buscando un nido. Y entonces se convierte en un torrente de por favor y John hasta que ya no hay pensamientos, solo la desesperación y el miedo a la pérdida les inunda a ambos cuando Sherlock abre la mente. John siente el latido de su corazón acelerarse, igualando el ritmo del corazón de Sherlock hasta que se queda sin aliento por la intensidad del terror de Sherlock.
Y entonces, tan repentinamente como había entrado, fluye lejos en la distancia, sin dejar nada a su paso. Sherlock respira con fuerza y se aparta, su mente fuertemente cerrada de nuevo.
Evita los ojos de John.
- Discúlpame – dice con frialdad y se lleva el libro cuando se retira a su cuarto.
John no sabe como sacar el tema. Hace el desayuno y continúa mirando la puerta de la habitación de Sherlock hasta que Sherlock sale, aún cargando con el libro. Lo deja en la mesa de la cocina junto a un sucio crisol y entra en el baño para echarse agua a la cara.
John pone los huevos y las salchichas en dos platos. Sherlock se ajusta la bata sobre el pecho cuando se sienta. John deja el desayuno de Sherlock delante de él.
- ¿De qué va el libro? - pregunta John porque necesita encontrar una manera de llegar hasta lo que realmente quiere decir.
- Es uno de los libros sin quemar que la mujer de Umbala mencionó – dice Sherlock – Magia de unión. Detalla técnicas de cómo obtener energía mágica a través del vínculo.
- Interesante – dice John, porque lo único en lo que puede pensar en decir es: Sherlock, ya sabes que no me queda nada de magia, lo cual es hacer demasiadas suposiciones. Cierra la boca para asegurarse de que no se le escapa.
- Solía haber todo un ritual alrededor del vínculo – dice Sherlock, apuñalando a una salchicha con el tenedor – Se supone que hay que hacerlo con luna llena, cuando la barrera entre el mundo real y el espiritual es más fina, ayuda a establecer una conexión más fuerte.
La luz del sol ya es tardía y John aún no tiene nada salvo el miedo que hace su alma salir fuera de su cuerpo.
- Hay algunos hechizo interesantes que solo los que comparten un vínculo pueden realizar – añade Sherlock – La antigua magia es de lejos más espiritual que la magia arcana moderna.
- Va en tu línea entonces – dice John.
Sherlock se mete la comida en la boca. John sirve dos tazas de café y le pasa una a Sherlock.
- Vale – dice John al mismo tiempo que Sherlock dice:
- Me disculpo.
- Te disculpas – dice John - ¿Por qué?
- Anoche – dice Sherlock – Lo que viste. No iba en serio. No estaba intentando coaccionarte para que te quedaras.
John le mira. Y entonces dice:
- No.
Sherlock vuelve a mirarlo.
- Creo que no estabas intentando coaccionarme – dice John – Pero creo que lo sentías de verdad.
Los ojos de Sherlock caen hasta la mesa.
- No voy a irme - -dice John – No quiero irme.
Escucha a Sherlock respirar. Sigue sin mirar a John.
- Puedes tenerme – dice John suavemente – Tanto tiempo como quieras.
