Reto 10: viñeta romántica

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Conejos
Personajes: Seiya y Shaina

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Nadie sabía lo que pasaba. Tampoco es que quisiera hablarse, pero desde hacía meses que el caballero de Pegaso prefería pasar más tiempo en el Santuario de Grecia que en la mansión de Saori en Japón.

Y aquello generaba rumores.

Bien era cierto que en cuanto la diosa hacía acto de presencia en Grecia, el primero en acudir a recibirla era su fiel protector. Su lealtad jamás se extinguiría, eso se daba por sentado.

Pero los habitantes del lugar, hasta sus propios hermanastros intuían que Atenea apreciaba al caballero de Pegaso, pero su situación, en esos precisos momentos, le impedía dar un paso más allá que era lo que Seiya esperaba.

Y a pesar de que su devoción no había decaído, su ausencia causaba estragos en el corazón del joven.

Poco a poco fue recobrando la normalidad y las rutinas dentro del Santuario le habían devuelto el buen humor y, sobre todo, sus ganas de bromear.

Una agradable tarde, mientras el sol se ponía en el horizonte, se hallaba paseando por un camino aledaño, cuando le salió al paso un conejo, que se quedó mirando al muchacho con cara de sorpresa.

Seiya frenó en seco y permaneció estático, observando al peludo animal. Éste sacudió la cabeza, sin apartar los enormes ojos oscuros del chaval, moviendo la nariz a toda velocidad.

—Esta vez no escaparás— murmuró el caballero de bronce, preparándose para echar una carrera.

Y antes de que pudiera pestañear, el conejo emprendió la huida a toda mecha, perdiéndose entre los matorrales.

Sin apartar la vista de su objetivo, el joven salió tras el animal, zigzagueando por el bosque.

Una polvareda inundó el aire al paso de Seiya, quien dio con su presa que seguía corriendo sin cesar, buscando desesperadamente la madriguera para ocultarse de aquel humano.

Cuando al fin le había dado alcance y se disponía a abalanzarse sobre el desdichado conejo, sintió un doloroso golpe en el costado que lo derribó al suelo.

Seiya divisó desde el suelo al conejo saliendo por patas hasta desaparecer de nuevo entre unos matorrales, perdiendo su pista completamente.

— ¿Pero qué narices…?— gruñó, mientras se incorporaba del suelo, pero un pie le obligó a tumbarse de nuevo.

— ¿Cuántas veces tendré que repetirte que dejes a los conejos en paz?— dijo una voz bien conocida para él.

Shaina mantuvo el pie derecho sobre el cuerpo de Seiya y cruzó los brazos.

El joven se pasó la lengua por los labios y suspiró contrariado.

— ¿Te has unido a los de Greenpeace o algo parecido?— se quejó el muchacho, sin hacer amago de incorporarse. De hecho, cruzó los brazos tras la cabeza.

La amazona sacudió la cabeza y apretó un poco más el pie.

—Si tienes hambre acude al barracón de cocina del Santuario, ¡pero deja a los animales del bosque tranquilos! Esos no se comen— regañó la italiana, colocando sus brazos en jarras.

—Muy bien Shaina— contestó Seiya divertido—, ya te lo recordaré cuando comas un pobre corderito asado, que tanto te gusta. O un cochinillo destetado a la fuerza para alimentar tu estómago… ¡Pero no aprietes con el tacón!— volvió a quejarse, cuando sintió que la amazona clavaba con fuerza.

Viendo que ella no cambiaba de posición y que comenzaba a disertar sobre comidas, el joven agarró el pie de la italiana y la desequilibró, provocando una fuerte caída de espaldas, con un grito de dolor al final.

A pesar de eso, Seiya se reía con ganas de la situación y se incorporó del suelo finalmente, sacudiéndose la tierra de la ropa.

— ¡No te rías de mi! ¡Eso ha sido una jugada sucia!— gruñó la italiana que fue a levantarse, pero el caballero de bronce fue a sentarse encima de ella.

—En el amor y en la guerra todo vale, ¿no es cierto, Shaina?— respondió el caballero de Pegaso, sujetando a la joven por las muñecas, al saber que ella preparaba otro ataque—. Esta vez te toca curarme las heridas.

Entonces Seiya mostró su brazo rasguñado por el golpe recibido previamente, del que brotaba sangre.

Shaina suspiró y dejó de pelear por quitarse de encima al joven.
—Como la primera vez que nos vimos, hace años…

Seiya comenzó a reírse de nuevo mientras se retiraba de encima de la muchacha, ayudándola a sentarse.
—No sé si agradecer o no que aparezcas siempre en el momento oportuno, bien para salvarme a mí, o para salvar a un conejo— dijo el caballero de bronce sonriendo, mientras observaba a Shaina que retiraba los restos de tierra de su herida—. Espera un momento, ¿me consideras un conejo?

Aquella pregunta descolocó a la amazona, que se había retirado el pañuelo amarillo de su cintura y envolvía con cuidado el brazo de Seiya. Tras el momentáneo silencio tras la máscara, Shaina rompió a reír.

— ¡No te rías de mi!— imitó Seiya la voz de la italiana con un puchero.

—Es que acabo de imaginarte como un conejo y no he podido evitarlo— respondió la joven entre risas, atando el pañuelo—. Bueno, esto ya está listo… ¿Contento?

Seiya mantuvo una sonrisa apacible en el rostro y asintió, mientras alargaba la mano hacia la máscara de la amazona.
— ¿Qué haces?— preguntó ella extrañada, pero sin frenar al caballero de Pegaso, quien finalmente retiró el pedazo de metal, dejando al descubierto el aún risueño gesto en el rostro de la italiana.

Permaneció unos segundos mirando a la joven, quien parpadeó suavemente y desvió la mirada hacia abajo.

—Sólo quería ver tu cara cuando te ríes— respondió Seiya—. Nunca te había escuchado reír…

Shaina enrojeció súbitamente. Y alzó los ojos verdes cuando el joven le preguntó.

— ¿Permitirías que un conejo te diera un beso?