CAPÍTULO 11

Hikaru apretó los puños mientras seguía caminando, sin dilación, sin pausa. Echarse a llorar era de cobardes, así que, sin gran esfuerzo, contuvo sus lágrimas y se recordó a sí mismo que debía aplastar definitivamente aquel parásito de Ryo. Con una certeza inamovible, estaba determinado que Ryo sólo salía con Sayu sólo para fastidiarle a él. Recordaba con total claridad la de intrincadas escenas que había preparado Ryo sólo para arruinarle la vida. No se sorprendería nada de que Ryo estuviese utilizando a Sayu para un fin perverso. Un fin en el que Hikaru debía estar envuelto.

Así que pasó de la incertidumbre a la confianza en sí mismo. Debía machacar a Ryo, exterminarlo, enterrarlo para que cuando saliera ya no tuviera fuerzas para responder. Y para eso necesitaba la ayuda de una persona anónima, lo suficientemente poderosa para ayudarle con sus propósitos. Fue entonces cuando se introdujo en aquella grieta, a la que no había vuelto a ir. Allí encontró a la persona que tanto deseaba ver. La acogida fue amistosa, con una sonrisa extraña en el rostro blanco y negro de Zetsu.

Raiko y Meiko habían decidido salir del gimnasio y andar un poco más lejos, pues en su interior tenían muy poca intimidad.

-Raiko, lo siento, pero lo nuestro debe terminar ya. –Dijo Meiko, algo seria.

-No entiendo, Meiko. Nos queremos. ¿Acaso hay algún problema con eso?

-Sí que lo hay. –Dijo Meiko, obstinada. –Somos primos y lo que estamos haciendo es… antinatural. Si no podemos salir en público, ¿A qué lleva todo esto?

-¡No necesitamos el reconocimiento de nadie! –Exclamó Raiko, enfadado. –Tú y yo, eso es todo lo que importa.

-¿Ah, sí? –Preguntó Meiko. - ¿Esperas que dentro de diez años estemos así? ¿Tú y yo?

-¡En diez años ya se verá! ¡Somos jóvenes y podemos hacer locuras! –Dijo él.

-Así que yo sólo soy una locura, un desliz en tu vida de adolescente, ¿eh? –Dijo Meiko.

-¡No, no! ¡No quería decir eso, de verdad! –Dijo Raiko frustrado.

-Sí, sí que lo querías decir. –Meiko suspiró. –Por una vez hablamos con sinceridad. Yo no veo un futuro con nosotros dos juntos, no veo nada. –Meiko comenzó a pensar en Hayate, en lo valiosas que habían sido sus palabras, en lo franco que había sido con ella. Meiko se alejó de allí y decidió entrar en el gimnasio.

-¡Meiko-san! –Chilló Raiko, desesperado. Cuando vio que ésta no se giraba comenzó a farfullar palabras ininteligibles, furioso con Meiko. –Volverá conmigo, lo sé. –Se dijo Raiko a sí mismo, tranquilizándose.

-Así que vienes a por venganza, ¿eh? –Rió Zetsu. –Me suena de algo.

-Sí, vengo para entrenarme duro y aprender cosas del Sharingan. –Dijo Hikaru. –Y más tarde aplastaré a Ryo como a un mosquito.

-Será difícil, muy difícil. Es un entrenamiento en el que puede que mueras de agotamiento. –Dijo Zetsu, advirtiéndole. –Pero los resultados son excelentes. Comenzaremos con una pequeña lección. Junta tus manos para formar un sello simple y después intenta concentrar todo el chakra de tu cuerpo en los ojos.

Hikaru se quedó algo patidifuso. En la Academia jamás le habían enseñado nada parecido.

-Sabes moldear chakra, ¿no? –Dijo Zetsu. –Si consigues hacer lo que te pido conseguirás una técnica de genjutsu muy potente, que sólo sería posible con tu Sharingan. Pero vayamos por pasos. –Miró las manos de Hikaru, que seguían unidas moldeando chakra. –Concéntrate, si para eso necesitas cerrar los ojos, ciérralos. –Hikaru hizo lo que le pedía. –Recuerda, en vez de acumular chakra en el sello hazlo en los ojos. –Hikaru notó como surtía efecto, y comenzó a emocionarse. Se sentía poderoso, muy poderoso. Con la mente comenzaba a captar cosas que hasta entonces no había notado, como el latido del corazón de Zetsu, los gusanos que se arrastraban por la cueva, las voces de las gentes que estaban en Konoha, yéndose a la cama…

Pero de pronto notó un escozor en los ojos que se fue propagando como la llama, y gritó de dolor. Zetsu reaccionó de forma rápida y le echó el cuenco de agua a los ojos. Sus ojos habían estado, literalmente, ardiendo.

Su vista se nubló, y por un momento tuvo que sentarse. Se sentó sobre el polvoriento suelo y cerró los ojos, ignorando el dolor, pero era difícil.

-Como ves, esta técnica podría dejarte ciego. Una persona normal se habría quedado ciega, pero tú al tener el Sharingan estás protegido. –Dijo Zetsu. –Aún así, si no eres capaz de moldear bien el chakra puede que se hagan daños irreversibles en tus ojos. Es por eso que te recomiendo que hagas ejercicios como andar sobre el agua acumulando chakra en la suela de tus pies o trepar un árbol de la misma manera. Cuando estés seguro de que puedes moldearlo perfectamente, vuelve a probar a acumular chakra en los ojos.

-Si no sé moldear chakra perfectamente y tú lo sabías, ¿Por qué me has dicho que acumulase chakra en los ojos si no estaba preparado? –Preguntó Hikaru, abriendo poco a poco los ojos.

-Sólo vas a venir una o dos veces por semana aquí. Si te ausentaras a menudo resultaría demasiado sospechoso e identificarían donde estoy. –Dijo Zetsu, respondiendo rápidamente a su pregunta. –Así que tengo que darte todas estas instrucciones y me tengo que asegurar que las hagas bien, especialmente la más importante, la del genjutsu. Te aseguro que si lo consigues dominar, a ese tal Ryo tendrán que recoger sus restos con una escoba y un recogedor.

Hikaru sonrió siniestramente. Zetsu lo miró con curiosidad. La primera vez que lo vio estaba más débil y tenía la típica mirada de inocencia. Ahora sus ojos estaban empañados de oscuridad. Por alguna razón, le recordaron a los ojos de Sasuke.

Meiko no podía soportar estar allí en aquel gimnasio como si no le ocurriese nada. Tenía el corazón roto en mil pedazos, pero en el fondo sabía que había hecho lo correcto. Pero entonces, ¿Por qué se sentía tan mal? Vio un poco más lejos a Ryo y a Sayu bailando juntos. Se preguntó qué opinaría Hikaru al respecto. Sólo entonces fue consciente de su ausencia. Fue entonces cuando Meiko decidió ir adonde Akemi y preguntarle acerca del paradero de su hermano.

-¿Hikaru? No lo he visto. Salió cuando, bueno, tú ya lo viste. –Dijo Akemi recordando aquella escena tan embarazosa entre Sayu y Hikaru.

-Sí, ¿Pero cómo es posible que nadie lo haya visto desde entonces?

-Sayu lo habrá visto. Pregúntale a ella, aunque ahora mismo parece algo… ocupada. –Comentó Akemi, cuando vio a Sayu y a Ryo abrazados. No se estaban cortando ningún pelo, y ya todo el mundo era consciente de que estaban saliendo juntos.

-Pues interrumpiré si es necesario. –Dijo Meiko, en parte enfadada con Sayu. Meiko estaba algo mosqueada con ella. Todo el mundo sabía que Hikaru había estado loco por ella desde hacía milenios y Sayu decide empezar a salir con su archienemigo, como si el rechazo que sintiera Hikaru no fuese suficiente. Sayu, al parecer, cuando decía que no estaba interesada en chicos eso no incluía a su preciado Ryo.

Así que, Meiko, armándose de valor, los separó allí mismo, ante el desconcierto de Ryo y el enfado de Sayu:

-¿Se puede saber qué te pasa?- Preguntó Sayu, entornando los ojos.

-¿Dónde está Hikaru? –Le preguntó Meiko con frialdad.

-No lo sé, le dijimos lo nuestro y se marchó. –Dijo Sayu, consciente de que Meiko la estaba asesinando con la mirada.

-Sí, es verdad. Cualquiera podría haber dicho que se iba a echar a llorar. –Murmuró Ryo, mordazmente.

Hikaru, ¿Cómo debes de sentirte ahora? Se preguntó Meiko.

-Contigo no estaba hablando, Ryo-kun. –continuó Meiko, cada vez crispándose más. -¿Y no te preocupó que se fuera de repente? –Le preguntó a Sayu.

-Sí, pero vi que necesitaba estar solo. –Dijo Sayu. –Le pasaba algo muy malo.

¿De verdad, Sayu, no eres consciente de lo colado que está Hikaru por ti? ¡Pero si te ha intentado besar! Sayu, estás fingiendo que no sabes nada porque en caso de reconocer que lo sabes y encima le dejas tirado como si no te importase nada, quedarías como una zorra. Desde ahora tendré mucho cuidado contigo, porque creo que eres una mentirosa y una falsa que juega con los sentimientos de los demás. Estos pensamientos tan inquietantes surgieron en la cabeza de Meiko, que se fue de allí, pensativa.

Hikaru hace tiempo que había dejado la cueva de Zetsu y se encaminaba por las calles. Tenía las manos en los bolsillos y silbaba alguna canción.

En el fondo no puedo dejar que el rechazo de Sayu me afecte tanto. Debo permanecer impasible y superarlo. Si lo consigo, derrotar a Ryo será más fácil. Pensó él, mientras se frotaba los ojos. Todavía le dolían, aunque cada vez menos. Zetsu le había dicho que la próxima vez que se encontraran le enseñaría una técnica curativa para que no le escociese tanto. Hasta entonces, nada.

Por fin llegó frente al gimnasio y dudó un momento antes de entrar. Finalmente entró y cuando lo hizo, a pesar de que lo hizo con discreción, todos se giraron hacia él. Algunos padres (los que no estaban borrachos) y sus compañeros. Ignorándolos, se fue a la terraza a pensar sobre aquello. Sin embargo, allí se encontró con una compañía poco agradable para su gusto:

-Hikaru-kun, en el fondo nos parecemos más de lo que crees. –Le dijo Hayate, con los brazos cruzados.

Más le gustaría.

-No veo en qué. –Dijo él.

-Ambos hemos sido rechazados. –Dijo Hayate. –Pero no hay de que preocuparse, ¡El amor verdadero siempre prevalece! –Puso los puños en alto. – ¡No debemos rendirnos ahora, Hikaru-kun!

Este chico me da vergüenza ajena Pensó Hikaru.

-¡Hikaru! –Oyó la voz de su hermana, que se acercaba y le daba un abrazo.

-Ni que no me hubieras visto en años… -Dijo Hikaru.

-Sé que lo estás pasando mal y he venido aquí a darte apoyo. –Sonrió ella. –Es lo que hacen los hermanos, ¿No?

-Y los amigos. –Añadió Hayate.

-Tú no eres mi amigo. –Dijo mirando a Hayate. –Y Meiko, lo agradezco mucho pero no estoy de humor ahora mismo.

-¿Cómo? –Preguntó Hayate, ligeramente ofendido. –Somos compañeros, colegas, como quieras llamarlo. No estás pasando un buen momento pero si quieres, puedo llamarte algún día y juntos hablamos de los sentimientos, del amor,…

- ¡Por dios, cómprate un CD de autoayuda para que alguien te comprenda, pero a mí déjame tranquilo! –Dijo Hikaru mientras Meiko se estaba riendo a carcajada limpia y Hayate lo miraba como quién mira un pez muerto:

-Ya me compré uno, y francamente, no me sirvió para nada. –Con esto los tres se echaron a reír, Hayate porque los otros dos se reían y no sabía de qué se estaban riendo, Hikaru de Hayate por ser tan patético y Meiko por las situaciones tan absurdas que se creaban.

Se miraron y fueron conscientes de que serían un grupo muy difícil de romper.