Twilight así como todos sus personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, la historia es una adaptación.
Algo Prestado
Sumary:
UNOS TRAGOS DE MAS Y... TOMA ALGO QUE NO ES SUYO
Bella Swan es una joven abogada de Nueva York, que siempre soñó con encontrar un gran amor.
En el día de su cumpleaños de 30 años, su mejor amiga Alice organiza una fiesta para ella, y Bella es sorprendida por un acontecimiento inesperado: en esa noche, después de unos tragos de más, ella acaba en la cama con Edward Cullen, un buen y viejo amigo de la facultad... que es el novio de Alice.
Capitulo 11
— Ah. El truco de cocinarle el conejito en la olla — Jasper dice cuando, el lunes a la mañana, lo actualizo sobre lo que sucedió.
— ¡No fue el truco del conejito en la olla! — protesto, recordando la escena de "Atracción fatal". Alice criticaba toda la premisa de esa película. No paraba de afirma cuan irrealista era el guión: ningún hombre se sentiría atraído por una mujer menos atractiva que su esposa. Creo que estoy tirando abajo esa teoría.
— ¿Ah, no? — Jasper retruca, imperturbable. — Bien, tal vez una variación del tema. Más sutil, pero ejerciste una leve presión... Y le informó que es inaceptable que él continúe con las dos al mismo tiempo.
— Bien, de cualquier forma... Todo está acabado le digo, dándome cuenta que esas tres palabras me ponen dentro del gran conjunto de mujeres ingenuas que niegan la relación mientras rezan para mantenerla. esas mujeres que intentan aferrarse a cualquier puntita de esperanza, Insisten en terminar cuando en verdad están queriendo una última conversación, una última cita, una última vez para seguir con las puertas abiertas. Y la patética verdad es que realmente quiero más. Me gustaría de poder deshacer esa escena en Talkhouse. No debería haberle dicho una palabra a Edward. Siento una preocupación repentina de que él me va a evitar para siempre. Probablemente va a decidir que no vale a pena, que la situación es simplemente demasiado complicada.
— ¿Se acabó? — Jasper pregunta medio escéptico.
— Si, se acabó.
— Bravo — dice él, con el más perfecto acento británico. — Así se hace.
— En fin... — digo, como si me fuese fácil mantenerme lejos de Edward.
— En fin... ¿Vienes a Londres la semana do 4 de Julio? — indaga Jasper.
Yo había mencionado esa posibilidad en un e-mail reciente, antes que Edward y yo hubiésemos establecido esa fecha. Ahora no quiero ir. Sólo en caso de que las cosas no hubiesen terminado definitivamente.
— Hum, creo que no. Ya arreglé para ir a Hamptons — respondo.
— ¿Edward no va a estar allá?
— Va a estar, pero yo quiero hacer valer el dinero que gasté en el alquiler de la casa.
— Si, claro.
— No me hables así.
— Bien — dice él cambiando el tono. — ¿Pero vendrás a visitarme algún día? También me dejaste plantado después de tu Examen de Graduación. Por ese tipo, Riley.
— Voy a visitarte. Te lo Prometo. Tal vez en septiembre.
— Está bien, pero el 4 de Julio sería divertido.
— No es feriado ahí — le recordé.
— Si, es gracioso, los ingleses no celebran nuestra independencia de ellos... Pero en mi corazón es feriado, Bella.
Me Río y le digo que voy a informarme sobre vuelos en otoño.
— Bien. Voy a mandarte un email con todos mis fines de semana libres... toda la info.
El sabe que detesto la palabra "info". De la misma forma que odio a las personas que hacen reservas para cenar en el "finde ". (Sonrío.
— Excelente idea.
— Perfecto entonces.
Poco después de hablar con Jasper, mi teléfono suena. El nombre de Caius aparece en el identificador de llamadas. Considero la posibilidad de no atender, pero aprendí que ese tipo de cosa no funciona bien en un despacho de abogacía. Sólo hace los colegas se pongan todavía más irritados cuando uno finalmente habla con ellos.
— Cómo notificaste los documentos da IXP? — casi me grita Caius. Siempre dispensa la cordialidad.
— ¿Cómo?
— La modalidad de entrega. ¿Por correo? ¿En mano?
Le clavé el documento en la puerta de su choza, hijo de puta, pienso, recordando la vieja forma de notificación usada por el colegio de abogados de Nueva York.
— Por e—mail — digo, mirando para mi copia ya bastante gasta del Compendio de reglas de Proceso Civil de Nueva York.
— Excelente cagada te mandaste — dice él, arrogante como siempre.
— ¿Qué?
— ¿Qué? ¿Qué? — Grita en el teléfono. Aparto el tubo del oído, pero ahora escucho su voz en estéreo, invadiendo el pasillo — Cagaste todo. ¡Eso fue lo que sucedió! ¡Los documentos deben ser entregadas en mano! ¿Ni te tomaste el trabajo de leer el mandato judicial?
Le doy una leída rápida a la carta del juez. Mierda, él tiene razón.
— Tienes razón — digo solemnemente. Caius odia las excusas y yo no tengo absolutamente ninguna. — Metí la pata.
— ¿Qué eres? ¿Una abogadita que recién empieza?
Miro fijamente mi escritorio. El sabe muy bien que este es mi quinto año en el despacho.
— Lo que quiero decir, por Cristo, es que es una negligencia — rezonga él. — El despacho va a ser procesado por tu causa y vas a ser despedida si no dejar de haces estas cagadas.
— Disculpa — digo, y me acuerdo que él odia todavía más cuando alguien pide disculpas.
— ¡No me pidas disculpas! ¡Halla un modo de deshacer esta cagada! — él dice en mi cara. Creo que Caius nunca terminó una conversación con un apropiado hasta pronto, incluso cuando él está de buen humor.
No, no soy tu esclava, hijo de puta. Por eso tus sermones no funcionan. Adelante, puedes despedirme. ¿A quién mierda le importa? Recuerdo cuando empecé a trabajar en el despacho. Cuando uno de los socios levantaba las cejas yo era capaz de volver para a mi oficina con lágrimas en los ojos, hecho pánico por perder mi empleo o salir mal en la evaluación. Con el paso de los años maduré, y en este momento no le doy la menor importancia. Tengo problemas mayores que este despacho y mi carrera como abogada.
No, uses la palabra "carrera". Las Carreras son para personas ambiciosas. Yo sólo quiero sobrevivir, tener un sueldo al final del mes. Este es un mero trabajo. Puedo quedarme o irme de este lugar. Considero renunciar y seguir con pasión una carrera que todavía no sé cual es. Podría decirme a mí misma que, a pesar de no tener una relación significativa e intensa, tengo mi trabajo.
Telefoneo a un abogado de otro despacho y quien me atiende es un sujeto cerca de los cuarenta y tanto años, que tiene un pequeño problema en el habla. Le digo que nuestros documentos fueron entregados de manera incorrecta, que voy a entregarlos en mano, pero que ellos llegaron con un día de atraso. El me interrumpe con una risa contenida y simpática y dice con su lengua arrevesada que no hay problema, que obviamente él no iba a contestar a validez de la notificación. Apuesto a que él odia su trabajo tanto cuanto yo. Si le gustase, nunca perdonaría ese error. Caius festeja cada vez que otro despacho pierde un plazo para litigar o para enviar una carta documento.
Le Mando un e—mail a Caius con apenas una pequeña frase: "El abogado de la otra parte dice que no hay problema, puede recibir los papeles hoy, en mano." Eso le va a demostrar que puedo ser breve y grosera como cualquiera.
Alrededor de las 13:30, después de imprimir y despachar una nueva tanda de papeles, recibo a Rosalie, que viene a mi oficina y pregunta si tengo planes para el almuerzo.
— Ningún plan. ¿Quieres ir almorzar?
— Quiero. ¿Podríamos ir a algún lugar lindo? ¿Con buena comida? ¿Comer carne, o una comida italiana?
Sonrío Y asiento con la cabeza, tomando mi cartera de debajo de la mesa. Rosalie puede comer mucho al mediodía, pero yo no, me pongo muy somnolienta por la tarde. Una vez, después de haberme comido un sándwich con puré de papa y un postre, realmente tuve tomar el subte e ir a mi casa a dormir una siesta. Cuando volví, había seis mensajes de voz para mí, incluyendo uno enfurecida de Caius. Esa fue mi última siesta, a no ser que cuente las veces que giro mi silla hacia la ventana y pongo un periódico en mi regazo. Es una técnica infalible — si alguien entra en la oficina, parece que estoy leyendo.
Cuelgo mi cartera en mi hombro cuando Kenny, del sector de correspondencias, surge en mi puerta entreabierta.
— Hola, Kenny, puedes entrar.
— Bella — él pronuncia mi nombre con un acento francés. — Esto aquí es para vos — él sonríe y me muestra un florero lleno de rosas rojas. Muchas rosas. Más de una docena. Más que dos docenas, aunque no las haya contado. Todavía.
— ¡Carajo! — los ojos de Rosalie se abren enormemente. Veo que ella hace un esfuerzo enorme para no tomar la tarjeta.
— ¿Dónde debo colocarlas? — pregunta Kenny.
Hago espacio sobre mi escritorio.
— Aquí está bien.
Kenny hace una mueca, exagerando el peso del florero, silba y dice:
— Uauuu, Bella, alguien está enamorado de ti.
Intento disimular, pero no hay como negar que las flores sean de alguien con intereses románticos. Si no fuesen rojas, podría atribuirlas a alguna celebración de familia, decirles que ese era un día especial para mí o que mis padres se enteraron del error que cometí en la oficina y estaban intentando reconfortarme. Pero no son solamente rosas, son rosas rojas. Y muchas. Seguramente no son de un pariente.
Kenny se marcha después de hacer un comentario final sobre el precio de las rosas. Intento caminar detrás de él en dirección a la puerta, pero no hay ninguna posibilidad de irnos a cualquier lugar antes que Rosalie obtenga toda la información.
— ¿De quién son?
Me encojo de hombros.
— No tengo la menor idea.
— ¿No vas a leer la tarjeta?
Tengo miedo. Las rosas deben ser de Edward... ¿Y si firmó la tarjeta? Muy arriesgado.
— Ya sé de quien son — digo.
— ¿De quién?
— James.
El es la única otra posibilidad.
— ¿James? Ustedes apenas estuvieron juntos este fin de semana. ¿Qué historia es esa? ¿Me estás escondiendo algo? ¡Es mejor que hables ya!
Le digo que no hable tan alto, que no quiero que todos en el despacho se enteren de mi vida.
— Está bien, entonces vamos, cuéntame. ¿Qué dice la tarjeta?
Ella está en modalidad interrogatorio. Por más que odie el despacho, ella es una abogada de las buenas.
Sé que no puedo zafar de leer la tarjeta. Además, también estoy loca por saber que dice. Arranco el sobre blanco del florero y lo abro muy lentamente, mientras mi mente vuela para inventar una historia sobre James. Deslizo la tarjeta y mentalmente leo las dos frases: "LO SIENTO MUCHO. POR FAVOR, ENCUENTRAME ESTA NOCHE." Es la letra de Edward, lo que significa que él fue a la florería personalmente. Y mejor todavía. No la firmó, probablemente imaginando una escena como esta. Mi corazón se dispara, pero intento evitar una sonrisa muy grande delante de Rosalie. Las rosas me emocionan. La tarjeta me emociona todavía más. Sé que no voy a rechazar el pedido de él. Voy a encontrarlo esta noche, aunque esté más asustada que nunca de salir lastimada. Paso la lengua sobre mis labios e intento permanecer serena.
— Son de James. — digo
Rosalie me mira fijamente.
— Déjame ver — dice ella, intentando quitarme la tarjeta.
Le arranco la tarjeta y la meto en la cartera.
— Sólo dice que él está pensando en mí.
Ella pone su cabello detrás de su oreja y pregunta desconfiada:
— ¿Ustedes volvieron a salir? ¿Cómo es la historia?
Suspiro y me dirijo al corredor, totalmente preparada para usar al pobre James.
— Está bien, tuvimos un encuentro la semana pasada sobre el cual no te conté — comienzo a decir mientras caminamos en dirección al elevador. — Y, bien, él dice que sus sentimientos son cada vez más fuertes...
— ¿Dice eso?
— Algo así.
Ella asimila la información.
— ¿Y tu qué le dijiste?
— Le dije que no estaba segura de como me estaba sintiendo y, bien, que creía que debíamos tomar las cosas con serenidad durante el fin de semana.
Frieda, de contabilidad, sube al elevador detrás de nosotros. Tengo la esperanza que Rosalie se guarde el interrogatorio para cuando lleguemos a la planta baja , pero no, cuando la puerta se cierra, ella continua.
— ¿Estuvieron juntos?
Asiento disimuladamente, de modo que Frieda, de espaldas a nosotras, no me vea. Habría dicho que no, pero rosas rojas no tendrían sentido si no hubiese sucedido nada entre nosotros.
— Pero no durmieron juntos, ¿no?
Por lo menos ahora ella habla susurrando.
— No — respondo y después le digo con la mirada que se quede callada. La puerta del elevador se abre y Frieda sale apresuradamente a su destino.
— Cuéntame más — Rosalie pide.
— No hay demasiado más. Ah, Rose. ¡Eres implacable!
— Bien, si me hubieses contado toda la historia desde el principio, no precisaría ser implacable.
Conversamos sobre otras cosas en nuestra breve caminata hasta la Segunda Avenida, pero entonces, cuando ya estamos comiendo nuestros filetes en Palm Too ella dice:
— ¿Recuerdas cuando dejaste caer la cerveza el sábado a noche, mientras Edward y vos estaban conversando?
— ¿Cuándo? — pregunto ya en estado de pánico.
— ¿Ya sabes, cuando ustedes estaban conversando y yo aparecí, al final de la noche?
— Ah si, creo que si. ¿Qué pasa con eso? — Pongo la expresión más neutra posible.
— ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué Edward estaba tan molesto?
— ¿él estaba molesto? No me acuerdo — miro el techo, con la frente fruncida. — No creo que estuviese molesto. ¿Por qué me preguntas?
Cuando se está acorralada, responder una pregunta con otra es una táctica en la que siempre se puede confiar.
— Por nada. Sólo me pareció extraño, sólo eso.
— ¿Extraño?
— No sé. Es una locura...
— ¿Qué?
— Es una locura, pero... ustedes parecían una pareja.
Me Río de nerviosa:
— ¡Es una locura!
— Lo sé. Pero mientras los observaba conversando, pensé que vos estarías mejor con Edward. Ya sabes, mejor de lo que él está con Alice.
— Ah, una tontada — digo. Más risitas nerviosas. — Ellos hacen una linda pareja.
— Claro. Ellos tienen todo ese estilo superficial, pero hay algo que no encaja — ella lleva la copa de agua a su boca mientras me examina.
Escogiste muy bien tu profesión, Rosalie.
Le digo que está loca. A pesar de que me encantó lo que ella acaba de decirme. Tengo ganas de preguntarle por qué piensa así. ¿Por qué los dos somos abogados? O por qué tenemos algunas características en común — ¿más profundidad e intelectualidac que Alice?
Pero no digo nada, porque siempre es sabio decir lo menos posible cuando se es culpable.
Caius entra en mi escritorio después del almuerzo para preguntarme sobre otro asunto relacionado con el mismo cliente. A lo largo de los años, me di cuenta que esa es su extraña manera de pedir disculpas. El sólo viene a mi oficina después de una explosión, como la de esa mañana.
Giro en la silla y le actualizo la información.
— Comprobé todas las causas en Nueva York. Y las federales también.
— Está bien. Pero ten en mente que nuestro cuadro es peculiar — dice Caius. — No estoy muy seguro si la Corte le va a dar mucha importancia a los antecedentes.
— Creo que si, pues hasta donde sé, el consenso en que nos basamos en la Sección I de nuestro escrito dice que el cliente está a derecho. Entonces ese es un buen primer paso.
— Bien, asegúrate de verificar también antecedentes judiciales en otras jurisdicciones — dice él. — Precisamos anticipar todos los argumentos de ellos.
— Está bien — respondo.
Cuando ya se está yendo, se da vuelta para comentar:
— Bonitas rosas.
Me quedo perpleja. Caius y yo no sacamos ese tipo de temas de conversación y él nunca hizo ningún comentario que no fuese referido al trabajo, ni siquiera un "¿Cómo te fue este fin de semana?", un lunes a la mañana, o un " ¿Hace mucho frío allá afuera ?", cuando subimos juntos al ascensor en un día de nieve.
Tal vez dos docenas de rosas me hagan más interesante. Me siento más interesante, pienso. Este affair con Edward me dio una nueva dimensión.
Estoy cerrando la computadora, a punto de irme del trabajo, con planes de encontrarme con Edward. Todavía no nos hablamos, apenas intercambiamos una serie de mensajes conciliatorios, incluyendo uno mío agradeciéndole las bellas flores.
Rosalie aparece en mi puerta antes de salir.
— ¿También te marchas ahora?
— Si — digo, deseando conseguir escapar antes de ella. Muchas veces ella me pregunta si quiero ir a beber algo después del trabajo. No es que ella sea fiestera, como Alice, pero no es del tipo de quedarse en su casa sin hacer nada.
Como era de esperar, me pregunta si no quiero ir a tomar un margarita al Tequilaville, nuestro lugar favorito cerca del trabajo, a pesar — o tal vez por las papas fritas y la gran cantidad de turistas. Es siempre una escapada bienvenida de la previsible escena de Nueva York.
Le digo que no, no puedo.
Por supuesto que ella quiere una excusa. Todas las que me ocurren pueden y van ser refutadas por ella: estoy cansada (vamos, no seas aburrida); tengo que ir a gimnasia (¡Falta una vez!); estoy intentando beber menos (una mirada incrédula). Entonces le digo que tengo una cita. La cara de ella se ilumina.
— Entonces las flores de Marky Mark funcionaron, ¿no?
— ¡Me atrapaste! — le digo mirando el reloj.
— ¿A dónde van? ¿O van a quedarse en la casa?
Le digo que vamos salir.
— ¿A dónde?
— Nobu — digo, porque comí allá recientemente.
— ¿Nobu en un lunes a la noche? él está enamorado de ti.
Me arrepiento de mi elección. Debería haber optado por el restaurante italiano desconocido del vecindario.
— Si la cita terminar antes de las dos, llámame y cuéntame — me pide Rosalie.
— Claro — respondo.
Voy a casa y me olvido todo sobre James y Rosalie.
Muchas gracias por encontrarte conmigo — dice Edward cuando abro la puerta. El viste un traje oscuro y una camisa blanca. Está sin corbata, probablemente la guardó dentro del maletín, que dejó en el piso, al lado de mi puerta. Está visiblemente cansado. — Creí que no ibas a querer encontrarte conmigo.
Nunca consideré no encontrarme con él. Digo eso, percibiendo el riesgo que corro. No me importa. Es la verdad.
Comenzamos a disculparnos, nos aproximamos tímidamente. El toma mi mano, la aprieta fuerte, su contacto, al mismo tiempo que me calma, y me energiza.
— Siento mucho todo. — dice lentamente.
Me pregunto si él sabe que también debería sentir mucho lo sucedido en la playa, si eso está incluido e o "todo". Ya pensé en la escena muchas veces, casi siempre en tonos sepia. Parpadeo, expulsando la imagen de la cabeza. Quiero hacer las paces. Quiero seguir adelante.
— Yo también lo siento mucho — le digo. Tomo su otra mano, pero todavía hay mucho espacio entre nosotros. El suficiente para que quepan una o dos personas.
— No tienes por qué disculparte.
— Si tengo. No tenía derecho a enojarme contigo. Me comporté tan mal... No íbamos discutir nada antes del 4 de Julio. Ese era el acuerdo...
— No es justo para ti — dice él. — Es un acuerdo jodido.
— Estoy bien con las cosas como están. — le explico. Eso no es exactamente la verdad, pero tengo miedo de perderlo si pido más. Por supuesto, también estoy aterrorizada de ser sincera con él.
— Debo hablar contigo sobre esa tarde con Alice — me dice.
Sé que él se está refiriendo al episodio de la ducha y no puedo soportar oír esa historia. La escena en sepia en la playa es una cosa, y la escena pornográfica en la ducha es otra muy diferente. No quiero ni un solo detalle de la boca de él.
— Por favor, no — le digo. Realmente no precisas explicarte.
— Es sólo que... quiero que sepas que fue ella quien comenzó... En serio...
Yo lo venía evitando hace mucho tiempo y simplemente no pude escapar. Su rostro asume una expresión incómoda de culpa.
— No precisas explicarte — digo nuevamente, con más firmeza. — ella es tu novia.
El sacude la cabeza pareciendo aliviado.
— ¿Sabes cuando ustedes dos estaban en la playa? — le pregunto con calma, sorprendida de mencionar eso.
— Si — dice él, después mira hacia abajo. — Cuando volví a la toalla me di cuenta que estabas molesta.
— ¿Cómo supiste?
— Me escuchaste llamarte por tu nombre y me ignoraste. Estabas tan fría. Helada. Te odié.
— Disculpa. Fue sólo que parecías tan feliz con ella. Y yo me sentí tan... tan... — Lucho para encontrar la palabra adecuada. — Tan obsoleta, usada, dejada de lado.
— No estás dejada de lado, Bella. Pienso en ti todo el tiempo. Anoche no pude dormir. Hoy no pude trabajar.
La voz de él disminuye hasta tornarse un susurro y acabamos en la posición de dos personas que bailan una canción lenta, mis brazos en torno al cuello de él.
— Y debes saber que no te estoy usando — dice él en mi oído. Siento escalofríos.
— Lo sé — respondo junto a su hombro. — Pero es tan extraño. Verte con ella. Creo que no debería ir más a Hamptons con ustedes.
— Lo siento mucho — dice él otra vez. — Lo sé. Sólo quería pasar un tiempo contigo.
Nos besamos. Es un beso suave, de bocas cerradas, nuestros labios apenas se tocan. No hay ninguna connotación de deseo, sexo o pasión. Es el otro lado del amor, la parte que más me gusta.
Vamos a mi cama. El se sienta en el borde y yo cruzo mis piernas a su lado.
— Sólo quiero que sepas — dice él, mirándome a los ojos — que nunca haría esto si no fueses muy importante para mí.
— Lo sé — respondo.
— Y yo estoy... ya sabes... tomándome todo esto muy en serio.
— No vamos a conversar sobre esto antes del 4 de Julio — me apresuro a decir. — Es lo pactado.
— ¿Estás segura? Porque podemos conversar sobre eso ahora si quieres.
— tengo certeza absoluta.
Estoy más que segura. Tengo miedo de cualquier vislumbre de nuestro futuro. No puedo soportar la idea de perderlo, pero todavía necesito considerar lo que representaría perder a Alice. Un error enorme e irreversible contra mi mejor amiga.
El me dice que le asusta cuanto significo para él. "¿Realmente sabes cuanto significas para mí? "
Sacudo la cabeza afirmativamente. Lo sé.
El me besa una vez más, más intensamente. Entonces experimento verdaderamente mi primer increíble sexo de reconciliación.
A la mañana siguiente, Rosalie me hace una visita cuando está camino a su oficina. Me pregunta como fue la cita. Perfecta. Ella se arroja en una de las sillas, colocando sobre en el escritorio una botella de agua mineral y su rosquita. Rosalie reclina la silla y cierra la puerta con el codo. Su rostro está serio.
Lo que acabó sucediendo fue que James de hecho optó por un pequeño restaurant italiano desconocido del vecindario. El mismo puto pequeño restaurant italiano que por alguna puta razón también atrajo Rosalie anoche. Una puta ciudad de millones de habitantes, y James y Rosalie a apenas dos mesas de distancia, cenando ravioles en una puta noche de lunes.
Bienvenido a Manhattan, una puta isla mas pequeña de lo que jamás podrías imaginarte.
— La única cosa sobre la cual no me mentiste — dice Rosalie, señalando con el dedo — es que James realmente tenía una cita. Sólo que no contigo, mentirosa... Aunque la chica se parecía a vos en la boca y el mentón.
— ¿Estás enojada?
— No, enojada no.
— ¿Qué, entonces? — Bien, para comenzar, estoy azorada. Nunca pensé que serás capaz de engañarme así — Ella parece muy estupefacta por la revelación. — Y también estoy triste por darme cuenta que no confías en mí. Me gustaba considerarme tu mejor amiga, no una figura decorativa, un retroceso a los tiempos del secundario, tu mejor amiga de hoy en día. Lo que me lleva a otra cuestión... — ella dice llena de moralina y después espera que yo rompa el silencio.
Miro a mi engrampadora, después mi teclado y después mi engrampadora, nuevamente.
Aunque muchas veces me haya imaginado siendo descubierta, es siempre Alice quien me atrapa. Porque, después de todo, cuando dejamos volar nuestra imaginación, optamos por el peor escenario posible, no por un escenario de mediano peligro. Es como preocuparse con la posibilidad de que tu novio haya sufrido un accidente de auto — uno no se lo imagina chocando contra un buzón de correo o cortándose el labio. Uno se imagina lirios al lado de un féretro abierto.
Entonces yo veía imágenes de Alice atrapándonos. No del tipo "los dos en la cama en pleno acto" — eso es muy improbable, especialmente en un edificio con portero —, pero algo más sutil. Alice aparece inesperadamente y José la deja subir sin tocar el portero eléctrico (Alerta: advertirle que nunca le permita eso). Atiendo la puerta imaginando que es el chico que vino entregar la comida china para mí y para Edward (Alerta mental número dos: siempre mirar por la mirilla antes de abrir la puerta). Y allí está ella. Sus grandes ojos captando todo. Sin palabras en su estado de horror. Ella abandona la escena. Edward va al pasillo en ropa interior, gritando el nombre de ella, como Marlon Brando en "Un tranvía llamado deseo".
Próxima escena: Alice, en medio de cajas de cartón, empacando sus CDS con la siempre tan solidaria Charlotte ofreciendo le ella pañuelos de papel. Por lo menos Edward se quedaría con los CDS de Springsteen, incluso Greetings from Asbury Park, que alguien le regaló a Alice. La mayor parte de los libros también se quedarían con él, ya que Alice casi no tenía libros en el apartamento. Apenas algunos pocos objetos vistosos para poner sobre las mesas del centro.
Una vez leí — irónicamente, en una de las revistas de Alice — que una persona que está teniendo un affair se debe entrenar en un ejercicio de visualización en el que pueda imaginarse siendo atrapada y después sufriendo las terribles consecuencias, esas imágenes debe traer a persona de vuelta a la realidad, hacerla pensar mejor, hacerla se dar cuenta do que está perdiendo. Por supuesto, el artículo presuponía un affair movido por el deseo incontrolable y no estaba dirigido a la tercera del triangulo, sino al participante mas comprometido. Además, también presuponía que la tercera persona involucrada no era la madrina de la boda a punto de realizarse. Las nuestras circunstancias claramente no encajan en el esquema típico del adulterio.
De cualquier modo, no sé como me sentiría si Alice descubriese todo y nuestra amistad terminase. No puedo imaginarlo. El hecho es que Alice y Edward todavía están comprometidos. Y probablemente las cosas van permanecer así. Ellos se van a casar y ella nunca va a descubrir la verdad.
Ser descubierta por Rosalie es una historia diferente.
— ¿Entonces? — pregunta ella.
— ¿Entonces, qué?
— ¿Con quién realmente te encontraste anoche? ¿Quién realmente te mandó las flores? — ella señala hacia mis rosas.
— Otra persona.
— No me vengas con esa mierda.
Trago en seco.
— Está bien, escucha, no nací ayer. Armas una pelea con Edward en Talkhouse, los dos dejaron de hablar cuando yo llegué. Después te vas de Hamptons más temprano al día siguiente, toda deprimida, mintiendo sobre plazos legales a punto de expirar... conozco tus plazos, Bells, y no tenía nada que ver con la entrega ayer. Y luego esas flores llegan.
Ella señala mis rosas, todavía en perfecto estado.
— Mencionas el nombre de James, a quien ignoraste todo el fin de semana. Lo que es muy extraño, aunque hayas decidido avanzar lentamente con él. ¡Luego me dices que tienes una cita con James y yo lo encuentro con otra mujer!
Ella termina la enumeración de las evidencias con una sonrisa jubilosa.
— ¿Ella era bonita?
— ¿La mujer?
— La compañía de James.
— En verdad si, ella era muy atractiva. Cómo si eso te importase una mierda.
Rosalie tiene razón, no me importa.
— Ahora deja de dar vueltas y ve directo al punto — ella dice.
— ¿Qué punto?
— ¡Bella!
— Realmente parece terrible — digo, negándome a confesar.
— Bella. ¿A quién crees que se lo voy a contar? Soy tu amiga, no de Alice. Qué diablos, no me gusta tanto...
Corto un pedazo de cinta adhesiva, arranco cinco centímetros y la sujeto entre el dedo índice y el pulgar. Por alguna razón esa es una confesión más difícil de la que le hice a Jasper. Tal vez porque sea cara a cara. Tal vez porque el pasado de ella no haya sido tan aventurero como el de Jasper.
— Está bien — Rosalie intenta nuevamente. — Déjame hablar por vos, simplemente asiente con la cabeza. — La voz de ella es la de una madre hablando con una hija.
Juego nerviosamente con la cinta, enrollándola en mi dedo. Ella esta a punto de descubrir todo y yo tengo dos alternativas: admitir o negar. Admitir puede ser un grande alivio. Negar me forzaría a hacer una expresión indignada y responder con una serie de preguntas del tipo: "¿Cómo puedes haber pensado eso? ¿Estás loca?" etc. No soy buena fingiendo
— Edward está engañando a Alice — dice ella — contigo.
Sonido de tambores.
Levanto mi mentón y la miro de vuelta. Después sacudo la cabeza lo menos posible.
— ¡Lo sabía!
Pienso en interrumpir el interrogatorio, pero en verdad realmente quiero conversar sobre eso. Quiero que ella me diga que no soy una persona terrible. Quiero que ella discurra sobre esa afirmación anterior de que Edward hace más linda pareja conmigo que con Alice. Y, por encima de todo, quiero conversar sobre Edward.
— ¿Cuándo comenzó?
— La noche da mi fiesta de cumpleaños.
Ella mira el techo y sacude la cabeza, como si ahora todo tuviese sentido.
— Está bien, comienza desde el principio. No escondas nada. — Ella se instala en la silla y muerde la rosquilla.
— La primera vez que me acosté con él fue un accidente.
— ¿La primera vez? ¿Te acóstate con él? ¿Muchas veces?
Le doy una mirada.
— Disculpa, adelante. ¡Simplemente no puedo creerlo!
— Bien. La noche de la fiesta fuimos los últimos en irnos... fuimos a tomar unos tragos, una cosa llevó a la otra y nos acostamos en mi apartamento. Fue un accidente. Quiero decir, estábamos borrachos. Yo por lo menos lo estaba.
— Si, me acuerdo, estabas un poco tomada esa noche.
— Si. Pero lo interesante es que Edward dice que no estaba borracho. Ese detalle no solamente pone la responsabilidad del lado de él, sino que al mismo tiempo da origen a una relación más importante.
— ¿Qué? ¿Se aprovechó de ti?
— No, no quise insinuar eso... Yo sabía lo que estaba haciendo.
— Bien — ella hace una seña para que continúe.
Le cuento sobre el día siguiente, los mensajes frenéticos de Alice, nuestro pánico y Edward usando a James como cómplice.
— Entonces fue sólo eso — yo concluyo.
— ¿Qué quieres decir con "fue solo eso"? Por supuesto que no fue sólo eso — ella le da una mirada significativa a las rosas.
— Quiero decir que fue eso por un tiempo. No estábamos arrepentidos y...
— ¿Cómo arrepentidos?
— ¡Arrepentidos, Rosalie! — interiormente recuerdo ese primer día y mi completa falta de remordimiento. Entonces era eso. En mi cabeza, todo estaba acabado.
— Pero no en la de él, ¡verdad ?
Escojo mis palabras cuidadosamente y le cuento a ella sobre la llamada de Edward el lunes y lo que él dijo. Y después todas las cosas que sucedieron en Hamptons. Y sobre nuestro primero beso sobrio. El beso decisivo. Haberme acostado con él decidiéndolo conscientemente por primera vez.
Ella le da una mordida más grande a ala mordida.
— ¿Entonces es eso...? ¿Solamente sexo? ¿O realmente él te gusta ?
— Realmente me gusta — le revelo.
Ella asimila a información.
— ¿él va a terminar con el compromiso?
— Todavía no hablamos de eso.
— ¿Cómo que no han hablado de eso? ¿Espera, era por eso que estaban peleando en Talkhouse?
Le digo que no estábamos exactamente peleando, sino que yo estaba molesta porque él había tenido sexo con Alice. Y que por eso había mandado las rosas.
— Bien. Entonces él lamenta haberse acostado con su novia, es como si él estuviese inclinado a terminar con ella, no?
— No sé. Realmente todavía no discutimos eso.
Ella parece confundida.
— ¿Y cuándo van hacer eso?
— Acordamos que conversaríamos por el 4 de Julio.
— ¿Por qué esa fecha?
— Una elección arbitraria, no sé.
Ella bebe un trago de agua.
— Bien, crees que él va a terminar con ella, ¿verdad?
— No sé. No sé si quiero eso.
Ella me lanza una mirada perpleja.
— Te estás olvidando de un detalle importante de la historia, Rosalie. Alice es mi amiga de hace años, de todo una vida, y yo soy a madrina de ella.
Ella hace una mueca.
— Detalles.
— Simplemente ella no te gusta.
— Alice no es la persona que más me gusta en este mundo, pero eso no viene al caso.
— En mi opinión ese es un detalle importante. Ella es mi amiga. Y, además, aunque no lo fuese, aunque fuese una mujer cualquiera, ¿no crees que yo igualmente tendría que enfrentar las consecuencias negativas de todo esto?
Me pregunto por qué argumento en contra de mí misma.
Ella se acomoda en la silla y habla lentamente.
— El mundo no es así, negro o blanco, Bella. No hay una moral absoluta. Se te hubieses acostado con Edward sólo por farra, entonces tal vez me preocuparía por las consecuencias negativas. Pero tienes sentimientos por él. Eso no te hace una mala persona.
Intento memorizar el argumento de ella. No hay una moral absoluta. Eso es bueno.
— Si la situación fuese a la inversa — continua ella —, Alice haría lo mismo sin pestañear.
— ¿Te parece? — le pregunto, considerando la idea.
— ¿Tu no?
— Tal vez tengas razón — digo. Después de todo, Alice tradicionalmente se lleva la mejor porción de todo. Las cosas siempre fueron así.
Hasta ahora.
Rosalie sonríe y asiente con la cabeza.
— Ve a fondo.
Más o menos lo mismo que Jasper dice. Son dos votos para mí y ninguno para Alice.
— Voy a continuar viéndome con él todo lo que pueda. Vamos ver qué sucede — digo, dándome cuenta que "ver qué sucede" es mi versión de "ir a fondo".
Un capitulo mas, espero que les haya gustado. Ya saben que hacer.
Les dejo el adelanto…
— ¿En una escala de uno a diez, cuánto le temes al baby shower? Alice me pregunta al día siguiente mientras vamos al baby shower de Ángela, en el Camry modelo 86 de mi madre, el auto con el cual aprendí a manejar. — Diez es desesperación total, el tipo de desesperación del día del Juicio Final. Uno es "apenas puedo esperar para llegar, realmente va a ser muy divertido".
— Seis — respondo.
Alice dice "hum" como quien ya entendió todo y luego abre su espejo para examinar el labial.
— A decir la verdad, creí que sería más alto.
— ¿Por qué? ¿Cuánto le temes tu?
Ella cierra el espejo, examina su anillo de 2,3 quilates y dice:
— Hum... No sé... cuatro y medio.
Ohhh, ya entendí, pienso. Yo tengo más razones para temer el baby shower. Yo soy la única que va a entrar en una sala llena de mujeres casadas y embarazadas — muchas de las cuales son compañeras de secundario— sin ni al menos tener un novio. Sólo una de nosotras tiene treinta años y está completamente sola, una combinación trágica en cualquier área residencial familiar. Es eso lo que Alice está pensando. Pero hago que ella lo diga, le pregunto por qué supone que le temo al baby shower por un punto y medio más.
Sin la menor inhibición y sin pensar dos veces en escoger las palabras cuidadosamente, ella me responde.
— Porque tú estás soltera.
