Atardecía, el cambio era a penas apreciable de tan oscuras eran las nubes. Nagisa se había cansado del pin-pon y se sentaba en un butacón, mirando lánguidamente hacia la ventana. No se arrepentía de haber venido pero había esperado que fuera algo distinto y que el último coletazo del verano se hubiese alargado al menos un día más. Viajar 600 km para quedarse en casa era muy aburrido. Resopló. Un destello blanco cruzó la ventana. Miró con curiosidad, esperando a que se repitiese. Otro destello. Y otro. Como pequeñas plumas blancas meciéndose en el aire. No plumas. Copos. Copos de nieve.

- ¡Está nevando! - chilló de súbito.

Rei falló la bola dándole el punto a Rin. Makoto dio un bote desde la otra butaca y tiró la revista que leía al suelo.

- Nagisa, no grites... ¿qué...? - comenzó Rei, molesto por perder contra Rin.

- ¡Está nevando! - repitió, dando un brinco para salir del butacón.

Corrió hacia la puerta de la sala.

- Nagisa, abrígate - dijo Makoto, sabiendo que muy probablemente saliese sólo con ese fino yukata.

- Sí, mamá - rió el rubio, ya trotando por el pasillo.

Nagisa hizo el esfuerzo de ponerse el anorak y calzado cerrado y salió al patio delantero. Nevaba copiosamente y en los pocos minutos que había tardado adecentarse ya había cubierto el suelo completamente y empezaba a acumularse. Se abstrajo viendo los copos caer, tanto que ni siquiera oyó a sus amigos salir hasta que notó algo a su lado. Se volvió y vio a Rei tendiéndole un gorro de lana.

- Toma, no cojas frío - se ajustó las gafas, su técnica favorita para ocultar el rubor que cubría sus mejillas.

Nagisa desplegó la más dulce de sus sonrisas, sabiendo que Rei no le permitiría una muestra de cariño a la vista de todos.

- Gracias.

Se aseguró de acariciar sus dedos mientras tomaba la prenda, al menos eso no se lo negaría.

- ¡Guau! - exclamó Rin, extendiendo las manos , sobre las que empezaron a acumularse los copos.

- Ya hacía mucho tiempo - dijo Makoto.

- Muchísimo - reafirmó el pelirrojo, sonriendo nostálgico.

Abrió la boca y cazó algunos copos con la lengua. Nagisa le imitó. Algo tiene la nieve que te devuelve a la infancia, y aquellos dos se dejaron caer en ese despreocupado ensueño.
La primera bola no tardó en impactar en la mejilla de Rin, y luego en la frente de Nagisa. Rei fue la siguiente víctima. Éste comenzó a trazar parábolas mentales para lanzar bolas con mayor precisión, pero Nagisa no le daba tregua. Makoto sufrió la infiltración de la nieve por el cuello del abrigo y buscó venganza.
Haru se mantuvo al margen, no es que le disgustase la nieve, pero prefería ver a los demás comportarse cómo críos.

- ¡Haru, mójate! - gritó Nagisa, media cara blanca de nieve.

- Paso - dijo él, tranquilo, concentrado en lo suyo.

Aún no había nieve suficiente para hacer un muñeco de nieve grande, pero uno pequeñito...
Los demás se acercaron a él, cubiertos de nieve y con las mejillas encendidas.

- ¿Qué coño es eso? - preguntó Rin, haciendo una mueca.

- Ay madre... - suspiró Makoto.

- ¡Iwatobi-chan! - exclamó Nagisa.

- Es precioso... - dijo finalmente Rei, llevándose las miradas perplejas de Rin y Makoto.

La puerta del local se abrió y la señora Watanabe asomó.

- ¡La cena está lista, venid a comer!


La cena había sido suculenta y la señora Watanabe se sintió encantada de contar la historia de aquel establecimiento, que se remontaba a finales del siglo XIX, de sus ilustres huéspedes, y, por supuesto, de los fantasmas que lo habitaban, poniendo nervioso a Makoto y avivando la curiosidad de Nagisa por los detalles más escabrosos.
Se les hizo tarde contando anécdotas sobre la infancia y otras vivencias cómicas. La anciana se retiró muy a su pesar, pocas veces iba a tener la oportunidad de verse rodeada de jóvenes tan guapos y simpáticos, y ellos no tardaron mucho más en hacer lo mismo. Notaron finamente el peso del día, nadie diría que habían vivido tantas cosas en tan pocas horas, les daba la impresión de que habían pasado varios días.
Apagadas las luces, sólo un sutil destello azulado se colaba por las ventanas, recortando las formas de los futones. Nagisa frotaba profusamente los pies bajo el edredón cuando notó un movimiento frente a él: Rei levantando sus mantas e invitándole a cobijarse. El rubio gateó hasta él, pensaba colarse en su cama de todas formas, pero ser invitado era mucho mejor. Rei le envolvió con él edredón, entre sus brazos. A Nagisa nunca dejaban de sorprenderle las muestras de cariño de Rei, siempre tan inesperadas. No trató de disimular su sonrisa y esperó que él la pudiese sentir si apretaba la cara contra su pecho. Le pareció que estar así era lo natural, sentir su calor y oler su piel, encajados sus cuerpos a la perfección. Esa noche dormiría bien.
Haru miraba las pequeñas sombras desdibujadas que los copos que seguían cayendo fuera arrojaban sobre la pared frente a la ventana. Podía oír la profunda respiración de Makoto a su lado, y notaba su mano agarrando inconscientemente su camiseta, un viejo hábito que de vez en cuando afloraba. Le miró un momento, su semblante tranquilo, relajado, dormido como un tronco. Al otro lado, Rin le daba la espalda. Le pareció muy lejano y solitario, no sabía por qué. Extendió la mano hacia él pero se detuvo antes de llegar a tocarle. Debía confiar que todo iba bien. No había motivo para creer lo contrario.


Un golpecito lejano le despertó. Aún estaba oscuro, de hecho no parecía haber pasado mucho tiempo desde que viera aquellas diminutas sombras titilantes sobre la pared, que allí seguían. Sin pensarlo buscó a Rin con la mirada y encontró su futón vacío, ni rastro de él. Se deshizo del agarre de Makoto con cuidado y se levantó en silencio, procurando no despertar a nadie. Cogió su abrigo y los zapatos y esperó a cerrar la puerta para vestirse. El viejo pasillo se percibía de forma totalmente distinta de noche, parecía sacado de una película de terror. Caminó descalzo hasta bajar las escaleras para evitar arrancar inoportunos crujidos de la gastada madera. El piso inferior parecía aún más oscuro que el superior. Ni un ruido salvo el mudo rumor de la nieve cayendo y el ocasional silbido del viento. Haru no creía ni temía a los fantasmas pero aún así le pareció que el edificio respiraba un aire melancólico.
Guiado por el instinto más que por la lógica, Haru tomó el pasillo que llevaba a la puerta trasera. Al abrirla una brisa gélida le abofeteó el rostro y revolvió su flequillo. Con los ojos entrecerrados buscó a su al rededor hasta toparse con él: Rin se sentaba en un pequeño banco al cobijo de la casa. Miraba distraído hacia un punto indeterminado en el cielo con semblante ausente.

- Rin - llamó Haru, casi en un susurro.

El mentado se sobresaltó ligeramente y se volvió hacia él.

- Haru ¿No puedes dormir?

El moreno se abrazó, incómodo por el frío.

- ¿Qué haces aquí? - preguntó, ignorando la cuestión de Rin.

- Quería ver la nieve un rato más. Ni siquiera sabía que la había echado de menos.

- Vuelve dentro, hace frío.

- Ve, tú. Yo iré en un rato.

A penas le miró y volvió a centrarse en aquel punto invisible en el cielo. Haru estaba convencido ahora de que algo le estaba rondando por la cabeza y no se lo quería decir.
Cerró la puerta tras de sí y fue a sentarse a su lado.

- Te vas a congelar - advirtió Rin, las comisuras de sus labios curvados en una discreta sonrisa.

- Tú también.

Se abrió el silencio entre ambos. A lo lejos, en la espesura del bosque, una lechuza ululaba. Aquel sería un paisaje idílico sí no fuese por el condenado frío que hacía.

- ¿Ya lo has arreglado con Makoto? - preguntó Rin, aún sin mirarle.

- Sí.

- Me alegro.

Ahora sí le miró, de refilón al menos, con esa expresión ausente suya pese a la curva de sus labios.

- ¿Por qué tengo la impresión de que te estás alejando? - musitó Haru, encarándole.

- No me estoy alejando.

- ¿Entonces qué?

Rin exhaló sonoramente y se acomodó en el banco.

- Vaya si eres atento cuando te da la gana... y parecías tonto cuando te compramos - bromeó el pelirrojo.

- Imbécil. Ahora me lo dices - ordenó Haru, muy serio.

Rin se removió en su asiento, visiblemente incómodo.

- Es que... no sé, tengo miedo de no estar a altura - torció el gesto y clavó la mirada en algún punto del bosque - yo... la he cagado mucho contigo, y comparado con Makoto salgo perdiendo.

- ¿Por eso no te defendiste? ¿Piensas que así me compensas? - señaló los cortes en su labio y ceja.

- Cállate. - cortó Rin, sintiéndose invadido, transparente ante aquellos ojos azules.

- Así que todo lo que me has dicho hoy no era más que fanfarronería. No estás seguro de querer estar conmigo.

- ¿Qué dices? - protestó - Estoy seguro de lo que yo quiero, pero... no de lo que quieres tú, me da miedo hacerte más mal que bien.

Rin se refugió entre sus propios brazos, avergonzado por su actitud y sus palabras.

- ¿Y por qué no dejas que sea yo quien decida eso? - replicó Haru, ceñudo. Se frotó las manos contra los costados, bajo los brazos - Yo no te guardo rencor, nunca lo he hecho. Deja de pensar que tienes que compensarme.

Haru alargó una mano en su dirección y asió suavemente la de Rin con un par de dedos.

- No me harás mal mientras sigas a mí lado.

Haru sonrió discretamente, tratando de llevar su determinación a sus labios. Rin encontró sus ojos, aún la incertidumbre teñida en los suyos, pero le devolvió la sonrisa.
El moreno apoyó la frente en la suya, sus manos aún entrelazadas. Aquella fragilidad era algo que Haru deseaba proteger, la sensibilidad que se escondía tras la ambición, la fogosidad y ese carácter socarrón. Era la parte que sólo le mostraba a él y que sabía que le pertenecía. Le abrumaba saberse dueño de un corazón como el de Rin y en cierta forma le resultaba extraño que dos personas tan diferentes se entendiesen y necesitasen como ellos lo hacían. Mientras sus sentimientos hacia Makoto le parecían lógicos y naturales, algo que simplemente debía ser así, los que sentía por Rin eran algo misterioso y absurdo, pero que aceptaba sin ningún problema.
El pelirrojo tomó sus manos y exhaló un cálido aliento sobre ellas.

- Vamos dentro, tienes las manos heladas - dijo, parecía haber vuelto en sí.

La puerta se cerró tras ellos con un golpecito suave. Haru se frotaba los brazos profusamente, casi notaba más frío ahora que estando ahí fuera. Rin pasó frente a el, quitándose él abrigo. Ahogó un chillido cuando sintió dos frías manos introducirse bajo la sudadera y prendarse en su torso.

- ¡La madre que te...! - se interrumpió, recordando que todos dormían ya - Haru, ¿qué haces?

- Tengo frío por tu culpa. ¡Sufre!

Rin trató de contener una extraña mezcla de risa y chillido agónico mientras las manos del moreno serpenteaban por su pecho.

- Para, vamos a despertar a todo el mundo.

- Estás muy calentito - Haru apoyó la cabeza sobre el hombro de Rin.

Caminaron malamente por el pasillo hasta llegar al pie de la escalera. Rin se detuvo y echó una mirada hacia ese hueco, luego encontró los ojos de Haru observándole con la curiosidad de un gato, éste sonrió, sabiendo qué era lo que corría por la mente del pelirrojo. Besó su cuello traviesamente.

- ¿No has tenido suficientes mimos por hoy? - rió Rin.

Haru negó con la cabeza, haciéndole cosquillas con el pelo en el hombro.

- No tantos como para compensar todo lo que me habéis echo hablar.

- Pero que mamón eres. Para una vez que abres la boca más de cinco minutos.

Haru se encogió se hombros, restándole importancia a su mutismo.

- Deja algo para mañana - le susurró el pelirrojo, sugerentemente.

Haru hizo un mohín y se separó unos centímetros de Rin, permitiendo que éste se girase hacia él, pero manteniendo las manos en sendos costados. El pelirrojo sonrió ante el infantil gesto en el rostro de Haru.

- Creo que voy a disfrutar esta faceta insaciable tuya.

El moreno alzó la cabeza, dispuesto a cazar un beso, pero se topó con el dedo de Rin cerrándole el camino.

- Pero no ahora - continuó, acompañada su pícara sonrisa de un rápido guiño. Haru entornó los ojos y clavó los dedos en los oblicuos del pelirrojo, obligándole a contraerse - No quiero hacerlo así, a escondidas, parecemos el amante y la mujer infiel.

- ¿Yo soy la mujer infiel? - preguntó Haru, ceñudo - ¿Y Makoto es mi pobre marido? - soltó una risita por lo bajo - Qué ideas tienes.

Rin rodeó la cintura del moreno con los brazos, dejando los dedos colgando sobre sus nalgas.

- Quiero que sea algo especial. - acercó su rostro peligrosamente -Te voy a mostrar algo como nunca has visto - susurró en su oído.

Haru ahogó una carcajada pero no pudo reprimir los espasmos en su pecho.

- Qué imbécil eres. - dijo finalmente, separándose de él y tomando la escalera.

El mentado le siguió, una sonrisa torcida en su rostro.

- Como si no lo supieses ya.

A penas habían llegado a la mitad de la escalera cuando Haru se detuvo y se volvió hacia Rin, serio, con tono grave.

- Yo no te veo como un amante o una aventura, Rin. No eres menos importante para mí que Makoto, ni me tomo lo nuestro a la ligera.

El pelirrojo lo miró durante segundo que a Haru se le hizo eterno.

- No te he preguntado - respondió, socarrón, con las cejas alzadas.

- No sé ni por qué te hablo.

Todos dormían profundamente, Nagisa encaramado a Rei como un koala y Makoto con el brazo extendido hacia donde hubiera estado Haru.
Se acostaron en silencio. Al fin iba a terminar aquel agotador día. Mañana volverían a la realidad de su vida cotidiana, al instituto y los entrenamientos. Y sin embargo todo había cambiado para los cinco, todo y nada. Haru respiró hondo, se sentía horriblemente agotado, extenuado. Esperaba no tener que pronunciar palabra en las próximas dos ó tres semanas.
Echó otro vistazo a su lado, a Rin, esperando ver su amplia espalda pero se topó con el fulgor carmesí de sus ojos atravesándolo. Vio su labios alargarse en una sonrisa, ni rastro de socarronería, ni flirteo, era una sonrisa tierna, genuinamente alegre. Esa sonrisa que le había deslumbrado tantos años atrás.
Ni siquiera se dio cuenta de cuándo había estirado el cuello en su dirección ni de cómo sus labios se encontraron, breve y suavemente.

- Buenas noches - le oyó decir en a penas un susurró.

- Buenas noches.