X
Gray
Maldijo una y mil veces su suerte. Y es que no se culpó, sino que lo culpó a él. El peor error de su general fue el haberle puesto ese absurdo castigo, estar lejos de él lo ponía en peligro, aun sabiendo que dentro de pronto el capitán Laxus iría a Magnolia.
En el transcurso del camino pensó en todo, si había sido un error haberse entrometido en la vida de Natalie. Admitió que le agrado ayudarle en lo que pudo, ver las caras de felicidad de las personas que vivían con ella lo hicieron sentir humano, sobre todo al ver a las niñas de la edad de Nat preguntar por ella. También gracias a eso pudo conocer un poco más a Mirajane, esa mujer desprendía misterio. Tuvo la fortuna de platicar con ella y así llegó a la conclusión que era una persona muy inteligente.
«Como si supiera la verdad.»
No pudo seguir investigando debido a que iba rumbo a su país de procedencia. En su mente buscó posibilidades y una de ellas era pedir de rodillas al general que le levantara el castigo, idea que descartó porque eso lo haría molestarse más de lo que ya estaba.
Pero ya iba rumbo a su país. Odiaba la ruta marítima. El movimiento de las olas en el buque lo mareaban. No quería parecer débil frente a los marinos, por eso siempre se la pasaba en su camarote y además que nunca estaba de humor para platicar con alguien. Lo único que hacía era leer informes, mirar desde la ventana y pensar en lo que haría al llegar a tierra firme, tenía mucho que hacer.
El buque desembarcó en el puerto Grihe, Gray tuvo como opción visitar a cualquier almirante que encontrara, sería prudente hacerlo, así simpatizaría con uno de ellos contándole su experiencia en la misión. Pero primero se hospedaría en uno de los hoteles que rodeaban a la Oficina de la Marina.
Se preparó y después fue hacia las oficinas. Suplicó encontrarse con Iván, según los rumores, se decía que era el almirante con más influencias, así que si lo convencía, en automático, tendría a los demás a su favor. Estaba consciente que no era tarea fácil convencerlos, a veces deseaba tener la destreza de su general, el si era bueno convenciendo o tapando sus pecados a los superiores.
Caminó hasta llegar hacia el pasillo donde estaban las oficinas de los superiores, almirantes y vicealmirantes. Su objetivo estaba al final de ese pasillo. Y antes que tocara la puerta donde rezaba el nombre de la persona que quería ver, una voz lo detuvo. Lo escuchó como una orden y quitó la mano del picaporte. Se dio la media vuelta y descubrió que era uno de los Almirantes.
No supo si ser serio o ser refrescante. Trató de pensar como actuaria su superior, quiso seguir su ejemplo. Cuando tuvo frente al almirante, sonrió con debilidad.
—Me disculpo por encontrarme en estas condiciones, necesitaba hablar con el almirante Iván.
—Me di cuenta, por eso te hablé —dijo el superior—, él no se encuentra aquí, se fue a la Capital a arreglar unos asuntos pero, ¿En qué puedo ayudarte?
—¿Usted es el almirante José? —Preguntó, tenía idea de cómo era físicamente, las descripciones coincidían con las que le habían dicho—, soy el coronel Fullbuster, mano derecha del general Jellal…
—He oído de ti —dijo José con tono amable—. Y si soy el almirante José.
José miró a Gray por unos minutos y después sonrió de oreja a oreja. Su sonrisa era siniestra porque no era de amabilidad.
—Con que los rumores eran ciertos, viniste porque tu superior te lo pidió, ¿o me equivoco?
Gray le explicó que su objetivo de su retorno a su país era para contar personalmente lo que había vivido en Fiore. José decidió que lo mejor era platicar a su despacho. Cuando se instalaron en sus respectivos asientos, el coronel continuó con su narración de los hechos. José escuchaba atento, palabra por palabra. Lo estudiaba con la mirada, cada gesto, cada palabra, cada titubeo. Cuando preguntaba algo para saberlo con más detalle, también se daba cuenta de los detalles que Gray tenia al contestar, gestos, el tiempo que se tardaba en responder.
Gray se dio cuenta y llegó a la conclusión que era un idiota. José era muy inteligente y supo leer sus gestos, por más que trató de ocultarlos, apostaba que él se dio cuenta, no debía menospreciarlo.
Empezó a sentir ansiedad, no era como Jellal, tan seguro de sí mismo para sus ideales y para mentir. Quizás en estos momentos, si él lo estuviera viendo, se burlaría de lo patético que fue al querer convencer a los almirantes, le dio vergüenza imaginárselo.
—No puedo creer que hayan sido capaces de enviar a Jellal a la exploración, no hacen nada más que encontrar carbón, que vergüenza —dijo de mala gana, tenía su rostro apoyado de su mano derecha—. Será la misión más cara y el fracaso multimillonario de la historia, tanto gastar para nada.
—Yo no opino eso —dijo Gray ya más tranquilo, lo que menos necesitaba era sacar sus nervios, mucho fue el haber titubeado en varias de las preguntas que le hizo José—, el carbón sirve aunque no tanto como los metales.
José suspiró pero le dio la razón. Le explicó que si no encontraban los metales, la milicia tendría serios problemas con la burguesía, ya que no entregarían lo prometido.
Después de continuar con la discusión, Gray se retiró. Necesitaba salir de ahí cuanto antes, nombró a su general como un genio por saber llevar una buena conversación con los superiores, ahora entendía por qué era candidato para ser Jefe. Caminó por los mismos pasillos y al poco tiempo se encontró con uno de los marinos. De cabellera blanquecina y ojos rasgados. Detestó encontrárselo en esas condiciones, ya que lo conocía. Era el capitán Lyon.
—¡Coronel, que gusto verlo! —dijo con voz amable, aunque Gray infirió que le daba gusto verlo sin su general—, no imaginé verte aquí.
El moreno tuvo que tragarse todo y contestarle. Detestaba a Lyon porque era una de las personas que no llevaba la seriedad necesaria para ser un marino. Pero otra razón y más poderosa, era que Lyon tenía grandes influencias con los superiores, más fuertes que las que tenía Jellal.
—Buscaba al almirante Iván pero ya me enteré que no está.
Gray iba a seguir su camino hasta que Lyon carraspeó su garganta.
—Te informo que iré a Magnolia con el capitán Laxus, ¿quieres que le dé un saludo al general de tu parte?
Gray se quedó sin palabras, era lo peor que había escuchado desde que Jellal tomó la decisión que regresara a la Capital. Cuando reaccionó era demasiado tarde, Lyon llevaba varios metros lejos de él.
—¡Capitán! —exclamó.
—No te preocupes —dijo y se detuvo, alzó la mano derecha para decir—, todo por lo que han trabajado dará frutos cuando el capitán y yo lleguemos.
Gray ya no quiso preguntar. Eso le dio un mal presentimiento.
Pasaron dos semanas de su retorno en la Capital, en ese lapso de tiempo Ultear se atrevió a visitarlo. Eso lo dejó con mucha ansiedad, ella no era la misma cínica de siempre. La plática lo perturbo por varias noches, intentaba entender lo que trato de decirle, de descifrar sus verdaderas intenciones y buscar la forma de acercarse más a ella. Quizás no era tan mala como lo aparentaba. O tal vez tenía en manos un plan que los perjudicaría.
La rutina que tenía antes de viajar a Fiore regresó. Se había acostumbrado al ritmo de vida que había tenido allá, incluso extrañaba que Natalie lo llamara «perro». Extrañaba el clima, tan cálido; la comida sabía diferente allá, los paisajes llenos de colores vivos. En contraste a la Capital, donde predominaba el blanco y los colores grisáceos del asfalto y de la arquitectura. Pero admitió que extrañaba a la gente de allá, sus costumbres, y sin dudar a Juvia.
—Juvia… —dijo abriendo los ojos, estaba adormitado en el sofá de su departamento.
Se levantó para observar el cielo desde su ventana. Vivía hasta el décimo piso, por lo que las personas que se encontraban caminando lo veía del tamaño de un muñeco de peluche. El cielo de Fiore era diferente, no era tan gris como el de Capital.
Pasó media hora mirando por la ventana hasta que tocaron la puerta, no fue necesario abrirla porque era la correspondencia, el cartero deslizó la carta en la abertura de la puerta. La tomó, era del general.
La abrió y como sabía que ambos tenían una clave secreta, que consistía en buscar todas las letras "E", después de cada letra, tenían que contar tres letras vecinas a la izquierda, esas letras eran el verdadero mensaje que le daba. Le costó cerca de quince minutos para descifrarlo, ya era costumbre que su superior le diera este tipo de mensajes,
En ella se disculpaba por haber llegado a ese extremo, pero que no se preocupara porque si lo echaba de menos. Siguió leyendo hasta que le contó que Natalie había sido herida por el burgués que había llegado a Magnolia. En parte se sintió culpable por no haber estado ahí para proteger a la chica, pero conforme seguía leyendo, se dio cuenta que el daño físico que había recibido la niña fue para que Jellal abriera los ojos.
«Si Gray, Natalie es mi hija, es mía y de Erza. No tienes idea de lo feliz que me hace enterarme de esta verdad, ¡la deje embarazada! Quien iba a pensar eso, pero también me siento culpable por haberlas abandonado, soy un maldito», leyó en la carta.
Una sonrisa se le dibujó en el rostro. Compartió la misma felicidad que tenía Jellal. Él ya lo sospechaba pero también tenía dudas. Natalie era idéntica a Erza pero el color de ojos, verdes, dejaba mucho de qué hablar.
«Ahora el problema es ocultar la verdad, espero que el general sepa cómo hacerlo… antes no sabía pero ahora será difícil querer ocultar su felicidad —pensó. »
Al día siguiente fue a la oficina. Jellal le dio la libertad que usara la suya, entonces se dedicó a investigar los papeles que tenía archivados bajo llave. Se llevó todo el día en descifrar los misterios de sus bitácoras disfrazadas de noticias.
Se quedó boquiabierto cuando leyó palabra por palabra. Su general había descubierto que el mismo ejército tenía intenciones de invadir países, pero el plan maestro era descubrir si tenían yacimientos de minerales que usarían su favor, en caso que no los tuvieran, enviarían bombas para erradicar con la población y el territorio quedaría en manos de la burguesía.
—Esto… esto es lo que Jellal quiere evitar…
Estaba temblando, no podía creer que el país que se hacía llamar pacifista fuera capaz de llegar a tal nivel. También buscó lógica que la organización que se encarga de mantener neutrales a los países no lo permitiría. Pero después encontró que el país ya tenía una forma de neutralizar a esa organización.
—Pretenden destruir a la misma Liga de Naciones… imperdonable…
Ahora entendía mejor por qué Jellal jamás le dijo al respecto. En sus hombros llevaba la verdad del por qué decidió proteger a Fiore, ahora más que nunca lo admiraba. Siempre insistió en saber la verdad, su motivo para llegar a la cima y detener a los de arriba. La respuesta la tenía ante sus ojos.
Quemó el papel de donde había escrito lo que había descifrado y miró hacia la ventana. En el reflejo del vidrio vio su mirada melancólica. No sabía que hacer ahora que había leído esos textos, si seguir en la lucha o huir como un cobarde porque se estaba metiendo en un gran lio.
«Jamás vuelvas a pesar eso, Fullbuster —se dijo a sí mismo, en el silencio.»
Pero también estaba solo. Jellal se llevó a sus soldados de confianza, en cambio él, no tenia en quien confiar para ejecutar el plan que tenía en mente.
Por primera vez se sintió solo.
Aunque se sintiera así, no quería decir que se dejaría vencer por su falta de autoestima. Buscó el valor suficiente, nada estaba perdido. Lo primero que haría sería investigar, a costa de su cabeza.
Ya habían pasado dos semanas desde que se enteró que Laxus partió hacia Fiore. Sentía nervios. Tal vez la llevaba diez días en la inspección, y por lo que le dijo Lyon, ellos harían lo posible por encontrar lo que tanto buscaban. Pero siguió con sus investigaciones aunque parecía que la milicia tenía todo bien escondido, no encontraba nada comprometedor o que le diera pistas de lo que había descubierto en las bitácoras de Jellal.
Le dio tentación de infiltrarse en las oficinas de los jefes pero tenía miedo a que lo encontraran buscando en su escritorio, pero la conciencia le decía que no tuviera miedo y que lo hiciera. Se armó de valor y caminó hacia una de ellas, por desgracia de encontrarse con uno de los Jefes. Tuvo que detenerse para saludarlo.
—Veo que buscaba a alguien —dijo el jefe con una sonrisa egocéntrica, Gray trató de ser lo más natural posible, le dijo no al nerviosismo y quiso seguirle el ritmo—. Por si no lo sabias, ninguno de los jefes estamos aquí, tuviste suerte de encontrarme porque olvidé unos papeles, ¿necesitaba algo?
Zeref tenía un semblante perturbador, Gray tragó en seco. Sabía que ninguno estaba, más bien, lo sabían todos los militares. Ese día se encontraban en el Palacio Blanco, que es donde se encuentra el emperador. Había aprovechado su ausencia para infiltrarse en las oficinas, pero tuvo la mala suerte de toparse con el peor de los jefes: Zeref.
—¿Hoy es el día de la reunión? —trató de ser refrescante—, lo siento, pero olvidé esa fecha, necesitaba hablar con el jefe Purehito para contarle mis anécdotas de Fiore.
Zeref seguía sin cambiar de semblante, Gray no sabía cómo actuar, en verdad daba sensación de pánico con sólo verlo, no se lo imaginaba enojado.
—¿Y venir el día en el que no estamos? Patético. Coronel, será mejor que regrese a sus rumbos, estos no son los suyos.
Zeref se dio la media vuelta y se alejó, Gray dio un suspiro de alivio. Antes que se decidiera a retirar, el jefe se paró y sin mirarlo, a espaldas de él dijo:
—Dijiste que eras el coronel Fullbuster, ¿no?
Gray contestó.
—Interesante. Algún día nos volveremos a ver coronel, muy pronto.
Esa advertencia, más bien Gray la tomó como amenaza, lo dejó helado.
Pasaron cerca de un mes. Estaba seguro que en ese lapso Natalie ya estaría bien de su intervención quirúrgica, así que quiso mandarle una carta a Jellal para saber cómo estaban las cosas allá.
La envió con la clave que usaba cuando enviaba cartas a su general. La envió al correo y después pensó en ir a la oficina, como el correo y las instalaciones de la milicia estaban cerca, decidió irse caminando.
Cuando llegó, muchos de sus colegas lo miraban extraño: algunos con envidia y otros con asombro. Se sentía incómodo porque no encontraba respuesta lógica a su sentir, era el blanco de varias miradas, como si fuera un modelo caminando en una pasarela. Llegó a su despacho y con lo que se encontró fue con un sobre en su escritorio.
Lo abrió con extrañeza y se llevó la sorpresa que era un citatorio. En él rezaba que debía hacer acto de presencia dentro de ocho días, ya que celebrarían su ascenso a general de brigada.
—¿General? —se dijo a sí mismo, sonaba raro pero lo ascendería, ahora ya estaría al nivel de Jellal.
Aunque todo esto sonara bien, su sentido de paranoia se activó y presintió que había algo detrás de ese citatorio, investigaría al respecto.
Caminó hacia las oficinas de las secretarias, tal vez alguna de ellas le envió el citatorio, podrían darle detalles respecto a las intenciones de los superiores. Cuando entabló conversación con una de ellas, le comentó que era verídico y que también ascenderían a Jellal y alguno de sus colegas. No supo que contestar, que decir respecto a la noticia, sólo le dio las gracias y regresó a su oficina.
En el camino pensó en todo, era demasiado para él, lo extraño era que aún no encontraban las minas que querían y ya los estaban ascendiendo. Quizás lo que le comentó Lyon fuera la respuesta.
«Todo por lo que han trabajado dará frutos cuando el capitán y yo lleguemos», recordó.
—Todo menos eso —susurró, tenía miedo a que Laxus y Lyon descubrieran las minas—, tengo que avisarle al general, aquí hay gato encerrado.
Tomó un bolígrafo y empezó a redactar su carta. Era una trampa, estaba seguro, solo que tenía miedo a que Jellal cayera en ella. Entonces, quizás todo lo que había predicho, podría irse en su contra.
Estaba nervioso. Ya era el día en el que lo citaron para ascenderlo de nivel. Su respiración lo estaba traicionando y sus nervios estaban a flor de piel. Llevaba su traje de gala, aun con el título de coronel, sino hasta que le dictaran cargo de general de brigada, no podía usar el traje correspondiente, aunque no le agradaba para nada llevarlo puesto.
El clima fuera era frio, había una tormenta de nieve que imposibilitaba el tránsito. Pareciera que todo era coincidencia, pero apenas entró al edificio de la milicia, estalló la tormenta, como si fuera mal augurio, él no era supersticioso pero sus sospechas hacían que lo fuera.
Según el citatorio, los Jefes lo esperaban en el salón principal, donde lo usaban para juntas y entregas de ascensos. No quería ir pero tampoco tenía escapatoria, si se rehusaba en ir, posiblemente lo tacharían de traidor.
«¿Qué hago? No tengo escapatoria y si huyo, me perseguirán hasta encontrarme —pensó. »
Antes que llegara hacia la sala, se encontró a uno de los Generales, quien se detuvo para saludarlo.
—Supe que te van a ascender hoy —dijo Azuma con tono formal—, te felicito, enhorabuena.
—Gracias —se limitó a contestar.
Miró a su alrededores y fue extraño que no viera a nadie caminar por los pasillos, hasta se atrevería a pesar que sólo ellos dos estaban ahí. El nerviosismo se hizo notorio, Azuma se dio cuenta.
—¿Emocionado? —Preguntó
—Un poco —contestó con simpleza.
La tensión aumentaba con la mirada, la ausencia de personal y por la paranoia de Gray, tragó en seco.
—Porque deberías. A partir del nivel de general tienes muchos privilegios, más de los que te imaginas, como por ejemplo, poder buscar más información, más de la que se tienen en los archivos de la azotea…
Gray palideció al escuchar esto, quiso reaccionar pero no podía, la mirada de Azuma era penetrante, daba miedo, como si con sólo verlo quisiera desmenuzar su alma y buscar más allá de la verdad.
Empezó a meter su mano en su bolso para sacar un puñal, pero cuando iba a atacar, un grupo de militares lo rodearon y le pidieron que levantaran las manos.
Azuma sonrió de lado y lo apuntó con su espada.
—Gray Fullbuster, el coronel más estúpido que existe, tu general debe de estar avergonzado de ti, el por lo menos fue más decente investigando.
Gray no sabía dónde meter la cabeza, tal y como lo dijo Azuma, tenía vergüenza al haber caído tan bajo y no ser precavido con sus investigaciones.
Y lo peor estaba por saberse cuando de una de las puertas que estaba frente a ello, salió el Jefe Purehito.
—Azuma, arruinaste nuestro festín —dijo con tono de decepción falso—, quería que lo llevaras dentro del salón, sería más divertido verle la cara de emoción al creer que lo ascenderíamos a general.
—Lo siento jefe, pero estaba ansioso de verle la cara que está poniendo ahora —dijo y le dio un golpe en el estómago—, esa cara de idiota.
Gray se dejó caer al piso, los demás militares aun lo tenían en la mira, apuntaban con sus rifles. Alzó la vista y se encontró con la mirada penetrante del jefe.
—Mírenlo, no sabe que decir —burló Azuma—, ¿Qué hago con él?
Purehito se quedó pensativo, cosa que estaba fingiendo, sabía de antemano que significaba esto, no bastaba que le dijeran porque él sabía de su pecado, José lo leyó en sus ojos. Se dio la media vuelta y pidió que lo llevaran a los calabozos.
Cuando lo dejaron a solas en el calabozo, con dos vigilantes, se sintió el hombre más idiota del país. Pareciera que lo estuvieran vigilando, como si las precauciones que tomaba no sirvieron para nada, fue precavido, pero no lo suficiente para saber resguardar su nombre.
Pero el recuerdo de lo que le dijo Azuma antes de que lo raptaran regreso, no sólo él había sido tendido en esa trampa, sino también Jellal.
—¿Qué he hecho? Soy un idiota…—susurró.
Pasaron las horas y quizás un par de días, nadie se había dado la molestia de pasarle un vaso de agua. Estaba agotado de tanto pensar, tenía ansiedad.
Miró hacia una abertura y se dio cuenta que ya era de noche, había perdido la noción del tiempo desde que lo encerraron.
Su mundo se desplomó como cualquier edificio hecho con barajas, fue sencillo para los jefes el haberlo descubierto y encerrado en seguida, lo vieron como un don nadie, poco interesante.
Siguió pensando en Jellal, a estas alturas quizás ya estaría en manos de ellos. Para entonces también recordó que había muchos años que él investigaba, si los superiores lo tenían en la mira, él siendo insignificante, no se imaginaba con Jellal.
—Ellos ya saben todo… tantos años que trabajo Jellal para nada, para que solo jugara en la palma de la mano de esos perros —dijo su pensamiento en susurros.
Llegó a la conclusión que ellos solo fueron sus títeres, la posibilidad que ellos sabían todo, lo de Erza, lo de Natalie… la cueva… quizás solo esperaban a que Jellal fuera a ella y descubrieran donde estaba, después se desecharían de él como cualquier basura.
«Ingenuos, fuimos ingenuos, Jellal.»
Quiso dormir pero la ansiedad no lo dejó. Pasaron quizás dos horas más para que escuchara escándalos, como si se estuvieran disputando entre los vigilantes.
Vio como cayó el primero, después el segundo y por ultimo vio dos siluetas, era un militar y un marino. Uno era de cabello negro y largo, facciones varoniles y piel canela; el marino era de cabellera verde y piel clara.
El moreno vio con pena ajena al Gray, él les fulmino una mirada sin vida.
—No puedo creer que este idiota sea la mano derecha de Jellal. Ahora entiendo porque Erza quería que lo salváramos, moriría por una estupidez.
—Yo diría que tuvo suerte —respondió el marino—, vamos porque el capitán Laxus nos espera.
—Recuerda que nada de rangos —recordó su compañero y el marino se cohibió.
Antes que el marino jalara las llaves para abrir la reja, Gray jaló el pantalón del moreno para llamar su atención.
—¿Quiénes son?
—¿Yo? Soy Gajeel y él es Fred —el marino le fulminó una mirada de molestia—. No te ofendas Fred, pero recuerda en el trato que quedamos antes de empezar esta misión.
Fred sacó la llave de la bolsa del militar y se la dio a Gajeel, pronto abrió la reja y ayudó a Gray a levantarse.
El coronel estaba mareado por la falta de alimento, empezó a caminar hasta que detuvo sus pasos, Gajeel se detuvo y esperó a que sacara a la luz sus dudas.
—¿Por qué me ayudan? ¿Qué tiene que ver Laxus en todo esto?
Tanto Fred como Gajeel sonrieron.
—Hoy es el día, Fullbuster —dijo Gajeel mientras lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja—. Hoy es el día en que nos deshacemos de esos Jefes y Almirantes de mierda, es hora de ser libres.
El próximo capítulo fue donde me quedé, asi que preparen pañuelos los que no habían leído el fic
Saludos.
