Capítulo 9: Vínculos que atan

Un corte recorría su mejilla, goteando sangre sobre el cuello de su camisa negra, pero al menos Rachel estaba viva. Detrás de ella, mi madre y Sofía estaban encadenadas a Walter y Phillip, los cuatro estaban inconscientes.

Rodeé con cautela a Rachel, preocupada de que pudiera ser capaz de sentirme. Sus manos estaban encadenadas detrás de su espalda. Luchó contra ellas, pero los eslabones de metal estaban infundidos con niebla.

—Tienes una oportunidad más —dijo Brittany, y cerró la distancia entre ellos. Para su crédito, ella no retrocedió—. Dime cómo abrirlo, o la próxima vez que veas a Quinn, ella estará en pedazos.

Rachel tiró de las cadenas de nuevo, pero su expresión en blanco no cambió. Brittany se mofó y bruscamente giró hacia la niebla que se arremolinaba alrededor de la puerta.

—Quiero que la encuentres y la mates —dijo en una voz alta y chirriante. No había duda de la orden en sus palabras. La caverna retumbó con una risa cruel, y el fervor de Brittany vaciló. Al parecer a Cronos no le gustaba que lo mandaran.

Le eché un vistazo a Rachel y vi el fantasma de una sonrisa en sus labios. ¿Sabía que estaba allí, o es que ella también sabía lo inútil que era para Brittany mangonear a un Titán?

—Dije que salgas a buscarla —gruñó ella, pero Cronos no hizo ademán de marcharse. La niebla pasó a través de los barrotes de la puerta, y me pregunté por qué estaban allí de todos modos cuando todavía podía salir. Tal vez no todo, pero ya se había demostrado que la niebla era suficiente para hacer más daño del que el consejo podría manejar.

Con un bufido, ella se giró y se enfrentó a Rachel de nuevo, e incluso yo logré esbozar una sonrisa. Parecía una niña malcriada que no se había salido con la suya, sin importar los muchos berrinches que había lanzado.

—Entonces, lo haré yo misma —dijo con desdén, y la sonrisa de Rachel desapareció—. Ellos están en camino en este momento, y una vez que llegue, me aseguraré de que estés despierto para ver lo que le hago. No querrás perdértelo.

Con un movimiento de su mano, envió a Rachel volando de regreso hacia la boca de la cueva donde los otros estaban encadenados. La golpeó duro contra la pared, enviando una lluvia de piedras sobre su regazo, y su cabeza cayó hacia adelante.

Corrí hacia ella y traté en vano de mover su cabello a un lado para poder ver si sus ojos seguían abiertos, pero yo era un fantasma. Brittany no la mataría. No podía. La quería viva para que me viera morir, y no se negaría el placer de verlo en esa clase de dolor. De verme con dolor.

La caverna se volvió negra otra vez, y cuando volví en mí, tres pares de ojos me miraban. Ava y Puck estaban acostumbrados a ello, pero ni siquiera Perséfone parecía asustada. Tal vez se lo habían explicado mientras yo estaba fuera.

—¿Qué viste? —dijo Ava con entusiasmo.

Me empujé hasta apoyarme en mis codos y me froté la cabeza palpitante.

—Brittany está tratando de que Rachel le diga cómo abrir la puerta. Rach no lo ha hecho —añadí cuando los ojos de Ava se ensancharon—. No dijo ni una palabra. Brittany se frustró y la dejó sin conocimiento de nuevo.

—Bien —dijo Perséfone—. No se lo dirá. Ella sabe que no debe correr el riesgo.

—Todos están allí —dije—. Inconscientes. Brittany ordenó a Cronos ir tras de mí, pero él se negó.

Perséfone me miró con recelo, pero Puck y Ava no lo cuestionaron.

—¿Eso es todo? —dijo Puck—. ¿Viste algo más?

—Ellos saben que vamos —dije con gravedad.

Ninguno parecía del todo feliz por eso, pero nadie dijo nada. No era una sorpresa que Brittany supiera, no cuando Cronos nos había perseguido, y por ahora eso no importaba. Ellos ya no venían tras nosotros. Habíamos perdido el factor sorpresa, pero al menos teníamos tiempo de crear un plan antes de que llegáramos.

Puck me tendió su mano, la tomé arrastrándome hasta ponerme de pie. El bosque parecía girar en torno a mí, y me apoyé en él mientras recuperaba el equilibrio.

—Sería bueno si pudiera controlarlo —murmuré—. Eso haría esto mucho más fácil.

—Sí puedes —dijo Perséfone. Se apoyó casualmente contra el tronco de un árbol, como si la gente se desmayara a su alrededor todo el tiempo—. Como fuiste mortal antes de todo esto, es probable que te lleve mucho más tiempo agarrarle el ritmo, pero lo vas a conseguir con el tiempo.

Contuve mi réplica. No era útil darle ninguna razón para marcharse de vuelta con Adonis.

—Si sabes cómo hacerlo, entonces ¿por qué no me lo dices para que podamos utilizarlo para nuestro beneficio? —le dije a través de la mandíbula apretada.

Perséfone inspeccionó sus uñas.

—Pensaré en ello. Puck suspiró.

—Perséfone, por favor.

Los dos intercambiaron una mirada seria, y yo fruncí el ceño. Si Perséfone sabía cómo controlar ese tipo de poder, entonces la única razón que ella tenía para no compartirlo era el egoísmo. Tenía sus habilidades ahora, a las que había renunciado junto con su familia, su madre y todo lo que amaba, todo por un tipo atractivo. Sabía por qué yo no le gustaba, pero eso no le daba el derecho a poner en peligro nuestra seguridad.

Finalmente, Perséfone se apartó del árbol y empezó a avanzar, dejándonos a nosotros tres tratando de alcanzarla.

—Bien —dijo con una voz cantarina que me crispaba los nervios—. Te lo enseñaré cuando Ava admita que soy más guapa que ella.

La boca de Ava se abrió de golpe, y ella irrumpió hacia ella.

—Tu pequeña…

Puck me ofreció su brazo, y yo negué con la cabeza. La decepción cruzó su rostro, pero no insistió en el tema, en su lugar caminó a mi lado, lo suficientemente cerca para alcanzarme si lo necesitaba. Fue agradable, su instinto protector, pero mantuve mis ojos en el suelo durante el resto del día. Él también había dormido con Perséfone, y ninguna visión iba a hacerme olvidarlo.

Incluso sin tratarlo, Perséfone contaminó cada faceta de mi vida y cada persona a la que amaba. Como una hermana más joven, cuyas únicas cosas eran heredadas, todo lo que tenía, olía a ella, y nada alguna vez, iba a hacer que el olor desapareciera.

Hubo un lado bueno al estar con Perséfone: nuestro entorno no cambiaba, lo que significaba que no tenía que soportar ver a nadie más ser torturado. Así que cuando vi las luces parpadeantes de un carnaval de colores en la distancia, por un momento pensé que la había perdido, pero ella seguía allí, caminando a unos metros por delante de mí.

Una gran rueda de la fortuna se alzaba por encima de nosotros, y el olor de las palomitas flotaba en el aire, más allá de la valla y sobre la caída en el campo donde acampamos. Sin importar cuántas veces Perséfone insistió en que estaba cansada y necesitaba un descanso, estaba en lo correcto al pensar que había elegido este lugar por las luces brillantes y el vistazo de un futuro que nunca había tenido la oportunidad de ver. No había sido su Edén antes, y esa era la única explicación de por qué estaría aquí ahora. Más que a nadie aquí, ella sabría cómo manipular su otra vida para ver ese tipo de cosas.

Puck y yo reunimos madera esta vez, dejando a Ava con Perséfone para que siguieran discutiendo. Hubiera sido más fácil dejarlo crear leña para el fuego, pero necesitaba alejarme de ellas, y al parecer él también lo necesitaba. Encontré otra flor colorida enclavada en una arboleda, y sonreí débilmente mientras inhalaba su aroma de algodón de azúcar y lo ponía en mi bolsillo. Rachel seguía con vida, y sin importar qué tan enojada se pusiera Brittany, no lo iba a matar.

Después de recoger un puñado de palos, me detuve junto a la pancarta que colgaba sobre la puerta de entrada de la feria, debatiéndome si debía o no entrar.

Por mucho que no quisiera admitirlo, yo tampoco había estado alguna vez en un carnaval de verdad, y me moría de ganas de ver cómo era.

—Lo siento —dijo Puck tras de mí, y me sacudí con sorpresa. Algunos de los palos que había reunido cayeron al suelo, y mientras los recogía, Puck se arrodilló a mi lado para ayudar.

—Ya lo tengo —le espeté. Puck se levantó y dio un paso atrás, pero no se fue. En su lugar, esperó hasta que había recogido el resto, y cuando me enderecé y me dirigí hacia otro parche prometedor de la hierba alta, me siguió.

—Debería haberte hablado de Perséfone y yo —dijo—. Si hubiera tenido alguna idea de cómo te sentías acerca de ella, lo habría hecho, y lo siento.

—¿Es este el punto en el que me dices que no significó nada? —le dije mordazmente.

Hizo una pausa, como si estuviera escogiendo sus palabras con cuidado.

—No, no lo es. Mientras estaba pasando, sí significó algo.

Agarré los palos con tanta fuerza que algunos de ellos se rompieron.

—Realmente necesitamos aprender cuándo es mejor mentir en lugar de decir la verdad.

—No veo por qué —dijo—. Entonces te ibas a enojar porque no era honesto. Él tenía razón, por supuesto, pero eso no me hizo sentir mejor.

—Entonces, ¿qué pasó? —le dije—. ¿Qué es tan atractivo acerca de esa vaca egoísta que tenía a la mitad del consejo envuelto alrededor de su dedo meñique?

Caminamos a través del campo, ninguno de nosotros dijo una palabra mientras el sonido metálico de la música de carnaval flotaba en la brisa. Los gritos de indignación y escándalo de Ava y Perséfone se desvanecieron en un segundo plano hasta que casi podía fingir que éramos sólo nosotros tres: Puck, yo y el elefante gigante que nos siguió.

—Éramos amigos antes de que se casara con Rachel —dijo al fin, después de que pasaran varios minutos—. Ella y yo éramos los miembros más jóvenes del consejo en ese momento, y nos la llevábamos bien. Estábamos lo suficientemente cerca en edad, ninguno de nosotros había experimentado o pasado a través de los ritos que paso el resto de ellos, y... —Se encogió de hombros—. Fue fácil, eso es todo.

Vi lo que parecía una rama de un árbol roto, y me arrodillé para recoger los pedazos. Él se unió a mí, con sus ojos fijos en el suelo.

—Cuando su matrimonio con Rachel empezó a desmoronarse, yo estuve allí para ella —dijo—. Pasé mucho tiempo en el Inframundo guiando a los muertos hacia el lugar correcto, y cuando ella necesitaba un hombro sobre el cual llorar, venía a mí. —Él vaciló—. Cuando Rachel ofreció dejarla ir por seis meses al año, ella aprovechó la oportunidad y así comenzamos a pasar más tiempo juntos. Una cosa llevó a la otra… —Se calló, y no le hizo falta terminar.

—¿Cuánto tiempo duró? —le dije mientras las náuseas me llenaban la boca del estómago. Puck había sido la primera persona en ser infiel con ella. Él estaba más cerca de Rachel que cualquier otro miembro del consejo, y debe haber sabido lo que eso le haría a ella, pero lo había hecho de todos modos. Había dejado que Perséfone lo usara así. Había hecho más que dejarla lastimar a Rachel; había ayudado.

—Unos cientos de años —dijo, y debió haber visto la mirada en mi rostro, porque añadió apresuradamente—: De vez en cuando, y solo durante la primavera y el verano. Con el tiempo, conoció a Adonis, y todo ese lío pasó, y fui dejado atrás.

—Pobre de ti —murmuré.

Sonrió débilmente. Encontré la última rama en el área cercana, y juntos nos pusimos de pie.

—No, no pobre de mí —dijo—. Siempre estuvimos mejor como amigos de todos modos. Además, hizo que trabajar con Rachel se tornara incómodo.

Una cosa era andar a escondidas a espaldas de Rachel, pero otra muy distinta era tener una relación con su esposa cuando él era plenamente consciente de ello.

—Lo sabía, ¿y no intentó matarte?

—Claro que no —dijo Puck, riéndose. No veía lo que era tan gracioso—. Todo es un secreto abierto con nosotros, Quinn. Lo verás con el tiempo.

No estaba tan segura de quererlo, si me las arreglaba para salir de esto con vida, pero no importaría de todos modos. Entonces justo en ese instante y en ese lugar decidí que si Rachel todavía me quería allí luego de que todo este lío se solucionara, nunca la engañaría, ni siquiera durante el verano. Y en especial, no con Puck.

Sin embargo, había pasado mis seis meses con Puck, ¿no? Lo que para mí había sido un descanso del caos con un amigo pudo haber sido fácilmente interpretado por Rachel como unas vacaciones románticas. Si Rachel no me había controlado todo el tiempo que estuve en Grecia con Puck…

Oh, Dios.

Las cosas que Rachel debió haber imaginado, mi mente dio vueltas, y cada emoción que había empezado a desarrollarse por Puck desapareció.

—¿Sabías cómo se vería lo de Grecia para ella, y no me advertiste? Puck pestañeó.

—No importaba. Tú y yo sabíamos que éramos sólo amigos, y si eso era lo que Rachel asumía…

—¡Claro que fue lo que asumió! —Sin pensar, le arrojé uno de los palos a Puck. Rebotó inofensivamente en su pecho, pero por una vez no me importó herirlo. Era un dios. Lo podría superar, y eso no era nada comparado al horror, la culpa y la vergüenza que se agitaban en mi interior—. Lo hiciste a propósito, ¿no? ¿Qué pasa, Puck? ¿Quieres que esté sola? ¿Quieres que se desvanezca? ¿Quieres reinar el Inframundo después de todo?

—No lo hice a propósito —dijo, agachándose para recoger el palo que le había lanzado—. Y no quiero lastimar a Rachel, pero más que eso, no quiero que nadie te dañe a ti. Tienes una elección. Una elección, Quinn, que nadie más está señalando porque no ven lo que Rachel te está haciendo. Te está lastimando, y no existe garantía alguna de que vaya a mejorar.

Sus palabras fueron como una bofetada en la cara, y contuve mi respuesta. Él estaba diciendo todo lo que no quería escuchar. Todo lo que con tanta desesperación intentaba ignorar.

—Mejorará —dije con voz temblorosa, la furia elevándose dentro de mí que casi podía saborearla—. Tan pronto entienda que no tengo ningún interés en estar contigo nunca, estoy segura de que se acercará.

Para mi inmensa satisfacción, Puck parpadeó.

—Cree lo que quieras, pero tu trato con Rachel es claro. Te tiene por seis meses, no más. Puedes hacer lo que quieras durante el verano, y ella no tiene nada que decir al respecto.

—Eso no me da el derecho de romper su maldito corazón. —Me alejé hacia el campamento—. Y no te da el derecho de intentar que lo haga. No puedo creerte, Puck. De todas las cosas desagradables que hacer, jugar conmigo como…

—No estaba jugando con nadie. —Se apresuró para alcanzarme, y me negué a mirarlo—. No estoy haciendo esto por diversión, Quinn. Tú me invitaste a Grecia, y acepté porque me gusta pasar el tiempo contigo. Y porque quería ayudarte a ver lo que te ibas a perder si decidías volver. No me puedes gritar por eso… me comporté. No importa con cuanta locura deseaba besarte, nunca lo hice.

—No digas eso. —Me di la vuelta, y él se acercó a centímetros de mí—. No soy Perséfone. No voy a engañar a Rachel sin importar que estación sea, y no me importa cuánto tiempo pase. Eso no va a cambiar.

—¿Y si las cosas nunca mejoran? —dijo Puck—. ¿Y si Rachel nunca te ama de la manera que te mereces? Lo que le pasó a Perséfone… no quiero ver que repitas sus errores. No deberías tener que pasar por esa clase de dolor… ambas, tú o Rachel. Está arraigada en sus costumbres, y nunca va a cambiar. No hay ninguna vergüenza en admitir que tu matrimonio no está funcionando…

—Solo porque tenemos algunos problemas no quiere decir que no esté funcionando.

Suspiró.

—Todo lo que digo es que tienes una opción, Quinn. Entiéndelo, por favor, y no salgas corriendo en la dirección de Rachel solo porque piensas que puedes solucionarlo.

—No —gruñí—. Estoy con ella porque la amo.

—Entonces no debería ser demasiado difícil para ti hacerme una promesa —dijo Puck. Estaba loco si pensaba que iba a prometerle algo—. Piensa en la posibilidad de vivir por tu cuenta en vez de la vida que Rachel y el resto del consejo quieren que vivas, y no me refiero a que lo consideres por medio segundo. Me refiero a que imagines lo que será si Rachel nunca te ama como tú la amas. Imagina cómo se sentirá llegar a casa a una cama fría y una esposa que preferiría hacer cualquier cosa antes que pasar tiempo contigo. Porque te guste o no, si te quedas, esa es una posibilidad. Y a cambio, dejaré de molestarte.

Abrí la boca para decir que se fuera a la mierda, pero nada salió. En cambio mis ojos se llenaron de lágrimas, y antes de poder evitarlo, las palabras brotaron de mi lengua, enredadas, gruesas y completamente fuera de control.

—¿Realmente crees que será así? ¿Crees que no me ama?

Puck frunció sus labios y extendió su mano para tocarme, pero me eché hacia atrás.

—Te ama, pero sí, es posible que nunca esté allí para ti de la manera que quieres que esté. Existe el riego de que esta vez, tú seas Rachel y ella Perséfone.

Por lo que yo sería quien quedara anhelando a alguien que no me quisiera. Quise espetar y decirle a Puck lo equivocado que estaba, que tenía un puñado de flores para probarlo, pero no pude. Rachel podía enviarme los suficientes regalos para llenar el Inframundo cientos de veces, y nunca sería un sustituto de su toque. Por la sensación de sus brazos envueltos a mi alrededor como Adonis había envuelto los suyos alrededor de Perséfone.

—Todo lo que te estoy pidiendo es que realmente pienses si es o no la vida que quieres —dijo Puck con suavidad—. Si decides que no, nadie puede obligarte. Y no te estoy pidiendo que pases tu vida conmigo, tampoco. Tan solo no quiero verte atada a alguien que no te aprecia de la manera que mereces. Deberías ser quien controlara tu propio destino, Quinn, no ninguno de nosotros. Y en especial no Rachel.

Aferré la pila de ramas contra mi pecho y dije rodeando el nudo de mi garganta:

—Bien. Lo pensaré. Pero… deja de hablar así, ¿sí? Por favor. No cuando Rachel no está para defenderse.

Puck asintió una vez, y eso fue suficiente para mí. Respirando temblorosamente, me sobrepuse y cuadré mis hombros. Rachel tendría una oportunidad justa. Tendría una oportunidad de probar que Puck estaba equivocado, y cuando lo hiciera, el argumento de Puck podría ser borrado. Y todo estaría bien nuevamente.

—¿Al menos le dijiste a Rachel que no pasó nada en Grecia? —dije, satisfecha porque el filo de mi voz había vuelto. Podría romperme en otro momento.

Su silencio fue todo lo que necesité escuchar. Con un alarido silencioso, irrumpí de nuevo hacia el campamento, ignorando la cadena de disculpas que Puck derramada detrás de mí.

En tanto Rachel me quisiera, permanecería fiel. Pero si ella no lo hacía, si esta vida juntas era una cadena para ella, entonces lo mejor que podía hacer era liberarla. Al mismo tiempo, las expectativas de mi madre eran una pesada carga para llevar a cuestas, y miles de años era mucho tiempo para amar a una sola persona; era completamente posible que Rachel tuviera las mismas reservas que la hacían contenerse. Y si ella realmente creía que Puck y yo nos habíamos liado en nuestro viaje a Grecia, entonces eso era lo primero que tendría que arreglar en el momento que tuviera una oportunidad.

De cualquier manera, amaba a Rachel. Quizás algún día ella lo creyera.

Cuando alcancé el campamento, solté los palos en el centro y me senté pesadamente sobre el tronco de un árbol. Puck se arrastró tras de mí, y una vez que arregló la leña en otro tipi, comenzó el fuego. Sería imposible dormir con los sonidos del carnaval de fondo, pero Perséfone no pareció necesitarlo. Otra ventaja de morir, supuse.

Ava y Perséfone continuaron discutiendo, pero Ava al menos parecía darse cuenta de que algo estaba mal, y luego de otra ronda de réplicas, se quedó en silencio. Perséfone intentó incitarla, pero una vez que quedó claro que Ava no estaba de humor, Perséfone se sentó en el tronco del árbol junto al mío y se enfurruñó.

—¿Cuántas visiones has tenido? —dijo Perséfone, y los palos estallaron en llamas. Puck se agachó en el suelo a unos cuando metros de nosotras; a través del fuego pude ver sombras en las profundas líneas grabadas en su cara, haciéndolo parecer mayor de lo que se suponía que pareciera.

Me encogí de hombros.

—Tres, creo. Todas en el mismo lugar.

—¿Has podido controlarlas? —dijo ella, y sacudí la cabeza—. ¿Suceden a intervalos regulares?

—No. —Bajé la mirada a mis manos, incapaz de soportar ver a Puck—. ¿Alguna vez dormiste con Rachel?

Perséfone no dijo nada por un momento, y cuando la miré, su rostro parecía extrañamente contorsionado en la luz del fuego.

—Está bien —dije—. No tienes que responder.

Nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo, y ella se enderezó, suavizando su expresión.

—¿Tú? Asentí.

—Una vez, en marzo. Es octubre ahora —agregué—. Creo. Perséfone tiró de uno de sus rizos rubios y suspiró.

—Solía ser capaz de distinguirlo. Incluso después de que morí, mi cabello cambiaba de color con las estaciones, pero luego de un tiempo se detuvo. — Sonrió débilmente—. Está atascado en el verano ahora.

Eso explicaba por qué su cabello había sido de un color diferente en el reflejo de Rachel.

—¿En qué… qué estación se volvía de un rubio rojizo? —dije.

—Otoño —dijo—. Se volvía más rojo con el otoño, y en el crudo invierno era negro. Se aclaraba a marrón en la primavera.

Por supuesto. Puck me había explicado que un reflejo no era una representación exacta de lo que había sucedido. Era lo que el creador quería. Y lo que Rachel quería era que Perséfone le sonriera cuando lo viera cada otoño.

—No quise dormir con ella —dije, y me detuve—. Suena ridículo, ¿verdad? Parte de la prueba era la lujuria, y Rachel me tenía tan bien protegida que Brittany no tuvo la oportunidad de matarme, así que en su lugar saboteó la prueba al darnos un afrodisíaco.

Perséfone chasqueó la lengua con desaprobación.

—Ciertamente lo has pasado mal, ¿no?

—¿Qué quieres decir? —dije con cautela. ¿Estaba siendo sarcástica?

—Bueno, asumo que la amas —dijo, y yo asentí—. Es bueno que estés aquí para ella. Merece tener alguien que la ame. —Dudó y dijo de mala gana, como si estuviera admitiendo un secreto profundo y oscuro—: A veces me preocupo por ella. Es horrible que la única vez que hayas estado con ella tuviera que ser debido a un afrodisíaco. —Miró a Ava—. Afrodita arruina todo.

—No fui yo —dijo Ava, ampliando sus ojos—. Ni siquiera estaba allí.

—Fue nombrado por ti.

Empecé a replicar, pero Ava resopló y guardó silencio. Después de un momento, Perséfone hizo un gesto de desdén hacia ella.

—De todos modos, con lo que dijiste antes sobre madre solo teniéndote a ti por mí, y luego todo esto… bueno, me imagino que no es fácil. Así que tienes mi simpatía.

No sabía que contestarle a eso. Tal vez después de todo un día de altercados con Ava estaba agotada.

—Eso es lo más lindo que me has dicho.

—No esperes que siga así —dijo con un bufido—. Como respuesta a tu pregunta, sí. Una vez.

Me tomó un momento averiguar a de qué pregunta hablaba, y cuando lo hice, mi boca se abrió, pero ningún sonido salió. Así que Brittany había estado equivocada después de todo. A pesar de que tenía conocimiento de que Perséfone y Rachel estuvieron casadas, fue un puñetazo en el estómago escuchar que no había sido la única de Rachel. La última cosa que tenía y no tuve que compartir con ella se evaporó. De nuevo Perséfone había llegado primero, y todo lo que tenía eran sus sobras.

—Fue horrible —dijo Perséfone. Su mano se detuvo entre nosotras, como si pudiera sentir qué tan mal estaba, pero la dejó caer de nuevo en su regazo—. Era nuestra noche de bodas, y no hablamos sobre ello. Simplemente... pasó. Era lo que se esperaba, y ambas éramos demasiado tímidas para preguntar si la otra lo quería. Ambas lo asumimos.

Me quedé en silencio. No quería pensar en qué tan mal habrían sido las cosas para Rachel y para mí si no hubiera habido esa chispa entre nosotros. Su culpa e ira había sido lo suficientemente malo la mañana siguiente.

Ava se movió discretamente hacia el otro lado del fuego, tomando asiento junto a Puck. Inclinaron sus cabezas, y el suave sonido de su conversación flotó hacia nosotros, pero no pude entender qué estaban diciendo.

—Cuando nosotros… —Me aclaré la garganta—. Hubiera esperado si hubiera tenido la opción. Pero no es que no quería hacerlo. Ese fue el momento en el que me di cuenta que la amaba, y… por lo que fue, agradable. Realmente agradable.

—Bien —dijo Perséfone distante, mirando fijamente al fuego—. Hades merece eso. Te merece.

Negué con la cabeza. No importaba lo que ella merecía; lo importante era a quién Rachel quería, y hasta ahora esa no parecía ser yo.

—La mañana siguiente fue tan horrible. Cuando Rachel se dio cuenta que había pasado enloqueció. Entró en pánico. —Me corregí ante la mirada confusa de Perséfone—. Se disculpó y se fue, esa fue la última vez que la vi por días. La única razón por la que volvió fue porque Brittany me mató, y fue al Inframundo por mí.

Perséfone sonrió, y dijo en voz baja:

—No, no lo es.

—¿Por qué no lo es? —dije.

—No, esa no es la única razón por la que volvió. —Suspiró—. Cuando nosotros consumamos nuestro matrimonio, fui yo la que... enloqueció. —Hizo una mueca ante la expresión—. No habíamos estado casadas ni doce horas y ya había huido a donde madre. Ella me convenció de quedarme y darle una oportunidad. Le debe haber dicho algo a Hades, porque nunca lo volvimos a intentar. Dormí en una habitación separada y ella nunca insistió en el tema.

En el otro lado del fuego Puck y Ava se quedaron en silencio.

—Lo siento —dije—. No deberías haber tenido que quedarte con Rachel si no querías.

Así que es por eso que Puck estaba insistiendo en que aceptara mi opción de irme si no quería esto. Ya me había dicho que había sido a causa de Perséfone, por supuesto, pero escucharlo de ella hizo que las piezas cayeran en su lugar. Puck me estaba protegiendo de la mejor manera que conocía, exactamente como lo había hecho el año anterior. Cuando pensé que había fallado una prueba y había tratado de dejar la Mansión Edén, queriendo ver a mi madre antes de que muriera. Rachel me había convencido de que no lo hiciera. Puck no había sabido que me había quedado por voluntad propia, y había sido lo suficientemente importante para él como para arruinar su cubierta.

—Era joven —dijo Perséfone—. Pensaba que el amor sucedía inmediatamente. Era mi primera vez viviendo sin madre, y no había sabido qué esperar. Además de eso, estar en el Inframundo y lejos del sol me hizo miserable. Era la tormenta perfecta, y desafortunadamente Hades y yo quedamos atrapadas en ella. —Sacudió la cabeza con tristeza—. Nunca le di una oportunidad después de eso. Lo intentó tan duro… no creerías lo que hizo para verme feliz. Pero nunca fue suficiente. Ella nunca fue suficiente.

Ya estaba oscuro. El brillo del carnaval y el lamentable fuego eran las únicas fuentes de luz, y cuando miré otra vez a Perséfone era más difícil ver su rostro.

—Sin embargo ella te amaba de todos modos —dije—. Todavía te ama más que a nada.

—Ya no estoy tan segura. —Se sentó más derecha y miró hacia el cielo. Seguí su mirada, y una vez que mis ojos se ajustaron a la oscuridad, vi que las estrellas no estaban en su patrón habitual.

—Dijiste que fue al Inframundo por ti —dijo Perséfone—. ¿Estabas realmente muerta?

Asentí.

—Era de noche, estaba en un parque que mamá y yo solíamos visitar en casa. Mamá intercambió su vida por la mía. Su vida mortal —me corregí—. Pero el cuerpo que estaba usando estaba muriendo de todas formas.

—No importa —dijo Perséfone—. Se supone que ella no debe hacer eso. Mientras goberné con ella sólo hicimos unas pocas excepciones, e incluso entonces había tantas advertencias que en realidad nadie llegaba de nuevo a la superficie. Violó todo lo que lo representaba desde el amanecer de la humanidad para salvar tu vida.

Al otro lado del fuego Puck se aclaró la garganta.

—Está diciendo la verdad, Quinn —dijo—. No debería haberte salvado.

Lo había hecho de todas formas. Sonriendo, envolví los brazos alrededor de mi cuerpo mientras que el aire frío de la noche se apoderaba de mí. No sabía qué lugar ocupaba eso en la lista de gestos románticos, pero estaba bastante segura de que estaba por lo menos tan alto como conseguirme un cachorro.

—¿Puedes decirme cómo controlar las visiones? —le dije a Perséfone, sintiéndome más liviana de lo que me había sentido desde que bajé al Inframundo. Incluso si salvarme no le había costado a Rachel mucho más que sus reglas y su orgullo, Perséfone pensaba que era una gran cosa, y eso me importaba más de lo que debería. Habría hecho lo mismo por ella, estaba segura, pero no lo hizo. Todavía tenía una pieza de Rachel que ella no.

—Es fácil —dijo con un encogimiento de hombros—. Tienes que enfocarte en donde quieres ir o en la persona que quieres encontrar.

—¿Puedes encontrar personas? —dije, asombrada. Perséfone asintió.

—Eso es probablemente como lo estás haciendo, pensando acerca de Rachel. Se necesita práctica, pero una vez que lo consigues, será más fácil cada vez. Inténtalo —dijo—. Piensa en alguien que quieras ver, y déjate llevar en ello.

Tan fácil como Perséfone parecía pensar que era, no tenía idea de cómo dejarme llevar en nada. Aún entusiasmada por descubrir que Rachel había roto las reglas por mí, cerré los ojos y me imaginé su rostro en mi mente, y...

Nada.

—No está funcionando —dije.

—Relájate —dijo Perséfone—. No va a suceder de inmediato.

Aparentemente no iba a pasar y punto. Traté una y otra vez, hasta que toda mi alegría se agotó, dejándome con una deprimente falta de autoestima. Mi cabeza dolía por concentrarme tan duro, y mientras más me empujaba Perséfone, más fuera de alcance lo sentía.

—No va a venir naturalmente al principio —dijo varios minutos más tarde, que era casi lo más alentador que había dicho hasta ese momento—. Nunca has tenido habilidades antes.

Por qué eso hacía una gran diferencia, no estaba segura, aunque estaba claro que no lo iba a conseguir esa noche.

—Voy a caminar —dije poniéndome de pie. Junto con un asesino dolor de cabeza, mi pierna palpitaba de nuevo, y me sacudí—. Les traeré a todos algo de algodón de azúcar.

Abrazándome a mí misma para entrar en calor, me dirigí hacia la entrada del carnaval. Por supuesto que nada de esto se suponía que fuera fácil, si lo fuera, cualquier chica lo podría haber hecho y la prueba no hubiera sido necesaria. Aun así, me sentía como un fracaso total y absoluto, escabulléndome mientras los tres, sin duda, susurraban sobre cómo no lo podía hacer.

Resentimiento estalló dentro de mí, y me forcé a suprimirlo. No era su culpa que no pudiera controlar mis visiones, y si Perséfone estaba diciendo la verdad, con el tiempo lo conseguiría. Pero lo necesitaba ahora, no días, semanas o meses en el futuro. Si no sabíamos lo que estaba sucediendo con Brittany...

Un fuerte estruendo resonó en la caverna. Sobresaltada, miré hacia el sonido, y un enfermizo sentimiento de terror me llenó la boca del estómago.

Estrellas estaban cayendo del cielo.