Capítulo 10
Más le valía asegurarse de si estaba embarazada, y si así era, decírselo a Harry. No podía seguir retrasándolo más, se advirtió. Ella no era la única a la que se podía culpar, después de todo. Hacían falta dos, y ella sí había tomado las píldoras anticonceptivas.
También era cierto que no se había encontrado muy bien, se recordó, la ansiedad, la angustia, las migrañas y los vómitos que tuvo por todo lo que había sucedido en Londres podrían haber minado la efectividad de las píldoras.
Sin duda Harry podría ser capaz de entenderlo. Pero, ¿y si no lo entendía? ¿Y si la acusaba de haber desobedecido abiertamente sus deseos? Pero, ¿qué razón lógica tendría para haber hecho algo así? Harry era un hombre de negocios exitoso e inteligente. Tendría que reconocer que no había ninguna razón lógica para que ella se quedara embarazada deliberadamente. Tal vez fuera un hombre de negocios exitoso e inteligente, pero también había sido un niño traicionado por su madre. ¿Tendría aquello alguna repercusión en la posible reacción de él ante su embarazo?
Aparentemente no, pero Hermione tenía la sensación de que podría ser.
Se lo diría aquella noche, se prometió, cuando los niños se hubieran acostado.
Con la decisión tomada, Hermione estaba empezando a relajarse cuando Harry salió a buen paso de la casa en dirección a la zona del patio, claramente para ir en su búsqueda. A Hermione le dio un vuelco al corazón por la culpabilidad. ¿Lo habría adivinado de alguna manera? Si así fuera, al menos su embarazo sería algo sabido y podrían hablar de ello de manera racional. Cuando Harry le dijo que acababa de llamar su hermana y que saldrían por la mañana hacia Atenas, donde se quedarían a pasar la noche, Hermione se dio cuenta de que una parte de ella había deseado que lo
adivinara para así librarse de la responsabilidad de tener que contarle que estaba embarazada otra vez.
Sin embargo, ya que no lo había adivinado, lo más sensato sería sin duda esperar a que regresaran de Atenas para contárselo, ¿verdad? Así tendrían más tiempo para hablar del asunto con tranquilidad. Harry se enfadaría, de eso estaba segura, pero se agarraba al hecho de que quería a los gemelos, y eso la tranquilizaba. Por mucho que se enfadara con ella, también querría al nuevo bebé.
-Tengo un apartamento pequeño en Atenas que utilizo cuando voy por cuestiones de trabajo. Nos quedaremos allí. Minerva cuidará bien de los gemelos.
-¿Vamos a dejarlos aquí?-protestó Hermione-. No han pasado una sola noche sin mí desde que nacieron.
Harry reconoció que la angustia de sus palabras no podía ser fingida. Había sido demasiado inmediata y automática. Trató de imaginar a su propia madre negándose a viajar a una ciudad cosmopolita llena de caras tiendas de marca para quedarse con sus hijos, y fue consciente de que eso nunca podría haber sucedido. Su madre odiaba vivir en Wiltshire, la visitaba todo lo menos que podía, y a él le enviaron a un internado cuando cumplió siete años.
-Lily quiere pasar tiempo contigo, y yo tengo asuntos de trabajo que atender. Los niños estarán mucho más contentos en Wiltshire bajo el cuidado de Minerva, que en una ciudad como Atenas.
Hermione se mordió el labio y se le oscureció la mirada, pero él continuó. -Te aseguro que puedes confiar en Minerva, los cuidará muy bien. Si no lo creyera, no se me ocurriría dejarles aquí.
A Hermione se le aclaró la mirada.
-Oh, sé que puedo confiar en tu buen juicio en lo que a su bienestar se refiere. Soy consciente de lo mucho que les quieres.
Su inmediato y abierto reconocimiento de que aceptaba y valoraba su opinión sobre sus hijos provocó en Harry un efecto extraordinario. Como si fuera un rayo de sol atravesando una nube negra. Se sentía confundido y abrumado por la repentina oleada de placer que le causaron sus palabras.
La sensación de que estaban unidos, de que Hermione confiaba en él. Hermione confiaba en que tomaría la decisión adecuada para sus hijos. Una sensación desconocida y emocionante se apoderó de él, y experimentó la urgente necesidad de estrecharla con fuerza entre sus brazos. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo al instante cuando recordó su necesidad de protegerse a sí mismo.
Ajena a la reacción de Harry ante sus palabras, Hermione suspiró. Sabía que estaba actuando como una tonta. Los gemelos estarían perfectamente seguros con Minerva. ¿Era por su bien por lo que quería tenerlos cerca? ¿O se debía a que interpretaba su presencia como una forma de protección y estaba nerviosa ante la perspectiva de conocer a la hermana de Harry? Si formaran una pareja normal, podría haber admitido sus dudas delante de él. Pero si fueran una pareja normal, ya le habría contado lo del bebé, y la noticia supondría un motivo de alegría para ambos.
-Le caerá bien Lily. Aunque, como le decía con frecuencia cuando era una niña pequeña, habla sin parar y a veces se olvida de dejar a los demás intervenir.
Minerva sacudió la cabeza mientras le daba esa información a Hermione. La estaba ayudando a hacer la maleta para el viaje a Atenas. Hermione tenía la sensación de que se había ofrecido porque había notado sus nervios y quería tranquilizarla, y no porque pensara que necesitara ayuda.
-Está muy orgullosa de sus hermanos, sobre todo de Harry, y se alegrará de que se haya casado usted con él cuando vea lo mucho que le quiere.
Hermione dejó caer el par de zapatos que tenía en la mano, contenta de tener la oportunidad de ocultar su impacto al agacharse a recogerlos. ¿Quería mucho a Harry? ¿Qué diablos había llevado a Minerva a pensar y a decir eso? No le quería en absoluto.
¿Verdad?
Por supuesto que no.
Después de todo, él no le había dado ninguna razón para que le quisiera, ¿verdad? ¿Desde cuándo el amor necesitaba razones? ¿Qué razones había necesitado ella en aquel club de Manchester, cuando miró al otro lado del bar y sintió cómo el corazón le daba un vuelco dentro del pecho?
Hermione se dijo asustada que aquella había sido la reacción estúpida e ingenua de una adolescente desesperada por crear un héroe de cuento de hadas, un caballero que la rescatara de su dolor. Minerva estaba equivocada. Tenía que estarlo. Pero cuando hubo recuperado la compostura y se atrevió a mirar a la otra mujer, descubrió en la cálida compasión de sus ojos que
Minerva desde luego no creía estar equivocada.
¿Sería posible? ¿Podría haber empezado a amar a Harry sin darse cuenta? ¿Podría ser que aquel deseo físico tan abrumador que no podía contener estuviera provocado por el amor y no por una mera necesidad física? Después de todo era el padre de sus hijos, y no podía negar que cuando supo que estaba embarazada, una parte de ella creyó que había sucedido debido a la intensidad de su respuesta emocional hacia él. Porque entonces era ingenua, y estaba asustada y sola, quiso creer que los gemelos habían surgido del amor. Y el nuevo bebé, ¿acaso no merecía también que el cuerpo de su madre aceptara con amor la semilla de la que había surgido?
-Le caerá bien Lily -repitió Minerva-. Y usted le caerá bien a ella.
Hermione se agarró a aquellas palabras horas después, cuando el avión tomó tierra en Atenas y estuvieron en la sala de llegadas. Una joven muy elegante de cabello oscuro corrió hacia ellos con los ojos cubiertos por un par de gafas de diseño.
-Harry, creí que iba a llegar tarde. Hay muchísimo tráfico, ¡y la contaminación! No me extraña que nuestras maravillosas ruinas estén en peligro. Neville me ha pedido que te diga que está prácticamente seguro de que ha conseguido el contrato de Taiwán... ah, y quiero que vengáis esta noche a cenar. Algo informal...
-Lily, eres como una locomotora. Para un poco y déjame que te presente a Hermione. Harry habló con tono firme pero irónico, provocando una carcajada en su hermana, que se giró hacia Hermione y le dio un caluroso abrazo.
-Minerva me ha dicho lo afortunado que es Harry por haberse casado contigo. Estoy deseando conocer a los gemelos. ¿No fue increíble que los viera en el aeropuerto de Manchester? Si no hubiera sido por mí, Harry y tú nunca os habríais reconciliado.
Ahora estaban en el exterior del aeropuerto, y Harry dijo:
-Será mejor que me dejes conducir, Lily. Recuerdo que sale muy caro que conduzcas y hables al mismo tiempo.
-Oh -Lily fingió hacer un puchero mientras le entregaba las llaves y luego le dijo a Hermione-, no fue culpa mía en realidad. El otro conductor no debía estar allí aparcado, para empezar.
Minerva tenía razón. Lily iba a caerle bien, admitió Hermione. Su cuñada siguió hablando sin parar mientras Harry conducía a través del intenso tráfico de Atenas.
Estaba claro que Lily le habría preguntado a Harry sobre su relación, y por lo que había dicho, Hermione sospechaba que él le había hecho creer que los gemelos fueron concebidos durante una relación estable entre ellos en lugar de durante una aventura de una noche. Aquello había sido muy amable por parte de Harry. Amable y considerado. Protegía a los gemelos y la protegía a ella. El brillo cálido que sintió en su interior no podía tratarse de felicidad, ¿verdad?
La noche ateniense era cálida. La suave brisa acariciaba la piel de Hermione mientras Harry y ella salían del taxi que acababa de dejarles en la entrada del exclusivo edificio en el que estaba el apartamento de Harry.
Habían pasado la velada con Lily y Neville en su casa, situada a las afueras de la ciudad, y a la mañana siguiente regresarían a Wiltshire. Por supuesto, estaba deseando ver a los gemelos, pero... ¿se estaba engañando a sí misma porque era lo que deseaba, o de verdad Harry había tenido aquel día una actitud más cariñosa hacia ella? Un calor y una amabilidad que le habían hecho sentir como si estuviera a punto de suceder algo especial y maravilloso.
Harry miró a Hermione. Llevaba puesto un vestido de seda con tirantes finos de color melocotón pálido con un estampado gris que se ajustaba a su figura sin revelar demasiado. Aquella noche, al observarla durante la cena mientras hablaba y se reía con su hermana y su marido, se había sentido orgulloso de que fuera su mujer y la había deseado como hombre. Algo a lo que Harry no estaba preparado para ponerle nombre había empezado a cambiar.
¿Se debía a que Hermione era una buena madre? ¿A que confiaba en él para el cuidado de los gemelos? ¿A que aquella noche había mostrado una inteligencia, una delicadeza y un sentido del humor únicos, para sorpresa de él, que la diferenciaban de su madre y del resto de mujeres que había conocido?
No estaba preparado para responder a esas preguntas, pero sí lo estaba para hacerle el amor a su esposa.
Para hacerle el amor como su esposa.
Era una afirmación sencilla, pero para él implicaba admitir cosas que habría considerado imposibles el día que se casó con ella.
Cuando entraron en el edificio de apartamentos, Harry le tomó la mano. Ninguno de los dos dijo nada, pero a Hermione le dio un vuelco al corazón. La esperanza que había tratado desesperadamente de impedir que se apoderara de ella había hecho acto de presencia. Una vez en el ascensor, rezó para sus adentros:
«Por favor, que todo salga bien. Que las cosas funcionen para todos nosotros».
Y al decir «todos» incluía a la nueva vida que llevaba dentro.
Iba a decírselo a Harry, pero aquel día, cuando tuvo la oportunidad, entró en una farmacia y compró una prueba de embarazo para estar doblemente segura. Esperaría a que estuvieran de regreso en Wiltshire para utilizarla, y entonces se lo contaría a él. Entonces, pero no ahora. Porque quería que aquella noche fuera muy especial. Aquella noche quería hacer el amor con Harry consciente de que lo amaba.
En la pequeña salita del apartamento, Harry se quitó la chaqueta del traje de lino y la dejó sobre una de las sillas.
Aquel pequeño gesto apretó la tela de su camisa contra los músculos de su espalda, y la mirada de Hermione absorbió todos sus movimientos. El deseo, ahora familiar, se abrió paso en su vientre para expandirse por todo su ser. Su repentina necesidad de respirar más profundamente, de recibir oxígeno, le levantó los senos contra la línea del vestido, provocando que sus ya excitados pezones reaccionaran todavía más con el intencionado roce de la tela.
Cuando Harry se incorporó y se giró, pudo ver su henchido perfil apretándose contra la barrera de su vestido. Su propio cuerpo reaccionó de inmediato, confirmando el deseo que ya sabía sentía por ella. No podía quedarse allí de pie así, se dijo Hermione. Si lo hacía, Harry pensaría sin duda que lo hacía porque lo deseaba, y probablemente se lo diría. No quería eso. No quería que la acusara de ser una mujer incapaz de vivir sin satisfacción sexual. Lo que quería era que le dijera que no podía resistirse a ella, que la adoraba y la amaba.
Hermione se giró rápidamente hacia la puerta para que Harry no viera su expresión, pero para su asombro, antes de que la alcanzara, él dijo con voz pausada:
-Esta noche estás preciosa con ese vestido. ¿Harry le estaba diciendo que estaba preciosa?
Hermione no podía moverse. No podía hacer otra cosa que mirarlo fijamente, dividida entre el deseo y la desconfianza. Harry se estaba acercando a ella, ya estaba delante deslizándole los tirantes del vestido por los hombros mientras le decía con dulzura:
-Pero estarás todavía más hermosa sin él.
Aquellas palabras no significaban nada, y al mismo tiempo lo eran todo. Hermione tembló de los pies a la cabeza. No se atrevió a respirar cuando Harry le bajó la cremallera del vestido hasta que cayó al suelo. Luego le tomó el rostro entre las manos y la besó.
Estaba en brazos de Harry, que la estaba besando, y ella le estaba besando también a él, abrazándole, sintiendo cómo todas sus dudas y sus temores se disipaban como la arena lamida por el mar.
Sentir las manos de Harry sobre su cuerpo, moldeándolo y acariciándolo, despertó en ella una poderosa marea de deseo. La mínima caricia le provocaba un escalofrío en el cuerpo. Había anhelado que la deseara así, sin la amargura de la ira. Lo reconoció en lo más profundo de su corazón, aunque se había ocultado a sí misma aquel deseo. Lo había anhelado y después había negado aquel anhelo. Pero ahora, allí entre sus brazos aquella noche, las mentiras que se había dicho para protegerse se fundían por el calor de las manos de Harry sobre su cuerpo. Hermione gimió bajo su boca con creciente placer cuando le deslizó la yema del dedo pulgar por el pezón.
Un deseo caliente y dulce despertó bajo su contacto. Todo su cuerpo clamaba que lo liberara, mostrarlo desnudo ante sus ojos, sus manos y su boca para que Harry pudiera dar también rienda suelta a su deseo, alimentarlo hasta que ella no pudiera seguir soportando el dolor de su propio deseo y se aferrara a él mientras la llevaba a las alturas y la explosión final en la que se entregaría a él la convirtiera en un ser indefenso bajo el poder de su posesión.
Así había sido aquella primera noche en Manchester. Los sentidos de Hermione se habían visto sobrepasados por la intensidad de lo que estaba experimentando. Tanto, que de hecho apenas fue consciente de que había perdido la virginidad. Estaba desesperada por lograr que la poseyera y sentir el placer que eso conllevaba.
Era suya, y Harry se permitió disfrutar de aquella certeza primitiva. Su cuerpo estaba ardiendo por ella, sufriendo más allá de lo soportable de deseo, pero quería retardar su placer. Saborearlo y guardar aquel recuerdo único en la memoria para siempre. Se inclinó para tomarla en brazos y la llevó a través de la habitación. Sus miradas se clavaron bajo la sensual luz tenue de la habitación.
-Nunca logré olvidarte, ¿lo sabías? No conseguí sacar tu recuerdo de mi cabeza. El modo en que temblabas contra mí cuando te tocaba, el aroma de tu piel, cómo se agitaba tu respiración cuando te hacía esto. Hermione contuvo el aliento mientras Harry le acariciaba el cuello y luego le pasaba las yemas de los dedos por la espalda.
-Sí, justo así.
Hermione gimió impotente contra el azote de su propio placer, protestando y diciendo que Harry la estaba atormentando y que no podía seguir soportándolo. Pero él la ignoró y le trazó una línea de besos por el omóplato. Cuando lo hizo aquella primera vez, Hermione había arqueado la espalda en abierto placer, indefensa contra su propio deseo. Harry le levantó el brazo y comenzó a besarle el interior de la muñeca y después el interior del codo.
Tuvo que reconocer que nunca había creído posible sentir algo así. La dulce sensualidad de la respuesta de Hermione a sus caricias estaba atravesando todas las defensas que había levantado para protegerse del modo en que la hacía sentir.
La besó en la boca, recorriendo su suave y acogedor calor con la lengua mientras Hermione temblaba contra él, su cuerpo desnudo anhelando el suyo. Sentir su piel contra la ropa era un tormento que apenas podía soportar. Hermione se perdió en la íntima y cálida posesión de los besos de Harry, unos besos que estaban lanzando dardos de excitación y deseo que recorrían su cuerpo. Sus senos anhelaban sus caricias, tenía los pezones erectos e hinchados como fruta madura. Quería sentir sus manos sobre su cuerpo para que satisficiera con sus caricias su creciente deseo. Quería que sus labios besaran y succionaran el anhelo de sus senos y lo transformaran en el calor líquido del placer. Pero Harry la estaba apartando de sí, separando su cuerpo del suyo, abandonándola cuando más lo necesitaba. Hermione sacudió frenéticamente la cabeza, su protesta fue un inarticulado y suave gemido mientras se sentaba en la cama.
Como si supiera cómo se sentía y cuál era su temor, Harry la atrajo hacia su cuerpo, colocándolo contra el duro bulto que había bajo la tela de los pantalones del traje. Su mirada nunca se apartó de su rostro mientras observaba cómo ella miraba con pasión su erección.
Muy lentamente, Hermione recorrió con las yemas de los dedos la longitud y la firmeza de su virilidad. Todo lo que estaba sintiendo resultaba visible para él en la forma en que entreabría suavemente los labios, en la breve caricia de la punta de la lengua en sus labios y en su mirada oscura y absorta.
Harry empezó a desabrocharse con impaciencia la camisa. Distraída por sus movimientos, Hermione alzó la vista para mirarle y se acercó más, arrodillándose en la cama ante él para seguir ella. Cada vez que desabrochaba un botón se inclinaba para darle un beso en la piel y luego se dejó llevar por el impulso de probar el calor de su piel contra los labios.
Le deslizó la punta de la lengua por la clavícula, jadeando ante el olor cargado de feromonas de su cuerpo cuando se estremeció bajo su caricia. Tenía el pecho duro y musculoso, los pezones oscuros y planos. Perdida en el embriagador placer de sentirlo tan cerca, Hermione extendió la mano y tocó su virilidad con la yema de los dedos.
Y entonces, siguiendo un impulso surgido no sabía de dónde, inclinó la cabeza y besó aquel mismo punto, explorándolo con la punta de la lengua. Harry experimentó al instante una reacción que se apoderó de él y le consumió. Se quitó lo que le quedaba de ropa antes de tomarla entre sus brazos y besarla con toda la fuerza de su creciente deseo.
La sensación del cuerpo de Harry contra el suyo, sin ninguna barrera entre ellos, se llevó lo que quedaba de las inhibiciones de Hermione. Le rodeó el cuello con los brazos, se colgó de él y le devolvió los besos con la misma pasión, suspirando a modo de aprobación cuando las manos de Harry le cubrieron los senos. Aquello era lo su corazón había estado anhelando, admitió él.
Aquel dar y recibir, aquella intimidad sin barreras.
Hermione era todo lo que deseaba, reconoció Harry realizando su propio y lento viaje de exploración del suave cuerpo de ella.
Se jactaba de ser un amante experimentado, pero nunca antes se había encontrado en una situación así. Nunca había sentido algo así. No estaba preparado para su propia reacción ante lo que estaba sintiendo. No estaba preparado para el modo en que alentaba su propio deseo y lo llevaba a un nivel que nunca antes había conocido y que amenazaba su autocontrol, creando en su interior un deseo de poseer y complacer cada parte de ella, de llevarla al orgasmo una y otra vez hasta llegar a hacerse dueño de su placer y también de ella. Quería grabarse en su mente de tal modo que ningún otro hombre fuera capaz de abrir jamás la puerta de su dulzura. La deseaba a ella, reconoció, y su propio deseo se alimentaba con el sonido de su respiración agitada, salpicada de gemidos de placer mientras succionaba los duros pezones y le acariciaba los senos.
Hermione se arqueó contra él con las manos entrelazadas en su nuca para atraerlo hacia sí. Creía que Harry ya la había llevado a lo más alto de la cima del placer sensual, pero se equivocaba. Ahora, sin ninguna barrera entre ellos, supo que lo que había sucedido con anterioridad no era más que una sombra de lo que estaba sintiendo ahora.
Unos relámpagos de excitación erótica casi insoportable atravesaban su cuerpo cada vez que Harry le mordía los pezones, alimentando el cálido pulso que ya latía en su interior hasta que arquearse contra él no bastó para apaciguar la salvaje necesidad que la poseía. Así que tuvo que abrir las piernas y apretarse contra él, gimiendo aliviada y agradecida cuando Harry respondió a su deseo con la firme presión de su mano sobre su sexo. Harry sintió en la mano el firme latido del deseo de Hermione.
Eso hizo que la pasión que experimentaba se convirtiera en una enloquecedora necesidad de tomarla rápida y apasionadamente. Tuvo que hacer un esfuerzo por controlarse cuando abrió los henchidos labios de su sexo y encontró allí la humedad.
Que Harry la estuviera acariciando de forma tan íntima era más de lo que Hermione podía soportar, y al mismo tiempo no le parecía lo suficientemente íntimo. Bordeó con las yemas de los
dedos la apertura de su sexo. Un nuevo relámpago la atravesó. Podía sentir cómo su cuerpo se abría ansioso, oyó un sonido de agónico alivio burbujeándole en la garganta cuando Harry deslizó primero un dedo y luego otro en su interior.
El no necesitaba que las uñas de Hermione se le clavaran en el brazo para saber lo que estaba sintiendo. Harry podía sentir su deseo en la piel y en la suya cuando el movimiento de su cuerpo
se hizo más rápido y más intenso. Antes incluso de que gritara fue consciente de su catarsis, y el veloz y salvaje placer de su orgasmo llenó su cuerpo de fiera satisfacción masculina, haciendo crecer su sexo con dura urgencia por el deseo de formar parte de aquel placer.
Pero todavía no... no hasta que estuviera seguro de que le había proporcionado todo el placer que podía. Para Hermione, la sensación de los labios de Harry acariciándole la parte inferior del cuerpo supuso al principio una dulzura relajada, una tierna caricia tras el calor apasionado que había experimentado antes. No se esperaba aquel deseo renacido hasta que los labios de Harry llegaron a la parte inferior del vientre y la pasión que creía satisfecha comenzó a latir con una fuerza que la impactó tanto que trató de negar su existencia.
Pero Harry no se lo permitió. Ignoró sus protestas y dibujó remolinos en la cara interior de sus muslos con la lengua, una lengua que buscó su punto de placer con más intimidad todavía, hasta que su movimiento contra su henchido y duro clítoris hizo que Hermione abandonara una vez más el control y se entregara a él.
Esa vez el orgasmo fue corto e intenso, dejándola temblorosa y al borde de algo más. Agonizando por culpa de aquel anhelo, Hermione extendió el brazo para tocar el cuerpo de Harry, pero él se lo impidió y sacudió firmemente la cabeza.
-No. Déjame que te haga esto.
Podía sentir su cuerpo deslizándose contra el suyo, su sexo duro y resbaladizo sondeando la humedad del suyo, y los músculos de Hermione se tensaron, siguiendo el ritmo de cada una de las embestidas del cuerpo de Harry en el suyo.
Ah, cómo recordaba la primera vez que le había mostrado aquel placer, revelándole el misterio. El modo en que la había llevado más allá de aquel dolor agudo que la había dejado sin respiración y la había dejado inmóvil bajo su embestida durante unos segundos antes de que su deseo exigiera también su propia satisfacción. Entonces sus músculos se habían relajado para envolver a Harry, tal y como estaban haciendo ahora. Su cuerpo se dejó llevar por el deseo de sentirlo más dentro.
Aquello era lo que su cuerpo había anhelado, sentirse completo y realizado más allá de todo. Hermione se abrazó a Harry, tomándolo completamente en su interior, siguiendo la creciente velocidad de su ritmo.
Harry reconoció que estaba perdido. Su ser interior, su autocontrol, estaban desapareciendo, arrebatándole la capacidad de poder hacer otra cosa que no fuera someterse a aquel deseo que le sobrepasaba.
Se escuchó gritar a sí mismo, un sonido viril con mezcla de agonía y triunfo, cuando el nuevo orgasmo de Hermione los llevó a ambos al borde del abismo. Su cuerpo la inundó con su propio alivio.
Experimentando todavía pequeños temblores sísmicos del placer que había hecho explosión en su interior, Hermione se quedó en silencio apoyada contra el pecho de Harry, escuchando cómo los latidos de su corazón volvían gradualmente a la normalidad.
Aquella noche habían compartido algo especial, algo precioso, pensó Hermione.
Y su corazón se inundó de amor.
