Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sorpresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 11:Propuesta para una nueva vida.
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Akashi deslizó la pieza por el tablero con calma, dejando que la niña viera la jugada y la comprendiera en su tierna mente.
Kiseki ladeó la cabeza, y las fresas de su diadema se movieron con ella.
La pequeña miró sus piezas, atenta. Miró las de su papá, y de nuevo las suyas.
El sonido de una bolsa de plástico crujiendo a su lado, desvió su mirada concentrada en el tablero de Shogi hasta ese momento a Murasakibara, que en el cuarto de al lado, miraba la reposición número cien de los dibujos del gato del espacio idiota y el crio vago e irritante que siempre iba con él.
Su postura decía que quería jugar, pero sus ojitos traidores, que mataría por ir a ver los dibujos.
Quería estar con su papá, le gustaba, pero los dibujos...
Akashi aguantó unos segundos mas, dejando la decisión en sus pequeñas manos.
Se puso de pie, planchando su ropa con ceremonia para colocarla, y movió una ficha, antes de rodear el tablero, besar a su padre y correr, dando grititos, hasta saltar encima de la barriga del peli morado.
Sei miró la jugada; era buena, muy buena.
Pero entendía que al mismo tiempo, seguía siendo una niña, pequeñita y adorable.
Se acomodó tranquilamente sobre Murasakibara, como si fuera tan habitual para ella como respirar y miró la tele emocionada.
Akashi recogió las piezas, despacio, ordenando cada una en su lugar en la caja que las contenía, y se echó un rato, con la intención de una pequeña siesta mientras duraba el capítulo.
Atsushi miró por encima del hombro y dibujó una sonrisita, divertido.
Lo que en un inicio era una pequeña siesta, terminó siendo una larga dormilona que terminó cuando Himuro, al final de la tarde, regresó a por su hija, muy cansado de un largo día.
Había terminado las clases, y entrenado un par de horas. Volvió al taller, a terminar una moto que debía entregar esa misma tarde, y tomó un par de copas con el cliente, por cortesía, y por que le prometió mas trabajo, lo que se traducía en mas dinero para él y para su nena.
– Mami. – Levantó las dos manitas para llevarse su saludo. Un polvito naranja llenaba su cara y frente del vestido.
Murasakibara estaba manchado con lo mismo, restos de gusanitos naranjas.
– Hola princesa, ¿Qué tal lo has pasado?. – No le importó mancharse y la cogió en brazos directamente, para besarle los mofletes.
– Bien, juba papi... ¡Ohh! Papi juba mu bien, casi gana. – Miró a Akashi sonriendo, levantando el pulgar para apoyar sus palabras. – logo papi mime y miene a ver bibujos... A-kun da pusanitos... mami, come mucho, llena tipa.
– Vaya, suena genial cielo. – La dejó en el suelo, y se miró los restos de gusanitos.
– Ven Kibu chan, vamos a limpiarte para que puedas ir con mamá a casa. – Atsushi le tendió la mano que la niña cogió de inmediato.
Akashi bostezó todo lo que le daba la boca y palmeó el sitio junto a él en el sofá.
Himuro se sentó a su lado, un poco nervioso.
– Deberías vivir aquí, Kiseki y tú. – Tomó el mando de la tele, cambiando el canal para poner otra cosa que no fueran dibujos. – Hay sitio, y tienes todo cerca. Detrás está el centro de salud, y un supermercado en esta misma calle.
– Gracias por el ofrecimiento pero.. – Sacudió las manos, incómodo. Lo último que quería era molestar, y mucho menos ser una carga para nadie. Si algo había aprendido el último par de años es que se las apañaba estupendamente por su cuenta.
– Atsushi y yo lo hemos estado hablando. – Por el tono de su voz estaba dejando claro que su novio y él no solo habían hablado, habían decidido hacerlo de todos modos. – Tendrás todo lo que necesites, y tu propia privacidad.
Se levantó y le tendió la mano, para que se levantara. Le guió a la terraza, donde había una segunda puerta. Abrió, mostrándole una habitación enorme vacía.
– Sígueme. – cruzó la habitación hasta otra puerta. Un baño, aún con los plásticos en la cerámica. Una pequeña cocina y dos cuartos mas. – Los gemelos tienen su sitio establecido en nuestro lado. Íbamos a alquilar esta parte como un apartamento separado del nuestro, pero nos gustaría que lo usaras tu.
– Es genial. – Entró en la cocina, pequeña, pero equipada con lo básico. – En serio, es genial.
– Cuando te dije que queríamos formar parte de la vida de Kiseki, me refería a todo el tiempo. – Himuro no podía disimular su felicidad. – Piénsalo, sin presiones.
Asintió y regresaron al lado de la pareja. Desde fuera vio a su hija, tironeando de los mofletes del gigante, entre risas.
Estaba limpia y contenta.
– Recoge tus cosas, preciosa. – Asintió y salió corriendo, por el pasillo a por su mochila de con sus cosas de dibujo y su poni de peluche.
Himuro la esperó, en silencio. Tenía que pensarlo, no quería hacer algo precipitado, aunque se notaba que Akashi tenía todo bajo control.
Hablaría con la abuela, nadie mejor que ella para decirle lo que pensaba de verdad.
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– Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. – El grito de Takao se escuchó por toda la casa.
– Aquí cielo. – La respuesta le llegó desde la habitación que ocupaba cuando vivía ahí.
Su madre cambiaba el pañal sucio de Lucky sobre lo que era su camita.
La nena pataleó contenta al reconocer la voz de su mami, y clavó sus enormes ojos verdes en la figura que se sentó a su lado.
– ¿Vienes solo?. – Estiró el cuello para recibir su beso en la mejilla.
– A Shin chan le ha pedido el entrenador que se quede, para hablar con él sobre algo, y luego iba a comprar comida, que tenemos la nevera con medio limón.
Era mentira , y su madre lo sabía, pero aún así, no pudo evitar una sonrisa.
– ¿Qué quieres, chantajista?. – La mujer, que le conocía perfectamente, le miró de reojo, divertida.
– Bueno, he pensado que sería una pena que Lucky no aprovechara hasta el último minuto de su abuelita, antes de que volváis al trabajo... sería cruel y despiadado, ya sabes. – Señaló a la niña, ocupada en babear su pulgar con verdadero entusiasmo. – Mírala, tiene cara de afectada y todo... fíjate mamá...
– Sería una pena... – Salió para deshacerse del pañal sucio y regresó, pero se quedó en la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. – Ahora viene cuando me cuentas la verdad,
Kazunari.
– Quiero... bueno, ya sabes... – Jugueteó con los pies de la niña, sin mirar a su madre. – Quiero darle un hermano... y … jo mamá, es muy raro hablar de esto contigo.
– ¿Esta noche?. – Su sonrisa era igualita que la de un gato que acababa de zamparse el ratón.
Takao asintió, rojo como un tomate maduro.
– Por favor. – Juntó las manos, suplicante. – Solo esta noche... ya me va a costar convencer a Shin chan... pero si lo consigo...
– Engáñale. – Takao abrió los ojos mucho, sorprendido. – ¿Qué?... estoy de tu parte... si no quiere, pues le atas a la cama y le dejas seco.
– Lucky, no escuches esto. – Tapó las orejitas de la niña, aguantando la risa.
– Eres mi hijo, Kazunari. – Posó la mano en su cara, maternal. – Si quieres una docena de hijos, me alegrará que lo logres, si quieres robar un banco, yo misma entretendré a los guardias, ya me conoces... No creo que Shin chan se niegue, aunque tampoco creo que diga que si a la primera...
– Eso mismo pienso yo. – Suspiró fastidiado.
– Díselo, si se niega, pincha con un alfiler todos los condones, o los tiras por la ventana. – Se frotó las manos como un malvado de peli mala, haciéndole sonreír.
– La idea de atarle a la cama me gusta mas. – Su padre entró en el cuarto y le besó en lo alto de la cabeza.
– Papá... ¿Hace cuanto que estás escuchando?. – Se puso tan rojo que parecía que echaría humo de un momento a otro por las orejas.
– Desde la parte de dejarle seco. – Tomó a la niña en brazos, con amor infinito. – Venga, largo... tienes que hacer otro nieto.
– Vale, pero por si acaso...¿Tienes alfileres?
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– ¿Qué billetes?. – preguntó Kise mientras le perseguía hasta la cocina desde el salón.
– Los nuestros, volvemos. – El modelo se paró a su espalda, incrédulo.
Se quedó de piedra unos segundos, pero reaccionó enseguida, tirando de su brazo para darle la vuelta y empotrándole contra la encimera de la cocina, de un empujón.
Se movió con fuerza, para atrapar sus labios, en un beso cargado de mil cosas.
– ¡Dios! gracias, gracias, gracias. – Un beso entre cada palabra.
Daiki levantó las dos manos, rindiéndose a las armas de su rubio prometido.
– Está bien, me rindo. – El beso se hizo mas lento, calmado, y a la vez, mas apasionado.
Aomine enroscó su brazo en la cintura de Kise, por detrás, levantándole lo suficiente como para darle la vuelta a la postura. Le subió para que se sentara en la encimera de mármol frío, que le sacó un respingo al sentir su trasero sobre él.
– No te pases con las maletas, que te conozco. – Metió las manos bajo la camiseta de Kise, arrancándole un gemido gutural que salió de lo mas profundo de su ser. – Deja los vestidos en casa...
– ¿Qué vestidos?. – Preguntó, intrigado
Daiki se deshizo en una sonrisa y se sintió pesado.
Abrió los ojos; mierda, estaba en el hospital.
Por un momento tuvo un mal presentimiento. Buscó con las manos abiertas su barriga gordita, y suspiró realmente aliviado al sentirla ahí.
El bebé se movió, despacio, pero haciéndose notar lo bastante como para sacarle una sonrisa.
Se sentó, despacio. Daiki dormía a los pies de su cama, en el sofá de los acompañantes.
Por su aspecto, supo que llevaba al menos un par de días ahí. Su ropa estaba arrugada y la barba que cubría su cara era de al menos dos días.
– Despierta, dormilón. – Intentó levantarse, pero la vía conectada al suero sujeto al soporte sobre su cabeza, no le dejó mas que medio metro de maniobra, y esa distancia no le llegaba para acercarse a su prometido.
Suspiró molesto, y buscó a su alrededor algo para tirarle.
Una botellita de agua pequeña en la mesita a su lado, la munición perfecta.
Aomine la atrapó levantando la mano antes de que le diera, aún adormilado.
– ¿Ya te has despertado?, ¿Cómo te encuentras?. – Su voz sonó tomada, profunda.
– Bien, tengo hambre. – Se llevó la mano al estómago, masajeando con un puchero.
– Vale, no te muevas, voy a llamar a la doctora. – Se levantó tambaleante, y fue al baño para mojarse la cara, y quitarse el sueño.
Kise le siguió con la mirada, y los mofletes hinchados. ¿Dónde iba a irse?
Volvió a tumbarse, con la mirada en el blanco techo y su mano puesta sobre el bebé, que estaba mas juguetón que de costumbre, según iba relajándose su mamá.
La doctora entró seguida de Aomine, en unos minutos que le parecieron años.
Revisó los gráficos, máquinas del cuarto y papeles que ella misma traía, aunque le tomó varias muestras mas y el pulso un par de veces.
– Ayúdale a ponerse de pie. – Una enfermera le retiró la vía, poniendo una bola de algodón pegada a un trozo blanco en el lugar que ocupaba la aguja.
Sacó una cinta métrica de su bolsillo y le midió, sintiendo los movimientos del bebé ella también.
– ¿Qué tengo?. – Miraba a las dos mujeres y a su chico, asustado, pero solo un poquito.
– Nada, que sigues comiendo como un deportista, y eres una mamá. – Le ayudó a sentarse en la cama, y buscó su ropa en el armario, para que se la pusiera. – Te doy el alta. Una ducha y una buena comilona. Camina una hora al día, solo una hora... y por lo demás, todo igual.
– ¿Podemos viajar?, ¿Puede subir a un avión?. – Aomine preguntó dejándole alucinado del todo.
– Por supuesto, no veo por que no, la verdad. – Colocó los papeles hasta formar un montoncito entre sus manos y lo llevó al pecho. – Solo mantenme informada de cualquier cosa.
– Claro. Gracias por todo, doctora. – Aomine le dio la mano, y bostezó, sin querer.
– Iros a casa, los dos. Ahora. – Se despidió con la mano y salió de la habitación, dejándoles a solas.
– Bueno... ¿Dónde vamos?. – Kise le miró, ilusionado. Lo de poder viajar le gustaba mucho.
– Es una sorpresa. – Entrelazó sus dedos y le acarició por encima de la ropa la redondez de la barriga.
Suspiró aliviado de saber que todo estaba bien. Había perdido la cuenta de cuantas veces había estado posado sobre esa curva, mientras Kise estaba dormido en esa cama. Cuantas veces se había perdido mirándole, o cuantas había pasado solo escuchando su corazón con la oreja apoyada en su torso.
– Maaa me gustan las sorpresas... pero ¿Me dejo los vestidos?. – Soltó divertido, ya de pie, caminando despacito a la salida.
– ¿Tu sigues drogado, verdad?. – Le respondió con una sonrisa. – A saber que había en ese suero que te han pinchado...
– Nah, no me hagas caso. – Feliz, le quitó importancia sin decirle que había sido un sueño que había tenido minutos antes de despertar. – Son cosas mías, nada mas
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Había que ayudar a mamá.
Su papá lo había dicho, y quería ayudar.
Kuroko estaba traspuesto en el sofá, con la tele puesta en volumen bajo, para que la casa no estuviera en silencio, aunque en esa casa conseguir un minuto de silencio ya era imposible.
Kou ayudaba, a su manera.
Había visto a sus papás hacer las maletas muchas veces. Metían cosas en las mochilas, salían y le dejaban al cuidado de alguien, otras veces iba con mamá o con papá hasta la casa de Atsushi, o de Momoi y se quedaba ahí. Luego venían, diciendo cosas que no entendía, como que estaban cansados, jugar al basket, o ropa que lavar sudada.
Abrió la mochila y miró dentro. Vacía.
Manoteó el suelo, pensando. Había que meter cosas en la otra cosa. Bien.
Vio la pelota, a un lado, y fue por ella. Intentó levantarla, pero se quedó en intento. Número dos la empujó con la nariz, haciendo al niño aplaudir contento por la hazaña.
Abrió un cajón, sacó ropa.
Una prenda, otra, otra, otra mas.
Encontró el uniforme blanco y negro, y al lado otro.
Sus cejas se unieron en una mueca pensativa. Estaba haciendo la mochila de mamá, pero no se acordaba de si la camiseta de mamá era la que tenía un palito y un círculo, o dos palitos delante.
La tiró al suelo y estiró. Estaba claro, la mas grande era de papá.
Arrastró las prendas de vuelta al salón, y las metió en la abertura de la mochila, junto a la pelota, que rodó con sus dos manitas hasta colarla dentro.
Aplaudió complacido con una sonrisa.
Del baño tomó la toalla, la de secar las manos... y papel. Unas toallitas le vendrían bien a mamá.
Un biberón, estaba vacío, pero seguro que su mamá sabía como llenarlo, y unos pañales, como siempre decía su papá, prevenir es mejor.
Un chupete, la cadenita... ¡Ah!, importante, las llaves de juguete, el último sonajero regalo de la abuela.
Puso uno de sus peluches, por si acaso.
Bostezó y se sentó junto a su obra.
Había ayudado, ahora solo quería dormir un momento.
Tiró la pierna hacia arriba, y haciendo un esfuerzo muy grande, y el morro de Número dos en su trasero levantándole, se acomodó en el costado de Kuroko, y se durmió.
El trabajo bien hecho deja muy cansado.
Ahora solo le quedaba averiguar que era eso de hermano mayor... nada mas.
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Uff Ese Takao y sus planes... Voto por lo de atarle jajaja
Y kiseeeeeeeeeeee
Ay, que me muero con Kibu, y con Kou, me encantan los niños, son geniales.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
