Capítulo 11
Habían pasado tres semanas y las cenas clandestinas habían aumentado cómo los días iban pasando. Ninguna de las dos aguantaba sin poder hablarse cariñosamente o incluso con ese tono borde con una pizca de sensualidad que su rol habitual les permitía; sin besarse a cada segundo que pasaban juntas en el trabajo, ni sin rozarse sin querer por los pasillos.
Emma había frecuentado la alcaldía durante ese periodo de tiempo más que en toda su residencia en Storybrook. Encontraba cualquier excusa para entrar a quejarse al despacho de Regina, y mientras discutían en voz elevada sus labios besaban los de la otra y sus manos recorrían sus cuerpos.
Esa semana Henry dormía en casa Regina, y Emma había dejado una nota en uno de los paquetes que se dirigían a su despacho con un lugar y una hora. Regina llegó a casa y Henry la esperaba en la cocina, sentado y con la luz apagada. Encendió la luz y dio un salto al encontrárselo allí quieto.
-¡Henry! ¿Qué haces a oscuras?
-Te estaba esperando.
-¿Con la luz apagada?
-Sí, no se, sí. –tras un momento de silencio siguió –Mamá, no me gusta meterme pero…¿cómo estáis mamá y tú? Me han dicho que estas semanas habéis estado discutiendo mucho en la alcaldía –dijo el chico verdaderamente preocupado y perdiendo la fe en que sus madres volvieran a reconciliarse.
-Cariño, Emma y yo estamos bien, te lo prometo –se acercó a él y lo abrazó -¿Quieres que preparemos la cena?
-Bien, haz lo que quieras. Yo no tengo mucha hambre. –se dirigió hacia las escaleras y se volvió hacia su madre –Mamá, esta noche salgo a dar un paseo con mis amigos, no me esperes despierta.
Regina se quedó blanca en la cocina. ¿Tanto había crecido su hijo como para decirle lo de "no me esperes despierta"? El nerviosismo la recorrió y necesitaba apoyarse en Emma.
Sonaron tres largos pitidos, y entonces escuchó la voz de Emma: "Hola, soy Emma Swan, si estas escuchando este mensaje es que ahora no te lo puedo coger, prueba más tarde."
Regina se pasó las manos por la cara, necesitaba la opinión de Emma. Poco más de dos minutos después, el teléfono de Regina sonó. Llamada entrante: Emma Swan
-¡Regina! –apuró en coger la morena la llamada.
-¿Qué pasa? ¿Ha pasado algo?
-Emma, relájate, no es nada grave, solo necesito tu opinión, siempre has sido la flexible de las dos y… Henry me ha dicho que no la espere despierta esta noche, ¿debería preocuparme? –pero la morena ya estaba preocupada.
-Pues claro que no Regina. El chico se está haciendo mayor, necesita espacio y tiempo, ¿no querrás que sea un niño de mamá toda su vida verdad? Debemos dejarle volar poco a poco.
-Pero es demasiado joven para volar él solo. –insistió la morena de nuevo.
-Mira, vamos a hacer una cosa, pruebas a dejarlo volar hoy; si a las doce, o la una no está en casa me llamas y adelantamos nuestra cita y lo buscamos juntas. Pero ya verás como a media noche lo tienes en la cama. –la tranquilizó –Y acuérdate de que ya no es un niño.
-Me gustaría que pudieras estar aquí. Todo sería más fácil. Y Henry estaría encantado…
-Sabes que puedo ir cuando tú quieras. Regina, tengo que entrar en casa mis padres, si no me llamas, nos vemos a las tres en nuestro rincón, ¿vale? Te quiero.
-Yo también te quiero –se apresuró a decir Regina mientras la voz de la rubia se desvanecía.
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Henry y sus amigos habían salido a dar un paseo por el muelle. Era de noche, y cuándo el verano iba acercándose éste se iluminaba con pequeños faroles y luces de colores que recorrían todo el paseo. Eran un grupo de siete u ocho chicos y seis chicas. Henry y Grace cerraban el grupo varios pasos por detrás.
-Te había echado de menos esta semana –la chica se sonrojó levemente y con una sonrisa agarró el brazo del muchacho.
-Yo también, pero no pude salir tanto. No todos somos pequeños cerebritos como tú y tenemos que coger libros y estudiar –le dijo acariciando la punta de su nariz contra la suya, sus alientos se mezclaron y sus labios se acercaron poco a poco, pero algo les interrumpió.
-¡Henry! ¿Te vienes a tirar piedras al agua? –le gritó uno de los muchachos.
-Lo podemos dejar para otro momento, estoy con algo importante.
-Sí sí, claro que sí. Anda va, no seáis tontos y besaros ya. –contestó otro de los chicos. Entonces todo el grupo rió y aceleraron el paso dejándolos solos. Grace guió a Henry hasta uno de los bancos de madera y se sentaron los dos juntos.
-Llevamos tres semanas saliendo, ¿eso es que somos novios? –preguntó Henry dubitativo.
La chica no logró más que soltar una pequeña carcajada y se aproximó a sus labios, robándole al chico su primer beso y a su vez, entregándole su primero también. Fue uno de esos besos tiernos, de los que se dan con inocencia, pero a la vez con amor. Los labios de ambos estaban curvados gracias a sus sonrisas, que disminuyeron poco a poco mientras sus labios se presionaban contra los del otro. Se separaron lentamente, ambos estaban ruborizados, ambos tenían vergüenza, pero desapareció con el tiempo.
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Henry había vuelto a casa a las doce como si de un reloj se tratase. Regina se relajó acostada en la cama y lo escuchó como entraba, cerraba la puerta con llave y canturreaba subiendo las escaleras hasta llegar al baño. Se encerró y escuchó el motor del cepillo de dientes eléctrico. Poco después, silencio. Su pequeño príncipe, que ya no era tan pequeño, se había dormido.
Esperaba ansiosa a las tres de la madrugada, Emma le había preparado algo y ella estaba deseosa de saber el qué. Miraba la nota que estaba doblada junto a la foto sobre la mesilla de noche. ¿Por qué no podía esperar más para verla? ¿Tan importante era la Salvadora en su vida? Sí. Su subconsciente respondió a su pregunta por ella. Sí la necesitaba, sí la quería, y la quería como nunca lo había echo con nadie. Cogió su anillo del dedo y lo miró a la luz de la luna que entraba por la ventana. Cuan precioso era. Oro blanco y con un pequeño diamante azul sobre el centro, le dijo que lo había elegido así para recordar siempre el momento en el que se unieron. La mina, el diamante, la maldición y ellas dos haciendo magia juntas para salvar a Storybrook.
"-Todo el mundo me ve como la Reina Malvada, incluyendo a mi hijo, déjame morir cómo Regina. –sus ojos lloraban mientras su mente aceptaba su destino, su muerte.
-Tal vez no seas lo suficiente fuerte, pero tal vez juntas lo somos –Emma se colocó frente a ella, no quiso dejarla morir, y sin saber si quiera que estaba haciendo sus manos empezaron a producir pequeños rayos púrpura cómo los suyos. Se miraron a los ojos, y ambas sintieron la muerte en los ojos de la otra, sus ojos llenos de lágrimas y de deseos ocultos.
Tras unos minutos que a ambas le parecieron interminables, el diamante azul cayó al suelo, la maldición estaba curada, y Emma se había acercado a ella, guiada por el momento, y la había besado, con fuerza, con pasión, contenta de no verla muerta, y ella la había dejado hacerlo, sus caderas se presionaron y sus cuerpos se juntaron. Esa primera vez que sus labios se rozaron y saltaron chispas alrededor de ellas, esa primera vez que aceptaron que querían dejar de ser enemigas para amarse la una a la otra."
Las palabras resonaban en la cabeza de Regina, las luces se movían dentro de sus párpados cerrados, y sus pestañas recogían las pequeñas lágrimas. La magia las había unido, y la magia las había separado. ¿era una buena idea que Emma siguiera recibiendo sus clases de magia?
¿Y qué pensáis vosotras? ¿Debería Emma seguir recibiendo sus clases de magia?(Mantengo la pregunta de la pedida de mano de Emma a Regina de la primera vez. Tal vez ahora que tenéis un poco más de información sea más fácil pensar ;) ) Nos leemos! Besiis
