XI

Había pasado varias noches imaginando a ese hombre. ¿De dónde provenía? Su estilo era muy europeo, de eso no cabía duda, quizá era del norte, de las tierras irlandesas o escocesas, o tal vez de Italia, o Rumanía o de Noruega. Se le ocurrían de pronto tantas posibilidades sobre el origen de aquel extraño.
-¿Te suena, madre, Sebastián Michaelis?—Preguntó durante el almuerzo, la fina escarlata, sosteniendo una pequeña taza de porcelana con una infusión de menta.

–No, ¿por qué? ¿Es tu nuevo prometido?—Respondió indiferente la señora Duless.

-¡Oh, por favor! No, ya hablamos sobre eso. —Contestó con una mueca Madame Red, luego bebió más té. –Es que… -se detuvo antes de hacerle saber a su madre, un señora que detestaba perder el tiempo con cuestiones intransitivas o de charlatanes, y que si tenía que ver con algo o alguien muy apreciado por ella, terminaba protagonizando escenas tan bochornosas de las que luego ni ella misma permitía recordar ni hablar.

-¿Qué? Angelina el tiempo no permite que uno se quede a la mitad, porque continúa su curso con la frialdad que le caracteriza, ya que también hay otros que están corriendo. Así que no seas tonta y dime de una buena vez lo que pretendes que parezca importante. —Dijo con una mirada brusca.

-Madre, por favor… Esto no es como las charlas que sostienes con tus amigas. –Terminó la hermosa escarlata algo molesta. Dejó de mala gana sus guantes sobre la mesita. –Necesito que atiendas lo que voy a decir con toda seriedad. Te conozco muy bien y sé que me cuestionarás tanto, y que si necesitas pruebas, luego de esta charla, te llevaré a que lo compruebes por ti misma y dejes de soltar la boca por cuestionar cosas que no tienen una explicación racional, y que sin duda alguna, no será ni es la primera charla de este tipo que sostienes, refiriéndome a lo meramente cuestionable y comprobable. –Suspiró Madame Red antes de continuar. –La injusta partida de nuestra querida Rachel, junto a su noble esposo, Lord Phantomhive, y la desaparición del hermoso Ciel, será siempre un asunto muy grave y caro para todos nosotros. Algo de esa magnitud, no puede ocultarse en nuestro corazón y fingir que lo hemos entendido.

-Lo sé, lo sé. —Intervino a secas la robusta señora Durless.

-Pero a veces ocurren cosas, como te dije, que no tienen una explicación racional por más tiempo que le dediquemos a descomponerlas en pequeños sucesos y armar una conclusión que nos convenza nosotros mismos y a los demás, entender que seguimos en esta realidad y que somos capaces de entenderla, ¿no es así? Bueno, pues me ha pasado algo así. No he querido revelártelo, porque he intentado encontrar una respuesta sólida para determinarla contigo, y que ambas lo entendamos. –Se cubrió los labios con su mano derecha.

-Sí, no me gusta divagar en tonterías. Pero, ¿qué tiene que ver esto con los Phantomhive?—Exigió saber su madre.

-Sí, ahora voy a ese punto… ¿Recuerdas que las autoridades concluyeron que nuestro pequeño Ciel se encontraba desaparecido? Pues hace una semana, a mitad de mi jornada en el Royal Hospital, me fue a buscar…

-¿Quién?—Preguntó con arrebato la señora Duless

-Pues quién más… Ciel. —Respondió aterrada Madame Red.

-¡Ciel! No, eso… ¡Cómo! ¡De qué estás hablando Angelina!—Reclamó su madre, con un golpecito en sobre sus muslos, y con los ojos bien prensados a los de su hija.

-Sí, él, Ciel, nuestro Ciel fue a buscarme al hospital. No venía solo. Un extraño hombre le acompañaba. Era muy apuesto, de piel pálida, alto y vestía el uniforme de mayordomos de los Phantomhive. No era muy mayor, quizá de unos 25 años. –Reafirmó la escarlata con nervios.

-¿Esto es verdad, Angelina? Ciel está desaparecido. Si él hubiere sobrevivido, la policía lo encontraría y nos lo haría saber. Creo que estabas alucinando. Y ese hombre, es alguien de quien te enamoraste y estás ilusionada. Pero, debo recalcarlo, es muy joven para ti.

-¡No, madre, estoy diciendo la verdad! —Espetó Madame Red. –Yo lo vi, era nuestro Ciel. No puedo estar equivocada. –Insistió con más fuerza. –Y ya no es el mismo, tiene otra aura, no sé. Incluso me atrevo a decir, que pareciera que no se trata del mismo tierno infante que conocemos. –Se silenció Angelina, bajó la mirada hacia sus rodillas. Había terminado fatigada. Su madre desde luego continúo dudando de su afirmación. Creía que su hija necesitaba con urgencia un hombre y hacer su vida como todas las demás mujeres. No obstante, ambas mujeres se enfrentaron en defender sus puntos, al grado de que el señor Durless, se vio obligado a intervenir.

-¡Basta! Puedo escucharlas desde mi salón. –Exclamó en medio de las mujeres.

Angelina le contó el suceso de aquella tarde, donde Ciel apareció frente a ella con tanta frescura, y junto a un hombre enigmático. Su padre sugirió ir a comprobar si era cierto que su pequeño nieto seguía con vida y al frente de la poderosa mansión Phantomhive. La señora Durless se negó en un principio, afirmaba que la mansión estaría tan marchita y recordándoles el horrible acontecimiento. Empero, Angelina insistió que no había otra forma de hacerles entender que no mentía, que mirar por su cuenta al pequeño Ciel sano y salvo.

Así lo hicieron, luego de recorrer el largo trayecto hasta la mansión, se fue levantando como un verdadero palacio, semejante a las cenizas del ave fénix, la invencible construcción Phantomhive. Sus expresiones manifestaban, sin duda, asombro y a la vez, un increíble horror, ¿cómo se había restaurado tan pronto? Como si nunca hubiere existido el monstruo de fuego, y que en cualquier momento, aparecería de la puerta principal, la hermosa Rachel, sonriéndoles y dándoles la bienvenida. –Esto no puede ser… Nosotros vimos cómo se marchitó este lugar. —Decía estupefacta la señora Durless. ¿Era cierto lo que les había contado Madame Red? De pronto los asaltó la idea de abandonar el lugar y que sus memorias serían la mejor respuesta, sin embargo, la diligencia continuó avanzando hasta detenerse frente al gran barandal de la misteriosa mansión. Descendieron del carro, sin dejar de estudiar, aterrados y fascinados, la prodigiosa construcción. -¿Esta es la mansión Phantomhive?—Preguntó el señor Durless con la boca abierta. De pronto, apareció de las enormes puertas del fondo, un hombre alto, vestido de frac negro, apuesto y con un aire igualmente aterrador. Angelina se paralizó, era él mismo sujeto del hospital. Se inclinó para saludarlos tan cordialmente que parecía tratarse de un sueño. –Buenas tardes, bienvenidos sean a la mansión Phantomhive. Mi nombre es Sebastián Michaelis, soy el mayordomo de la familia, y estaré a sus servicios. —Terminó con una cortesía de otro mundo, que los dejó sin palabras por unos segundos. –Sí, él es Sebastián, madre, padre; es el hombre de quien les he hablado. Espero haberlo descrito bien, pues sus ademanes y su aspecto, lo hacen ver, mi señor, como un personaje de ensueño. Le agradezco su cálida bienvenida. —Respondió vacilante, la hermosa escarlata. Sebastián los condujo hasta el vestíbulo de la mansión. No dejaba de aterrarlos cada paso en su ornamentado interior, restaurado por completo. No había rastros de las flamas, ni cenizas, ni un poco de alguna imperfección. Era la misma de antes, empero, con un toque lúgubre. El mayordomo les pidió que aguardaran en una sala contigua, la sala de las visitas. Ellos, por supuesto, que la conocían muy bien. –Por favor, esperen aquí, mi amo está atendiendo un asunto que no requerirá de más tiempo. Mientras tanto, les preparé un delicioso té inglés. —Sonrió el hombre misterioso y se marchó. La sala donde se encontraban, tenía unos hermosos muebles estilo francés, un librero propio de la época, con volúmenes de muchos temas; cortinas de terciopelo verde matizado en azul, y una soberbia vista a uno de los jardines de la construcción. Abajo, se veía un hombrecillo trabajando con los rosales.

–No sé qué pensar ahora. Estoy seguro que la mansión se consumió frente a nosotros. Es como si se tratara de un hechizo o algo así. —Habló el señor Durless con los ojos casi salidos de sus cuencas.

-En efecto, estuvimos frente a esas flamas… ¡Vimos sus cuerpos calcinados, por el amor de Dios!—Agregó horrorizada su esposa.

Madame Red no hizo comentarios al respecto, permaneció enmudecida. Le había aterrado la visita de su querido sobrino aquélla tarde, no obstante, se encontraba paralizada en ese momento. No esperaba que la mansión estuviera de pie nuevamente, y que todas las escenas que vivieron antes, se esfumaron como un soplo a un diente de león.
De improviso, el dulce heredero Phantomhive, Ciel, su pequeño sobrino y nieto, apareció frente a ellos, sin anunciarse. Los tomó por sorpresa cuando escucharon: "Buenas tardes, bienvenidos", con una sonrisa que borró de inmediato la tierna apariencia que conservaban hasta ese momento, del niño del que estaban seguros, les devolvería las dulces memorias de antes. -¿Ciel?—Preguntó con temor su abuela, la señora Durless. De hecho, un irritable aire de felicidad se había colado en toda la sala. –Gracias por venir. —Continúo el jovencito, sin hacer caso a las miradas de los presentes. Se sentó en el sillón principal. Le siguió Sebastián, quien ya traía en una bandeja, cuatro tazas de porcelana, bien cuidadas, con grabados orientales. Sirvió el té a cada uno y se acomodó a un costado del nuevo heredero.

–Me alegra verles, siento que han pasado tantos años. —Respondió Ciel, con un ligero aire de altivez.

-Sí, pareciera que el tiempo transcurrió en un santiamén. —Le siguió el señor Durless, su abuelo materno, intentando pasar por alto, el ambiente repugnante.

-Ciel, nos da tanto gusto verte, querido. Cómo te hemos buscado todas estas semanas. Pero Dios ha escuchado nuestras plegarias, y aquí estás. —Interrumpió la señora Durless con las manos en su abultado pecho. No pudo resistir más, se puso de pie y abrazó al pequeño. Acarició tantas veces su cabellera, prometiéndole que estarían juntos, que no le abandonarían jamás. –Te lo prometo, mi amor, te cuidaremos tanto.

-Gracias. —Respondió a secas el jovencito.

Se dirigió a ellos como si fueran unos extraños; les hablaba con una frialdad que no correspondía con el alma tan pura de un niño de su edad. Parecía un hombre en el cuerpo de un infante. Sus interlocutores no podían creer lo que tenían frente a ellos. El hombrecito dominaba tanto su atención, que los presentes no habían pestañeado por unos buenos segundos. De vez en cuando se miraban, para corroborar que era real lo que tenían enfrente. No se trataba de ningún impostor, eran los ademanes de su pequeño Ciel, su voz, sus ojos, su cabello. Entonces, ¿qué lo hacía lucir tan diferente? Una interrogante que resonaba entre las palabras de su misterioso expositor.

-¿Y por qué tienes cubierto tu ojo con ese parche?—preguntó con algo de inseguridad, el señor Durless

-Tuve dificultades cuando escapé de la mansión, ese día del incendio. Sebastián me ayudó. Estoy bien, no se preocupen. —Respondió con propiedad el hombrecito, luego, dio un sorbo a su infusión.

Su mayordomo le recordó que dentro de unos 15 minutos, uno de los inversionistas de su padre le haría una visita. Angelina prestó atención al reloj de bolsillo del apuesto caballero. Ese reloj, sólo lo portaba el mayordomo principal de la familia. Era evidente, que Ciel había cambiado a Tanaka de rango.

El pequeño adulto les pidió que le disculparan, tendría que ausentarse por unas cuantas horas, ya que estaría alistándose para recibir a su siguiente visita. –Y cuando se trata de mantener los negocios, ninguna distracción es permitida. Lamento este comportamiento, pero como cabeza de la familia Phantomhive, debo continuar con lo que dejó mi padre. Son libres de quedarse, mi morada está a su disposición. Con permiso. —Terminó orgullosamente su participación y se retiró.
Desde luego que sus interlocutores continuaban gélidos. Más bien, incrédulos, ¿cómo un pequeño de apenas 10 años, podía adoptar una postura superior a la de ellos mismos? ¿Dónde estaba su pequeño Ciel? ¿Por qué de pronto aparece tan fuerte y acompañado de un hombre tan reservado? Decidieron marcharse lo más pronto posible. Sentían que ya no eran bienvenidos en esa dichosa mansión. Algo había muy extraño tanto en su pequeño como en ese hombre. ¿Qué clase de relación tenían? ¿Él había manipulado a Ciel?

-No sé qué pasó ahí. Desde luego que ése no es nuestro Ciel. —Se quejaba la señora Durless dentro de la diligencia que los llevaba devuelta a su hogar. -¿Y quién es Sebastián? Ni siquiera nos dio tiempo de preguntarle sobre ese hombre. De hecho, se mostró muy esquivo. –Suspiró, abrió su abanico y lo agitó. –No sé si me apetezca volver a verlo.