Capítulo X

Noveno peldaño de la escalera: La cabra aprendiendo a tocar el violín.

De omni re scibili et quibusdam aliis (acerca de todo lo que se puede saber y de otras cosas más)

Elvis Costello – She

Half Man Half Biscuit – The Light at the end of the Tunnel

N/A: Capítulo algo extenso aunque ligero (a mi parecer). Fourteen skulls recomienda leer con calma. Crean o no, Bella habla hasta por los codos y un día en Notting Hill da para mucho. Oh si, no se me olvide, bienvenidos a Notting Hill, disfruten del paseo y de la magia de dos personas conociéndose.

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"He visto todas sus películas y siempre me ha parecido...Bueno, fabulosa, pero está a miles y miles de kilómetros de dónde vivo yo, que es aquí, Notting Hill, mi zona favorita de Londres. Hay mercado a diario y venden todas las frutas conocidas por el hambre. Y del salón de tatuajes sale un tipo que se emborrachó y ahora no recuerda porque decidió ponerse "Amo a Ken". Una peluquería radical dónde todas sus clientes salen pareciéndose al monstruo de las galletas, algunas más que otras.

Y cuando llega el fin de semana, desde la primera luz del día surgen cientos de tenderetes de la nada llenando Portobello Road hasta Notting Hill Gate. Mires dónde mires hay miles de personas comprando millones de antigüedades, unas auténticas y otras, no tan auténticas. Y lo mejor de todo es que cantidad de amigos han acabado en este barrio, por ejemplo Tony. Un arquitecto convertido en chef que invirtió todo lo que había ganado en un restaurante.

Y así es como paso los días y los años en este pequeño pueblo en medio de la ciudad, en una casa con la puerta azul que mi mujer y yo compramos antes de que me dejara por un hombre que era clavado a Harrison Ford y dónde ahora llevo una extraña media vida con un inquilino llamado

-¿Spike?

[...]

Y así llegó otro rutinario miércoles, caminando los trescientos metros que separan mi casa del trabajo, sin sospechar que ese día, cambiaría mi vida para siempre. Y aquí es dónde trabajo, mi pequeña tienda de libros de viaje. En la que...bueno, vendo guías de viaje. Aunque para ser sincero, no vendo demasiadas."

Esa era la vida de William Thacker y esa era la manera en que se daba a conocer. Un ciudadano inglés como tantos, viviendo una vida tranquila, sin gloria ni gloria, igual que sus desafortunados amigos. Una gloria innecesaria porque aún en su ausencia, les une algo más fuerte a todos, la felicidad evasora de sus pequeñas miserias gracias a su amistad traslúcida.

El triunfo de los perdedores es más poderoso que el de los triunfadores porque... ¿Qué es el triunfo? ¿Qué es lo que esconde y cuanto cuesta conseguirlo? ¿Se puede tener éxito y mantener amigos? ¿Amigos reales? ¿O el éxito conduce a relaciones frívolas e intereses privados?

Quizás deberíamos preguntar a una persona triunfadora para conocer lo qué es el triunfo y lo que implica mantenerlo. Alguien como Anna Scott, estrella de cine americana del momento.

"Sigo dieta desde los diecinueve años, lo que significa que paso hambre desde hace años. No he tenido novios muy agradables, uno incluso me pegaba. Y cada vez que se me rompe el corazón los periódicos lo airean como si fuera un espectáculo. Y han hecho falta dos operaciones muy dolorosas para tener este aspecto. Y un día no muy lejano, ya no seré guapa y dirán que ya no sirvo para actriz y me convertiré en una triste mujer que se parece a quién fue famosa en otro tiempo."

Así se presentaba la exitosa Anna. No parece haber demasiada diferencia entre los marrados amigos de William. A decir verdad, el concurso por comerse el trozo de brownie sobrante parece estar amañado.

¿Qué diferencia a Anna Scott de William? ¿Por qué el apellido es tan relevante en su diferencia? ¿No tienen ojos, nariz y boca por igual? ¿No tienen sentimientos, ríen y lloran por igual? ¿No tienen los mismos derechos y deberes por igual? Si, los tienen, pero la humanidad es la única que juzga a su propia especie y decide como deshumanizarla. Son los que consideran a quién atacar y a quién utilizar como su propio objeto de ocio y diversión, sin pensar en las consecuencias de sus víctimas. Personas involuntarias compuestas de lo mismo que los autócratas que apuntan con el dedo y ríen cruelmente. Lo patético y pusilánime de la cuestión es que al reír de estas personas, se ríen de ellos mismos porque sus situaciones de burla las han vivido en sus pieles. ¿Qué mejor para sentirse insigne sobre los demás, que reírse de las desdichas de uno propio de manera externa? Es perfecto para el ego, la soberbia y el pasatiempo.

Los perdedores son más afortunados que los triunfadores porque estos han de mantener el éxito permanentemente, tarea dificultosa rozando lo inviable. En cambio, para un perdedor, cuando el éxito llama a su puerta, es más férreo que el éxito del triunfador, debido a la sorpresa de su llegada y la estima en mantenerla. Esa suerte esporádica, a diferencia del éxito constante y reiterado, puede prorrogarse mucho más tiempo.

El éxito condena a la miseria porque reside en ella. La fama no existe, la fama es algo tan pasajero como la ola que llega a la orilla y se va dejando su paso húmedo sobre la arena. La fama viene y va, la ola vuelve, retrocede y humedece la tierra. La fama es débil como la arena, porque todos los que caminan sobre la orilla dejan sus pisadas, hundiéndola sin piedad con sus pies. Todos quieren estar en la orilla, destacar sobre las demás olas que se mantienen en la marea. El agua es la multitud, a la orilla llegan los triunfadores y el éxito, tan breve como la espuma de la ola que se desintegra en la arena, desaparece. ¿Éxito? Éxito es pertenecer a la marea, dónde las olas jamás conviven solas y su espuma no desaparece, sino que choca con el resto de olas y crean más espuma dentro del mar.

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Sábado 19.

El cielo está encapotado. Igual que ayer. Y el otro. Y el otro también. Las nubes impiden que los rayos del sol penetren e iluminen la sobria ciudad. Sin embargo, las calles tienen un aroma diferente hoy, fresco, rejuvenecido. Se dibujan sabores en el ambiente y el olor a humedad desaparece en cierta manera. Hoy las nubes son un escudo opaco que no deja pasar la luz. Por esa misma razón, las personas abren sus escudos para crear su propia luz. Hoy las nubes son buenas, forman una burbuja protectora en la que no se necesita escoltas dentro de ella. Hoy la luz, está bajo las nubes, no por encima de ellas. Hoy y como todos los días, aparezca o no el sol, la luz proviene de las personas que iluminan y se dejan iluminar por otras personas.

Lleva diez minutos mirando los dígitos y el pulgar a un escaso centímetro del botón verde. Recuerda lo que pasó la última vez que marcó ese teléfono, pero es un recuerdo opacado por los pocos minutos que ha vivido con él esta semana. Observa su reflejo en el escaparate de un edificio ocre. Un par de movimientos técnicos para recolocarse la peluca porque un par de mechones castaños se han escapado de esa prisión. Mira sus gafas y quiere reír, su imagen dista mucho de ser una diva estrella hollywoodense de los cincuenta pero ella se siente de esa manera. Se sacude la gabardina y retuerce el cinturón de tela, lo aprieta y lo vuelve a aflojar después de haberlo apretado y aflojado un par de veces.

Si, se podría afirmar que está nerviosa, expectante, inquieta, emocionada y algo temerosa y aún así sería un eufemismo. Pese a ello, está segura de lo que va a hacer. Cuando el minutero de su reloj apunta el siguiente número, exhala para calmarse y presiona la tecla verde.

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

-¿Si?

-Veo, veo.

-¿Isabella?- pregunta dudoso.

-Nooo- regaña con paciencia- ahora tú preguntas, ¿qué ves?

Él expone sus dientes enmarcados por sus labios finos. Gira sobre si mismo entre las sábanas arrugadas y presiona su oído opuesto contra la almohada para potenciar el timbre de voz de ella.

-¿Qué ves?- le sigue el juego.

-Una cosita- pone voz de niña buena que ni ella misma se cree.

-¿De qué color es?

-Azul.

Edward mira alrededor de su dormitorio buscando algo azul. Prueba suerte con lo primero que encuentra de ese color.

-¿Mis calzoncillos?

-Mmm...no. No son unos calzoncillos, pero si te sirve de consuelo yo también llevo calzoncillos azules.

-¿Llevas calzoncillos?- pregunta incrédulo.

-Yo...¿estabas dormido?

Omite mencionar que si, que lleva boxers con el logo Superman en medio, justo en el trozo de tela que debería rellenar un pene pero este está hueco porque lo ocupa su vagina, por eso prefiere callárselo. Sus calzoncillos azules de la suerte son sagrados, nadie sabe de ellos.

-No, no...

-¿De resaca, tal vez?

-¿Por qué lo dices?

-Tu voz está ronca, como si te acabaras de despertar o hubieses bebido como si no hubiera un mañana.

Edward también decide omitir cosas, como que tiene la voz ronca porque está excitado y su soldadito -comandante en jefe de todas las fuerzas armadas de aire, tierra y el planeta de los simios- ha decidido declararle la guerra tras volver a tener el sueño en el que ella es la voz. Lo que empezó con un sueño extraño y psicodélico ahora se ha convertido en uno erótico dónde Bella gime y estira de manera bestial el pelo de Edward mientras este chupa sus pezones como si los simios fueran a invadir la tierra y extinguir la raza humana.

¿Qué si los ingleses sueñan esas cosas? Por favor, seriedad. Un hombre británico no es antónimo de hombre. Tienen las mismas erecciones matinales que los demás, se masturban como los demás y eyaculan como los demás. La diferencia es que "Oh no, hace rato que me la estoy machacando como un mandril nimfómano puberto" no es algo que decir a los cuatro vientos a una señorita. Muchos hombres deberían tomar nota de eso y seguir ejemplo.

-Tengo que confesarte algo, Edward. Algo muy grave- sigue sin dejarle contestar.

-¿Cenaste pizza de masa integral y no has podido dormir por el remordimiento?

-¿Con qué clase de chicas monstruosas has salido? ¿Masa integral? ¿Qué mierda? No tan grave.

-¿Has pisado una hormiga mientras caminabas y estás mirando su cadáver en la suela de tu converse?

-¡No! Eso sería horrible.

-¡Oh Isabella, pobre hormiga, no merecía esa muerte tan terrible!- melodramatiza él.

-Tus películas no son tan malas.

¿Eso era grave? Edward piensa que lo grave hubiese sido que ella hubiera entrado en todos los blogs que hablan de él y su ruptura con Tanya, eso hubiese sido grave. Las cosas estaban muy calientes todavía.

-¿Las has visto todas?- pregunta reincorporándose en la cama.

-Hasta esa de zombies que solo apareces cinco minutos porque te comen nada más empezar- contesta orgullosa.

-¿Qué te han parecido?- el interés por su opinión resplandece.

-Te llamaba por eso. Quiero decírtelo en persona.

-¿Dónde estás?

-¿Sabes? En verdad quiero ponerte a prueba ¿me dejas ponerte a prueba? Bueno, no me importa, voy a ponerte a prueba. No es una prueba difícil, no si es verdad que eres una persona cinéfila. He estado pensando y la manera de conocernos no fue muy original. ¿Yo entrando en un lavabo de tíos? Qué absurdo. Hay situaciones mucho más...no sé, he escrito una lista que te voy a mostrar si superas la prueba- Edward sonríe desde su cama por lo rápido que habla, dudando de qué serviría decirle que no quería hacer ninguna prueba- La cuestión es, imagínate un mundo paralelo en el que la famosa fuera yo y tú el anónimo. Imagínate que yo entro en tu vida de una manera que nadie esperaba. Y ahora solo te doy una pista y te digo: puerta.

-Esa puerta la quitaron hace años. ¿Estás delante de la Travel Bookshoop?- no tarda ni diez segundos en preguntar.

Ella sonríe con la piruleta contra los dientes. Es rápido. E inteligente. Le gusta.

-¿Ves cómo era fácil? ¿Cuanto vas a tardar?

Edward mira su erección como preguntándole cuanto tiempo va a decidir quedarse en ese estado de alzamiento para poder darle un tiempo estimado a Bella.

-¿Quién ha dicho que vaya a ir?

-Yo, por supuesto- dice altivamente- Y espero que traigas dinero porque me vas a invitar a comer.

-No sabía que te iba a invitar a comer, señorita Scott.

-Pues ya lo sabes. No tardes Edwilliam.

-Espera, Isabella...

Bella cuelga. Edward se queda unos segundos con su teléfono a pocos centímetros de la oreja, escuchando el pitido que indica la finalización de la llamada. Decide actuar rápido. Volviéndose a subir sus calzoncillos rápidamente, se dirige al lavabo para darse una ducha de agua fría. Agua muy fría. Se pone lo primero que encuentra en el armario y sale de manera apresurada hacia el barrio donde la espera ella.

Veinte minutos aproximadamente más tarde, baja en la parada de la línea roja. Un cartel anunciando el final de temporada de Time's Owners lo recibe nada más salir del vagón. Él aparece en el centro personificado como Caleb. Un grito ahogado se escucha cerca de él y dos chicas corren a besarlo. A besar a Caleb. De manera inconsciente, agacha su cabeza para ocultar aún más si puede su rostro con la capucha y el gorro que lleva mientras las chicas se fotografían con la propaganda sujeta a la pared de ladrillos. Qué injusto para ellas fotografiarse con el personaje en papel teniendo al real en carne y hueso a la misma distancia.

Sube gracilmente las escaleras que lo llevan al exterior y se adentra en el mágico y cosmopolita barrio de Notting Hill. Quién hubiese dicho sesenta años atrás, que este barrio podría llevar esos adjetivos, cuando fuere destino de muchos afrocaribeños que emigraron y su presencia hiciera resurgir numerosos conflictos entre los refinados residentes que allí habitaban. Con el tiempo y el carnaval multitudinario que se celebra cada agosto entre sus calles parece que está más calmada esta diferencia social. Ahora el ambiente multicultural no parece sorprender a nadie y todo parece un vago recuerdo que bien se puede rememorar escuchando a The Clash y su White Riot.

Al ser sábado, decenas de personas -la mayoría turistas- se desplazan para dar un agradable -y ligeramente estresante- paseo, dejándose perder por un mar de anticuarios y demás sujetos de compra que ofrece el extenso mercado improvisado de Portobello.

Las primeras fachadas victorianas del distrito residencial lo reciben. Son de un color blanco impoluto, como si desafiaran la oscuridad innata de la ciudad, como si retaran la arquitectura insípida y juiciosa de sus barrios hermanos. Más adelante, dónde la marea humana avanza, las casas empiezan a tener esa diversidad de colores pasteles que tan caracteriza la zona. Se podría considerar un barrio afortunado debido a su logro en aunar lo selecto y lo alternativo. Algo promiscuo entre lo más pijo y lo más ordinario, en eso duerme su encanto, en su heterogeneidad conjunta.

Es fácil diferenciar a los ciudadanos de los visitantes ocasionales. Los que al cruzar tienen que fijarse si en el asfalto está escrito "look left" o "look right" son, lógicamente los segundos, aunque no importa hacia qué lado tengan que mirar, siempre se aseguran comprobando a un lado y otro de la carretera. Mientras que los primeros, con un breve giro de cabeza siguen andando como si fueran dueños del lugar, entre ellos Edward. Un par de zancadas y está en la acera contraria para adentrarse en el mercado. Sus altas piernas parecen más delgadas enfundadas en ese tejano negro. Su paso es apresurado. Sus manos en los bolsillos de su pantalón, su gorro, sus gafas ocultando su identidad y la ligera inclinación de su cuerpo hacia el suelo le hacen parecer menos existente, paradójicamente más invisible pero no por ello menos real.

El número once de Blenheim Crescent se asoma en el centro del paseo, Edward se acerca pero no hay rastro de su cita. Extrañado, decide llamarla. Los gemidos de Robert Plant se escuchan a su izquierda mientras una rubia rebusca en su bolsillo. Edward observa incrédulo a la muchacha.

-¿Isabella?

Ella se gira hacia la voz y él no lo puede creer.

¿Pero qué...?

El hermoso pelo en el que enreda sus manos en sueños ahora era un tono rubio postizo, de pote, rubio sintético. Una jodida peluca con bucles glamurosos y gruesos que no llega más abajo de sus hombros y unas gafas de sol gatunas con estampado de leopardo que sobresalen de su rostro.

-¡Vamos deprisa!

Antes que pueda reaccionar ella le está agarrando de la mano y arrastrándolo a trompicones hacia la boca de un mew(*) adyacente a la vía principal. Él observa con las pupilas dilatadas de diversión como saca objetos de una bolsa de plástico blanca.

-¿Para qué es todo eso? ¿Por qué te has disfrazado?- pregunta riendo.

La observa de cerca. El color marrón de las gafas deja transparentar ligeramente sus ojos. El pelo sintético no parece artificial. En su mejilla izquierda incluso se ha pintado un pequeño lunar.

-Es que es sábado y esto estará repleto de gente. Pensé que...bueno, para que no te reconocieran y pudieras pasar desapercibido necesitarías esto. ¿Crees que es exagerado?- pregunta con preocupación- Bah, me importa una mierda. ¡Póntelo, corre!

Edward no puede parar de reír viéndola en ese traje, mirando a izquierda y derecha como si estuvieran cometiendo un crimen. Se ve encantadora y jovial. Y sobretodo sensual sin desearlo y sin percatarse de ello. Edward piensa en la competencia que tendría Marilyn Monroe o Grace Kelly si estuvieran allí con las mismas gafas upswept y su look clásico cincuentero.

-¿Y ese cojín?- pregunta acomodándose una peluca de pelo natural azabache que ella le ha entregado.

-Me dijiste en una de tus cartas que en el futuro serías un gordo sin remedio, solo te doy esto para que vayas practicando con una barriga que no te deje ver el suelo. Lo que...-mira descaradamente de arriba a abajo- ¡Joder, estás muy delgado! Creo que no te podrás abrochar la chaqueta...-murmura pensativa bajo las ridículas y sensuales gafas- Ok, levántate la camisa.

-¿Qué?

-Oh vamos, te pones el cojín debajo de la camiseta y la chaqueta la dejas abierta. Total, eres inglés, no tendrás frío con la sudadera que tienes encima. Vamos, antes que nos vean- murmura apresurada.

Edward no sabe como reaccionar, es algo embarazoso tener que exponer su torso en un espacio tan reducido. Solo es consciente que ella le está atando a la espalda el cojín abultado y que para ello, tiene que envolver sus brazos a la altura de su tórax, rozar sus dedos en su espalda y acercar su rostro al suyo en una distancia peligrosa e...íntima. Mientras ella trastea para abrochar el cinturón que sujeta el bulto de plumas, él solo es capaz de dejar los brazos mantenidos en el aire, incrédulo de la situación. Y muy dentro de él, decepcionado con sigo mismo porque ella no se ha deleitado observando su tórax unos minutos, es decir, lo de la tableta de chocolate es una meta bastante inalcanzable para él. Una pena que no pueda leerle la mente a Isabella porque ella se lo está follando contra la pared de ladrillos.

¿Qué estoy haciendo? Esto es una locura. Me está disfrazando. Oh Dios...¡qué bien huele!

-¿Bigote o barba? Si, tiene razón, mejor barba. Se supone que estás gordo y tu mandíbula es demasiado cuadrada. Finjamos una papada ¿Qué pasa? ¿No os dan de comer en el set de rodaje? Estás hecho un palo- regaña ella cual madre a su hijo el cual hace que no lo ve hace tiempo mientras sigue poniendo su accesorio, presionando para dejarlo bien sujeto.

Sus ojos están concentrados en su tarea, mientras que los de Edward están concentrados en dejarse fascinar en tan solo los ¿tres, cuatro minutos que llevará con ella?

¿Se supone que me va a dejar hablar a mi? Esta semana no había manera que hablara y ahora ella invierte las cosas. ¿Quién eres Isabella Swan?

Se concentra en sus gestos, no quiere analizarla, simplemente quiere conocerla. Aún así, él quiere entender porque hace eso. Por qué le ofrece un disfraz para ocultarse por las calles, por qué ella se disfraza de igual manera.

A complejas preguntas, sencillas respuestas. Todas las mujeres que se habían acercado a su vida desde que Eddie cabeza espermatozoide para los amigos se convirtió en Edward Cullen para el mundo, todas, absolutamente todas, se arrimaban a él con la intención de aparecer simplemente a su lado, presumiendo de su presencia. Él se sentía- y se siente- un mono de feria con el que hacerse una foto. Él es solamente la mitad de "Tengo una foto con Edward Cullen", ya que una foto con Edward Cullen es más importante que Edward Cullen. Él es un garabato de tinta en un papel, ya que el autógrafo de Edward Cullen es más importante que Edward Cullen. Y ahora llegaba esa chica, con una peluca espantosamente elegante rubia que a saber de dónde la había sacado y con unas gafas pasadas de moda para demostrarle que no quería dejar esa huella en ningún lugar. Una chica que solo quiere conocer a un chico, sin ese apellido Cullen, sin el nombre Edward, sin la foto, sin el autógrafo. Le deja ser lo que un día fue antes que cabeza espermatozoide se convirtiera en Edward Cullen. Isabella solo es una mujer que quiere liberar al hombre de la maniatada interpretación externa sobre él.

"Eso de la fama no es real ¿sabes? Y no olvides, que solo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quiera".

Isabella no lo olvida.

Lo injusto es que el hombre desconoce que la mujer se disfraza porque también huye de una fama diferente a la suya y esa es la única manera de mostrarse como es, como era antes de su adulterado éxito.

-¿Preparado?

Un Edward disfrazado entre lo que podría ser un detective privado y un John Lennon en sus últimos días, quiere responder que no lo sabe, pero Isabella ni si quiera le deja pensarlo cuando ella le arrastra de nuevo a la calle principal.

¿Ammm... si, preparado? Lo que tú digas, claro está.

El balbuceo de las personas condimenta las calles, la marea humana se deja llevar por las exposiciones, los pasos hacen ruidos imperceptibles sobre las aceras. El rompecabezas de individuos que se esquivan entre ellos hacen competencia a los colores de los hogares porque todos brillan con pigmentos propios. Edward y Bella se adentran entre la multitud y se pierden entre cerámicas, metales, cuadros antiguos, sellos, monedas, estampados, postales, cuadros, muebles, cientos y cientos de antigüedades y de objetos sumamente extraños. Algunos puestos callejeros ya ponen en venta decoración navideña a pesar de las semanas que quedan para la fecha.

Dentro del poco espacio que la coagulación humana permite entre ambos, reina un silencio misterioso y lleno de expectación, acompañado de miradas furtivas bajo las lentes.

-Tienes los labios azules.

-Oh si, acabo de hacerle una mamada a un pitufo- responde con naturalidad, encogiéndose de hombros- ¿quieres?

-¿Hacerle una mamada a un pitufo?

Una mujer que anda detrás de ellos abre los ojos incrédulos por su conversación.

-¿Qué pasa? ¿No te gustan los pitufos? ¿Es tu primera mamada?- inquiere mientras le ofrece una piruleta turquesa en forma de pitufo.

-No pensé que mi primera mamada sería a un pitufo.

La mujer extremadamente educada al estilo inglés se lleva la mano a la boca mientras los sigue con la mirada.

-Si no te gusta el pitufo tengo pollas de todos los colores- él casi se atraganta con la piruleta mientras le escucha y ella saca una bolsa de plástico con diversas golosinas- Mira, la polla de Hulk- señala como una niña exponiendo una piruleta verde- esta de Bob Esponja, esta de Batman y la de Elmo.

-Está bien, me quedo con esta- menciona con pitufo en la boca.

-Oh, por favor, qué jóvenes tan descarados, no tienen vergüenza, no la tienen, la han perdido, a dónde vamos a llegar, Inglaterra no es lo que era, cuando yo era...

Su voz se apaga mientras los adelanta y refunfuña sola la pobre chiflada y recatada mujer.

Edward se carcajea pero Bella finge estar de acuerdo con la vejestoria.

-No te rías- regaña- estás realizando actos blasfemos del demonio en público, no sé como no te da vergüenza. Felaciones a un pitufo...Oh -niega la cabeza y se lleva la mano a la frente.

Unas finas y jóvenes arrugas aparecen alrededor de los ojos de Edward cuando sonríe observándola. Es de esas chicas con una graciosidad absurda, como la de él.

-¿Vienes todos los sábados al mercado?

-No, normalmente trabajo por las mañanas pero he pedido el día libre.

-¿Por qué?

-Porque...quería verte- no puede evitar el tono bajo casi vergonzoso por confesárselo- y porque quería celebrar que no han cerrado la Travel Bookshop- se apresura en terminar.

-¿En serio?- dice sorprendido mientras sigue practicándole una felación a la piruleta-polla de pitufo.

-Mmhm, la compró el mes pasado The Book Warehouse, una cadena que probablemente solo tendrán best-sellers comerciales pero tengo la esperanza que aún vendan guías de viaje. Siempre quise comprar una, pero cuando vine ya estaban las persianas bajadas. ¿Entramos?

Edward abre la puerta caballerosamente a Bella mientras esta le agradece con una sonrisa cordial. Dentro, empiezan a mirar las guías de viajes con todos los lugares que hay por el mundo en una pequeña estantería que han dejado misericordiosamente. Cientos de destinos de todos los tipos: exóticos, occidentales, turísticos, paradisíacos, desiertos, ciudades, paisajes...El mundo es jodidamente hermoso y muchos están concentrados en otras cosas.

-Isabella, ven un momento- llama un Edward entusiasmado. La coge de su mano -gesto precavido para ambos- y la conduce a una esquina del local. En ella, una gran bola de madera representa todos los continentes en su superficie. La esfera terrestre es de un tono marrón oscuro, algo quebrado por el tiempo y el uso.

-Wow, es fascinante- halaga ella pasando las yemas de sus dedos por el contorno, como si fuera un tesoro de la humanidad que nadie ha encontrado todavía. Edward aprovecha para mirar sus ojos, ahora sin las absurdas gafas. Perdido en esas canicas color piruleta-polla de Batman con sabor cocacola, se le ocurre una idea. Entusiasmado y de manera impulsiva, se sitúa detrás de ella y le tapa los ojos con sus manos.

-¡Aaay!- ríe por la sorpresa- tienes las manos muy frías- advierte ella mientras posiciona sus dedos sobre los de Edward e inclina su cabeza levemente.

-Está bien, señorita Aiacaad- ella sonríe por el mote- va a hacer girar el planeta y va a decidir un destino al azar- su tono bajo, rozando el secretismo hace ampliar la sonrisa de ella.

-Como usted mande, lord.

Bella posiciona sus manos con delicadeza en el material y con un ligero movimiento de muñeca hace rodar la esfera. Espera unos segundos mientras sigue rodando. En realidad le gusta sentir el tacto de los dedos de Edward en sus ojos. Es una contradicción inexplicable la manera en que la fría temperatura produce un caluroso cosquilleo por su cuello. Con su índice izquierdo, presiona con fuerza y deja clavado su dedo, haciendo parar el movimiento. Solo desea no haber marcado el único territorio que tiene vetado del mundo entero.

-¿Has estado antes?- pregunta Edward cuando ambos miran dónde indica su dedo.

-Eso debería preguntártelo yo, tú eres el que pasa media vida viajando- reprocha ella, aliviada de la proximidad de los centímetros que separan la tierra censurada.

-Nunca he ido a Grecia.

-Yo tampoco- concluye.

Así que no deciden perder el tiempo. Mientras algunas personas entran por curiosear el famoso establecimiento y hacerse fotos dentro, ellos buscan entre estantes de destinos europeos. El orden alfabético brilla por su opuesto y por lo tanto, se les hace dificultosa la tarea. Seleccionan algunas guías sobre el país y las hojean brevemente mientras opinan cual es la mejor.

-Disculpen, ¿necesitan ayuda?- aparece el dependiente de la tienda que poco parecido tiene con el de la película.

-Estamos buscando una guía sobre Grecia- contesta Bella con una pila de libros en sus brazos.

-¿Saben en qué época viajarán?

-No.

-En julio.

El canoso hombre mira de hito a hito a ambos por sus incoherentes respuestas.

-¿Por qué en julio?

-¿Es que estarás rodando?

-No lo sé todavía- cuchichean por lo bajo.

-¿Y qué problema hay entonces? Grecia hay que visitarla en verano, tendremos que disfrutar de las playas, ¿verdad?- pregunta refiriéndose al tercero en discordia.

-Por supuesto señora. ¿Solo harán turismo de playa o tienen pensado algún otro?

-Todo lo que se pueda y más- contesta entusiasmada ella- la guía más completa que tenga. Comida, rutas, playas, gastronomía, actividades deportivas, fiestas populares...todo- dice segura.

Edward se limita a asentir como un palurdo. La combinación playa e Isabella no le deja funcionar con normalidad su cerebro.

Ambos se dirigen a pagar el libro en el mostrador.

-Espero que tengan una feliz luna de miel- dice sonriente el inglés mientras mete la guía en la bolsa.

-Oh no, nosotros no...

-Muchas gracias señor, seguro que será fantástica, ¿no es así, cariño?- sonríe Bella a Edward.

¿Eh?

-Si...¿por supuesto?- pregunta extrañado aunque se aprovecha de la situación y rodea la cintura de ella con un brazo sonriendo de vuelta. El hombre se gira dentro del mostrador y Bella de un manotazo se desprende de la mano de Edward.

-¡Au!- exclama sobándosela.

Ella le dedica una mirada que deja claro lo que piensa de su atrevimiento.

-Aquí tienen, que disfruten del mercado.

Ellos se despiden del hombre y se dirigen afuera.

-¿Por qué...por qué acabámos de hacer eso?

-¿El qué?- pregunta rebuscando sus cigarillos.

-No nos conocemos casi.

-No.

-Puede que estés...chiflada.

-O que sea psicópata.

-Quizás vives sola con diecisiete gatos.

-O quizás secuestro y violo hombres antes de comerme sus penes y bañarme en su sangre.

-Incluso desconozco si comes perro en China Town.

-Incluso no sabes si soy quién mata a los perros que cocinan los chinos en China Town.

-Y me voy a ir a Grecia contigo.

-Exacto.

-Nada tiene sentido.

-La vida no lo tiene a veces. Espera ¿puedes hacerme un favor?

-No.

-De acuerdo, ponte delante de la librería, quiero hacer algo.

Él no se mueve mientras Bella saca su polaroid de su mochila, por tanto lo gira por sus hombros y lo empuja con la palma de sus manos hasta dejarlo enfrente de la vidriera antigua. Ella se aleja con el cigarro en la boca y cuando no pasan personas, enfoca su cámara e inmortaliza el momento. Él se acerca y sigue con su monólogo paranoico y sus hipótesis graciosas.

-Esto es surrealista.

-Ha sido estupendo conocerla. Surrealista pero bonito. ¿Surrealista pero bonito? Qué gilipollas- cita Bella a Hugh Grant. Edward le mira divertido- ¿Qué? Es una de mis películas favoritas y me siento como Hugh Grant ahora mismo. Aunque también me siento Julia Roberts. ¿Sabes cuando le pregunta que dicen de los hombres con pies grandes?- coquetea descaradamente Bella.

-Me lo puedo imaginar.

-Pies grandes...gran zapato- y entonces empieza a reír estrepitosamente ella sola mientras Edward observa sus pies. Son realmente grandes, la verdad. No es algo que se pueda ocultar.

-Mis admiradoras tienen otro parámetro de medida.

-¿Ah si? ¿Cuál?

Edward levanta las manos con los dedos bien estirados. Isabella traga saliva.

Muy inteligentes esas fans...mamma mia.

-Aaam...en tu caso sería dedos largos...¿grandes guantes? Oh, oh, espera. También me acuerdo cuando hablan de las cláusulas de desnudo -empieza a citar de nuevo- Podrá ser mostrada la parte superior de las nalgas pero no los glúteos o si se necesita un doble para los glúteos el artista deberá ser consultado. ¿Sabías que en la realidad Julia Roberts tuvo un doble de piernas en Pretty Woman? Alucino ¿Tienes doble de culo, Edward?- pregunta como si nada- ¿o existe algún pasaporte en el que aparezca, profesión: culo de Edward Cullen?

-No, Bella, no tengo doble de culo.

-Mmm, pues tienes un buen culo- aprecia encogiéndose de hombros y haciendo un gesto optimista con sus labios.

-No me cambies de tema- el que quiere cambiar de tema es él. No es que se sienta exactamente cómodo hablando de su culo- Tenías todo preparado desde el principio, la esfera terrestral estaba trucada, me vas a llevar a un lugar extraño lleno de griegos y me torturaréis para que os de todo mi dinero. Luego me cortaréis por partes y enviaréis mis orejas a mi familia para que os paguen el rescate.

-Edward, no me pifies el plan ¿de acuerdo?- bufa enfadada mientras guarda la fotografía en una cajetilla cuadrada metálica.

-O peor aún- sigue él creando su propio guión- me cocinaréis y me comerán en China Town.

-Curiosa versión de Sweeney Todd, nada mal. Un remix oriental.

-¿Me esparcerás crema solar?

-En toda piel expuesta al sol- y Edward se salva por los cristales de las gafas, porque Bella está dirigiendo una mirada ardiente y prometedora de la cual no puede ni quiere huir- ¿una mamada a Bob Esponja? Si mezclas el semen de Bob con el del Pitufo, tus labios serán verdes- le ofrece inocentemente cuando guarda la cámara y saca sus golosinas. Él niega divertido con la cabeza.

Después navegan sobre el asfalto y se paran en absolutamente todos los tenderetes. Nadie los reconoce, Edward se siente libre bajo la prisión de alguien que no es y Bella...Bella está concentrada en tocarlo todo y hablar y hablar y volver a hablar. Claro que él le contesta de vuelta.

-¿Te gustan las antigüedades?

-Estos son falsos, la plata siempre tiene sello.

-Esos tienen sello, Isabella.

-¿Me llevas la contraria?- amenaza de vuelta.

-Mira esas plumas, ¡son preciosas! ¿Sabes escribir en pluma? Es más difícil de lo que parece.

-Lo sé, tuve que aprender a utilizarla para varios capítulos de Time's Owners.

-Un sello del siglo dieciocho...fascinante. Mi padre colecciona sellos.

-Acércate, mira qué baratos están los vinilos.

-No hay ninguno de Van Morrison.

-¡Me mentiste! Dijiste que tu cantante favorito era Leonard Cohen.

-Son imposibles de elegir uno sobre el otro, es como elegir a un hermano. Me gustan los dos. Además, tú eres la mentirosa, ¿Justin Bieber? Permíteme no creerte.

-Johnny Cash y Freddy Mercury, no puedo elegir, son como elegir entre hermanos.

-¡Golosinas! Quiero más, necesito más golosinas. ¡Mega golosinas!

-Pero si ya tienes una bolsa llena.

-Nunca tendré suficientes golosinas. ¡Mega golosinas!

-¿Por qué te rascas tanto la barba? ¿Te pica? La barba, digo.

-¿Qué insinúas?

-Mira esta pulsera, lástima que sea naranja, odio ese color.

-Oh mira allí, hay gorras y sombreros, ¡vamos!

Emocionada prueba uno y otro sobre la cabeza de Edward. Pequeño, grande, viejo, caro. Ella rebusca, Edward la mira. Bella le prueba otra vez y otra y otra. Él sonríe cada vez que frunce el ceño no muy convencida. Y algunos minutos después, encuentra un sombrero precioso. Negro, escondido debajo de muchos, es de cuero y tela y huele a antiguo. Ella se lo pone en su cabeza.

Y es perfecto, le queda perfecto, parece que el sombrero solo sea una extensión de él. Bella se lo regala aunque Edward diga que no hace falta. Cuando ella hace un gesto con su pulgar alrededor de su cuello escribiendo en su piel sin palabras algo así como "calla o te mato" Edward la deja hacer.

Siguen caminando, entran en las tiendas, observan todos los productos, hablan sobre los objetos extraños y charlan con los vendedores que intentan venderles algunas manualidades propias.

En un tenderete de frutas y verduras Bella se detiene para comprarse una manzana. Antes de comprarla se lleva a su nariz algunas piezas de fruta como melocotones y peras. Aspira con los ojos cerrados sonriente. Edward se detiene a observar la manera en la que disfruta del olor.

-Mira Edward, huele. Se nota que son de cultivo propio. Seguro están riquísimas. ¿Quieres algo?

-No, gracias.

-¿Quiere algo señorita? Todo lo que ve proviene de la granja Garsons. Solo cultivamos frutas y hortalizas ecológicas.

-Si, lo sé, se nota en el olor- sonríe Bella al dependiente- Deme dos manzanas.

Las paga y le entrega una a Edward.

-De verdad que no quiero, Isabella.

-Que te la comas, te digo. No sabes apreciar lo bueno.

-No, gracias.

-Deja de hacerte el macho británico "yo solo como grasas y rosbif porque soy inglés" y pruébala.

-No.

Al final, después de una breve pelea, Edward cede. Más que nada porque Bella le pone la manzana en la boca a la fuerza.

Siguen andando. En la intersección de Westbourne Grove con Portobello Road, cientos de máquinas de coser antiguas están expuestas tras el escaparate de cristal. El establecimiento de la cadena AllSaints Spitalfields impresiona más por su decoración que por sus diseños textiles, aunque la ropa es hermosa, moderna con un toque indrustrial. Bella vuelve a sacar su polaroid y sin que se de cuenta dispara otra fotografía con Edward observando la maquinaria.

-¿Entramos?

Cuando Edward gira ella ya está entrando.

Artilugios como ruecas, tuberías de aspecto oxidado, de un color metálico anaranjado, engranajes con pintura negra simulando grasa lubricante, raíles industriales alrededor de las estanterías de madera vieja y gruesa. Todo forma parte de la decoración. Unos jóvenes dependientes les ofrecen unos iPads para recorrer la tienda escuchando música.

-No me digas que eres de esas chicas que aman comprar ropa- pregunta interesado mientras mira una camiseta que le ha llamado la atención.

-Está claro que no me conoces. Ooooodio comprar ropa, lo odio, lo odio- repite negando la cabeza rotundamente- Pero esta tienda me gusta, te dan música para que sea más ligero esta tortura y encima la ropa es bonita- ella escucha como él ríe y le enfrenta- ¿de qué te ríes? ¿Qué he dicho?

-No, nada Isabella, es solo que eres la primera mujer que conozco que odie comprar ropa. No sabía que existieran.

-Pues ya ves, nada es imposible- murmura mientras separa las perchas para observar mejor las prendas.

-Mmm...Isabella...esto es la sección de hombres- se rasca detrás de la oreja.

-Lo sé.

-Y tú eres mujer- dijo con obviedad- ¿por qué lo eres no?

Ella se detiene y Edward piensa que la ha cagado. Ella se gira y él mira su cara. Si, la ha cagado bastante.

-¿Te parezco un hombre?- y otra vez arquea esa perfecta ceja con el pequeño lunar al final del arco.

-No, no...por supuesto que...-intenta disculparse rápidamente. A Edward le gustaría justificarse explicándole que no tiene sueños eróticos con hombres y que los pezones que muerde mientras duerme no son pezones masculinos, pero no cree que sea una buena situación para dicha justificación. De igual manera, ella le interrumpe eliminando las posibilidades.

-La ropa de mujer es nefasta, estrecha y demasiado femenina. Sus diseños son mariposas, mensajes subliminales estúpidos o sin sentido, todo decorado de purpurina que cae y luego me brillan hasta las pestañas dos días. Pero sobretodo, las tallas son pequeñas para alguien como yo. Y no lo digo solo por lo ancho, sino porque las mangas me suelen llegar a medio brazo ¡y no exagero! Tengo que sujetar el filo de la manga y estirar durante unos minutos. Así que trato de no perder mi tiempo en cosas que sé que no van a llegar a nada. Mira esto, me encanta- alza un abrigo con su mano izquierda y pone la percha a la altura del cuello- ¿Le gusta, lord Cbaababead.?

-¿Lord qué?- pregunta riendo.

-Es nuestro código secreto- susurra como un niño confesando el mayor secreto guardado jamás- hoy no eres Edward Cullen, hoy eres Lord Cbaababead y yo soy Aiacaad.

-Ni siquiera sé pronunciarlo.

-¿Qué más da? No es como si te fueras a llamar a ti mismo, solo yo te llamaré Cbaababead.

A veces, las palabras parecen esconder más de un par de significados y varias promesas. Esa declaración, formaba parte de ese a veces. Aiacaad y Cbaababead. Identidades nuevas, corazas que permiten actuar sin miedos y códigos secretos que ocultan la verdad, esa es la composición de esos sujetos.

Salen y entran en la tienda esquinera Alice's. Se pierden entre sus pasillos.

-¡Edward mira!- le guía dónde hay montones de gafas. Ella está mirando unas de bucear- para Grecia. ¿Cómo las quieres? Yo azules.

Se las prueba y hace carantoñas haciendo reír a Edward. Sus ojos se ven aumentados como una lupa y ella se ve hermosamente ridícula en medio de la tienda. Después el dueño del local le llama la atención y se las quita.

-¡Bella!- dice asustado- tu peluca- susurra. Él se la recoloca de manera firme mientras ella lo observa concentrado en la labor. Después pone su gorra en su cabeza y le sonríe. Bella se derrite por dentro porque cree que no puede ser más hermoso cuando sonríe. La sangre se dirige a su cara y se transforma en el color interior de una sandía. Él se empieza a reír porque una mujer tan segura resulta extraño verla ruborizarse a esa velocidad. Las reacciones físicas son incontrolables y Bella no puede ocultar su sonrojo.

-Oh Ukko, no me mires- reniega casi casi haciendo un puchero por la vergüenza a medida que se gira para esconder su rostro.

Él sigue riendo pero le sujeta la muñeca- como le gusta atrapar su muñeca cada vez que ella le quiere evitar- y la trae de vuelta.

-¿Por qué no? Creo que estás encantadora con tus mejillas coloradas.

-Cállate- lo golpea en el brazo sin poder evitar sonrojarse más e intentando ocultar su rostro.

Edward siente un cosquilleo en las manos por poder rodearla y apoyar su cara en la soldadura entre su brazo y su cuello, pero piensa que es premeditado y que seguramente, el retortijón que Bella le ofrecería a sus bolas no sería buen resultado. Chico precavido.

Salen de allí con un par de gafas de buceo. En medio de la calle se encuentran tres hombres tocando en sintonía una canción animada. Medio hombre, medio bizcocho se hacen llamar. Es de esas canciones que alegran el día hasta la persona más triste. Bella no se lo piensa. Empieza a bailar, si es que se le puede llamar así al movimiento que hace con piernas y brazos. Edward la mira sin poder parar de reír. Le invita a que baile con él pero Edward niega avergonzado. Los músicos se ríen cuando un par de chicos se suman a su baile y se mueven como si estuvieran borrachos, porque la canción parece que fue compuesta durante una buena borrachera. Edward para de reír abruptamente cuando uno de los dos se sobrepasa con Bella y los animados toques. Fulmina con sus ojos al capullo, aunque Bella le demuestra que no necesita superhéroes. Se detiene y después de sonreírle insinuándose bajo sus gafas, le retuerce la oreja unos segundos al chico. Los músicos y todos los de alrededor aplauden cuando finaliza la canción y ven al hombre sobarse la oreja. Isabella da una reverencia, deja un par de libras en la funda de una guitarra y vuelve con Edward.

-¿Qué ha sido eso?- no sabe si sentir miedo de Isabella o reírse del capullo sobón.

-Se ha querido pasar de listo el pobre- se encoge de hombros restándole importancia. Edward anota en su mente: protección de orejas...y de partes nobles por si acaso. Si, el mejor suspensorio de Inglaterra. Con coquilla, si puede ser- ¿Dónde me vas a invitar a comer?

-A la mejor hamburguesería del planeta.

-¿El McDonalds?

-¿Qué?- dice sorprendido.

-Oh, no me jodas que eres más de Burger King.

-¿Te gusta más el McDonalds?- pregunta con escepticismo.

-¿Eres team Burger King? ¿En serio?

Se miran sorprendidos los dos, sin poderlo creer.

-Traidora...-musita Edward.

-Esto no tiene futuro- responde decidida- Burger King...oh todopoderoso Ukko.

-Lo siento Aiacaad...te condenarán a muerte en la plaza.

-Infinito desprecio- sigue ignorándolo.

Los dos se ríen por sus diferentes gustos.

-He dicho hamburguesería, no comida basura.

-Oh...de acuerdo. Pero que sepas que no te perdonaré lo de Burger King.

-¿Quién ha dicho que YO te vaya a perdonar por lo del McDonalds?

Ella le mira desafiante pero recibe una mirada de la misma categoría. Sonríe y Edward se da cuenta que esconde algo tras ese gesto cordial.

-¿Que estás tramando?- inquiere desconfiado.

-Nada- el tono inocente en el que contesta dista mucho de lo que piensa.

Ella acentúa su sonrisa y con ello, el miedo y la intriga de Edward. Hace bien al dudar de sus buenas intenciones. Sin que lo pueda esquivar, Isabella lanza su mejor izquierdazo en su barriga y hace que él se tambalee sobre sus piernas por el golpe.

Ella ríe por la cara con la que se ha quedado. Después evoluciona su risa en carcajadas cuando Edward se acaricia el cojín por encima de su camiseta y susurra a su falso vientre: "Ya está bebé, ya está pequeñín...es una chica mala, no dejaré que se acerque a ti más. Capaz sería de llevarte a McDonalds."

-Deja de hablarle al cojín- consigue decir entre carcajadas. Su puesta en escena es genial.

-No la oigas cariño, no...tú eres real. Que no te intente convencer de lo contrario- él sigue tocándose el vientre.

Ella intenta volver a lanzarle un puñetazo pero él lo esquiva, le agarra la muñeca, aproximándola a él mientras ríe.

Edward la observa de cerca. Y ella también.

Él observa su sonrisa, un retrato de felicidad que fotografía en su mente. Ella observa sus gafas, deseando quitárselas para fotografiar sus ojos verdes. Sus labios azules respiran sobre el otro en los breves centímetros que los separan.

Ella carraspea y Edward sube su mirada a sus ojos, tapados también con las lentes gatunas.

-Está en verde, Dr. Alex Hesse.

-Si, claro- espeta al soltar su muñeca- ¿Alex Hesse?- pregunta extrañado mientras cruzan el paso de cebra.

-Vaya, vaya, ¿has visto, Junior? Que poco cinéfilo es papá...- ella toca su vientre con burla.

-¡Oh, claro!- aprieta los ojos al recordar la película- Nunca olvidaré la cara de parto de Arnold Schwarzenegger.

-Horrible- musita negando su cabeza y buscando su cajetilla de cigarillos.

-Fantástica.

-Oh, vamos Edward, parece que está pisando un lego con el pie.

-¡Exacto! Es genial- proclama abriendo sus brazos ampliamente y haciendo reír a Bella.

Ella le ofrece un pitillo. Se detiene y cuando ella se enciende el suyo con una cerilla, enciende otra para Edward, arruga su puño entorno la llama y prende el de él. Retoman de nuevo la marcha y siguen conociéndose poco a poco en el camino. Hablan de todo lo que pueden saber y otras cosas más.

-¿Llevas mucho en Londres?

-Unos meses.

-¿Y qué estás estudiando?

-Te follaría.

Edward se atraganta con el humo del cigarro y empieza a toser abruptamente. Ella se ríe de él y golpea suavemente su espalda.

-¿Estás bien?- él asiente- ¿qué has entendido?- pregunta con malicia.

-Nada, nada...-ella vuelve a reír y se da cuenta que Bella ha dicho exactamente lo que ha escuchado.

-No puedo decir que lo siento, es que siempre quise decirlo -se justifica- Todos mis compañeros se lo han dicho a alguien y a mi nadie me ha preguntado antes así que no se me había dado la posibilidad de contestarlo. Estudio arqueología, aunque soy licenciada en antropología.

Aunque también te follaría, no lo decía en broma. Uuuuna y otra vez, uuuuna y otra vez.

-Wow, dos carreras- murmura sorprendido a lo que ella asiente- Entonces ¿cómo que trabajas en el Museo Británico? ¿No son historiadores los que trabajan allí?

-Si, la mayoría de los que trabajan cursaron historia del arte.

-¿Y tú?

-Yo vine con una beca Erasmus cuando cursaba el tercer año. Me instalé en una casa de universitarios aquí en el centro. Me fascinó la ciudad desde el primer momento que puse el pie. Vagaba por la calles cada vez que podía, fotografiaba todo lo que veía. Enseguida me sentí envuelta en sus aires fríos. Todo es tan mágico aquí. Es serio y gris pero tiene encanto. Es...melancólico pero al mismo tiempo lleno de movimiento. Los autobuses rojos, los taxis negros, los ingleses malhumorados y los ingleses graciosos con sus chistes de humor negro. Sus parques, tan verdes y grandes con sus ardillas revoloteando. La lluvia y el olor a humedad. Sus puentes, el río, los edificios, el metro, las cabinas...¿Qué puedo decirte que no sepas?- dice haciendo sonreír a Edward- Me enamoré de la ciudad y un día, cuando subí a London Eye y la observé desde las alturas me dije: quiero vivir aquí. Así que investigué en los lugares que podría trabajar si buscaba un sitio dónde vivir. La primera opción fue el Museo Horniman, es el especializado en antropología e historia natural, pero claro, Isabella Swan entró otro día en el Museo Británico y con solo ver el atrio, supo que quería trabajar allí. Hice las consultas necesarias pero la lista de admisión que hay para ser empleado es algo así como infinita. Especializados de todo el mundo quieren trabajar allí y yo no era una especializada en nada concreto de lo que se expone. Peeero, pero, soy muy cabezota cuando me lo propongo.

.¿Tú? ¿Cabezota?- interrumpe Edward- No, para nada...¿Cuánto tiempo me has hecho esperar para este día?

-Oye, acepté tu cita cuando me fuiste a buscar por primera vez al museo. Yo no fui quién trajo el contrato ese absurdo ¿recuerdas?- se justifica ella.

-Yo no quise...

-Déjalo, Edward. Fue un error. Punto. Como iba diciendo...-Edward la observa y agradece a quién haya creado a esa mujer por perdonar ese error tremendo que se arrepentirá siempre- soy muy cabezota. Me puse a estudiar todos los objetos que tenían en exposición. La mitad de departamentos. Normalmente los opositores se presentan solo a un departamento de su especialización. Yo me presenté a cuatro.

-Dios mío, ¿estudiaste medio museo? Estás loca.

-Pero ese no fue mi as bajo la manga.

-¿Cuál fue?

-Los seis idiomas que hablo.

Él detiene el paso. Se queda estático y dirige su mirada a Isabella.

-Me tomas el pelo- dice serio.

-Claro que no, ¿por qué iba a hacerlo?

-¿Seis idiomas? No es posible.

-Por supuesto que si. ¿Sabes qué pasa? Que los ingleses sois unos engreídos porque os pensáis que sabiendo inglés llegáis al fin del mundo. Y estáis equivocados, porque para empezar el idioma más hablado es el chino y el segundo, aunque la gente piense lo contrario que los datos oficiales, es el español. Así que no vayáis tan de listos, ¿cuántos idiomas sabes hablar tú, eh? Vamos, listillo ¿cuántos?

-¿Me estás retando?

-Todo aquel que nazca en un país que no se hable inglés tiene que aprenderlo, pero claro, los que nacen dónde se habla inglés, a la mierda aprender otro idioma. ¿Para qué? Oh sabemos inglés, vamos al fin del mundo que nos entenderán sin problemas- imita con acento británico cerrado- Cuantos, va, contesta.- exige sintiéndose ganadora.

-Sé tres.

Ella ríe con cinismo.

-Intenta convencer al mundo de eso en tus entrevistas porque conmigo no cuela.

-Inglés- sigue determinado él- francés y selgni. (*)

Isabella lo mira con escepticismo.

-Te lo estás inventando.

-Claro que no, pregunta lo que quieras.

-Cómo se dice quiero comerme una manzana caramelizada en francés.

-Tu obsesión por las golosinas no es el buen camino, Isabella.

-No te vayas por la tangente y contesta.

Él respira profundamente, hace un gesto con sus cejas e improvisa.

-Legalité, fraternité, liberté... a baggette au crossaint mouline rouge madamme.

Ella no puede evitar troncharse de la risa con ese intento de francés sin sentido que se acaba de inventar.

-¿Qué, de qué te ríes? ¿Acaso tu acento es mejor?

Ella sigue riéndose y Edward está empezando a amar su sonrisa. Se siente poderoso haciéndola reír de esa manera, sin tapujos en su escandalosa carcajada.

-Decir palabras sueltas en francés y el lema oficial de Francia no significa que sepas hablar francés.

-Como que no, crees que tú lo puedes hacer mejor, eh.

-Pues claro. Voulez-vous coucher aver moi, ce soir.

Edward siente sus pelos ponerse firmes por la insinuación.

-Oui.

Ella le saca el dedo medio.

-Grosera- dice sonriente.

-¿Y se puede saber qué es el selgni? Ese si que te lo has inventado.

-Claro que no. Oerc euq sere al rejum sám asoicerp euq eh otsiv acnun.

Ella le mira dudosa. Él tiene el gesto de orgullo germinado por toda su cara. Y se ve putamente follable con esa sonrisa vanidosa torcida, aumentando su ego.

-Así que sabes hablar inglés, finés, italiano, francés y...-pregunta a tientas.

-No hablo francés. También sé hablar español, catalán y sueco.

-Oh vamos, no te creo.

-Pues no me creas, no te obligo a hacerlo.

-Es aquí- declara señalando el local. Sujeta la puerta y deja que Bella pase primero. Ella quiere saltar porque aún quedan en el planeta este tipo de hombres caballeros, aunque claro, si se girara y viera que Edward ha aprovechado su caballerosidad para mirarle el culo, no querría saltar tanto.

¿Qué? Edward es un hombre de culos. De tetas y de culos pero más de culos e Isabella tiene uno muy...

-Nunca había venido aquí- murmura girándose. Edward sube rápidamente sus ojos y se libra por los pelos. Aunque el alzamiento de ceja de ella parece declarar que se ha dado cuenta.

-Bienvenidos, ¿mesa para dos?- pregunta el camarero. Los lleva a una mesa del final con los sillones forrados en piel de un color entre marrón y púrpura. El suelo es de color blanco con esferas de diversas tonalidades azules. Tiene un diseño sencillo y moderno pero a la vez elegante y pulcro para tratarse de una hamburguesería. Las lámparas rojas descienden lateralmente de la pared y las puertas son del mismo color. Incluso la pared opuesta a su mesa tiene una ondeante textura, como la arena del desierto.

-Byron, Proper Hamburguer. Querida Aiacaad...

-No soy tu querida.

-Queridísima Aiacaad- ella le lanza la servilleta a la cara- le llevo veintisiete años de ventaja en esta ciudad. ¿Cree que pueda contarle algo que no sepa?

-Engreído.

-Apaug.

-Deja de hablar en ese idioma inventado tuyo.

-On oreiuq.

Ella rueda los ojos.

-Eres un niño.

-¿Cómo prefieres que te llame, Bella o Isabella?

-Todos me llaman Bella, pero tú llámame Isabella.

-¿Por qué?- dice frunciendo las cejas.

-Porque me da la jodida y puta gana- actúa ella de manera grosera, levantándose abruptamente.

Porque todos me llaman Bella y yo quiero que tú no seas todos, porque mi nombre suena de maravilla en tus labios, porque pocos conocen a Isa, todos a Bella y ninguno a Isabella.

Él levanta las manos en señal de paz y ella termina sonriendo y pestañeando de manera ridícula a propósito de manera exagerada, disimulando sus palabras grotescas con su actitud divertida.

Después miran la carta y el camarero les pide la comanda.

-Yo quiero la hamburguesa completa y una cocacola- pide Edward.

-Y yo lo mismo. Con doble de queso. Y la cocacola de cereza. Oh si, y ponle doble de tomate también. ¿Sabes qué? Mejor tráeme dos cocacolas, así no tendrás que volver porque te la pediré cuando me acabe la primera. Gracias- dice amable al camarero entregando la carta- Como puedes ver sigo una dieta severa- se dirige a Edward cuando el camarero se aleja.

-Oh si ¿qué dieta?

-La dieta de ser feliz comiendo lo que me da la gana.

-Vaya. Pocas mujeres siguen esa dieta.

-Pocas son felices, pues.

El camarero trae la bebida y unas patatas fritas de entrante y se marcha.

-¿Sabes? Admito que tu entrada estelar en el baño no me la creía al principio, pero me hago a la idea que era cierta. Has pedido directamente dos latas de cocacola. ¿Por qué de cereza?

-Bebo mucho. No tengo otra justificación. Hay que beber dos litros de agua al día, solo que el agua no me gusta porque, sinceramente, es insípida, así que bebo dos litros de té. Me encanta el té. Otra de las razones de porque me encanta la ciudad, pero a veces pasa factura. Mi vejiga y yo nos retamos a ver quién puede más hasta que una de las dos se rinde. Siempre termino rindiéndome yo. ¿Quieres probarla?- le ofrece su refresco.

-Eso es para chicas.

-Pruébala, te digo- amenaza.

Él la prueba pero la cara de desagrado habla por si sola. Ella se ríe y le dice que él se lo pierde. Después Edward coge el tenedor para comerse las patatas.

-¡Ni se te ocurra!- exclama.

-¿Qué pasa?

-¿Te ibas a comer las patatas con el tenedor? ¿En una hamburguesería? ¿Estás loco?

Él suelta el tenedor como si quemara y mentalmente junta las manos para agradecer a la ente superior por haberle traído a esa mujer. Todas las anteriores le acusaban con la mirada cuando comía las patatas sin el utensilio y esta vez, cuando decide hacerlo correctamente, Bella es la que lo juzga por coger el tenedor. Contradictorio y liberador. Edward puede comer como le da la gana y eso es fantástico.

-¿Cuantos años tienes?

-Esa pregunta es políticamente incorrecta para un caballero.

-Pensaba que no eras de esas mujeres que se ofendían por la edad.

-Veinticuatro.

-Oh...solo aparentas cuarenta y tres, no te preocupes, te conservas muy bien- ella vuelve a lanzarle la servilleta riendo.

-Cuéntame más. ¿Dónde estudiaste antropología? ¿En Finlandia?

-No, no. Yo...bueno, en Finlandia tenemos el mayor índice de educación y formación de toda Europa. Los profesores tienen una formación severa y un reconocimiento social elevado, son como pequeños héroes y los tratamos como tal. El sistema educativo es excelente, se invierte mucho dinero público, no por ello somos los mejores en ese ámbito. El sistema le da mucha importancia a los idiomas, no como los angloparlantes- se burla ella- y como yo estudiaba español, decidí aumentar el nivel viajando a España y cursando la universidad allí.

-Pensaba que la universidad en Finlandia era gratuita.

-Si, lo es. Pero yo...no quería quedarme allí- murmura algo incómoda.

-¿Fuiste a Barcelona?

-¿Cómo lo sabes?

-Has dicho que sabías catalán.

-Muy atento, lord Cbaababead- él se sacude el polvo imaginario de un hombro de manera orgullosa- Cuando me marché, me dije a mi misma, ya que voy a España, me quedo en el mar.

-Te gusta el mar.

-Me encanta el mar- contesta soñadora- es azul.

-Tu color favorito.

-Mi color favorito. Muy observador, lord.

Las hamburguesas llegan y ninguno de los dos se molestan en cortesías, empiezan a comer como dos vagabundos hambrientos.

-¿Y el sueco entonces?- curiosea terminando de masticar el bocado.

-El sueco me enseñó mi abuela Ágata- contesta con un deje meláncolico y orgulloso- en Finlandia un tanto por ciento de la población habla sueco. Cada vez se está extinguiendo más, pero tuve suerte y lo aprendí de ella.

-¿Cómo es tu abuela?- pregunta interesado. No se cansa de escucharle hablar.

-Mi mormor...-suspira brevemente sin poderlo evitar por el recuerdo- era de esas mujeres espirituales y ancestrales. Llena de conocimientos oscuros y algo perversos- ríen los dos acorde- Siempre me explicaba cosas que no debía saber una niña de diez años pero ella me repetía que no era como las demás, que era especial, así que ignoraba a mi madre cuando le advertía que parara de decirme cosas profanas. De especial tengo poco pero supongo que todas las abuelas dicen eso a sus nietos. No sé, era muy enigmática, siempre tuve la sensación que a pesar de conocerla nunca sería suficiente. Era un mar de secretos que ella guardaba en su interior. A veces decía cosas... como si supiera el futuro y lo viese por una bola de cristal ¿sabes? Yo siempre le llamaba bruja, pero ella no se enfadaba, al contrario, sonreía misteriosamente como si supiera que llevaba razón. Insistía en que me casaría con un hombre bondadoso y leal, de esos que son escasos pero siguen existiendo, que tendría una hija igual de preciosa que su padre y rebelde y traviesa como yo de pequeña. Tres perros, una casa con chimenea en el comedor, bla, bla, bla- vuelve a reír- yo le decía que si a todo de la misma manera que se le dice que si a un loco pero ella me miraba de manera intensa queriendo llevar razón. Además era hermosa, su piel de un color muy pálido y su pelo canoso, no se molestaba en teñírselo. Tenía pocas arrugas para su edad. Me gustaba tocárselas para hacerla enfadar pero a ella no le molestaba que lo hiciera. Se sentía muy orgullosa de cada una de ellas, igual que sus canas. Decía que las arrugas era señal de haber vivido mucho tiempo.

Él se queda callado varios segundos, sin comer de su hamburguesa.

-¿Qué ocurre?- murmura divertida por el incómodo silencio mientras se echa un poco más de mostaza- ¿Te aburro? - pregunta incómoda.

-No, para nada, te lo aseguro. Es solo que...me resultas muy interesante- confiesa con sinceridad.

-Mmm...gracias- se ruboriza enseguida y se remueve algo incómoda. Bebe de la lata para disimular pero es imposible.

¿Por qué coño le estoy hablando de mi abuela? ¿No hay códigos ni reglas establecidas sobre las conversaciones de citas para saber si es correcto hablar de abuelas en la primera cita? Joder. Piensa que estoy loca y que es hereditario.

-Me hubiese gustado conocer a tu abuela. Ese tipo de personas siempre hablan de manera que te dejan asombrado. Con sus actitudes misteriosas que te atraen sin saber porqué.

-Ella era genial- deja de vuelta el envase metálico en la mesa- Estaba loca y esté dónde esté seguirá siendo igual. A mi me encantaba porque no era como las demás abuelas. Quiero decir, mi otra abuela, Antonietta, era todo lo contrario. Era muy creyente y devota de Dios, siempre me regalaba rosarios y me obligaba a ir a la iglesia cada domingo cuando estaba en Italia. Ellas eran dos fuerzas opuestas, pero la fuerza oscura siempre me atrajo más.

Fantástico Bella. Ahora pensará que te han torturado mentalmente las dos y por eso tú dices cosas sin sentido que a él ni le interesan. Pues si no le interesa que no pregunte.

Por unos breves segundos se vuelven a quedar callados hasta que Edward retoma sus preguntas.

-¿Te gusta la fotografía? Esa cámara aparenta tener su edad.

-¿Estás llamando vieja a mi amiga?- finge enfadarse.

-No, no...es toda una dama.

-Lo sé- dice con orgullo- Me acompaña desde losquince. Me la regalaron por mi cumpleaños. Me encanta inmortalizar momentos, personas y lugares. A veces tonterías, no te engañaré, aunque no me gusta retocar las imágenes con efectos o programas informáticos, ya sabes, rollo hipster moderno. Me gusta fotografiar las cosas tal y como son, de manera sincera y fiel. La polaroid es instantánea, por eso me gusta, porque no miente a la realidad. Es una cámara con el ojo humano. Estoy pareciendo algo chiflada me da la impresión- exclama riéndose de si misma.

Él la acompaña sonriendo, sin embargo piensa que es una mujer natural. La primera mujer natural que conoce en toda su vida, incluyendo los tiempos en que era Edward cabeza espermatozoide. Ella no tiene estudiado lo que va a contestar y no lo medita previamente.

-¿Qué se siente?

-¿El qué?- dice terminando su hamburguesa.

-Ser el que hace las preguntas de las entrevistas en vez de contestarlas.

Gira su cuello a un lado y otro, estirando sus brazos- Bien, se siente muy bien ahora que lo dices.

Los dos se dedican una sonrisa. Él le agradece eso y ella se siente bien haciéndole sentir bien.

Isabella se limpia las manos en su servilleta y con toda la confianza del mundo se sitúa al lado de él en su sofá. Extrae la caja metálica dónde guarda las instantáneas y le muestra las que ha hecho antes que él llegara. No se atreve a enseñarle todas las que le ha hecho a él mientras miraba algunas tiendas. Se ruborizaría hasta las uñas de sus pies.

-¿Te gustan?- pregunta con inseguridad.

-Me encantan- y no miente, las pasa con delicadeza entre las puntas de sus dedos como si fuera un documento antiguo.

Después las guarda y vuelve a su sitio. Internamente ninguno desea romper esa cercanía.

-Bueno, mis películas. ¿Qué te parecen?- dice algo retraído pero ansioso.

-Tan pésimas...

Edward lo cree y siente el techo del planeta caer sobre él. Ella ríe estruidosamente por su cara.

-¿Te lo has creído?- vuelve a reír- me voy a presentar a un cásting. Yo también se actuar muy bien por lo que veo. Me han gustado algunas más que otras, lógicamente. El problema es...que no tengo ninguna duda en que la gente debe halagarte hasta cantidades inimaginables y entonces, si te digo que me gusta tu trabajo, serás más engreído que antes. Tengo dos opciones para mostrarte mi opinión. La primera es seguir la corriente a todos los que hacen críticas positivas por tu actuación y la segunda es mentirte y decirte que no tienes futuro y actúas como el culo. Me da la sensación que cualquiera de las dos aumentaría tu ego y ese no es mi objetivo.

-Es decir, que te han gustado pero no quieres inflar mi ego admitiéndolo.

El silencio de Isabella habla por si mismo. Ella se muerde una uña mientras lo observa. Se sentiría tonta diciendo que lo admira desde antes de ver sus pelis.

Una vez Edward paga la cuenta, tal y como ella le condicionó, le enseña la lista de posibles encuentros. Edwars se ríe con cada uno de ellos pero cuando Isabella dice que están basados en hechos reales de su vida cotidiana, Edward cree definitivamente que está loca y chiflada. Y eso le fascina. Después vuelven a pasear en dirección opuesta para volver a sus casas. En el camino, Bella se para en Hummingbird Bakery y se compra un cupcake relleno de chocolate y avellanas recubierto de fresa. Insiste en comprarle uno a Edward pero no es un hombre que le guste muchos las cosas dulces. Así que le ofrece un café y él lo acepta. Edward le pregunta sobre sus amigos. Ella le contesta que son los compañeros de universidad con los que mantiene el contacto y que son los mismos que quedan cada viernes para ver Time's Owners. Que todos admiran la serie y se quedan horas hablando de ella creando hipótesis y criticando lo que no les gusta. Le explica la manera en que Lucy suspira cuando aparece en pantalla. Admite que ella lo hace cuando aparece Nicholás, aunque por dentro suspira por él, pero no quiere inflarle el ego y parecer ridícula, como todas las que suspiran por él como tontas enamoradas. Luego le pregunta sobre las cosas que no le gustan, siguiendo el juego que estableció ella. Y se sorprende de algunas cosas que no le agradan.

-No me gusta Oasis, su música es mierda, su cantante es un mierda y Wonderball es la canción más infravalorada que he escuchado nunca.

-Wonderball es la primera canción que aprendí con la guitarra- reprocha él.

-Pues es una mierda- reafirma con seguridad- El rap me aburre.

Él abre la boca sorprendido y le contesta que de adolescente escribía rap y que quería formar su banda de rap. Tampoco le gusta la comida japonesa y Edward come sushi como... dos veces a la semana, mínimo. Ella no se molesta en esconder su disgusto, ya le advirtió que es mejor conocer las cosas que no gustan antes de las que gustan. Le deja claro que no piensa cambiar sus gustos por nadie.

-Si quieres buscar una chica compatible cien por cien contigo, te deseo suerte.

Él no disiente, si no, ¿dónde estaría la diversión?

-No me gusta cuando quito la etiqueta a algo y se rompe la pegatina del código de barras, el sonido de los vasos al romperse, la prepotencia ilimitada, la falta de respeto, observar perros abandonados por las calles, las personas con la mente cerrada, Scooby-Doo, la gente que no lee libros, perder el tiempo, aburrirme,...

Así sigue hasta que a medio camino empieza a llover de manera abrupta y se reguardan bajo el balcón de un edificio.

-¿Tienes prisa por llegar a casa?- pregunta él. Ella niega aunque debería asentir. Tiene que estudiar porque quedan solo semanas para sus exámenes, pero no quiere despedirse de él todavía.

Edward coge su mano y empiezan a correr bajo la lluvia. Las gotas de agua golpean sus rostros, picando por la velocidad a la que van sus pies. No les importa, son libres y felices, en ese tiempo y en ese espacio. Ríen y parecen dos locos corriendo mientras la gente les observa desde los locales. Son tan jóvenes que no les importa nada. Sus pelucas y sus vestimentas les protegen del resto y Notting Hill es dominada por sus almas sonrientes.

Pocos minutos más tarde, Edward la adentra en un edificio viejo.

-¿Qué es esto?

-Vaya, vaya...qué poco cinéfila eres. No conoces el cine que aparece en la película Notting Hill.

Ella se lleva las manos a la boca por la sorpresa y después aplaude emocionada.

-Espera- Edward lleva el pulgar a su mejilla y refriega el trozo de piel- se te ha corrido...el lunar impostor- dice sonriéndole amablemente.

Se me acaba de correr otra cosa. Ay por favor...qué guapo eres, por Ukko, Thor y todos los dioses nórdicos juntos.

-Gracias.

Se deciden por Asesinos de élite, más que por la trama por el reparto. Error.

Edward se divierte lanzándole palomitas a Bella, ella le ignora porque insiste en ser Hugh Grant por un día. Tal y como hace William en la película homónima, se pone las gafas de buceo en la sala del cine. Edward se dobla de la risa por la forma de su boca abierta intentando respirar. Parece pez fuera del agua. Le lanza palomitas a la boca y Bella las intenta atrapar porque también se está aburriendo de la película. Demasiado comercial y mediocre. Alguien le llama la atención desde las butacas de atrás y Bella se ríe de él maliciosamente como una niña pequeña que observa a su hermano mayor ser regañado. Él vuelve a lanzarle palomitas. Al final se rinde cuando Bella intenta meterle las suyas por su nariz.

Una vez De Niro, Statham y Owen terminan de dispararse entre ellos y hacerse los buenos y malos, Edward y Bella se dirigen a la salida y vuelven a la calle.

Bajo el cielo azul oscuro, en un balcón del barrio, el sonido de un violín colma las aceras. La cabra violinista que lo toca, a pesar de ser una aprendiz, ya se siente virtuosa y enseña sus dientes por la ventana a todo aquel que se ríe del sonido.

-Bueno...-comienza Edward arrastrando las palabras- ha sido un día productivo.

-¿Nos vemos mañana?- pregunta Bella sin titubear.

Él sonríe por su entusiasmo.

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(*)

Mew: calle privada sin salida.

Selgni: no es ningún idioma, es hablar al revés. Selgni al revés es inglés. El misterio de Edward a la porra.

Y colorín, colorado, el capítulo ha acabado.

Gracias por leer!