Aquella era su última noche en Hogwarts. Hacía rato que sus amigos habían bajado a la Sala Común para la pequeña celebración que tenían preparada, a modo de despedida, para todos los alumnos de su casa. Sirius sonrió de medio lado. Sabía en qué consistiría: James daría un largo discurso sobre cómo perpetuar el legado de los Merodeadores y Lily le cortaría a la mitad para recordar que aquello era un templo del estudio y que no olvidasen que todo lo que aprendiesen allí les serviría para su vida futura. Pero él no tenía cuerpo para celebraciones. Además de una gran resaca, Sirius tenía una sensación extraña en el cuerpo. No era sólo la melancolía de dejar atrás siete años maravillosos en el colegio... Era miedo ante lo que estaba por venir.
Podría sonar paradójico -y a él se le antojaba irónico- que un Gryffindor tuviese miedo, pero de un tiempo a esta parte había notado cambios en él que le aterraban. Siempre había sido un chico con un fuerte carácter y mal genio que prefería ladrar a dialogar, pero la violencia nunca había sido un recurso para él. Estaba aterrado por esos momentos en los que su mente se nublaba, por la sed de sangre que sentía, por no ser capaz de controlarlo. No se le habían escapado las miradas fugaces de sus amigos que, preocupados por él habían intentado alejarle lo más posible de cualquier situación que le alterase. Solía preguntarse qué haría cuando estuviese fuera, cómo podría ganarse la vida un chico sin nada: ni familia, ni recursos, ni un carácter apto para recibir órdenes. James insistía en que continuase viviendo con él, que los Potter estarían encantados de ello, que sería como un hijo más, como el hermano que nunca tuvo; pero no podía evitar el sentirse como un intruso.
Se giró sobre sí mismo para observar el techo de su cama con dosel. Quizá se estaba volviendo loco. Era bien consciente de que ya no era el mismo de antes. Siempre había pensado que su futuro era ser auror o alguna profesión similar que le reportase cierta gloria y reconocimiento, pero la oscuridad que imperaba tras los muros del castillo no podía combatirse desde las instituciones existentes. Había oído comentar a Charlus Potter que el Ministerio empezaba a corromperse, que había muchos partidarios del que se hacía llamar Señor Tenebroso en puestos de importancia y que, si no se hacía algo pronto, el mundo mágico entraría en una guerra civil. Si se paraba a pensarlo, esa guerra ya había estallado: hermano contra hermano, como le ocurría a él.
Pero él era un rebelde. Luchaba contra todo aquello que se escapase de su idea de la moralidad y el bien. Si algo era injusto, al menos bajo su mirada de adolescente, debía tomar medidas. Pero ya no era un crío. Desde que cumplió la mayoría de edad y sintió tan cercana su salida de la escuela, comenzó a ver las injusticias de otra forma. Y el sentirlas tan cerca, como lo ocurrido a Marlene, le habían abierto los ojos a una realidad que no le gustaba y que no podía transformar a su antojo. Ya no le valía el sabotear una clase porque consideraba que la lección era absurda ni escaparse a hurtadillas para visitar Hogsmeade porque el director le había castigado. Y había contestado a esa impotencia con violencia.
Por un momento, dejó que su mente vagase libre entre el pelo castaño de Marlene, sus ojos verdes, sus cardenales y heridas... Y sintió odio. Todo su cuerpo se fue tensando lentamente, desde sus pies a su ceño. La niebla regresaba y le envolvía como un abrazo. Le costaba buscar buenos recuerdos de ella pues solo veía la palabra puta gravada a sangre en su piel. Aquel deseo incontrolable de golpear algo o a alguien aumentaba por segundos y una lágrima se escapó de su mirada gris.
-No quiero volverme loco.
Su cuerpo fue mutando, apareciendo un pelaje denso y negro y alargando su rostro hasta tomar la forma de un enorme perro negro. Con aquellos colmillos podría desgarrar con facilidad la piel de Rosier, sentir su sangre, y nadie sabría que fue él. Sus patas comenzaron a moverse y descendió hasta la sala común donde el resto de los alumnos jaleaba a James mientras daba, enaltecido, su discurso. Nadie reparó en cómo el retrato de la Dama Gorda le cedió el paso y despareció sigilosamente en la oscuridad de los pasillos. ¿A quién iba a preocuparle un animal que merodeaba por los corredores? La señora Norris apareció entre las sombras de un pasillo de la segunda planta, pero con una simple mirada del gran cánido salió corriendo despavorida. Nadie podría detenerle.
Continuó descendiendo hacia la entrada del castillo. Su objetivo estaba cerca. Podía oler desde allí la humedad de las mazmorras y los restos de pociones del aula. Ya no era Sirius Black, ahora era Canuto, y Canuto no tenía que responder ante nadie. Unas risitas nerviosas y pasos acelerados atrajeron su atención cuando estaba a punto de atravesar la puerta que daba paso a la zona inferior del castillo. De un pasillo apenas visible, cercano al Gran Comedor, que daba acceso a las cocinas y a la sala común de Hufflepuff aparecieron un pequeño grupo de alumnos, pero no se quedó a comprobar de quien se trataba. Salvo los merodeadores, que estaban en la sala común, nadie podría reconocerle.
Sus paso sonaban amortiguados en el silencio de las mazmorras. Pasó junto al despacho de Slughorn y giró a la derecha. Descendió por un corto tramo de escaleras y llegó a la entrada de la sala común. Sólo tenía que esperar a que alguien entrase o saliese para colarse. Después, encontraría a Rosier y le despedazaría. Sin embargo, unas voces atrajeron su atención y en su rostro animal apareció una media sonrisa de satisfacción.
Se giró con lentitud, observando a los tres alumnos que habían detenido su caminata al verlo allí. Podía ver el miedo en sus ojos. Avanzó, gruñendo, y ellos retrocedieron, pero cada paso del perro eran tres suyos: no tenían ninguna posibilidad. Flexionó sus patas traseras para tomar impulso y comenzó la carrera. Le daban igual los otros dos, su objetivo era Rosier, sólo él. El chico comenzó a coger velocidad y le persiguió sin descanso hasta que habían girado las suficientes esquinas como para desorientar a los otros Slytherin, que a buen seguro había ido a buscar ayuda.
Mientras corrían por una de las zonas más profundas del castillo, donde apenas había antorchas que iluminasen el lugar, Rosier tropezó y cayó de bruces al suelo. Se giró y comenzó a gatear de espaldas, arrastrándose por el sucio y empedrado suelo sin apartar la vista del perro que le seguía, ahora a paso lento. Era un cazador tanteando su presa.
Sirius sabía que había llegado el momento. Podía oler el miedo que emanaba el Slytherin. Cargó su peso en las patas traseras y saltó sobre su pecho, inmovilizándole. Acercó el hocico, sin dejar de gruñir, a su cara. Podría degollarle en aquel mismo momento y el mundo se lo agradecería eternamente. La endiablada niebla enfocaba únicamente su vista en su cuello, tenso y estirado del chico. Pero aquello haría todo más fácil, demasiado rápido y muy poco doloroso.
Ladró con furia, escupiendo en su cara y lazó la primera dentellada sobre su hombro. El aullido de dolor de Rosier hizo que su corazón palpitase con más fuerza. Podía sentir el sabor metálico de la sangre en su boca y deslizarse por la comisura de su hocico. Soltó la presa, victorioso, y contempló como el Slytherin se retorcía de dolor.
-¡No!
Aquel grito agudo atrajo su atención de inmediato. No quería público que pudiese avisar a algún profesor antes de que terminara. La niebla, cada vez más densa, desdibujaba la figura de aquel intruso. No. No podía haber testigos. Rosier había dejado de moverse. Tanto ego y tanto orgullo para desmayarse de dolor por un mordisquito de nada... Soltó una carcajada que se convirtió en un ladrido aterrador entre sus dientes. De un ágil salto se encaró al testigo. Si podía liquidar dos indeseables de una vez, nadie podría reprocharle el haber dejado pasar la oportunidad.
Caminó despacio mientras la figura retrocedía. No necesitó coger mucho impulso para saltar sobre su pecho y hacerla caer. Se quedó allí, dejando que la sangre que aún permanecía en su hocico gotease sobre la cara de su nueva víctima. Un extraño olor, uno muy familiar, impregnó su nariz, paralizándole durante un instante.
-Sirius...
Gimoteaba como una niñita de primer curso, pero no le importaba. Sin embargo, lo que sí que le importaba era que supiese su nombre... ¿Cómo era posible? El olor penetró aún más en él hasta asentarse en su cerebro, luchando contra la niebla que le enloquecía y disipándola. Poco a poco, el rostro frente a él tomaba forma... El pelo castaño, los ojos verdes...
Emitió un aullido desesperado, propio de un animal herido, y retrocedió. ¿Qué había hecho? ¿Qué le estaba ocurriendo? Marlene se incorporó lentamente, temiendo que el perro cambiase de idea y saltase de nuevo sobre ella. Sin embargo, cuanto más se acercaba ella, más se alejaba él. El sabor metálico en su boca lo asustó. No entendía nada... Pero un pensamiento fugaz le inspiró: Rosier.
Dio media vuelta y corrió hasta el lugar donde estaba el Slytherin, aún inconsciente, y lo zarandeó, empujándole con su cabeza y golpeándole con sus patas. No, no podía haberle matado. Pero el chico respiraba y su pecho subía y bajaba lentamente. Pero había sangre, mucha sangre.
Unos brazos rodearon su cuello y el calor del cuerpo de Marlene se posó sobre él como una agradable manta.
-Sé que eres tú... -Susurró. -Por favor, Sirius, por favor...
Lentamente, su cuerpo fue perdiendo su capa de pelo negro y convirtiéndose en piel, tela y miedo.
-¿Qué he hecho?
-Sssh... -Marlene trataba de calmarlo, pero temblaba y Sirius no necesitaba ser un perro para saber que estaba aterrada. -Te necesito ahora... Vamos a llevarlo a la enfermería... -Se puso en pie y tiró de él, pero estaba en shock y sólo podía mirar la herida del hombro del chico. -¡Vamos, por favor! Eres un animago ilegal, mayor de edad y has estado a punto de... Esto no se arregla con una palmadita en la espalda y un castigo limpiando trofeos... ¡Vamos!
Sirius se puso en pie, pero su cerebro no asimilaba lo que ocurría, parecía que lo viese desde fuera y no fuese capaz de retener aquella información. Entre los dos cargaron al Slytherin y, a través de pasadizos y escaleras secundarias para evitar ser vistos, llegaron a la enfermería. Sirius se dejó caer sobre una silla mientras Marlene daba explicaciones que él no comprendía a la enfermera. Unos minutos más tarde, ambos salían de la enfermería.
El chico caminaba por inercia, siguiendo los pasos de la Ravenclaw, hasta que esta se detuvo. Tenía el rostro empapado, con restos de sangre esparcidos por sus mejillas. Sirius giró la cabeza y se contempló en el reflejo de una ventana. Su aspecto no era mucho mejor.
-No puedes seguir así... -dijo ella, con voz apagada.
-No... No sé lo que me pasa... Es como si algo me impulsara a hacerlo... -De pronto, un gesto de espanto se dibujó en su rostro y se hizo a un lado para vomitar junto a un parterre de rosas. ¿Cuándo habían salido al exterior? Después de ello, se sintió mucho mejor, o al menos más consciente de lo que le rodeaba. Marlene le apartaba el pelo con cuidado, acariciándole al mismo tiempo. -¿Le he matado?
-No, no, no... -Se apresuró la chica a responder, esperando que eso le tranquilizase, aunque volvió a vomitar. -Se pondrá bien. La señora Pomfrey dice que un poco de díctamo y reposo serán suficiente.
-Voy a ir a Azkaban... Voy a pudrirme en una celda... ¡Quizá sea lo mejor! -Gritó. Temblaba y sudaba. Sentía como su cuerpo poco a poco iba debilitándose, como si un dementor estuviese absorbiendo toda su energía. -Sólo hago daño a quienes me rodean... ¡Oh, joder! Te he atacado...
-Tranquilízate, por favor... Sirius, cálmate... -El chico la miraba de una forma que hundía lentamente a Marlene: con desesperación. -Nadie excepto tú y yo sabemos qué ha ocurrido... Y nadie más lo sabrá, ¿entendido?
-Pero Rosier... Y Pomfrey...
-Ven... -Marlene tiró con suavidad de él para avanzar hasta el linde del bosque prohibido, donde no pudiesen ser oídos. Se sentó sobre un tronco caído y Sirius la imitó. -Cuando salía de las cocinas te vi... Sabía que eras tú porque tu amigo Peter es un bocazas y no sabe guardar un secreto. Hace un mes me sorprendió los cardenales que teníais después de la luna llena y como sabía que ni James ni tú, ni mucho menos Remus, iba a contarme la verdad, fui a por Peter... Una rata, un ciervo y un perro negro casi tan grande como un oso. Cuando me di cuenta de hacia dónde ibas, intenté seguirte pero me perdí y acabé en el aula de pociones. Estaba dispuesta a volver a mi torre cuando oí gritos y os encontré... Nadie más que pueda reconocerte sabrá que estabas allí...
-Tus compañeras...
-A mis compañeras las pedí que se adelantaran, que había quedado con Luke en las mazmorras...
-Eres muy buena mentirosa.
-La mejor. A Pomfrey le dije que tú y yo buscábamos algo de intimidad por ser nuestra última noche en el castillo y que nos encontramos a Rosier así, que creímos que estaba muerto, que nos manchamos porque intentamos taponar la herida... -Se encogió de hombros, intentando dar naturalidad a todo aquello pues parecía que el chico se estaba calmando. -Lo más complicado ha sido dar una explicación de porqué vas descalzo...
Y, al fin, el chico sonrió.
-Eres realmente valiente.
-No, no lo soy... Estaba muy asustada.
-¿Y ahora no?
-Sí, bastante la verdad. -Fue sincera, ella siempre era sincera con él. Por eso Sirius adoraba a Marlene.
-¿Y por qué sigues aquí?
-Porque me asusta más el daño que puedas hacerte a ti mismo. -Pasó una mano por su pelo, provocando que un escalofrío recorriera toda su espalda.
-Te sientes culpable.
-Sí.
-Nada de esto es culpa tuya... Soy yo... Me estoy volviendo loco...
-Entonces, déjame ayudarte. -La chica se iba acercando lentamente a él hasta que sus labios casi se rozaban.
-No. Sólo te haría daño. -Sirius tragó saliva con dificultad. Se moría por besarla, pero no así, no porque le tuviese miedo, no como lo había hecho con Rosier.
-No me importa... Puedo soportarlo, ¿recuerdas?
-Tengo que alejarme de todo... de todos...
-Entonces te seguiré.
El chico no pudo soportarlo más y la besó. Lo hizo con fuerza y furia, con desesperación. Sentía que aquellos labios eran lo único que le ataban a la cordura, un agarre firme al borde del abismo de su mente. Era su última noche en Hogwarts, pero aún tenían la eternidad por delante.
