Reflejo de un camino

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—¿Hambriento, asesino? —sonrió ella entre sus labios.

El águila besó su cuello lenta y profundamente antes de hablar, rodando su lengua bajo la mandíbula de la inglesa, justo donde sabía que la enloquecía.

—Ya conoces la respuesta, mujer —dijo él devorando su boca.

Ella rió entre besos, efectivamente conocía la respuesta. Altaïr era un hombre pasional, en el lecho y fuera de él, y ella siempre había adorado esa faceta suya; nunca había soportado a los hombres pusilánimes. Cuando el águila alzó sus caderas y la forzó a subir las piernas para rodearlo, ella lo hizo, aprovechando la cercanía para rodear sus hombros con los brazos, besándolo de nuevo con intensidad y pasión, vertiendo en su pasión todo el amor por él que cada día aumentaba.

Él, sabiendo bien como ella era, y conociendo de sobra el hecho de que seguramente estaría húmeda de anticipo, terminó de desanudar los cordones de su pantalón, bajándoselo y sacando su miembro antes de entrar en ella lentamente, disfrutando la sensación de calor y placer tan conocida envolverlo.

María era perfecta en cada sentido, tan acompasada a él que yacer con ella era simplemente maravilloso, sobre todo cuando notaba su pulso acelerarse y estremecerse bajo su toque, los ojos cerrados, las mejillas sonrojadas y su nombre morir en sus labios. La noche moría ya en el horizonte cuando el castaño se liberó dentro de ella con un grutal jadeo y un último beso; después cayó rendido sobre ella, suspirando su nombre. María. La cierva a la que amaba da caza cada noche.

Ella acarició su espalda, bajando las piernas por fin, acomodándose bajo él mientras ambos recuperaban la respiración. Cuando Altaïr salió de ella y se tumbó a su lado envolviéndola con su brazo, ella suspiró, jugueteando son su dedo sobre su pecho, recorriendo los músculos de su abdomen de forma distraída.

—No puedo creer que vayamos a hacer esto, es una locura —dijo María suspirando fuertemente—, podríamos morir mañana, ¿eres consciente, Altaïr?

—Si así a de ser, moriremos —dijo seriamente—. Un Assassin no teme al dolor ni a la muerte, la acepta —e hizo una pausa frunciendo los labios, al ver que ella no respondía—, peligroso o no, hay que hacerlo y lo sabes, María —dijo Altair sin mirarla, acariciando su pierna distraídamente—, más ahora que estamos construyendo esto.

—¿Construyendo? —inquirió ella suavemente, sin querer dejar paso a sus sentimientos de emoción y hacerse falsas ilusiones.

—Nuestra familia —aclaró Altair—, cuando esto acabe, estemos en paz y Ezio esté a salvo, quiero tomarte como mi esposa, que me des hijos y estés a mi lado hasta el final de nuestros días.

—Altaïr… —sólo alcanzó a susurrar ella.

Y no hicieron falta más palabras, no entre ellos, el amor que sentían era suficiente.


El sol estaba alto y brillante en el cielo sin nubes cuando las dos figuras saltaron desde la muralla al interior de la ciudad. Jerusalén siempre había estado muy custodiada, no importaba de quien fueran los guardias, si de musulmanes o de cruzados; siempre era igual. O casi siempre.

Una de las dos figuras se bajó la capucha, nerviosa, antes de fruncir los labios cada vez menos segura de lo que estaba pasando; y eso era lo más inquietante de la situación. No se suponía que estuviera pasando nada, era un día normal, de una semana normal, y ellos no eran más que dos visitantes pobres que caminaban por la ciudad mezclándose con los viandantes del barrio pobre. Sin embargo, para la morena inglesa era obvio que algo si que estaba sucediendo que ellos ignoraban.

Le bastaba echar un vistazo a las patrullas de guardias armados que cruzaban la calle en grupos de cuatro, definitivamente algo sucedía en Jerusalén.

—Deberíamos esperar —dijo María finalmente, incapaz de mantener el silencio—, me estoy poniendo nerviosa, Altaïr, hay demasiados.

Altaïr no respondió. Tambien había notado el aumento de guardias que recorría la ciudad, y en su experiencia eso sólo significaba una cosa: había gente importante en la ciudad. Eso no era sino una buena noticia para ellos, a pesar de todo. Si bien había aprendido la lección con su antiguo Maestro, esta vez no los subestimaría.

—La noche será nuestro refugio y aliado —confirmó él tras meditarlo—, antes de nada escuchemos lo que el Rafik tenga que decirnos, después decidiré como actuar.

Entraron en un callejón vacio antes de trepar por las ventanas y los balcones para no llamar la atención de estos, subiendo a los tejados para llegar al refugio lo más rápida y silenciosamente posible. E igualmente comprobaron que había una inusual falta de guardias en los tejados de la ciudad, como si todos los arqueros hubieran sido destinados a otra labor, proteger las calles quizá.

Altaïr frunció el ceño mientras corría saltando de casa en casa seguido de cerca por ella, antes de llegar finalmente la casa de piedra pálida que lucía el gran símbolo de la Hermandad, cruzar el tejado, el tragaluz de enredaderas y madera y caer en el jardín con un golpe suave y seco. Debía hablar rápidamente con el Rafik y averiguar qué estaba pasando.

—La paz sea contigo, Maestro —saludó el Rafik al verlo, con una inclinación de cabeza.

—La paz sea contigo, Saddim —asintió Altaïr devolviendo el saludo—, doy por hecho que recibiste la paloma que envié.

El Rafik asintió señalando con la cabeza el pequeño palomar que había en una de las esquinas de la habitación, donde junto a otras, ululaba tranquilamente la paloma marrón rojiza que Altaïr había enviado hacía un par de días ya.

—Así es, Maestro —confirmó el Rafik—, sabiendo que lo requeriríais sin demora, tengo información importante que contaros.

—Te escucho —dijo el castaño esperando, escuchando atentamente.

Por fin sabría que se cocía en esas calles, por lo que Altaïr aguzó su atención, observando como el moreno fruncía los labios como si estuviera ordenando sus ideas antes de ponerlas en su boca.

—Supongo que habréis notado la cantidad de patrullas que pululan por la ciudad, ¿cierto? —comenzó finalmente, ganando un asentimiento seco de Altaïr como única respuesta—; bien, tiene su razón de ser. En estos momentos se hallan en la ciudad los dos candidatos a próximo Gran Maestre de la Orden Templaria y sus familias. Va a tener lugar una reunión importante en unos días que decidirá por votación y juramento quien es finalmente nombrado.

Altaïr no respondió, pensativo, en realidad eso explicaba muchas cosas. Al ver que el maestro no añadía nada, Saddim continuó.

—Se trata de Gilbert Hérail, un Español que suena con mucha fuerza para obtener el título debido a sus hazañas en la cruzada —explicó—, y de Conrado de Monferrat, a quien ya conocéis y que en mi opinión —hizo una pausa sonriendo sarcásticamente—, será quien se lo lleve, por el prestigio de su familia más que nada —y ahí se detuvo, asintiendo para si mismo—. Pero como se bien que el objetivo que nos atañe es Monferrat, he tenido a mis informantes ocupados averiguando.

El águila asintió, asimilando toda la información que acababa de recibir, esperando los datos de los informantes para obtener más precisión en sus actos.

—Monferrat está muy custodiado, temo decir —continuó Saddim—. Deben querer protegerlo a toda costa, ahora que se han recibido las nuevas que lo han postulado oficialmente como candidato a líder de la orden. Ostenta una escolta de cuatro guardias armados constantes, día y noche, y porta cota de malla en todo momento, como si temiera ser atacado.

—Continúa —pidió Altaïr tranquilamente, pensativo.

—Sus movimientos son prácticamente milimétricos —continuó el Rafik—, permanece en casa con su joven esposa en cinta durante la mañana temprana, después sale hacia el cuartel de la guardia y entrena durante un par de horas —hizo una pausa mientras Altaïr asentía—. Regresa a casa y recoge a su esposa para acudir a la misa de mediodía y después come junto a ella para posteriormente reunirse con los templarios hasta entrada la tarde. Suele cenar en su casa, aunque asiste a reuniones de la Orden junto a ella en ocasiones, hasta la madrugada.

—¿Es constante esta rutina? —inquirió el Assassin ideando planes alternativos y diversos mientras hablaba.

—Diaria, puedo decir —confirmó el hombre—, y sus guardias lo acompañan siempre.

Altaïr iba hablar para preguntar algo, sin embargo antes de que pudiera hacerlo Saddim habló de nuevo, interrumpiendo su línea de pensamientos.

—Mas no todas las nuevas son malas, Maestro —sonrió animado el moreno—, tengo excelentes noticias que precipitarán la caída de Monferrat.

María, que había llegado en silencio sin ser advertida, dado lo sumergidos en la conversación que ambos hombres se hallaban, había permanecido toda la conversación en silencio analizando las palabras del Rafik atentamente; estaba recelosa. No conocía personalmente a Hérail, pero si a Monferrat, y desde luego no iba a ser asunto que menospreciar. Ignoraba que buenas nuevas podrían darles ahora.

—¿Qué noticias son esas? —inquirió con curiosidad, haciendo que el simpático Rafik la mirara unos instantes antes de responder.

—Podríamos decir que la suerte esta de vuestro lado, llegáis en el momento justo —sonrió el moreno Rafik—. Se celebra una cena esta noche en la casa de uno de los amigos y benefactores de Monferrat, una cena personal a la que sólo acudirán amigos cercanos y sus esposas.

—Es decir que Conrado estará sólo y sin guardia —apuntó María.

—Así es —confirmó el Rafik asintiendo—, como mucho lo acompañará su esposa.

Ninguno dijo nada entonces, produciéndose una pausa calmada en el que cada uno se sumía en sus pensamientos, digiriendo las palabras escuchadas hasta que el águila finalmente rompió el silencio.

—Eso facilita las cosas —dijo Altaïr aún pensativo—, y despeja por completo el camino de tus temores, María.

—¿De qué estás hablando? —inquirió ella.

Altaïr se giró hacia ella, clavando sus ojos dorados en los suyos, azules intensos antes de responder, casi olvidando la presencia de Saddim en la habitación, como si sólo estuvieran ellos.

—Temías que llamáramos demasiado la atención de la Orden, bueno, deja ya de temer —explicó Altaïr mirándola crípticamente—. Sé cómo matar a Conrado y de paso zanjar nuestros asuntos con los Templarios de una vez.

—Explícate —pidió María escéptica.

—Cuando hayamos terminado con Monferrat —sencillamente dijo Altaïr—, le haré una visita a quien le suceda, Hérail o quien se postule. Se le quitaran las ganas de volver a alzar su mano contra nosotros.

María se quedó muda de asombro, Altaïr era sorprendente en ocasiones. Realmente tenía el valor de plantarse frente a frente a un enemigo poderoso que lo superara en mucho sin temor ni titubeo alguno; realmente podía decir que no había conocido jamás nadie tan valiente y temerario cómo su compañero. Por algo le amaba sin reservas.

El Rafik sin embargo estaba igualmente sorprendido, si bien sus motivos eran diferentes a los de ella.

—¿Le permitiríais vivir? —dudó Saddim confundido.

Altaïr le miró, asintiendo como respuesta. Sin embargo al ver que su Rafik no parecía convencido decidió explicarse.

—Al Mualim podía ser muchas cosas, pero era un hombre inteligente, sabía muy bien lo que hacía —dijo Altaïr ignorando el estremecimiento que recorrió a su rafik al mencionar el nombre de su antiguo Gran Maestre—. Me dijo una vez que nos enfrentábamos a una hidra, no importaba cuantos brazos cortaras, volverían a crecer —María lo miró asombrada—. Ahora lo entiendo por fin, tenía razón. No se trata de matar a todos los Altos Mandos Templarios que lleguen, eso sólo inflamaría sus corazones.

—Y sus ganas de destruir a los Asesinos —apostillo Maria, asintiendo.

—¿Entonces? —vaciló Saddim aún confundido.

—Entonces se les infunde un temor tal, que sopesen más ventajosa la idea de dejarnos tranquilos, que la de atacarnos —explicó el castaño.

Saddim frunció el ceño, asintiendo, ayudaría en todo lo que estuviera en su mano a su joven e impetuoso maestro, que de tanto les había protegido y salvado.

—¿Cómo haremos eso, Maestro? —preguntó el rafik, asimilando las palabras de Altaïr.

—Ya lo verás —respondió el Águila de Masyaf con una ligera sonrisa.

Y sabiendo lo que tenía que hacer, se acercó a María para depositar un suave beso en sus labios antes de salir al jardín, trepar el muro y hacer un salto de fe con la determinación brillando en su mente. Conrado de Monferrat moriría hoy.

OoOooOoOoOoOoO

Habían pasado ya cuatro semanas desde que sus heridas del castigo fueran infringidas, y lentamente Ezio había comenzado a sanar. Las heridas de su espalda habían formado una costra dura que ya le permitía moverse con libertad y sin dolor, correr y caminar por la fortaleza, aunque bien cierto era que sin hacer esfuerzos titánicos. No podía trepar todavía, pero estaba seguro que un par de semanas más y podría comenzar a subir a los tejados.

Sin embargo nada de eso hubiera sido posible si no hubiera sido por ella. Crissia. Su ahora pretendida.

Desde que había accedido a entregarle su corazón e intentar vivir su vida junto a ella, todo había ido mucho mejor. Crissia era una joven increíblemente dulce, servicial, adorable y curiosa. Le recordaba en muchas ocasiones tanto a su Cristina, que a veces dolía. La joven le había ayudado con sus heridas, visitándolo cada día para limpiar sus cortes y cambiar sus vendajes, aplicando los ungüentos que los sanadores de Masyaf le habían entregado.

Cuando su espalda poco a poco había iniciado su mejoría, habían comenzado a dar pequeños paseos por la fortaleza, por los jardines, a veces sencillamente perdiéndose en las hermosas vistas del lago y las montañas; otras paseando entre la fuente y los arbustos del jardín, pues Ezio había descubierto que la joven tenía un gran amor por las cosas que crecían; las flores, los frutos, los arboles… En una ocasión le pidió a una de las chicas que le diera un poco de grano, que le entregó a Crissia para que diera de comer a unos pajarillos que habían bajado hasta el césped.

Y aunque inexperta, Ezio había comenzado a robar besos y caricias de la joven, que ella respondía aprendiendo de su tacto dispuesta y entregada. El italiano sabía que de querer tomarla como suya y yacer con ella en ese momento Crissia se entregaría a él sin reservas, y el hecho hacía que su corazón latiera por ella, sacando una sonrisa en su cara. En ese momento ella estaba terminando de atar los lazos de su camisa, pues le había lavado sus heridas y aplicado el bálsamo de hierbas como cada mañana, y la joven no pudo dejar de observar la ligera sonrisa que se había formado en el rostro del castaño.

Sonrió igualmente, antes de que Ezio hablara y tomara su mano entre las suyas, besándosela con un roce delicado.

Grazie —dijo Ezio sin soltarla.

—No hay por qué darlas —sonrió ella suavemente—, es lo mínimo que puedo hacer —dijo frunciendo los labios—. Lo único, en realidad.

—¿De qué estás hablando? —dudó Ezio—, ¿qué quieres decir con que es "lo único" que puedes hacer?

La joven suspiró soltando repentinamente su mano de la del asesino, y dándole la espalda se puso en pie, levantándose de la cama de donde estaban sentados; la del castaño. Ese asunto la reconcomía. Desde que había hablado con Altaïr no podía dejar de pensar en ese asunto concreto, y aunque deseaba ser de mayor ayuda no sabía que podía hacer.

El que Ezio se hiciera el desentendido tan sólo la irritaba, sabiendo que probablemente sólo lo hacía por no herirla.

—Oh vamos, Ezio —dijo Crissia alejándose de él—, no es ninguna falacia, ni siquiera tú puedes negar que soy… una inútil.

—Te equivocas por completo si piensas eso —contradijo Ezio acercándose a ella, atándose los brazales mientras hablaba—, y es más, lo niego, no eres ninguna inútil.

Ella se giró para mirarlo entonces, las cejas alzadas, encarándolo.

—¿Qué hay de valor que pueda hacer, mas allá de ayudarte, entonces? —inquirió la joven retóricamente—. Las mujeres de la aldea hacen tareas, van al mercado y atienden a sus familias, lo he visto a través de las ventanas de la fortaleza —comenzó, escuchada atentamente por Ezio, que permaneció en silencio mientras ella se explicaba—. Lady María aprendió a luchar con la espada, y puede cuidar y proteger a su esposo, siéndole útil a Altaïr, no cómo yo, que no soy más que una carga para ti —hizo una pausa—. Incluso las mujeres del jardín hacen más que yo, ¡ellas complacen y alegran a los hombres que trabajan aquí, lo he visto!

Ezio rió por la frase utilizada por ella, sin poder evitarlo. Esa piccola adorable era tan ingenua.

—Bueno, amore mio, eso si que puedo arreglarlo —sonrió seductoramente—, puedes complacerme a mi cuando quieras.

Y súbitamente la joven entendió la connotación que sus palabras habían tenido para él. Ella lo había dicho porque había visto como los maestros asesinos pasaban al jardín a descansar, y las muchachas les servían agua fresca, zumos y dulces frutas, y les cantaban y masajeaban, relajándolos y alegrándolos. No sabía que tan lejos sus atenciones iban, pues tampoco era labor suya espiar si uno de los hombres se llevaba a sus habitaciones a alguna de las mujeres para… bien, hacer lo que los varones hacían con las damas.

Los colores subieron inmediatamente a sus mejillas sin poder evitarlo.

—¡E..Ezio, no es a eso a lo que…! ¡no pretendía decir eso! —exclamó alarmada Crissia, enrojeciendo furiosamente.

—Era una broma, bella mia —sonrió alegremente, enternecido—. Ven, paseemos y juntos se nos ocurrirá algo ¿te parece?

Ella asintió, suspirando internamente aliviada. No es que no confiara en Ezio, en absoluto, confiaría en él con su vida con los ojos cerrados. Pero después de haber tenido que ser prometida de alguien tan frío como Phillipe de Sable, había asumido que el amor y sus pasiones no serían agradables. Por suerte el italiano cada día le demostraba lo contrario, incluso con ese cortejo tan descarado y libertino, como diría su nana.

Una pequeña sonrisa se formó en sus labios cuando Ezio ofreció su mano de nuevo para que la tomara, y ella la aceptó, alejando sus pensamientos del pasado.

—Va bene —asintió finalmente más animada, levantándose para unirse a él.

Masyaf era hermosa, Crissia había decidido.

Sus calles amplias y rojizas bajo la brillante y cálida luz del sol, los aromas que inundaban el aire llenos de matices, almizclados, perfumados, intensos... todo rebosaba vida. El mercado lleno de gente, mujeres que compraban, vendedores que anunciaban en voz alta sus mercancías y sus precios, niños jugando en la plaza, saltando y correteando, hombres que transportaban alfombras, cajas y animales llenando toda la ciudad de actividad y vida.

Y los miembros de la hermandad tampoco estaban quietos, Crissia podía ver a un informante o a un novicio por cada calle que pasaban; lo que hubiera resultado tan impensable, el que hubiera gente como esa integrada en una ciudad como si nada, aquí sucedía con naturalidad. Le encantó, no sólo por la libertad de la ciudad en si, que era acogedora y pequeña, sino porque se sentía segura allí. A fin de cuentas rodeada como estaba de Assassins, era imposible que los Templarios llegaran por ella y se la llevaran.

Se encontraban ahora en la plaza baja, cerca del gran mercado y cerca de las puertas de la ciudad, y Crissia se detuvo girando sobre si misma con alegría, los ojos cerrados y la cabeza alzada hacia el cielo. Ezio la observó sintiendo una punzada de calor en su pecho, ella era preciosa, preciosa y suya.

—¡Esta plaza es tan bonita! ¡tan ajetreada y llena de olores y sonidos! —exclamó Crissia contenta, dejando de girar y volviéndose para mirarlo—, me recuerda tanto al mercato vecchio de Florencia que casi me siento como en casa.

—Es cierto —asintió Ezio confirmándolo, pues no se había fijado antes.

Caminaron entre la gente, deteniéndose junto a un puesto de orfebrería donde la joven tomó un pequeño jarro de te de cristal y bronce, girándolo entre sus manos mientras observaba a una pareja de jóvenes que había al otro lado de la plaza, junto a unos árboles y bancos.

—Mira esos muchachos —dijo Crissia sorprendiéndole, haciendo que se girara en esa dirección—, cómo ella intenta alejarlo y él la corteja —y sonrió ampliamente—. Me es tan familiar que siento que algo así me hubiera sucedido a mí misma. ¿Qué tontería, verdad?

Sin embargo, Ezio sintió una nueva punzada en sus sentimientos, y no era de alegría esta vez. Realmente no le había parecido una tontería, porque la frase que había usado la joven le había golpeado como un puñetazo directo al estomago. Él había vivido esa situación ya una vez, en Florencia, en el mercato vecchio. Era demasiada casualidad que ella hubiera elegido esa misma frase, y esa misma situación, sazonándola con las palabras "cómo si algo así me hubiera sucedido a mí misma".

Era demasiado.

Y no podía dejar de pensar, pensamiento que por más que intentaba desterrar de su mente junto al recuerdo de Cristina, que Crissia tenía en verdad algo que ver con ella. Recordó el primer beso que se dieron en la celda, cuando Ezio había sentido a Cristina en la habitación, la actitud de Crissia había sido totalmente diferente e incluso había sentido que era Cristina a quien besaba. Había usado además las mismas palabras que le dijo antes de morir.

¿Cómo era posible? ¿acaso sería posible que el Fruto del Edén le hubiera estado engañando todo ese tiempo, y en realidad lo hubiera atrapado allí no para hacer que pudiera volver al pasado para salvar a Cristina, sino que le había conducido al lugar donde estaba ella? ¿sería todo eso posible?

Sin decir una palabra Ezio tomó la mano de la joven y comenzó a correr como alma que lleva el diablo arrastrándola, haciendo que la joven corriera sorprendida sin entender que estaba pasando, aún con el jarro de té en la mano. Cuando hubieron cruzado toda la ciudad y se encontraron entre los muros de la fortaleza, en pie en la habitación de Altaïr, supuso Crissia, Ezio la soltó y se dirigió al armario.

Abrió las puertas con ambas manos, sacando de su interior una caja de madera tallada. Era un pequeño cofrecillo, que el italiano abrió, mostrándole a la joven que en su interior había una esfera de plata tallada con líneas circulares, muy hermosa y singular. Crissia no había visto jamás nada como aquello en su vida; la curiosidad pudo más que ella.

—¿Qué es este objeto, Ezio? —dudó Crissia sumamente fascinada—, es bellísimo.

Ezio entonces tomó la esfera en su mano y se la tendió a ella, que le miró a los ojos sin saber que esperaba que hiciera.

—Tócalo, Crissia —pidió Ezio agitado, incapaz de contener su corazón de latir acelerado.

—Está bien —dijo ella sencillamente, tomando el objeto de plata entre sus dedos.

Cuando Crissia posó sus dedos sobre el frío metal, el Fruto comenzó a brillar, sobresaltándolos. Sin embargo por más que la joven intentaba separar su mano de la esfera, no pudo, se sintió atrapada, como si su mano se hubiera quedado pegada al metal. Entonces Crissia se quedó estática y paralizada como una estatua, y Ezio se asustó. La joven tenía los ojos en blanco, y brillaba ligeramente del mismo tono dorado que el Fruto, y por más que el italiano intentaba despertarla o separarla del Fragmento no podía.

Finalmente el Fruto se apagó liberando a la joven, que cerró los ojos súbitamente agotada, con gotas de sudor recorriendo su rostro. Lentamente abrió los ojos y miró a Ezio abriendo la boca para decir algo, pero sin decir palabra.

—¿Crissia? —inquirió él con precaución, tomando su mano con cuidado.

—Ezio —dijo finalmente la joven mirándolo directamente a los ojos, asustada—, creo… creo que he visto algo.

—¿Algo como qué? —inquirió, cada vez mas agitado.

—Nos he visto a nosotros, como si fuera en otra vida —respondió ella aferrando el fruto con fuerza—. Me he visto… a mí.

Ezio no respondió, sintiendo que su corazón no podía contener todos los sentimientos que se cruzaban en su interior incapaz de articular palabra, pues si lo que ella decía era cierto, si tan sólo hubiera una esperanza de que el Fruto no le hubiera jugado una mala pasada, sino que le hubiera llevado hasta ella, habría valido la pena el sufrimiento padecido. La voz asustada y confundida de la joven lo sacó de sus pensamientos, haciendo que la mirara sin saber que en sus ojos dorados se habían formado lágrimas.

—¿Qué significa todo esto, Ezio? —murmuró ella—. ¿Qué está pasando?

Finalmente el asesino sonrió sin decir palabra, y tomando su mano comenzó a guiarla. Había algo que tenía que hacer sin tardanza, algo que podía devolverle a Cristina y resolver su dilema de una vez por todas.


Se estaba impacientando, por la gracia de Cristo, en ocasiones no entendía a las mujeres.

¿Qué hacía esa esposa suya en el baño que tanto tiempo le tomaba? no iban a presentarse ante el Santo padre, tan sólo a una cena con un amigo de la familia, Felipe. En realidad iban a reunirse cuatro mandos de la Orden, pero en el último momento habían cancelado la asistencia a la cena Philippe y Armand; el primero porque le había resultado imposible llegar a tiempo desde Tyro, y el segundo alegando un problema familiar. A él no le importaba en verdad, realmente la cortesía era un arma de doble filo, debía ser el perfecto compañero con ellos, aunque encontrara sus hábitos despreciables.

Suspiró, pasándose la mano por la barba, cansado.

—¡Isabel! —llamó exasperado—, ¡ten más premura, mujer, no podemos tardar más!

Una voz suave llegó entonces desde el otro lado de la puerta de roble, seguida por una pequeña risa.

—No se debe apremiar a la belleza, esposo mío —dijo divertida la voz desde dentro—, y menos cuando debo lucir digna del próximo rey de Jerusalén.

Conrado suspiró por tercera vez en diez minutos, negando con la cabeza, impaciente. Aquella situación no iba a ninguna parte, si Isabel quería pasar dos horas más trenzando su cabello que así fuera, los siervos la llevarían a la casa de su amigo; pero él se iría ya mismo. De todas formas era una reunión privada, no había peligro alguno en ir sólo, dado que nadie sabía que esa cena sucedería.


María frunció los labios, irritada y sintiéndose humillada. Había hecho muchas cosas en su vida, pero hasta el momento suplantar a un clérigo de la iglesia católica no era una de ellas. Odiaba tener que hacer este tipo de estupideces, que al parecer Altaïr encontraba tan gratificantes. Y ahí estaba ella, enfundada en una túnica negra de monje, capucha subida y manos cruzadas en el símbolo del rezo sentada en un banco en la solitaria calle de Jerusalén. Se encontraban en una de las calles del barrio rico, en un camino secundario que daba a la calle principal desde la salida de la casa del obispo Felipe de Beauvais, uno de los benefactores de la Orden Templaria y amigo personal de Conrado de Monferrat.

El plan de Altaïr era sencillo, y María casi se sonrió por la ironía.

Según los informes que Saddim les había dado, esa misma noche iban a estar en esa casa no solo Conrado, sino más Templarios, por lo que la fiesta y ebriedad del Franco estaban aseguradas. María conocía bien como era el protocolo de esas fiestas o cenas privadas; había asistido a muchas en Inglaterra. Solían comer y celebrar hasta pasada la medianoche, o incluso más si eran muchos los invitados, y el vino y la hidromiel no faltaban en esas mesas, no sólo en las copas, sino regando los postres y los guisos. Perfecto para ellos, un Conrado ebrio no se defendería, aunque tampoco hubiera supuesto demasiada diferencia si lo hiciera.

Cuando el sol comenzó a caer por el horizonte, naranja y morado y sus violetas y rojos inundaron el cielo de Jerusalén, Altaïr se puso en pie y le hizo un gesto a María para que lo siguiera, comenzando a trepar por el muro de la casa hasta subir al tejado del edificio, acuclillándose en el borde para poder ver la calle en todo momento sin ser descubiertos. Ella suspiró imitándolo, posicionándose a su lado.

—¿A qué hora suelen comenzar estas reuniones? —inquirió Altaïr en tono neutral, sin moverse de su posición ni un milímetro.

Por ello María le admiraba, era una de las personas más disciplinadas que conocía, eficaz hasta el final. Podía ser que estuviera exasperado e irritado internamente, pero nada en su lenguaje corporal lo delataría; aunque ella que lo conocía bien sonrió al responder, sabiéndolo.

—Deben estar por llegar, el ocaso ya ha pasado —explicó ella—, la costumbre en nuestra tierra es comenzar no mucho después de este.

El castaño asintió ligeramente, esperando, y no debieron esperar mucho más. No había pasado ni media hora cuando un caballo apareció en el final de la calle, entrando majestuosamente en el camino a paso ligero, haciendo que los cascos herrados resonaran sobre las baldosas de piedra. Sobre él, un Conrado de Monferrat que llegaba solo y sin su esposa, y aunque inesperado, ese hecho fue un golpe de suerte más que sumarían. Llegaba elegantemente ataviado. Túnica roja de terciopelo, blasón de oro bruñido, cinturón a juego con la sagrada cruz reluciendo en el centro, y para rematar una capa gris pálida.

María pensó que se veía imponente y elegante, como buen caballero cristiano. Altaïr pensó que cuanto oro de las arcas de la ciudad habría derrochado en el blasón y el cinturón. No importaba ya, de poco le serviría en un rato toda esa parafernalia.


Las horas pasaban despacio mientras el cielo se oscurecía cada vez más, dejando paso del intenso rojo al azul claro, y de este a un profundo índigo salpicado de estrellas; había caído la noche profunda.

Cuando las risas que resonaban en el interior se hicieron más intensas, Altair saltó desde el tejado, cayendo entre unos arbustos seguido de María, que hizo lo mismo. Apenas hicieron ruido, pero tampoco importaría demasiado, los Franceses estarían tan distraídos con su cháchara que no los oirían ni aunque hubieran caído sobre un gallinero ajetreado. Con un gesto, el águila le indicó a su mujer que se subiera la capucha y lo siguiera, cosa que ella hizo, sentándose en uno de los bancos que había a uno de los lados de la calle, mientras Altaïr lo hacía en el otro, justo en frente.

Un tiempo después, escucharon como las puertas del palacete se abrían ruidosamente, dejando escuchar con claridad las voces del interior, y a dos hombres que hablaban en la puerta. Altaïr supo que había llegado el momento. Estiró los dedos de la mano, cerrando los ojos y soltando el aire profundamente, se preparó.

—No forniques demasiado esta noche Conrado —rió uno de los dos que estaban en la puerta—, no queremos que tu dulce Isabel no pueda caminar para ir a la misa mañana.

—¡Silenciate, necio! —rió Conrado en respuesta—, lo que haga en mi lecho quedará en él —añadió con una palmada amistosa en la espalda del hombre.

—Que Dios te acompañe —sonrió el otro.

—Y a ti —se despidió él, dándose la vuelta comenzando a bajar los escalones.

Entonces la puerta de la casa se cerró, y los pasos del Templario comenzaron a acercarse. Primero abriendo la puerta del murito del palacio, después y olvidando por completo que había llegado a caballo, en la dirección en la que ellos estaban había comenzado a caminar, acercándose. Conrado debía estar bajo los efectos de la comida y el vino, pues estaba siendo distraído y descuidado. No estaba borracho, pero tampoco en pleno uso de sus sentidos.

Cuando finalmente el Templario llegó a la altura donde ellos dos estaban sentados se detuvo durante unos instantes, como si se preguntara a si mismo si aquello debía estar allí. Entonces se encogió de hombros al decidir que si, no eran más que un par de sacerdotes que ya había visto varias veces por la ciudad, así que siguió su camino, cometiendo su último y más terrible error.

No había dado ni dos pasos cuando Altaïr se levantó y con una asombrosa rapidez le clavaba su hoja oculta en la espalda, ensartándolo en completo silencio mientras le tapaba la boca con la otra mano para impedir que gritara. Al mismo tiempo María sacaba una daga de su cinturón y se la clavaba directamente en la garganta. Feroz y rápida, letal. Hundió su daga y en un plateado destello la sacó, volviéndola a guardar en su vaina.

Altaïr lo soltó entonces, dejando caer a un Conrado de Monferrat inerte y sin vida al suelo, pesado y duro como una piedra. Las baldosas de piedra comenzaron a teñirse de oscuro rojo formando un charco, y ahí terminó todo. Ambos alzaron la cabeza, se miraron y asintieron de acuerdo en algo.

Después, comenzaron a caminar con total normalidad camino a la Casa de Asesinos. El plan había salido perfecto, el asesinato no había alertado a nadie y nadie había siquiera oído ni un ruido. Además, su sigilo había hecho que no tuvieran que huir como unos dementes para escapar de los guardias.

Altaïr y María tenían algo en claro sin embargo.

Con Monferrat muerto se había puesto la tapa del ataúd de los Templarios en Tierra Santa y sus conflictos con los Assassins; sólo quedaba poner el último clavo, y el Águila de Masyaf ya sabía exactamente cuándo y cómo lo haría.

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Bueno, aquí llega otro capítulo.

La verdad es que me ha gustado mucho este, no solo por las escenas de romance entre Altair y Maria que ya van a por su bebe, y la de Ezio y Crissia, quien ya podeis haber adivinado su verdad. Ella es en realidad, y ha sido todo el tiempo Cristina, sin embargo ha necesitado de la presencia catalizadora de Ezio y del fragmento del Eden para liberar su memoria. El por qué de esa mini paradoja temporal, en el siguiente capitulo XD

Algo que tambien me ha satisfecho mucho es que la muerte que me he marcado en este cap, es totalmente verídica.

En la vida real, Conrado de Monferrat es el hermano pequeño de Guillermo (al cual matábamos en Assassins Creed 1) no su hijo como en el juego; y he querido ir mas allá y hacer su muerte tal como lo fue realmente. A Conrado efectivamente lo mataron dos Assassins de la fortaleza de Masyaf enviados por Rashid ad-Din Sinan (Al Mualim). Este asesinato sucedió tal como lo he plasmado, incluido el retraso de su esposa, y fue uno de los mayores golpes de fuerza de Sinan contra no solo los Templarios, sino contra las Cruzadas en general.

Por si no se nota, soy una fangirl de Al Mualim XDD me encanta ese personaje, y su figura en la vida real es altamente fascinante. Era un puto amo, igual que su personaje en el juego. También os diré que para documentarme para esta historia, he visto muchos documentales sobre los Asesinos, sobre las cruzadas, y sobre los templarios (si alguien quiere que le diga el documental en concreto que vi sobre los Assassins y la muerte de Conrado, que me lo diga y le paso un link, es sumamente interesante), además de intentar seguir al máximo el canon de los juegos siempre que me es posible.

Ojala os haya gustado.

Gracias por comentar a: Xepes, AthenaExclamation, ScorpioNicole97, Infinitum-palei, Betina C (Gaby :P) , Drrakkos y SolidestArc327 y FelipeCH98. Gracias, de verdad.

Un besiko, y nos vemos la próxima semana si os sigue gustando!