Disclaimer: Nada de esto es mío.
Notas: a estas alturas, supongo que nadie se acordará de estos drabbles. Pero lo que tiene revolver en cajones viejos (y carpetas abandonadas) es que una se acaba encontrando cosas como esta.
20th Century Boys
Huida -Keroyon-
Vender soba no es demasiado entretenido. No es como en los viejos tiempos, en la tienda de su padre. No es como cuando la gente comía soba cada día, y había trabajo siempre y algo interesante que contar.
Si tuviese que resumir su vida en este mismo segundo, Keroyon sólo podría pronunciar esa palabra: soba. Vive de eso, al fin y al cabo. La otra palabra –la palabra por la que vive, por mucho que le pese- es más difícil de decir. Deja un regusto amargo en la boca.
Cobarde.
Keroyon nunca fue el héroe de la historia. De niño ya jugaba a ser el malo, el Emperador de las Ranas –entonces aún le parecía gracioso, el título-, y dejaba que otros salvaran el mundo. No quería reconocimiento, no quería ser el bueno. Le bastaba con no ser él el que gritara Estoy muerto. Estoy muerto. Estoy muerto.
Tampoco quiere decirlo ahora.
Recuerda haber huido varias veces, cuando era niño. Era lo lógico, claro, lo que había que hacer; cualquier otra cosa –quedarse y luchar- no habría acabado sino en desastre, en moratones y manchas que explicar. Era un niño, al fin y al cabo.
Recuerda haber salido huyendo otra vez, cuando ya no era un niño, cuando hacía mucho que había dejado de serlo. Recuerda perfectamente la carta, y el símbolo, y el caos y la confusión y la tontería esa sobre "el grupo de Kenji" que soltaron en los periódicos.
El día que destruyeron su base secreta, Keroyon salió corriendo. Siente que, desde entonces, no ha dejado de hacerlo.
Y es extraño, porque ahora –ahora que sabe que las cosas van a ponerse aún más jodidas, ahora que no es sólo él, sino también su hijo quien se la está jugando-, ha decidido arriesgarlo todo. Luchar.
Supone que se lo debe a los chicos. A la humanidad entera, a Endo Kiriko, que prueba en su propio cuerpo las vacunas, que llora por su hija y por todo lo que ha hecho, todo lo que ha perdido. Se lo debe a sí mismo, también. Quizás pueda dormir, después de esto.
Izan la bandera del soba, de momento. La ranita les mira orgullosa, proclamando su Imperio, y Keroyon no sabe si reír o llorar, o las dos cosas; es todo tan raro. Sigue siendo el Emperador de las Ranas, después de todos estos años, y sigue sin querer gritar: Estoy muerto.
Pero está cansado de huir. No hay salida en ninguna parte.
Así que lucha, a su manera. Con soba y una sonrisa, y con la esperanza de que, en algún momento, terminará toda esta huida.
Danny
