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Otro fuerte tirón la hizo espabilar. Agudizada, su percepción reaccionó al entorno mientras sus elementos eran especialmente nítidos. El rumor de la tela y el sonido de las aves en el gran roble cerca de la ventana a su derecha daban vida a la música que prevalecía allí dentro. La luz de la tarde arrancaba brillo a las joyas y los otros objetos de oro y plata dentro de la elegante habitación de Anora. De forma esporádica, la brisa que soplaba desde el mar alcanzaba a colarse entre las cortinas. La madera del banco protestó con un característico sonido cuando se movió siguiendo la indicación de la muchacha a cargo de su atuendo.
Advirtió el cosquilleo de los rápidos dedos en sus costados, estiraban la tela y procuraban perfección. A través de la niebla de sombría anticipación que la importunaba, percibió el suspiro ahogado y la tensión de la joven elfa. Aguardó hasta que estuvo inclinada frente a ella.
—¿Qué sucede?
La muchacha alzó la vista de sus zapatillas y encogió los hombros al mismo tiempo que se limpiaba con la yema de los dedos la comisura interna del ojo las lágrimas que no había derramado.
—Lo siento —musitó.
Anora apretó los labios y asintió.
—Está bien.
—No. —Kallian se irguió, inhalando hasta llenar sus pulmones—. Lo siento de veras. —Titubeó mordiéndose los labios—. Lamento que tu vida no sea lo que esperabas, que tengas esa cara tan triste precisamente hoy. Prometimos que haríamos cambiar las cosas y todo es peor que nunca.
—No será tan malo siempre.
Su afirmación le dejó un sabor casi desagradable. Pretender entereza la estaba agotando con gran rapidez. Colgar en la conversación un comentario positivo justo cuando se sentía al borde del colapso le provocó una terrible incomodidad. De buena gana habría salido corriendo de allí. De repente, no quería nada de eso. No quería aquella vida y aquellas responsabilidades que le arrebataban cada cosa buena, que la hacían sentir menos ella misma, como un objeto, una pieza de ajedrez, siempre en peligro de terminar fuera del tablero.
—Lleva siendo malo mucho tiempo. —Kallian atrapó su vestido otra vez, haciendo ademán de continuar con su labor—. Podrías decir que es un poco masoquista tener esperanza a pesar de todo.
No halló la forma de argumentar en contra. Efectivamente, había sido malo durante tantos años que costaba recordar algo diferente. "Lo bueno" eran meros recuerdos e ilusiones que los años transcurridos habían deslavado y hoy día provocaban una intensa tristeza nada más pensarlos. Los esfuerzos que invertían en tratar de cambiar las cosas, se recomenzaban con frustración, con obstáculos nuevos que parecían brotar de la nada justo cuando se hallaban cerca de conseguirlo.
«Podrías decir que es un poco masoquista tener esperanza a pesar de todo».
Para Anora, aquello sonó como una invitación a parar. Pero detenerse en este punto significaba, en primera instancia, renunciar a Tabris como había tenido que renunciar a sí misma. Renunciar a Kallian, era permitir que se desvaneciera en la elfería con todo lo bueno que había traído con ella, con todo lo que le había enseñado a través de los años, incluso si hoy día eran más proclives a las desavenencias, y su complicidad se había convertido en un vínculo muchas veces oscuro y desapacible. En el mejor de los casos.
Pero lo bueno, pensó Anora testaruda, lo bueno, cuando lo había, era lo único que brillaba y era claro y reconfortante en medio de una riada de hipocresía y segundas intenciones.
Lo que era bueno, valía la pena y pagaba por todo lo demás.
—Lo mataré si te hace daño, Anora —le juró súbitamente sin apenas inmutarse.
Anora parpadeó, al tanto del escozor en sus ojos y preguntándose si alguno de sus pensamientos se había hecho visible en su semblante para despertar aquella aseveración. Tomó un momento para asegurarse de que su voz no delataría demasiado ante la chica.
—No es muy fácil herirme, ya lo sabes. —Su sonrisa apagada se las apañó para aligerar la tensión—. Es muy pronto para pensar en regicidio, amiga mía.
—La indulgencia no te va, y tampoco te llevará muy lejos. —Kallian se mofó con una aguja entre los dientes. Luego, la colocó sobre el costurero.
—Cailan es importante para mí...
—Sí, sí. —Desde abajo le dedicó una sonrisa taimada. Teñida de cierta tristeza, aunque menos apesadumbra que los gestos que le precedieron—. ¿Qué tal orquestar un asesinato que no lo sea? Le damos un golpe fuerte para borrarle la memoria y lo mandamos a Antiva.
—Eres terrible.
—¿Oh, sí? Me disculpo. Sostén el vestido... —Anora sintió el fuerte abrazo de la tela entorno a su cintura—. De acuerdo, pero en mi lista de asesinatos para la reina iría bien un monarca. Piensas usarme para matar sirvientes y mensajeros. Aburrido. Con Cailan... bueno, se cantarían canciones.
—Nunca te creí el tipo de persona interesada en la fama y la gloria.
Prestó atención a la ceja alzada con que Kallian había evadido una respuesta, y se sintió curiosa de lo que la falta de una negativa directa sugería.
—Siempre me gustó más ese muchachito torpe de Pináculo —Tabris cambió el tema.
—¿Cousland? —Anora se ahogó con el apellido y enrojeció hasta lo ridículo.
Kallian esgrimió una sonrisa completa y triunfal. No obstante, la réplica murió en sus labios. La puerta rechinó para permitir el ingreso de la modista. El parloteo trivial y los halagos para la próxima reina cortaron la conversación. Kallian se replegó y agachó la cabeza en su sumiso papel. Anora interpretó el propio, indiferente. Su mente, por otro lado, volaba de vuelta a ella y su comportamiento discordante. Sus sonrisas esporádicas que la hacían sentir especial, porque Kallian nunca sonreía a nadie que no significara algo para ella. Y pronto tuvo que aceptar que era un error deambular por ese camino, permitir a sus pensamientos elegir el complicado derrotero que significaba Tabris justo el día de su boda. Ella, jurándole muerte a quien deseara causarle daño, incluso si era el rey mismo, lo hacía doler de otra manera. El malestar era demasiado parecido al remordimiento. Anora no creía que Kallian supiera nada sobre la carga de un asesinato en la consciencia, incluso con lo que pudiera pensar de su papel en la muerte de su madre, y ciertamente temía el día en que lo hiciera. Se odiaría si en algún punto consideraba en serio convertirla en su asesina personal. Estaba fuera de discusión obligarla a soportar aquél peso junto a ella. Su amistad no podía haber decaído tanto con los años hasta el punto en que Anora ponderase sus ambiciones por encima del bienestar mental de Kallian.
Esta era su lucha.
Al salir de su dormitorio, se dio cuenta de que estaba lista, asustada, intranquila e incluso llegó a sentirse perdida entre los pasillos, pero tan preparada como podría esperar estarlo alguna vez. Mientras daba pasos cortos bajo las miradas de sirvientes y miembros de la corte, los nervios le hacían temblar las piernas y le entristeció saber que no era la emoción de una novia enamorada, sino algo más parecido al horror de un condenado a muerte que cumpliría una sentencia anunciada hacía demasiado tiempo.
—Padre, tienes un aspecto, bueno...
Al ingresar a la antesala del Salón del Trono, una queda risita se le escapó. Su padre lucía espléndido en una armadura que contadas veces había usado y que ahora estaba pulida hasta lastimar la vista si el teyrn permanecía demasiado bajo la luz que entraba por una de las altas ventanas. Y de cualquier forma, su rostro era el de un pálido convaleciente. Su ceño estaba fruncido profundamente. Se movía incómodo dentro del metal cuando sus ojos la alcanzaron al franquear la puerta.
—Espléndido... Parece que estás a punto de morir, pero estás espléndido —continuó al acercarse, cuidando el impecable estado de su indumentaria—. Te suplico seas sincero, ¿tengo esa misma expresión en la cara, padre?
Loghain Mac Tir soltó un gruñido a modo de sarcástica respuesta. Giró por completo y si bien el desasosiego penetró en las arrugas de su rostro al observarla desde este nuevo ángulo, también se esmeró en la sonrisa enternecida que vino después.
—Tienes algo de Celia, niña, siempre lo he creído. Pero justo ahora es como ver a mi propia madre. Eres una hermosa visión, Anora. Una en extremo reconfortante.
Anora tuvo que invertir una enorme cantidad de su fuerza en impedir que las lágrimas escurrieran por sus mejillas tan pronto. Se aproximó hasta él y lo rodeó con sus brazos. El resto de su energía la utilizó para frenar su lengua y no verbalizar su terror. Encontró consuelo y brío en el abrazo paternal, hundida en su hombro como cuando era una niña.
—Solo debes decirlo, Anora —habló el teyrn, su voz un mero susurro. Ella abrió los ojos, pillada en sus cavilaciones por la clarividente propuesta—. Dilo y prometo que esto se acabará. Estará bien. Todo. Tú.
Sus dedos se aferraron al acero de la armadura y su rostro se hundió entre el cabello largo y oscuro que desprendía el aroma de un hogar. No detuvo el quedo sollozo, pero luego de eso se apartó y sacudió la cabeza.
—No hago lo que se espera de mí —le aseguró—. Hago lo que demanda mi fuerza.
Loghain asintió en silencio, por supuesto había esperado una respuesta similar de su hija. Él le había enseñado a convertir las necesidades de Ferelden en una prioridad personal, y justo ahora, el país necesitaba con urgencia una reina fuerte.
—Levanta la cabeza entonces, y nunca más vuelvas a bajarla.
Había sido un consejo apresurado, pero Anora se aferró a él con las uñas a partir de entonces. El poder demandaba sacrificios, y la "humildad" había sido la primera ofrenda.
Se peinó con los dedos las ondas de cabello rebelde. Salvo por aquél rápido movimiento, permaneció quieto y alerta. Jowan lo imitó, aunque echar un vistazo se complicara en demasía cuando el cuerpo de Amell actuaba como escudo, una acción inconsciente que se había vuelto más frecuente durante los últimos años. A veces le dejaba con la impresión de que Theodore lo creía un completo inepto.
—El espectáculo es apropósito —dijo Amell al inclinarse un poco hacia él—. Bastardos.
Jowan compartía la furia, pero se le ocurrió algo más.
—Anders nunca había actuado así —reflexionó a media voz, ganándose la atención de su compañero—. Él también quiere dejar claro un punto.
Amell coincidió con un semblante abatido. Sin importar el transcurso del tiempo y de los errores que Anders se empeñara en cometer como si intentara convertirlo en una competencia; sin importar que su sentido del humor mutase a algo cáustico, y la inocencia hubiera terminado de consumirse, Theodore todavía guardaba corazón y piedad para él.
Jowan lo vio cerrar los ojos y apretar los párpados, conteniendo sus lágrimas y protegiendo su mente de la cruel visión frente a ellos. Anders había caído en la tentación de libertad cuando Karl Thekla había sido llevado lejos de él. La relativa paz en su grupo de amistades se había derrumbado y ahora ardía con un alarde de violencia y juramentos. Anders pedía muerte antes que confinamiento, y quizá sería menos cruel acceder a su demanda que obligarlo a vivir enclaustrado en la oscuridad durante un año.
En medio de su propio horror, Jowan sintió un brazo deslizarse junto al suyo y una gélida mano que entrelazaba sus dedos. Al girar la cabeza, la nube de rizos que coronaba la cabeza de Neria le cosquilleó la mejilla y se aplastó contra su brazo. Sus hombros se sacudían al ritmo del llanto y el agarre a su mano se acentuaba con cada segundo que pasaba.
—¿Qué hicimos mal, Jowan? —Neria murmuró con voz llorosa—. Nosotros no pedimos ser así.
¿Qué habría querido su madre?
Kallian se balanceaba sobre la punta de los pies, a ras de los pilares de las almenas. La suave brisa nocturna era vivificante, y frente a ella, Denerim volvía a ser un mar oscuro salpicado de luces anaranjadas, tal cual había sido la última vez que lo miró desde la rama más alta del vhenadhal. Cualquier parapeto en palacio sobresalía por sobre el resto de la ciudad. La residencia real había sido construida sobre la más alta colina, además de aquella sobre la cual se erigía el Fuerte Drakon, y el árbol del pueblo no le habría brindado una vista tan espectacular. Era la nostalgia engrandeciendo los momentos más felices de su vida, cuando mamá aún esperaba por ella con una última historia o una canción antes de dormir.
Dejó de moverse. El equilibrio de Kallian fue perfecto unos instantes. Extendió los brazos hacia los lados, cerró los ojos e inhaló profundamente, conteniendo el aire frío en sus pulmones.
¿Mamá había muerto para que ella...?
Frunció el ceño y cerró las manos en un apretado puño antes de dar un salto de espaldas para caer sobre el adarve. Gruñó lo que habría querido convertir en un potente grito. El Hacedor sabía cuánto es que odiaba enfrentarse al pasado. Escabullirse de él requería un esfuerzo sobrehumano, y de todas maneras, rara vez lograba evadir las garras que extendía hacia ella.
No le gustaba mirar sobre el hombro y percatarse de que los demonios continuaban allí, y que ella los alimentaba todos los días, sin querer. Estúpido como pudiera ser, su propio comportamiento estaba acotado por las sombras que era incapaz de soltar, pero que se negaba a mirar a la cara. No había podido dejar ir a Adaia, ¿por qué con Anora había de ser diferente?
Kallian era una cobarde, pero su madre no había muerto para verla convertida en eso.
Su madre no había muerto para que ella montara su patético simulacro de vida. Adaia no lo había dado todo para que estuviera cómoda con su trabajo como ayudante de la modista en la parte adinerada del distrito. No era ni siquiera congruente que se le vetara de por vida de la dulcificada mirada de su madre, para que Kallian Tabris languideciera en la elfería por algo tan irónico como no haber superado la amargura de perderla.
Se apoyó sobre las almenas y transcurrió un rato antes de que escuchara pasos a su espalda y tuviera que reconocer que había ido a la deriva en un mar de autocompasión, rencor y tristeza, pese a haberse jurado no caer de nuevo. Las imágenes de la noche en el bosque ardían en su mente con renovada furia.
—Su Majestad —saludó al girar sobre sus talones, abandonando con reticencia el paisaje nocturno de Denerim. Realizó una reverencia rápida.
—Por favor, no. —Anora alzó una mano con los dedos extendidos y la sacudió un par de veces para detenerla—. A solas es simplemente incómodo.
Kallian cabeceó en acuerdo y viró hacia el exterior.
—No he escuchado nada demasiado terrible aún —le informó—. La gente allá abajo te quiere y la mayoría de los nobles aman a tu encantador y manipulable marido. Quien quiera que amenazó con una revuelta... bueno, lo hacía por fastidiarte.
Hubo un lapso de silencio, y luego el susurro del vestido de Anora mientras se aproximaba hasta ella.
¿Esto habría querido su madre? ¿Que vigilara el bienestar de la única posibilidad que su pueblo tenía de un cambio?
—Gracias, Kallian.
Ella se encogió de hombros, quizá para ocultar el pinchazo de remordimiento que estuvo a punto de colocar una mueca delatora en sus facciones. ¿Cuántas veces pensaba Kallian en Anora Mac Tir como un instrumento antes que como amiga? Su madre, por seguro, no habría querido verla convertida en una especie de arribista -por nobles que parecieran sus intenciones-, una más en la larga lista de hipócritas que rodeaban a la reina de Ferelden.
—Ha sido interesante como actividad —comentó, tratando de no demostrar mucho interés—. Ya sabes, no me molestaría otro trabajo de estos en el futuro.
En su vista periférica, percibió un cambio en la postura de Anora, y cuando decidió mirarla de frente, alcanzó a distinguir una sonrisa que la reina consiguió someter en el último momento. ¿Anora pensaría en ella como un instrumento antes que como una amiga? La incertidumbre la traicionó con un hondo suspiro.
—¿Por qué no regresas a palacio?
Kallian tragó saliva con esfuerzo y su respiración se cortó al tiempo que el corazón le daba un brinco.
—Este no es mi lugar, necesitas un... ¿agente? allá afuera. —Rechazó de la manera más inteligente que logró idear.
A este punto, decirle que el palacio acechaba sus pesadillas, o peor, los sueños dentro de los cuales volvía a ver a su madre y todo era normal hasta despertar para caer en la cuenta de lo terrible que era todo, habría sido vergonzoso. Anora había manejado con madurez y entereza la muerte de Lady Celia, y debía pensar que ella era débil, estúpida y pueril por continuar tan anclada a aquél trauma.
—Sabes cuál es la condición entonces —habló Anora pasado un rato. Su voz había perdido vivacidad y ella lo lamentó.
—Ningún asesinato, si no es estrictamente necesario —recitó.
Anora asintió. Aguardó junto a Kallian, en silencio, contemplando la ciudad.
—¿Cómo están las cosas con tu compromiso?
—La alta dote que Valendrian le ha sugerido a mi padre me ofende. —Por poco se le escapa una carcajada.
—Atraerá a los codiciosos, no a un buen partido —coincidió la reina—. ¿Puedo ayudar?
—Mejor será que no. —Kallian meneó la cabeza, con una sonrisa insinuándose en la comisura de su boca. Sin embargo, resopló luego y estiró una mano hacia el atuendo de Anora para jugar distraídamente con el ribete de su manga—. Me da miedo que mis primos sigan mi ejemplo. Mi padre... él creé que estaría fallando si no consigue consumar su labor de jefe de la familia al casarnos como marca la tradición. Él encontró una mujer increíble, después de todo. Tiene miedo de dejarnos solos... supongo que somos demasiado idiotas como trío, es natural que esté aterrado. Y el hahren no hace más que empeorar sus preocupaciones.
Al concluir, apretó los labios e hizo amago de retirar el brazo hasta que Anora la sostuvo por la muñeca y capturó la mano helada de Kallian entre las suyas, cálidas y suaves. Sus ojos observaron el punto de unión un instante, aturdida.
—Mereces el mejor compañero —le dijo con voz suave. Kallian elevó la vista y miró directo a los ojos azules de la reina. Encontró algo reconfortante en el iris gélido y en esas pupilas dilatadas que la observaban intensamente. Durante una pequeña eternidad, Kallian volvió a ser un chiquilla y Anora la protectora y mecenas de sus travesuras. La confidente. La única que parecía entender por qué el mundo era un lugar aterrador, y la idea de enfrentarse a él era paralizante—. No puedes esperar que me quede cruzada de brazos.
Su última frase incrementó la sensación de aturdimiento, de no saber qué sucedía, en qué momento había retrocedido el tiempo. Anora liberó su mano y caminó a un lado de ella rumbo a la puerta y las escaleras más allá. Kallian se quedó de pie, parpadeando en busca de una reacción de sus sentidos embotados. Su respiración elaborada, como si hubiera corrido durante varios minutos. Apretó los párpados y agradeció la caricia del viento como una bendición sobre su piel.
Quizá, si su madre había intercambiado su vida por la de Kallian, había sido con la esperanza de algo tan simple (y tan complicado) como hallar felicidad.
Pensativa, frotó su muñeca, donde persistía la huella cálida de la piel de Anora.
Felicidad -dulce e inesperada, matizó- como la que venía a agitarlo todo en su interior y la hacía sentir ofuscada ahora.
N/A: Muchas de las escenas en este capítulo y en los que vendrán, fueron escritas hace tiempo. El problema es hallar el orden correcto, la forma de contar la historia sin causarme problemas con la trama después.
En fin, gracias infinitas a quienes se pasan por acá :3
