- It was a pleasure~

Alfred extendió su mano y la joven rubia belga la estrechó amablemente con él. Hicieron entonces una pequeña reverencia entre ambos, que indicaba el permiso para partir y así fue.

Los norteamericanos salieron de la sala, dejando a la otra al lado de su gabinete de representantes. Rápidamente, se dedicaron una mirada satisfactoria entre los tres, en señal del buen trato que habían hecho. Entonces el mexicano soltó un suspiro, tocándose la frente, que se encontraba un poco caliente aun.

- ¿Te sientes mal, Fernando? –cuestionó el canadiense

- Creo que tengo un poco de calentura –avisó, sin voltear a verle- Otro té de canela con ajo y dos limones me lo quitan, no te preocupes –dijo sonriendo- ¿Pero podríamos regresar a la casa de una vez? Necesito empacar mis cosas…

- Fernando –el rubio estadounidense le habló, revisando de nueva cuenta los papeles de su portafolios- ¿Tú jefe te dejará ir así nada más?

- ¿Qué?

- ¡FRANCIS~!

En casa del inglés, Antonio hacía un tremendo alboroto, causando la molestia del austriaco, quien no podía tomar su té en paz, aun cuando se encontraba lidiando con un Gilbert que se robaba todos los dulces que el mexicano había dejado en la alacena.

- ¿Se puede saber qué pasa? –preguntó, alzando una ceja y con una mano empujando al pruso- Ese pervertido no se encuentra aquí…

- ¡Gilbert! –se acercó a los otros dos- ¿No han visto a Francis entonces?

- Fernando salió con Alfred y Mathew –dijo el ojirrojo, leyéndole la mente de forma práctica- Fueron con la presidenta –hizo alusión a la belga-

- Para arreglar unas cosas antes de irse –puntualizó el austriaco esta vez, como comentario final

- ¿Qué?

El español se quedó blanco por un momento.

- Dime, Antonio –la violácea mirada del austriaco se clavó en la esmeraldina del otro- ¿Crees que Fernando es tan tonto como para aguantar esto?

-…

- Eso te pasa por idiota –cantó Gilbert, cuando su ave apareció desde la ventana y comenzaba a darle vueltas a la cabeza del español- Ahora ve a hacer algo de provecho y tráelo a casa, porque se nos terminan los dulces.

El español dio media vuelta y salió de la habitación, aun sin procesar la noticia de escasos segundos atrás.

¿Cómo se suponía que el mexicano se iba a ir sin siquiera haber hablado hacer de lo sucedido? Pero aún, ¿cómo diablos le había hecho eso, si actualmente ya no tenía derecho de hacerlo? Dentro de su posición, ninguno podía mantener una relación únicamente con alguien. Y a penas se estaba dando cuenta.

- Coño…

- Ya me quiero ir…

Fernando cogió con fuerza el teléfono público del que hablaba directo a México. Después de veinte intentos desesperados le habían contestado. No percibía la diferencia de hora y su jefe le hablaba aun somnoliento. Seguramente seguía de madrugada por allá en su casa, y aquí de tarde.

- ¿Ya me puedo regresar a la casa? –volvió a preguntar, moviendo el pie con levedad, de la desesperación por querer oír su respuesta

- ¿Y ya has terminado todo lo que debes de hacer allá?

- E-Eh…

Se quedó en silencio. Escuchó un bostezo de parte de su jefe y luego se mordió el labio.

- En cuanto termines todo, regresa con cuidado, por favor.

Y colgó.

Fernando salió de la cabina de teléfonos, con la cara hasta el suelo. Soltó un estornudo de pronto, señal de que debía regresar a la casa del inglés y tomarse otro té de nueva cuenta.

Frunció el ceño con preocupación. No se necesitaba decir más para notar que el mexicano se sentía de esa forma. El estadounidense alzó la mano para que se apresurase y de una buena vez partieran de regreso. Soltó un suspiro, un largo suspiro, justo cuando se disponía a abrir la cabina del teléfono, miró como la limosina se acercaba a por ellos.

- Let's go~

Subió antes que Alfred y después de Matthew. Se sintió muy pequeñito en medio de los dos, más a parte, su espléndida actuación había sido todo, menos acertada. Su mente regresó a la escena de la noche pasada y su cuerpo volvió a sentir las manos del español sobre de él. Agachó la mirada, para luego sentir la mano del canadiense tocar su espalda y la cabeza de Alfred recostarse sobre su hombro, dispuesto a dormirse.

Sonrió. Por un momento no se sintió solo, y es que no lo estaba. Aun cuando pasase algo entre Antonio y él, seguiría teniéndoles a ellos y a toda su gente, a pesar de los problemas que se presentasen. Total, que si ya había vivido más de un siglo sin hablarle.

- Otro siglo no sería nada… -pensó, mientras se mordía el labio

Esa no era la solución.

La tarde cayó como de costumbre en Inglaterra. Ya comenzaba a refrescar y el viento semi gélido corría por las calles. Para suerte del mexicano, los tres ya habían llegado a la casa. Agradecieron al chofer y este se retiró, tras haber cumplido con su trabajo. Caminaron dentro, topándose con un ansioso inglés, muy desesperado por verles de regreso.

- We're home, mom~! –exclamó Alfred, con su peculiar voz, mientras extendía los brazos y corría donde Arthur para depositarle un beso en la mejilla y luego otro en los labios- I feel hungry, Arthur!

- A-And it's my problem? -respondió con las mejillas ruborizadas, cruzándose de brazos- A-Ah… Fernando…

Entonces volteó a ver al susodicho, quien cerraba la puerta y se quitaba el saco para dejarlo en el perchero, acomodando el del canadiense también. Alfred le pasó el suyo, entonces pudo por fin ponerle atención al inglés, esbozándole una pequeña sonrisa.

Escuchó los pasos de Francis bajar por las escaleras. Al ver a Fernando, apresuró el paso y así acariciar su cabeza, un tanto preocupado. Le sonrió y besó su frente, en señal de bienvenida. Le devolvió el gesto, curvando sus facciones. Caminó hasta las escaleras esta vez, quería ir a su habitación por ahora y recostarse un rato.

- Fernando… -repitió Arthur, pero Alfred le sonrió, indicando así que lo dejara por ahora

Fernando dejó a todos anonados con levedad, pero ya dirían los otros dos cómo les había ido. No opusieron resistencia y dejaron retirarse al cálido hombre con sus papeles.

- I am hungry~ -insistió el rubio americano, abrazándose del cuello de Arthur- ¡A la cocina!

El pequeño grupo anduvo hasta allí, siendo Alfred quien se sentara primero. Francis se dispuso a calentar un poco de la comida que había sobrado del desayuno hecho por el mexicano y así el rubio no hiciese escándalo por un rato. Pronto, la cocina se inundó del rico olor a especias que utilizó. Le sirvió un plato y el canadiense se lo pasó.

- Oh, es cierto –dijo el pequeño Mathew, cargando de pronto a Kumajiro, quien había entrado sin ser visto- Fernando iba a tomar ese extraño té… I-Iré a preguntarle cómo se ha…

- Yo lo preparo –avisó el inglés- Puedo hacerlo –y sonrió

En menos de un instante, Arthur terminó con la preparación de la bebida. Después de todo, y a pesar de la mala comida, de té si sabía. No por nada ese era uno de los métodos más eficaces con los que había vivido tiempo atrás. Tomó una pequeña charola para la fina presentación de la taza y salió de la habitación.

Anduvo por el pasillo, subió las escaleras y no tardó más que segundos en llegar con la taza frente a la puerta del mexicano. Tocó, pero no vio respuesta en aquello. Quizá estaba dormido, pero insistió, no quería repetir la ocasión en la que había abierto la puerta sin pedir permiso y a cambio se topó con el explícito acto de los ahora peleados.

- ¿Fernando, puedo pasar?

La puerta se abrió y dejó ver al mexicano, quien parecía haberse levantado por la mañana. Vestido con la pijama y envuelto en una cobija, con el cabello fuera de lugar. Sus mejillas se encontraban ruborizadas, seguramente por la fiebre que se le quería ir encima.

- ¿P-Puedo pasar? –atinó a decir el inglés, un tanto nervioso

Fernando tardó en contestar. Arthur no supo qué tanto pensaba para responderle. No estaba seguro si aun le guardaba rencor o simplemente no lo había escuchado. Carraspeó un poco y el moreno asintió, haciéndose a un lado para que el otro pasase.

- ¿Lo hiciste? –preguntó el castaño, tallándose un ojo-

- S-Sí –contestó- Lo hice p-para ti…

- Oh, gracias…

Los dos se sentaron en la cama. Fernando recibió la taza de las manos del inglés, rozándolas en el acto. Esto estremeció a Arthur sin preguntar. Sus mejillas se tiñeron de rojo, así que decidió mirar a otro lado, donde nadie lo notara. Escuchó el descuidado sorbo del mexicano, pero no supo qué decirle.

- Está bueno… ¿Qué le echaste? ¿No le pusiste ajo, o si?

- U-Uh… Hi-Hice uno que tomaba yo cuando me enfermaba… Pensé que te sería de ayuda…

- Ah… -exclamó, extendiendo la palabra- Pues sabe muy rico… Ojalá supieras cocinar como haces té~

- ¡¿Qué insinúas, tarado? –lo tomó de la cabeza, dispuesto a regañarlo

- Que cocinas mal, bleh –terminó sacándole la lengua

Se quedó mirándole detenidamente. Arthur tragó saliva, pero debía de pedir un par de disculpas esta vez. Esperó a que terminara su té, para tomarlo de la mano y agachar la mirada.

- ¿A-Arthur? –alzó una ceja, dejando la taza a un lado- E-Eh… Gracias por el té… ¿Eh?

- F-Fernando, yo… Lo siento por… T-Te pido unas disculpas, por…

El mexicano le soltó la mano, haciéndolo sentir rechazado solo por ese acto. Fernando se puso de pie, dejando la cobija a un lado. Parecía verse mejor, un poco, pero mejor corrió a uno de los closets donde guardaba su equipaje. Parecía buscar algo, solo que no lo hallaba.

- ¿Q-Qué tanto buscas? –dijo, acercándose

- Bueno, yo… -sacó su maleta, entonces Arthur se dio cuenta que eso de partir antes de tiempo era cierto- Desde que llegué no he hecho más que tonterías en tu casa y… -de quien sabe qué parte sacó una botella de tequila, vieja pero muy conservada

- ¡¿D-DE DÓNDE SACAS TATNO ALCOHOL?

- De por allí~ -volteó a verle- Bueno, esta botella… Es de las primeras cosechas cuando empecé a vivir con Antonio… -extendió los brazos con la botella, entregándosela

- ¿Eh? P-Pero… -la recibió- E-Esto es muy importante como para que te lo acepte –dijo, regresando la botella a la maleta y empacándola dentro del clóset

- ¡Desgraciado, es mi regalo de disculpas también! –patada

- ¡Maldito…! –tomó aire- Fernando, por favor… Esta vez, yo…

Pero el moreno no le dejó terminar. Con ambos brazos lo rodeó y cerró la conversación en un cálido abrazo, que dejó sin poder hablar al rubio.

- Si te pasaste, pero… No me puedo enojar contigo, Arthur –volteó a verlo, con una suave sonrisa- Eres mi amigo, después de todo, jaja.

Lo abrazó con más fuerza y luego lo soltó, dejándolo de verdad estupefacto. Las manos del inglés le temblaron y una emoción lo recorrió por dentro. No era que de verdad creyera las palabras de aquel molesto francés con respecto a sus relaciones personales, pero en verdad que la palabra "amigo" le tocó el corazón.

- ¿Tienes más té? ¡Sabe mejor que el mío!

Fernando salió de la habitación, después de colocarse las chanclas. Volteó a ver con una plena sonrisa al otro joven rubio de ojos verdes, que seguía parado como hipnotizado.

- A-A-A-A-Ah, si… -balbuceó- ¡Sí, puedo preparar más!

Salió detrás de él. Se mordió el labio. Tenía ganas de abrazarlo y gritarle a medio mundo que Fernando era su amigo. Más que eso, le llamaría a Japón en cualquier instante para contárselo.

Bajaron a la cocina de nueva cuenta. Fernando iba al frente, jalando de la manga al anonado Arthur, quien parecía hablar con sus mascotas imaginarias de lo bonito que era la amistad. Por ahora, Arthur no se encontraba muy disponible, así que volteó a avisarle que cruzarían la puerta.

- Arturo, reacciona… -le dijo- Oye, Arthu… ¡Ouch!

Chocó contra el pecho de Antonio, quien lo miró con un nudo en el cuello. Le volteó a ver directo a los ojos y de la misma manera que el otro, se quedó sin palabras. Dio un paso para atrás, pero el fantasioso inglés empujó su cuerpo contra el suyo, quedando en medio de ambos y tan cerca.

- Oh, Arthur… -escupió el español, alzando una ceja

Fernando empujó al inglés hacia atrás, interponiendo distancia por cualquier cosa que sucediera. El labio le tembló, no supo que hacer ni mucho menos qué decir. Pero quería hacerlo, solo que no sabía cómo.

Entonces sintió una mano sobre su hombro. Supo que Arthur había regresado de hablar con sus duendes imaginarios. Se tensó un poco, pero las caricias que el inglés le propinó con delicadeza, lo hicieron tranquilizar.

- Mantén tu distancia, si eres tan amable… -habló el rubio, sin quitarle la vista de encima a los otros ojos esmeraldinos- No vaya a ser que tus manos vuelvan a hacer otra de tus estupideces…

- Entonces solo ten cerrada la boca… -contestó, frunciendo el ceño

- Tch… -chasqueó la lengua, avanzando sin pensarlo

- ¡A-A-A-ALTO! –gritó Fernando, él seguía en medio de ambos y el movimiento del rubio solo lo había acercado a más contacto físico con el español- ¡Arthur! –y desviando la cabeza, se hizo hacia atrás, para detenerlo- P-Por qué no vas a ver a Alfred, eh.

- ¿Seguro? –preguntó, con inquietud

- Ssssi… -contestó, inseguro- A-A… -abrió la boca, moviendo los labios que buscaban articular su nombre- Anto… Antonio… ¿P-Podemos hablar?

-… -el castaño de ojos verdes abrió los ojos, sorprendido y emocionado-

- Entiendo si no… Quieres hacerlo, pero… Es necesario para nuestros jefes, entonces…

- ¡Sí! –gritó, tomándolo de las manos con alegría

- ¡Nngh…! –el mexicano gimió de forma incómoda- E-Eh… ¡P-Perdona! ¿P-Podemos hacerlo ahora?

- …Sí –contestó con un aire preocupado- Va… Vayamos a la sala, si te parece…

Entonces Fernando notó la formalidad del español, pero no flaquearía esta vez. Asintió, moviendo la cabeza de arriba a abajo. Dejaron a Arthur, que siguió caminando a la cocina para encontrarse con los demás, sin antes dedicarle una miradota al joven español.

Caminaron no muy seguros de si mismos, y se sentaron frente a frente. Fernando no le dio la cara, hasta que recordó que le faltaba traer las cosas que debían de firmar.

- ¡-Esperame un momento, no traigo las cosas! –se levantó del sillón

- ¡F-Fernando…

- ¿S-Sí?

- ¿Regresarás? –preguntó, haciendo alusión al momento-

- S-Sí… Nada más voy por las cosas y vuelvo, quedate aquí.

Antonio asintió y lo vio partir. Fernando subió las escaleras y pareció regresar en un santiamén. Al bajar, se topó con Arthur, quien parecía esperarlo con algo en las manos.

- ¿Arthur? –alzó una ceja- Ya te dije que está bien…

- Toma… Esto es… -tomó su mano y le entregó lo que era un boleto de avión, para el próximo vuelo en unas horas- Para que te vayas…

Fernando lo recibió, sin pensarlo mucho. No supo que decirle, más que eso, lo guardó en una de las bolsas del pantalón. Bajó la mirada, luego regresó su mano donde el boleto y lo tomó para regresárselo, pero Arthur dio la espalda.

- No lo necesito –contestó

- Es tuyo –habló fuerte, dejándolo callado para luego irse

- Estúpido… -gruñó

Regresó a la sala, donde el español miraba al suelo, recargado sobre sus manos y estos sobre sus piernas. Se quedó de pie en la entrada, sin hacer ruido, simplemente lo contemplaba y sus mejillas se ponían rojas.

Todo esto le recordaba cuando aun vivía bajo su mando, cuando Antonio regresaba de su casa y llegaba a la suya y se quedaba sentado en el comedor, pensando sobre lo que le esperaba en casa.

Eso le dolía. Le dolía verlo así. Tan preocupado y solo.

- A-Antonio… Ya vine…