¡Ya sé que no tengo vergüenza! Mis disculpas al final del capítulo. T-T
Disclaimer: No soy dueña de Frozen, solo de mi imaginación, la cual tal vez algun día me de los medios suficientes como para tener una multinacional tan maligna y poderosa como la de Mickey Mouse.
11
La víspera de Navidad nunca había sido una época precisamente feliz para Elsa; no al menos desde los ocho años. Pasar esas fechas encerrada en su habitación, apartándose por cuenta propia de su familia, le había retirado gran parte de la emoción que normalmente las personas sentían debido a la época. Y en sus circunstancias actuales, más que nunca sentía que no tenía motivos especiales para celebrar.
No era tampoco como si el ambiente en palacio fuera de lo más festivo. La carencia de adornos en el lugar no le había sorprendido, pues estaba claro que Su Majestad era un alguien que no perdía el tiempo con semejantes "frivolidades".
El veinticuatro de Diciembre, la mayor parte de la servidumbre se había retirado a la ciudad para estar con sus seres queridos, dejando pendientes sus labores en el palacio por un par de días. A la princesa le sorprendió que el rey tuviera tanta consideración como para dejarlos ir. Ese hombre era una complicada maraña de misterios.
Mientras divagaba en ello, miró distraídamente como frente a ella Sitron volvía a comer una de las manzanas que le había llevado.
—Ahora sí lo está malcriando por completo—escuchó la voz de Bent en algún punto detrás de ella—, me pregunto qué diría Su Majestad si viera la manera en la que malacostumbra a su caballo, Alteza. Ni yo le daba tantas manzanas.
—Te he dicho que no hay necesidad de que me llames así—dijo la joven sin voltearse—, llámame por mi nombre. Antes no te costaba trabajo.
Oyó los pasos del adolescente acercándose en dirección a ella y enseguida lo vio por el rabillo del ojo, apoyándose a su lado para ver al equino.
—Pero ahora me cuesta. No todos los días estás frente a alguien de la realeza—le dijo el adolescente y ella lo miró con una ceja alzada—. Es la verdad. El rey no se deja ver mucho por aquí. La mayoría del tiempo está en el palacio o atendiendo asuntos en la ciudad.
La rubia suspiró ante la mención del gobernante. Desde el incidente ocurrido la noche que había bajado a los establos, se había descubierto pensando con frecuencia en él. Algo que la frustraba porque sin importar lo que hiciera, su mente siempre tenía que retornar al momento en el que la llevaba en brazos y si no, a detalles como su odiosa sonrisa arrogante o la manera en la que fruncía el ceño cuando estaba concentrado.
Y no le gustaba. Porque no debería dedicarle ni un pensamiento como no fuera para maldecirlo.
—Extraña Arendelle, ¿cierto?—el comentario de Bent volvió a sacarla de su ensimismamiento—¿Hacía algo especial por estas fechas?
Elsa negó con la cabeza.
—En realidad no hacía gran cosa—le dijo—más allá de permanecer en palacio con mi familia. Pero en cierta forma… era algo agradable.
Lo era al menos, si lo comparaba con el hecho de estar prisionera en un reino extranjero.
—Imagino que sí—repuso el chico comprensivamente—. ¿Sabe? No debería perder las esperanzas. Estoy seguro de que pronto tendrá la oportunidad de regresar—agrego con optimismo—, además tiene que aceptar que de cierto modo, Su Majestad tiene algunas consideraciones con usted.
—Supongo que sí—se obligó a aceptar Elsa.
El hombre era insoportable pero dentro de todo, había demostrado una mínima preocupación por ella. Claro estaba que si dejaba de lado sus intenciones, tenía que admitir que su situación podría ser peor.
—Entonces, trate de quitar esa cara larga. Todo saldrá bien.
La princesa le sonrió tímidamente. En verdad apreciaba la confianza que le transmitía el chico. Su carácter jovial le recordaba al de Anna.
Sitron frotó brevemente el hocico contra su hombro, haciéndola ensanchar su sonrisa.
—Este amiguito en verdad se ha encariñado con usted—observó Bent—, si le conociera como yo, se daría cuenta de cuan impresionante es eso.
—Es un animal muy tierno—dijo la muchacha haciéndole una caricia en torno a la oreja—, no comprendo cómo alguien tan áspero como el rey es capaz de convivir con una criatura así.
—Hay muchas cosas que no comprendes acerca de mí, Elsa. Pero no seré yo el encargado de explicártelas.
La voz grave que se escuchó detrás de ellos les hizo tensarse de inmediato. La chica se apartó de inmediato de Sitron, cruzando las manos por delante de sus faldas y volviéndose para encarar con expresión tensa al rey, que mostraba su habitual semblante de prepotencia en el rostro.
Bent por su parte, se apresuró a hacer una inclinación con nerviosismo.
—Su Majestad—le saludó—. Buenos días.
Elsa pudo notar que se había puesto visiblemente pálido al darse cuenta de la presencia del pelirrojo. Y como culparlo. El estómago le dio un vuelco.
¿Habría escuchado todo lo que conversaban?
—Ensilla mi caballo, muchacho. Deseo ir a dar una vuelta.
Al parecer no. Debía haber acabado de entrar, solo para escuchar su último comentario. Eso la tranquilizó un poco.
—Así que aquí es donde te habías metido—le dijo Hans mientras ella le devolvía la mirada con recelo—, tienes una manía por venir a sitios que son tan poco apropiados para ti, ¿no, Elsa?
La aludida se ruborizó, sabiendo muy bien que se refería al incidente con el guardia de la otra noche.
—No vi ningún inconveniente en pasar el tiempo aquí, puesto que usted estaba en la ciudad atendiendo sus asuntos—objetó con frialdad.
—Estaba—replicó él imitando su tono gélido de voz—. No tenía idea de que te gustaran los caballos—se aproximó hasta estar de pie a uno de sus costados y la joven se mordió el labio inferior con incomodidad—, ¿quién lo diría?—añadió esbozando una sonrisa burlona.
—¿Es qué eso le sorprende?
—A decir verdad sí—Hans comenzó a rodearla al tiempo que hablaba—. Aunque algo me dice que no eres muy buena en las cabalgatas. Es una actividad que requiere de bastantes… habilidades.
La manera en que lo dijo la ofendió. Y estaba claro que esa había sido su intención, ahora que miraba como había aumentado su sonrisa de engreimiento.
—Para su información, recibí muy buena instrucción en la materia—le espetó con toda la dignidad que le fue posible.
Aquello era cierto… a medias. Si bien de pequeña había recibido algunas clases para montar a caballo, como lo haría cualquier chiquilla de su estatus, las mismas se habían visto abruptamente interrumpidas después del incidente con Anna y sus peligrosos poderes.
—Oh, ¿de verdad?—el rey volvió a colocarse frente a ella con una mueca astuta—Siendo así, supongo que no te molestará acompañarme.
Elsa frunció el entrecejo ligeramente, dándose cuenta de que había caído en su trampa.
—No creo que le haga falta mi compañía—dijo, ansiosa por declinar su oferta y presintiendo con pesar, que de nada le serviría.
—Insisto, quiero ver por mi mismo que tan buena ha sido tu instrucción—indicó el cobrizo con sorna.
De inmediato miró a Bent, que recién terminaba de sacar a Sitron de su cuadra, debidamente ensillado.
—Ya escuchaste, muchacho. Prepara un caballo para la señorita. Va a acompañarme.
El castaño desapareció con premura rumbo a las caballerizas del lado opuesto, para cumplir con la orden.
Por dentro, Elsa se reprendió a si misma por haber caído en las provocaciones del pelirrojo. A esas alturas ya debería haber aprendido como librarse de las mismas, pero su orgullo siempre terminaba jugándole en contra. Y ahora tenía un problema.
¿Qué se suponía que hiciera? Hace años que no montaba a caballo y ni hablar de lo nerviosa que se sentiría, pudiendo descontrolar sus poderes.
Vaya si se había metido en un lío.
—¿Qué pasa, Elsa? Te noto intranquila. ¿Acaso me estabas mintiendo?
Apretó los dientes. ¡Ese hombre! ¿Cómo era que siempre se las arreglaba para molestarla sin el mayor esfuerzo? Ya le enseñaría. No importaba que tuviera que contenerse un poco más de la cuenta para no terminar haciendo un desastre.
Y que el cielo le ayudara, porque realmente no quería perder el control.
Bent regresó, trayendo consigo una yegua blanca con manchas marrones que caminaba con tranquilidad junto a él. La platinada se quedó estática en su lugar.
—Ah, perfecto. ¿Qué esperas para montarla, querida?—la apremió Hans, obviamente disfrutando de su notoria incomodidad.
No le daría el gusto de burlarse.
Con la barbilla en alto, avanzó hasta el animal fijándose bien donde debía poner sus pies para subir a la silla.
—No se preocupe, es muy mansa—le susurró Bent cuando llegó hasta su lado—, está muy bien amaestrada.
La chica aceptó brevemente su ayuda para montar a la yegua, agradeciendo el hecho de llevar puestos sus guantes. Le dio un asentimiento al jovencito antes de que este se retirara, bastante intimidado de la mirada del rey.
—Después de ti, querida—le dijo Hans sin abandonar su tono sarcástico.
Respirando hondo, la princesa intentó recordar las breves enseñanzas de su niñez, tratando de convencerse de que aquello no debería ser difícil.
¿Cómo era eso de cabalgar? Primero debía tomar las riendas y después, hacer avanzar al caballo con suavidad. Nerviosa, pegó un par de golpes suaves a los costados de la yegua con sus tobillos, provocando que esta se pusiera en marcha.
No pudo sino felicitarse internamente mientras trataba de guiarla lo mejor que podía, con cada rienda en sus manos.
—No está mal, Alteza—dijo Hans condescendientemente, emparejando su caballo con la potra—, aunque yo le aconsejaría que no tomara de las riendas tan descuidadamente. O ese pobre animal no sabrá en que dirección debe ir.
La rubia le lanzó una mirada severa antes de afianzar su agarre. Realmente, aquel sujeto era la persona más desagradable a la que había conocido.
—¿Eso es todo lo que puede hacer, Su Alteza? Va muy despacio, ¿no le parece?
—¿Acaso esto es una competencia?—preguntó ácidamente, conforme cabalgaban hacia la arboleda que se extendía detrás de las caballerizas.
—No tendría el corazón para dejarla en ridículo en medio de una competencia, princesa—repuso el cobrizo con falsa lástima—, es obvio que apenas y se las puede arreglar para hacer caminar a su montura.
—Comprendo que solo le place tener mi compañía para descargar sus desconsiderados comentarios—le impugnó ella con enfado.
—Vamos querida, no hay necesidad de tomarse las cosas tan a pecho—señaló Hans con ironía—. Si tanto te disgusta montar, puedes bajar de ahí y acercarte a mi caballo para dejar de esforzarte. Estaré encantado de compartirlo contigo.
—Prefiero caerme de la yegua antes que dejar que usted me lleve—expresó Elsa con desdén.
—Por el modo en el que te conduces, diría que eso no está muy lejos de pasar.
Hastiada, Elsa retiró su vista de él y casi sin pensar volvió a espolear a la potra para que avanzara con mayor rapidez. La misma se adelantó por un buen trecho a Sitron.
—Es mejor que no vayas tan rápido, Elsa. Podrías resbalarte de la silla.
Ignorando deliberadamente al rey, se negó a mirar atrás, consciente del sarcasmo presente en sus palabras. Llegó hasta el límite de la arboleda y comenzó a adentrarse en el bosquecillo, escuchando un relinchido detrás.
—¡No me ignores cuando te estoy hablando, mocosa!
Sintiéndose satisfecha por haberlo molestado, volvió a espolear al animal, irrumpiendo con más profundidad en aquel paraje boscoso que rodeaba el castillo por detrás. El sonido de cascos siguiéndola le hizo saber que Su Majestad le estaba dando alcance.
Eso le disgustó. ¿Es qué siempre tenía que buscar la manera de acabar con su tranquilidad?
Una vez apremió a la yegua, se sobresaltó cuando aumentó la velocidad y se aferró a las riendas con fuerza. No recordaba cómo hacer que parara.
El paisaje a su alrededor comenzó a pasar como un borrón.
—¡Elsa!
El grito del pelirrojo encendió una alarma en su cabeza. En sus venas, el hielo comenzó a correr amenazando con salir de si. Cuando volvió a picar a la yegua con sus talones, en un vano intento de que comprendiera que debía detenerse en su trote, esta se echó a correr haciendo que soltara un alarido y se sujetara de su cuello.
"Contrólalo, no sientas… ocúltalo…"
Era inútil. El miedo comenzaba a apoderarse de su raciocinio, provocando que se inclinara sobre su montura y cerrara los ojos con fuerza; debatiéndose entre el esfuerzo por no liberar sus poderes y lograr que la potra se parara.
—¡Detente! ¡Para, para!—pidió asustada.
Pero de alguna forma parecía intuir su temor y lejos de tranquilizarse, siguió corriendo. La princesa sintió que el frío estallaría en cualquier instante.
Al ver como el animal que tenía delante se echaba a correr, repentinamente asustado, Hans apremió a Sitron para ir en pos de él con sus ojos verdes fijos en la figura menuda de la muchacha. Se había percatado de su grito de miedo y el cambio en su postura, comprendiendo que había cometido una equivocación.
Se había propasado de nuevo al hablarle y ahora estaba en riesgo. Rogaba porque no se cayera de la silla de montar antes de que pudiera detenerla.
Una oleada de pánico lo invadió al pensar en ello. No podía permitir que se hiciera daño.
Se lanzó en su persecución, consiguiendo estar a la par de la yegua en un instante y fijándose en la princesa. Sus párpados cerrados fuertemente y la expresión de pánico que cruzaba sus rasgos le hicieron maldecir por lo bajo.
—¡Elsa, dame las riendas!—gritó, sin conseguir que saliera de su estado de parálisis—¡Elsa!
No tenía caso. Peligrosamente, extendió su brazo para asir la brida de la potra; una tarea difícil debido al ritmo veloz que llevaba. Algo la había asustado terriblemente y no alcanzaba a entender lo que era.
Antes de que pudiera tomar la rienda, la criatura se alzó sobre sus cuartos traseros, repentinamente alterada.
No lo pensó. Se impulsó hacia delante para asir el cuerpo de Elsa entre sus brazos, sin poder evitar salir disparado de la silla de montar. Cayó al césped, rodando con la joven en medio de su abrazo y golpeándose la cabeza con una roca cercana.
Elsa se escuchó gritar al tiempo en que sentía como tiraban de ella y después se sintió cayendo, bruscamente sobre el suelo. El cuerpo del rey amortiguó su caída para después rodar encima del prado. El dolor se hizo presente en uno de sus costados, aunque no con tanta fuerza como para no incorporarse.
Inquieta, la yegua desapareció en medio de los árboles y Sitron se aproximó relinchando a ella.
La joven poso sus orbes celestes en la silueta inerte del rey, a poca distancia de si.
—¡Majestad!—exclamó alarmada, arrastrándose hasta él.
Una exclamación de horror brotó de su garganta al percatarse del golpe que tenía en la cabeza. Su frente sangraba.
—No… no… —murmuró aterrorizada.
La escena frente a sí no podía ser más espantosa. Tanto su respiración como los latidos de su corazón se volvieron frenéticos. Una estela de escarcha comenzó a cubrir el sitio en el que se encontraba.
"¡Contrólate, Elsa! ¡Contrólate! ¡Tienes que ayudarlo!"
¿Y si estaba muerto? La horrible alternativa se presentó en su mente sacudiéndola por completo.
—Majestad… por favor… —musitó terminando de acercarse con la mirada cristalina.
Detectó el débil movimiento de su respiración y una ola de alivio la invadió de pies a cabeza. No obstante no se atrevía a moverlo. ¿Qué debía hacer?
Fue el sonido de Sitron lo que la hizo reaccionar.
—Rápido, amiguito—le dijo, secándose una lágrima—, ¡ve a buscar ayuda a palacio!
Ni bien hubo terminado de pronunciar estas palabras, el equino salió disparado hacia la salida de la arboleda y Elsa se concentró en hacer desaparecer la escarcha que sin querer había conjurado.
Ignorando sus propios dolores, sacó un pañuelo de su bolsillo y lo sostuvo firmemente contra la herida del soberano, buscando detener la hemorragia.
"Por favor, tiene que ponerse bien", pensó para sus adentros.
No se había sentido tan asustada desde el naufragio en el que había perdido a sus padres.
Y definitivamente, el rey no podía correr la misma suerte que ellos.
Tan pronto como el caballo de Su Majestad había llegado alterado a palacio, varios miembros de la Guardia Real acudieron en su búsqueda, encontrándolo inconsciente y acompañado por la llorosa joven a la que no dejaba ni a sol ni a sombra.
Sin perder un segundo, se le había trasladado a su habitación para que recibiera la adecuada atención.
La visita del médico real había dejado en claro que por algunos días tendría que guardar reposo para recuperarse de los golpes. La servidumbre había sido ya informada de su estado y Elsa se enteraría poco después, de que su Consejo Real también, algo que le sorprendió en demasía. Y es que en todo el tiempo que llevaba en el castillo, jamás había visto a un solo miembro del mismo y el rey no solía mencionarlos tampoco.
Tenía claro que a él le gustaba llevar el mando del reino solo y a no ser que hubiera una situación extraordinaria, no pediría la asistencia de nadie más. Su autoridad siempre se había hecho notar.
Y ahora, la princesa se encontraba en una situación de lo más incómoda y extraña. No podía evitar sentirse como si tuviera responsabilidad en el accidente que había sufrido el monarca. Una sensación de remordimiento y angustia se había apoderado de ella, a tal grado que no había dudado en quedarse fuera de la habitación del pelirrojo mientras este era atendido por el doctor; incluso negándose a ser revisada mientras tanto. Y eso era lo que más le desconcertaba.
Elsa sabía que no debía preocuparse por ese hombre que no le había traído más que infortunios y que tanto la había humillado. Pero no podía dejar de hacerlo. Después de todo, tampoco era una insensible que se alegrara por la desgracia ajena.
Por supuesto, su preocupación le había acarreado también más trabajo.
Al salir del dormitorio, el médico se había dirigido a ella en lugar de buscar a alguno de los sirvientes más cercanos. La muchacha no se había excusado al escuchar el diagnóstico del rey, escuchándolo en cambio con atención. Milagrosamente el accidente no le había provocado secuelas muy graves, aunque sí le había dejado varias magulladuras que llevarían su tiempo en sanar.
El golpe en la cabeza era otro detalle. El doctor había vendado la lesión en dicha parte del cuerpo, llegando a la conclusión de que el daño allí si bien no sería algo permanente, si le obligaría a mantenerse alejado de sus deberes como gobernante hasta que pudiera abandonar la cama. Y antes de eso, necesitaría cuidados constantes.
A ella por otra parte, le había aconsejado usar algunas compresas con hierbas y agua caliente para aliviar los golpes que había recibido tras caerse de la yegua. Afortunadamente, el haber sido protegida por el rey había impedido que recibiera perjuicios mayores.
Elsa se adentró lentamente en aquella habitación ostentosa, a esas alturas ensombrecida por la escasa luz que se filtraba por las cortinas de los ventanales.
Cautelosamente, avanzó hasta la cama del soberano, con sus orbes puestos en la figura recostada sobre las almohadas. El cobrizo mantenía sus ojos cerrados y el movimiento relajado de su pecho le indicaba que había entrado a un sueño profundo.
Pudo observar la venda que cubría uno de los costados de su cráneo, así como la sombra oscura que se apreciaba sobre una de sus mejillas y otra que asomaba entre el cuello semi-abierto de su camisa. La joven suspiró.
No podía creer que Su Majestad se hubiera arriesgado de tal manera por resguardarla. Y ella que lo creía un hombre que solo pensaba en si mismo.
Por su culpa se había herido pues sabía bien que era lo que había asustado a la yegua. Era el hielo. Estaba segura de que había sentido su toque frío a través de sus guantes y el miedo que sentía de sus propios poderes. Una vez más habían provocado un desastre.
Pesarosa, se sentó en el borde del lecho del pelirrojo, observándole con atención.
El semblante cruel y arrogante que solía mostrarle al mundo se había desvanecido. De la manera en la que estaba, parecía en cierta forma un hombre común. Desamparado.
Elsa sacudió su cabeza, intentado hacer a un lado los repentinos pensamientos. No debía engañarse. Aun en las circunstancias en las que se encontraba, él seguía siendo el mismo déspota al que denunciaría cuando escapara de vuelta a Arendelle.
Y eso, podría ocurrir en cualquier instante.
Por el momento se limitaría a atenderlo, pues convaleciente como estaba, recaía en ella hacerse cargo de su estado de salud. Era su dama de compañía después de todo y tenía que hacer lo posible por resarcir el mal que le había causado por su imprudencia.
—Elsa… —el leve murmullo que brotó de los labios del pelirrojo la sobresaltó, haciendo que lo mirara.
Continuaba durmiendo y en sueños se removió. Su ceño se había fruncido ligeramente pero el anhelo que percibía en su voz, la hacía dudar de que estuviera sufriendo alguna especie de pesadilla.
—Elsa—ahora parecía estarla llamando, pero el remedio que le habían administrado antes impediría que despertara con facilidad.
El médico le había suministrado una infusión de láudano para adormecer sus dolores y de paso, hacer que tuviera un descanso prolongado. La platinada se puso de pie y se colocó a un lado de la cabecera de la cama. Dubitativamente, extendió una de sus manos hasta tocar la frente de Hans con delicadeza, cerca de la lesión. Un estremecimiento recorrió el cuerpo masculino al sentir aquel contacto frío, pero también hubo un gesto de alivio en su sus facciones.
Lo escuchó murmurar su nombre de nuevo, entrecortadamente.
—Duerma, Majestad—dijo en voz baja—. Tiene que descansar.
Como si acatara su orden, el aludido cerró sus labios y volvió a dejarse llevar por los brazos de Morfeo. Elsa dejó que su palma descansara unos segundos más encima de su frente antes de retirarla por completo.
Acto seguido volvió a suspirar.
Todo indicaba que tenía una ardua jornada por delante, hasta que el soberano se recuperara por completo.
El dolor que sentía en varias partes de su cuerpo se mitigaba y volvía a intervalos, haciendo que fuera imposible que se encontrara cómodo. Un pesado sopor se había apoderado por completo de él, haciendo que se sintiera como en una nube, a pesar de sus dolencias.
¿Dónde estaba? No sabría decirlo con exactitud.
Escuchó un sonido distante en la lejanía que no supo apreciar. La cabeza le pesaba de una forma terrible.
Hans hizo un esfuerzo por abrir sus párpados y lo único que pudo ver ante sí, fue algo parecido a una niebla espesa. Enfocó la mirada y la bruma se disipo, haciéndole ver que se encontraba en una de las estancias de su palacio.
Reconoció el pequeño saloncito de té en el que a su madre le gustaba sentarse por horas para leer o simplemente, disfrutar de la vista que se apreciaba a través del ventanal. Sabía eso por las cosas que le habían comentado algunos criados, ya que a ella nunca la había conocido. Había muerto después de darle a luz.
Aquello era muy extraño, pensó, mientras se adentraba en la estancia. No había pisado esa habitación en años; no desde que era un niño que se ocultaba en los rincones del castillo y entraba en cualquier sitio que no estuviera cerrado.
La primera vez que había entrado en aquel salón, contaba con unos seis años de edad. Su padre le había dado una buena azotaina por irrumpir en esa estancia, que consideraba sagrada al haber sido una de las favoritas de la reina. Había llorado como un condenado en dicha ocasión, sin comprender que era lo que había hecho mal.
Años después recordaría la experiencia con amargura, comprendiendo que el difunto rey le guardaba rencor por la muerte de su esposa.
Contrariado, observó el color crema de las paredes y los muebles de madera oscura, ya bastante anticuados. El diván de terciopelo verde se notaba envejecido. Habían sido pocas las veces que había ingresado de nuevo en esa habitación, pues tras la muerte de su padre, a sus hermanos les importaba muy poco lo que hiciera o dejara de hacer en tanto no les estorbara.
Entonces se percató de una figura que estaba de espaldas a él, mirando por la ventana. Su menuda silueta se hallaba en vuelta en un vestido blanco con encajes y el cabello platinado estaba recogido en un moño bajo. La visitante se dio la vuelta, mostrando sorpresa al verlo presente y componiendo al instante una hermosa sonrisa, que hizo que se aceleraran los latidos de su corazón.
—Majestad, al fin ha despertado—Elsa se deslizó hasta él con elegancia hasta quedar a un solo palmo de distancia—. Y se encuentra bien. Esperaba con ansias verlo en pie nuevamente.
Los ojos de la princesa se iluminaron al cruzarse con los suyos y enseguida sintió como sus manos tomaban suavemente las suyas, con timidez. Un leve sonrojo coloreó las mejillas de porcelana y Hans se encontró absortó en esa visión.
—Majestad, no sabe cuánto le agradezco lo que hizo por mí—la joven elevó sus palmas para acercarlas a su cara y después, inesperadamente depositó un beso sobre el dorso de una de sus manos, dejándolo atónito—. Usted se arriesgó tanto por mí. De no haber sido por su intervención habría estado en un serio peligro… le estoy muy agradecida, Su Majestad.
La rubia agachó su cabeza con vergüenza.
—Yo… no quería provocarle ningún daño—confesó con pesar.
—Pero ¿qué dices?—preguntó Hans, aun asombrado por su muestra de agradecimiento—No tenía otra opción. Elsa, te prometí que mientras estuvieras bajo mi cuidado no dejaría de nada malo te ocurriera. No podía dejar que salieras herida—sin pensar, acunó con una mano el delicado rostro que tenía ante sí—. Elsa, me moriría si algo te pasara.
Era verdad y por alguna razón, ni siquiera podría detenerse a pensar en el hecho de que estaba hablando de más. En el momento del accidente había actuado por instinto, desesperado ante la perspectiva de que la princesa saliera lastimada. Para él, su intervención no tenía importancia si ella se encontraba con bien. Porque la posibilidad de que ella recibiera el más mínimo daño lo enfermaba.
La muchacha sonrió con dulzura, cubriendo con su pequeña palma la que él había posado encima de su mejilla.
—Lo sé, ahora lo entiendo—le dijo—. Ha sido muy duro conmigo, Su Majestad. Pero en mi orgullo no he sabido ver que también ha cuidado de mí. Jamás olvidaré la manera en la que me protegió.
Desvió sus pupilas celestes de las suyas, mientras se incrementaba su sonrojo.
—Yo… creo que debería darle las gracias ofreciéndole algo más que mis palabras—musitó.
—¿Alteza?—Hans la miró inquisitivamente, sin retirar su contacto.
Le encantaba ver como la orgullosa y fría jovencita mostraba esa parte dulce y encantadora que ahora lo tenía cautivado.
Repentinamente, Elsa se puso de puntillas y le tomó el rostro entre sus manos, con gestos delicados y retraídos, cerrando sus ojos y siendo imitada por él. No tuvo tiempo a decir nada cuando sus suaves labios se posaron sobre los suyos, deleitándolo con un roce que amenazaba con volverlo loco.
El beso de la princesa era lento y cuidadoso en sus movimientos. Podía notar a leguas que no contaba con experiencia en aquello, algo que le enterneció. La muchacha era tan virginal e inocente aun en un acto tan simple como aquel, que solo aumentaba sus ganas por poseerla y demostrarle lo que era experimentar el placer por primera vez.
Ansioso, la rodeó con sus brazos oprimiéndola más contra su pecho y profundizando el choque de sus labios. Su lengua saboreó el borde de su labio inferior antes de adentrarse en la exquisita cavidad que tan bien conocía. Elsa le respondió con fervor, moviendo la suya para acariciar la de él y enviándole un escalofrío placentero que le recorrió la espina dorsal. Nunca se cansaría de probar esa boca.
Era maravilloso sentir que la joven le correspondía por voluntad propia y no obtener sus atenciones a la fuerza. El perfume que se desprendía de su cabello y la frialdad que emanaba de su piel lo tenían atrapado.
Se despegó de ella por la falta de aire y su mirada se oscureció al contemplar sus orbes azules, brillando de una manera extraña.
—Elsa… —pronunció su nombre con la voz enronquecida.
—Aquí me tiene, Su Majestad—respondió ella, volviendo a estrecharse contra él y hablando encima de sus labios—. Nunca le dejaré. Soy suya.
Los orbes verdes la observaron encandilados.
—Mía—repitió Hans ciñendo el abrazo que mantenía en torno a su cintura.
La platinada asintió con la cabeza. Algo había cambiado en su expresión. Ahora había en sus ojos un destello peligroso que él no se supo explicar, pero que no dejaba de atraerle poderosamente.
La princesa lo empujó con sutileza hacia el diván aterciopelado que descansaba detrás de él y como en un sueño, se sintió tomando asiento en el mismo, al tiempo que Elsa se colocaba en su regazo. Pudo apreciar más de cerca su cuello de cisne y las ondas plateadas que se desprendían de su moño. El vestido blanco que portaba la hacía parecer un bello ángel.
Volvió a descender sobre su boca con más seguridad que antes y Hans no dudo en afianzar el agarre que mantenía sobre su talle, posesivamente. Sus labios se movieron furiosos y hambrientos encima de los de su prisionera.
Un nuevo escalofrío se deslizó por su espalda, esta vez haciéndole sentir el frío con más fuerza.
La temperatura de la habitación descendió drásticamente. Confuso, volvió a romper el beso que compartía con la princesa, empezando a temblar. El salón se había oscurecido y había algo que se extendía encima de las paredes. Parpadeó incrédulo.
Era escarcha.
La risa melodiosa que escuchó a su lado le hizo prestar atención nuevamente a Elsa, quien había curvado las comisuras de su boca en una sonrisa astuta.
—¿Qué…?—no pudo completar la pregunta.
La cercanía de la rubia y su embriagador aroma le impedían pensar con claridad. Sintió una punzada en la cabeza y el dolor volvió, comenzando a hacerse presente de nuevo en varias partes de su cuerpo.
Hans cerró los ojos intentando acallar aquella sensación, pareciéndole que flotaba momentáneamente.
Cuando los abrió, el salón de té se había desvanecido y sido reemplazado por otro lugar del castillo que conocía muy bien. Uno al que jamás se acercaba si podía evitarlo. La antigua Cámara Real se alzó frente a sus ojos; esa que antaño había sido ocupada por sus padres y por cada uno de sus hermanos al gobernar. El dormitorio que él mismo había clausurado y en el que se había negado dormir, permaneciendo en cambio, en otra habitación del ala privada de palacio, ahora considerada como los nuevos aposentos reales.
Un mal presentimiento se apoderó de él conforme se adentraba en la alcoba, que le daba una lúgubre bienvenida con sus paredes grises y los pesados cortinajes bermellón que hacían juego con la cama.
Captó una silueta por el rabillo del ojo. El leve sonido de un balanceo le puso la piel de gallina.
Lentamente se volvió y unos orbes grises y vacíos le devolvieron la mirada. Colgado de una de las vigas del techo, el doceavo de sus hermanos lo recibió con la siniestra expresión de la muerte grabada a fuego en sus rasgos. Era justo allí donde las doncellas del servicio lo habían encontrado. Su cuello oprimido por el lazo con el que se había quitado la vida. El pelo negro formando una mata desordenada en torno a su faz.
Asmund Westerguard siempre había sido de carácter débil y melancólico. El único en la familia con quien podía entenderse medianamente.
Y él único que había terminado por hacerse a un lado para darle un poco de paz.
O al menos esa había sido su intención.
¿Cuántas noches no se había despertado bañado en sudor frío, rememorando aquella escena siniestra? Asmund había tenido tan poca compasión como el resto de sus hermanos, al otorgarle aquella imagen para atormentarlo aun después de haberse ido.
Y ahí estaba de nuevo. Colgando del techo. Sosteniéndole la mirada con la suya, que aunque estaba muerta, parecía decirle que jamás se libraría de él, ni de su pasado.
Hans retrocedió con la boca seca y sus pupilas fijas en aquel cuerpo inerte.
—No está sucediendo—se oyó murmurar—, no está sucediendo…
Pero lo estaba y de repente, la oscuridad dentro del dormitorio se hizo más densa, a tal grado de que ya no podía distinguir nada de lo que le rodeaba a excepción del difunto. Excepto que en ese instante e inexplicablemente había cambiado también.
Y de pronto se encontró observando unos ojos que eran de una tonalidad diferente de gris. Eran los ojos de su mejor amigo, ese que había muerto como un miserable en el rincón sucio de un indigno calabozo.
Le vio en el suelo, arrastrándose en medio de dolorosas convulsiones y malherido, tendido en medio de un charco de sangre…
—Lo siento tanto, Hans—dijo el fantasma con rostro afligido—, lo siento tanto…
—No—musitó el pelirrojo.
La boca de su amigo se contorsionó en una sonrisa cruel.
—Esto es tu culpa—lo increpó con perversidad.
El eco distante de gritos inundó sus oídos. Unas risas siniestras se hicieron notar en medio del bullicio.
—No puedes escapar del pasado. Hans.
Ruido, mucho ruido. Lamentos de agonía.
…
Despertó en medio de violentos temblores y con una opresión en el pecho. Respiraba aceleradamente y la serie de dolores que le habían molestado intermitentemente en sus sueños, se hacían notar con fuerza. Pudo reconocer el dosel de su cama y el entorno familiar de su dormitorio, mientras hacía un esfuerzo por incorporarse en contra de su agitación.
Recorrió con su mirada la habitación deteniéndose en el sofá pegado al muro más cercano a su lecho. Elsa yacía durmiendo en el mismo y empezaba a dar señales de despertar, seguramente alertada por sus movimientos y el quejido que brotó de su garganta.
Internamente se sorprendió. ¿Acaso se había quedado a cuidar de él? ¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente?
La princesa abrió sus orbes celestes, enfocándolas en su persona y alarmándose al verlo despierto, o más bien, tan consciente como podía a causa de lo mal que se sentía. Vio cómo se ponía de pie a toda prisa y acudía a su lado.
—No haga esfuerzos, Majestad—le indicó poniéndole las manos sobre sus hombros para hacer que volviera a recostarse—. Necesita permanecer así.
—¿Qué fue lo que sucedió?—consiguió preguntar Hans, alterado.
La pesadilla había sido tan real.
—El médico vino a revisarlo, dijo que tardará días en recuperarse—la joven le tocó la frente y él suspiro de alivio al sentir la frialdad de su palma contra su piel cálida. Se había quitado uno de sus guantes—. ¡Está ardiendo en fiebre!
Elsa se aproximó hasta un cuenco con agua que había dejado en la mesita de noche para mojar un paño en él. Por alguna razón, aquella noche la temperatura del pelirrojo había estado incrementando, de modo que esa medida había sido necesaria un par de veces. Pero parecía haber empeorado.
Exprimió el lienzo y lo colocó con delicadeza en la frente del rey, moviendo unos mechones de pelo cobrizo con sus dedos. No le pasó desapercibida la alteración que todavía mostraba tras haber despertado.
—¿Tuvo una pesadilla?—le preguntó y antes de que pudiera obtener respuesta, siguió hablando—Tal vez por los dolores, debe haber dormido realmente mal sintiéndose así. Pero ya pasarán—pareció comentar más para si misma.
Hans no podía quitarle la vista de encima. La muchacha pareció en cierto punto, verdaderamente preocupada por él y eso le despertaba un sentimiento cálido en el pecho que no se sabía explicar.
Recordó su sueño. El modo en el que ella había sonreído al ver la habitación congelándose, como si encubriera algún misterio terrible.
¿Qué significaba aquello? ¿Y por qué le inquietaba tanto?
Fijo su atención en el gesto concentrado de Elsa y como oprimía suavemente el paño contra su frente.
No, ese sueño no podía significar nada en especial. Ella era la misma jovencita inocente que no dudaba en desafiarlo, pero que nunca podría ir más lejos que responder a sus malintencionados comentarios o tratar de desairarlo.
Nada había de malo en la princesa.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?—preguntó, observando ahora como ella iba hasta el otro extremo de la estancia para recoger una bandeja.
—Unos cuantos días. Antier fue Nochevieja—la respuesta le sorprendió.
No recordaba nada a partir del accidente. El efecto del láudano debía haberlo mantenido lo suficientemente adormecido, como para no acordarse ni siquiera de un breve momento de lucidez, haciendo que tampoco se percatara del paso del tiempo.
Fijo su atención en la rubia, observando que a diferencia de él, parecía completamente ilesa. En contra de sus intenciones, se alegró por ello.
Con algo de timidez, Elsa llegó a su lado de nuevo y pudo ver el contenido de la bandeja. Había en la misma un plato de sopa tibia y un pequeño cuenco con lo que parecía ser alguna infusión.
—Debe comer un poco, Su Majestad. Poco a poco irá recuperando las fuerzas.
En silencio, el rey dejó que deslizara la bandeja sobre su regazo, hallándose incorporado a medias sobre los almohadones. Se sentía todavía muy pesado y algo adormecido. El dolor era lo más insoportable. Elsa le ayudó a tomar la sopa, dándose cuenta de lo débil que estaba aún. Ya lo había alimentado antes, con algo más de esfuerzo debido a la inconsciencia que lo dominaba y que solo le permitía tomar algunos líquidos. El gobernante no debía haberse percatado de nada.
Cuidadosamente, dejó los recipientes vacíos a un lado tan pronto como terminó.
—Lo dejaré descansar—anunció, haciendo amago de retirarse para llevar la bandeja vacía a las cocinas.
Una mano gruesa ciñéndose alrededor de su muñeca la detuvo.
—No—la voz de Hans, aunque débil, continuaba siendo autoritaria—. Quédate.
Aunque le costara admitirlo, el recuerdo de la pesadilla se mantenía muy vívido en su memoria.
Incómoda, la princesa volvió para sentarse en la orilla de la cama, dándose cuenta de que el soberano no tenía intención de soltarla. Le miró cerrar los ojos para dormir, ladeando la cabeza para apoyarla encima de su regazo. Sentir la presencia de la muchacha tan cerca y ese perfume a lilas que la acompañaba, lo tranquilizaba de sobremanera.
Elsa miró ruborizada como el rey volvía a quedarse dormido, aflojando el agarre en torno a su muñeca.
No pudo evitar contemplarlo. Dormido como estaba, tenía oportunidad de apreciar más de acerca su apariencia y caer en la cuenta de que detrás de toda su arrogancia y frialdad, se ocultaba una persona con cierta vulnerabilidad que le despertaba algo de curiosidad.
Además, tampoco podía negar que Su Majestad era un hombre bien parecido, quizá el más guapo que había visto en su vida.
Con su pelo cobrizo, que incluso tan alborotado como lo tenía en ese momento le sentaba bien; el perfil elegante, las atractivas líneas que contorneaban su rostro y sus ojos, que eran de un verde que nunca había visto en alguien más. Sin pensar, acarició unas hebras de cabello pelirrojo que caían por su frente, quedándose absorta en la expresión relajada que poseía al dormir.
Era la primera vez que lo veía de esa forma. Era tan apuesto.
Disgustada, negó con la cabeza al darse cuenta de lo que hacía. ¿En qué demonios estaba pensando? No podía permitirse tener esa clase de pensamientos hacia alguien que la mantenía prisionera.
El rey era una mala persona.
La joven dejó escapar un largo suspiro. Su madre, la reina Idun, muchas veces le había hablado de niña acerca del momento en el que conociera a alguien por quien se sintiera atraída, tal y como ella lo había hecho con su padre, al conocerse los dos en un baile. Siempre le había comentado que la imaginaba al lado de un hombre alto y amable, capaz de comprender su actitud reservada y de leer a través de sus tímidas acciones.
Su madre había sido en cierta manera, una soñadora al igual que su hermana. Una honda tristeza se apoderó de ella al recordarla. Como le hacían falta sus dulces palabras y esa mirada silenciosa, con la que siempre le decía que todo iba a estar bien.
—Mamá—susurró por lo bajo.
Cuando menos lo esperaba, la pérdida de sus seres queridos amenazaba con quebrarla por completo.
Unos golpes llamando a la puerta la distrajeron abruptamente y tan solo atinó a limpiar la lágrima silenciosa que había rodado por su mejilla. El toque se repitió y Elsa movió la cabeza del pelirrojo hacia los almohadones, procurando no despertarlo. Tomó el guante que le faltaba de la mesita cercana y se lo colocó con rapidez.
Fue hacia la entrada para encontrarse con Agnes, quien la saludó brevemente al abrir.
—¿Cómo se encuentra, Su Majestad?—preguntó la morena.
—Ha despertado un momento pero no tardó nada en volver a dormir. Creo que aun siente dolores.
—Esperemos que se recupere pronto.
La rubia volvió a entrar por un instante para recoger la bandeja vacía y entregársela a su compañera. Cerró la puerta tras de sí, para que ambas pudieran hablar en el pasillo desierto.
—Elsa, luces un poco agotada—observó la pelinegra—. ¿Has estado durmiendo bien?
—Tuve que levantarme un par de veces para atender al rey, tenía algo de fiebre—respondió ella.
Lo cierto es que dormir en el sofá era un poco incómodo, pero sabía que debía estar al pendiente de la salud del soberano. No podía quitarse de encima la sensación de que su recuperación, era totalmente su responsabilidad. De modo que no había regresado a su dormitorio más que para asearse y cambiarse de ropa.
—Es muy considerado lo que estás haciendo, Elsa—le dijo Agnes esbozando una débil sonrisa—, quedarte cuidando del rey aun después de todos los roces que has tenido con él… estoy segura de que le encantaría saber que has estado a su lado todo el tiempo. Tú le importas mucho.
—No hago esto por ese hombre—replicó la princesa intentando sonar fría—, lo hago porque es lo correcto. Después de todo, está así por intentar protegerme—se cruzó de brazos, rehuyendo los ojos oscuros de la otra chica—. No me olvido de todas sus impertinencias hacia mí.
—Estoy consciente de eso—Agnes dejó escapar un suspiro antes de componer una expresión seria—. Y aunque lo lamento mucho por Su Majestad, algo me dice que en cierta manera, las cosas han ocurrido en el momento preciso.
La princesa le dirigió una mirada interrogante.
—He venido a decirte algo importante, Elsa—habló la criada con cautela—. Esta mañana, Bent ha ido al puerto y estuvo pendiente de las conversaciones de los marineros.
La rubia se tensó, prestándole toda su atención.
—Hay un barco que llegará hoy a medianoche, proveniente de Noruega. Viene desde el pueblo costero de Stavanger. ¿Conoces ese lugar?
—Sí—afirmó ella mientras el corazón le daba un vuelco.
El sitio mencionado le era muy familiar así como la poca distancia que guardaba con Arendelle.
—Entonces parece que tienes una oportunidad—Agnes le sonrió con lo que parecía ser algo de nostalgia—y bueno… mejor aprovecharla ahora que el rey se halla en reposo, ¿no lo crees?
Elsa abrió sus ojos con sorpresa, apenas pudiendo creer su suerte. Tanto tiempo aguardando por una ocasión así. Todo parecía conjuntarse para hacer que pudiera regresar a casa.
Entonces, ¿por qué se sentía tan extraña?
La imagen convaleciente del gobernante sureño se presentó en su cabeza y sintió una punzada en su pecho.
—Si quieres volver a casa, Elsa, debes salir de aquí y tomar ese barco mañana, apenas esté despuntando el sol. Va a partir muy temprano luego de descargar. Es un navío de comercio, pero también va a trasladar a algunas personas de la costa—dijo Agnes—. Si el rey tarda en recuperarse del todo, es probable que no se percate de tu huida sino hasta que te encuentres cruzando el mar. Y bueno… después de eso, aquí solo nos quedará esperar lo mejor.
La joven sintió algo de temor al escuchar sus palabras. ¿Por qué temía? Si lo que más anhelaba era volver a su hogar.
—¿Lo harás, Elsa? ¿Abordarás ese barco?—la mencionada supo que Agnes debía haber visto la duda en sus ojos, por lo que se limitó a asentir.
—Volveré a Arendelle—dijo con voz queda—, yo… solo… necesito prepararme.
—Entonces esta noche te ayudaremos a salir del castillo, poco antes de la madrugada—añadió la doncella con decisión, sonriéndole de nuevo para tranquilizarla—. No te preocupes, todo estará bien.
La princesa intentó convencerse de lo mismo, mientras volvía a ingresar en el dormitorio detrás de sí, después de haber visto a la morena marcharse rumbo a las cocinas. Sus ojos azules vagaron de inmediato hacia la cama, en donde el rey continuaba profundamente dormido.
Caminó hasta él en silencio, observándolo.
No podía sino preguntarse como una persona tan joven como él podía mostrarse tan frío con los demás. Nunca se había detenido a pensar en que de hecho, se encontraba tan solo como ella. Era una lástima que tuviera tan congelado el corazón.
¿Pero quién era ella para juzgar tal cosa? Si de todas maneras, esa probablemente fuera la última vez que viera a ese hombre a la cara.
Suspirando, retiró el paño de su frente comprobando que su temperatura había vuelto a la normalidad. Acomodo el edredón por encima del pecho del cobrizo, intentando ignorar la extraña confusión que le despertaba el hecho de regresar a donde pertenecía.
Para cuando bajó a los establos había oscurecido por completo y tras asegurarse de que no había nadie cerca, pudo deslizarse hacia la cuadra en la que permanecía el caballo de Su Majestad. A esas horas, Bent había terminado con sus tareas y agradecía tener un momento de soledad con el animal.
Podía parecer tonto, pero había llegado a encariñarse con la criatura y se le hacía mucho más sencillo mostrarse afectuosa con él cuando no había nadie cerca.
Sitron relinchó con gusto al verla aproximarse y Elsa rebuscó un terrón de azúcar en el bolsillo de su vestido para extendérselo.
—Tu amo se encuentra mucho mejor—le habló, pasando una mano enguantada por la crin del equino al tiempo que lo veía engullir el dulce—, se ha recuperado bastante en estos días y estoy segura de que pronto podrá salir de cama.
El caballo volvió a relinchar con lo que parecía alegría y ella rio por lo bajo.
—Sí amiguito, sé que estabas preocupado por él—le dijo, volviendo a hacerle una caricia—, pero Su Majestad está fuera de peligro. Y algo me dice que tan pronto como pueda salir al aire libre, querrá dar un paseo contigo.
Sitron frotó el hocico contra su hombro en un gesto cariñoso que le hizo enternecer.
—Tú tendrás que encargarte de quitarle el mal humor—afirmó—, ahora que no estaré para que se desquite conmigo.
Los ojos inteligentes del animal la observaron con atención.
—Me marcho a casa, bonito—dijo en voz baja, acariciando un costado de su cabeza—. No te preocupes por mí, ¿quieres?
Un relinchido más suave se dejó oír en la caballeriza.
—Te voy a extrañar, amiguito—agregó depositando un beso encima de su crin—. Pórtate bien, ¿entiendes?
Otra vez sintió el roce del hocico de Sitron contra su antebrazo y la nostalgia se apoderó de ella. ¿Cuándo se había apegado tanto al equino? Realmente lo iba a echar de menos cuando estuviera de vuelta en su reino.
Tras regalarle una última caricia, subió hasta su dormitorio y preparó un pequeño fardo con un par de mudas extra y algunas cosas que pudiera necesitar. Sabía que atravesar el mar hasta Noruega demoraría unos cuantos días y debía estar bien preparada. El inminente nerviosismo que no la dejaba en paz desde hacía horas solo parecía incrementar conforme se acercaba la huida.
Pero siempre terminaba repitiéndose a si misma que cualquier cosa era mejor que seguir en las Islas del Sur.
—El barco que has de abordar lleva por nombre el "El viajante diurno"—le explicó Agnes, mientras recorrían el trayecto hasta la torra alejada con el pasadizo que la llevaría fuera de palacio—, no debes demorarte en encontrarlo al llegar al puerto—se detuvo de repente—, ¿tienes con qué pagar el pasaje?—le preguntó, repentinamente preocupada.
Elsa sacó de entre sus ropas un objeto brillante. Se trataba de la lujosa peineta que había recibido días atrás, durante su cumpleaños. La morena abrió los ojos con sorpresa.
—Un pequeño regalo del rey—aclaró la princesa con incomodidad.
—Eso arreglará todo—comentó la chica—. Vamos.
El pequeño ático en el que se ocultaba el pasadizo seguía siendo tan lúgubre como la primera vez que lo vio. En medio de la oscuridad y a la luz de una pequeña lámpara de aceite que Agnes sostenía a su lado, pudo distinguir al jovencito de pelo castaño que les esperaba en un rincón, aguardando el momento de partir.
—Por aquí—murmuró Bent—, tenga cuidado, Alteza.
La aludida se puso de pie frente a él, expectante. Pensar que su libertad se hallaba justo detrás del muro que ahora tenía ante sí, envió una oleada de nerviosismo que la sacudió de pies a cabeza. Se volvió hacia la morena que le había acompañado y esta le entregó una capa y otro fardo pequeño que cargaba con ella.
—Toma esto, Elsa. Puede que lo necesites durante el viaje—le dijo—. La capa te ayudará a pasar desapercibida en el puerto; hay guardias que suelen hacer sus rondas cerca de las embarcaciones, así que tendrás que abordar lo más rápido que puedas. Y aquí hay algunas cosas que tomé de las cocinas, creo que serán suficiente para ti.
La princesa guardó lo que acababa de recibir en el pequeño bolso de viaje que llevaba consigo y luego la miró.
—Yo… no sé cómo podré agradecerte todo lo que has hecho por mí. Fuiste mi única amiga en el palacio desde el principio.
—No tienes que agradecerme nada—la criada le sonrió tímidamente, con algo de melancolía—. Vuelve a casa con quienes te necesitan.
—¿Ustedes estarán bien?—preguntó ella, mirando a su compañero y luego al adolescente, que a diferencia de ambas parecía más relajado.
—Nadie se enterará de cómo fue que huiste—respondió Agnes—, ahora date prisa. Recuerda que debes llegar al puerto poco antes del amanecer. El barco te está esperando.
—Muchas gracias por todo—dando un paso hacia ella, Elsa se atrevió a tomar una de sus manos entre sus palmas enguantadas y rápidamente la beso.
Sabía que de no ser por sus poderes y el escaso contacto físico que estaba acostumbrada a mantener, (el rey era un caso aparte), la habría abrazado con sinceridad. Pero había cosas que no estaba habituada a hacer, también por su educación real.
—Nunca olvidaré lo que has hecho por mí—le dijo, soltándole la mano—. Algún día, espero poder agradecértelo del modo debido.
El gesto sorprendido de Agnes no tardó en transformarse en uno conmovido.
—No lo menciones—replico—. Vaya con bien, Alteza. Le deseo que regrese a su reino sin contratiempos—hizo una ligera inclinación con la cabeza para después dirigirse al castaño—, y tú, vigila que llegue hasta el puerto y no dejes que nadie sospeche.
—Hey, yo me encargo de que llegue perfectamente hasta el barco, ya no te preocupes—comentó él sonriendo con más confianza y agachándose para a continuación, descubrir el hueco en la pared por el que habrían de cruzar—. Hora de irnos, Su Alteza. Pase por aquí.
Elsa asintió con la cabeza y después de sonreír por última vez en dirección a la pelinegra, se puso de rodillas para entrar a gatas por la abertura, siendo seguida por el muchacho, que tomó la lámpara que Agnes le extendía.
Luego, ambos desaparecieron en lo más profundo del pasadizo.
Nota de autor:
¿Hola? ¿Hay alguien allí? *Frozen Fan levanta una bandera blanca en señal de paz*.
Otra vez me demoré horriblemente, creo que pasó más de un mes desde la última actualización, estoy avergonzada. :'( No obstante no deben matarme, ¡tengo una buena excusa! ¡Elsa congeló mi computadora!
...
Muy bien, no hay excusas. u.u La verdad es que de nuevo tuve uno de mis famosos bloqueos creativos y aparte asuntitos personales por allí que me impedían escribir como quería. Lo único que les puedo decir es que, no se preocupen, como les dije antes no abandonaré el fic y si ven que me tardo un poquito, no deben alarmarse. ;) Esto se acaba porque se acaba.
Ahora bien, tuvimos un capítulo muy extraño el día de hoy. Digo extraño porque aunque me gustó, sentí raro el sueño de Hans. xD Ese muchacho tiene serios conflictos mes chéries, muy muy serios conflictos. Pero también tiene sentimientos más grandes de lo que él mismo piensa, pues no dudo ni un instante en proteger a la princesa. *o* ¿No aman cuando demuestra que no es un imbécil del todo? Y ahora Elsa también tuvo la suyo pues ya ella ha notado que no le es del todo indiferente. ;D ¡Es una picarona!
Pero lo más importante aquí calabacitas, es que ahora ella va rumbo a su libertad. Les preguntó, ¿que creen que sucederá? ¿Lo logrará? ¿La descubrirán antes de que pueda abordar el barco? D: (Para el cual no se me ocurrió un nombre mejor que el que le puse LOL).
It's anonymous review time!
HiCookieMonster: Otra que fue a ver Cenicienta más por el corto que por la película, aceptémoslo, todos fuimos solo por eso. xD ¡Obvio fue grandioso! Gracias por tus bellas palabras y espero que este capítulo te haya gustado, con los pequeños momentos Helsa agridulces. :3 Por cierto, feliz cumpleaños atrasado. Espero que la hayas pasado muy bien y que cumplas muchas más, chiquilla. n.n
Katherine: Hola mariposita. Mil perdones por hacerte esperar y dejarte con la intriga. Ojalá este capítulo haya valido la pena la espera. ;) Respecto a lo que comentas solo te puedo decir algo, prepárate, porque ahora si los poderes de Elsa están a punto de estallar. e.e Y bueno, creo que poco a poco se hace evidente el enamoramiento del pelirrojo por ella *suspiro*.
F: Uy, no quieres saber como se pondrá Hans si descubre que copo de nieve se ha ido. D:
Ari: Elsa tendrá más momentos de debilidad, jajaja. Perdona tú el retraso, no quería matarte de ansiedad. xD Ojal+a te haya gustado este avance.
laloo: ¡Baja esa toronja! No cometas una locura, aquí está ya el capítulo 11, con montones de ese dulce néctar Helsa que te fascina. D: Mierda, hasta parece que estabas hablando conmigo cuando dijiste que no sería así todo el tiempo con lo de actualizar rápido. xD Jajaja, ¡lo siento! En serio... un momento, ¿dijiste Helsa sobre hielo? ¡Yo quierooooo! *Agarra el ticket* Jejejeje... un momento, ¡este ticket es falso! T-T (Por cierto, me encantó Frozen Fever, estaba toda emocionada en el cine, jajaja).
holanda: Hola pequeña, muchas gracias por tus hermosas palabras. :3 Sé que muchos deben estar preguntándose que pasara en Arendelle, algo que me temo que no sabremos sino hasta mucho después. D: Y ahora que las cosas se han complicado con nuestros protagonistas, debo mantenerme fiel a lo que tenía planeado para los capítulos posteriores, pero no te preocupes; ya tengo prevista una buena explicación acerca de lo que estuvo sucediendo en el reino de Elsa durante su ausencia. :3 Solo aguarda y verás. ;) Y al contrario, ¡yo te agradezco a ti por seguir esta historia! Gracias por mandarme a tus queridas musas, pequeñita.
Debo partir bellezas, no sé exactamente cuando vuelva por aquí pero si les aseguro algo: habrá actualización antes de que se termine el mes. No puedo permitirme otro retraso, ¡es una promesa! e.e
Les veré después, ¡sigan salvajes y pórtense mal!
