De igual manera que los Lannister siempre pagan sus deudas, yo pago la mía y aquí dejo el capítulo 11 (el ecuador). Me parece que este también es uno de los largos, así que...

Enjoy!


Clarice se removió inquieta en su asiento y más calmado, Hannibal buscó su mirada en el retrovisor. La chica abrió la boca cuando se topó con aquellos ojos granates que brillaban tras el espejo.

—Hola, Clarice...

—Doctor Lecter... murmuró la chica con la voz rota.

Hannibal sonrió mostrando los dientes y quitándose la gorra del uniforme la lanzó sobre el cuerpo del agente Martin. Los ojos de Clarice continuaban clavados en el espejo retrovisor, sin dar crédito a lo que estaba viendo. De pronto, todo el peso que había sentido dentro del estómago desde que había salido a primera hora de la prisión, se había desvanecido como por arte de magia. Vio como la mano del doctor se deslizaba por el cinturón del agente buscando algo. Cuando lo encontró, echó hacia atrás el brazo con la brillante llave entre los dedos.

—¿Puedes cogerla, Clarice? preguntó sin dejar de mirar a la carretera. Ella levantó sus manos esposadas a la altura de la mano del doctor y agarró la llave con los dedos—. Muy bien.

—Gracias...

—Detrás del asiento de nuestro amigo, hay una bolsa de deporte —Clarice bajó la mirada al suelo y localizó al instante la bolsa negra con el logotipo de Nike en un color rojo sangre—. Dentro tienes algo de ropa. Creo que te será útil, ¿uhm? —Clarice no veía más que sus ojos, pero sabía que el doctor estaba sonriendo. Abrió la mochila y se encontró unos vaqueros y una camiseta negra de manga corta.

—Doctor Lecter, no puedo... —dudó cerrando la mochila.

—¿No puedes? —preguntó Hannibal perplejo—. ¿Qué no puedes?

—¡Esto es una locura! ¡Estoy siendo juzgada! —protestó Clarice al recordar dónde se debería estar dirigiendo en ese momento.

—¿Quieres volver a prisión? —Hannibal buscó de nuevo su mirada—. ¿Quieres volver a prisión y mañana al juicio?

—Lo que pasará si desaparezco...

—Lo que pasará si desapareces es que dentro de una semana continuarás viva, Clarice —matizó el doctor—. ¿Acaso quieres escuchar el veredicto del juez? Si quieres te llevo de vuelta a la cárcel.

—No puedo convertirme en una fugitiva —dijo comenzando a llorar.

—Tienes dos alternativas, Clarice —dijo Hannibal en tono suave—. Vivir o morir.

—No tengo por qué morir.

—¿Asesinaste a tu amiga, Clarice? —la chica miró al doctor y negó en silencio—. Entonces, ¿estás dispuesta a pasar tu vida en una prisión federal por un crimen que no cometiste? ¿Darías esa satisfacción a unos necios que no son capaces de encontrar a un verdadero culpable ni aunque le tuvieran cenando en su mesa? La vida de un fugitivo no es fácil al principio, créeme; pero es mucho mejor que pasarte los días escuchando los lamentos de tus compañeros de galería y soportando sus olores.

—Me localizarán —Hannibal captó el tono de miedo en la frase de Clarice.

—No si sabes qué hacer, Clarice —respondió sonriendo.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Dejar que te saque del país —Clarice miró al retrovisor y analizó la mirada de Hannibal. ¿De verdad podía fiarse de aquel hombre? ¿Iba a poner su vida en manos de un psicópata que había matado y comido a cerca de una veintena de personas a lo largo de su vida?—. Bueno, Clarice, ¿qué eliges? ¿Vivir o morir?

—Vivir... —susurró Clarice alzando la cabeza. Hannibal asintió sin apartar la mirada de la joven.

—¡Esa es mi chica!

Clarice se sintió terriblemente agradecida de que, por fin, alguien se interesara por su bienestar; sin dudarlo ni un instante, comenzó a desabrocharse la camisa de su traje. Al darse cuenta de quién se encontraba en el asiento delantero se detuvo y miró avergonzada los botones de la camisa

—Tranquila —dijo el doctor en tono sereno—, no voy a mirar. Te doy mi palabra.

Clarice miró la cabeza del doctor unos instantes y continuó su labor. Podía dudar de todo en su vida; pero ahora sabía que la palabra del doctor Lecter era sagrada.

Debido a sus jornadas de trabajo estaba acostumbrada a cambiarse en lugares tan angostos como la parte trasera de un coche, por lo que no la resultó complicado deshacerse de su ropa y ponerse la que el doctor la había proporcionado. No tardo ni tres minutos en estar cambiada.

—Tienes también unas gafas —anunció el doctor señalando hacia atrás—. Quizás te cueste encontrarlas, están guardadas en una funda que pasa muy desapercibida —dijo con ironía mientras Clarice alzaba una funda de color rosa fucsia. La chica había esbozado una sonrisa sin darse cuenta; Hannibal se sintió satisfecho de haberlo conseguido.

—Doctor Lecter—Clarice echó hacia delante y apoyó los brazos en la verja de protección del coche—. ¿Por qué está aquí?

—¿Te incomoda mi presencia, Clarice? Quizás hubieras deseado una tarjeta de visita.

—Estoy segura de que ha pasado estos tres años cuidando cada paso que daba, mirando hacia atrás de vez en cuando para comprobar que nadie le perseguía —Hannibal escuchaba con atención las palabras de la chica; disfrutaba con su timbre de voz, lo encontraba relajante—. ¿Por qué ha vuelto?

—No podía dejar que te hicieran nada —ambos guardaron silencio unos minutos. El coche patrulla avanzaba rápidamente y Hannibal calculó que no tardarían más de media hora en llegar a su próximo destino.

—Gracias —Clarice estaba asombrada por aquella respuesta; el doctor Lecter la había prestado su ayuda en el pasado, pero siempre desde detrás del cristal protector de su celda. Era imposible pensar que para el monstruo una persona pudiera merecer tanto la pena como para arriesgar su propia libertad.

—No era fácil encontrar demasiada prensa americana allí dónde vivo; pero gracias a que estamos en periodo de vacaciones y al aumento de americanos en la zona, es más fácil hacerse con algún ejemplar del Post. Leí la noticia del asesinato de tu compañera dos días después de que sucediera —el doctor bajó el tono de su voz—. Lamento mucho tu pérdida, Clarice —la chica se mordió el labio y sacudió la cabeza con suavidad—. No sentías algo parecido desde la muerte de tu padre, ¿cierto?

—Doctor Lecter, no me apetece empezar con su juego en este momento —respondió la chica abatida.

—No pretendo dañarte, Clarice. A partir de ahora deberás estar bien despierta y no tener lastres que te bloqueen, ¿entiendes? —ella no dijo nada—. Habrá tiempo para el duelo, para que te desahogues a gusto y te recrees en tu dolor.

—¿Cree que puedo apartar de mi cabeza todo lo que he vivido, doctor?

—Eres una de las personas más fuertes que he conocido, Clarice —Hannibal sabía que, por mucho que él quisiera, en ese momento no conseguiría nada de la chica. Optó por dar un pequeño giro en su conversación—. Dime Clarice, después de todo lo que peleaste hace tres años por conseguir tu preciado puesto de "Agente Especial", ¿te sientes aliviada de haberte deshecho de ellos?—Clarice soltó un bufido.

—No se hace la menor idea... —musitó mirando el paisaje—. Tampoco ese es un tema que desee sacar a relucir ahora mismo, doctor.

—Te ves bien —dijo Lecter observando el firme tono muscular de los brazos de la chica—. Me alegro verte así.

—Gracias —murmuró Clarice sin mirarle— ¿Dónde nos dirigimos?

—Nunca preguntes, estropeas la sorpresa —respondió Hannibal llevándose un dedo a los labios. Clarice chasqueó la lengua irritada—. Relájate, Clarice; era solo una broma. Nos dirigimos a Annandale, a recoger mi camioneta.

Ninguno de los dos volvió a hablar durante el trayecto hasta el alejado barrio residencial donde el doctor había dejado estacionada la pickup. A nadie en los alrededores le parecía extraño ver un coche de policía y, para sorpresa de Hannibal, no hicieron caso de su presencia. Condujo despacio por la calle principal, mirando a un lado y a otro en busca de miradas indiscretas que pudieran poner en peligro su fuga. Cuando llegó al final y localizó la camioneta decidió avanzar unos metros más, camino adelante, para poder dejar el coche patrulla lo más escondido que le fuera posible.

—Tardarán un tiempo en encontrarlo aquí —musitó Hannibal bajando del coche y mirando a su alrededor. Clarice carraspeó con indiferencia y el doctor recordó que la puerta trasera se cerraba de manera automática una vez el detenido estaba en su interior. Sin perder un momento, abrió la puerta—. Disculpa, Clarice.

—Gracias —musitó ella saliendo del coche y estirándose al lado del doctor. Cerró los ojos y respiro profundamente el aroma del bosque. Los rayos del sol bañaron su rostro y por primera vez en días, sintió la libertad en su cuerpo.

—Si me disculpas, ha llegado mi turno de cambiarme —dijo el doctor. La chica abrió los ojos y se encontró con el doctor a escasos centímetros de ellas. Si extendía ligeramente el brazo podría haberle rozado sin problema.

—Sí, por supuesto —respondió Clarice separándose unos metros de él.

—Puedes ir a la camioneta, si así lo deseas —Hannibal señaló la pickup granate que se veía entre los arbustos—. No tardaré.

Caminando hacia el vehículo, oyó las puertas del coche patrulla abrirse y cerrarse y resistió la tentación de girarse a mirar lo que el doctor Lecter estaba haciendo. Sabía que no solo se tenía que cambiar; el cadáver del agente Martin tendría que desaparecer de la vista. Cuando llegó a la camioneta se dejó caer sobre ella, apoyando la cabeza en la ventanilla trasera. Se preguntó qué estaba haciendo y por un instante, ese pánico que nos acecha en los momentos de mayor tensión haciendo que el deseo de salir corriendo aumente, se apoderó de ella. Estaba a las afueras de Annadale, esperando a que el doctor Hannibal Lecter terminara de esconder a su última víctima para huir junto a él a un destino desconocido; a punto de dejar atrás toda vida que había conocido. El bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, se sacudían sobre los platillos de una balanza. Había cruzado la línea de la redención y ya solo podía mirar hacia delante.

De pronto sintió pánico del futuro.

—Bueno, ya está —anunció Hannibal pocos minutos después. Clarice le observó por primera vez en tres años. Había algo distinto en él; su rostro había cambiado. Recordaba sus correctas facciones; su nariz recta, los pómulos levemente marcados y sus labios finos y rojizos. Ahora su cara lucía más rellena, al igual que el resto de su cuerpo. En sus años de libertad el doctor había recuperado los kilos perdidos en prisión y Clarice pensó que aquel detalle le hacía más atractivo. Su pelo ya no estaba corto, lucía un color más claro y lo llevaba peinado con raya a la derecha. Se había deshecho del uniforme de policía y volvía a vestir su ropa. Para Clarice era demasiado extraño verle en libertad cuando todos sus recuerdos eran de la mazmorra. Libre, como cualquier otra criatura, era un hombre completamente distinto—. ¿Estás lista?

—Estoy lista —respondió Clarice abriendo la puerta del copiloto. Hannibal arrancó y salieron calle abajo.

—¿Me va a decir ya dónde piensa esconderme o seguirá siendo una sorpresa?

—Abre la guantera —ordenó el doctor. Clarice obedeció y un sobre marrón cayó a sus pies.

—¿Qué se supone que...?

—Tus nuevas identidades —explicó Hannibal antes de que Clarice terminara su frase—. No puedes salir del país sin un respaldo —la chica abrió el primer pasaporte y leyó detenidamente los datos.

—Gabriella Dyer, canadiense, nacida el veinte de enero del sesenta... ¿Veinte de enero, doctor? —Hannibal la dedicó sonrisa llena de picardía.

—Fue la primera fecha que se me ocurrió —dijo a modo de defensa.

—No sé por qué no me sorprendería saber que la fecha de nacimiento de su "otro yo" fuera un veintitrés de diciembre.

—Sigues siendo la sagaz agente Starling —Clarice le miró y sacudió la cabeza mientras abría el segundo pasarporte.

—Michelle Fell...

—¿Pensaste que no descubriría tu segundo nombre? —preguntó mirándola—. Sería una pena no usarlo con lo bonito que es.

—Gracias —musitó Clarice visiblemente ruborizada. No recordaba que nadie la hubiera hecho un cumplido de ese tipo. Se sintió estúpida al no poder controlarlo y trató de cambiar de tema.

—Ese es tu billete hacia la libertad —dijo Hannibal cuando la joven extrajo un sobre con el logotipo de una compañía aérea americana. Clarice lo abrió.

—¿Barcelona?

—No quería arriesgarme con un vuelo directo a mi hogar, Clarice. Pensé que una escala no estaría mal para poner más tierra de por medio. Llegas a Barcelona como Gabriela y sales como Michelle.

—¿Salir en dirección a dónde?

—A mi casa —sonrió Hannibal eufórico—. En una preciosa y apartada zona de la isla de Mallorca. Después, podremos ir a otro lugar, si tú quieres.

—¿Podremos? ¿Da por hecho que seguiremos juntos en esto? —preguntó cerrando el sobre marrón y dejándolo sobre sus rodillas. Hannibal apretó los labios.

—Bueno, supongo que una vez que estés en Europa no habrá peligro y podrás ir donde quieras —respondió en un tono más bajo de la habitual—. Lo importante ahora es que salgas de los Estados Unidos —concluyó.

Clarice advirtió nostalgia en la última frase del doctor. Le miró de reojo tras las gafas de sol; su expresión había cambiado.

—Gracias, doctor Lecter —dijo Clarice apoyando su mano brevemente sobre el brazo de Hannibal. El respondió con una inclinación de cabeza; no dijo una palabra más.

Tras una breve parada en el apartamento del doctor, se dirigieron al aeropuerto. Clarice sabía que a esas alturas estarían preocupados de que el coche patrulla aun no hubiera aparecido en la prisión. Daría una hora de plazo antes de encender todas las alarmas y comenzar la búsqueda del vehículo; para cuando eso sucedería, ambos estarían ya lejos del alcance de las autoridades. El aviso a aeropuertos, puertos y demás vías de escape de la ciudad no se daría hasta varias horas después.

Un jueves por la tarde la afluencia de viajeros no era demasiado grande y, aunque había largas colas de facturación, pudieron caminar dentro del aeropuerto con total tranquilidad. Clarice se inquietaba cada vez que pasaban cerca de un control o visualizaba algún agente de policía en la lejanía. El doctor Lecter la aseguró en un par de ocasiones que no ocurriría nada.

—Desearía poder estar ya sobrevolando el océano —murmuró mientras miraba de reojo uno de los controles de acceso.

—En menos de dos horas estarás haciéndolo —respondió Hannibal buscando el panel de información de los vuelos.

—¿Estaré? —preguntó riendo suavemente—. ¿Usted no? —Hannibal no dijo nada. Clarice sintió de nuevo la desesperación haciéndose con el control de su cuerpo—. Doctor...

—Sería mejor que en público no me llamaras por mi verdadero nombre—respondió el doctor sin mirarla. Clarice sacudió la cabeza y agarrándole del brazo le obligó a parar.

—¿Qué significa esto, doc... como quiera que se llame ahora? —Hannibal miró la mano de Clarice sobre su brazo y sintió un cosquilleo por todo el cuerpo.

—Soy el Victor Dyer de tu Gabriella y el Marco Fell de tu Michelle —respondió.

—Muy bien, Victor...

—No sería seguro que ambos viajásemos juntos.

—¿No va a venir conmigo? —preguntó alzando los ojos desesperada. Hannibal miró a su alrededor y condujo a Clarice a un lugar más apartado.

—Trata de no llamar demasiado la atención, Clarice —susurró a escasos centímetros de su rostro.

—Pues explíqueme por qué viajaré sola, doctor —respondió en el mismo tono y recalcando el título de Hannibal.

—Ya te he dicho que no sería prudente que ambos abandonáramos el país juntos.

—Me dijo que no había peligro.

—Y no le hay; pero prefiero prevenir— Clarice dejó escapar un suspiro y miró al doctor con ojos suplicantes.

—Ambos llegaremos a Barcelona, ¿de acuerdo? Lo que pasa es que tú lo harás de manera directa desde Washington y yo haré una escala en París.

—Pensé que...

—¿Y después me preguntas si doy por hecho que continuaremos juntos después de esto? —preguntó con tono dolido. Clarice le miró enfadada y separándose de él comenzó a caminar por el largo pasillo. Hannibal la siguió varios metros detrás.

Localizaron el vuelo de Clarice en la zona de vuelos internacionales. La chica se guardó el pasaporte de Gabriella Dyer en el bolsillo y agarró la pequeña mochila en la que llevaba sus escasas pertenencias.

¿No resultará extraño que haga un viaje tan largo con tan poco equipaje? —preguntó mirando la mochila.

—Cuando llegues al control y te pregunten, di que tienes un familiar enfermo en España y que es un viaje precipitado, que tu pareja llevará el resto de tus pertenencias en otro vuelo —Clarice asintió en silencio—. Escucha bien ahora —dijo Hannibal tomándola de los hombros—, procura mostrarte abatida, muy afectada. Da respuestas precisas y no vaciles al responder o sabrán que tramas algo. Si puedes actuar, unas lágrimas no vendrían mal al recordar a tu familiar.

—Podré hacerlo —respondió ella suspirando.

—No me cabe la menor duda —Hannibal no había vuelto a sonreír desde el incidente en el coche y Clarice se sentía culpable por ello. Quiso abrazarle, pero en el momento en el que dejaba la mochila en el suelo para acercarse a él, el aviso de que su vuelo estaba preparado sonó por la megafonía.

—Doctor... —susurró aun tratando de acercarse a él.

—Nos veremos en unas horas, ¿de acuerdo? Procura relajarte y dormir en el avión. Es un viaje largo.

—¿A qué hora sale su avión? —preguntó caminando junto al doctor hasta el acceso al control.

—En poco menos de una hora. La duración de nuestros vuelos es prácticamente igual, aunque después yo tendré otra hora y medias más de vuelo. Marco Fell tiene un billete reservado a las ocho para Barcelona.

—¿Qué quiere que haga? —preguntó Clarice parando frente a la puerta de embarque.

—Hay un hotel en el mismo aeropuerto. Lo que quiero es que, cuando llegues, alquiles una habitación y descanses —Clarice abrió la boca y Hannibal se adelantó a su movimiento—. Reserva una habitación cuyo número acabe en siete y regístrate como Michelle Fell, ¿de acuerdo? Te encontraré.

Clarice le miró en silencio antes de encaminarse al avión. Hannibal permaneció firme, con las manos en los bolsillos. La vio marchar sin atreverse a llamarla; deseaba poder abrazarla, pero sabía que aquel paso era demasiado y que debía ser ella quien le diera. Esperó pacientemente a que el agente comprobara la documentación y el billete de Clarice. Una vez la chica pasó el control y antes de llegar a la puerta, se giró y levantó el brazo a modo de despedida. Hannibal sorprendido, sacó la mano derecha del bolsillo y la devolvió el gesto.

Clarice sonrió.


Cuando Clarice abrió los ojos, ya en Barcelona, el reloj de la mesilla marcaba las doce y treinta y siete del mediodía. Se frotó los ojos y se estiró perezosamente entre las sábanas. Las cortinas estaban echadas y una débil y tímida línea de luz se colaba entre ellas; por lo demás, la habitación se encontraba totalmente a oscuras. Se incorporó sobre el colchón y quedó sentada con los brazos extendidos y las manos posadas firmemente sobre el colchón. Trató de acostumbrarse a la oscuridad para poder recorrer la habitación. Bostezó de nuevo y fue entonces cuando reparó en un pequeño detalle.

—Hannibal —susurró abriendo los ojos de golpe.

El doctor Lecter la había dicho que no tardaría mucho más tiempo que ella en llegar; que la encontraría en el hotel. Con gran nerviosismo se puso en pie y caminó de aquí para allá sobre la moqueta granate. Abrió las cortinas y contempló el paisaje. El cielo estaba totalmente despejado y el sol brillaba con fuerza justo sobre ella.

Se vistió y salió corriendo de la habitación en dirección a la recepción del hotel. Estaba segura de que había algún malentendido y no le habían dejado acceder a la zona de habitación; rezó porque aquél pensamiento fuera real.

El chico de recepción la recibió con gesto serio y Clarice se apoyó en el mostrador

—Mi... —dudó unos instantes entre si decir o no la siguiente palabra. Cerró los ojos y suspiró—, marido... se tenía que reunir conmigo en la habitación hace unas horas. ¿No habrá pasado por aquí?

—He comenzado mi turno hace unos minutos, señora, no podría...

—Venía en un avión desde París —el joven la miró detenidamente y cogió el teléfono. Clarice comenzó a dudar de que esa hubiera una buena idea. Tenía que haberle esperado en la habitación como él había indicado.

—¿Ocurre algo, Marc? —una mujer salió de la parte trasera del mostrador y el joven se acercó a ella. Intercambiaron unas palabras en castellano y la mujer se dirigió a Clarice.

—¿En que avión venía su marido? —Clarice alzó los hombros con cierta desesperación—. Señora...

—Fell.

—Señora Fell, lamento decirla esto; pero esta mañana ha habido un terrible accidente en una de la rutas entre París y Barcelona —Clarice abrió la boca y sintió que las piernas comenzaban a fallarla—. Dos aviones chocaron en pleno vuelo.


Este es uno de esos finales dignos para un "Continuará..."

Trataré de actualizar lo más rápido que pueda, pero creo que este capítulo también es digno de una espera larga para crear suspense, xD

Tendréis noticias mías pronto... mientras tanto, ya sabéis cómo va lo de los RW ;)

Ta ta