Advertencia: Sexo y sentimentalismo :)
Llegar a la habitación les tomó mucho más de lo que debía. Primero cayeron sobre las escaleras y Arthur no pudo moverse en lo absoluto hasta que Alfred finalmente dejó de besar la base de su garganta. Cuando se las arreglaron para subirlas, Arthur fue retrasado una vez más por Alfred, que lo presionaba contra la pared y lo besaba con un hambre tan ardiente que habría caído al piso de no ser por las fuertes manos que sujetaban sus caderas. Y casi lo hicieron a través de la sala, pero las rodillas de Arthur cedieron cuando chocaron con el sofá. Ambos cayeron sobre él, los lentes de Alfred se deslizaron hasta el piso en el camino, y no pudieron levantarse otra vez hasta que Arthur estaba prácticamente jadeante de lujuria. Cuando finalmente alcanzaron la habitación, a Arthur le faltaba la camisa, los zapatos y cualquier posible sentido de autocontrol. También estaba algo consciente de que no había manera de que pudiera abrir el bar ese día.
Cayeron en la cama y Alfred tiró a Arthur sobre su pecho, sus brazos rodeándolo y vagando sobre su espalda. Arthur se estremeció debido al encuentro de sus cuerpos y apretó su ingle contra la de Alfred. Este respondió con un gemido y su muslo se levantó para separar las piernas de Arthur, empujando en medio de ambas. La mente de Arthur giró, sintiendo que estaba sucediendo muy rápido, sintiendo que no estaba sucediendo lo suficientemente rápido. No podía pensar. Solo necesitaba sentir la piel de Alfred contra la suya. Tiró frenéticamente de la camisa de Alfred pero este capturó su muñeca repentinamente y sacudió su cabeza. –Espera, no.- Su mirada de pánico hizo a Arthur detenerse de inmediato.
-¿Qué sucede?- preguntó Arthur, confuso, sus manos aún sosteniendo los botones de la camisa de Alfred. Deslizó su mano hacia la de Alfred mientras su mente se apuraba en calmarse y entender. ¿Había presionado demasiado, empujado demasiado lejos?
-Debería decirte…- Alfred miró hacia abajo y se detuvo por unos segundos, luciendo completamente inseguro. –Yo… mi avión, cuando ella se estrelló… todo se estaba quemando…-siguió un silencio. Arthur esperó, tratando de respirar acompasadamente, pero Alfred no continuó.
-El avión se estaba quemando…- dijo Arthur, sin saber a dónde iba esto. Alfred asintió y miró a Arthur con los ojos muy abiertos y llenos de incertidumbre.
-Yo estaba quemado.
-Ohh.- La preocupación recorrió a Arthur mientras se sentaba lentamente, sus manos aún atrapadas en las de Alfred. Cómo podía ser tan despreocupado… -Lo siento, ¿te herí? No estaba pensando y continúo olvidando que aún estás herido…
-No, las heridas han sanado, tanto como podían, es solo que estoy…- Alfred miró hacia abajo nuevamente, -… lleno de cicatrices.
Arthur sintió un hormigueo, luego una puñalada de dolor en su pecho. Recordó como Alfred había mantenido completamente oculto su cuerpo superior desde que Arthur lo había encontrado por primera vez en el hospital. Era obvio que había algo que lo estaba preocupando desde hace un tiempo. Arthur tragó, asintió y luego, suavemente alejó su mano de la de Alfred antes de alcanzar su camisa nuevamente. Algo roía asquerosamente en su estómago, pero lo ignoró. Era tiempo de ver lo que Alfred estaba escondiendo y ver si podía soportarlo.
-Arthur…- la voz de Alfred sonó baja y llena de aprehensión.
-Shush.- Arthur desabrochó la camisa, la deslizó por los hombros de Alfred y luego la quitó de una sola vez. Luego se quedó quieto. Su corazón se aceleró suavemente pero permaneció sentado, inmóvil, observando a Alfred en silencio. Un tejido de rojas y blancas cicatrices cubría por completo el lado derecho del pecho de Alfred, levantando y trinchando una masa de heridas cicatrizadas que se extendían desde la parte superior de su brazo, pasando por su hombro y pecho llegando hasta justo bajo su estómago. Arthur pestañeó rápidamente, su corazón le dolía. No podía comprender la agonía que debía causar algo como eso. Una parte de él tenía la pequeña sospecha de que debería repugnarle, pero aún así no lo hacía, en lo absoluto. Era chocante, pero era parte de Alfred. A Arthur no podía repugnarle ninguna parte de él. Mientras Arthur trataba de pensar en algo que decir, Alfred extendió sus manos y trató de cubrir su pecho.
-Lo siento,- dijo Alfred silenciosamente. –No quería que lo vieras. Y sé que… quiero decir, entiendo si…
Arthur sentía como si su lastimado corazón fuera a partirse en dos. Tomó la mano de Alfred una vez más y negó con la cabeza. Trató de pestañear para evitar que se derramaran las lágrimas que inundaban sus ojos. La inseguridad era una parte de Alfred que nunca había visto. –Alfred, eres perfecto.- Y lo era, era humano, vulnerable y perfecto. Arthur lo acercó hacia él mientras se recostaba sobre las suaves almohadas. Lentamente entendió, no había necesidad de acelerarse y actuar frenético. Tenían todo el tiempo del mundo. Mientras sus cuerpos se encontraban, mientras sus labios se tocaban, Arthur trató de hacerle entender a Alfred que las cicatrices no significaban nada, que Arthur lo quería igual que siempre. Que en realidad fue, que siempre había sido y que siempre sería perfecto. A Alfred no le tomó mucho tiempo entender eso, y soltarse a la intensidad y a la pasión una vez más.
Alfred finalmente terminó de arrancarle a Arthur la última prenda que aún conservaba y se detuvo, mirándolo mientras Arthur sentía su columna sofocarse en el calor. –Mi dios,- suspiró Alfred casi devorando a Arthur con la mirada. –Pero tú eres la cosa más jodidamente hermosa en todo el mundo.
Arthur sintió que se ruborizaba. –No seas absurdo,- balbuceó mientras lo atraía de vuelta a sus brazos. Alfred rió y Arthur se sintió casi débil por el alivio al escuchar eso.
-Pero lo digo en serio…
-Cállate.
Era difícil decir cómo se había enamorado de esa manera. Cómo ese molesto, irritante y frustrante estadounidense lo había arrastrado, cómo Arthur fue casi encantado por él, cómo todo el sentido común volaba fuera por la ventana cada vez que Alfred estaba en la habitación. No lo sabía. No le importaba.
Si antes todo había sido rápido, frenético y desesperado, ahora era lento, suave, amable y maravilloso… y si la última vez que habían estado en esa cama había sido triste, amargo y desgarrador, esta vez estaba convirtiéndose en algo cálido, feliz y esperanzador. Y aunque se agarró de la espalda de Alfred con manos impacientes, Alfred se mantuvo tranquilo, minucioso y amable. Todo era demasiado asombroso… el finalmente estar aquí, el finalmente ser capaz de tocar a Alfred sin miedo y terror de la mañana siguiente, tan solo sentir, saborear, tomarse su tiempo y perderse en todo lo que había deseado hace tanto. Arthur aún no podía acostumbrarse a ello, a Alfred aquí, en sus brazos, a este consolador sentimiento y a esa esencia que amaba y recordaba y esa sonrisa que mostraba cada vez que rompían el beso, haciendo que su corazón, que ya palpitaba con fuerza, saltara.
Las manos de Alfred eran suaves pero firmes mientras delineaban sobre la exaltada piel de Arthur. Este no podía alejar sus labios de los de Alfred. Y con sus torsos tocándose, con la fusión de sus caderas, el calor de Alfred y su raudo aliento sobre él, las cosas rápidamente se intensificaron una vez más. El ardor en la columna de Arthur se concentró en un solo punto, y comenzó a tirar y agarrar la espalda y los hombros de Alfred. Intentó ser suave y cuidadosos con sus heridas, pero Alfred también estaba cada vez más acelerado y ansioso, presionando apremiantemente contra Arthur mientras sus manos comenzaban a temblar y a calentarse. Antes de que Arthur siquiera lo pensara, Alfred se estiró hacia la mesita de noche y cogió el frasco de crema. Los ojos de Arthur se abrieron y esperó deseoso, pero Alfred solo miró el envase por un momento.
-¿Por qué sigues teniendo esto aquí?
Arthur frunció el entrecejo. –Es bueno para la piel. La mantiene suave.- Luego tosió, ligeramente avergonzado por haber sonado como un articulo de "Buena Ama de Casa".
-¿Oh, en serio?- Alfred no muy convencido metió los dedos en el frasco.
-¿Para que demonios crees que la tengo aquí?- preguntó Arthur, un poco molesto debido a los cuestionamientos que Alfred tenía acerca de su rutina de cuidado de piel en un momento como este.
-Oh, no sé. ¿Quizás esto?- Alfred alcanzó la entrepierna de Arthur y este dejó escapar un grito tembloroso debido al increíble tacto de los fríos y resbalosos dedos de Alfred que lo agarraban. Débilmente intentó alejar a Alfred, pero fue un intento poco vehemente. –Hey, no estuve aquí por meses, no te culpo," dijo Alfred, sonriendo perversamente mientras acariciaba a Arthur. –Pero estoy de regreso ahora así que conozco un mejor uso para esto…
-Eres un completo grosero, sabes eso Alfred Jones, realmente ¡ahhh!- Arthur echó su cabeza hacia atrás y gritó cuando sintió la mano de Alfred moverse más abajo y presionar contra su área más intima. Alfred se inclinó para besar la mejilla de Arthur y luego dirigió sus labios hacia su oreja, donde susurró, de manera apremiante y muy despacio.
-Quiero estar dentro de ti, Arthur.
El corazón de Arthur palpitó fuertemente y su estómago se retorció a medida que su indignación de desvanecía. Giró su cabeza y susurró de vuelta, -Sí.- Sus labios se tocaron y sus respiraciones se mezclaron, calientes y rápidas, mientras Arthur sentía los dedos de Alfred que presionaban dentro de él. Arthur no sintió nada salvo una alegría, su cuerpo palpitaba con ella, y todo lo que deseaba era sentir a Alfred aún más cerca.
A decir verdad, era fácil explicar como se habían enamorado de esta manera. Porque Alfred era alegre y lo arrastró lejos de su melancolía. Porque era deslumbrante y había traído el sol al mundo gris de Arthur. Porque realmente era el héroe de Arthur. Lo había salvado. Se habían salvado el uno al otro.
Alfred se tomó su tiempo y todo era impresionante e intenso. Era mágico. Olas de placer casi abrumaban a Arthur. Su cuerpo se quemaba en el fuego helado de su sudor, zumbando de deseo. Arthur se perdió en la mirada de deseo y éxtasis de Alfred, que lo empujaba hacia él, vigorosa y suavemente, y sus cuerpos se fundieron en uno. Y sus respiraciones se mezclaban, sus pieles se deslizaban juntas perfectamente, sus corazones latían rápidamente en un ritmo similar cuando las tibias manos de Alfred y sus labios y su piel llevaron a Arthur a un placer mayor del que creía posible. Sentía que lo recordaba, pero a la vez era algo que nunca había experimentado antes, consolador y nuevo y todo a la vez. Arthur se apretó contra el cuello de Alfred, respirando, sintiendo su pulso zumbando sobre sus labios. Casi había olvidado lo que se sentía estar así de cerca de Alfred, el sentir su corazón y cuerpo moviéndose con él. Pero cuando lo miró a los ojos, supo que nunca más lo olvidaría.
Los meses de estar sin él, el dolor que significaba el que hubiera partido, lo hicieron darse cuenta, ahora, cuánto sentía, cuán profundo era realmente. Y aún ese pequeño miedo permanecía, ese terror de que pudiera suceder otra vez, pero reprimió ese pensamiento susurrando, apenas consciente de lo que estaba diciendo, cosas como "Mi Alfred" y "Finalmente aquí" y "Te amo" y todo ese sinsentido hasta que simplemente se dedicó a repetir su nombre una y otra vez en una jadeante letanía. Alfred. Alfred, quien era tan hermoso y seductor y tan perfecto, y, a pesar de ser tan arrogante, parecía de alguna manera no saberlo.
Repentinamente, Arthur sintió su mente muy lúcida. La luz del mediodía que se filtraba por las cortinas… el sonido de la cama crujiendo tan fuerte que podría romperse… la misteriosa quietud del mundo fuera de ellos. Arthur estaba mirando a Alfred a los ojos y él era lo único en todo el mundo. Se aferró a sus hombros y deseó no estar hiriéndolo, pero el agarre de Alfred fue tan fuerte como el de él. A medida que la tensión se acumulaba en su estómago, dejó caer sus manos, sujetó las caderas de Alfred y lo empujó más profundamente. Era el rostro de Alfred, desencajado por el placer, lo que lo llevó a aquello. Esa vista llevó a Arthur a su limite y se estremeció y gritó el nombre de Alfred en éxtasis, eyaculando sobre ambos. Alfred repentinamente se puso rígido, dejó escapar un grito y Arthur sintió la tibieza rodeándolo mientras Alfred lo apretaba estrechamente. Con un maravilloso placer, Arthur casi cayó una vez más en la oscuridad pero fue retirado por los labios de Alfred que acariciaban su mejilla.
Arthur jadeó y enredó sus manos por el sudoroso y empapado cabello de Alfred mientras este yacía respirando agitadamente sobre su hombro. –Pesado,- Arthur finalmente se las ingenió para hacerse escuchar ahogadamente y Alfred rápidamente murmuró una disculpa y rodó sobre su costado, empujando a Arthur con él y suspirando felizmente. Arthur se enroscó contra Alfred y pasó un brazo por encima de él tan cuidadosamente como pudo. –No te lastimé, ¿cierto?
-No. No te lastimé, ¿cierto?
Arthur sonrío. –No.- Cerró sus ojos. Ya no estaba solo. Nunca se había sentido tan feliz. Todo era tan natural, tan cómodo. Aquí, en lo brazos de Alfred, era el único lugar donde Arthur había sentido que realmente pertenecía. Era como si nada nunca los hubiera separado, como si los horribles meses del último año nunca hubieran existido, y todos los vacíos y solitarios años anteriores ya no importaran. Todo lo habían llevado a esto. Cuando Arthur abrió sus ojos, estos se fijaron en un pieza de tela roja y blanco que yacía en la mesita junto a la cama. Su estómago saltó y se estiró a por ella.
-¿Qué sucede?- preguntó Alfred.
Arthur miró el pañuelo y se dio cuenta que, incluso ahora, su pecho se sentía apretado. Había pensado que eso era todo lo que quedaba de Alfred. –Creo que esto es tuyo,- dijo, extendiéndoselo.
Alfred miró el pañuelo en la mano de Arthur, su expresión era difícil de leer.
-Matthew me lo dio. Dijo que lo encontraron en medio de la destrucción.
Alfred tomó el pañuelo lentamente, sus ojos ligeramente desenfocados. –Lo recuerdo.- Se detuvo y no habló por un momento. Cuando lo hizo, su voz era suave. –Estaba sujetando esto. Cuando Lady Beth se estrelló.- Pasó sus dedos por el cautelosamente, aún mirándolo con atención. –Las llamas estaban por todas partes y no podía respirar. No podía escapar. Lo recuerdo, Miré hacia abajo y esto fue lo último que vi. Y pensé…- Alfred miró a Arthur. –Pensé que era el chico más afortunado de todo el mundo.
La quietud del día se estableció alrededor de ellos y Arthur sintió que no sería capaz de moverse otra vez.
-Y ¿sabes?, realmente considero que lo soy.
Arthur sonrió feliz, triste, y su mirada se dirigió a las cicatrices de Alfred. –Alfred, lo siento muchísimo por Lady Beth.
Los ojos de Alfred se abrieron. Miró a Arthur por un momento, sacudió su cabeza, luego quebró el silencio rompiendo a reír. –Te amo.- Arthur pestañeó con curiosidad. -¿Sabes? Nadie más me había dicho eso. Realmente me conoces bien.
-Y voy a encontrar muchas más cosas.- Arthur sonrió, recordando una conversación que tuvieron una vez, tan similar a esta, cuando Alfred había dicho esas mismas palabras. Esta vez, sin embargo, Arthur sabía que la próxima vez que despertara, Alfred estaría a su lado.
Continuará...
