Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen, son ambos propiedad de la historia "Shokugeki no Soma", escrita por Yūto Tsukuda e ilustrada por Shun Saeki.
-Soma… Soma, ¿me estás siquiera escuchando?
Soma la miró algo confundido mientras amagaba con beberse un trago de jugo de naranja. Eran las 7 de la mañana y se encontraban desayunando en el amplio comedor de la mansión.
-Disculpa Erina, es que estaba pensando –respondió sin darle mucha importancia, para luego bostezar.
-Te he dicho tantas veces que tapes tu boca –suspiró ella- En fin, te comentaba que pensamos firmar con una prestigiosa empresa de especias india…
La siguió escuchando casi mecánicamente, estaba demasiado distraído. La noche anterior no había podido dormir y se la había pasado vagando por la casa pasando varias veces por la cocina sin decidirse a entrar. No podía sacarse de la mente la escena ocurrida en el frente del restaurante.
Ya era un adulto (o al menos debería), sabía las consecuencias que acarrearía una acción arriesgada como esa ¿Qué iba a pretender después de hacerlo? Las cosas no volverían a ser igual de cómodas que antes. Para empezar, ¿por qué lo había intentado?
Contestó que le parecía una buena idea cuando Erina le preguntó. Mas ella no era ninguna tonta.
-¿Qué ocurre, Soma? –puso las manos juntas y lo miró expectante.
-¿A mí? Bueno… nada, supongo –a fin de cuentas, nada había pasado.
-¿Por qué estás tan ido entonces? –se enojó ella- ¡Me ignoras y respondes "si" con esa cara de zombi estúpido!
Se disculpó riendo suavemente para calmar las aguas. Solo la enfureció más. Ya cuando comenzaban a irse a trabajar, por un momento Erina se detuvo y se acercó a darle un beso, dejándolo algo sorprendido. Y recordando la "escena" con Megumi.
-Te siento muy lejano a mí, Soma, ¿realmente estamos casados? –murmuró con tristeza- Ni siquiera te importa cuando hablo de nuestros negocios…
-Ya veo… -trató de sonreírle y le dio una caricia en la cabeza- Lo siento Erina.
Sin explicarse más, ambos fueron rumbo a sus trabajos, con la duda lacerándoles el corazón.
Erina llegó a su trabajo con el mismo humor de siempre, siempre había sabido como separarse emocionalmente del trabajo y su vida diaria, con lo cual era una excelente ejecutiva a pesar de no dedicarse más a la cocina. No es que lo odiara, seguía cocinando para comer ella misma (pocos platillos aparte de los suyos le saciaban), pero no soportaba tener a eso como un trabajo. Como un método de vida. A la par de Tootsuki, fue entrenada para llevar el negocio familiar, y finalmente se decantó por eso. Era feliz como estaba.
Se sentó en su escritorio y comenzó a revisar algunos papeles. Aun así, sentía que algo andaba mal en su vida personal, había creído que podría casarse con Soma y así elevar el nombre de los Nakiri, teniendo entre sus miembros a un cocinero tan espectacular. Y también… sentía que le gustaba mucho el joven Yukihira. Ahora, que el tiempo había pasado (a pesar de no ser mucho) se preguntaba si tan solo no había proyectado a Joichiro, su padre, en él. Muchas veces se repitió que no, que quería a Soma. Se llevaban muy bien, discutían de temas que ambos gustaban, hacían el amor sin problemas, y no es que se llevaran mal. Y sin embargo todo se sentía tan… metódico. Le irritaba aun algunas cosas de su personalidad, que fuera tan extravagante. Pero ahora que ya no podía ver esa chispa en él, como si se hubiera esfumado, lo extrañaba. Nunca pensó que estar casada fuera algo tan… aburrido y sistemático. Creyó que sus personalidades lo harían interesantes, pero, con excepción de algunas veces, era como si Soma no la viera más que como un rival. Como lo que siempre había sido.
Sin darse cuenta se perdió en sus pensamientos y pasó las hojas frente a sus ojos sin ver nada realmente. Tuvieron que llamarla desde la puerta para que despertase.
Definitivamente debía hacer algo con este tema, no quedarse de brazos cruzados.
No fue un buen día para Megumi. Había amanecido con los ojos hinchados y sin ganas de levantarse o existir. No era fácil para ella ocultar como se sentía, por lo que trató de trabajar con normalidad. Después de todo, no tenía por qué atender directamente a los clientes (a pesar de que le encantaba hacerlo) y se podría esconder en la cocina. Pero eso solo causó que fuera más obvio para los hermanos.
Cerraban el comedor unas horas luego del medio día, cuando la gente solía tomar la siesta. Y en eso le aconsejaron que saliera a despejarse un poco, a "hallarse consigo misma" como dijo Dan, después de todo ellos creían que simplemente estaba estresada por el trabajo.
Había un parque cerca de allí, así que decidió ir a visitarlo. Era tranquilo y silencioso, lleno de árboles y senderos para que se pudiera pasear, un buen rato. Al centro había una fuente, para su mala suerte seca, con la forma de algún personaje histórico importante que no le venía a la mente a la joven. Lo recorrió con la mirada al llegar hacia allí, dando vuelta alrededor, con tan solo distraerse. Suspiró y se sentó en el borde de esa fría escultura de piedra.
Se sentía una pésima amiga. Una pésima persona. Teniendo deseos egoístas, pues la mitad de la mañana se había puesto a pensar en que hubiera ocurrido si lo besaba, en pensar cómo serían sus labios, si cerraría los ojos o le tocaría las mejillas. La otra mitad se la pasó arrepintiéndose de esos pensamientos. Miró hacia el cielo, apoyándose sobre sus manos, tan extenso allá. Ese cielo la cubriría por el resto de su vida, así como a Soma, y a Erina. Miles de cosas los seguían conectando a los tres, no sería capaz de vivir con la culpa de estorbar en esa paz. Las cosas simplemente como estaban… estaban bien, aunque no le gustara. No era una injusticia, ni tampoco una maldición. Ella debía seguir adelante con esos sentimientos de amor.
"No es soberbia, es amor" tarareo mentalmente "poder decir adiós… es crecer".
Cerró los ojos para respirar profundamente.
-¿Megumi?
Los volvió a abrir. Debía ser una broma, el destino debía estar riéndose de ella. Trató de escapar descaradamente, pero una mano más grande que la de ella la detuvo por el brazo, haciéndolos caer dentro del pequeño hueco que formaba la fuente seca. Cerró fuertemente los ojos, aprisionando las lágrimas. Tonta, lloraría de vuelta. Tonta, tonta, tonta.
-Lo siento… -Soma trató de levantarse de encima de ella, cuando notó sus lágrimas- ¿Estas llorando…? ¿Te lastimaste?
Soma se había comportado extraño en el trabajo. Como si vagara por las nubes. Se había incluso una vez escondido a tratar de marinar cangrejo con crema batida. Peligrosamente luego había ofrecido su invento.
De alguna forma se sentía nostálgico. Al principio, cuando recién había llegado para trabajar, además de su buena disposición, siempre creaba esas cosas extrañas. Y con el tiempo las dejó de hacer. Verlo de vuelta era no solo raro, sino también molesto, porque no había ayudado en nada mientras lo hacía. Decía "ya iré, ya iré" y luego volvía a volcarse en ponerle chocolate a las anchoas. Nadie se animaba a echarlo, por ser uno de los Nakiri. Y también porque sabían que era un buen chico.
Le recomendaron tomarse un descanso (ya bastante fastidiados) luego de la hora del almuerzo. Generalmente no había gente por la tarde, a parte de algunos grupos de alta clase que pasaban a tomar la merienda, sino que sobre todo a la noche el lugar se llenaba.
Así lo hizo Soma, se tomó el resto del día libre (pensaron que mejor si no volvía tampoco por la noche), decidió ir a dar vueltas por la ciudad. No le gustaba sentirse así, tan ido y extraño. Era un sentimiento que le podía más, aunque intentase enterrarlo, siempre surgía a flote de vuelta: la inquietud.
¿Y si la hubiera besado? Sabía que lo estaba por hacer, se sintió luego algo estúpido queriendo tratar de ocultarlo. Se había tentado ¿Pero por qué quería besar a Megumi? ¿Por qué querría ella besarlo? Claro que al final se había echado para atrás, pero también lo estaba por hacer…
Y ahí entraba el segundo sentimiento: culpa. Sin duda pensar así era como traicionar a Erina. Pero en el fondo no le importaba demasiado eso, sino el cómo se sentiría Megumi ante la situación. Era una chica muy sentimental y algo llorona. Pero, sobre todo, correcta.
Y aun así ¡cuánto hubiera deseado besarla ahora para poder quitarse esas dudas!
Sus pies lo llevaron como un imán hacia el barrio de Tadokoro. Por el camino había un pequeño parque que usaba de referencia para llegar. Fue extraño, pero ahí estaba ella, sentada con los ojos cerradas, sus ojos levemente hinchados no pasaron desapercibidos. Se tentó a besarla justo así, luego sus párpados, protegerla. Ella siempre se veía tan indefensa…
Pero en cambio hizo lo más obvio y la llamó por su nombre. Megumi se asustó, la espantó. Estaba por correr, pero él, en un impulso, tomó tu mano, trastabillando y cayendo sobre ella en el pozo de la fuente. Ella lloró y él ya no supo que hacer.
La ayudó a levantarse, tomándola de los brazos para que no escapase.
-¿De verdad que estás bien? Parece dolerte algo…
-Estoy bien, solo… solo recordé algo –musitó Megumi, limpiándose los ojos.
Ambos se quedaron en silencio. Las cosas se habían empezado a poner incómodas entre ambos.
-Soma-kun –con tono formal, Megumi finalmente levantó la mirada. Estaba decidida- ¿Podemos ir a hablar un rato?
El aludido solo asintió, sintiendo un nudo repentino en el estómago ¿Por qué de repente Megumi se veía tan atemorizante?
¡Hola! Bueno, este capítulo me costó un poco de escribir, quise tratar de ser fiel a las personalidades de cada uno, ojalá que haya quedado bien TwT
Aquí se empieza a prender esto, es hora de Megumi para tomar una decisión, ¡CHA CHAAAAN! Ok, no.
Muchos besos y gracias por sus reviews, me hacen muy feliz 3
Matta nee!
