Bella se dio la vuelta y se quedó mirando el motel. Luego, desvió la mirada hacia la furgoneta que los llevaría a México para divorciarse. Una sonrisa débil apareció en sus labios cuando se le ocurrió la idea. Aquella furgoneta era el único obstáculo entre Edward y ella. Quizá no fuera capaz de manejar a Edward Cullen, pero desde luego podía ganar la batalla con esa furgoneta.
—Estoy tratando de salvar mi matrimonio — murmuró—. Y en la guerra y en el amor, todo está permitido.
Capítulo X
—Ayer noche arrancó bien —dijo Edward, frotándose la frente—. La traje hasta aquí sin problemas.
Leroy se inclinó sobre el capo y examinó el motor.
Después de ducharse, Edward había decidido ir a echar gasolina mientras esperaba a que Isabella regresara de la tienda. Cuando trató de arrancar, el motor no respondió. Edward sabía más de Física Cuántica que de mecánica de coches, así que cuando vio salir a su amigo Leroy de su establecimiento, le hizo una señal con la mano.
Quince minutos después, se había concentrado toda una multitud a su alrededor. El en cargado del motel, su sobrino y el primo de Leroy, Darnell, le estuvieron dando consejos.
Desgraciadamente, no parecían saber mucho más que Edward y, en lugar de ayudarlo, se dedicaron a repasar los acontecimientos de la noche anterior. Especialmente, el alcohol que habían bebido y la cantidad de dinero que habían perdido en el juego.
—Siempre marchó sin problemas. Lo usé to dos los días hasta que me compré la nueva furgoneta. No tengo ni idea de lo que le puede su ceder.
—Quizá deberíamos llamar a un mecánico de la gasolinera —sugirió Edward—. Me temo que no sé mucho de mecánica.
—Yo tampoco, pero te digo que esta furgoneta nunca me había dado ningún problema — de repente vio algo—. ¡Ya lo veo! Alguien ha tocado esta válvula.
Los demás hombres se inclinaron sobre el capó, haciendo comentarios.
—Mira, está suelto. Por eso no arranca.
—Cuando lo traje aquí por la noche, recuerdo que pisé un bache. Probablemente haya sido eso.
Leroy se echó a reír. Un sonido fuerte que el viento se llevó consigo.
—¡Estos chicos de la capital! No, no ha podido ser eso. Alguien ha abierto el capó y ha manipulado la válvula para que no se pueda arrancar.
—-¿Y quién haría algo así?
Leroy se puso derecho y se limpió la grasa de las manos en la camisa de franela.
—Créeme. Por aquí hay gente muy extraña.
Edward se sintió como si él fuera una de esas personas.
—¿Puedes arreglarlo?
—Ya lo he hecho. Simplemente he vuelto a ajustarla. Vamos, inténtalo ahora. Seguro que arranca.
Edward se subió a la cabina y giró la llave. Tal como Leroy había prometido, el motor se puso en marcha. Volvió a pararlo y salió.
—Muchas gracias, no sabes cuánto te agradezco tu ayuda.
Leroy se encogió de hombros.
—De nada. Ganaste la furgoneta justamente, aunque tengo que decir que nunca había visto a nadie con tanta suerte a las cartas.
Edward dio de nuevo las gracias a todos y se quedó allí, viendo cómo se alejaban, cada uno en una dirección distinta. Luego, se volvió a la furgoneta y se quedó mirándola durante un buen rato. De repente, se dio cuenta de todo. Si Isabella Swan sabía cómo robar un coche, haciendo un puente, sabría también cómo hacer que no arrancara.
«Pero, ¿por qué?», pensó.
«Yo también te amo». Las palabras de ella lle garon a su mente y cerró los ojos. Desde que había dejado a Isabella en la habitación la noche anterior, había intentado olvidar lo sucedido entre ellos. Y lo había conseguido hasta ese momento. Pero al tener unos minutos para pensar, lo había recordado todo... el deseo increíble, el placer desatado, la sensación de la piel de ella en sus manos...
Abrió los ojos y se quedó observando de nuevo la furgoneta. Ya lo entendía todo. La había manipulado para poder pasar otra noche juntos en Skull Creek.
Pero estaba seguro de que lo único que ella quería de él era sexo. Porque no podía ser amor. Incluso, aunque ella hubiera dicho aque llas palabras, había sido sólo una respuesta instintiva a las palabras de él... palabras que se le habían escapado en el calor de la pasión. Era evidente que Isabella lo odiaba o, por lo menos, él le desagradaba intensamente. Quizá incluso hubiera estropeado la furgoneta simplemente para provocarlo una vez más. Edward se frotó la frente. El dolor de cabeza iba aumentando junto con la confusión.
Se metió las llaves en el bolsillo y se fue a la habitación. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Se estaba quedando dormido, cuando oyó que la puerta se abría. Con los ojos entornados, vio que Isabella entraba de puntillas y cerraba la puerta. Luego, dejó la bolsa sobre la cómoda y lo miró durante un buen rato. Pero su expresión le resultó ilegible.
Esa mujer era su esposa, pensó Edward. Isabella Swan Cullen. Había estado intentando no pensar en ella en esos términos, pero cada vez le era más difícil mantener una cierta distancia. Le gustaba estar con ella. Isabella le hacía sentirse vivo e independiente. A su lado, no tenia la sensación de ser una pálida copia de su padre.
Casi podía imaginar el futuro con ella. Cómo sería despertarse a su lado y quedarse dormido en sus brazos. Volvería del trabajo y ella estaría esperándolo sonriente. Y hablarían y compartirían lo sucedido durante el día. Le contaría todo.
Edward siempre había pensado que sabía lo que buscaba en una mujer, pero todo había cambiado. Lo que lo atraía de ella no tenía nada que ver con el aspecto exterior y sí con las pasiones profundas. Con Isabella, se sentía siempre al borde del caos, incapaz de controlar sus emociones. Pero cuando la miraba a los ojos, sabía con certeza que ella era suya.
Sabía lo que sentía él. Pero, ¿qué sentiría ella? ¿Tendría su declaración de amor una base real? ¿Pensaría en un futuro a su lado? Si él tuviera la más mínima idea de lo que Isabella sentía, sabría cómo proceder, pero era incapaz de intuirlo.
Edward vio, con los ojos semicerrados, que Isabella agarraba la camisa que él se había quitado momentos antes. Al principio, pensó que iba a doblarla y meterla en la maleta, pero lo que hizo fue apretársela contra la nariz y soltar un suspiro profundo.
Isabella parpadeó y gimió dulcemente. Si lo que buscaba era el olor de su colonia, probablemente encontraría olor a tabaco y alcohol. ¡Pero eso daba igual! Una mujer no olería la camisa de un hombre a menos que tuviera sentimientos profundos hacia él ni tampoco se dedicaría a estropear las válvulas de las furgonetas.
Edward se dio la vuelta y se incorporó sobre el codo.
—¿Has traído algo para desayunar?
Isabella, dando un respingo, tiró la camisa sobre una silla cercana.
—No... no me había dado cuenta de que estabas despierto.
—No lo estaba, pero ahora sí lo estoy. ¿Qué hay en la bolsa?
—¿En la bolsa?
—La que has puesto sobre la cómoda. ¿Es el desayuno?
—Sí. Café y Donuts.
Edward se levantó de la cama y se estiró.
—¿Sabes? Estaba pensando que podríamos quedarnos aquí otro día.
Isabella puso cara de sorpresa.
—¿Aquí? ¿Y por qué?
Desde luego, era una buena actriz cuando se lo proponía, pensó Edward. Aunque conociendo ya su psicología, seguramente ella querría hacer exactamente lo contrario de lo que él dijera.
—Estoy bastante cansado. Y no me apetece tener que subirme a ese trasto ahora. Pensé que podríamos quedarnos aquí un día más para descansar un poco. ¿Qué te parece?
—Cre... creo que deberíamos seguir el viaje. Sé lo impaciente que estás por conseguir el divorcio. ¿No es así?
—No más impaciente que tú.
—De acuerdo, entonces vamos. Yo estoy lista.
Edward recogió su bolsa y el resto de sus pertenencias. Unos minutos después, salieron del motel y el sol brillante del desierto los recibió fuera. Colocaron todo en la furgoneta y se dispusieron a partir.
—¿Listos?
Isabella lo miró con una sonrisa radiante. Pero cuando él giró la llave y el motor arrancó, su sonrisa fue apagándose gradualmente, para ser reemplazada por una expresión seria.
—¿Qué pasa? —preguntó él, ya convencido de sus sospechas.
—Oh, nada. El motor suena... bien.
—Va estupendamente. Este cacharro nos lle vará hasta México sin problemas —replicó él, mirando por el espejo retrovisor.
Ella se recostó en el asiento y miró hacia delante mientras se dirigían hacia la carretera que iba hacia el sur.
—Eso está bien —murmuró—. Porque es exactamente donde quiero ir. A México.
Isabella no estaba segura de cuándo se había quedado dormida. Después de un rato, el paisaje, que tan hermoso le había parecido durante la primera hora, se había vuelto aburrido y monótono. La carretera era interminable y sólo algún pequeño pueblo o un grupo de caravanas rompían la monotonía de vez en cuando. Ella había cerrado los ojos para evitar el aire seco y polvoriento que se metía en la cabina de la furgoneta. Cuando los volvió a abrir, iban por una calle estrecha llena de turistas y vendedores ambulantes con sombreros de paja y ropas de colores chillones.
Isabella se incorporó en su asiento.
—¿Ya hemos llegado?
Edward la miró de reojo y esbozó una sonrisa.
—Has estado durmiendo mucho rato. Debías de estar cansada.
—Me imagino que sí. ¿Qué tal tú?
Edward se encogió de hombros.
—Me encantaría aparcar la furgoneta cuanto antes. Aquí conducen como si estuvieran locos.
La celebración del milenio en Tijuana no parecía haberse terminado, ni siquiera que fuera a terminar pronto. A pesar de que era domingo por la tarde, los turistas y nativos llenaban las calles bailando y gritando mientras evitaban con destreza los coches que pasaban. Como en Las Vegas, la ciudad entera emanaba un espíritu festivo. Había juerguistas por todas partes, que debían haber cruzado la frontera atraídos por las corridas de toros, las ferias y el tequila barato.
La influencia comercial americana y el encanto mexicano daba a Tijuana una atmósfera ligeramente exótica y ruidosa.
—¿Sabes dónde vamos? —preguntó Isabella.
Edward miró por la ventanilla y aparcó la furgoneta en la acera frente a un pequeño hotel.
—Aquí, al hotel Florencia. El guardia de la frontera me lo sugirió.
Isabella se quedó mirando el hotel, un edificio liso de estuco pintado de color melocotón. Sus balcones eran de hierro forjado y había flores adornando la entrada.
—O sea, ¿que vamos a tener que pasar la noche aquí? —dijo Isabella.
—Dudo que podamos conseguir el divorcio un domingo —replicó Edward.
Luego, saltó fuera de la furgoneta, agarró las bolsas de Isabella del asiento trasero y fue a abrir su puerta. Las rodillas de Isabella temblaron ligeramente cuando Edward la agarró por la cintura y la condujo a la puerta del hotel.
La sencilla fachada no sugería un interior tan acogedor y pintoresco. Aunque era un hotel viejo, estaba muy limpio y bien atendido. El recepcionista se apresuró a ayudarlos con el equipaje y luego les guió para que firmaran en el registro del hotel.
Para llegar a su habitación, tuvieron que atravesar una puerta doble e Isabella soltó un suspiro profundo. El hotel estaba construido al rededor de un bonito patio interior, lleno de plantas exóticas. El ruido de la calle apenas llegaba hasta allí e Isabella se fijó en un pequeño pájaro que, desde la rama de una palmera, cantaba una dulce melodía.
—Es precioso.
El recepcionista les explicó que la cena era de siete a nueve y que también servían un ligero desayuno por las mañanas. Su habitación es taba en la segunda planta.
Como el resto del hotel, la habitación era muy antigua. El suelo era de baldosas y estaba cubierto parcialmente por esteras de vistosos colores. Isabella dejó sus bolsas al lado de la cama y se asomó al sencillo, pero bien equipado cuarto de baño. Cuando se dio la vuelta, Edward la estaba observando desde la puerta.
—Esto es precioso.
—Junto con la furgoneta, gané un poco de dinero ayer —declaró—. Creí que nos gustaría celebrar nuestro última noche de casados.
Isabella sintió que el corazón le daba un vuelco al pensar que no pasaría más noches con él.
—¿Y tenemos dinero para el divorcio?
—Voy a intentar vender el reloj. Eso debería ser suficiente.
Isabella bajó la vista y miró su anillo. Luego, se lo quitó, ofreciéndoselo a Edward.
—Toma, también necesitaremos algo de dinero para volver a casa.
Edward vaciló unos segundos antes de tomarlo.
—Quizá sea mejor que lo haga cuanto antes.
—Yo... iré contigo —se ofreció ella.
—No, tú quédate aquí. Relájate, date un baño y duerme un poco más. Yo volveré antes de la cena —se dio la vuelta para irse, pero se giró hacia ella antes de salir—. No salgas sola —Le aconsejó—. Esta ciudad no es segura.
Isabella asintió.
—No te preocupes. Me quedaré aquí.
Él esbozó una sonrisa ante su inhabitual sumisión y salió. Isabella se quedó allí de pie, mirando la puerta un buen rato, preguntándose por qué de repente había surgido una especie de barrera entre ellos. Edward parecía aprensivo y tímido, casi temeroso de mirarla a los ojos.
Se miró la mano. Era extraño lo desnuda que parecía sin el anillo. En pocos días, se había acostumbrado a llevarlo y la hacía sentirse como si estuviera casada de verdad, aunque las circunstancias que habían rodeado la boda hubieran sido tan extrañas. Pero ahora se había quitado el diamante y se sentía como si la unión entre ellos se hubiera roto irremediablemente.
Y no sabía cómo iba a poder olvidar a Edward. Quizá si se concentraba en su trabajo en cuerpo y alma o se tomaba unas largas vacaciones, pudiera conseguirlo. Siempre podía empezar a salir con otro hombre. O quizá no volviera a salir con ninguno. De ese modo, no tendría que compararlos con Edward. Ocurriera lo que ocurriera, Isabella no pensaba en su futuro con optimismo y eso se debía a que Edward Cullen no formaría parte de él.
—No lo amo —murmuró, cerrando los puños—. No, no puede ser —soltó un suspiro profundo—. No lo amaré.
Su mente voló a un futuro no muy lejano. Ella estaría leyendo el Tribune con el café del desayuno y vería el anuncio de la boda de Edward.
Quizá hubiera una foto de Ángela y él. O quizá sería otra mujer la que sonreiría a su lado vestida de blanco, porque Isabella no creía que Ángela volviera con él.
De cualquier manera, él conseguiría a la esposa que siempre había deseado. Una esposa dulce y de reputación impecable. La señora Cullen, fuera quien fuera, llevaría una vida que giraría alrededor de la de su marido. Y tendrían hijos, por supuesto. Un chico, quizá dos, y una niña. Los niños serían encantadores y tendrían los ojos y la sonrisa de Edward.
Isabella gimió suavemente y se apretó las sienes. ¡Era por eso por lo que le estaba costando tanto hacerse a la idea de divorciarse de él! Ella no tendría un futuro con Edward, nunca iría de la mano con él hacia el altar, ni tendría hijos suyos.
—Y ni siquiera quería casarme... —dijo, sentándose en la cama.
Se colocó la almohada sobre los ojos y trató de borrar de su mente todos los pensamientos que tuvieran relación con él. Pero cuando lo consiguió, se dio cuenta de que estaba llena de polvo. Así que se incorporó, comenzó a quitar se la ropa y luego, descalza, fue al cuarto de baño y abrió el grifo.
Fue maravilloso sentir el agua sobre su piel seca y llena de polvo. Contuvo el aliento y se sumergió, mojándose el cabello. Finalmente, se tumbó, apoyó la cabeza sobre el borde de la bañera y cerró los ojos. Imágenes de Edward le llegaron inmediatamente. Cuanto más trataba de quitárselo de la cabeza, más invadía él sus pensamientos.
La única manera de borrarlo por completo era quedarse dormida. Cerró los ojos y comenzó a respirar despacio, tratando de olvidarse de todo, dejando que el agua caliente la relajara. Llegaría un día en que apenas se acordara de él... del modo en que la tocaba... de cómo era el sabor de su boca cuando la besaba...
Cuando abrió los ojos, el baño estaba casi a oscuras. Sus manos estaban arrugadas y el agua casi helada. Salió de la bañera y se envolvió en una toalla seca. Los dientes comenzaron a castañetearle mientras iba corriendo a ponerse algo de ropa. Eligió un vestido que no se había puesto nunca y no se molestó en ponerse nada debajo.
Su cabello, ya seco, le había quedado ondulado y seguía teniendo polvo en algunas partes. Lo cepilló y se lo recogió en una coleta, ayudándose con unas horquillas que le quedaban de la fiesta de la víspera de Año Nuevo. Cuando creyó estar presentable, se sentó en la cama, dispuesta a esperar a que Edward volviera.
Éste llevaba fuera casi dos horas. Impaciente, Isabella se levantó de la cama y fue hacia la ventana. La abrió y también abrió la puerta para que se formara corriente. Pero la brisa nocturna no la ayudó a tranquilizarse.
Comenzó a pasearse por la habitación y, como tampoco eso le sirvió de nada, salió al balcón y se quedó mirando al patio. Las farolas colocadas entre los árboles iluminaban suavemente a los huéspedes sentados y un guitarrista caminaba entre las mesas mientras cantaba una dulce melodía en castellano. Pero la música tampoco la ayudó a relajarse. Conforme pasaban los minutos, su nerviosismo fue en aumento y comenzó a imaginarse una lista interminable de problemas. Que Edward se había perdido o que estaba herido... o que lo habían secuestrado... incluso que, tragó saliva, lo habían matado.
Media hora después, llegó Edward y, para en tonces, Isabella había inventado toda una historia en la que participaban traficantes de droga y prestamistas, junto con algún policía corrupto. Edward esbozó una sonrisa al verla, pero la expresión de Isabella hizo que su buen humor se apagara de inmediato.
—¿Dónde has estado? —le preguntó—. Has estado fuera casi tres horas. Estaba muy preocupada.
La sonrisa volvió a aparecer en el rostro de Edward.
—¿Estabas preocupada? ¿Por mí? —Edward se echó a reír—. Pues ahora ya sabes cómo me siento yo la mayoría de las veces.
-Te he hecho una pregunta —dijo Isabella, consciente de que habían cambiado por una vez los papeles, pero sin querer admitirlo.
—Volví a la frontera —explicó—. Cuando traté de empeñar el reloj, aquí sólo me ofrecían pesos, así que volví a San Isidro y encontré una casa de empeños.
Edward sacó del bolsillo un sobre lleno de dinero. Sacó unos cuantos billetes y le dio el resto a ella.
—¿Qué es esto?
—Dinero.
—No quiero tu dinero —replicó Isabella, dándose la vuelta y metiéndose en la habitación.
—No seas testaruda. Piensa que era una propiedad común. Compramos todo eso mientras estábamos casados. La mitad es tuyo. Además, necesitarás dinero para llegar a casa.
—Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma —replicó.
A Isabella le ponía histérica la idea de aceptar un centavo de Edward. Pero él tenía razón. Con lo que él había ganado al póquer, tenían unos doscientos dólares para volver a Estados Unidos y eso no era suficiente para que ella volviera a Chicago. Además, tendría que pagar el coche que les habían robado y que ella había alquilado utilizando su tarjeta de crédito.
—Maldita sea, Isabella, toma el dinero. No tienes por qué utilizarlo ahora, tómate unas vacaciones, sal fuera un tiempo, vuelve a Las Vegas y juégatelo. No me importa lo que hagas.
Tras unos momentos de vacilación, aceptó el sobre y lo tiró sobre la cama.
—Ya sé que no te importa.
—No quería decir eso —Edward la tomó de la barbilla—. Sólo quiero que seas feliz, simplemente eso. Esto ha sido muy duro para los dos. Si necesitas tomarte un tiempo antes de volver a Chicago, creo que deberías hacerlo.
Isabella se dio la vuelta para no enfrentarse a su mirada. El tiempo no iba a ayudarla. El tiempo sólo haría que su soledad se hiciera más intensa, sus recuerdos más insoportables. Oyó que Edward daba un suspiro, recogía su maleta y salía. La soledad y el vacío anidaron en su corazón.
¿Por qué no podían volver a la noche anterior, cuando la pasión había estallado entre ambos? ¿Por qué necesitaban el sentido común? Isabella sintió deseos de tomarlo de la mano para conducirlo a la cama. Luego, se abrazarían y se dejarían llevar por la sensación del contacto de sus cuerpos. Hacer el amor con Edward había sido sólo una fantasía molesta, pero en ese momento, cuando estaban tan cerca del divorcio, no quería que se separaran para siempre sin probarlo ni siquiera una vez. Quería que hicieran el amor de un modo salvaje y desinhibido.
Isabella tragó saliva, tratando de encontrar energía.
—¿Dónde vas? —preguntó.
—He tomado una habitación aquí al lado. Creí que te vendría bien estar sola. Después de todo, mañana a estas horas estaremos divorciados. Tendremos que acostumbrarnos de nuevo a la independencia —lo último fue dicho con un matiz de sarcasmo, pero Isabella no tenia ganas de reírse, sólo sentía dolor.
—Quizá sea lo mejor —contestó, mirándolo fijamente y esperando a que él dijera algo más.
Con una sonrisa culpable, Edward atravesó la habitación y la besó en la mejilla.
—Buenas noches, Isabella. Que duermas bien.
Ella se arriesgó a mirarlo, pero al ver la indiferencia que la expresión de él reflejaba, bajó la vista.
—Buenas noches.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Isabella se sentó despacio en el borde de la cama con las manos en el regazo. Sintió cómo el si lencio la envolvía y tomó aire profundamente, soltándolo muy despacio después. Quizá Edward tuviera razón. Tenían que acostumbrarse a vivir como antes... a vivir independientemente. Era lógico.
Isabella se puso una mano sobre el corazón. Se dijo que aquello era lo más correcto y que si hacía un esfuerzo, olvidaría pronto a Edward.
Pero tenía que convencer también a su corazón.
Y bueno yo cumpliendo hoy si veo movimiento de Reviews prometo actualizar mañana mismo ;) Esto ya se pone un poquito raro.
A mi no me gusta esta parte de la historia pero viene lo mejor.
AraXO
