Capítulo 11

El aliado menos pensado

—¡Harry!... ¡Harry!—susurró Ron, pegándole un codazo en las costillas con demasiado ímpetu.

— ¡Auch!... ¿Pero qué…?—preguntó, saltando de su asiento.

Harry se masajeó el costado y con el seño completamente fruncido, miró a su amigo con un gesto de puro reproche.

Entre el estruendo de relámpagos que azotaban los postigones cerrados, el aburrimiento, y el denso aire que allí se respiraba por estar cinco personas amontonadas, su genio estaba más que propenso a rebelarse por cualquier tontería.

— ¡Mira!, ¡Alguien viene caminando por ese cuadro!—Ron se paró de inmediato y al instante todos lo siguieron, levantándose de sus propios asientos.

Los chicos rodearon la mesa con lentitud y miraron con atención lo que parecía dos personas acercándose precisamente a ellos.

—Es Ariana, su hermana menor ¿No?—quiso saber Harry, un poco confundido, sin perder de vista las lejanas figuras que se acercaban lentamente—. ¿Pero…con quien viene?

—Bueno Sr. Potter, eso lo averiguará en un momento. Ahora…, si me disculpan…—Aberforth tomó su jarra a medio terminar de la mesa y sin mediar más palabras, salió de la habitación dejándolos solos en la pequeña sala de estar.

Su trabajo estaba hecho. Luego sería su turno de trasladarse al castillo, pero antes tenía que reunir unas cuantas cosas. Y si todo el mundo pensaba que su loco hermano pecaba de viejo sentimental, él no sería menos, no estaba dispuesto a pelear esta guerra sin el anillo de Ariana, era una de las pocas cosas que le había quedado después de su fallecimiento y le haría el honor de llevarlo consigo en un día tan importante y decisivo como el que se estaba avecinando allí afuera.

Harry, Ron, Luna y Bill, se aproximaron más al cuadro con sus caras interrogantes.

— ¿Y ahora qué?—habló Bill, entrecerrando sus ojos, tratando de descifrar quien venía caminando junto a la pequeña hermana de Dumbledore, pero todavía sin éxito.

Las figuras todavía se encontraban lo bastante lejos como para poder dilucidar quién era el que acompañaba a la pequeña niña.

— ¿No será una trampa, Harry? ¡No me fío del todo de ese viejo loco! ¿Y si nos engaño todo este tiempo? ¡No nos dejó ir a ayudar a Hermione! ¿Recuerdas? ¡Ni a Fleur! ¡Esto no me huele bien,…nada, pero nada bien!—magulló Ron nervioso, dando un par de pasos hacia tras, tanteando apresuradamente el bolsillo de su vaquero.

— ¡Saquen sus varitas!—ordenó Harry de inmediato, situándose al frente.

La psicosis de su amigo se le había contagiado tan rápido que el corazón le tamborileaba enloquecido.

¿Y si Ron tenía razón?, ¿Y si todo era una trampa para entregarlos en bandeja? "Al final de cuentas no conocían a Aberforth para nada"

Por algo Dumbledore nunca habló de su hermano en todos estos años, razonó sensatamente.

¿Y si Aberforth, era en realidad un loco demente y un aliado oculto de Voldemort? ¿Y si ellos inocentemente habían caído derechito en una emboscada planeada, pensando que al quedarse allí cumplían una orden de su director?

Esto era una locura, tendría que haberle plantado cara en el mismo instante que les prohibió ir a ayudar a su amiga ¡Ese tendría que haber sido el clic para reaccionar y largarse a toda prisa de esa casa!

"En qué demonios estaba pensando" "Maldita sea", se reprochó en silencio, apretando con excesiva fuerza la madera de su varita entre sus dedos.

Harry se había puesto en guardia pronto para atacar, a su lado, sus amigos, en silencio, no perdían detalle de las dos siluetas que con calma avanzaban.

En la habitación no se escuchaba nada, si no fuera por los temblores de las ventanas que golpeaban por la densa tormenta y las respiraciones entre cortadas de cuatro personas expectantes, nadie sospecharía que allí se refugiaban los que irrumpieron en el banco de Gringotts, y que apropósito, todos buscaban con desesperación.

Alguien traía a Ariana tomada de la mano. La niña con una sonrisa, caminaba tranquila, conversando animosamente con su misterioso acompañante, vestido completamente de negro.

¿Sería un Mortífago? ¿Sería el mismísimo Voldemort el que traía a la pequeña tomada de la mano?

Poco a poco las figuras se hicieron más claras y por el largo camino del cuadro, bordeado de árboles otoñales, al fin pudieron ver con claridad de quien se trataba.

Y de un plumazo, la incógnita se convirtió en una fracción de segundo, en una pura y completa incredulidad.

— ¡No me lo creo! ¡Debe ser una broma! ¿No?—tartamudeó Ron, sin dejar de apuntar con su varita hacía al frente, con sus ojos desencajados.

Harry, por un momento creyó que se le había paralizado el cuerpo, las cuatro extremidades y principalmente todas las luces de su atontado cerebro.

No podía ser, de tantas personas que existían en todo el mundo mágico… ¿Por qué justo tenía que aparecerse precisamente él? ¿Por qué?... ¡Merlín!

— ¡Te prohíbo que te babees por él! ¿Me entiendes? ¿Me estás escuchando?—lo zarandeó sin que nadie se percatara—. ¡Saca esa cara de estúpido ahora mismo, Harry! ¡No es el momento para que se te apaguen las neuronas! —le advirtió en un murmuró el pelirrojo.

Ron estaba tan serio, que su cara era totalmente comparable a la de su madre cuando se enojaba, o tal vez en ese momento, diez veces peor.

Había mirado a su amigo de reojo y por la cara que se le había puesto, estaba seguro que tendría que abofetearlo y pronto, antes que la lluvia de corazones rosados y con letras fluorescentes se le escaparan por los ojos y quedara en evidencia lo que para él siempre fue más que obvio.

El cuadro se abrió y delante de los cuatro muchachos se dejó asomar no una amenaza como esperaban, sino, una verdadera sorpresa de aliado.

Y el corazón de Harry no podía sentirse más feliz. Sabía que sus sentimientos jamás serían correspondidos, pero inevitablemente sus tripas sonaban cuando él estaba cerca y seguramente Ron tenía razón, para su próxima salida tenía que comprase un babero, de los grandes y "urgente".

Mas que nuca y después de meses sin verlo, sus estúpidos ojos no dejaban de recorrerle entero pensando en sólo una cosa… ¿"Por qué tenía que estar tan escandalosamente sexy con esa túnica con bordados en verde oscuro"?

El cuadro se cerró con un golpe seco y el nuevo miembro del reducido grupo, con voz irónica, habló, levantando como de costumbre exageradamente una de sus cejas:

— ¡Ya pueden ir bajando sus varitas! ¡Porque sería una pena que los tuviera que expulsar por atacar a un profesor de Hogwarts!

— ¡No sé si recuerda profesor…, pero ya no estamos en el colegio para que nos venga a dar órdenes!—se adelantó Bill, con cara de suficiencia, sonriendo abiertamente, acomodándose un mechón de pelo detrás de su oreja.

— ¡Mmm...…, cierto Sr. Weasley! ¡Es una lástima…una verdadera lástima!—dijo con sorna, chasqueado la lengua.

El alto ocupante esbozó una imperceptible sonrisa y girando elegantemente sobre sus talones, volvió a adentrarse en el cuadro, incrustado en la pared— ¡Síganme!—ordenó sin perder tiempo, ya dentro de lo que parecía un pasillo interminable y prácticamente a oscuras.

— ¡Maldito murciélago grasiento! ¡De verdad, Harry, no entiendo cómo es que se te caen los calzones por este desgraciado!—le susurró bufando en el oído, antes de sumarse a la fila, detrás de Luna.

Ron se apoyó en el hombro de su amigo para subir por la estrecha abertura del retrato abierto y negando con desaprobación el comportamiento de su casi hermano, con cuidado, se adentro en el oscuro corredor.

Tanteó las paredes mohosas y al instante comprobó que las paredes no era lo único que estaba pegajoso, el suelo estaba completamente cubierto de hongos desagradables, por lo tanto tendrían que pisar con suma firmeza sino querían matarse de un porrazo.

Ese viejo túnel, seguramente nadie lo había usado en siglos.

¡De la misma manera que yo no entiendo, Ron, como es que tú y justamente tú, te enamoraste de Malfoy, al punto de llorar abrazado a su foto! ¡Ese hombre es viejo, arrogante, sin escrúpulos y sobre todo está casado! Por lo menos mi querido profesor es soltero…, aunque en todas las restantes enumeraciones, es muy parecido a Lucius, reconoció, riendo por lo bajo. ¡Y por cierto! ¿De dónde habrás sacado la dichosa foto que escondes en el baúl?, se preguntó, riendo entre dientes, sin que su amigo se diera cuenta de sus expresiones y pensamientos, pues Ron ya se encontraba unos cuantos pasos por delante de él preocupado sólo en no caerse.

Harry dejó pasar a Bill primero y apenas pisó dentro del estrecho corredor, con un chirrido, la puerta del cuadro se cerró nuevamente, dejando la sala vacía.

Lo habían logrado, su pronta llegada a Hogwarts ya era un hecho y ahora con esta nueva ayuda, las probabilidades estaban más que a su favor, porque en ese momento tenían que ser sinceros con ellos mismos, era un verdadero alivio tenerlo como aliado y no como enemigo.

El Profesor Snape siempre había dejado entrever que era un leal y activo mortífago. Con su actitud cruel y sin remordimiento estaba claro, por lo menos para la gran mayoría, que su único propósito en el colegio era el de seguir al pie de la letra las ordenes del señor tenebroso para facilitarle el acceso y terminar de una buena vez con el afortunado o mejor dicho desgraciado niño que vivió. Incluso su marca en el brazo no era un misterio para nadie. Todos en el colegio sabían que la cargaba con aparente orgullo. Pero cuando Dumbledore mostraba abiertamente su apoyo a alguien, siempre era por algo. El anciano director pocas veces se equivocaba en su criterio y a juzgar por el comportamiento del tan odiado profesor de pociones, ahora, no les dejaba ninguna duda. Otra vez "Albus" había tenido razón, como no podía ser de otra manera.

Severus Snape era un miembro esencial para la orden del fénix y en ese momento estaba demostrando todo lo que ocultó al mundo durante tanto tiempo de penurias personales…

"Su total lealtad siempre estuvo con la de su mentor y amigo de años, Albus Dumbledore"

Aunque Harry eso ya lo sabía. Porque en el fondo, a pesar de que siempre le hizo pasar las mil y una, demostrándole hasta con irracional odio, su asco hacía él, sólo por parecerse a su fallecido padre, nunca había dudado ni por un minuto la verdadera esencia de su querido Némesis.

Y sí…tal vez Ron tenía razón. No era lógico que estuviera irrefrenablemente enamorado de alguien que lo trataba como la más asquerosa escoria que haya pisado Hogwarts, pero…

"Desde cuando el amor es lógico", sonrío mentalmente con picardía con la oscuridad de cómplice.

Al fin y al cabo, el jamás tendría por qué saberlo, ¿No? No era de su incumbencia lo que sentía y lo que dejaba de sentir, aunque fuera él el dueño de sus arrebatos emocionales y sus delirios nocturnos, no tenía por qué enterarse nunca de nada.

Era su pequeño, gran secreto. El de él y el de sus amigos que siempre lo habían apoyado a pesar de estar fervientemente en contra de sus elecciones amorosas y por supuesto que no los culpaba, si hasta él mismo sabía que si sobrevivía a la guerra tendría que ir solito a reservarse una cama en "San Mungo", en el ala para pacientes con alto grado de locura irremediable.