10. Una familia de retazos.

Anko Mitarachi se da cuenta que, nuevamente, está cerca del lugar en donde habría estado su hogar. El sitio ya no es el mismo. Tal vez por eso lo ha ido a ver tantas veces. Ahora es un lote baldío, lleno de césped muy largo y algunas flores. No es el único cambio en la alameda. Una de las esquinas también es un lote baldío, no está el edificio de apartamentos de tres pisos frente a donde estuviera su casa, y todas las edificaciones de una planta son casas iguales de madera… Solo cuatro de ellas están ocupadas, y por familias de recién llegados. Ningún konohiano quería vivir en esos alrededores, en donde apareció y estuvo el kyubi.

Cuando Anko vio el lugar por primera vez, de la mano de Orochimaru-sensei que le había insistido en que debía enfrentar ese lugar y verdad, el sitio solo era un lugar lleno de lugares erosionados. Y, en el centro, un espacio circular vacío, cuyo suelo parecía más bien algo parecido a tierra arenosa, muerta. En ese lugar donde habían estado unas dos manzanas de tierra, edificios y personas, solo se podía sentir muerte.

… Su madre, su padre y su hermanito fueron arrebatados por esa muerte.

Anko había querido salir corriendo y llorar, pero no lo hizo. Porque su sensei había cogido más fuerte su mano, dolorosamente, y la había hecho caminar hacia las pocas personas que estaban ahí dentro. "Enfréntalo como la fuerte kunoichi que eres" le había dicho con esa voz suave de él, pero llena de comando.

Y Anko lo había hecho. No porque se sintiera una fuerte kunoichi, si no porque él se lo mandaba. Orochimaru-sensei le había enseñado a obedecer, o si no… desde el inicio de su entrenamiento. Así que, porque era una orden, Anko pudo caminar hacia el lugar. Su mano no temblaba como su cuerpo porque la tenía bien agarrada por su sensei.

No recuerda mucho de esa vez que fue al lugar, más que de la cantidad de tierra-arena. Se le había impregnado en los pies y parte de las piernas. Lo recuerda porque uno de los Akado y Aburame que se encontraban en el lugar, quitando lo último de chakra corrosivo, le dijeron que esa sustancia eran los restos de lo que estuvo ahí.

En ese momento sí que Anko se había ido, corriendo y llorando. Pero su sensei la había alcanzado y abrazado, diciéndole que no se preocupara, que podía confiar en que él iba a estar ahí para ella. La Mitarachi se lo creyó, como había creído en todas las cosas que él le había enseñado, y en sus órdenes que siempre eran las correctas para la misión y su entrenamiento. Pero hasta él le había mentido y la había dejado. Unas semanas después se había ido por una misión de espionaje. Anko le había suplicado que la llevara con él, ahí frente a los varios equipos ninja que esperaban a poder registrar su salida de la villa. Y él solo había mirado de esa manera que le hace sentir como menos que la tierra. Decepción. No sabe qué le dijo, no pudo oírlo, pero sí que se lo dijo con esa voz suave de él. Le acarició la cabeza y se fue sin más, mientras Anko se queda quieta. No sabe cuanto tiempo se queda quieta viendo hacia las puertas dobles del centro.

Dos días después, alguien del escuadrón genin gritaba su nombre entre los escombros. Ella como otros genin y algunos Akimichi estaban en misión de limpieza. De nuevo. Por eso, cuando Anko oyó su nombre ser llamado, se sintió esperanzada. Lo que sea con tal de no estar, de nuevo, moviendo cosas para ser guardadas en sellos que, luego, serían quemado. Lo peor de todos eran los pintados con negro. Eran los sellos para restos humanos… Y ya había usado siete de ellos, para las partes suficientemente grandes que había encontrado.

Así que cualquiera entenderá porqué Anko se había levantado rápido, gritando que ella era quién buscaba, y corrido con chakra hacia el tipo.

Si hubiera sabido para qué era, no habría estado tan emocionada. El tipo del escuadrón genin solo le dio los buenos días, le presentó un pergamino y se fue sin más. Anko había abierto el mensaje con mucho interés al instante. Pero al leerlo, solo pudo sentir un gran vacío en el pecho y, luego, mucha rabia.

Una tal Kaede Senju le decía que desde ese mismo momento podía trasladarse de los refugios al orfanato central (sintió un escalofrío al leer esa palabra. Y se mandó a respirar lento mientras ordenaba a su mente no recordar el porqué es huérfana). Ahí viviría hasta poner todo en regla para que se fuera a vivir con su tía abuela.

Anko había hecho un katon en el pergamino, y también en unos restos de muebles que encontrara por allí. Su sensei le había enseñado eso, aunque es joven para usar jitsus elementales. Sin embargo, después de haber llegado a Konoha y solo dormido por dos días, en una de las camas dentro de la montaña de los hokages, intentando creer que todo era una pesadilla y sus padres y hermanito no estaban muertos ("¡Oh haha-kami, porqué te llevaste a mi otouto!" gritaban las lágrimas que no dejaban de salir por sus ojos, aún cuando dormía tanto); Orochimaru-sama la había sacado de los pelos de la cama, llevado a un lugar entre los árboles, dado un pedazo de papel y exigido que usara su chakra en el mismo.

Anko, aún con el cabello sucio y enmarañado, los ojos enrojecidos y casi que ni abiertos por no estar acostumbrada a la luz solar, además de con la ropa sucia de varios días; había hecho lo que su sensei le había exigido. El papel se quemó en un instante, y su mano se calentó apenas con eso. Eso logró sacarla de su mal humor del todo, mientras su sensei parecía muy complacido:

―Como esperaba. Tu chakra se alinea con el fuego. Aún eres joven, pero tienes un gran control del chakra, así que creo que estás lista para iniciar con el entrenamiento elemental. Además, algo que pocas personas conocen es que una de las mejores formas de sacar emociones del cuerpo, es con jitsus elementales. Lo principal para el ninja que practica el katon es aprender a alinear el chakra del fuego con el del cuerpo, para que no te quemes con el mismo. Por lo que primero…

De la nada, Orochimaru escupe una pequeña bola de fuego, que va a dar cerca de Anko. Ella da un brinco a un lado, y luego ve sonreír a su sensei.

―Tienes que mezclar tu chakra con el fuego, y hacerlo más grande. Cuando ya lo tengas saturado, tienes que recubrir tus vías respiratorias, esófago y boca además de las manos y el rostro con chakra mientras sigues controlando el fuego. Cuando logres hacer todo eso por más de un minuto, te voy a enseñar a expulsar chakra en grandes concentraciones por la boca además de hacer todo lo demás. Y luego de eso, vas a por fin iniciar transformar tu chakra en fuego. ¿Lista para el reto?

Anko había asentido al instante. Y, aún después de que su sensei se fue, era común ver a la joven genin provocar fuegos cuando tenía tiempo libre. Viéndolo fijamente, haciéndolo crecer a su antojo y sonreír por ello… Aún cuando cuatro veces se le había salido de control y, una de ellas, había terminado teniendo que responder a una pareja de la Policía Militar por el incendio. Sin embargo, y a pesar de que los Uchihas le insistieron en que no era común que se usaran fuego para entrenamiento con el katon como ella lo estaba haciendo; Anko solo pagó una multa por el daño a una cerca y se mantuvo más cuidadosa de ese momento en más.

Porque ella confía en su sensei, y en lo que él le dijo que debía hacer para aprender el katon. También en que si lograba sentir una extraña paz y embeleso viendo el fuego, como él parecía haber querido para "que sacara emociones del cuerpo"; debía ser positivo para ella.

Por eso, aún cuando ya se sabe el jitsu de fuego que su sensei le había enseñado, cada tanto vuelve a hacer fuego. Solo para que las emociones no la atrapen. Como en ese día, cuando le acaban de volver a decir que es una huérfana. Y, algo que la sorprende por el enojo que siente al respecto, que la van a mandar a estar con una tal tía abuela de la que conoce nada, ¡como si ella fuera una niña civil de cinco años!

Ella mira hacia el cielo y, no por primera vez, le pide al Kami-sama que pronto su sensei vuelva a Konoha. Tiene la esperanza de que podrá irse con él, con la única personas que le queda.

Y, por más que se supone que Anko vive en el orfanato, ella prefiere dormir en algún árbol de los tantos que hay por ahí, bañarse en los baños públicos y comer de cazar y recolectar y, cuando tiene paga semanal, ir a restaurantes y dormir en una pensión por un par de días.

Por eso, a pensar que para los tiempos del festival Rinne ya el papeleo estaba hecho para que se fuera a vivir con su tía abuela, no fue hasta inicios de enero que algún burócrata le pidió a la Policía Militar que la buscara.

Así que, por cosas del destino, Anko fue arrinconada saliendo de uno de sus café favoritos por los mismos policías que habían dado con ella cuando quemó el jardín de alguna anciana.

Ella los mira sin mucho interés, come un dango y dice:

―Buenos días, oficiales ―como si tal cosa, antes de caminar hacia la derecha.

Es cuando uno de ellos aparece justo al frente de la joven, mientras el otro le toma de un hombro. Instintiva y airadamente, ella intenta alejarse del tipo de atrás, mira dice al del frente:

―¡Ey! ¿¡Qué oni´s les pasa!?

El hombre frente a ella le explica con voz monótona.

―Anko Mitarachi, se ha expedido una orden de búsqueda en su nombre. La misma también demanda que sea llevada a la casa de la persona que tiene su custodia.

La joven palidece, pero rápidamente se manda a tranquilizarse.

―Debe haber un error ―ella indica la insignia de Konoha en su frente―. Soy una genin, por lo tanto, legalmente soy vista como un adulto y no necesito estar bajo la custodia de nadie.

―Por decreto cuarto de la Godaime ―vuelve a decir con voz monótono―: todo genin menor de trece años debe ser tratado como un civil de la misma edad. Así que sí, usted necesita y está bajo las órdenes de un custodio.

Anko siente como su cuerpo tiembla del enojo. ¡Acaso esa tipa está loca! ¡Ella no necesita a nadie, a nadie! ¡Ha estado bien durante esas semanas, sobreviviendo como su sensei le ha enseñado!

―No. ―se le sale decir con una voz rasposa―. No tengo contacto con mi tía. Cuando mi madre se casó con el civil sin dinero ni nombre de mi padre, ustedes los Uchiha la desheredaron, así que nada tengo que ir a hacer donde esa mujer. Mi custodio va a ser Orochimaru-sensei.

―Eso no es lo que dice su expediente.

―¡El expediente puede explotar en arena por lo que a mí concierne! ¡Solo reconozco a Orochimaru-sensei como mi custodio! ¡Él ha estado ahí para mí por más de un año, aún antes de que esto pasara!

―Eso no está sujeto a debate.

Cuando se da cuenta, Anko simplemente siente la enorme necesidad de gritar y salir corriendo. Pero, justo cuando empieza a hacerlo, los dos tipos la acorralan. Y, cuando ella empieza a atacarlos, puede oír como uno de ellos dice un "kai" y, al instante, un algo hace que su chakra se vuelva un caos total y ella pierda el conocimiento.

Vuelve en sí unas horas después. Está en una pequeña celda, cuyos barrotes y algunas partes de las paredes brillan con fuiinjitsu. Por el dolor de cabeza y debilidad que siente, se imagina que alguno de ellos le está absorbiendo el chakra.

―Toda suya ―dice la voz del policía unos minutos después, con ese tono monótono que a ella la hace enojar y después de abrir la única puerta frente al pasillo de celdas donde solo está ella.

Un hombre muy alto, moreno, musculoso y con el pelo largo y cano entra al lugar. El policía se queda cerca de la puerta sin más. Los dos, el hombre recién llegado y Anko, parecen estar midiéndose el uno al otro.

Finalmente, con un aire de aridez, el hombre es el primero en hablar.

―Hola, Anko. Podrás salir en seguida de ahí, si prometes trabajar por diez misiones tipo D gratuitamente por haber estado evadiendo a tus custodios todo este tiempo ―le dice de la nada el hombre, con su profunda y gruesa voz.

―¿Y tú quién eres? ―espeta ella, poniéndose en pie y poniendo en tensión todo su cuerpo.

―Kenshin Uchiha…

Ella lo interrumpe con un resoplido.

―Sí, claro… Si a leguas se ve que no lo eres.

―… Esposo de tu tía, Naori Uchiha.

Anko tiene el deseo de gritarle que ella no va a ir, que no necesita nadie, que la dejen en paz… Pero se da cuenta de que está retenida por ese tipo de arrebatos. En silencio mira al hombre, los brazos cruzados y sus ojos entornados.

―Soy una genin, y no acepto que se me trate como una niña civil. Así que alquilaré una habitación en su casa por la mitad del salario que reciba, con la comida y lavandería incluida. ―dice ella finalmente, sonrojada por tener que ceder.

… Que oiga una risa ahogada del policía no le ayuda en lo más mínimo. Pero el tal Kenshin, con su expresión seria, rebate:

―Está bien. Pero, como regente de esa pensión, tendrás que seguir sus reglas.

Anko vuelve a sentir ese gran enojo, y un gran deseo de hacer un katon, pero termina solo diciendo:

―¿Cuáles son esas reglas?

El hombre baja un poco el rostro, pensativamente, antes de decir:

―Siempre decir donde vas a estar, llegar cada día a más tardar a las diez de la noche, entrenar por lo menos una hora en el dojo todas las mañanas y respetar a tu tía y a mí.

―Si no estoy en misión ―dice Anko, porque no quiere ceder más sin pelear.

Kenshin solo asiente. La niña mira hacia el policía, que mira hacia los dos con gran diversión por alguna razón, y le dice:

―Donde tengo que firmar mi salida.

―Cuando los papeles estén listos, mañana. ―responde él, con malicia.

Anko no le da la satisfacción de verse afectada por sus palabras, y se vuelve a sentar en sucio suelo como si tal cosa. El hombre solo dice que la estará esperando mañana y se despide.

De eso ha pasado cinco días y, mientras Anko se encuentra de nuevo en esa calle donde estuvo su casa; que ya no es lo mismo, decide irse de allí. Bien que mal, Kenshin-san le ha dicho que a media mañana va a llegar con una nueva… inquilina (es una niña de su edad que tiene que vivir con ellos por ser sus únicos parientes. Pero ella prefiere sentir que es otra inquilina… Porque así, Anko seguiría siendo solo eso para ellos y el lugar) y la hizo prometer que estaría ahí para darle la bienvenida.

Y bien que mal, no tiene otra cosa mejor que hacer… Hoy es uno de esos días en que no quiere ni entrenar, ni hacer misiones, ni nada. Pero Kenshin-san le ha dicho que quiere que esté ahí, así que no le cuesta nada estarlo.

Kami-sama sabe que no es como que la esposa de Kenshin-san realmente esté ahí para darle la bienvenida a la nueva.

-o-

Yuugao Uzuki mira hacia el desayuno que le acaban de servir con cierta culpabilidad en la mirada. Frente a ella solo hay té, arroz y huevo frito. Sabe que su ración es un poco mayor porque es de los chicos que van a la academia ninja. Aunque ya se sabe que no van a abrirla hasta el inicio del nuevo año lectivo, en abril, ella sigue teniendo ese privilegio. Sin embargo, mientras sigue caminando la fila entre los niños de entre cuatro y quince años, Yuugao se manda a recordar que eso es lo único que le regalan extra. Los niños civiles, la gran mayoría de los que están en el orfanato, obtienen mejores ropas y tiempos de descanso que los niños y niñas que se saben que tienen chakra. Y eso, cuando se está en pleno invierno, no es poco.

Pero aún así, mientras Yuugao se sienta a la larguísima banca frente a una de las dos muy largas mesas de madera en ese gran comedor; ella no puede dejar de sentir culpa. Culpa porque se le tiene que dar todo. Culpa porque está sola, porque está triste aunque sobrevivió, porque su madre se fue de su casa, la placa de Konoha en su hombro, y nunca regresó por ella… Culpa por sentir, a veces y sin querer, enojo contra la villa porque le quitó a su madre. Porque como ninja, debía irse y dejarla ahí, en la oscuridad y llena de miedo cuando, por dentro, solo gritaba por su mami. También, porque lo único que ella pudo hacer fue hacerse un puño temblante en algún rincón oscuro dentro de la montaña de los hokages, mientras su madre moría y muchos de los vecinos… Culpa porque aún, por más que entrena todo lo que puede, sigue siendo una inútil. También porque, aunque tiene unos primos aún viviendo en la villa, ellos no pueden hacerse cargo de ella. ¿Cómo dar comida a una niña más cuando tienen cuatro, el proveedor de la casa está herido y han perdido su negocio en el ataque del kyubi? Yuugao se manda a recordar eso cuando siente llenarse de dolor su corazón al haber sido dejada en el orfanato por ellos…

―Yuugao Uzuki-chan ―una voz parece estar repitiendo, y una mano le toca el hombro de repente.

Yuugao da un respingo y mira hacia la mujer que está junto a ella. Oye a un niño especialmente malicioso reírse de su reacción, pero no le importa. Está más interesada en sentirse enrojecer y ansiosa ante la mujer.

… Desde lo del kyubi, le pasa mucho eso. Cualquier cosa la hace sentir ansiedad, mal consigo misma. Por eso siempre intenta evitar cometer algún error, por pequeño que sea. Sin embargo, a veces no puede evitar simplemente no poner atención alrededor, y por eso le pasan esas cosas.

―Lo siento, Miko-sama ―exclama ella, haciendo una inclinación de cabeza―. ¿En qué la puedo ayudar?

La mujer de mediana edad le sonríe, su expresión totalmente apasible.

―No te preocupes, Yuugao-chan. Solo vengo a decirle que Kaede-oba está esperando por usted después del desayuno.

La Uzuki se extraña. Kaede Senju es la matrona del orfanato. Yha estado tan ocupada últimamente, que solo se le puede ver cada tanto cuando llega a contar alguna historia después de la cena.

―Muchas gracias por decirme. ¿Kaede-sama me espera en su oficina?

La mujer asiente, y luego va hacia un lado de la mesa, donde un chico alto intenta robarle de su comida a una niña tímida.

Una media hora después, aún con las manos frías por haber ayudado a lavar los platos, Yuugao toca a la puerta de la oficina con cierto nerviosismo.

―Pasa por favor.

―Buenos días, Senju-sama ―dice Yuugao apenas abre, haciendo una reverencia de cintura.

Sin embargo, la voz amable de la mujer la hace sentir más tranquila.

―Oh, Yuugao-chan. ¡Pasa, pasa! Y, por favor, dime Kaede-oba-chan como todos hacen. Para mí, Senju-sama siempre serán los primos Hachi o Tobi.

Yuugao asiente con la cabeza y se acerca más al lugar, recordando una de las historias que la ha oído contar, en que son el Shodai y el Niidaime sus héroes. O como ella les llama, los primos Hachi y Tobi… Tal vez por recordar esa historia, es que Yuugao no siente tantos nervios como normalmente lo haría, cuando ve que un hombre está en uno de los sillones de la oficina. El tipo es muy alto, moreno y de una complexión muy musculosa. Además, la está mirando justo a la cara, su rostro inexpresivo.

―Yuugao-chan. Ven, siéntate aquí, a mi lado. ―le dice la también alta, morena y canosa mujer que es Kaede Senju.

Y sin embargo, la expresión suave y amena de ella no puede ser más diferente que la de él. Que le esté sirviendo té, y frente a ella hay galletas, de esas que son un lujo en la semana, la hace sentir menos presionada.

―Muchas gracias, Senju-sama.

―También puedes decirme Kaede-obaa-chan, ¿sabes?

Yuugao asiente, y toma té. Mira hacia el hombre sin decir nada, aunque es obvio que se está preguntando ¿quién es? Y ¿qué tiene que ver conmigo?

―Yuugao-chan, te presento a Kenshin Uchiha.

―Gusto en conocerla ―dice el hombre al instante, su voz tan gruesa, alta en volumen y rápida Yuugao da un respingo, y se moja un poco el rostro con el té.

Mientras ella se disculpa, sonrojada, y se limpia con una servilleta, Kenshin mira hacia Kaede con súplica en el rostro. Ella le asiente con tranquilidad, y le pone una mano en el hombro a la niña.

―Yuugao-chan, como eres una niña tan observadora, te debes haber dado cuenta de que los senseis que han venido a ayudarnos, también hacían trabajo de investigación.

Yuugao le asiente, y la mira con grandes ojos oscuros, que entienden. Ella sabe que, al parecer por orden de Tsunade, a menos de que se pruebe que la persona quien busca a un niño es "moralmente apto" para el trabajo, además de parte de la familia, no se deja a un niño ir con éste o esta.

Yuugao ha oído decir a los niños más antiguos del orfanato que, gracias a ello y otras precauciones, puede que ya no hayan extravíos. Al parecer, durante la tercera guerra eso era algo común. Era de las cosas que le hacían perder el sueño en la noche…

Por eso, cuando la niña mira de nuevo hacia el imponente hombre, se demanda a creer que la Godaime y las personas del orfanato han hecho bien su trabajo… Aún cuando no recuerda verlo nunca antes en su vida.

―Gusto en conocerlo, Uchiha-sama. Soy Yuugao Uzuki. ―dice, con una reverencia. Sin embargo, cuando le mira, no puede evitar dejar ver su sospecha.

―Tienes el cabello de tu madre, aunque los ojos son iguales a los de Mikoru ―dice el hombre, intentando parecer más amable; aunque su voz o postura no se le da para ello.

… O el hecho de que le hable de sus padres muertos de buenas a primeras. La niña ha palidecido ante sus palabras. Sobra decir que Kenshin decide cerrar la boca y mirar de nuevo hacia Kaede con ojos suplicantes.

―Uchiha-san es su apellido de casado. Realmente, Kenshin-san es un Uzuki. A decir verdad, el tío de su padre, que en paz descanse.

Yuugao asiente. Ya no le extraña que no haya sabido de él. Su padre murió en la tercera guerra ninja cuando ella tenía cuatro años, y su madre, de por sí muy privada, sólo se mantenía cercana a ciertas personas de su familia o compañeros ninjas.

Los dos se miran sin saber qué decir.

―Yo le enseñé el arte del machete y la kodachi ―dice de la nada Kenshin, presionado por ese silencio.

Además, según lo que Kaede Senju le ha estado contando sobre su sobrina nieta…

―¡En serio! ―exclama una muy emocionada niña, los ojos brillantes―. ¡No tenía idea!

―El bukijitsu es me especialidad.

―¡La mía también! ―se sonroja de repente―. Al menos, eso es lo que quiero.

―¿De qué alcance?

―Bueno, sé tirar shurikens y usar kunai, claro. Pero me gustaría especializarme un arma de corto, otra de medio y una de largo alcance. ―dice, rápidamente.

―Oh, quieres ser una maestra del bukijitsu completa. Eso es tener aspiraciones.

Yuugao baja la mirada más, sonrojada.

―Pero tiene el empuje para ello. Ella es de los niños que más entrenan por aquí.

Yuugao solo se sonroja más, y Kaede se sonríe, le acaricia la cabeza y mueve las galletas hacia ella.

―Tiene los ojos de Mikoru ―repite Kenshin, como si explicara todo.

Yuugao coge la galleta en silencio. Dentro de ella, puede sentir tanta emoción y esperanza que no se lo cree. No conoce a ese tal Kenshin, y se ve que le va a costar congeniar con él. Pero es un experto en bukijitsu, la gente del orfanato cree que es apto para cuidarla (si no fuera así, no se lo estarían presentado) y, sobre todo, quiere cuidarla. Si no, él no estaría ahí, tratando de entablar conversación con ella.

―Yuugao-chan, ¿te gustaría ir con Uchiha-san a entrenar por estos días?

Mientras Kenshin traga saliva, sin saber si está listo para aceptar a una niña traumatizada en su casa (ya tiene una esposa en silla de ruedas por quién preocuparse). Sin embargo, desde que un joven fue a buscarlo hace unos días para decirle que es el único familiar solvente y, al parecer, apto para hacerse cargo de ella; sabe que tiene una responsabilidad para con esa niña que no ha visto desde que tenía unos cinco años.

Así que, cuando la niña mira hacia Senju-san, y dice un muy bajo: "Solo a entrenar"; él bien sabe que la niña está deseosa y esperanzada, de que sea más que eso. La anciana mujer asiente con una sonrisa.

―Mientras se termina el papeleo para que vayas a vivir con él y su esposa. En eso no se durará más de quince días. ¿Estás de acuerdo, Yuugao-chan?

La niña asiente, y mira solo un instante de nuevo hacia él. Vuelve a sonrojarse, bajar la mirada y, para sorpresa de Kenshin, termina tirándose al suelo y haciéndole una reverencia ahí mismo, su cabeza sobre sus manos.

―Muchas gracias, Uchiha-sama. Y le aseguro, que haré todo lo posible por merecer su apoyo ―dice ella, su voz quebrada por la emoción, pero firme a pesar de todo.

Ni ella ni Kenshin se dicen nada más mientras van hacia la casa y el dojo. Sin embargo, por alguna razón, los dos saben que es así porque el otro no sabe qué decir, cuando quieren tanto hacer una buena impresión… Puede que Mikoru haya sacado los ojos de su tío Kenshin, después de todo. Según lo que le contaba su madre, su forma de ser era muy parecida a la de él y, siente Yuugao, la forma de ser de su tío abuelo parece igual a la de ella.

Solo espera que se puedan llevar bien, aunque a los dos les cueste hacer nuevas amistades…

-o-

Naori Uchiha sabe que está siendo extremadamente hipócrita en ese momento, pero aún así no puede evitar sentir esa instintiva reacción. ¡No quiere tener nada que ver con esa perra!

Es finales de enero y la Uchiha lleva más o menos un mes fuera del hospital. Aunque tiene que ir a este día por medio para, al igual que tantos otros, tener sus sesiones de rehabilitación. Naori y una docena más de sobrevivientes al ataque del kyubi, por esas dos horas a media mañana y día por medio; se han convertido en un grupo de estudiantes bajo el severo mando de Rinha-sensei, que no tiene piedad de ninguno de ellos.

… Y eso viniendo de una mujer regordeta y siempre sonriente, se vuelve hasta un poco escalofriante. O al menos eso le dicen sus compañeros, los que pueden verla. Sin embargo, como Naori puede oír la voz femenina, siempre entusiasta, demandante y rápida de esa mujer "¡Vamos, una más, una más!"; ella claro que se cree que verla siempre sonriente no debe ser normal. Pero por esa forma de ser de ella, y que no temiera para nada a cualquiera de los arrebatos de esos ninjas en sus peores momentos, es que ese grupo ha estado mejorando tanto en las semanas que llevan juntos. Todos se han dado cuenta de que no queda de otra que cerrar la boca, y seguir con la terapia física y, luego, con los entrenamientos en técnicas de apoyo, para los que pueden hacerlas.

Pero aún así, cuando Rinha-sensei le pide a ella y tres más, los que tienen lesiones más debilitantes; que esperen después de la sesión, eso le hace tener una mala espina. Que es confirmada cuando oye entrar a una tal Sakura Hatake, junto a sonidos de garras chocando en el suelo de por los cuatro perros detrás de ella.

Todas las alarmas dentro de Naori le gritan: "¡No, no, no, no!" pero se queda petrificada ahí, oyendo y oliendo a los perros y sus movimientos por el uso de chakra en los sentidos del oído y olfato que que ha estado refinado. Después de que Rinha-sensei hiciera las presentaciones del caso, y hablaran un poco para quebrar el hielo, la Hatake se dirige hacia ellos con entusiasmo y nerviosismo.

―Pues bien, creo que esto es. Empezaré desde el principio, soy parte de un proyecto piloto, y estos ninken son los mejores alumnos que hemos tenido en estos primeros tres meses. De hecho, primero quiero decir algo. Me giro hacia Uchiha-sama y hago una reverencia a la altura de su cintura ―Eso, que las personas más conscientes de su estado, decidan relatar lo que están haciendo, es otra de las cosas que a veces la irritan y que ella misma aconsejó en algún folleto que habrá necesitado escribir ―Gracias Uchiha-sama, su plan enfocado en los clanes para la ayuda a personas en crisis, ha sido un gran impulsor en estos meses. En verdad creo que fue uno de los pilares para la recuperación que estamos teniendo de Konoha.

Naori solo asiente e intenta sonreír… Pero por dentro, está maldiciéndose a sí misma. ¡Ella y su necesidad de escribir todo lo que se viene a la mente! ¡Y la gente del hospital y su manía de siempre recoger las cosas que ella hacía y guardarlo! Sabe que está en ese aprieto por ella misma, lo sabe. Y no puede evitarlo sin llegar a ser una gran hipócrita.

―Eso he oído ―dice al final, pues algo en la forma de hablar de la Hatake le decía que esperaba algún comentario al respecto.

Naori no lo puede ver, pero la mujer parece querer decir algo más, pero termina mirando hacia los perros al lado de ella. Los mismos están sentados, todos en fila y frente a ellos, pero sus colas que se mueven de allá para acá y su necesidad de mirar hacia los pacientes y mover la nariz como si estuvieran olfateándolos, delata lo tan emocionados que están de encontrarse ahí. Todos son de estatura mediana, para los estándares de los ninken. El más pequeño de más o menos setenta centímetros de altura y, el más grande, de poco más de un metro. Sus cuerpos son musculosos, pero hay algo en sus miradas que los hace parecer totalmente inofensivos.

―En fin, gracias a una idea de Uchiha-sama y al gran interés de muchos de nuestro ninken y criadores, logramos llevar a cabo su misión. Y eso nos tiene muy emocionados, ¿no, chicos?

Dos de los ninken responden en la lengua humana un sí, con esas voces gruesas y desafinadas que suelen tener los caninos hablantes. Los otros asienten con fuerza, sus colas moviéndose con más ahínco. Naori puede imaginarse que es así, por el sonido del viento y de las garras al chocar con el suelo se incrementan por su movimiento.

―Y ahora están más que listos para la prueba práctica final ―la mujer vuelve a hacer una reverencia, pero esta vez dirigidos a los cuatro―. Les agradezco mucho que estén anuentes a darles una oportunidad.

―Seguro, cariño. Lo que quieras ―dice un joven de alrededor de quince años. Naori mueve su cabeza un poco hacia la derecha, para dejar ver que le pone atención. Según sabe, a él le tuvieron que amputar sus brazo y pierna derechas. Parte del rostro de ese lado también tiene cicatrices por quemaduras. Pero su ojo se salvó. Algo en su voz le dice a Naori que está sonriendo pícaramente al comentar―: solo dime, ¿de qué se trata esto de los perros y el proyecto, y tal?

En el silencio que sigue, la Hatake mira hacia Rinha-sensei con confusión, por lo que la mujer decide hablar por la recién llegada.

―Estos ninken han entrenado y tienen la misión de proteger y servir a personas con dificultades especiales.

"Perros de compañía" les había puesto Naori en ese documento que, en dos semanas, necesitó escribir; poco después de haberse retirado del ejercicio activo. La idea la tuvo al recordar la fuerte conexión que los Hatake e Inuzuka tienen con esos animales, y la manera en que los mismos eran unos pilares importantes en mantener fuera del abismo a sus maestros. Esa necesidad de mantener estables a las personas que sirven, más algunas habilidades ninjas para ayudar en diferentes aspectos, podían ser perfectos para ayudar a ninjas retirados por grandes heridas.

… Lo que jamás imaginó fue que ella sería una de esas personas que iban a depender de ninkens. Pero, para cuando se da cuenta, los perros y las personas estaban conociéndose entre ellos. Las cuatro sillas de ruedas siendo rodeadas por grandes y peludos perros que siempre mantenían las colas moviéndose de allá para acá. Naori no solo lo puede oír y oler, si no a veces hasta sentir en su piel de la nada. La primera vez que sucede no le hace mucha gracia, por más que el cabello de los perros se siente sedoso y/o esponjoso.

Cuando se vive rodeada de una perpetua oscuridad, el sentido del tacto se vuelve un arma de doble filo. Que algo que viene desde esa nada, esa insondable nada que no tiene ni tierra ni cielo, y te toque; siempre es algo invasivo, intimidatorio y que se siente peligroso. Porque un sonido fuerte no puede hacerte daño, ni tampoco un olor desagradable. Pero si sientes que algo vibra acompañando a ese sonido, o que hay un calor que proviene del olor fuerte; sientes que ese algo te puede hacer daño, porque ya te está tocando. Ya llegó hasta donde estás.

Eso es lo que más le ha costado de su nueva posición. Ese sentido de que, de repente y de la nada, algo te toca y se interpone en tu camino. Y que no sepa qué hacer con eso instintivamente. Por más que estaba segura de que estaba yendo directo hacia el servicio sanitario, de repente sintió que la silla de ruedas cae por el pasillo externo hacia el suelo, y no tiene la más mínima idea de cómo llegó ahí. Pero aún, no puede evitar tener un acceso de temor y violencia cuando los brazos de su esposo la levantan de repente. Y Naori sabe que lo ha golpeado, no sabe donde, pero también Kenshin le tiene que decir que es él, para que ella se tranquilice.

Su esposo no le dice que fue una estúpida por intentar ir sola al baño en vez de pedirle ayuda a él. Los dos saben que, realmente, lo que más odia de su nueva situación es que él le tenga que ayudar para las cosas más simples, como bañarse, cambiarse de ropa y comer…

El hecho de que él, como el hombre responsable y de gran corazón velado en sus maneras tan serias, decidiera darle una casa a dos niñas además de cuidar de ella; la hace sentir exasperada. Porque ellas, unas casi que desconocidas, son testigos del peor momento de su vida. De lo dependiente que es… Hasta una de ellas ha terminado ayudándola, para su desesperación. ¡Dentro de ella las quiere fuera, fuera! Por más que sabe, como él le ha dicho, que "La Naori que eres" las habría abierto las puertas de su casa sin miramientos. Y se siente más enojada con ella misma y el mundo, porque esa mujer ciega y con las piernas tan débiles como las de un bebé; la ha convertido a ella, Naori, en una mujer silenciosa y dada a la frustración. Una persona que solo desea que la dejen en paz y que no tiene ningún arranque de cólera con las personas a su alrededor, porque apenas se puede controlar con sus silencios.

Si no fuera con los jitsus de fuego y genjitsus que tanto en tanto hace, porque debe permanecer relativamente baja de chakra siempre: el sistema circulatorio del chakra de sus piernas apenas están desarrollándose, y no aguantaría todo el nivel común de chakra que ella tiene, por más que le han puesto sellos supresores para ayudarla con ello… Si no fuera porque todavía es capaz de hacer jitsus, no sabe qué habría sido de ella.

… Akito-san fue la primera en decidirse por uno de los perros que podían hablar. Naori no se extraña de parte delantera de su cuerpo había tenido importantes quemaduras y, según sabe, también la mala suerte de que su novia, una civil, se fuera de Konoha poco después del ataque, dejándola en ese estado y a los cuidados de un abuelo enfermo, la viuda desconsolada de su hermano y dos pequeños niños… Su herida la obtuvo araíz del humo a presión que la impactó cuando el kyubi fue convocado en medio de Konoha, y ella no tuvo ni idea de lo que había pasado hasta que despertó en el hospital, con el dolor por las quemaduras y el venenoso chakra del kyubi, en todo el cuerpo. Lo peor de todo, es que esas quemaduras la habían dejado ciega, igual que a Naori pero, a diferencia de ella, también con problemas para respirar.

Por todo lo anterior, Akito-san es de las que lo han pasado peor entre el grupo de rehabilitación al que asisten. Está tan mal anímicamente, que más parece una civil que la chunin que fuera antes del ataque del kyubi. Naori está segura de ello, por más que no lo conoció antes. Esa mujer que se queja todo el tiempo, y con voz llorosa, de hacer más de cinco repeticiones de sus ejercicios para fortalecer su sistema respiratorio no parece para nada alguien con el temperamento de llegar a ser chunin.

Sin embargo, lo que sí leextrañó fue que el joven Sanosuke se decidiera por el perro más grande justo después. El chico de quince años y un chunin que había tenido grandes aspiraciones en su carrera, era el motor emocional del grupo. Su buen humor y coraje casi que colérico para mejorar con el uso de la prótesis de la pierna, eran un gran ejemplo para todos. Que él le dijera al gran perro "si logras llevarme en la silla de ruedas al baño y ayudarme a hacer pis por mí mismo, ¡estás contratado!", no se lo ve venir.

Algo en Sanosuke siempre le había hecho sentir que se podía salir de sus situaciones por sí mismo. De que, así como él ya podía coger cosas y vestirse con la prótesis del brazo que usa chakra para moverse, también ella podría volver a caminar pronto. Y a poder vivir sin ver, y sin miedo de que la oscuridad "la tocara" de la nada de tanto en tanto. De cierta manera, que Sanosuke estuviera tan anuente a recibir ayuda, la hace sentir traicionada. Y frágil.

―Hinamaru está haciendo uso de cuatro hilos de chakra que ha sacado desde su cola… ―empieza a relatar la Hatake para las dos personas no videntes del grupo.

Naori Uchiha hace algunos sellos de manos y se inflige un genjitsu a sí misma para hacer como que está "viendo" lo que le cuentan. Desde la cola del perro, la parte con más tekenjitsus del sistema circulatorio en los ninken, aparecen varios hilos de chakra que tocan diferentes lugares en la silla de ruedas de Sanosuke. Que, por ser parte de las personas que se dejan tocar por ella, como parte de sus esfuerzos para desarrollar más el tacto, sabe que tiene quijada fuerte y frente prominente… Por medio de los hilos de chakra, el perro logra llevar la silla algo lento por el cuidado que pone. Unos minutos después, en que se les dejó de decir lo que pasaba y un perro intenta hablar con ella, Sanosuke vuelve y dice un "está contratado" una sonrisa en su voz… Un Akado y experimentado jonin especial, con quemaduras extensivas en su sistema circulatorio del chakra por haber usado mucho su habilidad en el día del ataque, termina decidiendo por un perro justo después de eso.

Y Naori Uchiha también lo hace, porque todos dan por hecho que su silencio es igual a anuencia. ¿Cómo no estarlo cuando fue ella misma a quién se le ocurrió esa idea? Sin embargo Kenshin, a la salida del hospital y después de subirla en el carretero Nara, pronto se da cuenta de que algo está mal con ella.

―El perro que te seguía a la salida, está siguiendo la carreta ―dice él, con tranquilidad.

―Lo sé, lo puedo oír.

―Creí que estaría visitando a un Hatake…

―¿Si quieres preguntar, por qué no lo haces de una vez? ―Naori pierde la paciencia de vérselas con la paciencia de él. Cada tantos días le pasa.

―¿Por qué un ninken nos está siguiendo?

Naori no sabe porqué tuvo el arranque contra él si no estaba lista para responder esa pregunta…

―Soy Kage, ―una voz gruesa dice desde afuera. Naori puede oír que no habla muy bien, posiblemente porque tiene la lengua fuera para disfrutar más de la velocidad de la carrera y el viento que se cuela por la ventana―. Y soy la nueva ninken de Musume-sama. ―Naori frunce el ceño. ¿A caso el perro le acaba de llamar "hija"?―. Mi misión de vida será proteger y ayudar a Musume-sama y nuestra manada lo mejor que pueda. Gusto en conocerlo, pareja de Musume-sama. ¿Cuál es su nombre?

―Kenshin, y puedes llamar a Naori y a mí por nuestro nombre.

―Gracias, Kenshin-sama. Puedo oler su amor y buen corazón por Naori-sama fácilmente. Es bueno que seas parte de la manada… ―decide el ninken.

―Gracias. ―Naori puede oír en la voz de su esposo que no sabe muy bien responder a la franqueza del ninken. Y, también, de que lo siguiente lo dice con sinceridad―. Bienvenido a la manada.

Algo entre ladridos y risa se puede oír venir desde la ventana… La carreta ya empieza a bambolearse por el camino. Deben estar entrando al paso por el bosque.

―Bienvenida, Kenshin-sama. Soy hembra, igual que Naori-sama… ―y vuelve a "reírse".

―Oh, lo siento.

―No es nada. Los humanos no pueden oler esas cosas como nosotros.

―Pero al menos vemos a color ―dice Naori de la nada, con sorna en su voz. Para con la perra, que no puede ver colores y ella, que es una ciega que necesita un perro de compañía.

―Con cierto control del chakra podemos ver algunos colores, aunque no nos es muy útil realmente. ―no se deja inmutar la perra.

Naori solo da un resoplido y tiene que evitar dar un respingo cuando siente a su esposo tomar su mano y abrazarla de lado. Ella se deja recostar en él, y perderse en su aroma para evitar embargarse en más emociones negativas.

… La perra no le habla hasta que Naori ya se siente mejor.

―Estoy deseosa y feliz de ser parte de su manada. Kenshin-sama, Naori-sama. ―La Uchiha no puede evitar pensar que la ninken los debe estar viendo con grandes y tiernos ojos.

Naorida otro resoplido y se acurruca más a su esposo.

-o-

A media tarde, Kenshin entra a la casa con dos bolsas en las manos. Una de ellas es pequeña, repleta de varios tipos de dulces. Mientras que la otra, más grande, se trata de las pertenencias de Yuugao Uzuki, la cual está detrás de él. La niña, por más que lleva casi quince días yendo a ese lugar diariamente, siempre mantiene la misma expresión: mirada baja, movimientos nulos o sorprendidos y poca o casi que nula comunicación. Es la imagen misma de la timidez. Solo parece sentirse un poco cómoda si está haciendo algo que le pidieron, sobre todo que tenga que ver con el dojo.

Anko, sentada en la sala y rodeada de kunais por doquier mientras está afilando una de ellas, mira hacia ellos, dice un "Hola" sin muchos ánimos y vuelve pronto a lo suyo. A diferencia de Yuugao, desde que Anko llegó a la casa esa mañana en que Kenshin la escortó después de esperarla a la salida de la comisaría; la pequeña chunin se comporta con una bizarra combinación de distancia para con las personas del lugar, y mucha confianza en las cosas de la casa. Con todo, aunque ha estado varias veces al borde de, no ha llegado a ser abiertamente irrespetuosa y cumple; aunque puede que sin muchos ánimos, con las reglas que Kenshin le impuso.

―Bienvenido a casa, Kenshin-sama ―dice la voz totalmente gruesa y masculina de Kage, pero con una inflexión en la misma que habla de afecto y alegría. La gran perra camina con rapidez hacia él, su cola moviéndose para allá y acá―. ¿Y quién es la jovencita que le acompaña, si se puede saber? ―pregunta, moviéndose en su sitio y olfateando hacia Yuugao, medio escondida detrás de Kenshin. Parece que se está conteniendo de ir directamente donde la niña.

―Es mi sobrina nieta, Yuugao-chan. Desde este momento vive con nosotros. Yuugao-chan, ella es Kage ―por un momento no sabe cómo explicarla, por lo que se decide con un―: está aquí para ayudar en lo que puede.

―Ho… Hola ―dice apenas la niña. A ella ya le habían dicho que algunos ninken podían hablar, pero es la primera vez que se encuentra con uno. Y tan imponente. Aunque no es tan alto como sabe que pueden ser, Kage es muy lanuda y su complexión es extremadamente fuerte, como de un perro de carga. Su hocico grande da la impresión de que tiene una muy poderosa mordida.

Sin embargo, cuando Kage se acerca a Yuugao, mueve la cabeza contra costado como pidiendo o dando una caricia y, luego, le huele apenas.

―He sentido que has estado por la casa. Me preguntaba qué te habías hecho. ¡Bienvenida! ―Yuugao no sabe qué decir, pero parece que Kage siente su timidez, así que le da un respiro y levanta sus redondos ojos color miel hacia Kenshin―. ¡Oh, huelo que trae dulces Kenshin-sama! ¿Es para comer en el refrigerio de media tarde? ¡Déjeme poner a calentar agua para luego hacer un té! Después de ayudar a Naori-sama… Ya ha dormido suficiente, y estará lista para comer con la manada en un par de minutos. ―Y tan rápido como llegó a la puerta, la perra le dio una lamida a la mano a Kenshin como bienvenida, y camina hacia la derecha, donde está la entrada de la cocina.

―Y yo que creí que solo íbamos a tener a Yuugau-kun como nueva inquilina ―comenta Anko, desganada e indiferente como siempre que habla con ellos; mientras deja la kunai que estaba afilado a la derecha y coge una de las que está a la izquierda―. Y cuando llego, me encuentro a una perra diciéndome que me dejaron comida en el microondas… ―Anko parece no saber qué comentar, así que se pone en pie― Vamos, Yuugao-kun. Te vas a quedar en el cuarto junto al mío.

Kenshin se queda viendo hacia la nada, preguntándose si es común que una persona pueda sentir tanta extrañeza como agradecimiento por alguien. Esa perra solo ha estado con ellos unas horas, pero ya siente que con ella, es posible que por fin su casa vuelva a parecer un hogar.