El descenso de la oscuridad

"Eras la razón que necesitaba para justificar mi vida"

El malestar se instaló entre los presentes y el continuo fantasma de la maldición de Fëanor volvió a oscurecer sus pensamientos. Quizás Nimiel se había extralimitado con sus palabras, pero Tarian estaba más que conforme: como dijo la joven elfa, ella había visto a los elfos de la primera edad matarse entre ellos por piedras. Bellísimas, pero piedras al fin. Y más tarde, elfos y enanos se masacraron por otra piedra. Nimiedades. El poder y la ambición devastaron la antigua belleza de la Tierra Media. Pero en lugar de aprender de los viejos errores y unirse a salvar el día, seguían manteniendo ese rencor ciego.

Cuando la cena concluyó, todos se levantaron penosamente de sus asientos y se dispusieron a dirigirse en silencio a sus habitaciones. Pero Tarian se dirigió a Nimiel, que permanecía sentada al lado de Elladan, que sentía el peso de la culpa de las duras palabras con las que se había dirigido a tan grandes personalidades.

-Eso fue, cuando menos, valiente. Muchos matarían por ocultar la oscura verdad que vienen negando hace siglos. ¡Me gustas, sanadora!

-No me enorgullece haber exagerado mi parecer.

-¿Exagerar? Nada de eso. De haber exagerado, todos se habrían reído de ti y habrían seguido comiendo y bebiendo sin culpa.

Elladan sonreía constantemente, él también estaba de acuerdo con las damas. Era el único que ayudaba a los enanos errantes que se encontraban en problemas en las zonas que él patrullaba. Los conocía y tenía bien claro que había tantos enanos buenos y malos así como elfos. La inclinación hacia la maldad no era cuestión de razas.

Tarian ofreció una gran reverencia a Nimiel y ésta se ruborizó, no se creía merecedora de tal honor.

-Estoy a tu servicio, pequeña. Ahora abandona la pena y aprovecha esta noche para disfrutar de tu prometido. La guerra se acerca.

Tarian se retiró. Nimiel de pronto se dio cuenta que sería la primera vez que quedaría a solas con Elladan, y realmente no sabía cómo actuar. El elfo se puso en pie y le tendió la mano. La ayudó a ponerse en pie y la dirigió hacia la cascada, desde donde se podía ver a Ithil reluciendo en todo su esplendor entre las estrellas de Varda. Nimiel quería disimular su nerviosismo, temblaba por dentro. Elladan se colocó detrás de ella, su altura era tal que Nimiel solo alcanzaba en toda su longitud la clavícula del elfo. Su espalda era ancha y fuerte. La abrazó y comenzó a susurrarle una canción muy tierna, que hablaba de una pareja que atravesó mil dificultades para poder estar juntos. Su voz, a pesar de ser grave, revestía una dulzura que hizo que Nimiel se estremeciera aún más.

"El manto de la joven brillaba a la luz de la luna

mientras allá muy lejos en la cima

ella bailaba, llevando alrededor de los pies

una bruma de plata estremecida.

Cuando el invierno hubo pasado, ella volvió,

y como una alondra que sube y una lluvia que cae

y un agua que se funde en burbujas

su canto liberó la repentina primavera.

Él vio brotar las flores de los elfos

a los pies de la joven, y curado otra vez

esperó que ella bailara y cantara

sobre los prados de hierbas."

Nimiel simplemente no pudo contener más las lágrimas, en ese breve fragmento, Elladan desnudaba su alma para ponerla a sus pies y ella no se creía merecedora de tal entrega. La giró para enfrentarse a ella, tomó su mentón y la obligó a mirarlo a los ojos. Enjugó sus lágrimas.

-¿Por qué lloras, mi amor? Moriré amándote y luego de morir mi corazón seguirá latiendo por ti.

-No es pena, Elladan, sólo que es una canción muy triste y tu voz tan dulce. Y yo no merezco…

Antes que terminara la frase, él tomó su rostro con ambas manos y la besó larga y tiernamente. Luego, sin dejar de besarla la tomo firmemente por la cintura y comenzó a dirigirla en la oscuridad hacia su recamara. De pronto, él notó una ligera resistencia en los pasos de Nimiel y se detuvo.

-Si crees que es muy pronto, lo entenderé.

-Más vale pronto que nunca. –De pronto se descubrió reconociendo algo que no se le había cruzado antes por la cabeza.- Te amo.

La besó, con los ojos cerrados y una espléndida sonrisa en sus labios mientras entraban en la recamara cerrando la puerta tras de sí. No podía dejar de besarla, luego de tantos meses de matanza y tantas carencias, ahora la tenía entre sus brazos, sentía la calidez de su frágil cuerpo, su suave aroma. Podría asegurar en ese mismo momento que no necesitaba nada más que sus besos, sus caricias. Su padre siempre le decía de pequeño que cuando fuera un elfo adulto encontraría el amor y sabría lo que él sentía por su madre. No se equivocaba: por Nimiel mataría de ser necesario, para proteger su vida a costa de lo que fuera.

Lentamente bajó los breteles de su etéreo vestido, pero aún así este se sostenía sobre su pecho. La ansiedad lo congestionaba, ansiaba ese día desde que sus ojos se posaron en ella y una sonrisa le fue devuelta por esa pequeña boca de rojos labios.

Ella no podía reaccionar, las caricias que Elladan le proporcionaban estaban plagadas de pasión. Esperaba más ternura, pero le sorprendió gratamente la intensidad que él ponía en sus besos, en sus manos. Se culpaba una vez más por fijarse en quien no debía, mientras alguien tan real la esperaba resitiendo en el yermo. Elladan no era perfecto como advirtió en Thranduil, éste guardaba pasiones y no le preocupaba mostrarlas en el lugar adecuado y eso lo hacía más apetecible. No era un príncipe de un gran reino y no lo necesitaba, la tenía a ella a su lado. No podía disimular cuánto había esperado por entregarse en alma y cuerpo a su amada Nimiel y tampoco quería hacerlo.

Con un poco de dificultad, debido a la ansiedad, Elladan consiguió desnudar a Nimiel. Estaba deslumbrado de verla tan frágil, tan sencilla, tan pequeña a su lado. La recostó con cuidado pero rápidamente y mientras las caricias no dejaban de surcar el cuerpo de la pálida elfa, los cuerpos de ambos se unieron, sellando lo que sus almas, ansiosas de deseo y agobiadas por el amor que entre ellos había, hacía años se habían prometido.

La Maia tenía razón, la guerra estaba pronta a comenzar y no podían perder más tiempo. Pronto, todo podía solucionarse o sumirse en la más profunda oscuridad. Por eso sus cuerpos bailaron al son de la pasión que sentían sus almas. Por esa razón, ambos sabían que a pesar de no sufrir el paso de los años en sus cuerpos, el tiempo les era escaso. Transpiraron, gimieron, acariciaron, prometieron y besaron hasta sentirse abatidos. Él ponía en cada embestida una cuota de pasión animal y otra de amor. Era la conjunción perfecta y Nimiel ardía de deseo.

Los dedos de la sanadora se hundían en la ancha espalda del guerrero, palpando cada musculo mientras el aroma de su piel bronceada la envolvía y embriagaba. La pasión llegó a su límite, sus cuerpos hicieron un último esfuerzo para la entrega final. Pero Elladan no dejó de besarla hasta que Nimiel se quedó dormida. Y luego siguió acariciándola y aspirando el aroma de su cabello hasta que el amanecer lo sorprendió. Suspiró, agradecido a Eru por ponerlo en el camino de la sanadora y se dejó vencer por el cansancio.

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Unas cinco horas habían pasado desde que Anor apareciera en el cielo para iluminar con sus rayos una Tierra Media que sangraba expectante ante la batalla que se acercaba. Elladan no había aparecido, y no era casualidad que Nimiel tampoco, Elrond comprendía: había ganado una hija. Quizás no era el momento oportuno, pero cómo negarle a su hijo algo que era más que merecido. El sabio elfo no había llamado a parlamento. No podía empezar sin el capitán de su ejército y tampoco quería hacerlo sin su sanadora. Confiaba en su criterio, evidentemente habría heridos, estaban por enfrentarse al alma más oscura y al ejército más despiadado de esa era. Pero ya no podía seguir dilatando el concilio, ya todos los invitados empezaban a impacientarse y sentirse incómodos, unos con otros y con ellos mismos, luego de las palabras de Nimiel.

Mandó a Lantir a buscarlos, no quería ser inoportuno, pero había asuntos de extrema urgencia por tratar. El elfo toco suave y apenadamente la puerta del cuarto de Elladan. No le sorprendió encontrarse con un capitán semidesnudo y sonriente y una Nimiel aún dormida, pacifica.

Le ofreció una reverencia y una sonrisa cómplice. Habían sido amigos desde que nacieron y sabía cuánto amaba a esa elfa. Lantir había sido el nexo que los unió y lo ponía muy feliz verlos juntos. A pesar de la inminente oscuridad, sus almas ahora estarían en paz.

-Lord Elrond se disculpa ante todo y reclama vuestra presencia.

-No puedo creer que te pongas protocolar después de tantos años. –Rió con ganas, con un renovado brillo en sus ojos pardos con reflejos verdosos. Su cabello castaño estaba despeinado y le daba una apariencia de adolescente rebelde- Luego deberíamos charlar, a ti también te he extrañado, mello nïn…

-Lo que desee mi señor. –Dijo Lantir con profunda seriedad y luego dejó salir una gran carcajada. Rieron juntos y Nimiel despertó, se ruborizó al tomar consciencia que estaba en la habitación de Elladan y que Lantir la había visto.- Buen día, señora mía, lamento ser tan inoportuno. –Rió otra vez y se retiró.-

Allí estaba Elladan, parado al lado de la puerta, con sus pantalones de lino oscuro y el torso desnudo, despeinado y espléndido. Supo que nadie más podría hacerla feliz como él, el capitán de Rivendel. Entre besos y caricias, ambos se vistieron y se presentaron ante Elrond. Nimiel seguía ruborizada, pero quien ahora era oficialmente su suegro solo le sonrió, aligerando el momento de tensión.

Pronto comenzaron a llegar los convocados a concilio. Los primeros fueron Tarian y Gilmarion, la Maia parecía no dormir nunca y tampoco necesitarlo. El hombre a su lado se veía gallardo, pero al pasar de las horas, cierta debilidad se iba dibujando. Luego apareció Oropher, mirando con reprobación a Nimiel, una mezcla de odio por lo dicho la noche anterior y de repulsión por haber elegido a un simple elfo guerrero en vez de a su hijo, príncipe de Mirkwood.

Gandalf llegó en compañía de Galadriel y Celeborn y detrás siguieron los demás asistentes. Los semblantes estaban plagados de pesimismo y malestar. Los conflictos internos y las palabras de Nimiel habían dejado en claro que el ejército por la libertad de los pueblos de la Tierra Media estaba fragmentado y lleno de discrepancias.

En un asiento labrado con diseños de enredaderas y flores, de simple madera, sencillo pero de muy buen gusto, estaba Lord Elrond con su mente atribulada, eligiendo las palabras que utilizaría para dar inicio al concilio. A su derecha, de pie, Elladan con ropas de ceremonia, no para el concilio en sí, sino para su amada a quien acababa de entregarse. A su lado, Nimiel, con un delicado vestido de gasa y seda color lavanda, en un sencillo pero cómodo asiento. A la derecha del señor de Rivendel, su hijo Elrohir, con expresión abatida y con su mente en otro lugar y de pie, junto a su hermana, la bella Arwen. Eran una austera aunque majestuosa familia. Todos los demás asistentes se encontraban cerrando un gran círculo en torno a ellos, en bancos de piedra labrados, invadidos por líquenes en sus bases y alguna que otra enredadera rebelde.

Más allá del concilio, pero lo suficientemente cerca para acudir en caso que Elrond lo exigiera, Lantir esperaba de pie, prestando atención tanto a los sucesos del parlamento, así como a Andunië, a quién se le había permitido estar presente. La tenía sentada a su lado, todavía un poco débil, pero atenta a lo que se dijera en el debate. Casi no habían cruzado palabras, pero Lantir cuidaba de ella de la misma manera que lo hacía con Nimiel. Desde que llegaron al valle estuvo siempre atento a sus necesidades y hacía cuanto estaba a su alcance por hacerla sentir cómoda. Y ella se sentía complacida. No habían cruzado sus miradas hasta la lucha contra los orcos en el camino, pero una chispa había avivado las llamas y ambos sintieron, a partir de ese momento, la necesidad del bienestar del otro.

Y era inevitable que Elrohir lo supiera casi al instante en que se fijó en ella, que apenas notó su presencia, tan obnubilada como estaba ante la presencia de aquel sirviente de su padre. Pero así era mejor, sólo él sabía cuánto dolor podrían causarse mutuamente si algo surgía con la humana, y él ya había perdido demasiado. Lantir era un gran guerrero y un fiel servidor de su padre, gran amigo de su hermano, la merecía. Él sólo era una sombra para todas las miradas, un ser opaco.

Los murmullos no cesaban, el nerviosismo estaba presente y se hacía más evidente a cada minuto que pasaba, por lo cual, Elrond decidió dar comienzo.

-Amigos de los pueblos élficos y humanos, la guerra se acerca, aunque quisiéramos evitarla. Está en nosotros tomar un papel defensivo o atacar desprevenida a la oscuridad que se avecina.

Esas palabras fueron suficientes para que se descontrolara la endeble paz que apenas se había podido lograr hasta el momento. Las antiguas disputas, la cobardía y el egoísmo salieron a la luz. La sombra no estaba tan lejos como se creía, estaba presente en ese oculto valle, en los corazones de los asistentes. La oscuridad estaba descendiendo…


Bueno gente, creo que ya perdí el rumbo y los personajes están haciendo lo que les place. Si bien desde un primer momento me planteé una suerte de improvisación literaria, se me ha ido de las manos y no puedo predecir nada. mi mente y mis personajes me están manejando a su antojo, y sólo soy un instrumento. Así que no me culpen por lo que pueda pasar de aquí en más, esto puede tomar rumbos insospechados. Jajaja!

Una vez más los invito, más bien los exhorto a dejar comentarios, positivos o negativos, lo que sientan. Pues, esto es un experimento y necesito todas las críticas posibles...