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John había vuelto a su apartamento después de la confesión de Sherlock. Se sentó en el sillón y se agarró la cabeza con las dos manos como si así fuera a poner en orden su aturdido cerebro.
En su interior yacían una infinidad de sentimientos que no podía controlar: sentía una alegría inmensa por saber que su mejor amigo había vuelto de la muerte, sentía una gratitud inmensa por el sacrificio que había hecho para salvarle la vida pero también se sentía dolido y decepcionado porque Sherlock no le había hecho cómplice de su plan. Quizás fueran sentimientos que no debía tener dadas las circunstancias. Sherlock debía hacerlo de esa manera para que todo saliera bien, de lo contrario él, la señora Hudson y Lestrade hubieran muerto.
Su cabeza sabía que era cierto pero no había manera de que su corazón atendiera a la lógica de su cerebro. Es por eso que no podía ver a su amigo. Cada vez que lo veía no podía evitar que aflorara todo lo que tenía dentro.
Cuando John abrió los ojos ya había pasado una hora. Se había quedado dormido mientras le daba vueltas a lo sucedido. Se frotó los ojos y se levantó a hacer un té mientras ponía la radio. Las noticias seguían con el mismo tema: la resurrección del afamado Sherlock Holmes. Una vez el té estaba hecho, cogió la taza y se fue al salón. Cogió el mando de la televisión y se puso a ver los telediarios.
Sherlock Holmes desenmascara a Moriarty. Los miembros del jurado que fueron chantajeados por el delincuente explican cómo ocurrió.
-No hay nada interesante. – dice una voz.
John se sobresaltó al escucharla y tiró el té a la alfombra. Miró al silloncito que se encontraba a su derecha y se dio cuenta de que Sherlock estaba acurrucado y muy quieto en él con una manta.
-¿¡Se puede saber desde cuándo llevas ahí?!
-Oh bueno, pues desde hace casi una hora.
-¡Pero si no te he visto!
-Tu falta de sueño y tu incapacidad por observar impiden que te des cuenta de muchas cosas.
John estaba cansado y sentía una irritación cada vez mayor.
-¿Por dónde entraste?
-Por la puerta. Ya sabes, las cerraduras no suponen mucho misterio.
-Sherlock, márchate de aquí. No quiero hablar contigo y tampoco quiero verte. Lo único que quiero es estar sólo.
-John, sé que estás enfadado porque no te dije nada pero era lo que tenía que hacer. Entiéndelo.
El doctor le lanzó una mirada airada y le señaló la puerta pero el detective no estaba por la labor de seguir sus instrucciones.
-Vamos, John, te dejé pistas cuando me reuní contigo bajo la identidad de Klaus. No puedes decir que no hice absolutamente nada por revelarte la verdad antes de tiempo.
-¡Oh, claro! Yo debía recoger cada pista que me dejabas como migaja de pan, reunirlas y determinar que Klaus era en verdad Sherlock Holmes, el mismo que se había tirado delante de mis ojos, de una azotea abajo. ¡Claro que sí!
-Es que la gente corriente tiene serios problemas con su capacidad deductiva. Es algo a lo que no me acostumbro.
Eso era más de lo que John podía soportar en un día. La arrogancia de Sherlock sólo sacaba los sentimientos con los que intentaba lidiar después de la revelación.
-Sherlock, te lo digo muy en serio. Vete. Déjame sólo. En estos momentos sólo tengo ganas de golpearte y no quiero volver a hacerlo.
Cuando John miró a Sherlock a los ojos vio tristeza y compasión en ellos. Eso había hecho que su rabia se disipara un poco.
-John, sabes que no soy una persona que saque sus sentimientos. Sabes que los reprimo, que los considero un obstáculo para las investigaciones y para la propia vida cotidiana. Pero contigo muchas veces no puedo. Tu amistad ha significado un antes y un después en mi vida. Nadie me quería tener cerca ni siquiera en las investigaciones, me hundía en mis vicios para pasar el tiempo en que no había un caso lo suficientemente interesante para mí y mi vida era solitaria. Pero apareciste tú. No te importó mucho mi forma de ser y aceptaste ser mi compañero de piso. Cuando te pedí que me ayudaras en las investigaciones no dudaste ni un momento en decir que sí y has sido compañero infatigable en los distintos casos en los que hemos pasado malos momentos. Tampoco dudaste de mí cuando todo el mundo lo hacía. Me mostraste una fe, un apoyo y una amistad verdaderos, algo que nunca nadie antes había hecho. Y es por eso que en los innumerables momentos que hemos pasado juntos me he permitido sentir lo que me ofrecías. Quizás yo no he correspondido esa amistad de la misma forma. Al menos, no de forma tan abierta como tú lo has hecho. Pero te puedo asegurar que la amistad que yo te ofrezco es sincera y fuerte. Te pido perdón por haberte hecho pasar un año tan terrible, créeme que no disfrutaba viéndote así. Pero entiende que era necesario para seguir preservando tu seguridad, si se hubiera descubierto todo antes, ya sabes el resultado. Sé que estás enfadado, no voy a presionarte. Sólo quería que supieras lo que nunca he expresado en palabras.
Sherlock se levantó y se marchó hacia la puerta pero antes de cerrarla tras de sí se dio la vuelta y volvió a mirar a John.
-Lo que te dije aquella vez es cierto, John. No tengo amigos, sólo tengo uno.
Cuando se disponía a irse definitivamente, John no pudo seguir en silencio más tiempo.
-Sherlock –dijo con la voz rota.
Sherlock se paró y se volvió hacia él. Los ojos de John estaban anegados de lágrimas. El detective consultor se acercó a él tanto que podía verse reflejado en los ojos cristalinos del buen doctor. Se quedaron durante un momento el uno frente al otro, diciéndolo todo con la mirada. Y finalmente, John se abalanzó sobre su amigo y lo abrazó lo más fuerte que pudo, imprimiéndole a su abrazo todos los sentimientos que tenía hacia él. Su abrazo fue correspondido por el de Sherlock y ambos supieron que no había nada más que añadir.
Al día siguiente.
-Sherlock, dime una cosa. ¿Cómo es que pudiste vivir todo este tiempo sin ser descubierto?
-Mycroft me daba el dinero necesario para poder subsistir.
-Pero ¿cómo hiciste para que estuvieras legalmente muerto? Es evidente que no te hicieron autopsia y aunque no te la hubieran hecho es necesario un cuerpo para declarar la muerte. ¿Cómo lo hiciste?
John notaba que Sherlock se sentía incómodo y evitaba su mirada.
-Sherlock, dime la verdad.
-Está bien –suspiró- Molly.
-¿Molly?
-Sí, necesitaba a alguien que trabajara como forense y que por tanto pudiera alterar el certificado de defunción.
-¿Molly lo sabía también? – la tensión en la voz de John cortaba como un cuchillo.
-John, por favor, ya te he explicado que era necesario que no supieras nada.
-¡Pero es que no sólo es Mycroft sino también Molly! ¡Es que me parece increíble! Dime, ¿alguien más lo sabía?¿Media Inglaterra?
-Sólo Mycroft y Molly, nadie más.
-Pero si de Molly pasabas completamente. Es más, le hiciste muchos desplantes cuando trabajábamos con ella.
-Es cierto y no me enorgullezco de ello. Pero coincidirás conmigo en que Molly es una persona de confianza. Además, no era ella quien estaba siendo apuntado por una pistola. –Sherlock miró al doctor con los ojos entrecerrados.
-Lo sé, lo sé… Perdona.
John sabía que no debía enfadarse y se obligó a apartar esa actitud infantil que a veces lo embullía cuando hablaban del tema.
El teléfono sonó y Sherlock pareció ensimismado en lo que le decían. Cuando miró a John, en sus ojos volvía a asomar la chispa que le caracterizaba cada vez que un caso fuera de lo común aparecía.
-¡Vamos, John! –dijo levantándose enérgicamente y cogiendo su abrigo- ¡Tenemos un caso que resolver!
Se paró y echó un vistazo a la estancia.
-Por cierto, ya va siendo hora de que volvamos a Baker Street ¿no crees?
John al escuchar aquello sonrió abiertamente.
- Como en los viejos tiempos.
