Cap. 10
Damon le dio un beso a Nai. A Elena le dedicó una pícara mirada.
- Ya que no puedo besarte, intento utilizar, umh… mis dotes masculinos.
- ¿Dotes masculinos? - Elena dio un sorbo de su café.
- Será que no tengo. – dijo Damon alzando la barbilla.
- Sí señor, si tienes, y muchos. Pero sigues siendo creído, del mismo modo que el día en que te conocí.
- Oh y tu…
- ¿Yo? – dijo Elena alzando una ceja.
- Sigues siendo tan perfecta, del mismo modo que el día en que te conocí.
- Oh… - suspiró Elena. – si no fuera porque no sé bailar pegada a una barra de stripper, te daría uno de esos besos que dejan sin aliento.
Ambos rieron. Naiara aún dormía. La fiebre había bajado, pero todo era por el jarabe. Una vez pasados los efectos, volvería a encontrarse mal. Tan solo tenía un constipado. Pero cualquier cosa era punto de preocupación para una madre como Elena.
- Entonces, que vaya bien. – concluyó Elena. Le lanzó un beso. Damon hizo gesto de cogerlo en el aire.
Cerró la puerta y se montó en… ¿hoy cual toca? Ah sí, el Porsche carrera.
****
Damon terminó de ordenar los casos que quedaban por investigar y guardó en carpetas clasificadas los que ya estaban resueltos o los que no habían podido ser. Odiaba que sucediera eso, pero por desgracia, sucedía. Y tanto que sucedía. Podía ser agente, militar, podía haber matado a más de veinte personas, pero seguir viendo el panorama del mundo actual le repugnaba. Dolía. Stefan lo sacó de sus pensamientos.
La puerta de su despacho se abrió.
- Hombre, tío. – sonrió Stefan. - ¿todo bien?
Damon asintió.
- ¿Por qué?
- ¿Qué por qué? – Stefan puso en blanco sus verdes ojos y repitió. - ¿después del espectáculo del otro día y preguntas que por qué?
- Ah, hostia. Haber empezado por ahí. Nada, nada, todo se solucionó. Solo fue un cabreo… pero no puedo enfadarme con Elena...
- Que ñoño te has vuelto. – se burló Stefan.
- Ñoño no, estoy enamorado. – rectificó Damon, sin avergonzarse.
- Bueno, lo que tu digas. – lo señaló con el dedo. – esa Elena te ha cambiado, y mucho.
- Lo sé, y me gusta.
- Y yo no digo que no. – sonrió Stefan. – Hay mi Damon. – dijo frotándole la cabeza. – a ver cuando nos vamos de copas, que tienes a tus amigos medio abandonados.
Damon rió.
- Como vuelvas a frotarme la cabeza de ese modo te juro que te quedas sin pelotas.
- Miedo das.
- Eso también lo sé.
- No sé que ha visto Elena en ti. – se rió Stefan. Damon se encogió de hombros.
En ese momento entró una mujer rubia, muy rubia chillando. Hablando alemán.
- Stefan. – lo llamó.
- ¡Serilda! – Stefan rodeó la mesa de Damon y se colocó detrás de este. - ¿Qué… que haces aquí, mujer?
- Ni mujer ni nada. – dijo con un acento algo gracioso. – Eres un vendido cabrón. – Entonces, Damon se dio cuenta de que llevaba un niño cogido de la mano. – Bruno se queda hoy contigo. No te escapas más, hombre de dios. Es tu hijo, tu cuida de él. – se dirigió hacia a fuera, dejando al niño allí. – en la mochila tienes todo lo necesario. Me vuelvo a Alemania, ¡con mis padres!
Y los dejó allí. A Damon, alucinando. A Stefan alucinando aún más. Y a Bruno, jugando con un calendario del escritorio de Damon. Él se giró hacia a Stefan. Alzó una ceja.
- Creo que me tienes que contar algo ¿no?
- Em… - Stefan lo ignoró y se adelantó a coger a Bruno, de una manera bruta, que a Damon le hizo erizar la piel. – Ven Bruno, ven con papi.
- ¿Qué haces? –rió Damon. – así no se coge a un crio.
- Joder Damon. – suspiró Stefan. – yo no sé cómo hacer esto.
- Primero empieza a contarme lo que pasó. – dijo él, cogiendo a Bruno de los brazos de Stefan y quedándoselo él. – empieza. – le repitió.
- Bueno… - susurró Stefan. Damon nunca lo había visto pasar vergüenza. Esta era la primera vez que Stefan, un militar, un agente, de pies a cabeza, se ruborizaba. Sus ojos cobalto brillaron. – Ermh… Serilda fue un rollo, de esos de una noche, y bueno, digamos que, bebí de más, no hubo ni condón ni nada y dentro de dos años me entero de que tengo un hijo. – abrió los brazos, alzó las cejas. – Flipante ¿no? – Espetó – tengo un hijo ya de cuatro años.
- Pero fue culpa tuya.
- Lo sé, pero existe el aborto.
- Eso no es una buena opción, y lo sabes. – miró a Bruno. – deberías estar orgulloso de tener un hijo. – dijo Damon serio, recordando a su Naiara.
- Y lo estoy. Pero no debería de haberlo tenido de esta manera. – suspiró él. – bendita sea la noche en que se me pasó por la mente follarme a Serilda.
Damon se encogió de hombros.
- Ahora tienes un compromiso, espero que relajes un poco tu vida privada y sexual. – miró de nuevo a Bruno, que jugaba con uno de sus cabellos. Damon sonrió al ver que se divertía con su pelo. Eso también lo solía hacer Nai. – un compromiso muy grande.
Stefan se sentó en una de las butacas del despacho de Damon.
- Damon. – él miró a su amigo. – te debo pedir un favor de vida o muerte.
- ¿Sí? – dijo Damon arqueando una ceja.
- Enséñame a ser padre.
*****
Damon le alcanzó el pañal limpio.
- Esto es horrible.
- Esto es porque Serilda tampoco sabe cuidar de los niños. – Damon se pasó una mano por el pelo, viendo la enredadera que tenía Stefan con el jodido pañal. – Esto es porque ni uno ni el otro sabía que a partir de un cierto tiempo un niño ya debe aprender a ir al váter. Y que con cuatro años, es una barbaridad ponerle pañal.
- ¿Es que Naiara ya va al lavabo sola?
- Desde hace más de dos años.
- Joder. – terminó de pegar las cintas y levantó a Bruno. - ¿Y bien?
El niño rió.
- Oh mierda. Oh no, ¡la puta moqueta! – dijo Damon saliendo del despacho. Volvió corriendo con una fregona en mano. La moqueta había quedado bien bonita. Llena de pis. – Si, vamos, se lo has puesto perfecto. Tanto, que se mea fuera.
Damon tumbó a Bruno y le sacó el pañal. Le colocó unos calzoncillos limpios y le subió los pantalones.
- Bruno, ahora, cuando tengas que hacer pipi o popo. – Stefan rió a sus espaldas, Damon lo miró mal. – vas a ir al baño ¿vale?
Lo cogió de la mano y lo llevó hasta el baño de su despacho.
- Aquí es ¿de acuerdo?
Bruno asintió con la cabeza.
- Te bajas los pantalones y los calzoncillos… - dijo – y bueno… te coges la manguera y apuntas bien ¿sí?
- ¿Qué manguera? – preguntó el niño. – papá, yo tengo un carro de bomberos en casa. – dijo sonriendo a Stefan.
Él paró de reír y miró a su hijo. Sin saber porque, sentía una alegría inmensa dentro.
Damon lo miró y sonrió.
- ¿Qué te pasa Stefan? – Dijo alzando una ceja - ¿Quizás la ñoñería también está entrando en ti?
- Que va… sabes que siempre he sido…
- Has sido. Tú lo has dicho. Cuando tienes hijos, la cosa cambia. Ya no eres rudo como siempre, sientes orgullo, pero no de ti. Si no de él. – dijo mirando a Bruno. - ¿Sabes? Cuando lo he visto por primera vez, he pensado 'joder, un Stefan 2'. Es igual que tu. Este pelo rubizo, estos ojos verdes…
- ¿Tú crees? – Stefan tenía un destello de alegría en sus ojos. Cogió a Bruno en brazos y lo abrazó. Ahora, perfecto. Le besó la frente. – Mi vida, la manguera es la pichilla que tienes ahí abajo.
