Capítulo 11: Erróneo Presentimiento

La pesadilla aun no terminaba…

El misterioso hombre escondido debajo de esa sotana color gris se encontraba en Nueva York, precisamente en las Naciones Unidas y no justamente para insinuar traer la paz entre sus extraños aliados y el resto del mundo, al contrario… sólo buscaba un objetivo, volver a ver al padre de Jazmín y a Providencia.

—¿Cuándo acabará esto?— la segunda arma susurró tapando su rostro con una mano hablando por teléfono con dos de sus amigos; miraba las noticias que se transmitían en ese momento, el único noticiero hablaba de la pequeña hija de las dos armas secretas.

—Laumy… amiga, pronto se terminará. Ya verás.— del otro lado de la línea se escuchaba a Noah animando a su compañera.

—Alexis no sabe nada, ¿verdad? No quisiera que él se preocupe.— Laumy transmitió cariño y preocupación ante ese encanto de niño.

—La verdad no sabe nada. Lo mantenemos ocupado cuando trata de sacarnos el tema. Todo está bien. Aguarda, Claire quiere hablar contigo.— el joven rubio mencionó cuando le paso el celular a su pareja.

—Sabes que estamos con ustedes, ¿verdad?— Claire, esa intrépida y segura joven transmitió su apoyo a la castaña y aunque la pelirroja no lo notó pudo sentir como Laumy sonrió agradecida del otro lado.

—Gracias Claire.— suspiró contenida por Rex quién estaba detrás suyo abrazándola por la cintura, el joven besó su mejilla derecha. —Gracias por estar siempre ahí.— agradeció sin más.

—Jamás los abandonaremos.— Claire rindió una humilde sonrisa.

El Guardián surcaba el cielo persiguiendo al sospechoso líder de esa banda que desde hace unas semanas atrás fue puesto como el posible causante del cautiverio de la pequeña Salazar, los soldados que vigilaban cada pantalla de los monitores que daban información de que se acercaban al lugar y Rex sólo se dignaba a caminar de un lado a otro dentro de la gran y poderosa nave, los nervios por encontrar a su hija eran considerables. Es que era obvio que se encuentre de ese modo el pobre muchacho luego de perder por casi tres meses a Jazmín, sin señales de donde se pueda encontrar y con qué clase de maniático este haciendo de su compañía. Sus ruegos se hicieron escuchar y por fin, si Dios quería, se encontraría con su preciado tesoro. El tesoro de ambos.

La portentosa nave aterrizó en el sector de la ciudad, abrió sus compuertas y lo primero que se vio salir fue la figura de un guapo y valiente agente de Providencia acompañado por su pareja, el Agente Seis y algunos soldados armados.

—¿Providencia? No me hagan reír. ¿Creen que me asustan con todo esto?— aquel misterioso y peligroso hombre plantado encima del edificio sonrió con sorna al ver los muchos jets.

—¡¿Dónde está Jazmín?! ¡¿Qué hiciste con ella?!— el agente especial preguntó con fiereza al momento de transformar sus brazos en tecno-puños.

—Ah, ¿quieres reunirte con tu hija? Oh, creo que eso se puede arreglar.— mencionó con una sonrisa al poner lentamente un dedo índice en el suelo, unas raíces se acercaban en oleajes hacia el moreno agente. Ese control sobre la naturaleza era demasiado parecido al de Van Kleiss, las raíces se enredaron en las piernas del arma de Providencia y lo jalaron hacia abajo rompiendo el concreto.

—¡Rex!— Laumy lo llamó asustada; se asomó por el hueco del pavimento.

—No te preocupes por mi.— dijo con madurez al sujetar sus manos en las orillas rotas del cemento, forzando a las tirantes raíces a no jalarlo al vacío. —Tú ve a buscar a Jazmín.— demandó cuando ella salió corriendo al rescate de su pequeña hija, atravesó fácilmente la batalla que se manifestó gracias a que uno de los secuaces del incognito enemigo trató de atacar a mucho de los soldados de apoyo; formándose un disturbio luego de que el misterioso hombre atacara al joven agente, escapó de ahí sin ser captada por los ideales del líder.

La muchacha logró llegar hasta un predio abierto en el edificio entre una medianera y la pared del mismo, se ocultó detrás de un bloque de cemento al ver un humanoide violáceo pasar; sintió que alguien más a parte de ella estaba allí y sacó su arma de apoyo por instinto sin disparar, estaba apuntándole a la doctora.

—Holiday, ¿qué hace aquí?— la muchacha castaña cuestionó bajando lentamente su arma.

—Vine a ayudar.— Holiday expresó su apoyo hacia la bella agente.

—Entienda que esto lo hago por mi cuenta.— explicó con claridad la agente especial. —Se lo digo con respeto, usted es como mi segunda madre pero le ruego que no interfiera. Podría salir lastimada y no quiero eso.— suplicó cortésmente.

—No seas testaruda, linda. Te ayudare a encontrar a Jazmín.— Holiday insistió con la dulzura que la caracteriza y a Laumy ese aporte la conmovió; lo pensó un momento.

—De acuerdo, vamos.— ordenó entrando por una alcantarilla para llegar más rápido sin ser vistas por los humanoides.

Afuera, la guerrilla de balas seguía latente, adentro, una madre desesperada en busca de su hija y entre ambos un padre furioso.

—¡¿DÓNDE ESTA?!— Rex gritó con insistencia, extremadamente enfurecido volando hasta el misterioso hombre apunto de atacarlo con su tecno-espada.

—¿De qué hablas?— el misterioso hombre con sorna desvió su obvia pregunta referida a Jazmín.

—Mi… ¡HIJAAAA!— gritó cansado y agitado desde un edificio vecino, sacándose el sudor que se derramaba entre sus labios. —Sé que tú la tienes.— lo señaló empeñado en su idea desde hace unas semanas; el hombre sonrió burlándose de su dolor.

En ese momento los soldados y agentes vieron acercarse a Laumy y a la Doctora que venían corriendo a toda prisa.

—¿La has hallado?— el agente Seis preguntó en su estoica y fría postura, un dejo de angustia invadió sus cuerdas vocales.

—No la tienen aquí. Ya revise todos los lugares habidos y por haber dentro del edificio y por más que trate investigar nuevamente, no hay caso. Estaba tan segura, sentía que adentro mío algo que me decía que ella estaría aquí…— pronunció cuando unas lágrimas cayeron y su voz se apagó.

—Tranquilízate por favor, ya la hallaremos.— su postura no cambió en cambio su voz se hizo más suave ante su sobrina.

—Estoy desesperada.— tapó su rostro compungido cuando su pareja la abrazó para consolarla.

—Amor, ten calma…— susurró en un dulce pedido mientras acariciaba esa larga y voluminosa cabellera. Sintió como Laumy se separaba de él para verlo y calmar su llanto. —Jazmín está más cerca de lo que creemos. Sólo falta nada para dar con nuestra Princesa.— compartió su pensamiento al acariciar la tersa piel del rostro de su mujer brindándole una sonrisa de aliento.

—Ojalá así sea, Rex.— se sintió reconfortada mostrándole una débil sonrisa.

Justo cuando Rex iba a sonreírle a su mujer una exótica nave en forma de cetáceo sobrevolaba los cielos con el hombre misterioso arriba.

—¡Intenten destruirme y perderán todo! ¡Hasta su adorada pequeña!— gritó; especialmente a los dos agentes especiales.

—No puede ser…— Laumy susurró mirando la extraña nave en forma de ballena que tapaba fugazmente su rostro de los rayos del sol al salir detrás del edificio.

—¡Regresa!— el muchacho gritó al salir volando con velocidad hasta el rival, quiso alcanzarlo cuando un gran portal se abrió y succionó a la nave sin darle oportunidad al agente de hacer pedazos al temible hombre. Rex llegó muy tarde a pesar de usar las tecno-turbinas. —Idiota.— maldijo cuando volteó y aterrizó delante de su bella mujer. —No pude hacer nada como habrás visto.— se lamentó bajando la mirada; una rebelde lágrima de coraje y tristeza corrió por su morena mejilla. Laumy inevitablemente la vio descender y le causó ternura, elevó su rostro para limpiar esa lágrima con el dedo pulgar.

—Tranquilo Rex.— lo relajó al aferrarse en un abrazo cálido y reconfortante para él.

Así quedaron, abrazados. Como único consuelo.

En algún lugar del mundo…

—Que patéticos son.— uno de los ideales despreció de manera repugnante a los dos especiales agentes al recordar cada palabra, gesto y acción. —Ahora que ya saben de su existencia, ¿Qué piensa hacer con la niña?— preguntó entre impaciente y ansioso, respetando a su líder de manera obsecuente.

—No me desharé de ella.— reveló simplemente el misterioso hombre aun oculto debajo de esa capucha.

—Pero… ¿por algo la trajo aquí o no?— preguntó otro aliado con incauta espontaneidad.

—Sólo es una manera de atraerlos con lentitud, poco a poco sus inservibles neuronas descifraran que en los lugares que ya recorrieron no hay más rastros y cuando descubran que Abismo es la última opción, vendrán a mí y me desharé por fin de ellos. Y por lo que patéticos… Descuida, se verán mucho más cuando estén con ella.— el misterioso hombre agregó con aversión al visualizarla por la estrecha abertura entre puerta y puerta donde se mantenía cautiva. —El preciado tesorito de mamá y papá, dirá Adiós junto con ellos. Y de una buena vez… podré estar en paz.— concluyó sonriendo y burlándose de esa familia constituida por el amor y el cariño. El resentimiento corría por sus venas y palabras.

Jazmín, quien estaba en penumbras, sentada y abrazada a sus rodillas, levantó débilmente la cabeza; entre sollozos había escuchado esas crueles palabras y pequeñas lágrimas surcaron sus mejillas.