Muy bien, no quiero quejas. Este capítulo tiene 19 páginas y es probablemente el más largo que escribí hasta ahora. Creo que puedo aspirar a pedir 19 reviews a cambio, ¿no?
Prácticamente ningún personaje me pertenece, y la mayor parte de la trama tampoco. (¡Ya quisiera yo!)
Para M.L.: en verdad debe odiarte, no sé por qué, pero otra vez tu cuenta no aceptaba mensajes privados. Lo lamento.
Este capítulo va muy especialmente dedicado a las maravillosas personas de NO AL PLAGIO DE FANFICS, que me alertaron sobre un plagio de El Jardín de Senderos que se Bifurcan en Facebook y hasta se ocuparon de asegurarse que el plagiador debiese retirar el texto. Muchas, muchas gracias por su trabajo anónimo y generoso.
Ahora sí, pasemos a la parte conceptual del capítulo:
Edward–humano no era ni por asomo tan buen mentiroso ni tan buen actor como lo era el Edward–vampiro. El lunes a la mañana, cuando llegamos a la escuela, yo sentía el sonido de su respiración agitada, su corazón martillando, hasta la ligera transpiración que le causaba el nerviosismo de enfrentarse como humano a la escuela y todo lo que eso implicaba.
—¿Listo? —le pregunté antes de abrir la puerta y salir del reluciente automóvil.
—Listo —me dijo con voz demasiado aguda y la cara tan pálida como, bueno, como yo.
—Vamos —le dije con mi mejor sonrisa alentadora, que lo dejó boqueando por aire. Ups. Lo había deslumbrado en lugar de tranquilizarlo.
Salimos del Volvo que él había conducido pese a la enorme discusión que se había armado en su casa al respecto. A Esme le preocupaba que Edward, con sus reflejos menos perfectos, tuviese problemas. Los accidentes de los conductores humanos ocurren todos los días, después de todo, y Esme estaba en modo mamá–gallina–sobreprotectora.
Después de una larga discusión al respecto, la habíamos convencido que el Volvo no sólo era un automóvil muy seguro y que Edward era muy responsable, sino que sería sospechoso si sus padres empezaban a llevarlo a la escuela. Jasper, Emmett y Rosalie de todos modos se suponía que estaban en la universidad, y Alice no podía acercarse a Edward aún. Era absurdo que yo condujera de Forks hasta la casa de los Cullen y de regreso al pueblo; tenía mucho más sentido que Edward pasara a buscarme de camino a la escuela. Aún así, Edward tuvo que prometer solemnemente que respetaría las velocidades máximas, que usaría siempre el cinturón de seguridad y que tendría muchísimo cuidado para que Esme se quedara medianamente tranquila.
Carlisle y yo habíamos intercedido por Edward. Creo que en el caso de Carlisle tenía algo que ver la culpa por el exceso de análisis, no todos ellos realmente necesarios, además de la confianza en que Edward podía hacerlo. Por mi parte, yo sabía que Edward necesitaba algunos retazos de rutina en su vida, que ya bastante alterada estaba, y conducir era una de las cosas que podía seguir haciendo. De modo que, al igual que antes, él pasaba a buscarme por mi casa y viajábamos juntos a la escuela.
Salimos del auto y caminamos hasta el edificio escolar tomados de la mano, con relativa calma y toda la normalidad posible. Yo había cazado junto a Esme la noche anterior y no tenía mucha sed, sólo un ligero ardor en la garganta que, había aprendido, era lo normal en los vampiros "vegetarianos". Aunque estaba alerta, no creí que debiese preocuparme por la sed todavía.
En la clase de literatura de la primera hora, la profesora Buchwurm nos recordó que le enviásemos por correo electrónico la tarea, la reescritura del cuento El hombrecito del azulejo. Fue una suerte que nos lo recordara, porque con todo lo que había pasado el fin de semana, Edward y yo lo hubiésemos olvidado por completo, me parece.
—Habrá unos ligeros cambios en la dinámica de la clase —anunció la profesora.
Ese día llevaba una calza color fucsia, una minifalda púrpura de lana, una blusa de seda blanca y encima un poncho violeta. Para completar, unas botas con una plataforma de quince centímetros y color rosa chicle que le llegaban hasta por encima de las rodillas, y una bufanda rosa pastel larga hasta las rodillas. Ése día sus collares, pulseras y aros eran de grandes cuentas de plástico rojo que me recordaron un poco a unos rabanitos.
—Después del último cuento, recibí unas cuantas quejas sobre mi elección de material de estudio —explicó, no mirando intencionalmente en dirección a Lauren, que tenía una expresión un poco intranquila en la cara—. Para ahorrarnos problemas, ya que sólo me queda esta semana de suplencia y no quiero perder tiempo dando explicaciones en lugar de dar clases, preparé un listado de textos que estoy dispuesta a trabajar en clases.
Entonces sacó de una bolsa adicional a su habitual mochila un fajo de papeles impresos y levantó el primero. Yo pude leerlo sin problemas, mientras a mi alrededor los demás estiraban el cuello.
—Están clasificados en Narrativa, Lírica y Teatro, y tienen tres casilleros al lado: Recomendado, Sugerido y Descartado. Por favor, denles la lista a sus padres y que ellos marquen cómo consideran a cada uno de los textos —explicó la profesora—. Whitney, por favor, reparte las listas. Son cinco páginas para cada estudiante, la Dirección de la escuela tuvo la amabilidad de imprimirlas después de mi reunión con el señor Greene.
Whitney tomó la montaña de papeles y comenzó a repartirlos.
—Si tienen alguna duda o consulta, me preguntan —completó la profesora Buchwurm.
Tomé la copia de la lista que Whitney me había dado y empecé a leer. Después de una breve y correcta presentación sobre quién era ella y una mención de 'algunos inconvenientes', la profesora pasaba a detallar la lista, por título y autor, de los textos que ella estaba dispuesta a trabajar. Comencé a leer el segmento de Narrativa, el primero:
Rayuela –Julio Cortázar
Casa de muñecas –Henrik Ibsen
Viaje al centro de la Tierra –Julio Verne
Por quién doblan las campanas –Ernest Hemingway
Ulysses –James Joyce
Lolita –Vladmir Navokov
Marianela –Benito Pérez Galdós
La casa del silencio –Orhan Pamuk
Cantar del mío Cid –Anónimo
Decamerón –Givoanni Bocaccio
Nuestra señora de París –Victor Hugo
La metamorfosis –Franz Kafka
Dubliness –James Joyce
Drácula –Bram Stoker
No se lo cuentes a Alfred –Nancy Mitford
Farenheit 451 –Ray Bradbury
La muerte de Artemio Cruz –Carlos Fuentes
Broma –Luis Fernando Veríssimo
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha –Miguel de Cervantes Saavedra
El otoño del patriarca –Gabriel García Márquez
Cumbres borrascosas –Emily Brontë
Las amistades peligrosas –Pierre Choderlos de Laclos
Gargantúa y Pantagruel –François Rabelais
Las olas –Virginia Woolf
Las mil y una noches –Anónimo
Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer –David Foster Wallace
El conde de Montecristo –Alejando Dumas
La dama de las camelias –Alejandro Dumas
Así habló Zaratustra –Friedrich Nietzsche
Yo, robot –Isaac Asimov
Siete maneras de decir manzana –Benjamín Prado
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? –Philip Kindred Dick
El viejo y el mar –Ernest Hemingway
Orgullo y prejuicio –Jane Austen
Sentido y sensibilidad –Jane Austen
Boquitas pintadas –Manuel Puig
Un mundo feliz –Aldous Huxley
Tokio blues –Haruki Murakami
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo –Haruki Murakami
Madame Bovary –Gustave Flaubert
El Aleph –Jorge Luis Borges
Rabo de estrella –Nilma Lacerda
El juguete rabioso –Roberto Arlt
De la Tierra a la Luna –Julio Verne
Todos los fuegos el fuego –Julio Cortázar
Diario de la guerra del cerdo –Adolfo Bioy Casares
El jugador –Fiodor Dostoievsky
Jane Eyre –Charlotte Brotë
Viajes de Gulliver –Jonathan Swift
Frankestein –Mary Shelly
El arte de amar –Ovidio
Crónica de una muerte anunciada –Gabriel García Márquez
Los muertos –James Joyce
El fugitivo –Stephen King
Adiós a las armas –Ernest Hemingway
Cien años de soledad –Gabriel García Márquez
Los cuentos de Canterbury –Geoffrey Chaucer
Niebla –Miguel de Unamuno
Ficciones –Jorge Luis Borges
El capitán Alatriste –Arturo Pérez Reverte
Diario de Adán y Eva –Mark Twain
La filosofía del tocador –Donatien Alphonse François de Sade
El libro de los seres imaginarios –Jorge Luis Borges
Seda –Alessandro Baricco
Matar a un ruiseñor –Harper Lee
El espejo en el espejo. Un laberinto –Michael Ende
El amante –Marguerite Duras
Donde el corazón te lleve –Susana Tammaro
Al sur de la frontera, al oeste del sol –Haruki Murakami
La peste –Albert Camus
Príncipe y mendigo –Mark Twain
La ladrona de libros –Markus Zusak
Mujercitas –Mary Louise Alcott
El príncipe feliz –Oscar Wilde
El fantasma de Canterville –Oscar Wilde
Gracias por el fuego –Mario Benedetti
Historia de la eternidad –Jorge Luis Borges
El libro de arena –Jorge Luis Borges
Momo –Michael Ende
Ana Karenina –León Tolstoi
Emma –Jane Austen
Doña Bárbara –Rómulo Gallegos
El escarabajo de oro –Edgar Alan Poe
El corazón delator –Edgar Alan Poe
Otra vuelta de tuerca –Henry James
Finnegans Wake –James Joyce
Sombras contra el muro –Manuel Rojas
Fuerte como la muerte –Guy de Maupassant
Si yo amaneciera otra vez –Javier Marías
Ilíada –Homero
Odisea –Homero
Eneida –Virgilio
El libro del fantasma –Alejandro Dolina
Papeles de recienvenido –Macedonio Fernández
Max y los felinos –Moacyr Scliar
Silas Marner –George Eliot
El molino junto al Floss –George Eliot
La milla verde/Milagros inesperados –Stephen King
Cuando Dios bailaba el tango –Laura Pariani
La feria de las vanidades –William Makepeace Thackeray
La guerra de los mundos –Herbert George Wells
Si una noche de invierno un viajero –Italo Calvino
El nombre de la rosa –Umberto Eco
El perfume –Patrick Süskind
Los miserables –Victor Hugo
El hombre de la multitud –Edgar Alan Poe
Rebelión en la granja –George Orwell
Veinte mil leguas de viaje submarino –Julio Verne
El príncipe –Niccolò di Bernardo dei Machiavelli
La casa de los espíritus –Isabel Allende
Metamorfosis –Ovidio
Divina comedia –Dante Alighieri
El evangelio del amor –Enrique Gómez Carrillo
Después del anochecer –Stephen King
El beso de la mujer araña –Manuel Puig
Beowulf –Anónimo
Crónicas color de lluvia –Manuel Gutiérrez Nájera
Canción de Navidad –Charles Dickens
Santuario –William Faulkner
El ruido y la furia –William Faulkner
La mujer de mi hermano –Jaime Bayly
Tirano Banderas –Ramón María del Valle-Inclán
Robinson Crusoe –Daniel Defoe
1984 –George Orwell
El dragón de la luz de luna –Cornelia Funke
El lobo estepario –Hermann Hesse
Ana Isabel, una niña decente –Antonia Palacios
Dejé la lista, que seguía otro poco, pero mi incredulidad ante la mezcla no soportaba más. Pasé, en cambio, a la lista de Teatro, en la esperanza de encontrar a Shakespeare entre los autores:
Esperando a Godot –Samuel Beckett
Muerte de un viajante –Arthur Miller
El mercader de Venecia –William Shakespeare
No sobre ruiseñores –Tennessee Williams
La casa de Bernarda Alba –Federico García Lorca
Lisístrata o la asamblea de las mujeres –Aristófanes
La Celestina –Fernando de Rojas
Don Juan Tenorio –José Zorrilla
El hombre sin mundo –José santos Chocano
Jerónimo y su almohada –Enrique Larreta
El abanico de lady Windermere–Oscar Wilde
Una mujer sin importancia –Oscar Wilde
Guillermo Tell –Johann Christoph Friedrich von Schiller
María Estuardo –Johann Christoph Friedrich von Schiller
Cuando una bruja le robó el sueño a un duende –Perla Larsen
El condenado por desconfiado –Tirso de Molina
Edipo rey –Sófocles
Romeo y Julieta –William Shakespeare
La tempestad –William Shakespeare
La zapatera prodigiosa –Federico García Lorca
Un marido ideal –Oscar Wilde
La dama boba –Félix Lope de Vega
El caballero de Olmedo –Félix Lope de Vega
El sí de las niñas –Leandro Fernández de Moratín
Fausto –Johann Wolfganf von Goethe
Macbeth –William Shakespeare
El barbero de Sevilla –Pierre-Augustin de Beaumarchais
La cantante calva –Eugène Ionesco
El enfermo imaginario –Molière
El burlador de Sevilla –Tirso de Molina
Don Gil de las calzas verdes –Tirso de Molina
Antígona –Sófocles
La sirena varada –Alejandro Casona
Depilación, tintura y asesinato –José Luis Calandrón
Fuenteovejuna –Félix Lope de Vega y Carpio
La vida es sueño –Pedro Calderón de la Barca
Doña Rosita la soltera –Federico García Lorca
Cyrano de Bergerac –Edmond Eugène Alexis Rostand
Antonio y Cleopatra –William Shakespeare
Hamlet –William Shakespeare
El médico a palos –Molière
El gran teatro del mundo –Pedro Calderón de la Barca
El alcalde de Zalamea –Pedro Calderón de la Barca
Luces de bohemia –Ramón María del Valle-Inclán
Rinoceronte –Eugène Ionesco
La improvisación del alma –Eugène Ionesco
Fedra –Jean Racine
Un tranvía llamado Deseo –Tennessee Williams
Las suplicantes –Esquilo
Los siete contra Tebas –Esquilo
Yerma –Federico García Lorca
Aniversario –Anton Chejov
El canto del cisne –Anton Chejov
La persuasión –Erika Halvorsen
Las sillas –Eugene Ionesco
Siete gritos en el mar –Alejandro Casona
La importancia de llamarse Ernesto –Oscar Wilde
El zoológico de cristal –Tennessee Williams
Bodas de sangre –Federico García Lorca
Prohibido suicidarse en primavera –Alejandro Casona
Todos los hijos de Dios tienen alas –Eugene O'Neill
La fierecilla domada –William Shakespeare
Retorno al desierto –Bernard—Marie Koltès
Wallstein –Johann Christoph Friedrich von Schiller
Yo maté a William –Marcelo Estebecorena
Ese formidable burdel –Eugène Ionesco
Medea –Eurípides
Las bacantes –Eurípides
El bosque –Ben Jonson
Hormigón y cielo –Mercedes Haidar
Pulgarcito –Henry Fielding
Edipo en Colono –Sófocles
La gata sobre el tejado de zinc caliente –Tennessee Williams
Vodevil –Hugo Daniel Marcos
Extraños hábitos –Hugo Daniel Marcos
El caballero de las espuelas de oro –Alejandro Casona
Las tres perfectas casadas –Alejandro Casona
No habrá guerra de Troya –Jean Girandoux
Esquina peligrosa –John Boynton Priestley
La boca del dragón –John Boynton Priestley
Sí, Shakespeare estaba, pero también montañas de otros hombres y mujeres de los que yo en mi vida había oído nada, y unos títulos que no tuve idea de cómo empezar a interpretar. Honestamente, ¿qué tipo de título es La cantante calva? ¿O Todos los hijos de Dios tienen alas? Por no hablar de La gata sobre el tejado de zinc caliente, que no es por ser malpensada, pero vaya uno a saber qué tipo de texto tenía ese título… Y no estuve segura de querer saber de qué se trataba Depilación, tintura y asesinato…
La lista seguía, pero preferí mirar la sección de lírica, a ver si encontraba al menos algún conocido:
Las flores del mal –Charles Baudelaire
Romance sonámbulo (en: Romancero Gitano) –Federico García Lorca
Veinte poemas de amor y una canción desesperada –Pablo Neruda
El idilio de los volcanes –José Santos Chocano
Esperando la mano de nieve –José Bergamín
Cristabel –Samuel Taylor Coleridge
Reflejos –Xavier Villarutia
Sonetos del amor oscuro –Federico García Lorca
América, una profecía –William Blake
Piedra al sol –Octavio Paz
El paraíso perdido –John Milton
Versos sencillos –José Martí
Versos libres –José Martí
Iras santas –José Chocano
El libro de versos –José Asunción Silva
Azul… –Rubén Darío
Rimas –Gustavo Adolfo Bécquer
Hojas de hierba –Walt Whitman
Canto a mí mismo –Walt Whitman
Fábula de Polifemo y Galatea –Luis de Góngora
Poemas –Ralph Waldo Emmerson
Sonetos –William Shakespeare
El viento entre los juncos –William Butler Yeats
Cancionero –Francesco Petrarca
Poeta en Nueva York –Federico García Lorca
Soledades –Antonio Machado
Campos de Castilla –Antonio Machado
A buen juez mejor testigo –José Zorrilla
El gaucho Martín Fierro –José Hernández
Marinero en tierra –Rafael Alberti
Kubla Kan –Samuel Taylor Coleridge
Poemas de dos volúmenes –William Wordsworth
Baladas líricas –William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge
Oda a la alegría –Friedrich von Schiller
Cantos de vida y esperanza –Pablo Neruda
El oro de los tigres –Jorge Luis Borges
La escalera de caracol –William Butler Yeats
Amor constante más allá de la muerte –Francisco de Quevedo
Poderoso caballero es don Dinero –Francisco de Quevedo
Flores del destierro –José Martí
El diablo mundo –José de Espronceda
Oda a un ruiseñor –John Keats
Más vale llegar a tiempo que rondar un año –José Zorrilla
Traidor, inconfeso y mártir –José Zorrilla
Versos a una bella dama –Alexandr Alexándrovich Blok
Romanzas sin palabras –Paul Verlaine
Diccionario del diablo –Ambrose Bierce
Telarañas en una calavera vacía –Ambrose Bierce
Cántico –Jorge Guillén
La voz a ti debida –Pedro Salinas
Obras escogidas –Garcilaso de la Vega
Desolación de la quimera –Luis Cernuda
Don Juan –Lord Byron
La muerte de Arturo –Thomas Malory
Canción del pirata –José de Espronceda
Los hijos de la ira –Dámaso Alonso
Poemas, manzanas –James Joyce
Una temporada en el infierno –Arthur Rimbaud
Los gitanos –Alexandr Serguéievich Pushkin
Romance de la luna, luna (en: Romancero gitano) –Federico García Lorca
Los cantos del crepúsculo –Victor Hugo
La calle de la vida y la muerte –Enrique Larreta
Poemas –Emily Dickinson
Dinastías –Thomas Hardy
Poemas del pasado y del presente –Thomas Hardy
El crepúsculo celta –William Butler Yeats
La rosa secreta –William Butler Yeats
Oda sobre una urna griega –John Keats
Romance de la casada infiel (en: Romancero gitano) –Federico García Lorca
El libro de las piedras preciosas –James Henry Leigh Hunt
Alastor o el Espíritu de la soledad –Percy Shelley
No terminé de leer la lista, mi capacidad de asombro tenía un límite, y este listado de la profesora Anneley Buchwurm había conseguido superarlo. No pude, por más que lo intenté, encontrar lógica alguna en el orden en que las obras estaban anotadas: no estaban ordenadas por nombre ni apellido del autor, ni por orden alfabético de las obras, ni por año de publicación ni… nada. Esta falta de lógica me sacaba de mis casillas.
Miré de refilón a Edward, que estaba leyendo la lista con el entrecejo fruncido y parecía casi tan desconcertado como yo. Bueno, por una vez sus décadas de lecturas no podrían sacarme mucha ventaja… no tenía el aspecto de conocer casi ninguno de esos libros él tampoco.
—¿No hay consultas? —quiso saber la profesora, que estaba hojeando un libro que debía haber sacado de su mochila.
Yo odiaba ser el centro de atención, y levantar la mano para hacer una pregunta indudablemente me ponía en el centro de atención, pero el misterio era demasiado grande como para quedarme con la duda.
—Hum, yo, profesora, tengo una consulta —dije a media voz, levantando la mano pero sólo hasta el codo, en la esperanza que tal vez no me viera después de todo.
Pero la profesora debía tener buena vista o buen oído o las dos cosas, porque miró atentamente en mi dirección.
—¿Sí, eh…? ¿Bella?
El tono en que pronunció mi nombre, como si no estuviese segura de haberme reconocido, me puso más nerviosa que antes.
—Eh, yo, sólo quería saber… por qué los libros… están ordenados… así —terminé de un modo bastante lastimoso, señalando la lista que estaba sobre mis apuntes.
La profesora parpadeó dos veces y sacudió levemente la cabeza, como obligándose a reaccionar, antes de responderme.
—Por empezar, el listado no contiene específicamente libros, sino que buena parte del contenido son textos: por ejemplo, la Oda sobre una urna griega es una poesía que puede encontrarse en diferentes compilaciones. El fantasma de Canterville es otro cuento, no se trata de un libro. Cuando no están seguros, siempre es preferente hablar de textos o de obras en lugar de libros: "libro" remite a algo material, acabado, completo, mientras que "texto" y "obra" son términos más, cómo decirlo, elásticos —explicó la profesora Buchwurm para toda la clase—. Volviendo a la pregunta de por qué los textos están ordenados así, supongo que esperaban encontrar algún tipo de orden, ¿no? Que estén listados por el orden histórico en que fueron escritos, por orden alfabético por autor o un criterio similar. Bueno, no lo encontrarán aquí: ésos son criterios rígidos y excesivamente formales que nada tienen que ver con la literatura.
»Estos textos están en el orden en que se me fueron ocurriendo y como están dispuestos los libros en mi biblioteca, que no es precisamente el prototipo de organización desde que mis sobrinos decidieron darme la sorpresa de desempolvar y ordenar mis libros —la profesora sonrió con simpatía ante el recuerdo—. El problema es que, como ellos no saben leer, ordenaron los libros de acuerdo al color de los lomos, que es un criterio tan válido como cualquier otro cuando tienes cinco años y la ayuda de tu hermano de tres años. Como sea, los textos están apuntados siguiendo un orden subjetivo y personal.
—¿Cómo se llaman sus sobrinos? —quiso saber Jessica de inmediato.
—Julian y Martin —respondió la profesora Buchwurm, volviendo la mirada al libro.
—¿Y viven con usted? —insistió Jessica.
—No, estaban de visita.
—¿Son los hijos de su hermano o de su hermana? —inquirió Jessica.
—De mi hermana, que nació el mismo día que yo —contestó la profesora, impaciente.
—¡Oh! ¡Son mellizas! —se sorprendió Jessica.
—No, no somos mellizas —dijo la profesora, con un asomo de sonrisa astuta.
—¡Gemelas! —se sorprendió Jessica más aún.
—Tampoco —la sonrisa un poco burlona de la profesora era más pronunciada ahora.
—Pero si son hermanas que nacieron el mismo día… —Jessica estaba perdida.
—Anya y yo somos dos… de hermanas trillizas. Amindra es la tercera.
Los ojos y la boca de Jessica se abrieron más de asombro, mientras que yo sólo pude asombrarme cómo unos padres obsesionados con nombres exóticos encabezados por la letra "A" habían sido capaces de ponerle por nombres a sus hijas trillizas Anneley, Anya y Amindra. En serio, ¿hacía falta tratar a sus hijas como su fuesen productos fabricados en serie?
Ajena a mis reflexiones sobre si las trillizas habían sido o no hijas deseadas y si sus padres se habían desquitado del sobresalto de saber que serían padres por partida triple castigando a sus bebés con nombres estrafalarios, la profesora Anneley Buchwurm aprovechó que Jessica estaba muy ocupada asombrándose como para hacer más preguntas y empezó la clase del día.
—Como no quiero arriesgarme a incurrir en la ira de sus padres dándoles algún otro texto que ellos puedan desaprobar por una u otra razón, hoy tendremos una clase teórica —anunció la profesora, dejando el libro sobre el escritorio—. Esto no es tema de examen, pero presten atención: les servirá para entender lo que demos en los próximos días. Comencemos por las formas más antiguas de literatura, que en todos los casos son orales, y muchas veces no fueron puestas por escrito sino siglos después de que estas historias comenzaran a circular, después de haber sido repetidas de generación en generación y memorizadas, enriquecidas, modificadas y alteradas por muchas personas. Estas primeras formas de literatura oral, que después pasan a la escritura, suelen estar asociadas a lo religioso o a lo bélico, sin que una cosa excluya a la otra…
Durante el resto de la hora, tuvimos una clase interesantísima sobre historia literaria, las fuentes de las historias más antiguas, los antiguos cantares de gesta, los orígenes del teatro en las fiestas apolíneas y dionisíacas, cómo el ritmo y la métrica de la composiciones en verso facilitaba recordar este tipo de obras, el hecho que se estimaba que nueve de cada diez libros de la antigüedad se habían perdido y que no teníamos certeza alguna si los que habían sobrevivido eran los mejores…
Tomé apuntes como una posesa, pese a que en rigor no los necesitaba. La clase era la mar de interesante, pero también velocísima y superficial. Estoy bastante segura que de seguir siendo humana me hubiese hecho un lío entre los simbolistas franceses, los modernistas españoles y los laquistas ingleses, pese a que en la realidad no tenían demasiado en común además del hecho de ser escritores.
Cuando acabó la hora de literatura, todos dejamos el aula un poco aturdidos. Pocas veces una hora de clases se me había pasado tan rápido.
Para la hora del almuerzo Edward y yo éramos el tema de conversación general. Todos, absolutamente todos los seres masculinos de la escuela, desde el estirado Sr. Greene, el director, hasta él último de los alumnos varones, me habían mirado como si yo fuese una conejita playboy desfilando alguna minúscula ropa interior, pese a que yo usaba los mismos jeans, las mismas botas, el mismo suéter y el mismo abrigo que había llevado la semana anterior, y entonces nadie me había mirado como si fuese algo comestible, en el peor de los sentidos. Me ponía nerviosa tanta atención.
También Edward estaba generando murmullos y cuchicheos. Aunque nuestros profesores y compañeros no sabían exactamente qué era lo que había de diferente entre el Edward del viernes pasado, el último día que lo habían visto, y el del lunes, todos parecían coincidir en que algo había pasado, que él estaba distinto, cambiado. Yo no hubiese creído que fuesen a notar las diferencias, ni en Edward ni en mí, pero estos humanos resultaron ser más observadores de lo previsto y se dieron cuenta enseguida de que algo, no sabían bien qué, pero algo había cambiado durante el fin de semana, y esa certidumbre me ponía nerviosa.
Edward también estaba muy estresado, probablemente más que yo. Acostumbrado a ser el vigía, a saber qué pensaba alguien antes de que se le acercara, a que nadie pudiese tomarlo por sorpresa, a tener preparada la respuesta antes que el otro formulara la pregunta, esto de ser un humano promedio le estaba costando lo suyo.
En la segunda hora de clases, la única que yo no compartía con Edward, a Eric se le había caído del pupitre un libro en medio del aula silencioso mientras el profesor dictaba una consigna. Edward se había sobresaltado por el repentino ruido, al igual que varias personas más, pero él fue el único que le ladró a Eric que tuviese más cuidado, para asombro de Eric, que no entendía qué rayos le pasaba al "raro" Cullen, según lo oí murmurar cuando le contaba la anécdota a Tyler.
En la clase antes del almuerzo, Español, regresando a su lugar tras resolver un ejercicio en el pizarrón Edward tropezó con la mochila que Jessica había casi vaciado en medio del camino cuando buscaba su pintalabios y casi se cayó de cara. Jessica tuvo el más inoportuno ataque de risitas, al igual que Lauren. Si las miradas pudiesen matar, las dos hubiesen debido caer muertas en el acto, porque entre Edward y yo las asesinamos con la mirada. Mike, que compartía el pupitre con Jessica, notó mi expresión y le dio un codazo a Jessica para que se callara, pero ella no lo entendió.
Cuando llegó la hora de comer, Edward estaba de un humor de perros y más dispuesto a matar a alguien que cuando era vampiro. Después de no haber probado otra cosa que la comida gourmet de Esme desde que volvía a ser humano, la ensalada algo marchita, el puré de papas aguado y las hamburguesas recocidas de la cafetería de la escuela lo hicieron fruncir la nariz con asco, y no ayudaron a mejorar su humor.
—Ser humano es estupendo, lo malo es quiénes más también lo son —masculló Edward en un tono tan bajo que sólo yo lo escuché.
—¿Preferirías que Jessica fuese vampiro? —le pregunté en voz muy baja, aguantándome la sonrisita.
—Por todos los Cielos, ¡no! —exclamó él con horror—. Condenar al mundo a un lapso de ochenta o novena años de Jessica ya es más que suficiente…
Le hice un gesto con la mano pidiéndole silencio. Alguien en otra mesa acababa de mencionar su nombre, y me interesaba prestar atención a qué estaba diciéndose de él.
—…Edward Cullen obviamente está enfermo de Spattergroit —explicaba Lauren a un grupo de otra gente.
—A mí me parece que está bastante sano —se encogió de hombros Mike—. Un poco raro, pero sano. Bueno, los Cullen siempre fueron un poco raros…
—Es obvio que no está sano —replicó Lauren, agresiva—. Está peleador, se la pasa gruñendo y apretando los puños, como si quisiera atacar a medio mundo. Es el primer síntoma —explicó con voz remilgada—. Se tropezó hoy en clase, eso es señal que está perdiendo la habilidad de caminar. Es súper obvio que tiene Spattergroit.
—¿Y qué es eso? ¿Es algo grave? ¿Es contagioso? —quiso saber Jessica de inmediato, echando una mirada en dirección a Edward como si los médicos acabaran de darle dos meses de vida.
—Es muy grave —dijo Lauren lentamente, claramente disfrutando de ser el centro de atención, aunque parte de quienes la oían parecían bastante escépticos, como Ángela, Ben, Mike, Eric y Tyler—. Está causado por un hongo que entra al organismo al respirar, porque es microscópico, obvio. Se instala en los pulmones y empieza a multiplicarse, después ataca todos los otros órganos —explicó con lo que parecía un perverso placer, revolviendo su ensalada con el tenedor—. Se extiende por todo el cuerpo, y al final llega al cerebro y hace que la persona enferma se vuelva loca.
—Pero, ¿un loco peligroso, que ataca gente y hace cosas malas, o un loco inofensivo, que dice tonterías y se limpia los mocos con la manga de la ropa, ése tipo de loco? —quiso saber Jessica con toda exactitud, pinchando un poco de ensalada y metiéndosela a la boca.
—Depende del caso, obvio, de cómo era la persona antes de enfermarse —declaró Lauren tras pensarlo un momento—. Antes de volverse loco, el enfermo está débil, irritable, de mal humor, y al fin le salen unas pústulas moradas en todo el cuerpo, que son el hongo que se instaló en la piel. Cuando llega a la garganta y ocupa las cuerdas vocales, el enfermo pierde la capacidad de hablar, obvio. Después esas pústulas se abren y salen pequeños hongos morados con tronco blanco, pero no pueden arrancarse, porque entonces crecen dos en ese lugar. Cuando hacen la autopsia, porque esta enfermedad es mortal, obvio —subrayó Lauren—, los médicos encuentran todo el cuerpo, por dentro y por fuera, cubierto de hongos morados.
—Pero, si esa enfermedad se instala en los pulmones, ¿Cullen no tendría que empezar teniendo problemas para respirar, cansancio, jadeos, ese tipo de cosas? —preguntó Eric, poco convencido, mientras luchaba por cortar su dura hamburguesa con el cuchillo desafilado—. Además, ¿cómo llega el hongo hasta el cerebro? Sin mencionar que el que un hongo que ataque los pulmones y después el cerebro es bastante raro, y más todavía que sea un hongo…
—¿Por qué? ¿Los hongos no pueden hacer eso? —le espetó Lauren, bastante irritada.
—Generalmente, no. Una bacteria o un virus podría, pero que ataque el sistema respiratorio y después el nervioso es improbable. Y eso de las cuerdas vocales es más raro todavía —señaló Eric con el entrecejo fruncido—. Además, si el hongo es microscópico y por eso se inhala sin darse cuenta uno, ¿cómo puede ser que después el enfermo tenga hongos morados y blancos en la piel?
No por nada Eric tenía el mejor promedio de la clase, y Lauren un aprobado con lo justo. No es que mi rubia compañera fuese tonta, pero se consideraba demasiado importante como para prestarle atención al profesor y estaba siempre muy ocupada en otras cosas como para perder el tiempo estudiando, de modo que sus notas no eran como para desmentir el cliché de la rubia estúpida.
—Ésa enfermedad es lo que Cullen tiene —afirmó ella, altanera, cruzándose de brazos—. Sólo esperen y verán, cuando esté babeándose y cubierto de hongos, ahí van a darme la razón, obvio.
—Si Cullen ya se tropezó hoy porque está perdiendo la capacidad de caminar, eso quiere decir que el hongo ya infectó el cerebro, ¿o ataca la médula ósea antes y afecta la motricidad a través del sistema nervioso periférico? —inquirió Eric, implacable, tomando un tenedor lleno de puré y llevándoselo a la boca rápidamente. El puré estaba tan líquido que se caía del tenedor si estaba ahí demasiado tiempo.
—Es diferente en cada persona —balbuceó Lauren—, pero está enfermo, eso es obvio.
—Pero su papá es médico, ¿por qué lo dejó venir a clases si está enfermo? —preguntó Mike, desconfiado, tapando su hamburguesa algo quemada con puré—. ¿No tendrían que estar haciéndole un tratamiento o algo?
—¡Es incurable! —bufó Lauren rodando los ojos, como si no pudiese creer que los demás fuesen tan idiotas—. ¡Se lo están ocultando, obvio queél no lo sabe!
—Si él no lo sabe, ¿cómo es que te enteraste? —preguntó Jessica con una nota de acusación en la voz. No estuve segura si era desconfianza por la teoría o envidia de que Lauren estuviese mejor informada de los chismes.
—Tengo mis contactos, obvio —se jactó Lauren, muy satisfecha.
—Esa tal enfermedad, ¿es contagiosa? —preguntó Tyler, bebiendo un sorbo de jugo. Estaba lejos de parecer lo impresionado que yo sabía que a Lauren le hubiese gustado que la gente estuviese con la truculenta noticia.
—Sólo cuando Cullen estornuda —informó Lauren—, porque entonces desparrama las semillas de los hongos, obvio.
—Esporas —corrigió Eric en voz baja.
—¿Qué?
—Los hongos no florecen y no tienen semillas, sino que producen esporas. Si Cullen desparramara algo, serían esporas y no semillas —explicó Eric.
—Como sea —descartó Lauren, que jamás admitiría una equivocación de su parte—. Cullen está muriéndose lentamente.
—¿Cullen está muriéndose? ¿Cuál de ellos? —preguntó Whitney, que acababa de sentarse a la mesa proveniente de la fila para comprar el almuerzo.
—Edward Cullen —informó Lauren, feliz de tener nuevos espectadores a los que contarles la historia—. Está enfermo de Spattergroit, una enfermedad causada por un hongo…
—Oh, ya veo, ¿el hongo ya le llegó a la campanilla o todavía puede hablar? —preguntó Whitney con una gran sonrisa, aderezando su ensalada.
Lauren la miró estupefacta, mientras que los demás miraban a Whitney con sorpresa y un poco de sospecha.
—¿Entonces esa enfermedad existe? —preguntó Eric, incrédulo.
—Claro que existe —informó Whitney con una sonrisa más grande que antes—. Lo que no entiendo es cómo pudo contraerla sin ser un personaje en un libro de Harry Potter.
Los demás ocupantes de la mesa parecieron completamente confundidos, y tengo que decir que yo también me perdí. ¿Qué tenía que ver Harry Potter con la supuesta enfermedad de Edward?
—¿Qué estás queriendo decir? —preguntó Mike por fin, el tenedor olvidado a medio camino hacia su boca.
—El Spattergroit es una enfermedad inventada por Rowling, la autora de la serie Harry Potter. En el último libro de la serie, cuando Harry y sus amigos se escapan de los malvados, disfrazan al espíritu del desván de la casa de los Weasley para que parezca que es Ron, el amigo pelirrojo de Harry, pero supuestamente está enfermo de Spattergroit, una enfermedad mágica que sólo tienen los magos y las brujas —explicó Whitney con naturalidad, terminando de mezclar su ensalada—. Así, nadie se va a acercar demasiado, por temor a contagiarse, y ellos ganan tiempo para escapar. Se supone que al enfermo de Spattergroit le salen unas manchas moradas en la piel y que causa mucha debilidad, por lo que visten al espíritu con un pijama viejo de Ron, lo meten en la cama y le pintan las manchas con un hechizo.
Yo me aguanté la ancha sonrisa burlona mientras todos los ocupantes de la mesa, excepto la sonriente Whitney, dirigían miradas, acusadoras en el caso de Jessica, de superioridad en el caso de Eric, de desdén en el de Mike y Tyler, de compasión en el de Ángela, en dirección a Lauren, que estaba roja como un tomate de vergüenza y humillación.
—¿Te pareció muy divertido contarnos ese cuento? —la acusó Jessica—. ¿Pensaste que lo creeríamos? —preguntó con desprecio, justo ella, que se había creído cada palabra.
—¡A mí me lo contaron como algo cierto! —se defendió Lauren—. ¡Me lo contaron como algo cierto…!
—¿Quién te lo contó?
—¡Katie Marshall! —estalló en llanto Lauren—. Estábamos en el baño, yo me retocaba la máscara de pestañas y ella se estaba lavando las manos…—sollozo—… y yo dije que Cullen parecía que estaba loco por cómo se portaba hoy…—sollozo ahogado—… y ella me dijo que era porque se estaba volviendo loco, porque tiene Spattergroit… —sollozo compulsivo—… y me contó todo eso sobre la enfermedad…
La mirada entre condescendiente y burlona de los demás hizo que Lauren sollozara más fuerte que antes. Por fin, tomó su mochila y salió corriendo de la cafetería.
—Katie Marshall es muy tonta si de verdad cree eso o muy astuta si lo hizo para gastarle una broma a Lauren —admiró Eric—. Creo que la voy a invitar a salir.
Dejé de prestarles atención cuando la conversación giró a tópicos más inofensivos y generales. Volví mi foco a Edward, medio muerta de risa, mientras él tragaba la comida haciendo muecas. Había cortado las hamburguesas en pedacitos minúsculos, y su ensalada estaba sin aderezar.
—Eso fue como ver una película sin audio ni subtítulos —gruñó Edward.
—Ahora te la cuento —le dije con una sonrisa, tomando el bol de ensalada y los aderezos, mientras trataba de no fruncir la nariz. La ensalada me olía a pasto.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó Edward, sin entender—. ¿No irás a comerte eso?
—No, claro que no —le sonreí—. La estoy aderezando. Mira, primero va un poco de sal —eché sal sobre la lechuga y el tomate—, después una medida de vinagre —eché un poco de vinagre—, y después tres medidas de aceite —agregué el aceite.
—¿Cuál es la medida? —quiso saber él, prestando mucha atención.
—A ojo de buen cubero. Es algo aproximado —intenté explicar—. Sí tienes que seguir el orden: sal, vinagre y aceite.
—¿Por qué?
—Porque si echas el aceite antes, va a repeler la sal y el vinagre, y la ensalada no se condimentará como debe —instruí mientras mezclaba el contenido del bol con el cuchillo y el tenedor de Edward.
—¿De qué se trataba el melodrama escolar? —quiso saber Edward cuando le alcancé la ensalada.
—Sucede que estás enfermo de Spattergroit —le expliqué lo más seria posible—. Lo lamento, pero tienes el hongo en tus pulmones, desde donde va a infectar primero tus cuerdas vocales y después tu cerebro, por lo que acabarás tus días completamente loco, babeándote y limpiándote los mocos con la manga. Oh, y cuando te mueras, porque la enfermedad es mortal, estarás cubierto de pústulas moradas, por dentro y por fuera, que es el hongo que causa la enfermedad. Esas pústulas van a abrirse para dar lugar a hongos morados con el tronco blanco, pero no puedes arrancarlos porque entonces crecen dos en ese lugar —acabé, sorprendida yo misma de no haber estallado en carcajadas ante tantas tonterías.
Edward tenía los ojos un poco desorbitados y la boca le colgaba abierta. Oír tantas bobadas juntas parecía haberlo dejado sin habla. Por fin, al cabo de unos segundos, estalló en sonoras carcajadas a las que yo me uní con sumo gusto. Mucho mejor que enojarse era reírse.
—¿Un hongo? ¿Un hongo infectó primero mis pulmones y después mi cerebro? —bufó Edward, todavía sonriente—. ¿Qué clase de hongo era ése?
—Uno que se reproduce por semillas —expliqué con una sonrisa.
Edward se rió de nuevo, aunque hizo una mueca de dolor al oír sobre las semillas del hongo. Le expliqué la historia completa mientras él comía su ensalada, y nos reímos juntos. Capté algunas miradas sorprendidas de los otros estudiantes al ver que Edward y yo no sólo estábamos sentados aparte de nuestros compañeros, sino que además nos reíamos tanto. Sentí curiosidad por ver qué nueva historia surgía para explicar este cambio en nuestro comportamiento.
—Supongo que ahora dirán que es Alice quien está enferma de Spattergroit —sonreí.
—Es raro que todavía nadie nos haya preguntado por qué no vino a clases —opinó Edward, tomando un bocado de ensalada.
—Deben haber asumido que está enferma —me encogí de hombros—. Les llamará la atención cuando no venga varios días seguidos. ¿O sería mejor que les contemos la versión oficial ahora, que nos adelantemos a contarla antes que corran rumores estúpidos?
—No, mejor no digamos nada —respondió Edward tran pensarlo un momento—. Mi familia nunca fue muy comunicativa, si de pronto ofrecemos información que nadie pidió sería sospechoso. Mejor esperemos a que nos pregunten.
Yo asentí con la cabeza, reconociendo que su idea era la más acertada. Como no era posible para Edward y Alice estar cerca sin que él corriera grave peligro, el que fuesen a la misma escuela quedaba descartado. Carlisle había creado una explicación oficial para lo que le pasaba a Alice, y que de paso justificaba el "conflicto familiar" que lo había retenido el fin de semana en su casa: Alice había desarrollado repentinamente una rara enfermedad bacterial que la tenía postrada en cama y muy gravemente enferma. Esta enfermedad tenía un nombre adecuadamente impresionante e impronunciable, claro, para hacerla parecer más real y también más seria.
Carlisle conjeturaba que Alice debía haber contraído la enfermedad en algún momento de la primera infancia, y no la había desarrollado hasta el momento porque siempre había vivido en condiciones sanitarias y ambientales óptimas. Pero, por alguna razón, había sufrido una baja en las defensas, posiblemente por estrés al extrañar a Jasper, que se había ido a la universidad, y esa disminución de las defensas había desencadenado un brote violento de la enfermedad. Alice debía permanecer aislada, en un ambiente estéril, fuertemente medicada… y aún así no había garantías de que sobreviviese.
Aunque algo cruenta para mi gusto, la versión era impecable, y les permitía a Jasper y Alice disfrutar de tiempo a solas y tranquilos, sin ningún humano entrometido que quisiera ver a Alice.
Considerando todo, Edward sobrellevó bastante bien su primer día de escuela como (nuevamente) humano. Yo sobrellevé asombrosamente bien mi primer día como vampiresa. Sentía la garganta un poco áspera para el final del día de clases, pero después de estar un rato lejos de los humanos se me pasaba con facilidad. Mi autocontrol era estupendo, algo que me alegraba y mucho.
—Uno de estos días —gruñó Edward cuando íbamos hacia el Volvo, lanzando miradas furibundas hacia el lugar en el que Tyler y Mike conversaban en voz baja y miraban hacia nuestra dirección—, cualquier días de estos, los voy a golpear tan fuerte que les dolerá a sus nietos.
—¿Qué culpa tendrán sus nietos de haber tenido estos abuelos? —suspiré—. En serio, ¿qué están haciendo? Ni siquiera nos hablan.
—Es el modo en que te miran —masculló Edward, apretando los dientes.
—No estaban mirándome —descarté. Habían estado mirando en mi dirección, pero nada garantizaba que estuviesen mirándome a mí.
—Claro que te miraban. Ese par de babosos te estaba desvistiendo mentalmente. ¡Me dan asco! —exclamó Edward, abriendo la puerta para mí con más fuerza de la estrictamente necesaria.
—No puedes saber qué están pensando —le dije a través de la ventanilla entreabierta—. Ya no.
Hubo un silencio de unos segundos en el tiempo en que Edward caminaba hasta el lado del conductor del automóvil.
—No puedo oír lo que están pensando —corrigió Edward, sentándose tras el volante—. Pero no hace falta oír pensamientos para saber que estaban comportándose como los cerdos que son.
—Edward, sabes que yo jamás les prestaría atención, ni siquiera me había dado cuenta que me estaban mirando… de ese modo —le dije con precaución.
—No es tu culpa, lo sé. No es tu culpa ser bellísima —suspiró Edward profundamente—. Es sólo que… me da tanto odio que estén viéndote así…
—Oh, déjalos soñar —sonreí, tratando de hacer un chiste—. "Se mira y no se toca". El único que tiene permiso de hacer otra cosa que fantasear… está conmigo en este auto.
La sonrisa de Edward era tirante, forzada.
—Quedate muy quieto —le dije en un susurro—. Quiero intentar algo.
No sé si Edward reconoció sus propias palabras, las que me había dicho tiempo atrás, pero sí me obedeció al pie de la letra. Se quedó inmóvil, apenas respirando, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Lentamente, muy lentamente, con mucho cuidado de controlar mi fuerza y mi sed, puse una mano sobre su mejilla y giré su cara hacia mí. Él tenía los ojos entrecerrados y el corazón desbocado; su mejilla estaba deliciosamente caliente y repleta de sangre viva, pero me concentré más en sus labios. Estaban sonrosados y sanos, sin signos de heridas ni cortes, y esa seguridad fue la que me decidió a superar los centímetros que nos separaban.
Lentamente, me incliné hacia él y exhalé sobre sus labios humanos. Inhalé nuevamente, y con los pulmones repletos de su esencia humana toqué sus labios con los míos.
Era un beso tan distinto, tan cuidadoso de mi parte. Edward de pronto no sólo era cálido sino también suave y esponjoso, con labios que se amoldaban a los míos, tan rígidos y fríos, y una nariz que me hacía ligeras cosquillas.
Me separé al cabo de unos segundos, preocupada por el corazón de Edward, que latía como si acabara de correr una maratón, los puños apretados tan fuerte que tenía los nudillos blancos y el hecho que todo él temblara. Cuando lo miré, tenía los ojos fuertemente cerrados.
—¿Edward? —le pregunté en voz muy baja—. ¿Estás… asustado?
—Bella —me respondió con una especie de gemido estrangulado—. Necesito… necesito…
Me aterré por un segundo. Edward me temía. El beso le parecía anormal, extraño, repugnante… yo sabía lo que se sentía tener la sensación de estar besando una estatua del más perfecto y frío mármol, pero a Edward eso lo asqueaba…
Fue sólo un segundo el tiempo que tuve para aterrarme, porque al segundo siguiente Edward se me miró encima y atacó mi boca con la suya de un modo que tenía muy poco de caballeroso y gentil, y mucho de deseo descontrolado y un poco salvaje. Para qué negarlo, me encantó esta nueva faceta de Edward más… dispuesto.
Por fin, tuve que apartarlo, preocupada por lo irregularmente que estaba respirando. Por mucho que me encantaba el beso, que Edward se me desmayara en brazos no era buena idea. Cuando lo empujé gentilmente de regreso a su asiento, él tenía en la cara esa mirada aturdida y un poco desenfocada, estúpidamente sonriente, que tantas veces había portado yo después de una buena sesión de besos con Edward. ¡Ja! Yo también era capaz de deslumbrarlo.
En cuanto regularizó un poco su respiración y sus ojos volvieron a enfocarse, el ahora familiar sonrojo y la expresión entre culpable y mortificada regresaron al rostro de Edward. Ouch. Ahora venía la etapa de disculpas y autoflagelación. Bueno, yo estaba dispuesta a evitarla.
—Bella, lo siento, no debí atacart—
Lo silencié poniéndole un dedo sobre los labios, con cuidado de no usar tanta fuerza como para romperle un par de dientes sin querer.
—Te amo —le dije con una sonrisa, sacando el dedo.
—Yo no tendría qu—
Volví a taparle los labios con el dedo.
—Te amo, Edward —quité el dedo.
—Te promet—
—No prometas nada —le advertí, volviendo a silenciarlo con mi dedo en sus labios—. Te amo, Edward —le dije de nuevo, sonriente, quitando el dedo.
Por fin, él me devolvió la sonrisa.
—Te amo, Bella.
—Perfecto. Entonces, ¿vamos a casa?
En el siguiente capítulo: el beso de recién narrado por Edward, Emmett contado por Emmett, y algunas complicaciones que ocurren cuando un humano vive rodeado de vampiros.
¡Gracias por leer! Se aceptan comentarios, sólo para que sepan, no me enojo para nada si me cuentan qué les pareció el día de clases, de principio a fin...
