Capítulo Diez
Candy le dio un trago al champán e intentó que no se le notara la sonrisa. La escena que la rodeaba era tan diferente a lo que había vivido el año anterior que era casi divertido, pero, cuando miró a Albert, que estaba de espaldas, se le borró la sonrisa de la cara y sintió un calor inusual en el vientre.
Albert estaba saludando a unas cuantas personas y Candy se sentía algo intimidada. Aparte de Buchanen y O'Brien, había otros cinco hombres y dos mujeres, todos con sus ayudantes y consejeros. Todos parecían muy importantes y muy ricos, extremadamente ricos.
El hombre de la voz estruendosa había resultado ser Derek O'Brien, el socio que Albert tenía en Dublín. Era evidente que eran muy amigos. Había llegado acompañado por su esposa, una de las pocas privilegiadas a las que se les había concedido el honor de estar presentes aquella semana.
—Hola, tú debes de ser Candy —le dijo una mujer de aspecto amable.
Candy asintió y le estrechó la mano, sonriendo tímidamente.
—Sí... lo siento, pero no sé quién eres tú.
—Soy Patricia O'Brien, la esposa de Derek. Creo que te lo acaban de presentar.
Me ha dicho que viniera para ver qué tal estabas.
Candy sintió una punzada de algo que no supo definir exactamente. Era evidente que Albert no había pensado en ella. Desde que habían puesto un pie en la salón, y los demás lo habían acorralado y ni siquiera se había girado para ver si seguía allí o no.
—Muchas gracias —contestó Candy sinceramente agradecida.
—Veo que, aunque la habían invitado, la mujer de Buchanen no ha venido. Probablemente, porque sabe que la iban a dejar de lado... mi marido, por el contrario, es incapaz de hacer nada sin mí —comentó Patricia.
Dicho aquello, miró con devoción a su marido, que estaba en el otro extremo de la habitación, y Candy sintió envidia. ¿Qué le estaba sucediendo? Nunca había sentido aquel vacío.
Candy sintió que alguien le tocaba la nuca y se giró. Era Albert. La gente que los rodeaba había hecho un pasillo para dejarla pasar, así que Candy sonrió a Patricia, que le hizo un gesto con la mano para indicarle que se fuera tranquilamente.
Albert la colocó a su lado a pesar de que Candy hubiera preferido quedarse más alejada. Todo el mundo la miraba como si fuera un espécimen al microscopio. Sobre todo, Buchanen, un hombre rotundo de ojos penetrantes.
—Me gustaría presentaros a Candy White...
Candy saludó con la cabeza y sonrió. No se había parado a pensar que muchos de los presentes se iban a quedar estupefactos al ver aparecer a Albert con una mujer. De alguna manera, aquello hizo que sintiera que estaban juntos en todo aquello.
Cuando se sentaron a cenar, Albert no tuvo más remedio que soltar a Candy, lo que no le hizo ninguna gracia. En un primer momento, se había comportado como un cervatillo asustado, pero, al cabo de un rato, se había relajado y había comenzado a charlar tranquilamente. De hecho, la había visto tan tranquila que se había distraído de su propia conversación.
En cuanto habían entrado en el salón, se habían separado y lo cierto era que Albert nunca había tenido antes la sensación de querer mantener a una mujer a su lado, lo que era una locura. Debía mantener las distancias.
Y, para rematarlo, mientras iban hacia el comedor, Patricia O'Brien se había acercado a él, le había apretado la mano y le había hecho una confidencia en voz baja.
—Parece una chica encantadora.
Albert no se lo esperaba. No sabía qué esperaba exactamente, pero, desde luego, no aquello. Candy estaba sentada a unas cuantas sillas de distancia de él, junto a Derek, que parecía encantado. Aunque su socio era unos veinte años mayor que él, a Albert le entraron ganas de agarrar a Candy y ponerla a su lado. No quería que Candy intentara seducir a su amigo.
Aquella idea le dio tanto asco que tuvo que desviar la mirada.
La mano derecha de Albert en Inglaterra no había podido acudir a las reuniones de aquella semana y había mandado a su ayudante, Jeremy Gore-Black, que estaba sentado junto a él. Lo cierto era que Albert quería que le pusiera al tanto de ciertos datos de suma importancia, pero el tono de voz de aquel hombre, tan monótono, lo estaba irritando.
Candy estaba profundamente agradecida de estar sentada junto a un hombre tan gregario como Derek O'Brien, que estaba encandilando a los presente con historias de lo más divertidas, pero también estaban pendiente de Albert, que estaba sentado unas cuantas sillas más para allá. Sí, estaba pendiente de sus movimientos, de sus manos y hasta de cómo movía la cabeza cuando hablaba con su interlocutor.
—Te llamas Candy, ¿verdad?
Candy asintió y se giró hacia el estadounidense que tenía sentado al otro lado. Se trataba de un hombre joven de apellido Brown, lo recordaba correctamente Por lo visto, era el ayudante de Buchanen.
—¿Y qué hace una chica como tú en un lugar como éste?
—Yo... —contestó Candy dándose cuenta de que la pregunta había llegado justamente en un momento de silencio, por lo cual todo el mundo estaba pendiente de ella—. Estoy aquí porque Albert me ha invitado amablemente —sonrió.
—¿Y a qué te dedicas? ¿Trabajas?
Candy se dio cuenta, por el tono arrogante del joven, que no creía que fuera una mujer trabajadora.
—Sí, soy enfermera y comadrona —contestó muy orgullosa.
—Candy acaba de volver de estar un año entero en África —intervino Albert defendiéndola.
Candy contestó entonces a unas cuantas preguntas sobre su estancia en el continente africano. Incluso Albert se sorprendió al saber dónde había estado exactamente, pues se trataba de un lugar increíblemente peligroso. Aquello hizo que se preguntara qué tipo de experiencias habría tenido durante aquel año.
Mientras contestaba a una ingente batería de preguntas, su mirada se cruzó con la de Patricia, que le guiño un ojo, como diciéndole que lo estaba haciendo muy bien. Al instante, Candy tuvo una maravillosa sensación de éxito, como si hubiera pasado un examen muy importante.
Tras tomarse una copa después de cenar, todo el mundo se retiró a sus habitaciones. Candy y Albert subieron las escaleras juntos.
—Ya he visto que has sabido cómo conectar con Buchanen. Menos mal porque puede ser un hombre verdaderamente difícil cuando quiere —comentó Albert una vez a solas frente a la puerta de su habitación.
—Tom me ha contado que su esposa también es enfermera, así que teníamos un montón de cosas de las que hablar —contestó Candy.
—Lo has hecho muy bien.
—Es de lo que se trata, ¿no? Supongo que, al hacerme pasar por tu pareja, tengo que ir acostumbrándome a que la gente piense que no soy más que una mujer florero.
—No hace falta que te pongas así.
—Será que sacas lo peor que hay en mí.
Albert se quedó en silencio unos segundos.
—No sabía que habías estado trabajando en el lugar que has mencionado en África.
Al instante, Candy sintió el dolor en la zona lumbar. Albert se dio cuenta de que había tocado un tema que no le gustaba y se preguntó qué le habría sucedido en África. No había contado con que Candy tuviera aquel aspecto de su vida y, desde luego, resultaba de lo más contradictorio.
—No me lo habías preguntado —contestó Candy encogiéndose de hombros—. Bueno, lo cierto es que prefiero no hablar de ello.
Albert asintió.
—Las reuniones de negocios van a tener lugar en la villa Cornwell, que está en al otro lado del lago. Iremos y volveremos todos los días en barco. Deberías venir con Patricia a la hora de comer. Mañana será el único día que estaremos trabajando toda la jornada. A partir de pasado mañana sólo trabajaremos por las mañanas y tendremos las tardes libres para hacer turismo. Habrá un barco a tu disposición.
—Muy bien —contestó Candy a pesar de que no estaba acostumbrada a tanto lujo.
—Buenas noches, Candy.
—Buenas noches —contestó observando cómo Albert se encaminaba hacia su habitación sin mirar atrás.
Candy apenas pudo pegar ojo aquella noche. La idea de que Albert estaba durmiendo muy cerca de ella, posiblemente desnudo, no la dejó dormir.
A la mañana siguiente, corrió a la ventana para ver embarcar a los hombres de negocios y, ¿habría sido su imaginación o de verdad Albert se había girado hacia su ventana antes de subir a la lancha?
Mientras la lancha se aproximaba a la orilla, Albert sintió que su enfado cada vez era más fuerte.
Candy no había ido a la hora de comer. Patricia, tampoco. Lo cierto era que apenas habían parado de trabajar durante media hora para comer algo, pero aun así...
Candy estaba en la terraza con Patricia cuando oyó el ruido de las motoras. Al instante, sintió que el corazón comenzaba a latirle aceleradamente. Había querido ir a villa Cornwell a comer, pero Patricia había insistido en que fueran a dar un paseo, diciéndole que los hombres ni siquiera se darían cuenta de su ausencia. No teniendo manera de contactar con Albert, temía que hubiera malinterpretado su actuación, que la tomara como un acto de rebeldía.
—Hola, Albert —lo saludó Patricia poniéndose en pie y besándolo en ambas mejillas—. Candy es una delicia de compañía.
—¿Verdad que sí ? —contestó Albert.
Por lo visto, Candy fue la única en darse cuenta de la inflexión de su tono de voz. Ella también se puso de pie y Albert se acercó a ella mientras Patricia iba a saludar a su marido.
—Te he echado de menos, amor mío —le dijo—. Creía que ibas a venir a la hora de comer... —añadió agarrándole un mechón de pelo y retorciéndoselo con ternura—, ¿Qué tipo de juego te traes entre manos? —añadió en voz baja.
—Ninguno —le aseguró Candy—. Lo que pasa es que no sabía que hubiera sido una orden. Creía que había sido una invitación. Te advierto que no acepto órdenes de nadie —añadió.
Albert estaba muy irritado y la única manera que se le ocurrió de librarse de aquel enfado fue besar a Candy con dureza. Fue un beso breve, pero intenso y ella sintió que el pulso se le aceleraba.
—Pues tómate esto como te dé la gana, pero te aseguro que antes de que termine la semana nos habremos acostado —le advirtió con crueldad.
—Nunca —contestó Candy horrorizada—. Eso sucederá jamás.
La última noche de aquella semana encontró a Candy hecha un manojo de nervios.
Aquella situación, que había comenzado cuando ella había creído que Albert era el padre del hijo de si hermana, se había convertido en algo completamente diferente, algo que no tenía nada que ver con el mundo exterior, algo que solamente los incumbía a ellos dos.
Tras una semana de miradas íntimas y de contacto físico Candy estaba consumida. Todavía no se habían acostado y no podía dejar de pensar en ello.
Candy miró a Albert, que iba conduciendo el coche. Lo seguían un par de coches más en el que iba el resto de la gente. Se dirigían a cenar al mismo hotel del que Candy lo había visto salir no hacía mucho tiempo y al día siguiente se iban a Ciudad del Cabo.
Candy ya no podía más, así que decidió sacar a colación algo de lo que se había enterado hablando con Patricia aquella misma tarde.
—¿Por qué no me dijiste qué estaba haciendo realmente tu avión? Me refiero al que utilizaste para traerme la ropa desde New York. ¿Por qué no me dijiste que traía huérfanos desde New York para que pasaran una temporada en el lago haciendo deporte?
Albert no se giró hacia ella y permaneció en silencio.
—¿ Albert? —insistió Candy.
—No te lo había comentado porque no es asunto tuyo.
—Ya lo sé —contestó Candy dolida—, pero... aun así, me gustaría que me lo hubieras dicho —añadió retorciéndose las manos.
A Albert no le hizo ninguna gracia que se hubiera enterado. Se sentía absurdamente débil y expuesto.
—Por favor, no seas falsa. A los demás los has engañado con tu historia de la enfermera devota, pero yo sé muy bien que en África hubo algo más. ¿Tal vez un médico con mucho dinero? —se burló—. ¿Qué ocurrió? ¿Las cosas no salieron bien y por eso volviste a casa corriendo para poner en marcha un plan con tu hermana para sacar dinero a otro tipo?
Albert sintió que la ira se apoderaba de ella.
—Es evidente que tu aparente filantropía es un movimiento calculado para engañar al público. Si no hicieras cosas así, no te respetarían, no serías más que un nuevo rico vulgar y corriente. Es una táctica muy inteligente en este mundo tan políticamente correcto, sobre todo cuando quieres impresionar a los demás —le espetó.
Albert apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Candy sabía que había sido un golpe bajo. Patricia se había pasado casi una hora alabando el trabajo que Albert hacía con los huérfanos y los niños de la calle.
Albert la miró furibundo y Candy se estremeció de pies a cabeza. Acto seguido, le puso la mano en el muslo. Candy se apresuró a intentar apartarla, pero Albert se limitó a subirla cada vez más hasta que prácticamente llegó hasta sus braguitas. Cuando llegaron al hotel, aparcó el coche y, aprovechando que los demás todavía no habían llegado, le puso la mano sobre el sexo.
Candy estaba profundamente excitada y Albert se había dado cuenta. No podía hablar.
—Lo único importante es esto. ¿Qué más da lo hagamos o quiénes seamos?
Candy abrió la boca para protestar, pero Albert aprovechó para besarla de manera incendiaria y, a pesar de todo, Candy reaccionó de manera instintiva, apretándose contra su mano.
Albert se apartó y sonrió triunfal. Candy se sintió ridícula y se ruborizó, consciente de que estaba metida en un buen lío. Aquel hombre podía hacerle mucho daño.
Un abrazo en la distancia
Lizvet
