Capítulo 11:

El silencio reinante en el salón de clases sólo era interrumpido por el incesante tic tac del reloj, cuyas manecillas parecían avanzar a toda carrera mientras el examen seguía su curso.

"Les quedan, exactamente… 15 minutos" dijo el profesor, mirando el aparato.

Se oyeron súplicas y protestas por doquier; para tratarse solamente de una prueba piloto, el grado de dificultad de los ejercicios matemáticos era bastante elevado y, por esa misma razón, el tiempo empleado para resolverlos se le hacía escaso a los demás alumnos.

Kagome, por el contrario, tenía la sensación de que aquello no terminaría nunca. En las últimas tres horas que le habían sido asignadas para realizar la parte científica, sólo había sido capaz de contestar dos tercios de las preguntas. Aparte de que las matemáticas no eran realmente su fuerte, estaba tan cansada que a ratos se quedaba en blanco y, cuando intentaba recuperar la concentración, los números que tenía en frente comenzaban a mezclarse entre sí, haciendo que se mareara por completo.

Es inútil… se dijo, llevándose la mano a la frente. Tengo que salir de aquí…

"¿Le pasa algo, Higurashi?" le preguntó el profesor, percatándose del malestar de la alumna.

"A decir verdad, no me siento muy bien…" contestó Kagome, tragando saliva. "Solicito permiso para retirarme por un momento, profesor"

"Concedido"

Al cerrar la puerta del salón tras de sí, Kagome soltó un hondo suspiro y se apoyó con todo el peso de su cuerpo en la estructura de madera. Qué mal me siento… se decía. Debí haberme quedado en casa, tal y como me lo aconsejaron mis amigas… Incorporándose con torpeza, se fue caminando a lo largo del solitario y helado pasillo, sin tener rumbo fijo. Al pasar por el lado de las otras salas de clase, se quedaba mirando, a través de las ventanillas, las caras llenas de seriedad y una que otra expresión de angustia y desesperación en las facciones de los muchachos de otros cursos. Era como si se estuvieran jugando la vida en ello; como si de la prueba piloto dependiera su futuro.

Cuando no hubo más pasillo por recorrer, Kagome se sentó en un peldaño de la escalera, la cual llevaba a un tercer y cuarto piso. A pesar de la cantidad de personas que debía haber en el edificio, no se sentía alma alguna por ahí. Tal era la importancia de estar en período de exámenes.

Pero, fue en medio de esa absoluta soledad, que Kagome volvió a sentir aquella misma inquietud que torturaba su corazón la mayor parte del tiempo y que no la dejaba dormir por las noches. Sin ir más lejos, la velada anterior había sido fatal, ya que no pudo dejar de pensar en que era noche sin luna y que Inuyasha podría encontrarse en grave peligro mientras permaneciera como un humano común y corriente. ¿Cómo saber si Naraku había aprovechado la oportunidad para atacarlo?

De pronto, la voz de su amiga Yuka la sacó de su ensimismamiento.

"Así que aquí estabas, Kagome…" le dijo, sentándose a su lado, en la escalera.

"Ah, chicas ¡me asustaron!" exclamó Kagome, sonriéndole a sus amigas. "¿De dónde salieron?"

"Pero si te estábamos llamando desde hace rato, Kagome, y tú ni siquiera mirabas hacia acá" le dijo Ayumi, cruzándose de brazos.

"Además, la prueba ya terminó" dijo Eri, suspirando.

"¿De verdad?"

"Vaya que eres distraída…" la reprendió Yuka, mirándola de reojo. "Por cierto, ¿por qué te saliste antes?, ¿te sentiste mal de nuevo?"

"Sí. Necesitaba tomar un poco de aire" respondió Kagome, esbozando una débil sonrisa. "Además, ya no sabía qué más responder"

"Yo también estuve a punto de desfallecer…" reclamó Yuka, con desgano. "Estaba demasiado difícil"

"¡¡Ya sé!!" exclamó Ayumi, de repente, aplaudiendo. "¿Qué les parece si vamos a comer algo, digamos que para celebrar?"

Eri la miró con suspicacia.

"¿Y qué estaríamos celebrando?"

"Pues… que hemos sobrevivido a la prueba piloto" contestó Ayumi, entusiasmada.

"Me parece bien" afirmó Yuka. "¿Tú que dice, Kagome?... ¿te animas?"

Kagome asintió con la cabeza.

"Está bien."

Eran las seis de la tarde y el viento soplaba con fuerza sobre las calles de la ciudad. Las avenidas estaban atestadas de autos y las tiendas alrededor, llenas de gente también. El cielo estaba cubierto por nubes grises que se estaban amontonando; todo parecía indicar que muy pronto se pondría a llover.

"Sólo espero que encontremos mesa" decía Yuka, en el camino.

"No te preocupes. Somos clientes frecuentes ¿lo olvidas?" le respondió Ayumi. "Nos deben tener apartado un lugarcito…"

"Admiro tu optimismo, Ayumi" le dijo Yuka, soltando un suspiro.

"Chicas… me da pena decirlo, pero no traigo dinero" Kagome las miró, encogiéndose de hombros. La verdad no llevaba ni un peso consigo.

"¡Pierde cuidado, amiga!" exclamó Eri, poniéndole la mano en el hombro. "Esta vez, va por mi cuenta. Pero sin abusar ¿entendido?"

"Muchas gracias, Eri" le agradeció Kagome.

"¡¡Sí!!" gritó Ayumi, en medio de la calle.

"¡¡Estupendo!!" la imitó Yuka, saltando y aplaudiendo.

Afortunadamente, la mesa a la que solían sentarse estaba vacía. Vino el mesero y les tomó la orden de inmediato: cuatro súper-promociones de hamburguesas, con papas fritas y bebidas incluidas, más una orden de mantecado de vainilla para todas. Era lo que, más o menos, acostumbraban comer cada vez que visitaban aquel lugar.

"Sin duda, la prueba de lenguaje estuvo mucho más difícil que las otras" comentaba Eri, con la boca llena.

"No sé… A mí me resultó menos complicada la de historia" dijo Ayumi, tomando una papa frita.

"¿HISTORIA? Qué asco…" exclamó Yuka, tomando violentamente su hamburguesa. "Eran demasiadas fechas y nombres como para memorizarlos todos…"

"Ay, no es para tanto…" le dijo Ayumi. "No exageres"

"Eso lo dices porque a ti no te cuesta" le recriminó Yuka, apuntándola con la hamburguesa en la mano.

"¿Acaso a ti sí?" rió Eri, divertida con la discusión de las dos amigas.

"Bueno… no exactamente… ¡Pero, de todas formas es un verdadero fastidio!" acabó quejándose Yuka. "¿No lo crees, Kagome?"

"Este… supongo que sí" fue la apática respuesta de Kagome, quien no había dicho una palabra en todo ese rato. Ni siquiera había probado su hamburguesa aún.

"¿Pero qué actitud es esa?" les recriminó Ayumi a sus amigas. "Es mejor que se vayan acostumbrando al estudio riguroso, ya que los días de instituto son los más difíciles. Y tú, Yuka, si quieres ser doctora, tendrás que esforzarte más, sin importar si te gusta o no la historia…"

Yuka suspiró, tomando una papa frita.

"Ya sabía yo que ibas a sermonearme…"

"Ayumi se toma las cosas demasiado en serio cuando se trata de estudiar" comentó Eri, echándose lo último que le quedaba de hamburguesa a la boca.

Aún cuando la conversación siguió su curso animadamente, Kagome casi no participaba de ella, excepto para afirmar o negar con la cabeza. Miraba a sus amigas, pero parecía no oír lo que decían. De pronto, sintió que Yuka se dirigía a ella.

"¿Qué te pasa, Kagome? Has estado muy callada todo el tiempo…"

"¿A mí? No. No me pasa nada" rió Kagome, nerviosamente.

"Tal vez te estamos aburriendo con nuestra plática" dijo Eri, apoyando los codos en la mesa.

"¡No! Nada de eso" se apresuró a decir Kagome, negando con las manos. "Lo que pasa es que estoy un poco cansada. Eso es todo"

Yuka esbozó entonces una maliciosa sonrisa.

"Mentirosa… ¿Apuesto a que sé lo que te sucede?"

Kagome la miró con extrañeza.

"Estás pensando en Houjou ¿no es así?" continuó Yuka, pegándole un codazo, en el brazo. "Vamos, cuéntanos. ¿Ya se te declaró?... ¿Qué fue lo que te dijo?"

"¡Ah! Verdad que te llevó a tu casa…" recordó Eri, repentinamente.

"¡Qué romántico!" suspiró Ayumi, poniéndose las manos en las mejillas. "Dime, Kagome ¿ya lo besaste?"

"¡¿Qué?!" exclamó Kagome, alarmada con la pregunta.

"¿Le dijiste que sí querías ser su novia? Porque, si aún no lo has hecho, debes apresurarte" le dijo Yuka. "Recuerda que la niña esa de primer año lo acosa a cada momento. No te lo vaya a quitar…"

"Qué suerte tienes, amiga…" seguía suspirando Ayumi. "Houjou es un muchacho muy apuesto, además de inteligente y amable…"

"Sí, y lo más importante es que te quiere con toda el alma" continuó Yuka. "No como el insensible de tu ex novio, que lo único que hizo fue jugar con tus sentimientos como si fueran cualquier cosa…"

Kagome quedó estupefacta. ¿Acaso se estaban refiriendo a Inuyasha?

"¿Qué dices…?" balbuceó Kagome, sin salir de su estado de estupor.

"Perdóname que te lo diga, Kagome, pero tu ex dejaba mucho que desear…" le dijo Eri, dando un sorbo a su bebida.

"Era un mujeriego incapaz de serle fiel a ninguna mujer…" siguió Yuka, haciendo lo mismo.

"¡Imagínate! Hacerte creer que te quería cuando aún continuaba pensando en la otra…" comentó Eri, nuevamente.

Kagome comenzó a sentir la sangre subiéndole a la cabeza.

"Ya basta…" murmuró, bajando la mirada.

"Fue para mejor que lo de ustedes haya terminado…" dijo Yuka, muy segura de sus palabras.

"Él no te merecía, Kagome" comentó Ayumi, acabándose la bebida.

"Por favor…" volvió a musitar Kagome, apretando los puños por debajo de la mesa

"Si de una cosa estoy completamente segura, es que lamentará para siempre haberte dejado…" dijo Yuka, limpiándose con la servilleta.

"¡¡NO ES ASÍ!!"

La voz de Kagome resonó en todo el recinto, seguida de un estridente trueno que golpeó las montañas con toda su furia. Se había puesto abruptamente de pie y los que estaban ahí presentes se la quedaron mirando, con curiosidad. Pero a ella no le importó; el nudo que le oprimía la garganta se hacía cada vez más intenso, debido a sus intentos por contener el llanto.

"No es así…" repitió, intentando calmarse. "Él no me dejó. Fui yo quien lo hizo…"

"Ah… pero mucho mejor entonces…" dijo Eri, echándose hacia atrás en la silla, al ver a Kagome tan ofuscada.

A Kagome le brillaban los ojos.

"¿Es que no lo entienden?" les dijo, con la voz quebrada. "YO lo dejé… Lo abandoné a su suerte, aún sabiendo que es ahora cuando más me necesita…"

"Kagome…" balbuceó Ayumi.

"Me fui de su lado y le dejé el alma hecha pedazos…" continuó Kagome. "Yo… que siempre le dije que estaríamos juntos, sin importar lo que sucediera…"

"Discúlpame, Kagome" se excusó Yuka, sintiéndose culpable. "No sabía…"

"Y ahora me doy cuenta de que fue un error…" decía Kagome, como pensando en voz alta, con las lágrimas a punto de salir de sus ojos. "¡El error más grande que pude haber cometido en mi vida!" y, diciendo esto, Kagome agarró rápidamente su mochila y salió corriendo.

"¡¡Kagome, espera!!" le gritó Eri, poniéndose de pie, pero era demasiado tarde. Kagome se había marchado, dejando a sus amigas totalmente perplejas ahí, sentadas a la mesa del restaurante.

Al llegar a la calle, Kagome sintió las pesadas gotas de lluvia que impactaban sobre su rostro mientras corría, y que se confundían con sus propias lágrimas. Los ojos nublados apenas y podían distinguir el camino a casa, y los sollozos descontrolados dieron rienda suelta a toda la tristeza reprimida, hasta entonces.

¡No puedo más! se decía, con desconsuelo. ¿Cómo pude hacerte esto, mi amor?... No puedo seguir engañándome a mi misma… quiero verte… estar a tu lado, como siempre… Necesito que me estreches entre tus brazos y me beses… y que me digas que todo estará bien… ¡¡INUYASHAA!!

Tal era la prisa que llevaba que, al cruzar la entrada del Templo Higurashi, tropezó y cayó de bruces al suelo. Se quejó de dolor y sintió aún más ganas de llorar, pero, al alzar la vista, se encontró, nuevamente, frente al Árbol Sagrado, que significaba tanto para ella…

"Por favor, que esté a tiempo…" pensaba, en voz alta, poniéndose inmediatamente de pie. "¡Tengo que llegar cuanto antes!"

De pronto, se dio cuenta de que alguien se aproximaba, bajo la lluvia y con paraguas en mano.

"Mamá…" balbuceó Kagome, reconociendo a su madre, quien la cubrió con una gruesa manta.

"Hija, estás empapada" le dijo su madre, sonriendo con dulzura. "Ven. Te llevaré adentro"

Y, así, se fueron caminando juntas hasta la casa. La señora Higurashi la tenía abrazada y Kagome se refugiaba en su pecho, como cuando era niña. Le hacía tan bien su presencia en aquellos momentos de tanta angustia; sólo ella tenía el poder de tranquilizarla en situaciones como ésa.

Una vez dentro de la casa, su madre le ofreció un pocillo de caldo caliente para que se le quitara el frío, pero Kagome estaba demasiado apurada. Se dirigió rápidamente a su habitación, en donde arrojó sus cosas y se despojó de su uniforme mojado. Se cambió de ropa y, de sus cajones, fue sacando lo que encontraba y que le fuera útil para emprender, una vez más, el viaje de vuelta. Se encontraba empacando, cuando su madre tocó a la puerta.

"¿Kagome?"

"Pasa, mamá"

La habitación de Kagome era un verdadero desastre; la cama deshecha desde la mañana, la ropa tirada por todos lados, los libros de la escuela en el suelo. Nunca antes su madre la había visto en medio de todo ese desorden.

"¿Qué sucede, hija?" le preguntó. "¿Vas a algún lado?"

"Voy a la época antigua, mamá" le respondió ella, a la vez que iba metiendo las cosas en su mochila.

"¿A la época antigua? Pero dijiste que nunca más podrías…"

"Inuyasha está allá, peleando con Naraku, y no quiero dejarlo solo" le contestó Kagome, sin mirarla a la cara.

"Pero…"

"Por favor, mamá. Necesito que me apoyes. Debo irme lo más pronto posible; él me necesita…"

"¿Y para qué llevas toda esa ropa?" le preguntó su madre, confundida. "¿No crees que es como mucho?"

Kagome quedó inmóvil frente al abultado bolso. Los ojos le brillaban y su expresión se entristeció justo en el momento en que se atrevió a mirar a su madre, quien se sobresaltó al presentir lo que le contestaría su hija.

"¿Vas a… regresar, Kagome?"

"No lo sé… La verdad es que no tengo idea de lo que pasará conmigo una vez que todo esto termine…" le dijo, conmovida. "No sé qué voy a hacer, mamá…"

En ese instante, su mamá se acercó a ella y la abrazó con fuerza. Kagome podía sentir los suaves latidos de ese corazón tan amable y generoso que le había brindado todo el amor del mundo, inclusive desde antes de nacer.

"Entonces, haz lo que te parezca más conveniente…" le dijo, dándole un beso en la frente.

Kagome comenzó a llorar.

"Ma… má…"

"Sabes que eres mi única hija mujer y que te quiero con toda el alma, pero de ningún modo puedo interferir en tus decisiones" comenzó a decirle la madre, igual de emocionada. "Si lo que quieres es estar al lado de ese muchacho, no puedo impedírtelo. Sé que lo amas mucho y que, también, has hecho verdaderos sacrificios por él. Sería absurdo renunciar ahora ¿no lo crees?" intentó animarla.

"Mamá… te quiero tanto…" sollozaba Kagome, hundiendo el rostro en el pecho de su madre.

"Yo también, hija. Te adoro más que nada en el mundo y es por eso que quiero que te sientas bien contigo misma, haciéndote dueña de tus propios actos. Sólo recuerda que, pase lo que pase, si decides regresar, éste siempre será tu hogar"

"Gracias, mamá…" le dijo, secándose la lágrimas con el dedo. "Por favor, dile a mis amigas que me disculpen. Fui muy grosera con ellas; y, también, dile a Houjou que no podré ser su novia…"

"No te preocupes por eso"

"No tengo corazón para despedirme de Souta y del abuelo… Diles que los quiero mucho y que jamás los olvidaré…"

Su madre volvió a estrechar a Kagome con fuerza.

"Ellos tampoco se olvidarán de ti, hija. Como yo tampoco podré borrar, ni de mi alma ni de mi mente, el hermoso rostro de mi amada Kagome…"

Y, luego de haberse despedido de su madre para siempre, Kagome tomó sus cosas, incluida su bicicleta, y emprendió el mágico viaje que la llevaría de vuelta a la época antigua. Las palabras de ella la habían hecho recuperar la confianza en sí misma, y su corazón, aunque entristecido por la inminente partida, anhelaba esperanzado el estar de nuevo junto al del hombre que amaba.

Continuará…