Eran principios de diciembre. El odio que la casa Gryffindor profesaba a Slytherin era cada vez mayor, y lo ponían de manifiesto a la mínima ocasión. Además, los Ravenclaw mostraban desprecio, e incluso los Hufflepuff, que siempre se habían mantenido neutrales, no ocultaban su disgusto. Había vuelto a aparecer otra pintada en el castillo, que decía "Somos muchos y el Ejército de Dumbledore seguirá luchando". Lo que más le dolía a Helena es que en clase de pociones, tanto Ernie como Lisa le hacían el vacío. Los profesores ya no daban puntos si contestaba correctamente a las preguntas. Los Slytherin tenían cierto grado de inmunidad contra los castigos, por lo que se habían ganado la enemistad de las otras casas y de los profesores. Draco Malfoy se pavoneaba por los pasillos, como si el castillo fuese suyo, e iba asustando y amenazando a los alumnos más jóvenes.

Estaban un día en clase de Artes Oscuras, esperando a que llegase Amycus al aula. Cuando entró, llevaba consigo a varios estudiantes, que parecían de tercero o cuarto. Ninguno era de Slytherin.

-A todos estos se les ha pillado cometiendo acciones que infringen las normas del colegio. Así que hoy vamos a practicar las maldiciones imperdonables- se rio- Poneros en fila, por favor.

La mayoría de los Slytherin se pusieron los primeros, los otros apenas se habían movido.

-Vamos, que no tenemos todo el día- Carrow empezaba a impacientarse.

Helena no se había puesto a la fila. Desde el incidente del aula de arte, los dos hermanos parecían dejarla tranquila, pero esta vez la miraba también con desagrado, y Helena, muy a su pesar, dio un empujón a Anthony Goldstein y a Michael Corner para que se pusieran en la fila, y eso pareció aplacar a Carrow.

-No, no, no- dijo el mortífago- lo siento chicos, pero me temo que vosotros ya habéis practicado mucho- les hizo un gesto resignado a Draco, Zabini y otros Slytherin- Creo que deberíamos dejar a otros. Señor Corner, adelante por favor, pruebe con Arckeley.

Los dos chicos se miraron, el más joven asustado y el mayor con pena. Ambos eran de Ravenclaw, lo que hacía una doble tortura. Michael movió los labios, como susurrando un "Lo siento", ya en voz alta dijo "Cruccio".

El pobre Arckerley cayó al suelo chillando de dolor. Helena recordó lo que se sentía, pero ella había conseguido por un momento no gritar, y él gritaba mucho. Helena comprendió, estaba exagerando a propósito. Como les había dicho el profesor Carrow, "hay que sentirlo de verdad, para que la víctima lo aprecie correctamente". Evidentemente, Michael Corner no quería hacerlo, y Arckeley sentía dolor, pero no el nivel que Carrow deseaba, por eso estaba exagerando. Una estrategia muy inteligente, digna de los Ravenclaw, y deseó que compartieran esa información con las demás casas.

Sólo fueron unos minutos, cuando Corner cortó el hechizo, la culpa asomaba a su rostro.

-Bien hecho- dijo el profesor aplaudiendo, se lo había creído- Me han encantado sus gritos. Ojalá se vuelva a saltar las normas, estoy deseando castigarle otra vez.

Los Slytherin reían, Helena se obligó a reír también. El resto de la clase estaba lívido.

-Señor Longbottom, su turno, para usted…Dennis Creevy.

Esta vez dos Gryffindor enfrentados. Helena le sonaba ese nombre, ¿fue un chico que se cayó al lago y le salvó el calamar gigante? ¿O era el que petrificaron, que hacía fotos a Potter? La voz de Neville la sacó de su ensimismamiento.

-No.

Todos dejaron de respirar, clavados en el sitio. Malfoy sonreía socarronamente, Pansy Parkinson se atrevió por un momento a cogerle del brazo, también sonriendo. Crabbe y Goyle hicieron crujir sus nudillos. Helena notó que alguien la agarraba de la manga. No se había dado cuenta que Daphne estaba a su lado, asustada.

-¿Cómo qué no?- Amycus se acercó a Neville. Ambos eran de la misma altura. Sacó su cuchillo de plata, con el que había rajado el cuadro de Sir Cadogan, y lo posó en la mejilla del muchacho.

-He dicho que no- sus ojos reflejaban miedo, pero la voz sonaba con aplomo.

-Esta debe ser la famosa valentía de los Gryffindor. Pues has de saber que de la valentía a la estupidez sólo hay un paso- Amycus apretó el cuchillo, y una gota de sangre asomó por la mejilla de Neville. En ese momento, alguien gritó ¡Protego!

El hechizo hizo que ambas figuras saliesen despedidas en direcciones opuestas con fuerza, a Neville le recogieron un mar de brazos, Carrow, por el contrario, se golpeó la espalda contra el suelo. A Draco se le había congelado la sonrisa en la boca, pero reaccionó y mandó a Crabbe y a Goyle a que fuesen a ayudar al profesor a levantarse. Cuando ya estuvo de pie, buscó con la mirada quién había lanzado el hechizo. No le resultó difícil, Seamus Finnigan, el compañero de Neville, aún tenía la varita en mano, preparada, apuntándole. Amycus se movió con una sorprendente velocidad, y asestó un puñetazo a Seamus en la cara, y acabó lo que había empezado, un destello plateado surcó el rostro de Neville.

Ni Michael Corner, Seamus Finnigan ni Neville Longbottom fueron a cenar esa noche. Todo el gran comedor era un hervidero. La noticia se había propagado por todo el colegio a una velocidad de vértigo. Helena miró a la mesa de profesores. Estaban más silenciosos que otras veces. Había ira, odio y desprecio mal disimulados en sus caras. El corazón se le aceleró cuando miró a Severus. No mostraba nada, aunque de vez en cuando se le juntaban las cejas, mientras cenaba en silencio. Luego le dieron ganas de vomitar. Los hermanos, sentados a ambos lados de Snape, charlaban animadamente entre ellos, como si el director no estuviese sentado en mitad.

Helena oyó gente hablar a sus espaldas, en la mesa de Hufflepuff, cerró los ojos, para concentrarse en lo que hablaban.

-Neville y los demás están en la enfermería- decía Macmillan, con su pomposa manera de hablar- han enviado un mensaje.

-¿Con… eso?- preguntó Hannah Abbott.

-Sí, que lo guardásemos en el calcetín, por si nos obligaban a vaciar los bolsillos.

-Yo también lo he leído- Helena no estaba segura quien habló, creía que se llamaba Susan Bones, una chica de pelo castaño, recogido en una larga trenza- Me parece buena idea.

-Tenemos que ayudarnos- continuó Ernie- Para eso se formó el ED. Tenemos que hacer que Harry se sienta orgulloso de nosotros.

-Espero que esté bien- dijo Hanna- ¿Dónde creéis que estará?

-No lo sé, pero a mí El Profeta no me engaña- dijo Ernie con solemnidad- Harry está luchando, allí donde se encuentre.

-Bien dicho- concluyó Susan Bones.

Al día siguiente, había una nueva pintada en el rellano que daba al Gran Comedor, "El Ejército de Dumbledore sigue reclutando gente", en negro y mayúsculas. Cuando Snape se acercó al lugar, apartando a empujones a la gente, estaba furioso.

Los Carrow quisieron ir inmediatamente a por Longbottom, pero la enfermera Pomfrey, que en ese momento había dejado la enfermería para ir a la biblioteca a por un libro, juró que el chico no podía haberlo hecho, pues tanto él como los otros dos alumnos habían estado bajo su vigilancia toda la noche.

Fue Pansy Parkinson quien sugirió a los hermanos que preguntasen a Ginny Weasley. Helena, por lo que consiguió oír aquí y allá, la chica no consiguió tener una coartada. Al parecer, ella dijo que fue a visitar a Neville a la enfermería, pero la señora Pomfrey ya había dicho que nadie había entrado o salido de la enfermería durante la noche, cayendo en una contradicción.

Los de sexto salían del aula de Transformaciones cuando llegaban los de séptimo. La profesora McGonagall hablaba con Ginny, y Helena oyó la conversación.

-Órdenes del director- decía la profesora, con el rostro contraído de disgusto- Se le han prohibido las salidas a Hogsmeade.

-Pero profesora…

-Lo siento, señorita Weasley, no hay más que hablar.

Parecía que la chica iba a volver a protestar, pero la mirada de McGonagall hizo que se tragase las palabras y aceptase el castigo.

Durante la cena de ese mismo día, casi al final de los postres, el director Snape se levantó y fue al estrado en forma de lechuza. Carraspeó.

-Silencio- aunque era innecesaria esa palabra, pues al levantarse el director todo el mundo se había callado y un silencio sepulcral llenó el Gran Comedor. Todos los ojos estaban fijos en él. Snape dio un vistazo a todas las mesas, deteniéndose unos segundos más de la cuenta en la mesa de Slytherin, donde su mirada conectó fugazmente con la de Helena, que bajó la cabeza para evitar ponerse colorada. Entonces Snape habló.

-En vista de los acontecimientos que han ido sucediendo, todos los alumnos cuyo comportamiento deje que desear, o no alcance los niveles académicos aceptables, se les negará las salidas a Hogsmeade- nadie en el comedor replicó, pero hubo rostros de disgusto- Recordaros también, que quien intente salir del colegio por algún pasadizo, se encontrarán con guardianes que no tendrán piedad ni clemencia y también se encontrarán con otros seres despreciables- breve pausa- Quedan suspendidos los partidos amistosos de Quidditch. No habrá grupos de tres o más personas juntas- Giró la cabeza a la mesa de Slytherin, pero sin mirar a nadie en concreto. Aunque para Helena quedaba claro que iba por Malfoy, que siempre llevaba pegados a sus talones a Crabbe y Goyle- Sin excepciones. Para acabar, aquellos que deseen volver a sus hogares durante las vacaciones de Navidad, deben decírselo a los jefes de sus casas durante la próxima semana. El sábado será la última salida a Hogsmeade del año y el tren saldrá el domingo por la mañana. Retírense a sus dormitorios.

Tanto alumnos como profesores pusieron rumbo a sus respectivos destinos. Cuando algún profesor veía un grupo de tres, rogaban a los miembros que se separasen, lo que acabó formando una fila de parejas. Cuando llegaron a la sala común, los más jóvenes se fueron a dormir. Draco y su cuadrilla se pusieron a charlar, y Helena se sorprendió oírle despotricar contra Snape, que siempre había sido su profesor preferido.

Helena se despidió de Daphne y Millicent, fue la primera en llegar al dormitorio de las chicas de séptimo. Era una mazmorra cuadrada, de paredes de sólida piedra gris. Había una falsa ventana, pues al estar debajo del lago lo se veía a través era la verduzca agua, por la que, de vez en cuando, cruzaba algún ser que vivía en el lago, o un banco de plateados peces. Había cinco camas, tres en la pared del frente y dos en la pared que daba a la puerta. Las camas eran con dosel, con una suave tela verde oscura, con filigranas de hilo plateado tejido que caían pesadamente por los laterales. Los postes de las camas estaban tallados con forma de serpientes. Debajo de las camas había cajones de madera forrados, donde guardaban sus pertenencias. Cada cama tenía también asignada una mesa de noche, a mano derecha. La cama de Helena era la que estaba más alejada de la puerta, cerca de la falsa ventana. Se sentó en la cama, abrió el cajón de arriba, para coger un cepillo de pelo, y se encontró un trozo de pergamino dentro del cajón. Sonrió. Sacó su varita y dijo "Apareceum".

"Primer lunes de vacaciones, y Navidad, aula de arte, cuatro de la tarde. S."