DESPISTES DE SABUESOS
DISCLAIMER: Los personajes y demás cosas del Potterverso son de JK Rowling.
CAPÍTULO 11
TOY STORY
Julio de 2010
Las luces de la sala se encendieron y Audrey se secó las lágrimas como buenamente pudo. En seguida escuchó la vocecita de Lucy diciendo lo muchísimo que le había gustado la peli. Era un milagro que hubiera aguantado callada todo el rato, pero en el cine siempre se portaba bien. Molly también estaba emocionada y comenzó a hablar con Cillian sobre las cosas que más le habían agradado. Su hija mayor siempre prefería comentar las películas con Cillian, porque supuestamente su opinión era digna de tener muy en cuenta. Audrey agradeció que nadie le prestara atención porque, aunque nunca le había importado mostrarse en público tal y como era y sentía, que sus hijas la vieran llorar por una película de dibujos animados no le hacía mucha gracia.
Dejó que Cillian cogiera de la mano a las dos niñas mientras ella recogía los recipientes vacíos de las palomitas y los refrescos. Estaba segura de que su viejo amigo no se había dado cuenta del estado en que se encontraba porque de lo contrario no hubiera tardado nada en bromear al respecto. Le agradeció que se alejara un par de metros, tiempo más que suficiente para tranquilizarse y recuperar un poco la compostura. Después de todo, la película le había encantado y divertido a partes iguales, pero también le había hecho ver que Andy había sido víctima de esa enfermedad incurable que todo el mundo padecía: había crecido.
Miró a las niñas, pensando en el día en que ellas ya no sintieran necesidad de utilizar sus juguetes. Aún eran pequeñas, pero dentro de un par de años Molly se iría a Hogwarts y Lucy no tardaría mucho en seguirla y el panorama le parecía a Audrey muy desalentador. ¡Si apenas había empezado a disfrutar de sus hijas! No le apetecía nada que el tiempo viniera a quitárselas tan pronto.
-¿Te pasa algo, mamá?
¡Oh, Molly! Era raro que la niña no se diera cuenta de las cosas. A pesar de que parecía una chiquilla un poco dura, no había nadie en la familia tan intuitiva y observadora como ella. Percy solía decir que había heredado ese talento de la misma Audrey, puesto que no había manera de engañarla cuando ocurría algo digno de mención.
Audrey miró a su hija, incómoda por la pregunta. Cillian charlaba animosamente con Lucy, haciendo aspavientos y gestos que más parecían los de un niño de cinco años y Molly miraba a su madre fijamente. Había que ser muy tonta para no darse cuenta de que mamá tenía los ojos rojos y la cara un poco húmeda todavía. Y sorda para no escucharla controlar los sollozos durante el último tramo de la película.
-No pasa nada, cielo –Audrey le tendió la mano a Molly. La niña la cogió inmediatamente- Me he puesto un poco tontorrona con el final de la peli. Eso es todo.
-Claro. La señora que se sentaba justo detrás de mí estaba llorando como una magdalena. ¿Sabes?
-No me había dado cuenta.
-Es normal. El final es muy emotivo.
Y lo decía Molly, que ni siquiera parecía haberse inmutado cuando Andy se divirtió con sus juguetes por última vez.
-¡Mamá, mamá! –Lucy había aparecido de pronto en su campo visual, dando saltos de alegría y prácticamente fuera de sí- ¡El tío Cillian me va a comprar un montón de cosas de Toy Story!
-Lucy, cielo.
Lucy siempre se aprovechaba de esa manía que tenía Cillian de darles a las niñas todos los caprichos. Era posible que la niña ni siquiera se diera cuenta de la sutil manipulación a la que siempre sometía a su tío postizo y, además, Cillian estaba encantado de gastarse un montón de dinero en sus sobrinas de mentira, así que Audrey normalmente llevaba las de perder.
-¡Me va a comprar un muñeco de todos! De Woody, de Buzz, de Jessie, del Señor Patata, de…
-Pero…
-Ya verás cómo nos vamos a divertir –Cillian interrumpió la protesta de Audrey con una sonara palmada- Eso también va por ti, Molly. Iremos a la tienda esta misma tarde.
Molly, que a pesar de su seriedad también era una niña a la que le encantaban los juguetes, especialmente si eran nuevos, se olvidó de la conversación con su madre y fue con Lucy. No tardó ni una milésima de segundo en cogerle la mano y comenzar a hablar con ella sobre lo genial que era el tío Cillian. Estaba de más decir que eso hizo que el orgullo del hombre alcanzara cotas astronómicas.
-Odio que las consientas tanto. Vas a convertirlas en un par de malcriadas –Le reprochó Audrey, aunque sin mucho convencimiento. Conversaciones parecidas a esa habían tenido cientos y Cillian siempre decía que ellos nunca habían tenido ocasión de tener muchas cosas y que por ello a sus sobrinas nunca les faltaría de nada. Si eso las convertía en dos niñas mimadas, pues le parecía fantástico.
-Vamos. Deja que nos divirtamos un rato –Cillian le pasó un brazo por los hombros y la estrujó con fuerza- Además, ya está el aburrido de su padre para meterlas en vereda.
-En serio, Cillian. Eres incorregible.
Él se limitó a reírse. Tenía ya treinta y tantos años, pero en algunas cosas seguía siendo como un crío. Con el tiempo había terminado sus estudios de secundaria y con la ayuda de Stan había convertido su gusto por los asesinatos fingidos en un buen negocio, pero parecía ser incapaz de sentar cabeza. Se negaba a tener novia, le encantaba salir de fiesta cada vez que podía y era capaz de jugar como un niño cuando estaba con Molly y Lucy.
-No te quejes, anda. Si en el fondo te alegras de no tener que ser tú quién se gaste toda esa pasta. ¿O acaso crees que Percy es capaz de negarles algo a las niñas, con toda su seriedad y rigidez?
-Está bien. Haz lo que quieras. Pero cuando en casa no nos quepan más muñecos, tendrás que llevarte tú unos cuantos a la tuya.
-Eso está hecho –Cillian volvió a apretujarla, pero luego la soltó- Por cierto, no te creas que no me he dado cuenta de que te has pasado media película llorando.
Audrey iba a protestar, pero como sabía que no merecía la pena hacerlo se limitó a soltar un bufido. Cillian rió y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
-Me acuerdo de cuando fui a ver la primera parte de Toy Story. Tuve que hacerlo sola porque a mis compañeras de estudios no les apetecía nada hacerlo. –Dijo Audrey de sopetón, sintiendo un repentino ataque de nostalgia.
-Yo creo que en ese entonces estaba en la cárcel o huyendo de la poli, una de dos.
-Te eché un poco de menos porque tú siempre estabas dispuesto a acompañarme a todos sitios.
-Aunque encontrara tus aficiones un poco estúpidas.
Intercambiaron una mirada cómplice y Audrey terminó por agarrarse a su brazo. Habían pasado un montón de cosas juntos y era perfecto que de adultos pudieran seguir haciéndolo.
-Y esa manía tuya de ponerte a llorar por todo me sacaba de quicio, que lo sepas. –Comentó Cillian con burla.
-Y a mí me ponía de los nervios que tú siempre terminaras liándote a tortas con alguien. ¡Eras tan idiota! –Audrey lo miró un instante y frunció el ceño- Aunque, pensándolo bien, sigues siendo un gilipollas.
-¡Bah! Si hace siglos que no le parto la cara a nadie.
-Ni se te ocurra volver a hacerlo. Serías un terrible ejemplo para las niñas.
Cillian las miró. Molly sujetaba la mano de su hermana con un afán protector que nunca había visto en una niña de su edad y Lucy miraba a la mayor con admiración, como si cada palabra que decía fuera digna de ser alabada. El hombre sonrió y se dijo que no podría querer más a esas niñas ni siendo familia de verdad.
-Lo que sí puedo hacer es seguir malcriándolas todo lo que quiera. Además, Molly es mi ahijada y tengo que cuidar de ella.
-Creo recordar que un día dijiste que el deber de un padrino no era comprar regalos –Señaló Audrey mientras Cillian se alejaba un poco de ella.
-Eso era porque entonces estaba sin blanca. En serio, Audrey. Parece mentira que no me conozcas.
La joven chasqueó la lengua y negó con la cabeza. No había otra cosa que pudiera hacer.
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-Audrey. ¿Es que estamos en Navidad o algo? –Preguntó Percy con el ceño fruncido, viendo todo el follón que sus hijas tenían montado en el salón.
-Hemos ido al cine a ver esa peli que te comenté, Lucy le ha llorado un poco a Cillian y aquí tienes el resultado.
Dicho resultado eran un montón de cajas vacías, plásticos rotos y muñecos desperdigados por el salón. Molly estaba sentada sobre la alfombra, examinado todas las funciones de una especie de soldado espacial, mientras Lucy abrazaba un osito de peluche rosa. En cuanto vio a su padre, la pequeña corrió hacia él y se lanzó a sus brazos. Percy algunas veces había dicho que esa niña debía mostrar un comportamiento más adecuado, pero tampoco hacía mucho énfasis en ello porque le encantaba que Lucy saltara sobre él y le abrazara y besara.
-¡Mira, papá! ¡Huele a fresa!
En efecto, el osito olía a fresa. En cuanto Lucy volvió al suelo, empezó a coger todos los juguetes nuevos para enseñárselos a su padre.
-Mira, papá. Mira.
De alguna forma, Lucy consiguió explicarle a Percy todo lo que había hecho durante el día. Hablaba con el atropello de siempre, incapaz de ordenar sus pensamientos y expresarlos en condiciones.
-¿No es genial, papá? Molly y yo vamos a jugar durante toda la noche. ¿A que sí?
Molly miró a su hermana con seriedad. Entonces se encogió de hombros y le sonrió.
-Pues claro.
Lucy dio un saltito de emoción y se reunió con la mayor. Audrey aprovechó el momento para abrazar a su marido por la espalda y darle un beso en el cuello. Percy, que aún parecía un poco aturdido por la sorpresa recibida, cogió sus manos y se limitó a mirar a sus hijas.
-Esto si que no me lo esperaba.
Audrey fue a decir algo, pero en ese momento llamaron a la puerta. Ya era un poco tarde y le extrañó recibir una visita a esas horas, pero cuando comprobó que se trataba de Cillian lo recibió con total naturalidad. Traía una bolsa de basura negra llena de cosas.
-Menudo jaleo tenéis montado aquí –Dijo en cuanto le echó un vistazo a la sala de estar.
-Por tu culpa no podré dormir en toda la noche –Comentó Percy con mal fingida hostilidad.
-No sabes cuánta pena me das, Weasley.
-¡Tío Cillian! –Gritaron las niñas al unísono, yendo hacia él y abrazándose a sus piernas.
-Hola, niñas. ¿Habéis probado ya vuestros juguetes nuevos?
-¡Sí! –Exclamó Lucy con emoción. Entonces miró la bolsa- ¿Nos has traído más cosas?
Era lo normal. Cada vez que el tío Cillian iba a visitarlas les llevaba algún regalo, aunque fuera una bolsa de caramelos, pero en esa ocasión negó con la cabeza.
-Son regalos para mamá.
-¡Oh!
La pequeña pareció levemente decepcionada, hasta que se acordó de que tenía un montón de cosas nuevas y volvió con Molly para seguir jugando. Entonces Cillian se volvió hacia Audrey, colocó la bolsa sobre la mesa y procuró darle a todo el tema un aire misterioso.
-He estado rebuscando entre las cosas viejas que guardo en casa y he encontrado algo que te podría interesar.
Audrey lo observó con curiosidad. Percy decidió que eso eran cosas de ellos dos y se fue con las niñas para ver si lo dejaban participar en los juegos que se habían montado. Cillian sacó entonces una pelota de fútbol del saco negro y se la tendió a su amiga. Estaba llena de dibujos un poco descoloridos y la joven no tardó en reconocerlos.
-No me puedo creer que conserves la pelota.
Cillian sólo se encogió de hombros. Aunque no lo pareciera, él también podía ser un tipo sentimental si quería.
-Te recuerdo que era MI pelota. Me costó un montón de peleas protegerla de los otros niños.
-Lo recuerdo. Eras un bestia.
Cillian sonrió y siguió sacando cosas. Un camión de bomberos, un par de muñecas de trapo y una colección de ranas Gustavo de peluche. Audrey se fue sintiendo cada vez más conmovida y se dijo que Cillian realmente la había tenido muy engañada durante todos esos años.
-Has guardado todo esto. Es increíble.
Él se pasó la mano por el pelo con algo de embarazo, como si le avergonzara haber hecho tal cosa. Pero Audrey lo entendía. Ella ahora tenía una familia propia, pero Cillian sólo la había tenido a ella y debía resultarle difícil deshacerse de todos los recuerdos.
-He pensado que a las niñas podrían gustarles.
-¿Bromeas? Si les damos todo esto terminarán rompiéndolo.
-Pero si ellas nunca rompen nada, Audrey. Y si lo hacen, tu marido siempre lo arregla con un movimiento de varita.
-Ya, pero yo creo que es mejor que lo disfrutemos nosotros. ¿No? –Audrey sonrió ampliamente, cogiendo una de las viejas muñecas de trapo.
-¿No pretenderás que nos pongamos a jugar ahora? Y luego me dices que soy como un niño.
-La verdad es que me apetece echar un partido. ¿Nos vamos al parque?
Cillian parpadeó, miró todas aquellas cosas y afirmó con la cabeza. Audrey agarró el balón con decisión y alzó un poco la voz.
-¡Ey, Percy! Te quedas al cargo de las niñas. Cillian y yo vamos a jugar al fútbol.
Percy los miró con cara rara y se encogió de hombros.
-Vale. No nos hacéis ninguna falta. ¿Verdad, niñas?
-¡Papá es guay! –Manifestó Lucy, dando a entender que con él se bastaban para pasárselo genial.
-Bien. Hasta luego, entonces.
Audrey y Cillian se fueron de la casa. Percy miró todos los juguetes viejos y se dijo que una película podía hacer que la gente se comportara de forma extraña. Le alegró descubrir aquella nueva faceta de Cillian y pensó que tal vez podría utilizarla durante alguno de sus combates verbales. Nunca estaba de más tener nuevas armas a tu alcance.
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Hola a todos. Aquí os traigo un nuevo capítulo. No ha habido mucho Audrey/Percy, pero sí que he retomado a Cillian un poco más en serio, que últimamente lo tenía un poco abandonado :)
La idea me vino después de ver Toy Story 3. Reconozco que me inflé a llorar, pero es que estos de la Pixar hacen las cosas a mala leche. Porque, vamos, en las tres últimas pelis que he visto de ellos (Toy Story 3, Up y Wall-e) he salido del cine con los ojos hinchados. No tienen perdón.
En fin. Espero que os haya gustado. Y no os olvidéis de vuestros juguetes aunque tengáis veintitantos años como yo ;P. Besos.
Cris Snape
