Capitulo 10

Cuando regresó de la habitación, llevaba puesta su bata de seda. Se sentó junto a mí en el sofá y me sonrió de forma bastante sensual. Olía a algo distinto, una fragancia no muy fuerte pero sí embriagadora.

—¿Qué es? —le pregunté, mientras enterraba la cara en su pelo y permitía que aquella fragancia inundara mis pulmones.

—Es mi perfume —dijo—. Me lo preparan en París.

—¿En París?

—Parece un lujo, pero en realidad no lo es tanto. Hay miles de mujeres que hacen lo mismo. A veces cojo un avión y me voy a París, cuando quiero... —dudó un instante, en busca de las palabras adecuadas— cuando quiero estar sola. —Después de la escenita del restaurante, entendí perfectamente a qué se refería

—Ven aquí —me susurró, sin titubear. Se acostó sobre mí y las dos nos dejamos caer en el sofá. La fragancia de su perfume y de su cuerpo se colaba por todos mis poros. Me empezó a dar vueltas la cabeza y casi me quedé sin aliento.

—¿Qué lleva tu perfume? —le pregunté, un poco atontada.

—Es un secreto. —No estaba dispuesta a darme más información.

—Si quieres seducirme, no necesitas ninguna ayuda —dije, aún aturdida—. Estoy loca por ti.

—Ya lo sé. —Me acariciaba muy despacio, con ternura y amor—. Pero así es aún mucho mejor. Seguramente, sabía lo que hacía mucho mejor que yo, así que confié plenamente en ella. Sus manos recorrieron todo mi cuerpo, su fragancia acarició cada centímetro de mi piel y su boca... bueno, no sé dónde estaba, pero me excitaba y me torturaba al mismo tiempo. De repente, el sofá me pareció muy estrecho y así se lo hice saber cuándo ella levantó la cabeza, entre beso y beso, para respirar. Sonrió y pasó el brazo por detrás de mí.

—Eso tiene solución —dijo, y empujó hacia atrás el respaldo del sofá. Contuve la respiración al empezar a caer de espaldas, pero la tapicería paró el golpe.

—¡Cielos! —jadeé, casi sin habla.

—Ajá —prometió, satisfecha—. Ahí es donde vas a llegar muy pronto, espero. Se inclinó de nuevo sobre mí y noté sus manos por todo mi cuerpo, seguidas muy de cerca por su boca. Me retorcí de placer.

¡Menos mal que el sofá ahora sí era lo bastante grande! Me desnudó hábilmente y sin perder tiempo. La rodeé con los brazos y la atraje hacia mí. La seda de su bata, fresca y suave, contribuyó a excitarme aún más... ¿o era de nuevo su perfume? Al cabo de un rato, deshizo el nudo de su cinturón y se tumbó desnuda sobre mí. La bata de seda cayó sobre nosotras, como si fuera una tienda de campaña. Acaricié sus pechos y su piel con mucha pasión.

—Es maravilloso —dije, entre gemidos. Ella seguía sobre mí, y me tapaba con su adorable cuerpo como si fuera una manta cálida y suave. Siguió subiendo hasta llegar a la altura de mi boca y me besó.

—Sí —murmuró— y así es como debe ser. Quiero que sea una experiencia única para ti. —Me besó, cada vez más excitada. Su lengua era puro fuego en mi boca. Me costaba un gran esfuerzo respirar y, sin embargo, lo único que quería era que me abrasara con su fuego. Muy despacio y con mucho cuidado, se alejó de mi boca.

—¡Oh, no! —protesté, aunque débilmente. Ella acercó los labios a mi oreja.

—Sólo tengo una lengua, cariño —me susurró, en un tono de lo más sensual. Después empezó a descender por mi cuerpo, tan despacio que se me antojó una tortura. Sobre mi piel se iban formando lagos de lava ardiente. Y de repente, una idea cruzó por mi cabeza. ¿Cariño? ¿Me había llamado "cariño"? Antes de eso, sólo me había llamado (si es que me había llamado algo) "cielo" y, seguramente, era lo mismo que les decía a todas. Desde luego, no sonaba ni tierno ni cariñoso. Pero ahora... ¿Cariño? Me erguí un poco y gemí en voz alta. Su lengua me convertía en un simple objeto de deseo, sin capacidad alguna de decisión. Se adueñó completamente de mí y yo me sentí incapaz de aguantar un minuto más.

—Por favor —dije—, no puedo más... —ella siguió acariciándome y besándome en distintos sitios al mismo tiempo. ¿Cómo lo hace?, me pregunté, antes de entregarme por completo a ella. En ese momento, habría hecho cualquier cosa que ella me hubiera pedido, pues me estaba llevando a un cielo de lujurioso placer. No sabría decir cuánto tiempo duró. Mientras permanecía allí inmóvil, tratando de recuperar la respiración, detecté a través de mis párpados entrecerrados la forma en que ella me estaba observando, su mirada era muy diferente . No encontré las palabras para definirla. Con cualquier otra mujer, habría pensado que eran ojos de amor... Pero ella no era cualquier otra mujer. Ella era ella. "Habrá sido la pasión del momento" —pensé—. Es lo normal: en momentos así, una siempre es propensa a dejarse llevar por la imaginación. Seguramente, será sólo eso"

…..

Me desperté con la mente llena de pensamientos agradables. En todas y cada una de las fibras de mi cuerpo quedaban aún rescoldos de la pasión de la noche anterior. Me ardían los pechos y entre las piernas seguía notando palpitaciones. Había oído hablar de sustancias que potenciaban la excitación sexual, pero tanto... ¡Y sólo con un perfume! Sin embargo, esa no era la causa; la causa era ella, que había despertado en mí tantos sentimientos. Lo único que tenía que hacer era pensar en ella y me entraba un cosquilleo. Me di la vuelta y me desperecé a mis anchas. Estaba sola en el sofá cama y ella me había tapado. Noté una pequeña punzada de resentimiento: en cierta manera, me habría gustado encontrarla a mi lado al despertar. Y sin embargo... ¿por qué iba a estar allí? El sol brillaba intensamente a través de los cristales de la ventana y proyectaba sombras sobre el suelo de linóleo. Así pues, no era precisamente temprano

—¿Dónde estará?, me pregunté. El apartamento permanecía en silencio, no se oía ni un solo ruido. Eché un vistazo a mi alrededor, un poco enfadada. ¿Acaso también "acudía a domicilio"? A pesar de los celos, me eché a reír, pues me costaba imaginarlo. Y en el caso de que acudiera a domicilio, seguramente no lo haría tan temprano. Aun así, me quedó un rastro de incertidumbre. Oí el ruido de la llave en la cerradura. Un segundo después, entró y de inmediato dirigió la vista hacia el sofá. Cuando vio que yo seguía allí, me sonrió con dulzura.

—Hola —dijo, con una voz sedosa que le había oído en muy pocas ocasiones. De hecho, sólo se la había oído en la cama y cada vez que me hablaba con esa voz, yo me convertía en una romántica incorregible con la columna vertebral hecha de gelatina. Bueno, Probablemente ya era una romántica incorregible. Esta vez también funcionó la voz y de inmediato me invadió una cálida sensación de ternura. Llevaba una bolsa de papel entre los brazos y se dirigió a la cocina.

—He ido a hacer la compra —dijo mientras se alejaba, hablando en mi dirección. Sonrió a modo de disculpa—. Para empezar, no soy una gran cocinera, pero la verdad es que no tenía nada de nada en casa.

De repente se me ocurrió que jamás había pensado en ella como en alguien que también dedica tiempo a actividades tan cotidianas como hacer la compra, pero claro, hasta ella tendría que hacer de vez en cuando cosas "normales". Ni siquiera ella podía pasarse todo el día tumbada en la cama. Esa idea me provocó otra oleada de excitación Sexual. "No es justo —pensé—, tampoco es que se pase la mayor parte del tiempo tumbada". "¡Y esa idea es bastante frívola!",

Regresó de la cocina y se detuvo a pocos pasos del sofá.

—¿Quieres algo? —me preguntó, convertida en la anfitriona perfecta—. "¿Para recuperar las fuerzas?", estuve a punto de preguntar, pero luego me contuve. La miré.

—Sí —dije, sin mala intención—, a ti. — Ella bajó la vista. "¿Me he pasado?", pensé. Pero entonces entreví su cara desde abajo

—.¡Te has ruborizado! —Estaba tan sorprendida que se me escapó.

—Sí. —Ella levantó la vista—. ¿Es que no puedo? —Se había puesto ligeramente a la defensiva.

—¡Sí, claro que sí! —Dije, tratando de reparar mi error—, es sólo que me resulta... —me tragué la emoción que sentía— encantador.

—Hacía mucho tiempo que no me decían algo así —confesó, con dulzura. El nudo que se me había hecho en la garganta se resistía a bajar. ¿Cómo era posible que ella estuviera allí, frente a mí, y fuera capaz de poner mi mundo patas arriba? La deseaba, quería que fuese Solo mía para siempre. Y esa era la trampa. Me despejé de golpe, me envolví con la manta y me puse en pie.

—¿Te importa si me ducho aquí? —le pregunté. Se dio cuenta del cambio que se había producido.

—No, claro que no —dijo, con un leve titubeo—. Está todo a tu disposición. Decirlo de aquella manera complicaba aún más las cosas. Eso era exactamente lo que me había dicho la última vez, cuando... No, no quería pensar en eso. Me arrebujé en la manta y me dirigí al baño. Cuando pasé junto a ella, me sonrió de nuevo, con un gesto un tanto risueño. Seguramente, lo que tendría que haber hecho era pasar desnuda a su lado, pero no me sentí capaz. La ducha me fue La ducha me fue bien. Bajo el chorro caliente olvidé, momentáneamente, mi nerviosismo. Al cabo de un rato, cerré el grifo, aunque a regañadientes. No me había traído la ropa, lo cual significaba que tendría que volver a buscarla. ¡Qué ridículo, por favor! ¿Qué tenía que hacer ahora? ¿Pasearme desnuda delante de ella? Me envolví otra vez en la manta y regresé a la habitación. Acababa de encender un cigarrillo y estaba mirando por la ventana.

Cuando me oyó, se giró. Estaba muy seria, pero en su rostro apareció una expresión risueña al verme otra vez envuelta en la manta. Recogí la ropa y me dirigí de nuevo hacia el cuarto de baño.

—Si quieres, me doy la vuelta — comentó, en un tono ciertamente alegre.

—Bueno, vale —repliqué, desalentada—. Si quieres mirar, mira.

—Dejé caer la manta a un lado y empecé a vestirme. No la miré, pero habría jurado que se portó bien. Cuando terminé, miré de nuevo hacia donde estaba ella—. ¿Ya estás contenta?

—Sí —dijo—, totalmente. —Parecía como si le hubiera costado un gran esfuerzo controlarse y, evidentemente, mi comportamiento le parecía de lo más divertido. Yo no lo veía de la misma manera, la verdad.

—Si lo que quieres es reírte de mí, lo mejor será que me vaya —gruñí, un poco enfadada.

—No me estoy riendo de ti —prosiguió, con seriedad—, pero no acabo de entender qué está pasando. Y yo no era capaz de explicárselo, pues bastante trabajo me costaba a mí entenderlo.

—Bueno, no me hagas caso... — repliqué, en un tono desenfadado—, a veces me comporto como una tonta.

—¿De verdad? No me había dado cuenta —comentó, con aire burlón. Si yo a veces no era capaz de entenderla, tal vez a ella le sucedía lo mismo. Me acerqué a ella, que seguía junto a la ventana.

—Te he echado de menos —dije con ternura. Ahora que se me había pasado el enfado, su presencia y su infinita dulzura se apoderaban otra vez de mí. Se volvió para mirar por la ventana.

¿Me estaba acercando demasiado? No tenía ni idea. De todas formas, ella debía de estar acostumbrada a recibir piropos de cualquier clase... ¿O quizás no? ¿Cómo no iba estarlo, con tantas mujeres a su alrededor? Sin embargo, no era esa cuestión la que más me apetecía analizar en esos momentos. La rodeé con los brazos y ella se apoyó en mí suavemente. Estuvimos un rato mirando por la ventana y pensé que eso era todo lo que quería de ella: que estuviera allí. No sé cuánto tiempo permanecimos allí abrazadas, pero en toda mi vida jamás había deseado hacer otra cosa.

En un momento determinado dejé caer la cabeza, que ya empezaba a pesarme un poco, y apoyé mi barbilla en su cabeza .

—Me gustaría besarte en la nuca — susurré, en tono romántico—, pero eres mas baja que yo, Ella suspiró.

—. Si quieres, me alzo de puntitas —se ofreció. Era justo lo que yo esperaba. Sencillamente, no era capaz de superarlo.

—¿Te gustaría hacerlo? ¿Te parece divertido? —le pregunté, en tono solemne.

—¿Divertido? —Parecía muy confundida. Evidentemente, no se le había ocurrido la idea de que aquello pudiera ser divertido. Al menos, para ella no lo era.

—Sí, divertirse, ya sabes, ese motivo tan tonto por el cual una persona charla con otra, sale . ¡Para divertirse!

—Sí, claro —me miró como me miraría un niño a quien acabara de proponerle algo que no hubiese entendido del todo.

—¿Y entonces? ¿Te habría divertido alzarte de puntitas delante de mí?

—No —dijo en voz baja, como si esperara que yo le diera una gran bofetada por haber contestado así. Su dominio había desaparecido por completo podría jurar que tenía miedo de mi reacción en ese momento.

—Entonces... ¿por qué te has ofrecido? —le pregunté, tan amablemente como pude.

—Porque yo pensaba que te... — respondió, como si fuera facilísimo de entender.

—¡Exacto! —dije—. Porque pensabas que me gustaría.

—Pero has dicho que...

—He dicho que me gustaría besarte en la nuca, y todavía quiero hacerlo. De vez en cuando me dan estos ataques con las mujeres a las que... —Me mordí la lengua justo a tiempo— aprecio , termine de decir Dio tres pasos a la izquierda, hacia la otra ventana

—. Discúlpame. —Enfatizó la insignificancia de aquel error con un ademán despreocupado—. Es que estoy tan acostumbrada...

—¡Pues eso es lo malo! —exclamé—. Estás tan acostumbrada a obedecer los deseos de otras personas que te has olvidado de los tuyos. —Eso sí que lo entendió a la primera, no me cabe duda.

—Sí, sí. —No se tomó muy en serio mi observación—. Pero no es exactamente así, tampoco hace falta que exageres.

— ¿Exagerar? ¿Yo?

—. Ya sé lo que quieres decir. —Me miró y prosiguió con tranquilidad,seguramente en un intento de dar por finalizada aquella conversación

—. Pero en mi trabajo, mis deseos son lo último que se tiene en cuenta.

Era una explicación sencilla que, aparentemente, le bastaba. La había aceptado y vivía de acuerdo con ella. Y sus clientas también la habían aceptado. Un hecho consumado. ¿Acaso no tenía otros deseos? ¿Y sus clientas? ¿No había entre ellas ninguna que, como yo, quisiera saber más, que quisiera conocer las penas y alegrías de la mujer que se ocultaba tras la máscara, y que se lo preguntara? Había llegado de nuevo a ese punto en el que me daba cuenta de lo extraño que me resultaba su mundo.

—¿Nunca te preguntan...? —Lo inusual de la situación me había impulsado a formular la pregunta. Se echó a reír con desdén.

—Claro que sí, de vez en cuando. Pero en realidad no quieren saberlo. Y sólo preguntan de vez en cuando, sobre todo al principio.

—¿Y tú no les hablas de esas cosas?

—No, por supuesto que no. Ninguna prostituta lo hace. —Sí, exacto, ese era el motivo: que yo aún no la veía como a una prostituta. Me encogí de hombros, en un gesto de resignación.

—Lo siento —dije—, no pretendía … es que no lo entiendo, me resulta muy extraño. Después de todo, son mujeres...¿No te dicen nunca nada un poco... —¿cómo expresar, sin decirlo directamente, lo que para mí era tan fácil de entender? Las palabras cariñosas no me llevarían a ninguna parte, porque ella se aislaría igualmente— un poco alentador? —concluí vagamente.

—Ah, sí, claro. —Se echó a reír con amargura—. Eso sí que lo hacen.

Ahora sí que ya no entendía nada. O sea, que sí.

—¿Pero qué?

—¿Qué me dicen? —Me obsequió con una sonrisa glacial—.A veces me dicen "Eres muy buena, nadie me la come como tu". La observé sin entender y ella me respondió en consecuencia.

—¿Te parece que no está bien? Es cierto. —Dio unos pasos más hacia mí, cruzó los brazos y me devolvió la mirada—.¿Quieres oír más cosas? —En realidad no quería, pero estaba claro que se trataba de una pregunta retórica —. A veces —prosiguió, sin darme un respiro— también me dicen: "He disfrutado muchísimo contigo". No quería seguir escuchando, pues me estaba convirtiendo en una especie de entrometida pero se estaba abriendo a mi y agradecía su confianza. Sin embargo, ahora que había empezado no parecía dispuesta a callar.

—A veces hacen comparaciones y me dicen cosas como: "Tú follas mejor que la puta del times square ha de ser porque eres latina", o me meten mano entre las piernas a la hora de pagar y me dicen: "Eres toda una cachonda... me gustó mucho".

—¡Basta! —no lo soportaba más. Ella siguió contemplándome con frialdad.

—Pues eso no es nada. ¿Te parece lo bastante alentador?

—Dios mío —dije—, son mujeres.

—Sí —dijo, con indiferencia—, son mujeres. Pero me pagan y, simplemente por eso, esperan divertirse un poco, ¿no? —Me hablaba con tanta amargura que sus palabras casi me producían dolor físico.

Poco a poco, empecé a entender. Tantas humillaciones, tanto desprecio... ¿Cuánto tiempo hacía que lo soportaba? En realidad, daba lo mismo. A mí no me habría gustado tener que soportarlo ni una sola vez y, seguramente, no habría podido pero ella todo lo hacia por su familia . De ahí era de donde procedían su insensibilidad y su indiferencia: no le importaba recibir todo aquello por el simple hecho de no verle mas la cara a la pobreza y que su familia tuvieran lujos . Ahora había vuelto a encerrarse en sí misma y parecía una auténtica fortaleza de piedra.

Todo era culpa de las otras mujeres. La rabia me asaltó con tanta violencia que sentí ganas de vomitar, pero entonces noté el frío en mi interior. No, no era culpa de ellas, era culpa mía., Así ella no me cobrara, sé que no soy solo una clienta pero Yo le había preguntado, así que yo no era mejor que ellas, sino todo lo contrario: era la peor de todas, pues ella había confiado en mí contándome muchas cosas de su vida , al menos hasta cierto punto. Por lo menos, podría haberme esforzado en no hacerle más daño al seguir preguntado , pero ahora ya era demasiado tarde y lo único que podía hacer era marcharme. Quedándome sólo empeoraba las cosas. La soga que llevaba al cuello me apretaba cada vez más, me costaba tragar y me sentía paralizada.

Allí estaba ella, de pie, como una montaña de helado desprecio. Tenía miedo de dejarla sola. Pero tenía que irme. Quedarme sólo serviría para seguir recordándole el dolor y los insultos. Me obligué a tomar una decisión.

—Tengo que irme santana —dije. La miré, pero ella tenía la vista perdida en el espacio. Ni conseguí que se despidiera de mí, ni fui capaz de decirle nada. Di media vuelta y me dirigí a la puerta con paso vacilante, primero un pie y luego el otro. Cuando llegué, apoyé la mano en el pomo. Ella seguía sin decir nada. Abrí la puerta y me giré. Seguía allí, inmóvil, como si ya no tuviera vida. No me miró, y yo cerré la puerta después de salir .

[continuara…]

chicas esperos sus reviews .. *-*

mcmahonnn1

#MiReinadelanoche