Capítulo 11: Ganar para vivir
El día laboral había llegado a su fin y después de organizar un poco el interior de la florería y dejar algunas cosas listas para el día siguiente, Sango y Kagome decidieron pasar un tiempo de calidad entre amigas, tomándose una taza de café, acompañado de un rico postre. Entre risas y bromas inocentes, las chicas mantuvieron una conversación de lo más trivial, remembrando también acontecimientos del día, tal como la infalible visita de Miroku, que se pasó brevemente a saludar a la bella Sango (y propasarse con ella a la primera oportunidad, como siempre), así como también la total ausencia de InuYasha.
Por más que Kagome trató de fingir y desviar la dirección de sus pensamientos, fue inevitable no invocar aquellos particulares ojos dorados en su mente y recordar el masculino rostro del hombre. Aunque realmente lo echaba de menos, no podía negar que también estaba preocupada por él. Y, no era para menos; desde el domingo no había vuelto a saber de él ni por mera casualidad. Tres días sin dar alguna señal de vida, ¿no era demasiado? Tal vez, le había ocurrido algo y estaba en alguna parte necesitado de ayuda. ¿Qué tal si su jefe lo había despedido o, peor aún, había tenido algún accidente de trabajo?
Kagome suspiró mentalmente, sacudiendo todas esas negativas ideas de su cabeza. Quizás, sólo estaba exagerando y su propio anhelo por volver a ver a InuYasha le estaba haciendo una mala jugada. Ni siquiera ella se sentía del todo segura del porqué de su ansiedad, pero no había razón alguna para inquietarse realmente, ¿o sí? Seguramente, el trabajo tenía a InuYasha muy ocupado como para permitirle visitarla, eso era todo.
Después de un par de amenas horas en compañía de su mejor amiga, Kagome finalmente se despidió de ella y se encaminó hacia su casa, en donde al llegar a las largas escaleras del templo Higurashi, vio a su madre. La mujer llevaba varias bolsas pesadas con compras en sus manos, por lo que la azabache corrió a ayudarla. Ingresando finalmente a la casa, las dos mujeres dejaron las cosas sobre la mesa de la cocina, comenzando a ordenar y organizar todo.
—Oh, qué bonito collar. No te lo había visto —comentó la señora Higurashi, examinando un poco más de cerca la perla de fantasía, que pendía de una fina cadena de plata en el cuello de su hija.
—¿Eh? Ah, la perla Shikon… pensé que te la había mostrado —indicó la azabache, saliendo de su momentáneo ensimismamiento. Instintivamente, acarició la violácea esfera de cristal sobre su pecho, trayendo a su memoria a cierta persona en específico—. Fue un obsequio.
—¿Si? ¿De alguien especial? ¿Tu novio, tal vez? —preguntó la mujer de cortos cabellos, atenta a la venidera respuesta. Era natural que como madre sintiera curiosidad por las relaciones que pudiera tener su hija, aunque intentara respetar su espacio y privacidad.
—¡¿Qué?! No, claro que no. Es sólo… un amigo —respondió la joven de manera apresurada, sonrojándose levemente. Si bien sentía cierto tipo de atracción por ese alguien, ellos llevaban poco tiempo de conocerse, por lo que no tenían ese tipo de relación… aún. No estaba mintiendo en todo caso—. La perla fue un premio de un concurso en el parque de diversiones —explicó rápidamente, no queriendo causar malos entendidos.
—Entiendo. Pues fue un muy lindo detalle el regalártela —comentó la señora Higurashi con calma, creyendo tener una corazonada que auguraba el pronto enamoramiento de su hija—. Se nota que es un chico muy atento.
—Sí, aunque al principio no hablaba mucho y se mantenía al margen de todo. Era como si… ¿cómo si huyera o escondiera algo? —Dijo algo pensativa. Sin darle demasiada importancia al asunto, continuó con la descripción del susodicho, sin interrupciones—. Bueno, era de esperarse, pues nuestros primeros encuentros fueron totalmente casuales. De hecho, el día que lo conocí, él… —estando a punto de revelar su casi atropellamiento, la joven se mordió la lengua, considerando que sería mejor omitir ese detalle para no asustar innecesariamente a su madre—, nos chocamos y él me salvó de una fea caída. Es curioso cómo llegamos a conocer a nuevas personas, ¿no? Como sea, a raíz de esos encuentros furtivos, se ha abierto un poco más a mí y Sango. Es más, creo que nos hemos hecho buenos amigos y… ¡Oh, incluso Miroku se lleva muy bien con él!
—Parece ser una persona muy agradable —comentó la progenitora, riendo divertida debido al entusiasmo de su hija—. ¿Por qué no lo invitas a cenar?
—¡¿Qué?! ¿A cenar? —repitió la joven, ciertamente sorprendida por la inesperada propuesta de su madre, aunque no le pareció mala idea tampoco. De hecho, ya lo había considerado antes—. ¿T-tú crees que le gustaría venir? —Inquirió tímidamente, sintiéndose como una adolescente.
—Claro, ¿por qué no? Le puedes decir que lo invitas en agradecimiento por el pequeño regalo y no podrá negarse —dijo la mujer, esbozando una amable sonrisa para darle confianza a su hija—. Le prepararé algo delicioso.
—¿De verdad? —inconscientemente, los ojos de la azabache brillaron con ilusión, detalle que no pasó desapercibido por su madre.
—Sabes que tus amigos siempre serán bienvenidos. Sólo dime el día para ir a comprar las provisiones necesarias.
—¡Eres la mejor!
Con un fuerte abrazo, Kagome se lanzó sobre su madre con entusiasmo, reconociendo que no había ninguna igual a ella en todo el mundo. Cuánto agradecía tener a una mujer tan excepcional como progenitora, pudiendo siempre contar con su apoyo, amor y confianza. Y, mientras pensaba en eso, una curiosa cabeza se asomó en la entrada de la cocina.
—¿Tendremos un invitado? —La voz del abuelo sorprendió a las dos mujeres, interrumpiendo la pequeña demostración de afecto entre madre e hija—. ¿Quién vendrá?
—Ah, pues un am…
—¿Mi hermana ya tiene novio? —intervino Sôta, el hermano menor de Kagome, apareciendo también de la nada, antes que la azabache pudiera responder debidamente.
—¿Qué? ¡No, él no es mi…!
—¡Genial, al fin habrá otro hombre a parte de mí en casa! —se entusiasmó el adolescente de catorce años, no permitiéndole dar explicaciones a su desesperada hermana mayor.
—¿Otro hombre? ¿Y yo estoy pintado o qué? —reclamó el abuelo, iniciando una absurda discusión en la cual parecían sólo participar él y Sôta.
—Tú no sabes jugar videojuegos, así que es lo mismo que nada.
—Esas cosas sólo atrofian a la juventud de hoy en día. No hay nada como salir al aire libre y ejercitar el cuerpo —prosiguió el anciano, exponiendo su faceta de sabio—. Además, ¿cómo sabes si el novio de Kagome siquiera conoce algo de esos videojuegos?
—¡Qué no es mi novio! —exclamó la ignorada azabache, no siendo escuchada por ninguno de los dos.
—Cualquier hombre que se respete, sabrá jugar aunque sea por instinto natural y si no… yo le enseñaré.
—¡Qué malo eres! ¿Y a mí, por qué nunca me enseñaste?
La señora Higurashi soltó una risita, completamente divertida por el infantil escenario. Las discusiones sin sentido entre el abuelo y Sôta solían ser bastante comunes, aunque era nuevo ver a Kagome en medio, tratando de ser escuchada y explicar la relación con su "amigo-no-novio".
—Comenzaré a preparar la cena —anunció la señora, naturalmente, siendo ignorada por todos.
Sí, nada como una noche amena en familia, con mucho ruido, y claro, con continuas demostraciones de afecto entre gritos, reclamos y suposiciones salidas de la nada.
—Te ayudo, mamá —concluyó la azabache con un suspiro, soltando la bandera blanca de rendición. Intentar hablar con su hermano o abuelo, simplemente, era imposible—. Oh…
Justo en el momento en que Kagome se giró para abandonar la discusión, la cadena plateada de su cuello se soltó y la perla cayó inesperadamente al suelo. Desconcertada, la joven detuvo sus pasos y observó la violácea esfera desde su sitio por unos segundos, antes de recogerla. Una extraña sensación se alojó en su pecho, como si aquel simple acontecimiento le estuviera advirtiendo de un mal presagio. ¡Pero qué tonterías! Eso era absurdo, aunque…
«InuYasha…»
Inevitablemente, la azabache invocó el nombre del oji-dorado en su mente y apretó la perla Shikon fuertemente contra su pecho. Desde el fondo de su corazón rogó que, donde quiera que estuviera en estos momentos, estuviera a salvo.
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El duro impacto contra su espalda le envió una fuerte descarga de dolor a todo el cuerpo, quitándole el aliento. La estranguladora presión que su brutal oponente estaba ejerciendo sobre su cuello al mismo tiempo, no le permitió inhalar el oxígeno que desesperadamente necesitaba. Las paredes de su garganta estaban siendo oprimidas al punto de amenazar con cerrarse para siempre y romperse a su paso, dividiendo la cabeza de su cuerpo. O al menos, esa fue la sensación que el oji-dorado tuvo al enfrentarse a la inminente muerte.
Con desesperación, InuYasha se aferró al brazo de su opresor con ambas manos, y trató con todas sus fuerzas soltarse, pero todo esfuerzo pareció inútil en cuánto un nuevo golpe en su abdomen le arrancó un gemido de dolor. Incapaz de defenderse o siquiera respirar, el joven Taishô sintió su final cerca. Su vista comenzó a nublarse paulatinamente y sus energías fueron decayendo a causa del estrangulamiento.
Tan sólo habían transcurrido ocho minutos desde que la feroz pelea había comenzado y todas sus esperanzas de ganar ya se habían desvanecido. Tal fue el ataque que ni siquiera había sido capaz de alcanzar algún arma de la parte superior para pelear debidamente y tratar de nivelar un poco su desventajosa situación.
¿Qué estaba pasando? ¡Esto no se supone debía ser así! ¿Por qué? Por más que lo pensara, no recordaba haber tenido a Ryûkotsusei como oponente, mucho menos recordaba haber tomado parte de un combate a muerte como lo estaba teniendo ahora. ¿Acaso el temible Onigumo de esta dimensión era diferente al que él escasamente había conocido anteriormente? ¡Esto estaba muy mal!
El gran puño de su oponente se hundió una vez más en la boca de su estómago con brutal fuerza y en esta ocasión, dejando a InuYasha con la dolorosa sensación de haberle reventado los intestinos por dentro. El metálico sabor a sangre se dejó saborear en su boca, no tardando demasiado para colarse por la abertura de su boca. Si continuaba así, sin duda moriría, pero…
¡No podía perder! ¡No debía! ¿Qué sería de Kagome si moría ahora? ¡Debía protegerla hasta el final!
«Kagome…»
La mente de InuYasha invocó automáticamente el rostro de la joven mujer, en busca de una fuente de energía inexistente, mientras deseaba con todo su ser, poder estar con ella en estos momentos. Sin embargo, sus pensamientos se vieron extrañamente interrumpidos por una voz muy tenue y siniestra, la cual se introdujo disimuladamente en su mente, queriendo extinguir cualquier chispita de esperanza que pudiera albergarse en su interior.
—¿De qué sirve luchar? —fue el susurró que escuchó el oji-dorado a lo lejos, creyendo que, tal vez, podría tratarse de su débil sub-consciente—. ¿En verdad vale la pena tanto sufrimiento para unos milésimos e insignificantes instantes de felicidad? Piénsalo. La orden de Onigumo fue muy clara: Perder para ser libre y para ser libre, debes morir; así de simple. ¿Hay acaso otra alternativa? No, porque vivir de todas maneras significa la muerte —continuó aquella voz, encubierta de manera sutil—. ¿Qué harás? ¿No crees que sea más fácil dejarse llevar y no resistirse al destino ya trazado? Sólo ríndete…
De pronto, el casi inquebrantable deseo de luchar contra la feroz corriente que, evidentemente, estaba arrastrando al joven Taishô a los confines de la muerte, encontraron un punto de resignación en el fondo de su corazón. Pensamientos deprimentes invadieron la turbada mente del hombre, como si su espíritu hubiese sido atado y obligado a reposar por una invisible fuerza maligna y controladora.
¿Sería ésta su condena por haber intentado cambiar aquel trágico pasado de sus tortuosos recuerdos? Si desaparecía ahora sin dejar rastro, posiblemente, su amada jamás sufriría por su causa; ni siquiera lo recordaría... como si nunca hubiese existido. Tampoco habría ninguna clase de peligro, asechándola. Ella sería feliz. Sí, feliz probablemente con alguien más y aunque en un inicio se había rehusado rotundamente a aceptar la posibilidad de que sus destinos tomaran caminos separados, en estos momentos, parecía ser una buena idea. De todas formas, iba a morir allí, así que, ¿qué caso tenía ya? Ser egoísta no servía de nada y mientras ella estuviera a salvo, todo lo demás no importaba. Si él no estaba cerca, ella estaría bien.
—Tu querida Kagome ni siquiera sabe por lo que estás pasando… ¿en verdad crees que siquiera valore tu sacrificio? De nada sirve volver a vivir todo esto, pues de todas formas no lo lograrás. Ríndete ahora y olvídate de todo. Si abandonas ahora, podrás reposar al fin y no tendrás que pasar por más penurias.
«Kagome… ¿Tal vez, esto sea lo mejor?»
Perdiendo toda voluntad, InuYasha dejó caer sus extremidades y cerró los ojos, dejándose sumergir en un estado de semi-inconsciencia, rindiéndose a su nuevo destino autoimpuesto por aquellas hipnóticas palabras susurrantes. Todo se puso oscuro y la algarabía del público entorno al escenario se volvió distante a sus oídos. El dolor físico continuaba allí, pero de alguna manera, éste parecía haber perdido la inicial importancia que lo impulsaba a aferrarse a la vida. Y, entonces, el tiempo se detuvo.
—InuYasha…
El dulce timbre de una ya conocida voz femenina resonó en medio de aquella penumbra, sacudiendo ligeramente el ya casi adormecido espíritu del oji-dorado. La lobreguez lo había envuelto por completo y el silencio reinaba ahora en su entorno, y no obstante, la había escuchado. ¿Quién?
—InuYasha… ¡no te rindas! ¡Abre los ojos!
Nuevamente, el llamado de su nombre con palabras de ánimo se dejaron escuchar a la distancia, cuando repentinamente, en medio de aquella absoluta oscuridad, se materializó la figura de una joven mujer de cabellos azabaches. Esa era… ¡Kagome! Sí, era ella. Sus ojos chocolates fijados en él y reflejando una profunda tristeza, además de preocupación. Con su blanca mano estirada hacia él, trató de alcanzarlo con desesperación, cuando de pronto, el reflejo de unos ojos rojos y luminosos destellaron detrás de ella. La figura de un ya conocido demonio de cabellos largos y ondulados apareció de entre las sombras, extendiendo sus feroces tentáculos hacia la azabache. ¡Naraku!
Ella, sintiendo aquella maligna presencia, giró su rostro y sus facciones adquirieron un gesto de puro terror al verse amenazada. Trató de dar un paso al frente para huir, pero en menos de un parpadeo, la mujer fue atrapada y oprimida por aquellos tentáculos. De manera intencional, el demonio se acercó al cuello de ella e inhaló profundo, dando a entender en un lenguaje mudo lo fascinante del aroma femenino. Acto seguido, éste subió hasta la mejilla de la azabache y la lamió, enfocando sus rojizos ojos en el inmóvil oji-dorado, mientras le mostraba una sádica y satisfactoria sonrisa.
Fue en ese instante en que la silueta de ambos comenzó a desvanecerse en medio de la oscuridad, al tiempo que una estruendosa carcajada hacía eco en el lugar. La mujer forcejeó un poco y antes de desaparecer por completo junto al demonio, gritó con todas sus fuerzas el nombre del hombre, cuyo corazón pertenecía desde el mismo día en que se habían conocido.
—¡INUYASHAAAA!
—¡Ka-Kagome!
—¡Idiota, despierta de una vez! ¡InuYasha!
El timbre de la voz femenina al final de aquella singular pesadilla, se distorsionó y se vio mezclada, adquiriendo una tonalidad algo ronca y poco agraciada. Un grito lo suficientemente enérgico para ser escuchado entre el bullicio de la muchedumbre y alcanzar los oídos del joven Taishô.
Despertando finalmente de su momentáneo letargo debido a la falta de oxígeno y el dolor de sus magulladas entrañas, InuYasha abrió grandemente sus ojos, encontrando a Ryûkotsusei delante de él, aun apretando fuertemente su cuello. Levemente desconcertado por la luz y el agitado ambiente a su alrededor, el hombre movió sus orbes dorados rápidamente por su entorno, encontrando a un costado de él, a cierto personaje cerca de las bancas con cara de preocupación y algo de ira. Supo inmediatamente que, gracias a su indeseada obsesión hacia su persona, éste había conseguido volverlo a la vida con sus insistentes llamados.
«Jakotsu…»
—¡Al fin reaccionas, cariño! —exclamó el afeminado, emocionado—. Recuerda que el único que tiene permitido hacerte daño, soy yo, así que más te vale no perder.
—¿Qué haces, idiota? ¿Estás loco? —Rezongó el hombre de trenzados cabellos a su lado, sujetando a Jakotsu de los brazos para arrastrarlo al exterior—. Son órdenes del jefe.
—¡Déjame, hermano Bankotsu! ¡No es justo!
Sin duda alguna, el afeminado formaba parte de su grupo de enemigos, pero debido a su inclinación sexual y su peculiar apego hacia él, al parecer, se había rehusado a aceptar tan fácilmente las órdenes de Onigumo. En su desviada cabeza no había cabido la idea de que InuYasha fuera presa de alguien más que no fuera él. Sí, Jakotsu en definitiva era un personaje muy extraño, además de sádico que, una vez que le ponía el ojo a alguien, disfrutaba torturarlo con sus propias manos. Pero, el hecho que Ryûkotsusei fuera el responsable de la muerte de su querido oji-dorado, simplemente, le había parecido inaceptable, por lo que había comenzado un alboroto entre gritos e insultos que, al final, habían dado resultado.
InuYasha no supo bien si lo de hace unos instantes había sido una ilusión o un breve sueño, pero la horrible imagen que vio en medio de aquella oscuridad, había sido más que suficiente para volverlo a sus sentidos. Posiblemente había sido Jakotsu quien lo había estado llamando todo el tiempo en vez de Kagome, pero ese hecho no le importó. Ahora más que nunca, comprendió que no podía rendirse por nada del mundo y abandonar a su amada a su suerte. ¡Lucharía hasta el final y les demostraría a todos que a InuYasha Taishô no se lo vencía tan fácilmente! Primero se encargaría de ganar este encuentro, luego ya se enfrentaría a las consecuencias por mantenerse con vida.
Volviendo a sujetarse del brazo aprisionador de su oponente, el joven Taishô trató de desafiarlo con la mirada, indicándole que esta batalla no la tenía aún ganada. Con un enérgico impulso, alzó sus piernas y las enroscó en torno a la musculosa extremidad de Ryûkotsusei, impulsándose de tal forma que le permitió ejercer la presión necesaria para torcerlo con precisión. Con un gruñido de dolor por parte del gigante, el cuello de InuYasha fue finalmente liberado, permitiéndole inhalar profundamente. Con una rápida patada voladora, alejó a su contrincante de él, al menos para darse algo de tiempo para recuperar el aire perdido y descansar un par de segundos.
El público chifló en protesta, así como también estaban aquellos que gritaron con euforia debido a los recientes sucesos atestiguados. Onigumo comenzaba a perder la paciencia, observando cada detalle de la pelea desde su asiento. Apretó fuertemente los puños, y maldijo a su luchador estrella por lo bajo, dado que parecía querer desobedecer sus órdenes.
—¡Maldito Taishô! —Masculló el hombre entre dientes—. Más te vale perder y no querer hacerlo demasiado interesante.
—Creo que has subestimado a InuYasha —comentó Yura a su lado, notando la increíble resistencia del oji-dorado—. ¿Qué harás si, por mera casualidad, llegara a ganar este encuentro? —preguntó, no pudiendo evitar su curiosidad.
—¿Sabes cuánto dinero perdería si eso llegara a suceder? —indicó Onigumo con un tono siniestramente amenazador—. Pero si se diera el caso, yo mismo lo haría pagar y le haría sentir el verdadero dolor.
—La que le espera a ese tonto… —musitó la sensual mujer, volviendo la vista a la gran jaula, expectante por el resultado final del combate.
Ryûkotsusei, bajó su oscura mirada hacia el oji-dorado y esbozó una sádica sonrisa. Se acomodó sus guantes especiales con afiladas garras y se preparó para asestar su siguiente golpe. Con un enorme salto y moviéndose como una ágil serpiente, éste trepó por las rejas de la gran jaula, y buscó el ángulo perfecto para cometer su asalto.
—Te haré trizas y te mandaré directo al infierno —amenazó el gigante, demostrando su gran velocidad, al tiempo que su rostro parecía desfigurarse parcialmente, mostrando las facciones de… ¡¿Un demonio?!
Sus ojos brillaron sobrenaturalmente con una tonalidad rojiza y su profunda voz adquirió un timbre escalofriante. Pese a la inquietante sorpresa, InuYasha logró reaccionar a tiempo, esquivando el mortal ataque en un último momento. Como si acabase de ser iluminado y comprender su verdadera situación, el oji-dorado fue en busca de su propia arma, dando un acertado giro en el aire. Escaneó rápidamente la parte superior de la jaula, localizando uno de los objetos que lo había acompañado en varias batallas en años anteriores. ¡Colmillo de Acero! Una espada de grandes proporciones, con un filo único y cuyo peso no cualquiera era capaz de manejar.
¿Así que eso era? El motivo por el cual estaba ahora metido en una situación tan amenazadora, era porque el demonio con el cual había sellado un trato, estaba haciendo trampa para llevárselo al infierno a través de Ryûkotsusei, a quien estaba poseyendo. Sin embargo, ¡el maldito Naraku no se saldría con la suya! ¡Le demostraría que sus sucios trucos no funcionarían!
Con algo de esfuerzo y algunos contragolpes en el camino, el joven Taishô se esmeró por alcanzar su arma a toda costa, aunque ganándose un par de desgarramientos en la carne de su abdomen. Con la respiración forzada y sintiendo el tibio líquido carmesí recorrer su piel, InuYasha apretó fuertemente el mango de la espada en su mano, preparándose para contraatacar. No obstante, Ryûkotsusei era muy veloz y apenas le permitía bloquear sus arremetidas con la ayuda de Colmillo de Acero y, las veces que lograba cortarlo, parecía no hacerle el más mínimo daño.
A medida que los minutos transcurrieron, la pelea se volvió más feroz, más sangrienta y, definitivamente, más peligrosa en cada movimiento. Una mínima distracción o descuido, podría costarle la vida. Aunque no siempre dependía del arma o de la fuerza, sino más bien de la habilidad y la resistencia. InuYasha, lamentablemente, estaba llegando a su límite, empezando a sentir el cansancio sobre su cuerpo. Las heridas adquiridas en diferentes partes de su cuerpo tampoco le estaban ayudando mucho. También estaba consciente de que tenía todas las de perder al enfrentarse contra un ser sobrenatural, pero…
—No… ¡no me vencerás, maldito! —gruñó con voz áspera, notándose su extremo cansancio.
Con una sonrisa, Ryûkotsusei lo envistió a una gran velocidad contra las rejas, haciéndolas resonar, al igual que los huesos de su víctima. InuYasha trató de ponerse de pie con la ayuda de su espada, —la cual se soltó de su mano—, cuando el gigante lo levantó inesperadamente sobre su cabeza y lo arrojó bajo suyo cual costal de papas. Como si aquello no hubiese sido suficiente, se lanzó sobre el oji-dorado y lo golpeó de manera despiadada. Dejándolo levemente adormecido, el gigante apuntó sus filosas garras a la altura del pecho de su víctima, disponiéndose a extraerle el corazón a carne viva. Viendo esto y con un último esfuerzo, InuYasha alcanzó a Colmillo de Acero en un último segundo y la atravesó en el tórax de su incansable oponente. Espesas gotas de sangre cayeron a la altura de su cuello y pecho y, al poco tiempo, el pesado cuerpo cayó sobre él, aplastándolo. Por unos breves segundos, InuYasha permaneció inmóvil para luego arrastrarse dificultosamente de debajo del cadáver y permitirse descansar.
La audiencia guardó silencio; nadie movió un solo músculo debido a la expectativa. El árbitro de la sanguinaria pelea miró a través de la jaula, estudió el escenario y, temeroso, solicitó la entrada a la plataforma. Dubitativo, pateó levemente el inerte cuerpo de Ryûkotsusei, atreviéndose a examinar su pulso. Cerciorándose de los nulos signos vitales de éste, anunció al triunfador de tan emocionante combate por el micrófono, acto que hizo estallar a la gente en aplausos y chiflidos.
InuYasha soltó un profundo suspiro de alivio. Finalmente había terminado y con ello, posiblemente, la llegada de un nuevo problema. Quizás, debería prepararse para el siguiente enfrentamiento, porque energías para pensar, correr y escapar ahora, ya no tenía.
—Lo logré, Kagome… gané para vivir —musitó para sí, esbozando una leve sonrisa antes de permitirse caer inconsciente.
Continuará…
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N/A: ¡Hola a todos!
Después de muchos días de trabajo arduo y poco tiempo libre, entre ayer y hoy, me propuse a terminar este nuevo capítulo. Me hubiese encantado terminarlo antes de mi viaje a El Salvador, pero reamente me fue imposible. Como sea, me esmeré para traerles la actualización lo antes que me fuera posible :P. Por cierto, El Salvador, un muy lindo país y su gente igual, aunque como no fueron vacaciones, lastimosamente, no pude conocer demasiado. Aun así, me gustó mucho; ¡las pupusas son geniales!
Y, volviendo al fic… una de las etapas más duras en la vida de InuYasha han pasado y aunque el demonio Naraku haya hecho sus trampas para llevárselo antes al otro mundo (e infringir parte del trato), en esta ocasión, no lo logró. Como sea, estoy segura que esta pelea sólo fue una parte de sus juegos de diversión. Ya saben, el demonio es un vil tramposo que le gusta reírse a costillas de los demás. ¿Qué creen que suceda ahora? ¿InuYasha tendrá problemas por desobedecer las órdenes de Onigumo y ganar? Eso y más, descúbranlo en el próximo capítulo :P.
Como siempre, gracias a todas por su paciencia y por sus reviews que siempre me alientan a seguir escribiendo para ustedes. Especiales agradecimientos a: bruxi, Elvi, Faby Sama, lindakagome, SaKuRaKu y Paulaa. Me alegra saber que siguen por allí =).
¡Besos y hasta la próxima!
Con cariño,
Peach n_n
