¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!

By Silenciosa

Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que escribo lo hago por y para el disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen, nada más.


CAPÍTULO X. Tormenta.

f = q (E + v x B)

Fórmula «Fuerza de Lorentz»: fuerza producida por los campos electromagnéticos siendo recibida por una partícula cargada o una corriente eléctrica.

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Stanley Marsh lavó el arroz concienzudamente para dejarlo apartado en un bol. Encendió la vitrocerámica y puso sobre esta una olla de hierro con agua, sal, vinagre de arroz y salsa de soja. Sacó después una pequeña tabla rectangular para picar verdura y un cuchillo afilado. De la nevera tomó un bote de brotes de bambú, una zanahoria y setas shiitake. Los lavó, los picó y los puso a cocinar en la olla. Luego se puso a freír tofu, que cortó en dados y lo añadió junto al arroz y los otros ingredientes a la olla. Luego colocó la tapa a la olla y se puso a cortar un puñado de algas nori en finas tiras.

Kenny lo observaba en silencio y sin perder detalle de los movimientos coordinados de su atractivo amigo y, tras admirar con interés lo que hacía, le sugirió:

—¿Has pensado alguna vez en ser cocinero?

Situado frente a la vitrocerámica, Stanley se volvió y le sonrió agradable.

—La verdad es que no. Nunca se me había pasado por la cabeza serlo. Aún tengo pensado estudiar Veterinaria —contó con sinceridad y haciendo uso de otra afable sonrisa—, que es a lo que me quiero dedicar. Tuve que aprender a cocinar por narices si quería pasarme al vegetarianismo. Si he sido yo el que ha querido cambiar de hábitos no iba a exigir a mis padres que lo fueran también. Siempre me preparo algo y me lo como solo enseguida. Se podría decir que esto de cocinar se ha convertido en una rutina para mí.

Kenny asintió, no se sentía con ánimos de sonreír después de lo ocurrido con Craig. Para evadirse, volvió a mirar a Stan. Si no bastaba el enorme listón de virtudes de Stanley Marsh, y que tanto volvía locas a las chicas, ahí tenía un motivo más para que ellas quisieran compartir la vida con alguien como él. Cada vez que Stanley rompía con Wendy por cualquier estupidez, aparecía siempre una marabunta de chicas que intentaban por todo los medios salir con él. El caso estaba en que Wendy, como diría Cartman, tenía a Stan bien cogido por los mismísimos. Stanley era un chaval que, además, gustaba de la estabilidad amorosa y había compartido demasiado junto a Wendy. Kenny odiaba pensar que Wendy, a pesar de ser un tanto petulante y egocéntrica, tenía todas las papeletas de ser la futura esposa de Stanley así como la madre de sus hijos.

A Wendy le había tocado la lotería, sin duda, y Kenny sentía que ella no se merecía a alguien tan noble y justo como lo era Stan. Si existieran los demonios, Kenny estaba del todo seguro que estos se matarían entre ellos a fin de poseer y arrastrar el alma de su querido amigo a lo más profundo del averno.

Kenny se levantó de la silla y se colocó al lado de su amigo manteniendo una distancia prudente para no molestarlo con su ajetreo. «Stan es demasiado modesto», pensó. Por mucho que este le dijera, Kenny sabía que cocinaba bastante bien puesto que no era la primera vez que le invitaba a comer en su casa. Había perdido la cuenta de las veces que había probado de su cocina, antes y después de ser vegetariano a la temprana edad de catorce años. Quiso echarle una mano pero, francamente, no tenía ni la más remota idea de cocinar.

—¿Quieres que te ayude en algo? Pídeme lo que sea y lo haré lo mejor posible.

Stan sacudió la cabeza con energía, en un total gesto de ironía por su parte.

—¡Ni de coña!, ¡no quiero acabar llamando a los bomberos para que me salven de las llamas!

Kenny se cruzó de brazos y refunfuñó en respuesta.

—Ahora en serio, Kenny, no hace falta. Siempre he preferido cocinar sin ayuda de nadie porque voy a mi ritmo y sé lo que estoy haciendo en todo momento. Tú tranquilo que yo me encargo de todo.

Stanley le envió una sonrisa de complicidad. A pesar de ser una sonrisa hermosa, Kenny podía apreciar la profunda tristeza acumulada en el corazón de su amigo y que tanto se esforzaba este por ocultar. En eso se parecían mucho los dos; ambos eran capaces de sonreír a pesar del dolor que pudieran almacenar por dentro. El ojo vendado de Stanley produjo en Kenny la desazón pues desconocía la causa acerca del golpe, que bien podría haber sido por un puñetazo. Según analizaba el ojo vendado de Stanley, Kenny pensó en qué circunstancia lo había recibido y quién pudo haber sido el culpable.

Acalló los deseos de hablar del tema con Stan, por lo que siguió observándolo cocinar en esa olla de hierro tan peculiar. Kenny le había preguntado en una ocasión anterior por qué era tan rara esa olla. Stan le había respondido que era una olla de estilo asiático. Junto a este recuerdo le llegó otro por regla de continuidad. Recordó que a Stan le gustaba mucho la temática oriental, sobre todo la japonesa. Stanley tenía buena parte de la filmografía de Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi —su película favorita era «Cuentos de la luna pálida», dirigida por este director y que, por su parte, Kenny nunca terminaba de ver con él porque se dejaba dormir enseguida— y Yasujirō Ozu, como también cualquier película en que apareciera el carismático Toshirō Mifune. Stanley también se sentía interesadísimo por el pensamiento sintoísta y budista; tenía decenas de libros de haikus y de historias del feudalismo japonés; otras decenas de reproducciones modernas de pinturas antiguas que servían de posters para su habitación, como la Gran Ola de Kanagawa; le gustaba tomar té, sobre todo el té sencha; y devoraba cantidades ingentes de mochis de fresa que él mismo sabía preparar.

No poco tardó en llegar al olfato de Kenny un embriagador y apetitoso olor. Inspiró varias veces y gorgotearon como locas sus tripas. Aquel rugir de barriga fue tan vergonzosamente sonoro que llegó a oídos de Stan quien rio satisfecho.

—Dile a tus tripas que ya falta poco. Al arroz le faltan cinco minutos. Oye, Kenny —lo llamó mientras añadía las finas tiras de alga nori al interior de la olla—, si no te apetece comer solo verdura, puedo hacer algo de carne para ti. Creo que mis padres guardan bistec en la nevera. Sé que siempre que te invito a algo más que no sea vegetariano me dices que no, pero creo que no está de más ofrecértelo.

—No te preocupes porque es suficiente. —Kenny disintió con las manos, recalcando así la última frase dicha por Stan—. Además, no me gustaría verte preparando carne cuando sé que no puedes ni olerlo.

—En serio, te puedo hacer un bistec. Claro que no me agrada, ya sabes, pero si quieres te lo preparo. Mi filosofía alimentaria con los demás se reduce a que cada uno es libre de hacer lo que quiera mientras haya respeto de por medio.

—Que no, joder. Eso que estás preparando y que tiene un nombre tan raro debe saber tan bien como aparenta. Tokitaki no sé qué...

Stan volvió a reír levemente.

Takikomi gohan. Es una versión vegetariana del plato.

—Lo que sea.

—¿Seguro de que no quieres nada más?

—Sí, estoy seguro de que no quiero.

—¿En serio?

—¡Que sí, plasta!

—¡Vale! Está bien, listillo, te creo. —Stan dijo después de dejar escapar una corta y divertida carcajada.

Kenny no pudo evitar sonreír débilmente esta vez, parecían dos críos. Todo quedó en silencio al cabo de unos minutos. «Mack, The Knife», un tema blues cantado por Ella Fitzgerald estaba siendo reproducido por el equipo de música que los Marsh tenían instalado en el salón y cuya vibración musical llegaba hasta la cocina, a un volumen bajo, casi de amueblamiento. Kenny canturreó bajito la letra de la melodía según examinaba con la mirada cada rincón de la cocina. Le gustaba de buen grado aquel espacio tan luminoso, limpio y organizado. La casa estaba sumergida bajo una plúmbea y poco frecuente tranquilidad. Salvo ellos, no había rastro de nadie más. También estaba Sparky II, el perro de la familia, que se le escuchaba ladrar y corretear por el patio trasero. Desde la puerta corredera hecha de cristal forjado que conectaba la cocina con el patio trasero, logró divisar al animal, el cual había comenzado a ladrar nervioso hacia el cielo, con el rabo entre las patas.

Fue entonces cuando supo el porqué de la actitud del animal. Kenny también podía percibir la oscilación electromagnética que había comenzado a acumular aquel cielo nocturno. Su cuerpo temblaba de vez en cuando debido al aire cargado de energía que le rodeaba. Desvió la vista hacia Stan para cerciorarse de que no había notado nada y, en efecto, así era. Stanley seguía cocinando despreocupado, ajeno a lo que ocurría.

Kenny se maldijo por no haber probado bocado en todo el día. Decidió finalmente que comería con Stan y se iría luego para cobijarse en la futura tormenta, donde debía estar.

—¿Y tus padres? —le preguntó un tanto nervioso Kenny, intentado cambiar de tema y no pensar en la fuerte carga de energía que estaba poniéndole la piel de gallina.

—Estuvieron hace un rato aquí viendo la Super Bowl con tío Jimbo. ¿Te has enterado de que han ganado los Giants? No sé cómo se han dejado ganar contra los Patriots... Menuda mierda. En fin, mis padres se han ido juntos a cenar por ahí en cuanto acabó el partido —respondió Stan según apagaba la vitrocerámica y apartaba la olla de la fuente de calor. Añádió las tiras de alga nori anteriormente picadas y las incluyó dentro de la misma—. ¿Sabes una cosa? Nunca me imaginé que mis padres volverían a ser felices como lo fueron antes del divorcio.

—Es una buena noticia.

—Sí, ¡vaya que sí lo es! Me gusta ver que vuelven a estar juntos de nuevo. Oye, ya que mis padres no están, podemos pillarnos dos latas de Guinness negra. ¿Qué me dices?, ¿te apetece?

—¡Mierda, Stan! ¡Pues claro que me apetece! ¿Cuándo me he negado yo una invitación a beber alcohol?

—Estoy intentando ser un buen anfitrión.

—Aparte de un idiota. —Kenny volvió a mostrar el esbozo de una sonrisa.

—Que te den —respondió Stan riendo, hasta el punto de estrechar la mirada y hacer que esta también transmitiera diversión—. Ve y sácalas tú mismo de la nevera. Como ves, tengo las manos ocupadas sirviendo el arroz y las verduras en estos cuencos.

—Sin problema, tío. Creo que estoy capacitado para ayudarte con eso.

—Mira que eres imbécil... —Stan volvió a reír.

Atendiendo a la petición de su amigo, Kenny deambuló por el amplio espacio de la cocina hasta plantarse delante de la nevera. En la puerta blanquecina de esta habían sido adheridas con la ayuda de imanes una docena de fotografías en las que aparecía la familia Marsh. En una salía el difunto abuelo Marsh con sus tres hijos, todos ellos nacidos de tres mujeres diferentes: el mayor, Jimbo Kern, Randy Marsh, y la más joven, Helen Tucker.

En otra fotografía aparecía Shelly Marsh, la hermana mayor de Stanley, que era unos cuatro años mayor. Shelly debía de tener sobre doce años en la fotografía. Llevaba su cabello castaño suelto, cayendo sobre sus hombros, y sonreía con aquella aparatosa ortodoncia que tuvo que llevar durante bastante tiempo. Shelly no aparecía sola retratada en la fotografía; cargaba en brazos a una niña pequeña, que posiblemente no alcanzaba los tres años. Esta adorable muñequita era Ruby Tucker, de divertidos cabellos anaranjados y muy alborotados. Tenía un chupete en la boca y un babero de color rosa atado al cuello. Nada que ver esa impresión infantil con rosa y otros colores claros con la imagen jodidamente sexy, de negro underground, que tenía ahora con dieciséis años. En la fotografía, aparte de Shelly y Ruby, había dos niños varones delante de ellas, más pequeños en altura y en edad que Shelly. Ambos estaban colocados también para que salieran en el encuadre de la instantánea fotográfica.

Uno era prácticamente idéntico al otro, en donde solo las vestimentas y el gesto los diferenciaban. El de la izquierda era Stanley. Llevaba su entrañable gorro de borla roja y su genuina sonrisa remarcada con sus bonitos hoyuelos que decoraban cada blandita y sonrosada mejilla.

A diferencia de la alegría inmaculada de Stanley Marsh, el de la derecha se destacaba por su acentuada inexpresividad. Aquel niño no era otro sino Craig Benjamin Tucker. Este miraba a la cámara con suma indiferencia. De su rostro únicamente despuntaba un halo gélido e impávido que ocultaba todo signo de expresión gestual. Su cara carecía de expresión aun siendo tan pequeño. En Craig se desconocía si esa carencia era debida a la ausencia de sentimientos, a la incapacidad de expresarlos o, en caso de poseerlos, el hecho de no saber que los tenía. Ahora que Kenny había tenido la oportunidad de conocer a Craig en profundidad, sabía que era la última opción.

Los cuatro niños posaban de pie, ante la imperiosa imagen de un paisaje boscoso. Un bosque poseedor de mastodónticos abetos y secuoyas. La fotografía fue tomada en un típico día de picnic familiar cerca de Longs Peak. Kenny nunca había ido en su vida de picnic o a cualquier otra actividad de ocio con su familia, pero supuso que hacer cosas así debía de ser divertido.

La mirada de Kenny había quedado totalmente anclada, prácticamente hipnotizada, en el rostro infante de Craig. Puede que la semejanza entre Stan y Craig fuese pasmosa pero, al mismo tiempo, se podía discernir como contradictoria. Ambos eran niños que compartían un mismo rostro, pero este se amoldaba a la heterogénea personalidad de cada uno. El rostro cándido de Stanley Marsh parecía estar siempre iluminado por una invisible aunque radiante luz, mientras que el de Craig parecía cobijarse bajo el denso velo de la sobriedad y el silencio. Puede que los ojos clarísimos, tan resplandecientes, de Stan acaparasen la total atención de la fotografía; sin embargo, era la espesa negrura de la mirada de Craig la que robó la total atención de Kenny, y puede que también el corazón. En la fotografía, pudo comprobar que Craig ya contaba con esa mirada demasiado reservada que lo caracterizaba; demasiado madura para pertenecer a un niño. Además, poseía ya también ese tipo de miradas que ansía algo pero, que en el fondo, no se atrevía ni a murmurar.

Estuvo contemplando la fotografía durante un buen rato, sin apartar ni un instante la mirada del Craig-niño de la imagen, como si quisiera descifrar lo que este aguardaba celosamente en sus ojos, en el fondo de esos nidos de golondrina vacíos que albergaban un resplandor minúsculo como la cabeza de un alfiler. Un resplandor ínfimo aunque tan acogedor como el mejor de los escondrijos secretos. No había lugar mejor donde esconderse que en el fortín de la mirada recia de Craig Benjamin Tucker.

En algún momento una mano presionó levemente su hombro desde atrás y Kenny dio un respingo al haber sido tomado desprevenido. Miró por encima del hombro en motivo de reacción y se encontró con dos ojos azules clarísimos como el color de las nubes en un día soleado o como el color que se empleaba para pintar palacios rococó durante la Rusia zarina; blanco, gris y azul de seda, todos ellos mezclados en sutil armonía.

—La comida está hecha y servida. Ey, ¿qué haces? ¿Todavía no has sacado las cervezas de la nevera? ¿A qué demonio esperas?

Stanley, divertido, abrió la nevera y sacaba las dos latas de cerveza que Kenny había olvidado por completo. Un arpa dorada bastante esquemática adornaba el exterior de fondo negro de las latas, las cuales contaban con una capacidad de setenta y cinco centilitros. Bajo el arpa, unas letras componían el nombre de la marca «Guinness», que también despuntaban el mismo fulgor dorado. Stan le extendió una y ambos tiraron de las anillas para abrirlas. Tomándose un primer trago, Stan cerró la nevera y comprendió qué era aquello que había retenido su atención.

—¿Así que era eso, Kenny?; ¿te habías quedado mirando las fotografías?

Kenny asintió aunque optó por permanecer callado. Nunca le parecía importarle no decir una palabra durante largo tiempo, pero a Stan sí. El hijo de los Marsh le producía cierta incomodidad cualquier tipo de silencio prolongado.

—Han pasado muchos años desde que mi padre sacó esta fotografía —comentó Stan mientras señalaba la misma instantánea que Kenny había estado contemplando—. Fue antes de pasar a cuarto grado. Creo que es de las pocas en las que aparecemos todos los primos juntos y, tal y como están las cosas a día de hoy, me parece que será la última.

—¿Lo dices por Shelly?

—Se podría decir que sí. Desde que Shelly se marchó con ese motero cuarentón solo nos ha llamado por teléfono dos veces.

—¿En serio? Pues yo creí que había vuelto a contactar con vosotros. Entonces la última vez que os llamó fue hace medio año por lo menos.

—Shelly no nos ha llamado más, no. —Stanley asintió con la cabeza. El ojo vendado le daba una entrañable imagen—. Lleva dos años fuera y en esas dos veces que llamó nos pidió, o puede decirse que nos exigió, que no nos preocupáramos por ella. Aunque... ¡maldita sea!, ¡es difícil no hacerlo!

—Te entiendo. Sé que se os ha hecho difícil no saber nada de ella.

—¿Sabes lo que es peor aún, Kenny? Que no la encontramos por ninguna parte. Hemos intentado por todos los medios dar con su paradero. No aparece en redes sociales, se ha cambiado de número de teléfono móvil y sus amistades no nos revelan nada. La policía no quiere ayudarnos porque Shelly es mayor de edad y dicen que tiene todo el derecho de hacer lo que quiera con su vida. Hemos llegado a pensar que se ha cambiado de nombre o que solo responde por el apellido de su pareja que no sabemos cuál es. A lo mejor ya se ha casado con él y esté hasta embarazada o tenga un hijo de ese estúpido. Lo único que sabemos con certeza es que se está quedando en Dallas. Fue Shelly la que nos lo dijo.

Kenny tomó otro sorbo de cerveza negra, se aclaró la garganta, la dejó cerca, sobre la encimera, y lo alentó diciendo:

—Sé que te lo puedes tomar a mal, pero entiendo la postura de la policía. Tampoco es que podáis hacer mucho más por Shelly. Ella tiene veintiuno y, por mucho que queráis, no podéis obligarla a regresar. Es normal que sintáis inquietud al no saber cómo se encuentra, pero pensad que al menos os está pidiendo que no os preocupéis por ella. Eso es buena señal, ¿no crees? Además, si le llegara a ocurrir algo podrá contactar con vosotros en cualquier momento. Tu hermana ha sido mucho más considerada que mi hermano Kevin.

—¿Aún no tenéis noticias de Kevin?, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que se largó de South Park?

—Pues casi tres años han pasado. Kevin se fue nada más cumplir los dieciocho y todavía no tenemos ni puta idea de dónde mierdas anda metido. A diferencia de Shelly, Kevin ni siquiera nos ha llamado por teléfono.

—Y, aparte de ser un jodido capullo, ¿hubo otro motivo por el que se marchara de esa forma tan brusca? Nunca me has hablado sobre ello.

Kenny se quedó contemplando a Stan fijamente a la cara. No tenía ni le alcanzaba el valor de responder a una pregunta tan simple de contestar: el único motivo era él, Kenny. En vez de contestar solo fue capaz de sentir un pesado nudo aflorar en su garganta. Stan esperó impaciente a que reaccionara de su mutismo. Finalmente, Kenny se mordió el labio inferior con los dientes —siempre hacía esto cuando se sentía frustrado o aterrado—, alzó la cabeza y encogió, con ánimo circunspecto, los hombros.

—Fue culpa mía.

—¿Culpa tuya, dices? ¿Por qué piensas eso?

—Es algo difícil de contar. —Agitó las pestañas hacia abajo, ocultando así su mirada—. De todos modos, él..., él jamás me quiso bajo su mismo techo. Kevin nunca me vio como parte de la familia. Él quería que me largara pero, como mis padres no quisieron hacer algo así, decidió irse él. Para Kevin, solo soy un parásito.

—Escucha —intervino Stan, de inmediato—. Yo sé muy bien lo cabrón que fue tu hermano contigo. Lo mejor que ha hecho ese imbécil fue irse. Por mí, que no regrese en la vida.

—Deja de hablar así. Tú no conoces las razones de Kevin.

—A ver, ¿qué pasa contigo, Kenny?; ¿cuál es el problema?; ¿es que encima vas a defenderlo?

—El problema es que tú no lo entenderías.

Stan dejó la lata de cerveza en la superficie de la encimera con aires de frustración para después volverse hacia él. Se miraron fijamente a los ojos.

—¿Entenderlo? Oye, ¡pues creo que tienes toda la razón! ¡Creo que ese es el problema aquí! ¡Dudo mucho que entienda una puta mierda! ¡Es que hay cosas en ti, Kenny, que por mucho que lo intente no lograré entender en la vida! —Stan se calmó, esperó unos segundos e intervino de nuevo—: No entiendo tus silencios, tu forma de ser tan esquiva y tu indecisión a la hora de confiar en mí. Puede que tampoco logre entender esa extraña necesidad tuya de alejarte de los demás, actuando como si fueras una auténtica amenaza para el mundo.

Kenny bajó la mirada sin dejar de apretarse los labios con los dientes mientras que sintió cómo Stan se le acercaba hasta quedar a una distancia prudente.

—¿Por qué, Kenny? ¿Por qué me tienes en vilo siempre? ¿Qué es lo que te impide ser capaz de decirme la verdad? —Al seguir en silencio, Stan prosiguió con la conversación. A diferencia de él, Stan necesitaba exteriorizar sus sentimientos hablando—. No entiendo por qué no has sido capaz de contarme que discutiste con tu padre y que te estés quedando en casa de alguien que ni siquiera sé quién es y que, por lo visto, confías más en esa persona que en mí. Y, sí, ¡qué diablos!, me molesta que hayas actuado así. Me da igual lo que ha hecho Kevin con su vida, pero sí me importa la tuya más de lo que piensas.

—Stan...

—No, Kenny. Ahora quiero que me escuches porque si no digo todo esto reviento —intervino Stan—. Escúchame bien. A expensas de esa nube de misterio que te has creado en torno a tu persona, yo sé que jamás dañarías a alguien, ni siquiera a una puñetera mosca. Pondría ahora mismo las manos sobre el fuego y afirmaría que tú no has hecho nada malo como para conseguir que Kevin se marchara de la manera en que lo hizo. Si él quiso irse, pues que se joda y no vuelva. Tú no debes sentirte mal por eso. Así que hazme el favor y quítate esa idea de la cabeza porque solamente conseguirías hacerte daño. Te lo pid-...

Inesperadamente, nació un brutal trueno a una distancia cercana. El ruido producido hizo que Stan se sobresaltara. Alertado, este le clavó la mirada llena de incomprensión. Nubes de aspecto funesto habían cubierto el cielo nocturno en pocos minutos.

—Si tú..., si tú supieras —dijo Kenny apretando los puños y respirando entrecortadamente. Le estaba costando respirar. Su voz era tenue y contraída. Hablaba tan bajito que apenas separaba los dientes.

—¿Qué debo saber? —le preguntó Stan, decidido a pesar del estado de confusión que sintió debido al resonar del trueno.

Kenny permaneció obstinadamente en silencio, con la mirada gacha. Un halo de tristeza ensombreció de repente su rostro y no hizo nada por ocultarlo. De todos modos, Stan ya sabía que algo andaba mal en él. Mejor dicho: algo siempre andaba mal en él. Stan parecía evitar preguntarle directamente sobre lo que estaba ocurriendo en su vida pero, por mucho que insistiera, el propio Stan sabía que solo conseguiría de él excusas vagas o premeditados silencios que no llevarían a ninguna parte.

—Tengo que irme —anunció Kenny, de pronto, con extrema urgencia según se alejaba casi como si huyera espantado.

Stanley lanzó al aire un gruñido de impaciencia y fue tras él hasta tomarle del brazo y frenar así su partida. Kenny quedó anclado en el suelo ahora por dos manos, propiedad de Stan, que se aferraron sin ejercer fuerza a sus hombros. Intentó desprenderse de dicho agarre, pero su amigo supo prolongar el forcejeo sin amedrentarse.

—¡Déjame!, ¡tengo que irme!

—¡Maldita sea, Kenny! ¡Deja de huir de mí! —pidió Stan gritando, frustrado.

Kenny paro en seco su marcha. Las respiraciones de ambos se describían agitadas y llenaban el mutismo sonoro en el espacio. Como un autómata futurístico, un cyborg bien programado, había obedecido sin rechistar. A continuación, alzó el rostro lo suficiente como para ofrecerle a Stan una mirada de reojo a través de los mechones pálidos de pelo que caían desbordados sobre su cara. En respuesta, Stan frunció el ceño y sus ojos azules se oscurecieron, dando a demostrar un gesto total de confusión.

—¿Por qué evitas contarme lo que te pasa?

No hubo respuesta, como era de esperar, por parte de Kenny. Sus labios permanecieron sellados, de nuevo había vuelto a su particular simulacro de evasión. Por la expresión que ofrecía su rostro, no parecía tener intención alguna de objetar nada. Ante este hecho, Stanley reflexionó durante casi el minuto. Parecía que iba a probar suerte con otra táctica.

—¿Te da la impresión de que es mejor no contarme nada?

Esta vez, para sorpresa del más mayor, Kenny asintió.

—Pero... ¿te gustaría contármelo si pudieras hacerlo?

Kenny volvió a decir que sí usando otro movimiento leve de cabeza.

—Bien. ¿Eso significa que no puedes contarme nada porque alguien te lo ha prohibido?

Kenny, aún esquivo, trasladó sus ojos hacia fuera, como si escuchara algo en aquel cielo tormentoso que parecía haber surgido del imaginario tétrico de Edgar Allan Poe. Tras haberlo meditado detenidamente, Kenny volvió a asentir con la cabeza, esta vez de manera más escueta e imperceptible que las dos veces anteriores. De pronto, Stan extendió una mano y le retiró lejos de la cara de Kenny, con sumo cuidado, los mechones de pelo enredados que estaban entorpeciendo su vista y evocaban al ondulante brillo de los astros durante la noche. Kenny permaneció firme, muy quieto, sin decir nada.

—¿Quién es?, ¿quién te prohíbe decir lo que te ocurre?

Kenny estuvo a punto de decir algo pero, de repente, frenó su intención. Otro trueno emergió e hizo retumbar los cristales de las ventanas. Fue un trueno intenso —demasiado largo de lo habitual—; había resonado violentamente, como si su intención hubiese sido partir el cielo en dos. Los cristales de las ventanas estuvieron temblando hasta que el trueno cesó. Faltó poco para que estos se resquebrajasen y quedasen hechos añicos. A partir de este trueno, comenzaron a escucharse muchos más e igual de cercanos.

«La tormenta ha comenzado», se dijo Kenny para sí. «Ya apenas puedo controlar la energía en mi cuerpo.»

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Stan seguía sin entender el extraño comportamiento de Kenny, y el ambiente siniestro que ofrecía la tormenta no ayudaba a que las cosas fueran a arribar a buen puerto. Curiosamente, no se veía la luz parpadeante de los relámpagos al adelantarse del rugir de los truenos. En aquel cielo que cubría South Park solo retumbaban truenos. Otro hecho extraño fue que no llovía o nevaba. No se escuchaba el lánguido martilleo de gotitas contra el tejado y los cristales. Las nubes visualmente parecían cargadas de agua y, sin embargo, no descendía ni una mera brizna desde lo alto.

Esperó un poco más con la esperanza de que Kenny le respondiera, pero este parecía haber cambiado de idea y había desistido desde hacía minutos. Las palabras que Kenny no dijo se replegaron silenciosamente y regresaron al lugar que procedían. Cuál era ese lugar, Stan jamás lo sabría. Asumió que debía de ser un lugar lejano, inaccesible y oscuro, muy oscuro.

Por un momento, Kenny se le antojaba parecerse a Craig, en cierto modo.

De pronto, vio cómo Kenny se llevaba de golpe las manos a las orejas para cubrírselas, seguidamente las presionó con fuerza como si se estuviera esforzando por protegerlas de un ruido estridente. Según ejecutaba Kenny dicha acción, se desplomaba contra el suelo enlosado, cayendo de rodillas delante de él, para luego protegerse, acurrucado, contra las baldosas. Ya sea por la evidencia de sus pupilas totalmente contraídas o por la mueca de dolor inscrita en los labios, Stan fue consciente de que Kenny estaba sufriendo.

Stanley se precipitó hacia su amigo, primero agachándose y luego asiéndole por los brazos. En este momento los truenos se habían apaciguado y los pocos que parecían persistir con su invisible aunque sonora presencia se encontraban algo más lejanos. Si no había ningún tipo de ruido ensordecedor que pudiese afectar al sistema auditivo, ¿por qué Kenny actuaba así?; ¿por qué se tapaba los oídos y se esforzaba por no gemir de dolor? Recordó que algunos animales eran capaces de percibir ciertas vibraciones sonoras que no alcanzaban percibir los seres humanos. De todos modos, Kenny era un ser humano, por lo que no podía escuchar cosas que no fuesen percibidas también por cualquier otra persona de este mundo. Y Stanley no escuchaba absolutamente nada.

—¡Kenny! —lo llamó mientras lo intentaba erguir lejos del suelo. El cuerpo de Kenny cedía a su propio peso. Era como si hubiera entrado en una especie de trance. Sus ojos, de color índigo tan curiosos, estaban descentrados, ciegos, como si él no fuese capaz de ver lo que tenía delante. Esos ojos atendían únicamente al rugir de donde procedían los truenos.

Kenny sonrió débilmente como el último aliento que expulsa un moribundo antes de irse para siempre.

Madre.

Eso fue lo que Stan pudo escuchar decir a Kenny en un casi intangible murmullo. Stan quedó paralizado con tan solo haberlo oído. Aquella no era la voz de Kenny; una voz seca, lineal, sin acentos. Levantó el rostro del chico albino para alcanzar ver sus ojos. Algo, la mirada de otro ser ajeno a Kenny, se había asomado en su mirar índigo.

—No tenéis un destino juntos —dijo Kenny, con su extraña y tácita nueva voz—. Forzar una situación solo conlleva dolor.

Stanley sintió entonces un miedo indescriptible. Miró a su alrededor con dificultad puesto que tenía uno de los ojos vendado y, entre aterrado y alarmado, por doquiera que mirase no halló nada extraño. Agudizó el oídio lo mejor que pudo. Kenny lo miraba fijamente, aunque Stan dudaba que quien lo miraba fuese Kenny realmente.

—¡Kenny! —Lo zarandeó en un intento para que volviera en sí—. ¿De qué hablas? No..., no logro entenderte.

—Su nombre no es Kenny —dijo Kenny como si fuera el narrador omnisciente, otra persona. Stanley asumió entonces que Kenny había dejado de ser él mismo—. Se llama Kilémladas.

A continuación, casi como si el cielo respondiera a las palabras de su amigo, otro fogonazo procedente de un nuevo trueno cayó tan cerca que Stan fue capaz de contar los metros de distancia que los separaban de este. El instinto actuó e hizo que Stanley envolviera a Kenny entre sus brazos y lo apretara fuerte contra su cuerpo con la única intención de protegerlo. Si algo iba en busca de Kenny tendría que enfrentarse primero a él.

Todo a su alrededor fue sacudido presa del temblor del trueno, como si este reclamara el cuerpo del chico. Las luces de la casa, las de la calle y el resto de casas colindante comenzaron a parpadear rápidamente como si estuvieran al borde de sobrecargarse. A medida que la luz parpadeaba a mayor velocidad, el temblor del cuerpo de Kenny se había más intenso hasta alcanzar un peldaño más y convertirse en profundas convulsiones. Sorprendido, el cuerpo frío de Kenny comenzó a calentarse hasta arder, traspasando las telas de la ropa que lo cubrían. Un gemido de dolor surgió en Stan al sentir aquel golpe infernal de temperatura.

Cuando el trueno finalizó, hubo un apagón general en el sistema eléctrico. Las bombillas de la cocina estallaron ruidosamente; South Park quedó a oscuras. Los cristales de las bombillas de cada una de las lámparas que había en la cocina saltaron por los aires y cayeron sobre ellos.

Por fin llovía. Lluvia de cristales que hicieron asustar y gritar a los pueblerinos.

Stan supo actuar enseguida y protegía a Kenny, ocultándolo mejor con su cuerpo a fin de que no le cayera ningún cristal al rostro. También tuvo tiempo de taparse la cara contra el cuerpo del joven, el cual volvía a enfriarse a una velocidad pasmosa. Sintió que algunos pedacitos afilados de cristal quedaron descansando en su cabeza y en sus hombros. Tras el clamar eléctrico del último trueno y la lluvia de cristales, la paz regresó para quedarse allí, acompañándolos en medio de la oscuridad y el silencio. Kenny también había dejado de sufrir convulsiones. Pasaron los minutos y, finalmente, Stan levantó la mirada con dificultad, parpadeando en una constante el ojo que no tenía vendado. Esperó pacientemente unos segundos hasta que sus pupilas se adaptaran a la ausencia de la luz artificial. A pesar de la oscuridad de la noche, pudo definir el contorno y los volúmenes de las cosas, de Kenny y de él mismo. Nada más los hubo abierto de par en par, descubrió algo que lo dejó sin habla.

La cocina no estaba del todo a oscuras. Una luz transparente, de un leve tono azul fluorescente, añil profundo, envolvía ligeramente el cuerpo de Kenny, quien había quedado inconsciente entre sus brazos. Dicha luz emanaba del joven albino, flotando como el sinuoso movimiento del mar. Stan sintió terror, en consecuencia, quedando tan rígido como un cadáver sufriendo el rigor mortis. Aun así, no soltó a Kenny ni se apartó a pesar de sentir un miedo que jamás había saboreado antes. Lo aferró contra él a pesar de rozar dicha luz. A su alrededor se respiraba un ambiente lejos de ser sobrecogedor. En vez de eso, era notorio cierto aire de serenidad; un aire especial alejado del plano de la realidad.

Los labios de Stanley se movieron, pero se vieron incapaces de pronunciar ninguna palabra.

«¿Qué es esta luz que envuelve el cuerpo de Kenny?», se preguntó para sí, todavía parado, casi petrificado, con los ojos desorbitados y que no se despegaban de Kenneth Stuart McCormick. No obstante, no tuvo demasiado tiempo para reflexionar. La luz azulada que rodeaba al muchacho desapareció sin dejar rastro y el crujir de los cristales al ser pisados delató la llegada de dos personas a la vivienda.

—¡Pero qué coño ha pasado aquí! —Stanley escuchó exclamar a su padre, Randy Marsh, por el pasillo.

—¡Stanley! —gritó alterada su madre, Sharon Marsh, que tampoco podía ver con la oscuridad impregnando cada resquicio de lo que una vez fue su hermoso y acogedor hogar—. ¡Stanley, cielo! ¿Dónde estás?

Stan los llamó diciéndoles que se encontraba en la cocina. Los señores Marsh corrieron hacia allí, guiándose por las paredes con el sentido del tacto. La penumbra les desveló dónde se encontraba. Sus padres se acercaron presurosos al verlo tirado en el suelo aferrando a alguien que parecía haber perdido la consciencia. La casi extinguida luz de la noche recayó fugazmente en el cabello plateado de Kenny y supieron enseguida quién era su acompañante.

—¿Estáis los dos bien? —preguntó Sharon mientras se agachaba para inspeccionar tanto a él como a Kenny. Sharon dejó escapar un grito de preocupación al ver el estado de Kenny.

—Kenny... —Las palabras en Stan no salían, así que no pudo continuar. Era como si, inesperadamente, soplara una fuerte ráfaga de aire y se llevara las partituras en medio de un concierto.

—¿Qué le ocurre a Ken?, ¿está inconsciente? —preguntó esta vez Randy, quien se había aproximado a ellos.

—Fue..., fue la tormenta —respondió Stanley, vacilante—. Un trueno, un... Cayó muy cerca y..., y...

—¡Cielo santo! —exclamó Sharon al sentirse nerviosa por lo ocurrido en todo el pueblo—. ¡Cómo puede ser posible que una tormenta pueda hacer algo así!

Sharon intentó calmarse, o eso le pareció a Stan, ya que vio el estado de shock en el que se encontraba. Afuera, Sparky II ladraba mirándoles desde la puerta corredera con intención de que les hicieran caso. El animal parecía muy agitado, sus ladridos así lo reflejaban; eran agudos y quejumbrosos.

Sharon fue a por una linterna que guardaba en alguno de los cajones de las estanterías de la cocina mientras que Stanley era ayudado por su padre a fin de levantar a Kenny del suelo. Stan se ofreció enseguida a cargarlo en brazos. Lo primero que sintió al cargar con el peso de Kenny fue que pesaba más. Que Kenny había ganado unos kilos no era una sorpresa para Stan puesto que era visible, se le notaba. Los más de cinco kilos que había ganado Kenny en el último mes eran notorios en su cuerpo y, francamente, le sentaban bastante bien.

Kenny había sido siempre de constitución muy, muy delgada, por no decir que parecía un desnutrido o un esquelético. La malnutrición en Kenny lo había convertido en un chico no del todo desarrollado para su edad. Si hubiera comido desde su infancia como era debido, posiblemente Kenny tendría ahora la misma altura y constitución física que él. Kenny no alcanzaba la presencia infantiloide de Butters o Tweek, pero estaba claro que la pobreza había conseguido perjudicar el cuerpo de Kenny. Tanto Stan como su familia, así como Kyle y la suya propia, y la señora Cartman —Eric en este tema parecía pasar de largo—, invitaban a Kenny a comer en sus casas, pero Kenny era orgulloso. Y, como bien les había dicho él, odiaba sentirse como una obra de caridad. Con aquel par de kilos, Kenny había adoptado una presencia más adulta, más desarrollada y, con ello, una belleza más demoledora si cabe. Ahora se aproximaba más a los diecisiete años que tenía y no a la de un chiquillo de trece. Puede que todavía no alcanzase Kenny su físico —Stanley estaba más que seguro que a Kenny no le había salido siquiera barba—, pero al menos ya no ofrecía ese aspecto de chaval desnutrido. También tuvo la extraña sensación de que por Kenny los años parecían transcurrir más lentos; a un ritmo personal y diferente al resto. Este descubrimiento, después de lo que había vivido junto a Kenny, no hizo calmarle los nerviosos sino consiguió agitarlos todavía más.

Ojalá fuese el peso la única cosa anómala que destacar en la vida de McCormick, pero no era así. Stanley había descubierto que existían cosas inauditas como el infierno en la vida de Kenny.

Un calor invadió de repente su pecho. Stan se sintió como un descubridor, un explorador: el único espectador de un hallazgo irrepetible. De la nada, había encontrado una piedra preciosa entre cantidades ingentes de tierra, piedras y mugre. Unas palabras se formularon sin avisar entre sus labios, en su lengua, en su corazón.

«Kilémladas.»

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FIN CAPÍTULO X.

¡Saludos! Hoy que he estado inspirada, desde la una y pico que llevo peleando con el Word y la imaginación, he terminado el resto del capítulo. Debería ser más grande, sí, pero prefiero ir subiendo capítulos de no más de quince páginas (unas once mil palabras) para hacer que las actualizaciones sean más seguidas. Intentaré en esta semana que entra ahora subir la continuación. No prometo nada, pero va a ser ese mi objetivo.

Y… ¡vaya! Qué alegría más bonita he sentido al saber, a partir de los comentarios que alguno de vosotros me habéis dejado, que os está gustando el fic. Yo había esperado una reacción diferente pero, cuando decís que es así, que os gusta y lo seguís, no he podido evitar sentirme muy feliz y agradecida. No siempre las nuevas propuestas son bien recibidas. Intentaré estar al nivel de principio a fin. Lo prometo.

Asimismo, dedico este capítulo a todos los que me seguís desde el principio de los tiempos. Gracias. ¡Guinness negra para todos vosotros que yo invito :P!

Un cordial saludo y gracias por leer.

NOTA: Capítulo posteriormente revisado y modificado el día 16 de enero de 2015.