CAPITULO 11
Winry no vio a Edward al día siguiente, ni al otro. Sabía que él la evitaba, pero después de lo que había ocurrido entre ellos, no se atrevía a buscarle.
Una vez más, Winry se preguntó dónde se habría metido durante aquellos días, y la imagen de las dos mujeres no desaparecía de su mente.
«Un hombre tiene sus necesidades», había dicho Alex. Si era cierto, el conde también debería de tener sus necesidades. Winry recordó la noche en que habían estado trabajando en el dormitorio de Edward en el King's Way. Al recordar el beso del conde, Winry se estremeció con la misma mezcla de deseo y miedo que le había acercado a él y asustado al mismo tiempo.
Winry cerró los ojos para evitar formar en su conciencia la imagen de Edward tumbado junto a una rubia pechugona. Intentó imaginarle besando a la dentuda pelirroja y supo de forma instintiva que la mujer que el conde se llevara a la cama sin duda sería distinta a aquellas mujeres. Fuera quien fuese, sería una mujer guapa y deseable y, cuanto más se convencía, más intensas eran las náuseas.
No quería imaginarse al conde con otra mujer. No quería imaginar que la besaba, que le hacía el amor. Y debido a su franqueza, Winry se veía obligada a preguntarse por qué.
Intentó decirse a sí misma que simplemente se trataba de una cuestión de orgullo. El conde le había dicho que ella era la mujer que él quería, como si no pudiera querer a ninguna otra mujer. Si lo que había dicho era cierto...
Si lo que había dicho era cierto, ¿significaba que le importaba? ¿Significaba que Winry era especial, distinta de las demás mujeres a las que había conocido?
E incluso siendo así, ¿acaso importaba?
En lo más profundo de su corazón, donde Winry no quería mirar, sabía que sí importaba. Que le importaba mucho.
Winry suspiró al mismo tiempo que terminaba de vestirse, evitó la charla matutina de Silvie y empezó a descender las escaleras para dirigirse al comedor donde le aguardaba el desayuno. No tenía demasiada hambre, pero sabía que tenía que comer. Apenas había probado bocado desde la noche en que vio al conde por última vez.
A mitad de camino de la ancha escalera de piedra, Winry se detuvo. Bárbara Townsend la esperaba al final, con su habitual expresión condescendiente. Se le hizo un nudo en el estómago y, acto seguido, dejó de pensar en comida. Siguió descendiendo y se detuvo al pie de la escalera.
-Lady Haywood. -Tras hacer una adecuada reverencia, evitó sus horribles pensamientos.
-Parece que mi hermano desea verte. Le dije que te lo diría.
Winry levantó la vista insegura.
-¿Sabes... sabes qué desea? -En el mismo instante en que aquellas palabras salieron de su boca, Winry deseó no haberlas pronunciado. Era una pregunta estúpida. Edward jamás le contaba nada a su hermana y estaba segura de que jamás hablaría con Barbara de ella.
Barbara le dedicó una mirada lasciva.
-Si mi hermano se parece siquiera un poco a nuestro querido difunto padre, probablemente ya se haya cansado de tus encantos. –Barbara hizo una mueca-. Pero no temas. Estoy segura de que se mostrará generoso. No es propio de los Greville dejar una ciudad llena de prostitutas.
-Ya te he dicho que no soy su prostituta.
Barbara alzó una ceja formando un perfecto arco negro.
-¿No? Bueno, entonces tal vez quiera hablar de eso. Si todavía no te ha tenido, debe de estar decidido a conseguirlo. Se trate de lo que se trate, lo encontrarás en su despacho. -Barbara se marchó, describiendo un amplio movimiento con su falda de seda, y prosiguió su camino pasillo abajo.
Winry intentó no temblar y se preparó para enfrentarse al hombre que, lentamente, había ido convirtiéndose en alguien importante en su vida.
Winry no sabía exactamente cómo ni cuándo había ocurrido; en realidad no se había dado cuenta de ello hasta la noche en que el conde no regresó a casa. No había podido dormir ni comer. La preocupación por él había provocado un fuerte dolor en su corazón.
Winry prosiguió por el pasillo temblando inevitablemente. Cuando el conde saltó del carruaje estaba furioso. ¿Sería su furia tan grande como para pedirle a Winry que cumpliera con su parte del trato? En parte, Winry estaba aterrorizada por el inminente encuentro, pero por otro lado, y de forma secreta, ansiaba verle y no le importaba lo que el conde quisiera de ella.
Winry llamó a la puerta con suavidad y el conde le dio permiso para entrar. Winry entró en el despacho y lo encontró tras su escritorio, con la vista perdida y las manos a su espalda, observando las hileras de libros sin mirarlas. En cuanto se aproximó, el conde la miró fijamente y el corazón de Winry se estremeció al comprobar la expresión de preocupación que tenía su rostro.
El conde parecía agotado, cansado como Winry jamás le había visto. Ella se acercó un poco más sintiendo un fuerte dolor en el pecho.
-Gracias por haber venido -dijo el conde con tono formal mientras le indicaba que se sentara en la silla que había frente a él.
Winry se sentó y se colocó bien la falda. A medida que pasaban los segundos, Winry examinó con más precisión su expresión buscando, en vano, una pista para saber en qué pensaba.
No tenía claro qué decir.
-Estaba... Todos estábamos preocupados por ti. Me alegro de que estés bien y de que hayas regresado.
El conde la miró con sus penetrantes ojos dorados intensos, bajo los que crecían unas evidentes ojeras.
-¿Es cierto?
-Yo... –Winry le miró directamente al rostro-. Sí, me alegro profundamente.
El conde no dijo nada, pero en su mirada apareció cierta indescriptible emoción. El conde se reclinó en su asiento reposando los codos sobre el escritorio.
-Supongo que ya debes de saber por qué deseaba verte.
Winry se alisó un pliegue de la falda.
-En realidad no estoy completamente segura.
-Los días pasan. Ha llegado el momento de hablar de nuestro trato.
A Winry se le hizo un nudo en el estómago. ¡Dios, estaba aterrada! Se humedeció los labios y recordó las palabras de la hermana del conde: «Si todavía no te ha tenido, debe de estar decidido a hacerlo.»
-¿De qué quieres hablar?
El conde se irguió y fijó su mirada en un punto en la pared encima de la cabeza de Winry examinándolo como si se tratara del objeto más interesante de la habitación.
-Es evidente que me equivoqué al creer que, con el tiempo, podrías corresponderme en el afecto que siento por ti. Puesto que la idea de convertirte en mi amante te repugna...
-¡No es cierto! -interrumpió Winry, asombrada por las palabras que acababa de pronunciar-. No debes pensar que es culpa tuya.
-¿No? ¿Entonces de quién?
Winry se esforzó por encontrar las palabras adecuadas, pues sabía lo importante que resultaba el modo de decir las cosas.
-No se trata de ti -repitió Winry-. Tal vez al principio sí. No te conocía y, en realidad, fuiste algo intimidante.
El conde mostró una débil sonrisa, y Winry pensó que se trataba de una bonita sonrisa mientras recordaba que resultaba mucho más suave de lo que aparentaba.
-Sí... Sé que es cierto.
-Ahora que te conozco mejor, considero que eres..., bueno, creo que eres un hombre muy atractivo y que cualquier mujer que quisiera convertirse en tu amante estaría indudablemente encantada de ser escogida.
-Pero tú no eres esa mujer -dijo el conde con un seco tono de voz.
-No. Eso es, yo no quiero convertirme en la amante de nadie.
-¿Ni siquiera de Alex Marlin?
Winry se ruborizó. ¿Realmente consideraba el conde que ella preferiría a Alex? De pronto Winry comprendió que, si se viera obligada a escoger preferiría al conde.
-Lo que intento decir es que convertirse en la amante de un hombre es algo muy distinto de lo que yo tenía entendido. Y en realidad, cuando hice el trato, jamás creí realmente que tendría que cumplirlo. Siempre pensé que... cuando llegara el momento... encontraría el modo de devolver el dinero. Ahora que ya soy mayor, comprendo el futuro que le espera a una mujer de ese tipo. Y yo... Bueno, yo no quiero tener que vender mi cuerpo como si fuera una prostituta.
Un músculo de la mejilla del conde se hinchó.
-Jamás habría pensado en ti de este modo -dijo el conde con suavidad. Al comprobar que Winry no decía nada, dejó escapar un largo suspiro de alivio y se levantó-. Sea como fuera, eso ya no tiene ninguna importancia. En una ocasión te dije que no te obligaría a acostarte conmigo.
La otra noche comprendí que habiendo costeado tu educación era exactamente lo que estaba haciendo. Por lo tanto, debo decirte, Winry Rockbell, que tu deuda está completamente saldada.
A Winry le dio un vuelco el corazón. Estaba segura de no haber oído bien lo que acababa de decirle el conde. Pero el corazón le latía con mucha fuerza y su mente le decía que sí lo había entendido. «Todo ha terminado!
¡Soy libre!», gritó su voz interior. Tal y como había querido desde un principio, el conde la había liberado del trato. Winry permaneció sentada, temblando, aliviada, preguntándose por qué no sonreía. Por qué no se reía a carcajadas.
-Te he buscado un lugar para vivir -le dijo el conde-. Ya he pagado el alquiler del primer mes.
-No. -Winry pronunció aquella palabra con total conciencia, pues en cuanto las palabras salieron de su boca, reconoció que estaba segura de lo que iba a decir.
El conde alzó la cabeza.
-¿Qué?
-He dicho que no. No aceptaré más tu caridad.
Una de sus cejas se arqueó.
-¿No quieres aceptar mi caridad? No tienes familia, no tienes dinero, no tienes a nadie a quien acudir. ¿De qué demonios estás hablando?
-Te estoy diciendo que no voy a aceptar tu dinero. Ya me has dado suficiente. Y sigo teniendo la intención de devolvértelo. -Winry echó un vistazo al montón de papeles que habitualmente reposaba sobre el escritorio del conde, a sus libros de contabilidad y sus portafolios, algunos de ellos con las esquinas dobladas por el uso, todos ellos llenos de interminables páginas plagadas de números-. Quiero trabajar para ti como he hecho hasta ahora.
El conde permaneció inmóvil sin poder hablar.
-Eso es imposible -dijo finalmente.
-¿Por qué es imposible? Entre tus deberes como conde y tus negocios, trabajas de sol a sol. Tú mismo dijiste que odiabas los números. Deja que los lleve yo por ti.
-Las mujeres respetables no hacen este tipo de trabajo.
-Las mujeres respetables no hacen el tipo de trato que yo hice.
El conde se hundió en su silla.
-¿Y dónde vivirás?
-Aquí, por supuesto. Tienes mucho espacio y puedo pagarte la deuda más deprisa si no tengo que preocuparme por gastar dinero en alojamiento y comida. Tienes docenas de sirvientes en la casa. Podría vivir en el tercer piso, con ellos.
Edward se alisó la cabellera con una mano y separó varios mechones de cabello negro.
-Eso no es sensato.
Finalmente Winry mostró una sonrisa.
-Me has hecho muchos regalos: mi educación, mi erudición, incluso la ropa que llevo. Pretendo devolverte todo esto con mi trabajo. ¿Qué hay de insensato en ello?
El conde alzó la vista. Winry pensó que, cansado o no, furioso o no, el conde seguía siendo el hombre más guapo que jamás había conocido.
-Pero el problema sigue existiendo: el deseo que siento por ti –dijo Edward-. Te deseo, Winry. Si no te marchas no podré olvidarte.
El pequeño demonio que residía en el interior de la mente de Winry volvió a manifestarse.
-Siempre podrás regresar con la mujer con la que estuviste durante tu ausencia.
-No he estado con ninguna mujer.
-Por supuesto, no tendría por qué entrometerme, pero...
-Si te interesa saberlo, me he emborrachado y he permanecido en este estado durante dos días enteros. Cuando llegué a casa estaba borracho.
Créeme, he pagado por mi tontería.
Winry se ruborizó.
-Lo siento. Como ya he dicho, no debería entrometerme. -Pero el demonio se reía con ganas y Winry estaba mucho más contenta de lo que se imaginaba.
Edward rodeó el escritorio y se aproximó a ella. Winry también se levantó.
El conde se detuvo frente a ella.
-Muy bien... Haremos lo que tú quieras. Con tres condiciones.
Winry le miró con cierto aire sospechoso.
-¿De qué se trata?
-En primer lugar, deberás permanecer en el dormitorio que actualmente ocupas. Los dos hemos invertido mucho en convertirte en una dama. Quiero que sigas siendo tratada como tal.
-No puedo oponerme a vivir bien. ¿Cuáles son las otras dos condiciones?
-Mientras vivas aquí, decidiremos juntos qué harás con tu futuro.
-¿Y?
-Te mantendrás alejada de Alex Marlin.
Mientras viviera con el conde no podría ver a Alex. Resultaba divertido, pues dejar de ver a Alex no le supondría un sacrificio en esta ocasión.
Winry sonrió y, por primera vez en su vida, se sintió libre. Libre y dueña de su vida. Lo que ahora ocurriese, fuera lo que fuese lo que le deparara el futuro, sería porque ella lo había decidido.
-Muy bien -dijo Winry con firmeza. Luego sonrió-. ¿Cuándo empezamos?
En la sala de fumadores del Brook's Club de la calle St. James, Roy estaba sentado en una cómoda silla de piel marrón frente a su amigo Edward Elric. Anteriormente, Edward acudía pocas veces al club. En las últimas dos semanas, había acudido prácticamente todas las tardes.
Roy le dio una profunda calada a su puro, echó la cabeza hacia atrás y dejó que el humo saliera de su boca formando anillos azules.
-¿Cómo te van las cosas con tu nueva empleada?
Edward le miró como si acabara de salir de entre una espesa niebla.
-Perdona. ¿Qué has dicho? Estaba distraído.
-Ya lo veo. ¿Supongo que no estabas pensando en una mujer? ¿Tal vez en una pequeña bruja con sonrisa de santa y rostro de ángel de cabello dorado?
Edward emitió un gruñido de disgusto.
-Por desgracia, últimamente no puedo pensar en otra cosa. Casi hubiera preferido que mi hermana no se hubiera marchado de casa. Barbara es un problema en todos los sentidos, pero al menos me servía de parachoques. Sin ella y sin Selim de por medio, está resultando horroroso.
Roy rió suavemente. Edward se mostraba distante a menudo, pero Roy jamás le había visto de aquella guisa. Ni siquiera los días en que creía estar enamorado de Margaret Simmons.
-Tranquilo, amigo. Saldará su deuda en unos... diez años.
Edward le dedicó una mirada asesina.
-Le estoy pagando un dineral por el trabajo que realiza y considero que tu sentido del humor es preocupante.
Roy le dedicó otra sonrisa.
-Lo siento -dijo, a pesar de que no se sentía en absoluto arrepentido de lo que había dicho. Edward necesitaba que, de vez en cuando, alguien se opusiera a su, por lo habitual, imperturbable comportamiento. Y Roy se alegraba de ser él quien lo hiciera.
Balanceó la copa de brandy en su mano e inhaló el suave olor que desprendía.
-Winry ya vivía contigo en la casa antes de que llegara tu hermana. ¿Por qué ahora te resulta tan difícil?
-Porque desde que le dije a Winry que era libre y que no tenía ninguna deuda conmigo, es otra persona. Antes siempre parecía preocupada, temerosa de lo que yo pudiera hacer. Ahora que la he liberado de su deuda, parece actuar de otra forma conmigo.
-Tal vez confíe en ti. Podrías haberle pedido que cumpliera el trato, pero no lo hiciste. Hiciste lo que creías correcto. Seguramente eso ha hecho que confíe en ti.
-Supongo que sí. En realidad he actuado con egoísmo y lo único que he hecho ha sido salvar mi conciencia. No ha sido nada noble.
Roy no dijo nada. Edward siempre racionalizaba su comportamiento según los términos más severos y desagradables. Roy sabía perfectamente por qué razón su amigo había hecho lo que había hecho: porque la chica le importaba, porque la admiraba y la respetaba, y en todo eso no había nada de egoísmo.
Edward suspiró.
-Lo peor es que, cuanto más confía en mí y más abierta y cándida se muestra, más la deseo. Te aseguro que mi noble imagen se está empobreciendo mucho. Cada vez que me sonríe deseo quitarle la ropa, tumbarla sobre la alfombra y penetrar en su pequeño y dulce cuerpo. No sé si podré aguantarlo por mucho más tiempo.
Roy tomó un sorbo de su copa de brandy.
-Si tanto la quieres siempre puedes casarte con ella.
Edward palideció.
-¿Casarme con ella?
-¿Por qué no? Eres un hombre soltero. Winry está en edad de casarse.
Por supuesto, siempre existe la posibilidad, por mucho que odie tener que decirlo, de que Winry haya estado planeando cortejarte desde el principio.
-Eso es ridículo. No estoy en condiciones de casarme. Y Winry lo sabe.
-Dijiste que era una chica muy lista. Tu padre no estaba en condiciones de casarse y, no obstante, sucumbió a sus artimañas. -Sonrió- y la chica sólo tenía catorce años.
Edward se limitó a gruñir.
-El matrimonio no es posible.
-¿Por qué no?
-Porque este tipo de compromiso debería implicar, como mínimo, algún tipo de vínculo afectivo. Y lo único que yo siento por Winry es deseo sexual.
Roy volvió a fumar de su puro y dejó que el humo ascendiera. No estaba dispuesto a discutir, puesto que no serviría de nada. Roy estaba convencido de que su amigo sentía algo más que deseo sexual por Winry. Edward jamás lo admitiría, ni siquiera para sí mismo.
-Tal vez podríamos hacerle otra visita a madame Charbonnet -sugirió CIar, simplemente para comprobar la solidez de su teoría-. Allí las mujeres son muy guapas y ambos sabemos que tienen un gran talento.
Edward le miró con disgusto.
-No creo. Al menos no por el momento.
Edward no quería otra mujer. Quería a la esbelta rubia. Roy no se sorprendió de que Edward negara sus sentimientos por Winry. Debido a la falta de atención que había sufrido por parte de su padre, al abandono de su madre y a la traición de Margaret Simmons, Edward siempre ocultaba sus sentimientos de tal forma que ni siquiera él podía reconocerlos. En las extrañas ocasiones en que estos sentimientos salían a la superficie, Edward se convencía a sí mismo de que se trataba de algo distinto, de algo mucho más pragmático que un simple sentimiento humano.
Roy tomó otro sorbo de brandy, sin estar seguro de si debía sentir lástima por su amigo o de si debía considerarlo divertido.
-Dale un poco de tiempo -dijo-. Las cosas siempre tienen una salida.
Edward no contestó.
Roy se preguntó cuánto aguantaría su amigo aquellas circunstancias antes de explotar. Supuso que era cuestión de tiempo el hecho de que el pequeño y dulce ángel de Edward se tumbara en el colchón de plumas del conde de Greville.
Como había dicho Roy, tal vez eso era lo que aquella pequeña bruja deseaba.
Llegó el mes de octubre, y con él el otoño, pero Winry apenas lo notó.
Aquella mañana canturreaba mientras recorría el pasillo de camino al estudio para reponer el libro de contabilidad que la noche anterior se había llevado a su dormitorio. Trabajaba mucho todos los días y. en ocasiones incluso por la noche, pero se asombraba de descubrir que se estaba divirtiendo.
Se sentía bien haciendo algo productivo, utilizando los conocimientos que tanto le había costado adquirir. Se preguntaba por qué otras mujeres todavía no sabían que trabajar no tenía por qué ser sólo cosa de hombres.
Si una hacía lo que le gustaba, incluso podía divertirse.
Winry se dirigió a la puerta del despacho giró el pomo plateado y entró sin llamar. Ahora compartía el despacho con el conde. El conde ocupaba su gran escritorio y Winry uno más pequeño al otro extremo de la habitación. Los dos pensaban que el trabajo era lo primero. Ya habían superado los habituales tratos formales.
Winry se detuvo por un instante para mirar al conde. Llevaba una camisa de lino blanca y unos pantalones de color gris oscuro. Había dejado su abrigo color burdeos sobre el respaldo de una silla cercana. Se había arremangado la camisa dejando ver sus brazos agradablemente musculosos,.
Fuera estaba nublado, el tiempo era húmedo y frío. Una espesa capa de nubes cubría gran parte del cielo. La lámpara sobre el escritorio del conde estaba encendida, formando sombras en su rostro y oscureciendo los profundos hoyuelos de sus altas mejillas. Su dorada cabellera, por lo general peinada en una cola de caballo, esta vez en una trenza.
Winry se preguntó si aquel cabello era tan suave y sedoso como aparentaba; si su cuello era tan musculoso como sus antebrazos, y Winry sintió entonces un retortijón en la boca del estómago. Para evitar aquellos pensamientos, Winry cogió con fuerza el libro de contabilidad que sostenía entre sus brazos y se dirigió al estante que había tras el escritorio de Edward.
Winry intentó colocar de nuevo el libro en el estante al que pertenecía pero, , apenas alcanzaba. Oyó que el conde movía su silla y notó que Edward se aproximaba a ella por la espalda.
-Deja que te ayude. -Edward se colocó tan cerca que su pecho le rozó la espalda.
Winry notó los músculos contra su blusa mientras el conde colocaba de nuevo el volumen en su lugar. Ninguno de los dos se movió. Winry se sintió repentinamente acalorada. El reloj que había sobre la chimenea provocaba un rítmico ruidito que se acompasaba con los fuertes latidos de su corazón.
Lentamente, como si el conde temiera que Winry se marchara, dejó caer las manos y sus largos y elegantes dedos reposaron sobre los hombros de Winry. El conde desprendía un suave olor a tinta y cierto olor masculino que únicamente le pertenecía a él. Winry notaba la respiración de Edward, su cálido aliento en la mejilla y el movimiento suave de sus cabellos.
-Winry... -susurró el conde en un tono de voz suave y áspero. Sonó como una especie de plegaria que le llegó directamente al corazón.
Winry no se cuestionó lo que debía hacer, simplemente se volvió y le miró, evidenciando con sus ojos la respuesta a su súplica.
El conde le acarició la mejilla con suavidad. El pulgar de Edward se desplazó encima del labio superior de Winry y ésta se estremeció ligeramente.
-Edward... -susurró Winry, simplemente por el placer de pronunciar su nombre.
Ambos intercambiaron una penetrante mirada que contenía miles de pensamientos.
-Winry..., querida...
Edward suspiró al tiempo que aferraba su rostro entre las manos. Tras emitir un gruñido de derrota, Edward cubrió la boca de Winry con la suya. El beso fue suave y profundo. Un beso saturador, seductor, penetrante... Un beso húmedo que no parecía tener fin.
-Lo he intentado -susurró Edward suavemente mientras recorría el interior de su boca y luego volvía a besarle los labios-. Jamás sabrás lo mucho que lo he intentado. -Tras volver la cabeza, Edward la besó de varias formas presionando cada vez con más fuerza y saboreando su labio inferior. Forzó a Winry para que ésta abriera la boca. Edward deslizó su lengua en el interior de su boca como si fuera de seda húmeda y caliente.
Winry deslizó sus brazos alrededor del cuello de Edward. Notó como un líquido ardiente invadía su estómago. Sintió que le fallaban las piernas. Edward jamás había logrado que Winry se sintiera de ese modo. Jamás. Hasta entonces lo había temido. Ahora ya no lo temía.
Edward volvió a besarla. Se estremeció ligeramente y Winry notó las manos del conde bajo sus pechos, lo que provocó que sus pezones se endurecieran. Aquellos largos y oscuros dedos se cerraron alrededor de sus pechos con suavidad por encima de la tela de su vestido, y Edward dejó escapar un suave gemido.
-Winry... -susurró mientras le acariciaba los pezones con suavidad permitiendo que la pasión lo invadiera.
Winry se acercó a él y se estremeció. Sabía que tenía que detenerlo, pero por Dios, el placer era tan dulce, las sensaciones tan maravillosas... que su cuerpo traidor no quería escucharla.
En lugar de rechazarle, Winry se descubrió presionando su cuerpo contra el pecho de Edward para dejarse envolver por la rigidez de su masculinidad.
Edward la besó en el cuello, volvió a besarla en la boca y Winry gimió suavemente. Ahora temblaba y su corazón latía con mucha fuerza. Notó que Edward buscaba los botones en la parte trasera de su vestido. Logró desabrochar el primero y luego fue a por el segundo.
-Edward... -Winry apenas susurró su nombre, pues la desesperación era evidente en su voz. Si no le detenía en aquel momento, ya no podría ni querría hacerlo.
Durante unos eternos segundos, Edward permaneció inmóvil, con sus preciosas manos dormidas mientras se esforzaba por recuperar el control.
Por un breve instante, Winry deseó haberse mantenido en silencio, haber permitido que Edward prosiguiera con su magia y comprobar cómo podía brillar el fuego. Winry estaba segura de que el desastre se avecinaba.
Edward inspiro con fuerza y se irguió. Volvió a Winry con suavidad y le abrochó los botones del vestido.
-Lo siento -dijo él-. No quería que esto ocurriera.
No necesitaba disculparse. Ella había deseado que la besara. Había querido mucho más que eso. Pero no podía decírselo.
-No ha sido culpa tuya. Simplemente... ha ocurrido.
Aquellos intensos ojos grises, normalmente tan intrigantes, brillaron con emoción. Luego la máscara volvió a cubrir su rostro.
-Considerando las consecuencias, será mejor que no vuelva a ocurrir.
En realidad, sería mejor que no nos viéramos durante un tiempo. -Edward se alejó de ella, bajó lentamente las mangas de su camisa y se abrochó los puños-. Tengo cosas que hacer fuera de la ciudad. Faltaré durante algunas semanas.
A Winry le dio un vuelco el corazón.
¿Varias semanas? -Se esforzó por no pensar en lo vacía que estaría la enorme casa sin él. En lo mucho que lo echaría de menos-. Pero no habías dicho nada de salir de la ciudad.
Edward se mostró incómodo y Winry comprendió que acababa de tomar aquella decisión. Se iba por ella, por lo que había ocurrido entre ellos, algo que tal vez se debía más a ella que a él.
-Necesito comprobar los avances en la fábrica textil. Te dejaré una lista de cosas que puedes hacer mientras esté fuera. Imagino que sin nadie que te moleste podrás trabajar mejor.
-Sí... Supongo que sí. -Pero Edward no era ninguna molestia. En realidad, a Winry le encantaba discutir con él. Había descubierto que disfrutaba trabajando a su lado, que se divertía aprendiendo cosas sobre los negocios, acerca de qué era lo que convertía a algo en un buen negocio en mal negocio, aprender qué bancos pagaban los intereses más altos y qué tipo de persona era un buen candidato para que le ofrecieran un préstamo.
A Winry le gustaba hablar con él, le gustaba saber que Edward se encontraba en algún rincón de la casa.
Edward agarró el abrigo del respaldo de la silla y se lo colocó encima de sus anchos hombros.
-Estaré fuera unas horas. No llegaré hasta tarde.
Winry no dijo nada. Se limitó a observar cómo los largos pasos de Edward le llevaban hasta el exterior de la habitación. Últimamente solía pasar muchas tardes fuera de casa. Edward intentaba protegerla, y tal vez protegerse a sí mismo, intentando alejarla del deseo que sentía por ella.
Por primera vez desde su llegada a la mansión de la calle Brook, Winry comprendió que ya no quería que el conde siguiera protegiéndola.
