N.A: Nunca pensé que este capítulo terminaría siendo tan largo. Originalmente pretendía hacer un capítulo dentro del rango usual (10-12k) en el cual la mitad fuera de Arya y la otra mitad del Aguasnegras, pero al final terminé haciendo 16k solo de Arya. Estuve tentado de partir este capitulo en dos, pero viendo que no resultó muy bien cuando hice eso en los últimos dos capítulos, preferí abstenerme de tal opción.

También consideré la opción de lanzar este capitulo como una historia independiente, ya que su extensión, el hecho de que su protagonista es diferente a los que había ocupado hasta ahora (Edric, Eddard, Robb, Jaime y Monford) y sobre todo a que no se encuentra con ninguno de ellos (como si ocurría con los otros, salvo ese pequeño trozo de Jaime en "Guerra y Paz") ubican este capítulo casi como un spin-off de la historia original. Finalmente también decidí no hacerlo, pero de que consideré la opción, lo hice.

El hecho de que Arya es la protagonista excluyente del capítulo me permitió reflejar sus pensamientos y sentimientos de una manera mucho más detallada a como lo había hecho hasta ahora. Estoy completamente satisfecho con el resultado, sobre todo al relacionar a nuestra querida Stark con los diversos personajes con los que interactúa en el capítulo.

Ahora, hay que aclarar el tiempo de este capítulo: La parte Ø es como una especie de prólogo, por lo que ocurre después de las partes I, II y III. Se puede decir que tales partes son contadas en una especie de racconto.

Con respecto a la linea de tiempo general, el capítulo abarca desde poco después de "Promesas"... hasta más allá de "y que nazca el hombre", por lo que hay ciertas referencias a sucesos en el sur que todavía no han sido narrados. Obviamente para no spoilear mi propia historia, escribí tales referencias lo más misteriosamente posible.

El próximo capítulo es la Batalla del Aguasnegras, si o sí.


Ø

-Hace mucho que no veía tanta nieve. –murmuró Arya, apretujándose entre las pieles mientras observaba los copos de la blanca sustancia deslizándose entre los árboles del Bosque de Dioses de Invernalia.

Recordaba la última vez que había visto algo parecido, en esa mañana que los hombres de Invernalia habían partido a ajusticiar a un desertor de la Guardia de la Noche. Ese había sido el día en el que Jon había encontrado a Nymeria y a sus hermanos, y en el que había llegado una carta desde el Sur diciendo que Lord Arryn había muerto y que el Rey Robert se dirigía a Invernalia.

Pensar en ello le hizo recordar a su padre, lo que entristeció a la muchacha. Aún no podía dejar de sentir dolor cada vez que se acordaba de él. Quizás nunca lo haría, así que trató rápidamente de pensar en otra cosa. –En el último invierno era más pequeña que Rickon, así que no recuerdo casi nada de él. ¿Acaso esta nevazón significa que el invierno ha vuelto?

-No, mi señora. –respondió la mayor de sus acompañantes, una muchacha solo un poco más alta que ella, pero que tenía la edad de Robb o Jon. -Esta es solo una de las primeras nevadas de otoño. Mayor a las del verano, pero no se puede comparar a las tormentas de invierno. Cuando los vientos invernales soplan incluso en los pantanos del Cuello la nieve llega hasta las rodillas.

-Me gusta la nieve. –dijo Arya, recordando cuando jugaba con sus hermanos lanzándose bolas de la sustancia blanca. No solo le gustaba la nieve, también le gustaba el frío. Una de las cosas que más había detestado de Desembarco del Rey era ese pegajoso calor del que no se podía escapar, ya que incluso las aguas del río eran tibias.

-A mí también me gusta, mi señora.

-¡Deja de decirme mi señora! ¡Somos amigas! –dijo Arya, indignada.

-Como quieras Arya. –respondió Meera Reed con una sonrisa.

Flaca y atlética como la propia Stark, la lacustre se había convertido en la mejor amiga que había tenido en su vida poco después de llegar a Invernalia desde su hogar en la Atalaya de Aguasgrises. Al igual que ella no era una dama noble normal, porque no le importaba en lo más mínimo ensuciarse, correr o luchar con las armas que usualmente estaban reservadas a los hombres.

Meera se arrodilló, reuniendo un poco de nieve entre sus manos. Las sospechas de Arya se confirmaron cuando la lacustre le lanzó una bola de nieve casi perfecta, que no pudo esquivar y le impactó sonoramente en la cara.

La fría sustancia se esparció por sus facciones, congelando el rostro de la norteña y cegándola por un instante. Una dama noble normal hubiera gritado quejándose del frío y de lo indecoroso de la situación… pero Arya Stark no era una dama normal.

Cuando se quitó la nieve de la cara lo primero que hizo buscar con la mirada a la Reed, quién se había quedado paralizada en su lugar, sorprendida por su propia puntería. Sin darle tiempo a reaccionar, Arya recogió un poco de nieve del suelo y la lanzó lo antes posible. No había alcanzado a compactar la sustancia, así que la bola de nieve se desintegró mientras volaba. Aun así gran parte de la fría sustancia llegó al cuerpo de la lacustre, que la recibió entre risas.

-Tienes muy buena puntería Meera, ¿En Aguasgrises también jugaban guerras de nieve cuando eras pequeña? –preguntó la Stark, quitándose los restos de nieve que aún le quedaban en la cara y el pelo.

-Si. Jojen era muy pequeño en el último invierno, pero más de alguna vez jugué con mi padre. La nieve le gusta tanto como a mí. –respondió la delgada joven, jugueteando con la red que llevaba colgada de la cintura.

Unas horas antes había luchado amistosamente contra Nymeria y sorprendentemente le había ganado, atrapando a la loba con la red sin que esta pudiera escapar. Arya casi se había ahogado de la risa por lo ridículo de la situación.

La expresión de Meera se oscureció un poco antes de continuar. –Pero bueno, la nieve y el invierno son cosas diferentes.

-La nieve es buena para los juegos de los niños, pero el invierno es algo que puede matar hasta al más fuerte de los hombres. –anunció una voz solemne a las espaldas de las muchachas.

Jojen Reed se acercó caminando entre los árboles, sus ligeros pasos apenas dejando huellas en la nieve. A pocos metros estaba Nymeria, siguiendo fielmente al joven Reed. El lacustre era más pequeño que su hermana, casi de la misma altura de la norteña. Estaba vestido completamente de verde, desde el abrigo hasta las botas.

Sus ojos miraron fijamente a los de Arya, quién no pudo evitar pensar en lo extraños que eran.

"También son verdes, pero no de un color normal. Nunca he visto a alguien con ojos que se parezcan remotamente a los de Jojen."

Los ojos del lacustre eran de un profundo verde musgo, propios de una persona con mucha más edad que la que realmente tenía. Eso solo reforzaba aún más la imagen que el muchacho proyectaba, ya que Jojen era tan solemne que incluso la Vieja Tata lo llamaba "el pequeño abuelo".

De todos modos a Arya le caía bien, recordándole a Edric por ser alguien que escuchaba más de lo que hablaba. Además el dorniense también tenía un color de ojos extraño, un azul tan oscuro que a veces parecía púrpura. Cuando era pequeña le asustaban un poco, incluso le había preguntado a su padre si acaso eso era prueba de que Edric era un Targaryen.

El difunto Lord Eddard había sonreído y había negado con la cabeza, al tiempo que le revolvía el pelo a la muchacha.

-Casi toda la familia de Edric tiene sus ojos, desde su padre hasta su primo de Ermita Alta. Pero eso no significa que sean de la sangre del dragón. –le había respondido, manteniendo esa expresión amable que parecía reservar solo para ella. –De los Targaryen solo quedan recuerdos…y unos pocos niños cuyos padres murieron.

No había podido seguir hablando con él, porque Jon había llegado corriendo diciendo que el maestre Luwin estaba buscándolo. Su padre le había dado un beso y se había marchado siguiendo a su hermano bastardo.

"Y ahora jamás podré volver a hablar con él, y quizás tampoco podré hacerlo con Jon." pensó tristemente.

Sin casi darse cuenta, se sumergió profundamente en sus memorias.

-*-*-*-*.

I

La mañana del día en el que se cumplía un mes de que Robb partiera al sur, un grupo de jinetes había llegado a Invernalia, provenientes del Muro. El corazón de Arya dio un vuelco cuando un guardia fue a darle la noticia a su habitación, corriendo veloz como un ciervo por los pasillos del castillo para llegar lo antes posible al salón donde Ser Rodrik y el maestre Luwin estaban recibiendo a los líderes de los recién llegados.

"Tiene que ser Jon, es el único que puede venir desde el Muro"

Pero no era su hermano bastardo quién la recibió cuando atravesó la puerta de que daba al Gran Salón de Invernalia. Solo eran dos hombres mayores que no conocía, uno con el escudo de los Glover bordado en el jubón, y otro con las ropas negras de la Guardia de la Noche.

El cuervo la miró por un instante con desaprobación, probablemente confundiéndola con una sirvienta por su pelo sin arreglar y ropas informales. Pero el Glover se dio cuenta de quién era y rápidamente se puso en una rodilla para saludarla, siendo imitado por el guardia nocturno.

-Lady Arya. –saludó el hombre de Bosquespeso. La Stark no pudo evitar mostrar un poco de decepción en sus facciones frente a la ausencia de su hermano, pero se obligó a recordar sus cortesías tras la mirada reprobatoria del maestre Luwin, quién estaba de pie junto a Ser Rodrik atrás de los viajeros.

-Lord Glover. –respondió la doncella, con una reverencia propia. -Disculpadme, pero no recuerdo vuestro nombre.

-Robett, mi señora. Y me temo que no soy Lord Glover, ese título recae sobre mi señor hermano. –dijo el norteño, con una pequeña sonrisa.

-Oh. –dijo Arya, enrojeciendo un poco. Se maldijo a si misma por su ignorancia. "Sansa jamás se equivocaría en algo así. Hubiera sido mejor que ella hubiera escapado de Desembarco y yo fuera la que quedó atrás.", pensó no por primera vez.

El hombre de Bosquespeso notó su incomodidad, por lo que rápidamente acudió a su auxilio.

-No os preocupéis por equivocarse en algo tan mínimo. Me parezco bastante a Galbart e incluso nuestras barbas son semejantes. –bromeó, restándole importancia a lo sucedido. –Además mi querido hermano no quiere tener hijos, así que le sucederé como Señor de Bosquespeso si los dioses son buenos.

-Espero que lo sean. –dijo Arya sinceramente. En ese momento su atención se había fijado en el guardia de la noche. Era un hombre viejo que no llamaba la atención, de un rostro tan plano que era fácil de olvidar. De todos modos era obvio que venía del Muro por algún motivo, por lo que la norteña se aclaró la garganta antes de hablarle.

-Bienvenido a Invernalia, Ser…

-Othell Yarwyck, mi señora de Stark. Primer Constructor de la Guardia de la Noche. –se presentó el anciano cuervo.

-Tanto mi hermano mayor como mi madre se encuentran en el sur, y mi hermano menor aún no despierta. Así yo seré la Stark que os dará la hospitalidad de Invernalia como siempre se le dará a un hombre de la Guardia de la Noche. –dijo intentando sonreír para cumplir con su papel de anfitriona, mientras el maestre Luwin y Ser Rodrik la miraban aprobatoriamente.

"Esto es una estupidez, lo único que quiero saber es donde está Jon."

Exteriorizó sus pensamientos en su siguiente pregunta.

-No quiero parecer ruda, pero debo decir que estoy muy ansiosa por noticias de mi hermano Jon… "¿Por qué demonios no está con ustedes?" pensó. ¿Cómo se encuentra? –preguntó, mordiéndose el labio.

Su corazón dio un vuelco al ver la expresión de frustración que cruzó la cara de Robett.

-Lo lamento mi señora, pero he fallado en la misión que Lord Robb me encomendó. –anunció el Glover, con pena en su voz. -Como le estaba explicando a Ser Rodrik, Jon Nieve no se encuentra en el Castillo Negro. De hecho no está en ninguna de las fortalezas de la Guardia de la Noche.

-¿Qué? –preguntó Arya, sorprendida. -¿Y dónde demonios está?

Se dio cuenta tarde de su exabrupto, pero afortunadamente a ninguno de los presentes pareció importarle.

-Jon Nieve partió junto a muchos de nuestros hermanos en una expedición a Más-Allá-del-Muro. –explicó Yarwyck, solemne. –En el último tiempo, casi todos nuestros exploradores que han viajado al norte han desaparecido, incluyendo a los que mandábamos para averiguar que les había pasado a los primeros. El Lord Comandante se aburrió y decidió partir con doscientos hombres del Castillo Negro y cien de la Torre Sombría para averiguar intentar qué demonios está ocurriendo ahí afuera.

-El hermano de Lord Eddard es uno de los que desapareció, ¿No es cierto? –preguntó el maestre Luwin.

-Sí, Ben Stark fue el último en desaparecer antes de que el Viejo Oso dijera basta. –respondió el guardia de la noche, algo triste.

"Tío Benjen, perdóname. No sé cómo pude haber sido tan tonta como para olvidarme de ti." pensó Arya, triste por las noticias de su tío y furiosa consigo misma por no haberlo recordado antes.

-¿Han tenido noticias de ellos? –preguntó Ser Rodrik.

-El último cuervo que llegó al Castillo Negro mientras estaba ahí decía que habían partido desde el Torreón de Craster hacia los Colmillos Helados, una cadena montañosa que hay al oeste del Bosque Encantado. –respondió el hombre de la Guardia de la Noche. –Es imposible saber dónde exactamente armará el campamento entre todas esas montañas. Hay algunos lugares que son más probables, es cierto, pero el Viejo Oso no es tan tonto como para confiárselo a un cuervo que puede ser derribado por un arco salvaje.

-¿Y hay alguna forma de saber cuándo volverán? –preguntó la Stark.

-No, mi señora. –dijo Yarwyck, negando con la cabeza. –Podrían volver en una semana o en un año. Solo los dioses y el Lord Comandante lo saben.

La decepción se apoderó de Arya, quién no pudo evitar mostrarse triste por la situación.

"¿Por qué Jon? Robb iba a hacer que volvieras con nosotros. ¿Por qué tuviste que partir del Muro justo ahora?"

El maestre Luwin notó que la muchacha estaba sumergida en pensamientos sobre su hermano, así que tomó el control de la conversación en su lugar.

-Como Lady Arya anunció, tenéis la hospitalidad de Invernalia. –dijo, dirigiéndose a los dos hombres. –Podéis quedaros el tiempo que sea necesario antes de retomar vuestro camino.

-Gracias maestre Luwin, pero creo que partiré hoy mismo. –respondió Robett Glover. –Debo llevar personalmente las noticias de su hermano a Lord Robb. Estaría muy agradecido si pudiéramos cambiar nuestros caballos por algunos frescos. Pretendo cabalgar a Puerto Blanco y tomar un barco a las Tierras de los Ríos.

-Hablaré con el caballerizo para que os entregue algunos caballos. De todos modos recomiendo que sigáis el Cuchillo Blanco en busca de alguna barcaza que lo esté bajando. Llegareis más rápido, los barcos no necesitan dormir o descansar como un caballo.

-Gracias maestre, seguiré vuestro consejo.

El maestre Luwin asintió y se dirigió al guardia de la noche. -¿Y vos, mi señor de Yarwyck?

-También me quedaré lo menos posible… y además necesito otro favor. –dijo el Primer Constructor, algo incómodo.

-Los Stark son amigos de la Guardia de la Noche, así que pedid sin miedo. –exhortó Ser Rodrik, aunque su mirada era algo desconfiada. Los Yarwyck eran una familia vasalla de los Lannister y si bien unirse a la Guardia de la Noche obligaba a olvidar toda lealtad previa, no todos los hombres tomaban sus votos con la misma seriedad.

-Lady Whent envió un cuervo al Castillo Negro un poco antes de que Harrenhal cayera ante Lord Tywin. –comenzó a explicar el guardia nocturno, sacando una carta entre sus ropas para entregársela al maestre Luwin. Continuó hablando mientras este la leía. –Uno de los cuervos errantes, nuestros reclutadores en el sur, partió desde Desembarco del Rey con un grupo considerable de nuevos reclutas para la Guardia.

-Aquí dice que es Yoren. –murmuró el maestre, sin levantar la vista de la carta. –Lo conocemos bien. Estuvo aquí un par de meses después de que Lord Eddard se fuera al sur. Partió del castillo junto al Gnomo, cuando los Lannister todavía no eran enemigos de Invernalia.

-La Guardia de la Noche no toma partido en las guerras del sur, así que no tengo comentario al respecto. –respondió el Yarwyck, casi inexpresivamente. –Volviendo al tema original, Lady Shella nos informaba que había proveído suministros a Yoren y su grupo de reclutas, pero que aun así era imposible que sus provisiones duraran desde Harrenhal hasta El Muro.

-Y supongo que queréis que os demos provisiones para evitar que los nuevos reclutas se mueran de hambre en el camino. –dijo Ser Rodrik, con los brazos cruzados.

-Sí -admitió. -El Norte es demasiado grande, entre Castillo Cerwyn y El Cuello hay pocas posadas y casi ninguna recibirá al grupo de Yoren solo por buena voluntad. La Guardia estaría muy agradecida si los Stark nos ayudarán en esto.

-¿Solo comida? –preguntó el maestre.

-Y algunos guardias y caballos para escoltarla en el camino al sur.

Ser Rodrik y el maestre Luwin cruzaron una mirada, antes de comenzar a conversar en susurros que ninguno de los otros presentes alcanzaba a escuchar. Arya mientras tanto había dejado de pensar en Jon, estudiando atentamente el rostro del hombre de la Guardia de la Noche.

"Mira con los ojos, niña." casi podía escuchar la voz de Syrio en ese instante. No sabía que le había pasado al maestro braavosi después de que huyó de Desembarco y su padre fuera ejecutado, pero tenía la esperanza de que se encontrara bien. Pero bueno, aunque Syrio no estuviera con ella, sus enseñanzas si lo hacían. "Escucha con los oídos. Saborea con la boca. Huele con la nariz. Siente con la piel. Y sólo después de ello piensa, y así sabrás la verdad."

Othell Yarwyck no era tan simple como su cara podía hacer creer, eso estaba claro… pero tampoco era un genio conspirador. Arya no podía detectar intenciones ocultas tras las palabras del guardia nocturno.

Es por eso que decidió terminar con la indecisión.

-Ser Rodrik, maestre Luwin. –comenzó, intentando imitar la expresión solemne que ocupaba su padre cuando tenía que dar órdenes. Al parecer estaba dando resultado, porque ambos hombres se quedaron callados mientras la escuchaban–Si mi padre estuviera aquí no dudaría en ayudar a la Guardia. Démosle los hombres y las provisiones que necesitan.

-Pero mi señora, Lord Robb se llevó a casi todos nuestros hombres al sur. Cada guardia que enviemos con Ser Othell es un lugar en las murallas de Invernalia que tendrá menos vigilancia. –repuso Ser Rodrik.

-Podemos alargar las guardias. –respondió Arya, tras pensarlo un instante. –Si es necesario, yo misma puedo hacer un turno vigilando los muros con Nymeria. Además ¿Quién podría atacarnos? Los Lannister están a mil leguas y tendrían que pasar por Foso Cailin primero.

-Lady Arya tiene razón, Ser Rodrik. –dijo el maestre Luwin, moviendo su cabeza de un lado al otro al tiempo que sonreía. –Podemos desprendernos de unos cuantos hombres por un tiempo sin mayor riesgo. –entonces dejó de sonreír a la norteña para dirigirse al guardia de la noche. –Hablaré con el mayordomo para que prepare lo que necesitáis. Os avisaremos cuando esté listo.

-Muchas gracias mis señores…. y mi señora. La Guardia de la Noche no olvidará vuestra ayuda. –añadió Othell Yarwyck, haciendo una reverencia frente a la muchacha. La Stark le había mirado sin sonreír, ya aburrida de tanta falsa cortesía.

"Espero que la Guardia recuerde todo lo que les hemos ayudado cuando llegue el momento de liberar a Jon de sus votos."

-*-*-*-*.

II

Un mes después de ese día, aún no había noticias ni de Jon más-allá-del-Muro ni de Yarwyck en el Camino Real.

De Robb, Bran y Edric si habían noticias. Según la última carta que su madre le había enviado, el ejército de Robb se dirigía al Valle de Arryn para tomar Puerto Gaviota, donde Lord Grafton se había declarado por los Lannister. Arya no pudo evitar pensar en que hubiera sucedido si su barco no hubiera sido interceptado por Lord Velaryon y éste hubiera convencido a la tripulación de dirigirse a Puerto Blanco y no al Valle.

"Todos seríamos rehenes. Sansa en la capital y nosotros en Puerto Gaviota."

Su madre no había viajado con Robb al Valle, separándose del ejército norteño para ir a ver su a agonizante padre en Aguasdulces. Arya no había tenido la oportunidad de conocer a su abuelo, Lord Hoster Tully, pero no dudaba en lo más mínimo que ella hubiera hecho lo mismo que su madre.

"Al menos ella podrá estar con su padre en el final", pensó amargamente.

Los señores norteños que no habían viajado al sur se reunieron en Invernalia para el Festín de la Cosecha. La idea era que Rickon los recibiera como el Stark en Invernalia y les diera la bienvenida al banquete en el Gran Salón, pero pronto quedó claro que no sería posible. Su pequeño hermano era un salvaje en todo menos apellido y no hubo forma de convencerlo de que se arreglara para recibir a los vasallos de los Stark.

-Ya déjenlo. –había dicho cansada a unas criadas que luchaban infructuosamente por vestir al pequeño noble. –Yo los recibiré.

Fue así como había tenido que bañarse refregándose hasta casi despellejarse la piel, arreglarse el pelo en un peinado estúpido, y ponerse un vestido con el que le costaba moverse con completa libertad. Odio por completo la situación, pero la soportó estoicamente sin quejarse.

"Soy una Stark de Invernalia, nuestro blasón es el lobo huargo. Los huargos no se quejan como si fueran niños pequeños."

El maestre Luwin le había sonreído dulcemente cuando bajó al Gran Salón de Invernalia, como un abuelo que recibe a su nieta favorita. En cambio Ser Rodrik la miraba como si hubiera visto un fantasma, al igual que casi todos los sirvientes más viejos de Invernalia.

-Y tú no me creías cuando te dije que se iban a parecer. –había dicho Mikken mientras le pegaba un codazo a Farlen, el encargado de las perreras.

El más importante de sus vasallos que asistió al festín fue Lord Manderly, el mismo que los había recibido en Puerto Blanco tras huir de Desembarco y quién le había contado sobre la ejecución de su padre.

-Lady Arya, es un honor volver a veros. –le había saludado el gordo señor mientras le besaba la mano. Una mirada a su rostro bastó para que la norteña se diera cuenta de que la seguía mirando con compasión, pese a todo el tiempo que había pasado desde aquél fatídico día. Arya quería enojarse, gritarle furiosa por considerarla una niña pequeña que merecía compasión…

Pero no lo hizo, en parte porque significaría faltarle el respeto a uno de sus vasallos más poderosos… y porque en el fondo de su corazón la norteña si quería recibir algo de compasión. Casi todas las personas que quería estaban lejos de ella, y la tristeza por la muerte de su padre no la abandonaría nunca, al menos completamente.

-El honor es mío, Lord Wyman. –le había respondido, sonriendo por fuera, sintiéndose estúpida por dentro. "¿Cuántas sonrisas falsas más deberé mostrar antes de que acabe la guerra?". Le indicó el banco más cercano al lugar de los propios Stark, donde estaba puesta una silla que Ser Rodrik había mandado a confeccionar especialmente para el gordo señor. –Invernalia está a vuestro servicio.

Lady Hornwood, los tíos del Gran Jon, el mayordomo de los Glover y Ser Leobald Tallhart también habían viajado al castillo de los Stark. Cada uno traía docenas de hombres de armas y sirvientes, a quienes el maestre Luwin y el mayordomo les consiguieron habitaciones en las posadas de la ciudad invernal.

Todos los Bolton y Karstarks habían viajado al sur, las hijas menores de Lady Mormont no habían podido dejar la Isla del Oso por una tormenta, y tanto Lord Locke como Lady Flint se excusaron por su edad. Así que los únicos que aún no había saludado eran los Cerwyn, la reservada Lady Dustin… y los propios hermanos Reed, que en ese instante aún no habían llegado a Invernalia.

Los primeros eran liderados por Cley, el único hijo varón de Lord Cerwyn. El joven norteño era un año menor que Robb y gracias a la cercanía entre Invernalia y Castillo Cerwyn siempre había sido un amigo cercano de los jóvenes Stark. Es por eso Arya se sorprendió al ver lo sobresaltado que había quedado al verla.

-¡Ar…digo, Lady Arya!–había balbuceado, antes de sonrojarse por su torpeza.

-¡Cley! –saludó Arya, sonriendo sinceramente por primera vez en el festín. -¿Qué te pasa? Pareces que hubieras visto a Aegon el Conquistador.

-Te ves diferente. –respondió el norteño, mirándola de pies a cabeza.

La Stark pensó por un instante en que se refería a como se había arreglado para el festín, pero luego recordó que no había visto al joven Cerwyn en casi dos años. Desde entonces había crecido varios centímetros, sus atléticas piernas se habían alargado e incluso ya tenía algo de busto. Había partido de Invernalia con once años, como una niña con las rodillas desgarbadas y cara de caballo. Pero había vuelto con trece como una doncella. Una doncella lobo.

Le pegó un puñetazo amistoso al Cerwyn. -¿Ah sí? Pues te tengo malas noticias, no he cambiado tanto como crees. –comenzó a estudiar a su amigo mientras este reía, viendo la pelusa de melocotón que se le había formado en la cara. –Tú también estás diferente, ¿Desde cuándo te estás dejando barba?

-Desde que mi padre me dejó a cargo de nuestro hogar tras partir con Robb al sur. –respondió el Cerwyn, un atisbo de preocupación asomándose por su cara al nombrar a su progenitor. Tras ello comenzó a mirar atrás de Arya, como buscando a alguien -¿Y Rickon? ¿No quiso bajar al festín?

-No, lo único que hace todo el día es jugar con Peludo y entrenar con Ser Rodrik. No he logrado convencerlo de que cumpla las obligaciones de Señor de Invernalia, así que las tuve que tomar yo.

-Eso es lamentable, pero no puedo decir que estoy sorprendido. Rickon siempre ha sido el más salvaje de ustedes.

-Mi padre decía que algunos Stark tenemos sangre de lobo. –explicó, sintiendo una punzada de dolor al recordar nuevamente a su padre. Reprimió el sentimiento lo mejor que pudo para continuar hablando. –Rickon es el que tiene más entre nosotros, no tengo ninguna duda.

-Yo tampoco. –finalizó Cley Cerwyn, antes de hacer una pequeña reverencia ante la norteña. –Ha sido un gusto volver a verte Arya, pero creo que es momento de que saludes a Lady Dustin. –su expresión se escureció un poco. –Mi padre siempre ha dicho que es una mujer… complicada.

Arya no necesitaba que se lo recordarán, pero aun así asintió frente a las palabras del Cerwyn.

Se mordió el labio un instante antes de dirigirse hacia la mesa más alejada del salón, donde se encontraba Lady Dustin y sus sirvientes. Lord Eddard nunca le había hablado a sus hijos sobre la Señora de Fuerte Túmulo, pero Arya recordaba que su cara adoptaba una expresión de desagrado cada vez que alguien se la nombraba.

Su madre había sido la persona que le explicó finalmente la causa de ello, una de las últimas cosas que conversaron antes de que Lady Catelyn partiera a las Tierras de los Ríos.

-Lady Barbrey es una Ryswell de nacimiento y cuando tenía tu edad era muy… cercana a tu tío Brandon, quién era un pupilo de Lord Dustin que viajaba mucho entre Fuerte Túmulo y Los Riachuelos. –le había dicho, mientras le cepillaba el pelo frente a un espejo. Esgrimió una sonrisa triste al continuar. –Quedó devastada cuando tu señor abuelo comprometió a Brandon conmigo.

-¿Es por eso que nos odia? –preguntó Arya, confusa. Tanto su abuelo como su tío Brandon estaban muertos. ¿Por qué odiaría a su padre?

-En parte. –le había respondido su madre, suspirando antes de continuar. –Con el tiempo se casó con Lord Dustin y se convirtió en Señora de Fuerte Túmulo. Cuando estalló la rebelión Lord William se fue a pelear al sur, donde se convirtió en uno de los mejores amigos de tu padre.

Lady Catelyn se sonrojó al recordar algo, pero continuó sin mencionarlo. –Era un buen guerrero y sobrevivió a todas las batallas de la guerra… pero murió en Dorne, peleando contra los caballeros de la Guardia Real que el Príncipe Rhaegar dejó custodiando a tu tía Lyanna. Tu padre nunca me explicó con detalles lo que sucedió, pero enterró los cuerpos de sus compañeros y los de los guardias reales en las Montañas Rojas, trayendo solo los huesos de su hermana de vuelta al Norte. Lady Dustin nunca lo perdonó por eso.

-Entiendo. –dijo Arya, pensativa. Los norteños se aferraban mucho al orgullo y el honor, por lo que era normal que Lady Dustin tomara como un insulto lo hecho por su padre.

Pero eso no justificaba que mantuviera ese odio con sus hijos.

-Lady Dustin. –saludó la Stark cuando se acercó lo suficiente, haciendo una pequeña reverencia frente a la mujer mayor. Barbrey Dustin mantuvo la vista apartada de Arya por un instante, antes de girarse y estudiar cuidadosamente a la doncella.

Arya hizo lo mismo, enfrentando sus ojos plateados con los marrones de la mujer. "Mira con los ojos niña." Pese a las patas de gallo que rodeaban sus ojos y los mechones grises que se dejaban entrever en su cabellera, Lady Dustin seguía siendo una mujer hermosa, de eso no cabía duda. Si no tuviera esa amenazante expresión de amargura en su cara, estaba segura que la mitad de los hombres del salón estarían ansiosos por sacarla a bailar.

-Es un gusto verla, Lady Stark. –pronunció finalmente, en un tono cortés pero seco. -¿O prefieres ser llamada Lady Dayne?

-Con Arya está bien. –dijo la norteña, intentando no sonrojarse.

-¿En serio? Que extraño, juraría que tu hermano te había comprometido con ese sureño. Tu abuelo aplaudiría su decisión, de eso si estoy segura. –repuso Lady Dustin, estudiando atentamente su cara para ver su reacción.

-Estoy comprometida, no casada. –respondió Arya, sin perder la compostura. –Y aun cuando llegue a hacerlo perderé mi apellido, no mi sangre.

La Señora de Fuerte Túmulo sonrío frente a su respuesta, estudiándola con aún más interés. La Stark mantuvo su rostro impasible, no rompiendo el contacto visual con la mujer mayor.

-Por lo menos vuestra apariencia no deja duda de que sois una Stark. –anunció finalmente, relajándose un poco e indicándole un asiento vacío cerca de ella. – Vuestro prometido es un hombre muy afortunado. Era cierto lo que decían los rumores, de verdad sois la reencarnación de Lady Lyanna.

Sin embargo, su expresión se endureció nuevamente antes de seguir hablando. –Tan solo espero que el destino sea menos cruel contigo que lo que fue con tu tía.

-Gracias por vuestros deseos. –respondió Arya, más cortantemente de lo que pretendía. Tras sentarse, intentó remediarlo recitando las palabras de cortesía que se esperaba que dijera. –A nombre de la Casa Stark, os doy la bienvenida al festín de la cosecha. Invernalia se encuentra a vuestra disposi…

-Me siento honrada, mi señora. –le interrumpió la mujer, en un tono que Arya no pudo decidir si era irónico o no. –Pero debo decir que me llama la atención no ver a vuestro hermano menor. ¿Acaso se encuentra enfermo?

-No, Rickon se encuentra bien. Digamos que todavía es un niño pequeño que extraña demasiado a nuestra madre y que no está dispuesto a recibir órdenes de su hermana mayor. –admitió la Stark, rogando para que Lady Dustin se diera por satisfecha con su respuesta.

Pareció que si lo estaba, porque la miró casi con simpatía al continuar el diálogo.

-Te entiendo más de lo que crees. Cuando todavía me apellidaba Ryswell tenía que hacerme cargo de mis hermanos menores en los Riachuelos. Por lo menos tú solo tienes uno. Yo tenía tres.

"Por los dioses, preferiría ir a vivir al Bosque de los Lobos antes de tener que cuidar a tres Rickons."

Se permitió una pequeña sonrisa frente al pensamiento. Lady Dustin volvió a hablar.

-¿Que noticias hay de la guerra? Llevamos semanas viajando y por razones obvias no he estado presente en Fuerte Túmulo para recibir los cuervos a mi nombre. –preguntó, con algo que Arya identificó casi como ansiedad.

"Lady Dustin no tiene hijos, pero su padre y hermanos están junto al ejército de Robb. Es normal que esté ansiosa."

-No muchas. Los Lannister todavía están en Harrenhal y Robb aún no se une a Lord Royce en el asedio a Puerto Gaviota. Solo cuando consiga tomar la ciudad podrá volver a las Tierras de los Ríos.

-Con el ejército del Valle, supongo.

-Sí, esa es su intención. –dijo la Stark, un poco extrañada. –No parecéis muy sorprendida.

-Ser la viuda de un señor norteño te obliga a aprender algo de estrategia. Bueno, eso y que tengo un par de oídos en el Valle tan cercanos a mí como los Royce lo son a los Stark.

-¿En serio? –preguntó Arya, ahora sí bastante sorprendida. -¿Puedo preguntar quién?

-Lord Redfort. –replicó Lady Dustin, sin dilatar la respuesta. Arya se concentró hasta que casi le dolió la cabeza mientras intentaba descifrar de adonde podían conocerse Lady Barbrey y el Señor de Fuerterrojo.

"¿Por qué no es Sansa la que está aquí? Ella lo sabría de inmediato y no quedaría como una estúpida que no sabe que responder."

Lady Dustin notó su incomodidad, pero en vez de complacerse, parecía estar sorprendida.

-¿Acaso Domeric nunca te habló de su tiempo en El Valle? –preguntó.

"¿Domeric?" pensó Arya, confundiéndose aún más. Por supuesto que el joven Bolton le había contado muchísimas historias de su estancia en el Fuerterrojo, donde se había hecho amigo de Lord Redfort y sus hijos. Pero no tenía la menor idea de cómo podía eso relacionarse con Lady Dustin.

"El corazón miente y la mente engaña, pero los ojos ven." susurró Syrio en un rincón de su mente. Haciéndole caso a su maestro, la Stark miró nuevamente el rostro de Lady Dustin, intentando descubrir en él la respuesta a como Domeric podía estar relacionado con ella.

Y poco a poco pudo hacerlo. Los ojos de Domeric eran tan pálidos como los de su padre… pero sus orejas, nariz y pómulos no lo eran. Eran parecidos a los de Barbrey Dustin.

"La madre de Dom era una Ryswell. Lady Barbrey es su tía." recordó finalmente, descubriendo la verdad.

-Lo hizo muchas veces. Pero no se me había ocurrido que la tía de Dom era tan cercana a los Redfort como el propio Lord Roose. –replicó Arya, intentando disfrazar la ignorancia que tenía hasta hace ese instante del parentesco entre el Bolton y la mujer.

Casi suspira de alivio cuando la Señora de Fuerte Túmulo le siguió el juego.

-No pretendo insinuar tal cosa. Mantengo correspondencia con el Fuerterrojo, pero es una costumbre que solo nació cuando Domeric partió allí a ser el escudero de Lord Redfort. No es una amistad que se remonte a la Rebelión como la de mi cuñado. –respondió Lady Dustin.

Arya notó que la mujer frunció el ceño casi imperceptiblemente al nombrar a Lord Roose, pero no hizo comentario alguno mientras seguía hablando.

-Pero bueno, te preguntaba por noticias del sur porque me preocupa Domeric. –el rostro se le iluminó al mencionar al heredero Bolton. –No me malentiendas, quiero mucho a mi padre y a mis hermanos, pero la persona más cercana a mí siempre fue mi hermana Bethany.

Sonrío tristemente por un instante. –Cuando pequeñas éramos inseparables. No sé si tienes una relación así con tu hermana.

"No, en lo más mínimo". Sansa siempre había sido la hija modelo; bonita, recatada y obediente. Pasaba su tiempo libre en lecciones con la Septa Mordane o acompañando a su madre en las labores de la Señora de Invernalia. Arya por el contrario pasaba sus ratos libres cabalgando con Robb, Jon y Edric por el Bosque de los Lobos, explorando los lugares secretos de la fortaleza invernal con Bran, o huyendo entre risas de la histérica septa.

Pero eso no significaba que no quisiera a su hermana, como había descubierto en los últimos meses. Daría lo que fuera por volver a verla, sana y salva de las garras de Joffrey y Cersei.

-En parte. –respondió la Stark, para no mentir descaradamente.

-Sufrí muchísimo cuando murió. –continuó Lady Dustin, en un tono de voz neutro. –Es por eso que le pedí a Lord Bolton que me dejara tomar a Domeric como pupilo. Afortunadamente no se negó y así fue como mi sobrino llegó al Fuerte Túmulo cuando todavía era un crío. –movió la cabeza de un lado al otro antes de continuar. –Aun siendo tan pequeño ya era alguien que soportaba estoicamente la pérdida de su madre. ¿Te lo puedes imaginar?

"Si." reflexionó Arya, pensando en Edric.

El dorniense casi nunca hablaba de sus padres, probablemente teniendo tan pocos recuerdos de ellos como Domeric de su madre. La Stark sabía que él sufría por ello, pero nunca se lo había dicho abiertamente.

Edric era así, tímido por naturaleza. Aún con personas que eran su familia en todo menos nombre.

-Domeric es bastante callado. –murmuró finalmente.

-Eso lo heredó de su padre, al igual que sus ojos. –respondió la Señora de Fuerte Túmulo, con una mueca de disgusto no muy disimulada. –Pero todo lo demás lo heredó de mi hermana. –la mueca fue reemplazada por una expresión más amable. –Él es casi un hijo para mí, aquél que nunca tuve con William. No puedo evitar preocuparme por él mientras lucha en el sur.

-Yo también lo hago, Dom es casi de nuestra familia. –pensando en el Bolton, pero también en Robb, Bran, Edric e incluso en Theon. "Y en Sansa, por quién ruego a los antiguos dioses para que le den fuerzas para resistir."

-Y lo será cuando rescaten a tu hermana de los Lannister. –le recordó Lady Barbrey.

-Eso es algo que quiero que ocurra lo antes posible. –le respondió sinceramente.

Permanecieron en silencio por unos minutos. El festín había continuado mientras ambas mujeres conversaban. La mayoría de los presentes estaban charlando con quién estuviera sentado más cerca o comiendo y bebiendo de las múltiples bandejas que los sirvientes de Invernalia traían de las cocinas.

Un bardo se adelantó en ese instante, y tras hacer una reverencia en dirección a Arya comenzó a cantar, con lo que algunas parejas se aventuraron a levantarse de sus puestos para comenzar a bailar.

-Me sorprende que no haya empezado con La mujer del dorniense. –se burló Lady Dustin, mientras observaba al bardo cantar La noche que terminó. La mayoría de los norteños estaban encantados con la elección del cantante, al punto que uno de los tíos del Gran Jon había sacado un cuerno de guerra que hizo sonar en el final de la canción. – Lo único que le interesa a los bardos es agradarle a sus anfitriones.

-Quizás pensó que una osadía así era demasiado arriesgada. –replicó Arya, mientras sentía la punta de sus orejas ardiendo. –Puede haber creído que corría el riesgo de que su anfitriona se enojara y lo arrojara afuera del castillo.

-¿Y eso es lo que hubiera pasado? –preguntó la mujer, arqueando una ceja.

-Quizás. –respondió la Stark, sin mirarla.

Estiró una mano para alcanzar una copa de vino. Si bien no le gustaba, en ese instante lo necesitaba. Además cuando su madre estaba en el castillo no la dejaba beber casi nada, así que ahora que ella era la que estaba a cargo disfrutaría de esa libertad. Lady Dustin la miró divertida por un instante antes de beber de su propia copa. Tras ello continuó hablando.

-Debo admitir que hace mucho tiempo que no disfrutaba tanto conversar con alguien. –anunció, para la sorpresa de Arya. –No eres alguien a quién le importen mucho las apariencias, ¿No es cierto?

-No. -admitió la muchacha, pensando en las múltiples veces que su madre la había reprendido por lo mismo. –Mi padre decía que era a causa de la sangre de lobo.

-La sangre de lobo, sí. Eso es algo que conozco bien. –murmuró Lady Dustin, sumergida por un instante en sus pensamientos. Su rostro se iluminó al recordar algo, pero no hizo comentario alguno.

Arya prefirió no interrumpir sus recuerdos, así que estaba por excusarse para partir de vuelta a su lugar cuando la mujer le aferró del brazo.

-Una última cosa Lady Arya. Prometo que tras ella no te molestaré más en la noche. –le dijo, mirándola a los ojos con una expresión indescifrable. La Stark desistió de su intento y encaró a la Señora de Fuerte Túmulo.

-¿Qué deseáis?

-Tu tío Brandon me habló muchas veces de las criptas que hay debajo de Invernalia. Tengo entendido que tu padre enterró sus huesos ahí. –La cara de Lady Dustin varió entre disgusto al mencionar a Lord Eddard y tristeza al hacer lo mismo con su hermano. –Nunca tuve la oportunidad de presentar mis respetos a los huesos de mi esposo. No… no puedo negar que me sentiría agradecida de poder presentarlos a los de Brandon.

Arya meditó la petición de Lady Dustin. Su padre siempre había dicho que las criptas eran un lugar sagrado para los Stark, donde solo ellos podían entrar salvo casos excepcionales. Recordaba una vez en que Robb la había llevado a ella y a Sansa en una excursión secreta, donde tras recorrer tres pisos llenos de tumbas de Starks del pasado les había llevado finalmente a los sepulcros que aún estaban abiertos.

-¿De quién son esas tumbas? –había preguntado Sansa, su voz marcada por el miedo.

-De nosotros. –respondió Robb, con una sonrisa maligna.

Arya había estado por pegarle un puñetazo cuando comenzó a sentir el sonido susurrante desde una de las tumbas. En ese momento un fantasma blanco se había levantado del sepulcro, pidiendo sangre a gritos. Sansa había gritado antes de salir corriendo buscando la salida, mientras que la Stark menor se había quedado paralizada en su lugar.

Por un instante estuvo a punto de salir corriendo tras su hermana, pero finalmente había hecho lo contrario y se había lanzado contra el fantasma. Pero quién la había recibido no era un muerto, sino que simplemente era Jon cubierto de harina. Su hermano bastardo la había recibido con un abrazo, apenas pudiendo respirar por la risa.

-¡Idiotas! ¡Asustaron a Sansa! –le había dicho, furiosa por la broma de sus hermanos.

Pero Robb y Jon solo habían seguido riendo, y Arya había terminado riendo con ellos. El recuerdo le hizo sonreír por un instante, casi olvidando lo lejos que estaban sus hermanos. Le dio fuerzas para continuar hablando.

-Hablaré con Ser Rodrik y el maestre Luwin para ver cuando podemos bajar. –le respondió finalmente.

Pensó que Lady Dustin estaría agradecida de su respuesta, por lo que se sorprendió cuando su cara adoptó una expresión de odio al escuchar el nombre del maestre.

-¿Con que se llama Luwin? –preguntó, con un asco poco disimulado. –Yo personalmente no me doy la molestia de aprenderme los nombres de las ratas grises. Ya es suficiente tener que darles comida y techo a cambio de que cuiden a los cuervos y envíen mensajes.

"¿Rata gris?" pensó Arya, enfureciéndose al escuchar a esa mujer tratar tan despectivamente al maestre Luwin. El anciano hombre siempre había sido todo excepto cruel con los niños Stark, cuidándoles y enseñándoles como si fueran sus propios hijos.

-¿Perdón? –preguntó Arya, intentando controlarse para no hacer algo que lamentaría más tarde.

Barbrey Dustin pareció hacer oídos sordos a su pregunta, porque continuó con su monólogo cargado de odio.

-Por lo menos el antiguo maestre de Lord Rickard ya está muerto. Decir que ese hombre era una rata es insultar a los roedores. Brandon y Lyanna nunca hubieran sido comprometidos con sureños si ese hombre no hubiera estado susurrando en el oído de Lord Rickard, hablándole de conspiraciones y ambiciones sureñas.

"¿De qué demonios está hablando?"

Pero la mujer estaba completamente sumergida en las memorias del pasado, recuerdos que habían llenado su corazón de rencor que ahora estaba exteriorizando. La miró directamente a los ojos antes de continuar.

-Además, que ya haya sucedido en el pasado no significa que no vuelva a suceder. –su tono de voz y su mirada se endurecieron aún más de un momento a otro. - Dime, ¿por qué tu hermano te comprometió con ese dorniense? ¿Más ambiciones sureñas? ¿Qué es lo que la Casa Dayne ofrece a los Stark que no puede ofrecerle uno de sus propios vasallos?

"A Edric."

Arya se levantó de la mesa sin responder, recurriendo a toda su fuerza de voluntad para controlarse y no insultar a Lady Dustin. Pese a ello parecía que la expresión de su cara la había traicionado, porque la mujer mayor parecía casi arrepentida de haber despertado su sangre de lobo.

-Perdón si os ofendí con mis palabras Lady Arya, me dejé llevar por…

-Le avisaré cuando encontrarnos para bajar a las criptas. –le interrumpió la Stark, sin mirar la mujer. –Que disfrutéis vuestra estancia en Invernalia hasta entonces, Lady Dustin.

Se marchó sin esperar respuesta. Algunos de los comensales más cercanos se habían dado cuenta del ácido intercambio con el que ambas mujeres habían terminado su conversación, pero afortunadamente la mayoría de los norteños seguían más preocupados del bardo y de la comida, permaneciendo ignorantes a lo sucedido.

Ni el maestre Luwin ni Ser Rodrik eran parte de ellos, ambos hombres observándola con preocupación cuando la norteña tomó su lugar en la mesa más alta del Gran Salón.

-Arya, ¿estás bien? –le preguntó el maestre, con una voz suave como la de un abuelo.

La Stark bebió otra copa de vino, sin responder. El sabor era horrible, pero era mejor que la sensación que había dejado en ella la conversación con Lady Dustin. "Esa mujer tiene más odio y rencor por dentro suyo que lo que se atreve a admitir" pensó con disgusto, no queriendo mirar en su dirección. Simuló estar muy interesada en el baile que Beth Cassel estaba teniendo con Cley Cerwyn antes de volver a hablar.

-Maestre Luwin, -pronunció finalmente, no pudiendo evitar pensar en lo último que la Señora de Fuerte Túmulo había mencionado. -¿Quién fue el maestre de mi abuelo?

Notó que tanto el maestre como Ser Rodrik se mostraron incómodos con su pregunta. Miró amenazadoramente al hombre de la Ciudadela, dejando en claro de que no aceptaría una evasiva como respuesta.

-Mi antecesor, el maestre Walys. –admitió el anciano, no pudiendo mantener la mirada de la norteña. –No fue uno de los mejores hombres que se han puesto la cadena de nuestra orden.

-¿Por qué? –preguntó, aún más curiosa.

-Convenció a Lord Rickard de tomar decisiones bastante… controvertidas. –respondió Ser Rodrik, con el ceño fruncido mientras recordaba viejos tiempos. –Enviar a Lord Eddard al Valle como pupilo de Lord Arryn cuando todavía era un niño pequeño; comprometer a Lord Brandon con la hija de Lord Tully y no con una de las hijas de sus vasallos; prometer la mano de Lady Lyanna a Robert Baratheon sabiendo lo indómita que era su hija.

El anciano caballero sacudió la cabeza tristemente antes de continuar. –Decisiones que si no se hubieran tomado hubieran permitido que muchos de nuestros muertos siguieran con vida.

-Los maestres debemos servir, no mandar. –continuó Luwin, cambiando su tono de voz a uno solemne. –Walys se olvidó de ello, usando su posición de consejero de uno de los señores más poderosos de los Siete Reinos para influir en el juego de tronos del sur.

-Y el Norte sufrió por ello. Abriendo heridas que continúan sangrando hasta el día de hoy. –terminó Ser Rodrik, sirviéndose una copa de vino propia para ahuyentar a los fantasmas del pasado.

Arya solo había comprendido la mitad de lo que ambos hombres estaban hablando, pero aun así entendió que la amargura de Lady Dustin no era tan única como se podía creer.

"¿Cuántas muertes se hubieran evitado si mi tía no hubiera sido comprometida con el rey Robert?". Por la mirada que tenían el maestre Luwin y Ser Rodrik, no era la única pensando en ello.

No tuvo tiempo de seguir reflexionando sobre el tema, porque en ese instante las puertas del Gran Salón de Invernalia se habían abierto. Uno de los guardias de Invernalia hizo sonar su lanza contra el suelo para llamar la atención de los presentes. Tras ello, dio paso a dos nuevos invitados.

-Lady Meera y Lord Jojen de la Casa Reed, hijos de Lord Howland de la Atalaya de Aguasgrises. –anunció el guardia, antes de hacerse un lado para que los susodichos entraran.

Fue así como vio por primera vez a quienes se habían convertido en sus compañeros, aquellos que le ayudaron a combatir la soledad que sufría por la ausencia de sus hermanos, Domeric y Edric.

Los dos Reed eran de constitución esbelta, delgados como espadas y apenas más altos que la propia Arya -en el caso de Jojen de manera casi imperceptible-. Al entrar al salón buscaron a la Stark con la mirada. Tras encontrarla se inclinaron para saludarla.

-Lady Stark, estamos aquí en nombre de nuestro padre para honrar los juramentos de lealtad que los Reed le hicimos a vuestra familia hace tantos siglos. –dijo Meera, levantando su cabeza solo al final de sus palabras.

-Bienvenidos a Invernalia. –les había respondido Arya, elevando su voz para que se escuchara por sobre las conversaciones y risas del festín. Les había indicado uno de los puestos que quedaban libres. –Comed y bebed con nosotros, amigos.

"Amigos" No había mejor palabra para describir a los Reed. Desde que ellos habían llegado la vida en la casi vacía fortaleza invernal se había hecho mucho más soportable. Probablemente se habría vuelto loca de ansiedad si es que no fuera por las risas que compartía con Meera o las conversaciones que tenía con Jojen.

Eran un alivio en medio de la incertidumbre en la que vivía, donde en cualquier momento un cuervo proveniente del sur podía anunciar la muerte de un ser querido.

O de otro más, si es que recordaba a su padre.

-*-*-*-*.

III

-No debes preocuparte, se recuperará. –dijo Meera, mirándola atentamente.

-Lo sé, no estoy preocupada. –respondió Arya, mordiéndose el labio mientras pensaba en la carta que Robb había enviado desde el sur.

-¿De verdad? –replicó la lacustre, arqueando una ceja. -Tu voz y tu cara dicen otra cosa.

La Stark no respondió, evitando la mirada de su amiga mientras se agachaba para recoger su arma del suelo del Bosque de Dioses. La espada embotada que había traído de la herrería de Mikken pesaba más que Aguja, pero aun así le servía para entrenar.

Una de las primeras cosas que Meera le contó tras llegar a Invernalia era que en El Cuello las mujeres luchaban al lado de los hombres, tanto con arcos como con lanzas y redes. Fue así que la Stark encontró el modo de reanudar el entrenamiento con la espada que había interrumpido tras huir de la capital. Cada vez que ambas jóvenes tenían tiempo libre iban a la soledad del Bosque de Dioses para enfrentarse, con Jojen y Nymeria como únicos testigos.

Las enseñanzas de Syrio le habían dado una agilidad y reflejos que cualquier hombre envidiaría, pero Meera era una maestra con la lanza, con la que parecía haber practicado desde que aprendió a caminar. La lacustre le había dicho que en El Cuello era capaz de acertarle a un pez nadando en el agua a varios metros de distancia. Por lo que había visto hasta ahora, Arya era proclive a creerle.

La Stark levantó la espada con la mano izquierda y se puso en posición. "Tranquila como las aguas en calma." le susurró Syrio. La Stark suspiró y trató de concentrarse, pero no podía dejar de pensar en la maldita carta. Meera la observó con una expresión indescifrable antes de levantar su lanza y prepararse para el ataque de la norteña.

Arya no esperó más, lanzándose hacia adelante para tratar de golpear a su contrincante. La lacustre no tuvo dificultades en bloquear su ataque, desviando la espada con la lanza antes de lanzar un golpe propio a la cara de la Stark. Esta se agachó y esquivó la lanza, intentando golpear el brazo con el que Meera sostenía su arma en el proceso.

Arya observó sorprendida como la lacustre no solo esquivó su golpe, sino que además con el mismo movimiento le lanzó un golpe que no pudo lograr evitar. La madera de la lanza le golpeó dolorosamente en el hombro, la norteña gritó de dolor y saltó hacia atrás para evitar otro ataque de la Reed que la hubiera golpeado en el costado.

-¿Ves? te lo dije. –declaró Meera, haciendo girar grácilmente la lanza entre sus manos antes de colocarla en una posición defensiva. –Has esquivado golpes mucho más difíciles que ese. No estás tranquila, estás preocupada.

La Stark la miró desafiante. –No es así, simplemente me desconcentré por un instante.

-Nunca te habías desconcentrado antes en alguna de nuestras peleas. –respondió la Reed, suspirando. Antes de que Arya pudiera hacer cualquier cosa clavó su lanza en el suelo, negándose a seguir peleando. –No hay nada de malo en ello Arya, no entiendo porque intentas negarlo.

"No puedo ser débil, soy la Stark en Invernalia." trató de decirse a sí misma para convencerse, pero la verdad es que su voluntad estaba flaqueando. Trató de pensar en algo con lo que responder a Meera, pero no se le ocurría nada.

Afortunadamente en ese instante tanto Jojen como Nymeria irrumpieron en el claro donde estaban luchando, rompiendo el incómodo silencio en el que ambas mujeres habían quedado. La loba se acercó a la Stark, quién comenzó a acariciarla en el lomo. Se permitió olvidarse de todo por unos instantes, concentrada únicamente en el pelaje de su compañera.

Hasta que Jojen interrumpió su paz.

-No necesitas aparentar fortaleza frente a nosotros, Arya. Somos tus amigos. –le dijo el Reed menor, mirándola fijamente con esos extraños ojos que tenía.

-¡No estoy aparentando nada! -explotó la Stark, dando rienda suelta a su furia.

Nymeria se separó de ella y avanzó amenazadoramente hacia el Reed, mostrando los colmillos mientras gruñía. Meera lanzó una maldición y corrió a colocarse entre su hermano y la loba, pero Jojen permaneció inmóvil, sin hacer caso a la bestia.

-¡Cuidado Jojen! –gritó Meera, empuñando la lanza. La Reed miró a Arya, con desesperación en sus ojos. – ¡Arya, dile a Nymeria que pare!

Pero Arya no le prestó atención, aun hirviendo de rabia contra el lacustre. Su enojo parecía contagiar a su loba, al punto de que la norteña casi podía sentir como esta se preparaba para saltar sobre Jojen.

Parpadeó y por un instante vio el mundo por los ojos de Nymeria.

Y cuando lo hizo, vio al joven Reed impávido, sin nada de miedo.

-Todo está bien Meera, mi muerte no será a causa de Nymeria. –respondió su hermano, tranquilo como si la loba no fuera más que un conejo.

La serenidad del lacustre contagió a la propia Arya, quien abandonó su furia y avergonzada llamó a su loba.

-Perdón Jojen, me equivoqué al reaccionar así. –se disculpó la Stark, arrepentida. Abrazó a Nymeria para tranquilizarla a ella también. La loba le lamió las manos y quedó mansa nuevamente.

-No hay de qué preocuparse. –respondió el Reed, permitiéndose una sonrisa. Meera no se veía tan satisfecha como su hermano, pero aún así pareció tranquilizarse. Jojen se acercó más a Arya, demostrándole que no temía en lo más mínimo a la loba.

Permanecieron así por unos segundos, disfrutando el silencio del Bosque de Dioses mientras los ánimos se tranquilizaban. Finalmente la Stark decidió hacer caso a sus amigos y abandonó su expresión impasible, permitiéndose reflejar en su rostro la preocupación que tenía.

-Lo intento con todas mis fuerzas, pero es demasiado difícil. –admitió, luchando para formular las palabras. –Desde que Lord Manderly me contó lo que Joffrey hizo con mi padre, temo por lo peor cada vez que el maestre Luwin recibe un cuervo del sur. Tengo miedo que traigan una carta diga que perdí a otro miembro de mi familia sin que haya podido hecho nada para evitarlo.

-Si estuviera en tu lugar estaría igual que tú. –le dijo Meera, poniendo un brazo sobre los hombros de su hermano. –Si Jojen estuviera lejos de mí, no podría cerrar los ojos en la noche para dormir de la preocupación.

-Es algo normal cuando las personas que queremos están en peligro. –añadió Jojen, con la misma tranquilidad que había mantenido desde el principio de la conversación.

-Robb dice que Edric está bien y que se recuperará. ¿Pero como puede estar tan seguro? –preguntó la Stark, no pudiendo disfrazar más su ansiedad. -¿Qué tal si no está diciendo toda la verdad para no preocuparme? ¿Qué hay de Bran y Domeric? ¿Qué más podría ocultarme solo para…

-Arya. –la interrumpió Jojen. –Robb no le mentiría así a su hermana. Si dice que Edric se recuperará, es porque lo hará. Si dice que él, Bran y Domeric están bien, es porque lo están.

La Stark lo miró a los ojos, buscando alguna mentira piadosa reflejada en ellos. Obviamente no la encontró.

-¿De verdad lo creen? –preguntó de todos modos.

-Si. –respondieron ambos Reed.

La carta de Robb que anunciaba su victoria en Puerto Gaviota había llegado esa mañana a Invernalia. Había sido un motivo de alegría para todo el castillo, incluyendo a la propia Arya, pero tal felicidad se había desvanecido al leer la última parte de la carta, donde Robb contaba casi accidentalmente que Edric había sido herido por una flecha en el final de la batalla.

Su hermano aseguraba que el dorniense no estaba en peligro de muerte y que se recuperaría pronto, pero eso no tranquilizó a Arya. Conocía bastante a ambos hombres como para saber que si Edric hubiera estado tan bien el mismo sería quién le hubiera escrito.

Fue por ello que había estado tan preocupada, luchando contra el miedo y la ansiedad que la atacaban sin cesar. Había estado evitando al maestre Luwin y a Ser Rodrik durante casi toda la mañana, al punto de que estuvo a punto de no ir a darle la bienvenida a Yarwyck y a los reclutas de la guardia de la noche que finalmente habían llegado a Invernalia desde el Camino Real.

Al final había ido y pronunció las palabras que se esperaba que dijera, pero su mente estaba en otra parte. Fue por eso que partió a la herrería apenas pudo salir del Gran Salón, tomó una espada embotada, y buscó a los Reed, con el objetivo de tratar de ahuyentar los pensamientos sobre el sur entrenando con Meera.

Pero como había descubierto, ni siquiera con acero en sus manos podía escapar de la ansiedad.

-¿Estás más tranquila ahora? –preguntó Meera, no sin un poco de dulzura en su voz.

-Un poco. –admitió Arya, acariciando a Nymeria nuevamente. La inmensa loba apoyó su cabeza sobre su regazo, mirándola con adoración con sus ojos dorados.

-Si quieres podemos volver a enfrentarnos, quizás ahora si podrás concentrarte. –le ofreció lacustre.

-Gracias Meera, pero no lo creo. –respondió la norteña, negando con la cabeza. –Ahora mismo quiero quedarme así por un rato, descansando.

-Yo no veo problema en ello. –dijo Jojen, antes de mirar a su hermana. –Si quieres podemos contar historias.

-¿Historias del Cuello? –preguntó la Stark, con curiosidad.

-Sí y no. –respondió Meera, enigmáticamente. Devolvió la mirada a su hermana antes de seguir. –Hay una historia que quizás te guste bastante.

-En serio, ¿por qué? –preguntó Arya, su curiosidad aumentando aún más.

-Es una historia sobre un lacustre, un torneo… y una doncella lobo. –murmuró Meera.

-Su señor padre debe habérsela contado mil veces. –le dijo Jojen a su hermana, negando con la cabeza.

-Quizás, pero acá esta Arya para responder si lo hizo o no. –respondió la lacustre, antes de girarse para mirar a la Stark. – ¿Alguna vez has escuchado la historia del Caballero del Árbol Sonriente?

-¿El caballero qué? –preguntó Arya, totalmente confundida. Tras tratar de recordar algún cuento de la Vieja Tata con un nombre parecido negó con la cabeza. –No, jamás.

-Perfecto. –dijo Meera con una sonrisa, miró a su hermano con una mirada triunfal. –Jojen, haz los honores.

El lacustre se sentó en el suelo del Bosque de Dioses con las piernas cruzadas, acomodándose para contar la historia. Arya y Meera hicieron lo mismo, mientras Nymeria se recostaba a un costado.

-No hace muchos años, hubo un joven lacustre que decidió explorar el mundo que había más allá del Cuello. –comenzó el Reed menor, totalmente concentrado en contar la historia. –Fue por eso que viajó a la Isla de los Rostros para conocer a los hombres verdes.

-¿Los hombres verdes? –preguntó Arya, extrañada. –Creía que eran cuentos.

-No lo son Arya. Pero aunque lo fueran, es una historia lo que estamos contando. –respondió Meera, con amabilidad.

-Perdón, sigan por favor. –se excusó la Stark.

-Tras pasar una temporada con ellos, el lacustre decidió que era tiempo de volver al mundo. Partió en su pequeño bote en dirección norte, donde se encontró con el castillo más gigantesco de Poniente... y a los pies de sus murallas, se extendían los pabellones de cientos de señores y caballeros que se habían reunido para el Torneo más grande de su tiempo.

Jojen siguió contando la historia del lacustre, del encontrón que tuvo con tres escuderos en las afueras de Harrenhal y de cómo una loba corrió a salvarlo, tras lo cual lo llevó a la tienda que compartía con el resto de su manada.

-Eran cuatro: El lobo salvaje, el lobo silencioso, la doncella lobo, y el cachorro. –explicó Meera, jugueteando con sus manos. –Recibieron al lacustre como si fuera uno de ellos, lo curaron y lo protegieron de sus enemigos.

-Esa noche hubo un festín en el castillo, en honor al Rey Dragón que había salido de su ciudad por primera vez en muchos años. –continuó Jojen. -Estaban su hijo y su esposa, la princesa dorniense. El Señor de la Tormenta, el Viejo Halcón y el Señor de las Rosas asistieron junto a muchos de sus vasallos. Las siete Espadas Blancas se reunieron para darle la bienvenida al más nuevo de sus integrantes, el Joven León. El torneo prometía ser el más grandioso de la historia… y de cierto modo lo fue.

-En el festín pasaron muchas cosas. –continuó Meera. –El Príncipe Dragón tocó una canción tan triste que hizo llorar a todas las mujeres presentes, incluso a la doncella lobo. El Señor de la Tormenta ganó en un duelo de copas a todo aquel que osó enfrentársele. Un guardia de la noche tomó la palabra para pedirle a los presentes que se unieran a la antigua orden. Una doncella con los ojos violetas bailó con la Víbora Roja, con la Espada del Amanecer, con el Señor de los Grifos… y con el lobo silencioso, pero solo después de que el lobo salvaje se lo pidió en su nombre, ya que era demasiado tímido como para pedírselo.

-¿Por qué hizo eso? –preguntó la Stark, extrañada. –Era un lobo, ¿porque le temería a una simple doncella?

-Hasta en el corazón del hombre más fuerte existen cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. –respondió Jojen, solemne como siempre –Y cuando cae la noche, incluso los lobos aúllan a las estrellas.

Arya no dijo nada.

-El lacustre bebió y comió junto a sus nuevos amigos, pero su alegría terminó cuando divisó a tres caballeros cuyos blasones eran los de los escuderos que lo habían golpeado. Al ver su incomodidad, tanto la doncella lobo como el cachorro le insistieron en que debía hacer algo para recuperar su honor perdido.

"Mañana comienza el torneo y los tres caballeros participarán en él. Si quieres, puedo conseguirte una armadura y una montura para que participes y los desafíes" ofreció el cachorro.

-El lacustre le dio las gracias, pero no respondió a su ofrecimiento. En el Cuello los hombres somos menudos y pequeños, más acostumbrados a montar botes y empuñar remos que caballos y lanzas. –continuó Jojen. -Es por eso que el corazón del lacustre se encogió al darse cuenta de que si intentaba vencer a los caballeros solo conseguiría ponerse en ridículo y avergonzar a su pueblo.

-Al terminar el banquete se fue a la tienda de los lobos para descansar, pero la ansiedad y desesperanza que sentía le impidieron dormir. –añadió Meera, con una sonrisa triste. –Fue por eso que se levantó en medio de la noche para ir a rezar a la orilla del lago, mirando en dirección del Ojo de Dioses.

-¿Y acaso los dioses escucharon sus rezos? –preguntó Arya sin poder evitar un poco de amargura al recordar lo ocurrido con su padre, donde los dioses habían hecho oídos sordos a sus ruegos.

-Así parece, porque al final del segundo día del torneo apareció un caballero misterioso que desafió a los tres caballeros. El caballero era más menudo que un hombre normal y su blasón era la cara de un arciano sonriendo, por lo que la gente le puso el nombre del Caballero del Árbol Sonriente. Cuando sonaron las trompetas desafió a tres caballeros, a los cuales derrotó sin mayor dificultad. ¿Quiénes crees que fueron?

-Los caballeros de los tres escuderos que golpearon al lacustre. –respondió Arya, sin ninguna duda. La historia le estaba gustando, aunque era demasiado feliz como para ser perfecta. Los Reed asintieron.

-Cuando los tres quisieron pagar rescate por sus cosas, el caballero misterioso se negó. Lo único que les pidió fue que les enseñaran honor a sus escuderos. Cuando lo hicieron, sus monturas y armas les fueron devueltas. –dijo Jojen.

-Al Caballero del Árbol Sonriente le correspondía un lugar entre los campeones del torneo, pero al día siguiente no apareció a reclamar dicho puesto. –finalizó Meera. - El rey se enfureció y mandó al Príncipe Dragón en su búsqueda, pero lo único que encontró fue su escudo colgando de un árbol a la orilla del lago. Al final el torneo siguió sin él, siendo el campeón el propio príncipe.

-¿No esperabas un final así, cierto? –preguntó Jojen.

-La verdad es que sí. –respondió la Stark, para estupefacción de los lacustres. Sonrío antes de continuar. –Todo el mundo sabe que Rhaegar Targaryen ganó el Torneo de Harrenhal.

Los Reed sonrieron frente a su comentario. Tras ello, los tres jóvenes se quedaron en silencio por unos instantes, disfrutando de la calma que había en el Bosque de Dioses.

-Entonces, ¿tú padre si te había contado esa historia antes? -preguntó Meera.

-No, no fue el quién me la contó. Tanto Bran como Edric jugaban a que eran campeones de torneos cuando éramos pequeños y siempre estaban preguntándole al maestre Luwin historias sobre diferentes torneos. –explicó Arya. –Harrenhal era uno de sus favoritos y como siempre estaba compartiendo con ellos, terminé aprendiéndome la mayoría de sus detalles.

Frunció el ceño antes de seguir. –Aunque nunca había escuchado sobre el Caballero del Árbol Sonriente.

Ambos Reed se miraron un instante, como si estuvieran inseguros sobre que decir.

-¿Y quién crees que era la persona que estaba bajo la armadura del caballero misterioso? –preguntó Meera, rompiendo el silencio.

Arya se mordió el labio mientras pensaba. La respuesta obvia era el pequeño lacustre, a quien los antiguos dioses recompensaron por su fe dándole fuerza o fortuna para recuperar su honor perdido. Una historia de la Vieja Tata terminaría así, aunque el final aún más probable hubiera sido el caballero ganando el torneo y coronando a la doncella lobo como Reina del Amor y la Belleza.

Pero esta era una historia que había ocurrido de verdad, y por eso mismo esa la respuesta no podía ser como la de un cuento.

Las otras alternativas eran demasiado improbables por no decir imposibles. Los lobos eran una opción clara, pero el cachorro era muy pequeño y alguien hubiera notado la ausencia si el caballero misterioso fuera uno de sus hermanos mayores. Tanto Rhaegar Targaryen como Arthur Dayne eran conocidos por su caballerosidad, pero nada en la historia de los Reed hacía pensar que hubieran siquiera conocido lo que le pasó al lacustre. En realidad ocurría lo mismo con todos los presentes excepto los lobos y el propio lacustre.

Y entonces la Stark abrió ampliamente sus ojos, porque eso solo dejaba a otra persona.

"Es una historia sobre un lacustre, un torneo… y una doncella lobo" había dicho Meera al principio de la historia.

-Era ella. -murmuró Arya, incrédula frente a la revelación.

Ambos Reed asintieron, solemnes.

-Nuestro padre siempre ha dicho que tu tía era una persona extraordinaria. –confirmó Meera, antes de sonreír. –Y no creo ser la única que cree que te pareces a ella.

-*-*-*-*.

IV

Los tres jóvenes se separaron al volver al castillo. Jojen dijo que necesitaba ir a buscar un libro a la biblioteca y Meera decidió acompañarlo. Arya no era muy aficionada a leer los viejos tomos que había en la fortaleza invernal, pero de igual modo prometió unirse a los Reed después de ir a la herrería de Mikken para dejar la espada embotada que al final casi no había ocupado.

Podía escuchar los golpes del martillo de Mikken trabajando mientras se acercaba a la forja. Al abrir la puerta una oleada de calor le golpeó el rostro, prueba de que los hornos de la fragua estaban encendidos. Por el rabillo del ojo pudo ver al inmenso herrero trabajando de espaldas, muy concentrado en su tarea. Intentando no molestarlo, Arya caminó sigilosa como una sombra hacia uno de los estantes donde se apilaban las espadas embotadas.

Tras cumplir su cometido, dio media vuelta con intención de salir de la herrería sin que Mikken se diera cuenta. Pero para su mala suerte el hombre se giró cuando estaba a medio camino, dándose cuenta de la presencia de la norteña.

Y entonces el corazón de Arya dio un vuelco, porque no era Mikken quién estaba delante de ella.

Era un hombre joven, probablemente de la edad de Robb incluso. Pero mientras su hermano era más atlético que fuerte, el desconocido poseía una contextura tan corpulenta como la que se podía esperar de un herrero, con brazos musculosos y un abdomen marcado que hicieron revolotear el estómago de Arya por un instante.

Sin embargo, rápidamente se recuperó y encaró al desconocido.

¿Y tú quién eres? –preguntó con un tono de voz feroz. -¿Qué haces en la herrería de Mikken?

El hombre la miró divertida antes de responderle, enfureciendo aún más a la Stark.

-¿Todas las criadas en el norte son tan atrevidas como tú? –preguntó, sus ojos azules riendo bajo una mata de pelo negro sudado. Arya se dio cuenta de que no estaba trabajando en una espada como había creído al principio, ya que era un yelmo de toro el que sostenía en sus manos mientras la miraba.

Arya se confundió por un instante con su pregunta, pero entonces recordó que la ropa que estaba ocupando no era la que se podía esperar de una dama noble, como su madre tantas veces le había reprochado. El hecho de que había estado en el Bosque de Dioses con los Reed y Nymeria no mejoraban su aspecto, ya que se había ensuciado y el pelo se le había desordenado.

Tras comprender el por qué tras la pregunta del joven, resolvió ser ella la que se iba a reír de él y no viceversa, por lo que decidió seguirle el juego.

-La verdad es que sí. –respondió, con una sonrisa propia para intentar provocar al desconocido. – ¿Eres del sur cierto? Pues te tengo noticias, te sorprenderías de lo salvaje que somos los norteños… pero especialmente las norteñas.

Los ojos del herrero resplandecieron por un instante, pero la sonrisa desapareció de su rostro.

-Sí, soy del sur. –respondió simplemente, rompiendo el contacto visual para dejar el casco de toro sobre una mesa. Al volver a mirar a la norteña ya no había diversión, sino que casi amargura. –Aunque bueno, como quizás nunca más vuelva a él, creo que con el tiempo también terminaré siendo un norteño.

-¿Y por qué no volverás al sur? –preguntó la Stark, curiosa. Pero entonces se dio cuenta de que la camiseta que estaba tirada sobre la mesa era negra, al igual que sus pantalones y sus botas. "Es uno de los reclutas de la Guardia de la Noche que Yoren trajo desde el sur."

-Porque no hay nada para mí ahí abajo. –respondió el recluta, cruzando los musculosos brazos. –Era aprendiz en la mejor herrería de Desembarco del Rey. Aprendí bastante y no se me daba mal, así que tenía la esperanza de abrir mi propia herrería cuando fuera más viejo. –entonces su expresión se endureció. –Pero un día mi maestro dijo que no podía tenerme más a su servicio y que tenía que unirme a la Guardia de la Noche si es que quería vivir. ¿Todo un cuento de hadas no?

-No, claro que no. –murmuró Arya, mientras recordaba lo que había pasado con su padre en esa maldita ciudad. "La vida es cruel y los malos ganan, esa es la triste realidad." pensó amargamente.

Pero en ese instante sintió un poco de curiosidad por la última frase del herrero. -¿Y por qué tenías que unirte a la Guardia de la Noche?

-No estoy completamente seguro de ello, pero mi maestro insinuó que había alguien que quería verme muerto. –respondió el hombre, adoptando una mueca que parecía casi de dolor mientras pensaba.

-¿Y eso por qué? ¿Quién podría estar interesado en asesinar a un simple aprendiz de herrero? –preguntó la Stark, sin darse cuenta de que lo había ofendido con sus palabras.

-¿Simple aprendiz de herrero? –replicó el musculoso joven, con una mezcla de incredulidad y diversión. –Disculpadme mi señora, no me había dado cuenta de que estaba hablando con la reina de los Siete Reinos. –tras decir eso, simuló una reverencia.

"No, no soy Cersei. Y créeme, si no estuvieras cayéndome bien te haría pagar dolorosamente por decir tal cosa."

-No has respondido a mi pregunta. –insistió Arya, tratando de no ofuscarse.

-Es que realmente no soy un simple aprendiz de herrero. –respondió el hombre, esta vez serio. Miró a la Stark antes de seguir. –Eres una sirviente de Invernalia, así que supongo que conoces bien a Lord y Lady Stark, incluso a sus hijos. –adoptó una expresión extraña antes de seguir. –Pues yo también conocí a Lord Stark, de hecho vino a verme a la herrería unos meses antes que lo arrestaran.

"¿Mi padre te fue a ver? ¿Y eso por qué?" pensó incrédula, tratando de no reflejar su sorpresa en sus facciones. Al parecer no tuvo mucho éxito, porque el hombre la miró con una expresión triunfal antes de seguir.

-Y no fue el único. –continuó. –Lord Arryn también fue a verme junto a Lord Stannis, antes de la muerte del primero. Lo mismo hizo Lord Renly, que en paz descanse. –adoptó una expresión triste antes de seguir. –Fue muy amable conmigo las veces que fue, incluso más que Lord Stark o Lord Arryn. No puedo creer que su hermano lo haya asesinado.

"Renly era un traidor, ofreció ayudar a mi padre y luego lo dejó abandonado a su suerte" pensó la norteña, pero no lo dijo para no ofender más al herrero.

-Vaya, supongo que eres alguien importante entonces. –murmuró irónicamente Arya, intentando provocarlo nuevamente. Simuló una expresión excesivamente curiosa antes de seguir. -¿Y sabes el motivo por el cual iban a verte?

-Sí, todos me preguntaban por mi madre, si recordaba cómo o quién era. –respondió el herrero, tratando de no carraspear. –Murió cuando era pequeño, así que no recuerdo muchos detalles de ella, pero supongo que debe haber sido alguien importante.

-Así parece. –finalizó la norteña, intentando pensar en que podría haber motivado a su padre como para interrogar a un aprendiz de herrero sobre la identidad de su madre.

Ambos jóvenes cayeron en un silencio incómodo, ya que Arya estaba pensando y el herrero no parecía saber que más decir. Finalmente decidió volver a trabajar en el yelmo de toro, alcanzando un paño de entre las cosas de Mikken para comenzar a pulirlo con sus poderosos brazos.

-No me has dicho tu nombre. –murmuró finalmente el moreno, sin mirarla.

-Tú tampoco. –replicó Arya, testarudamente.

Su respuesta pareció divertirle, ya que se disponía a responderle nuevamente justo antes de adoptar una expresión solemne y erguirse mientras miraba a las espaldas de Arya.

La Stark se dio cuenta del motivo de tal acción cuando tres hombres entraron en la herrería. Iban conversando y no se dieron cuenta de su presencia hasta el final, cuando la norteña ya los había identificado como Ser Rodrik, Mikken y el cuervo errante llamado Yoren.

-…a Noye le va a dar un infarto cuando lo vea entrar a la herrería de Castillo Negro, va a creer que está de vuelta en Bastión de Tormen… -iba diciendo divertido Mikken, pero se paró en seco al ver a la muchacha. -¡Arya! ¿Qué haces aquí?

-Vine a dejar la espada que tomé para practicar con los Reed y me encontré con que él estaba ocupando tus cosas. –replicó inocentemente la Stark, señalando al herrero. -¿Quién es?

-Es uno de los reclutas que traje de Desembarco, Lady Stark. –respondió Yoren, mientras el joven adoptaba una expresión de incredulidad al escuchar su título. –Se llama Gendry, por si el muy tozudo olvidó sus cortesías.

-Para nada, de hecho estábamos compartiendo una alegre conversación. –respondió la norteña con una sonrisa, completamente satisfecha de si misma mientras disfrutaba la sorpresa del sureño.

-Espero que no demasiado alegre. –murmuró Ser Rodrik, mirando sucesivamente a la norteña y a Gendry. El rostro se le oscureció al estudiar más detenidamente al aprendiz de herrero. –Tenías razón Yoren, son como dos gotas de agua.

-Físicamente sí, pero en personalidad… -dijo el guardia de la noche, negando con la cabeza.

-No importa su personalidad, lo que importa es que con esos brazos va a ser un gran herrero. Por los Siete, hasta yo se los envidio. –replicó Mikken, estudiando sus extremidades para compararlas con las del joven.

-Y más allá de su aspecto, Donal necesitaba a alguien que lo ayudara en la forja de Castillo Negro. Este chico es el mejor aporte a la Guardia en años. –finalizó Yoren, mirando aprobatoriamente al moreno. Tras ello le indicó el casco que sostenía en sus manos. – ¿Arreglaste el asunto con el yelmo?

-Si mi señor. –respondió Gendry, inclinándose ante el guardia de la noche y luego ante Mikken. –Gracias por dejarme ocupar vuestra forja, sois muy amable.

-No hay de que muchacho. –respondió el herrero de Invernalia, divertido con la muestra de cortesía del sureño.

-Si estás listo, ve al patio a juntarte con el resto. Partiremos en media hora. –le ordenó Yoren.

El aprendiz asintió y se apresuró a ponerse la camiseta, tras lo cual tomó el yelmo y comenzó a caminar hacia la puerta. Se inclinó una vez más ante los norteños antes de salir.

-Gracias nuevamente, adiós mis señores. –murmuró, tras lo cual miró fijamente a Arya. –Adiós, mi señora.

-Adios, Gendry. –respondió la norteña, acentuando el nombre del sureño. El aprendiz le sonrío y salió de la habitación.

Mikken y Yoren miraron divertidos la situación, pero Ser Rodrik se veía un poco molesto.

-Espero que el frío en el Muro le baje un poco los humos. –murmuró el anciano caballero, mientras movía la cabeza de un lado al otro. Tras ello miró al guardia de la noche. –A todo esto Yoren, recuerda lo que te dije sobre Jon Nieve cuando vuelvas al Castillo Negro.

-¿Qué sucede con Jon? –preguntó Arya, olvidando todo lo demás al escuchar el nombre de su hermano bastardo.

Yoren carraspeó antes de hablar. –Ser Rodrik me estaba contando los planes de Lord Stark concernientes a su hermano. Debo decir que sería algo bastante poco ortodoxo…

-¿Poco ortodoxo? -preguntó una furiosa Arya. – ¿Acaso olvidan lo que nuestra familia ha hecho por la Guardia? ¿Se han puesto a pensar donde…

-La Guardia no olvida, Lady Stark. –le interrumpió el cuervo un poco molesto. –Pero algunos hombres dirían que lo que Invernalia hace por El Muro es el simple cumplimiento del deber. Vuestro padre sería uno de ellos.

La Stark le iba a responder, pero Yoren siguió hablando antes de que tuviera la oportunidad de hacerlo.

-Pero eso no quita que quizás sea tiempo de recompensar dicha ayuda. –añadió, suavizando su expresión. –Yo personalmente lo haría, pero bueno, solo soy un cuervo errante. Una decisión así depende del Lord Comandante y el resto de los mandos superiores.

Arya se avergonzó de sus palabras, dándose cuenta que de que había actuado impulsivamente.

-Perdón por lo que dije. –le murmuró a Yoren.

El hombre negó con la cabeza.

-No hay nada de lo que disculparse. –respondió. –Si estuviera en tu posición, también extrañaría a mi hermano y maldeciría a cualquiera que se interpusiera entre él y yo. –la miró fijamente antes de continuar. -Por el respeto que le tenía a vuestro padre, haré lo que pueda para ayudarlos.

La Stark no respondió, sumergida en pensamientos de su hermano. "Fue un error que se alejara de nosotros. Cuando el invierno llegue, los lobos solitarios mueren, pero la manada sobrevive."

Y Arya solo podía rogar porque Jon volviera antes de ello.

-*-*-*-*.

V

El viento soplaba desde el norte ese día, un beso frío sobre el rostro de Arya. Las hojas de los árboles bailaban siguiendo las corrientes de aire, dándole una vitalidad al Bosque de Dioses que se contradecía con la tranquilidad que producía en quienes lo visitaban.

O que reconfortaba a aquellos que buscaban no caer en la tristeza.

-La verdad es que no era tan cercano conmigo, ni con Bran o Edric. Por los siete infiernos, ni siquiera lo era con Domeric o Jon. –murmuró la Stark, mientras acariciaba a Nymeria. –Pero con Robb eran inseparables. No me quiero ni imaginar lo destruido que debe de estar.

La noticia de la muerte de Theon Greyjoy había llegado esa mañana a Invernalia, gracias a una carta de Bran que las alas negras de un cuervo habían trasladado por la mitad del continente. Toda la ciudad invernal había sufrido por el acontecimiento, inclusive Rickon.

-¿Entonces Theon no volverá? –le había preguntado a su hermana, con una mezcla de incredulidad y tristeza.

-No Rickon, no lo hará. –le había respondido Arya, incapaz de mentirle al niño. El pequeño Stark había hundido su cabeza contra el pecho de su hermana, sollozando frente a la noticia. Arya por un momento había estado a punto de derramar una lágrima, pero no había podido hacerlo. Se maldijo con todas sus fuerzas, pero de verdad que no podía hacerlo.

Porque en el fondo de su corazón, agradecía que la carta contara sobre la muerte de Theon y no sobre la de otro miembro de su familia.

-¿La carta decía que tan mal está Robb? –preguntó Meera, con una expresión indescifrable en su cara.

-Si. Bran dice que se recuperará, pero que no podrá volver a pelear a por lo menos por unas semanas. –le respondió Arya, recordando los detalles de la misiva. -La Montaña le dislocó el hombro y casi le rompe la clavícula. Además perdió mucha sangre por todos los cortes que recibió. Mi tío dijo que era un milagro que no se hubiera desmayado antes de matar a esa bestia.

-¿Y los demás? –preguntó Jojen.

-Domeric y Edric también fueron heridos, pero de menor gravedad que Robb. Se recuperarán. –explicó la Stark, antes de mirar al suelo. –Pero Theon no fue el único en morir. Varios de los compañeros de Robb fueron asesinados. Torrhen Karstark, el hijo de Gran Jon, uno de los nietos de Lord Frey. –sacudió su cabeza tristemente. –La Montaña era un verdadero monstruo.

Los tres jóvenes se quedaron en silencio, disfrutando la calma del Bosque de Dioses mientras guardaban respeto por los muertos.

Nymeria levantó las orejas al escuchar unos pasos acercándose entre los árboles. Cuando Arya se giró para mirar en esa dirección, vio a Peludo moviendo la cola mientras observaba a su hermana. La huargo se giró para mirar a su ama, quien asintió frente a su muda súplica. Tras ello la loba se levantó y salió corriendo junto a su hermano hacia el interior del bosque.

"¿Ustedes también extrañan a sus hermanos?" pensó la norteña mientras observaba a los lobos alejándose. "¿También cuentan los días que pasan sin poder volver a verlos? ¿También tienen miedo de que no los volverán a ver?"

"¿También darían cualquier cosa por que todo volviera a ser como antes de la guerra?"

Los lobos no respondieron, obviamente.

Pasaron las semanas. El otoño avanzaba y el invierno se acercaba cada vez más rápido. No había noticias desde El Muro, Jon todavía no volvía de su expedición a las tierras salvajes. Los días se consumían entre las lecciones del maestre Luwin, las veces que tenía que servir como Señora de Invernalia para resolver disputas menores de sus vasallos, y los enfrentamientos que tenía con Meera en el Bosque de Dioses.

Lo único destacable que pasó en esos días fue cuando un grupo de hombres de Fuerte Túmulo llegó a Invernalia, escoltando a un corcel tan blanco como Fantasma. El líder del grupo, un mayordomo de Lady Dustin, les explicó el motivo de su visita.

-Es un regalo de mi señora para Lady Stark. –les dijo, entregándole las riendas del corcel a uno de los caballerizos de Invernalia. –Es el orgullo de los establos de su señor padre. Os lo da como muestra de amistad entre ambas casas y como agradecimiento por el gesto que tuvo Lady Arya de permitirle visitar la tumba de Lord Brandon.

Lo último que Arya quería era acordarse de la Señora de Fuerte Túmulo, todavía enfurecida por cómo había hablado del maestre Luwin y de lo que había insinuado de Robb y su compromiso con Edric. Pero de todas formas había aceptado el regalo, por una parte para no aumentar el conflicto entre ambas casas… y porque si se era sincera, la tentación de salir a cabalgar en un animal tan noble como ese demasiado fuerte como para resistirle.

Así fue como encontró una nueva forma de escapar de la ansiedad, saliendo a cabalgar con los Reed y Rickon por el Bosque de los Lobos y los alrededores de Invernalia. Casi podía olvidarse de sus problemas cuando el viento chocaba con su cara al correr velozmente a lomos del corcel.

Pero ni siquiera ello pudo levantarle el ánimo cuando nuevas cartas llegaron desde el sur.

Las primeras provenían de una docena de lugares diferentes y hablaban de una gran batalla en Desembarco del Rey. El ejército de Stannis se había enfrentado al de Joffrey en un intento de expulsar al bastardo del Trono de Hierro. Había confusión con respecto al resultado, algunos decían que los Lannister habían vencido mientras otras señalaban lo opuesto.

Se hablaba de que la mitad de la ciudad había ardido cuando los soldados Baratheon habían traspasado las murallas. Que Jaime Lannister y Stannis Baratheon se habían enfrentado en un combate singular y que ambos habían muerto. Que en realidad ninguno de los dos había muerto. Que Stannis ahora estaba sentado en el Trono de Hierro y había declarado como traidor a todo quién no se convirtiera a la fe del Dios Rojo. Que Joffrey había ganado y había encontrado nuevos aliados con los que iba a atacar al Norte.

En resumen nada cierto, salvo que había habido una batalla en la capital entre ambos Baratheon y que no había noticia alguna sobre el estado de Sansa tras ella.

La última carta provenía de Robb, y a diferencia de las que hablaban sobre Desembarco del Rey, esta no dejaba especulaciones.

Bran y Domeric volvían al Norte por órdenes de Robb, pero Edric…

Arya dejó caer la carta de sus manos al terminar de leerla, indiferente a la mirada de compasión con la que el maestre Luwin la observaba.

"¿Cómo pudiste? ¿Tú entre todas las personas?"

La furia y la tristeza la invadieron a partes iguales, sofocándola.

Esa noche decidió hacer guardia en los muros de Invernalia, incapaz de dormir. Ser Rodrik había partido a Bosquespeso junto a varios de los hombres de la guardia de Invernalia, ya que un par de días antes habían llegado cuervos con mensajes en blanco desde el castillo Glover… y al escribirles pidiendo una explicación, solo habían respondido con silencio.

Eso dejaba huecos en la vigilancia de Invernalia que Arya se había ofrecido a ayudar a llenar. El frío hubiera incomodado a otra persona, pero a ella le reconfortaba y le hacía olvidarse de sus penas.

-Tiene que tener una razón para haber hecho lo que hizo. –dijo Meera, interrumpiendo su introspección. La lacustre se había asomado por la escalera que subía a la muralla exterior del castillo, arropada con una gran cantidad de pieles para soportar el frío nocturno.

-Quizás. –respondió Arya, incapaz de mirar a los ojos a su amiga. Estaba cansada, triste y melancólica, no la mejor combinación para ser una gran habladora.

-No quizás Arya, debe tenerla. –insistió la Reed, caminando por el borde del muro para acercarse a la Stark. Se detuvo cuando estuvo a un metro de la norteña. –No conozco a Edric personalmente, pero no puedo siquiera pensar que el sobrino de Arthur Dayne, criado por Ned Stark, sea capaz de actuar así sin tener una razón que lo obligue a hacerlo.

-¿Y de qué sirve que haya tenido una razón para hacerlo? –replicó Arya, exasperándose. –Podría haber vuelto a Invernalia, podría haber…

-Podría, pero no lo hizo. –le interrumpió Meera, en un tono de voz que no admitía discusiones. –Lo único que queda ahora es tener esperanza en que tenga éxito en su misión.

Arya no respondió, demasiado herida como para admitir que la lacustre tenía razón. Permanecieron en silencio por unos instantes, el único sonido que se podía percibir era el del viento soplando contra los muros del castillo… y el del aullido de uno de los lobos huargos encerrado en el Bosque de Dioses.

-¿Lo quieres? –preguntó finalmente la Reed.

-Por supuesto que lo quiero, ha sido mi compañero y amigo en casi todo desde que tengo memoria. –respondió la Stark, más apresuradamente de lo que hubiera querido.

-No en ese sentido Arya. –insistió su amiga, un poco incómoda. –En un sentido más… romántico.

Al principio no entendió bien las palabras de la lacustre, pero cuando lo hizo, sintió algo parecido al pánico apoderarse de ella. Hasta entonces había extrañado al dorniense del mismo modo que lo hacía con sus hermanos o con Domeric, pero desde que había leído la carta de Robb donde le contaba la decisión de Edric, se dio cuenta que lo extrañaba de una manera diferente a como lo hacía con el resto de los Starks.

Incluso diferente a como añoraba volver a ver a Domeric.

"Por los dioses, lo extraño tanto como a Jon."

-Quizás. –admitió finalmente, sintiendo su pecho extrañamente liviano mientras hablaba. –No lo sé. Nunca fui la típica niña tonta que se enamoraba de cualquiera que le parecía atractivo. No sé cómo se siente amar a alguien.

Meera le sonrío, permaneciendo en silencio por unos segundos antes de responder.

-Llegado el momento lo sabrás. –murmuró finalmente. Se escuchó nuevamente el aullido de otro huargo. –Además tienes la suerte de que ambos están com…

En ese momento se interrumpió, porque varios sonidos metálicos resonaron fuertemente uno tras de otro, acercándose al lugar donde ambas mujeres estaban.

La oscuridad no les permitió ver que cual la causa de los sonidos hasta que uno de los objetos golpeó la sección del muro que estaba a menos de dos metros de ellas. Y entonces pudieron verlo.

Era un gancho, con una cuerda atada a él.

Y tras un instante de placida quietud, la cuerda se tensó. Alguien estaba subiendo por ella.

La sorpresa paralizó a las norteñas, las que no hicieron nada hasta que un par de preciosos segundos ya había pasado. Meera fue la primera en reaccionar.

-¡Hay que quitarlos! –le gritó, su cara desfigurada por el miedo. Corrió al garfio más cercano y trató con todas sus fuerzas de quitarlo de la muralla, pero no tuvo éxito.

-¡No puedes sacarlos, hay que cortarlos! –respondió Arya, desenvainando a Aguja. Corrió al gancho más cercano y lanzó un golpe con la delgada espada, separando limpiamente la cuerda del extremo que quedó atado al garfio metálico. Se escuchó un grito de agonía debajo de los muros, pero cesó tras un el ruido de un golpe seco contra el suelo.

No era tampoco que Arya le hubiera prestado mucha atención, ya que antes de que el grito terminara ya estaba corriendo al siguiente gancho. Meera no tenía su lanza consigo, pero sacó un cuchillo entre sus ropas y corrió a otro de los garfios que estaban anclados contra la muralla.

-¡Ve a los que están más alejados! –le gritó Arya, corriendo a por su tercer garfio. –¡Son los primeros que empezaron a subir!

-¡Son demasiados! –respondió la Reed, desesperada.

-¡Grita por ayuda! –replicó la Stark.

Eso fue lo que hizo su amiga, comenzando a gritar por los guardias que quedaban en Invernalia, con la esperanza de que alguno le escuchara. Arya pudo ver por el rabillo del ojo que algunas antorchas comenzaron a moverse en los muros más alejados, señal que alguno de los guardias que estaban despiertos les habían visto.

Sintió la adrenalina corriendo por su cuerpo mientras atacaba el resto de los ganchos. Casi parecía una danzarina del agua en esos momentos, moviéndose grácil y ágilmente mientras lanzaba golpes con su espada que terminaban con la vida de algún pobre diablo.

Una sensación de triunfo se apoderó de ella al escuchar el sonido de un cuerno, señal de que los hombres de Invernalia sabían de lo que estaba pasando y se acercaban para ayudarlas. El castillo no sería tomado por el ataque sorpresa, y eso era una victoria.

Pero la alegría se convirtió en cenizas en su boca cuando se giró para terminar con el último gancho. Porque su cuerda ya no estaba tensa, y delante de ella había un hombre inmenso con un hacha en la mano y desesperación en los ojos.

"Sabe que está perdido, pero no quiere morir sin llevarse a alguien consigo."

-¿Quedan tan pocos hombres en el Norte que incluso las mujeres deben hacer guardia? –escupió, mirándola con una mezcla de deseo y odio al mismo tiempo. –Me encantaría poder hacerte sentir lo que un hombre de verdad puede hacer con lo que tiene entre las piernas, pero no tengo tiempo suficiente. –entonces sonrío. –Deberé conformarme con matarte.

El hombre era grande y robusto como un toro y la expresión de locura que exhibía su rostro hubiera asustado incluso a un caballero. Arya sintió miedo por un instante, pero entonces recordó las palabras de Syrio.

"El miedo hiere más que las espadas"

Aferró a Aguja con su mano izquierda y se puso en posición para enfrentar a su enemigo.

-Puedes internarlo. –le respondió.

El hombre no necesito más provocación, levantando el hacha con ambas manos y lanzándose con un grito de guerra hacia la norteña. Arya permaneció quieta hasta el último instante.

"Todavía no, todavía no…. ¡Ahora!"

El hacha de su enemigo ya estaba bajando cuando se lanzó hacia un costado, esquivando el golpe. Antes de que terminara de bajar Arya ya estaba detrás suyo, atravesando su espalda con un golpe de Aguja.

La espada se deslizó por su cuerpo tan fácilmente como lo había hecho con aquel capa dorada en Desembarco del Rey. En aquella ocasión se había asustado por lo que había hecho, pero no esta vez. No con alguien que invadía su hogar y que quería matarla.

El hacha quedó clavada en el suelo mientras el hombre caía de rodillas, por un instante trató de aferrar con las manos la espada que le había surgido del pecho, pero se le cortaron como si fueran de mantequilla al besar el filo del acero. Entonces trató de decir algo, pero lo único que salió de su boca fue sangre. Tras ello no hizo nada más, excepto morir.

Arya se quedó mirando el charco de sangre que comenzó a rodear el cadáver por un instante, solo entonces dándose cuenta que el corazón le estaba latiendo a mil por hora.

"Nos veremos algún día, Dios de la Muerte. Pero hoy no."

Algunos de los guardias de Invernalia llegaron a su posición en ese instante, preguntándole si estaba bien. Arya asintió antes de buscar con la mirada a Meera. La Reed no le prestaba atención, observando asustada el suelo que había afuera de las murallas mientras buscaba los cadáveres de quienes habían muerto cuando cortaron las cuerdas.

Arya pensó que Meera nunca había matado a nadie y por eso se veía tan asustada, por lo que se acercó a su amiga, tomándole el hombro con su mano libre para no sobresaltarla.

-Todo está bien Meera, ya terminó. –le susurró, tratando de tranquilizarla.

La lacustre negó con la cabeza, al tiempo que señalaba hacia el Bosque de los Lobos.

-No Arya, esto recién empieza.

La Stark miró hacia la dirección en que su amiga le indicaba y lanzó una maldición. Porque aun a esa distancia se podía ver a cientos de hombres asomándose entre los árboles del bosque, con antorchas y armas en sus manos.

Y entonces, Arya Stark sintió miedo.