La sed era terrible, se lo veía en el rostro.
Alexander la observa con consternación, y luego comenta:
-Te atormenta ¿Verdad? Sé lo que es eso, no me lo ocultes-
Ella evade su mirada escudriñadora.
-Ilona...- se oyó su susurrante voz romper el silencio.
Era poderoso el llamado de Alexander, Ilona no podía resistirse:
-Dime, mi señor-
-Es la sed, no me lo ocultes. La sed corroe tu entrañas-
-No sé de qué hablas, Alexander. Yo estoy bien- Ilona le da la espalda, para otra vez perderse por aquel paisaje que se extendía frente a su ventana.
La brisa que entraba al lúgubre recinto, mecía las ligeras sábanas, dejando entrever su desnudez a contraluz.
Alexander era demasiado anciano, y demasiado poderoso como para tratar de engañarlo. Pero eso no le importaba ahora: su rostro pálido comenzó a humedecerse con ardientes lágrimas fluyendo y cayendo sobre la piedra seca.
Alexander lo lamentaba más que ella, y por un momento no dijo nada, luego volvió a romper el silencio:
-Yo también pasé por eso- se lamentaba, y meneando la cabeza, añadía -No vas a poder evitarlo-
-Evitar ¿Qué?- ella voltea y le clava la mirada como si fuera un puñal.
-Lo que somos. Somos cazadores, Ilona, no vas a poder evitar ir a buscar tu presa-
